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Si no hubiese sido por Remus, los siguientes días me habría sentido muy sola. Jamás creí que pudiera llevarme tan bien con alguien tan distinto a mí. Digo, la única vez que había pasado había sido con Margaret, y ahora estaba ocurriendo de nuevo. Tal vez… tal vez Marge se había metido en el cuerpo de Remus, porque tenía ese sentimiento de que, de una forma u otra, él la estaba reemplazando, pero no en un mal sentido. Margaret Hogan siempre estaría en mi corazón, y más aún en mi mente, pero físicamente no la tenía, y que de pronto alguien apareciera para escucharme y aconsejarme, era más de lo que podía pedir. En cambio, Sirius, lo único que hacía era acosarme acerca de por qué pasaba tanto tiempo en Grimmauld Place. Le mataba la curiosidad.
—Kreacher murmuraba cosas sospechosas, decía algo como que los había visto tomados de la mano —dijo un día, arqueando una ceja. Me miraba con los ojos entrecerrados —. ¿Acaso me he perdido de algo?
—Bueno, si tanto te molesta mi presencia, entonces me voy —contesté con indiferencia.
—Yo no te estoy echando. Me gusta que vengas —reconoció él con sinceridad—. Pero no puedes negar que andas tramando algo.
—¿Yo? Yo no tramo nada. Remus sólo me ha ayudado con algo. Me ha estado dando consejos amorosos.
Sirius, que en ese momento bebía un vaso de jugo, terminó escupiéndolo todo.
—Cof, cof, ¿dando, cof, consejos, cof, cof, amorosos? ¿Remus?
—¿Y qué? Yo también puedo enamorarme —protesté.
—No lo digo por eso —replicó Sirius secándose la boca —. Lo digo porque Remus no es usualmente ese tipo de persona, en ese caso, soy yo el que da los consejos… — lo miré con desconfianza— En fin. ¿Estás "enamorada"?
—Me gusta alguien —dije con evasivas.
—¿Y quién es? ¿Lo conozco? —se apoyó en la mesa y se inclinó hacia a mí, como si pretendiera leer la respuesta en mi cara.
—Claro que no, tú no conoces a nadie hace mucho tiempo —se puso serio —. Y no metas tus narices perrunas en donde no te incumbe, Sirius —le di una palmadita en el brazo —. No haría caso a tus consejos ni en broma.
—¡Oye, no soy tan malo!
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A pesar de que yo estaba siempre dispuesta a escuchar lo que me decía Lupin, no había hecho caso a ninguno de sus consejos. Se suponía que debía haber ido a ver a Severus, pero, en realidad no tenía idea de dónde vivía y qué estaría haciendo. En parte era por orgullo, pero ¿cómo iba a reaccionar la gente si me ponía a preguntar la dirección de Snape?
"No, la verdad es que sólo quiero saber para ir a lanzarle huevos para cuando sea Halloween. No tengo ningún interés amoroso con él. No, no quiero besarlo ni hacerle cochinadas".
Por supuesto que Lupin me proponía cosas que no se aplicaban mucho a la situación. Me pregunto qué me habría dicho si le hubiese contado que había rechazado sexualmente a la persona que me gustaba por miedo a ser oída y por miedo a sentirme tan expuesta.
"Bueno, Tonks, lánzate como una gata en celo y problema solucionado"
No, seguro que no habría contestado eso, eso me lo habría contestado yo misma si hubiese sabido dónde vivía el profesor de Pociones. Ya que lo pensaba con más claridad… ¿en qué diablos estaba pensando al decirle que "no podía hacer el amor con él"? ¡A los hombres no se les podía decir eso! En esos casos, uno tiene que usar excusas como "me duele la cabeza", "estoy cansada", "el período", "un hipogrifo me mordió una pierna y no estoy en el máximo de mi lujuria" o "un soy virgen y no estoy lista". De todos modos, si él era tan ducho en Legeremancia, ¿acaso no podía haberse metido en mi cabeza y haber leído que en realidad yo le deseaba y quería estar con él? Al final, no sabía si estaba enojada conmigo por decir eso, o con él por haber tergiversado mis palabras.
Con ansias esperé el veinte de agosto, el día de mi cumpleaños. El año anterior me había olvidado de tal fecha por culpa de la moribunda Margaret que estaba con tres cuartos de su cuerpo en el cajón. "Aquí se resolverá todo", pensé emocionada en la víspera de mi nacimiento, imaginando que, al otro día, despertaría con un beso de mi Príncipe No Encantador, quien me estaría aguardando con un closet lleno de ropa nueva, toda la colección original de discos de Las Brujas de MacBeth y una guitarra eléctrica comestible hecha de chocolate. Cuando abrí los ojos, al día siguiente, no había nada de eso. Sólo mi madre me esperaba, sentada a los pies de la cama, junto a mi padre, que cargaba una caja grande en los brazos, envuelta en un papel azul muy brillante.
—¡Feliz cumpleaños, hija! —gritó mi padre lanzando petardos de luces con la varita al techo. Hubo una serie de "pops" que se colaron por mis oídos.
Con sueño, bostezando, me reincorporé y los miré con desagrado.
—Feliz cumpleaños, Dora —saludó mi madre, entregándome un pequeño paquete cuadrado.
—¿Saben qué hora es? —pregunté con desgano.
—Sí, la hora de que te levantes para ir a trabajar —respondió mi madre con labios tensos. No era la reacción que ella esperaba de mí. Seguro que estaba imaginando una Tonks saltarina, radiante de felicidad.
Miré el reloj y luego a ellos.
—Me quedan cinco minutos para dormir. ¡Cinco minutos podrían ser cinco días en un sueño!
—Ya, bien, bien —intervino mi padre dejándome su regalo sobre mi regazo, antes que mi madre me regañara. Le estaba saliendo humito por las orejas —. Este es un día especial, Dora —dijo mi padre —. Por favor no te pongas así. Tenemos que estar contentos.
—Sí, tienes una suerte, estando en la Orden de Fénix, de haber alcanzado los veintitrés —refunfuñó mi madre poniéndose de pie —. Así que deberías estar bastante agradecida.
Abrí la boca, sintiendo que me había perdido de algo. ¿En qué momento habíamos terminado de hablar de mi cumpleaños, y empezado a criticar a la Orden?
—Disfruta tus obsequios —dijo Drómeda, haciéndome un desprecio. Se fue con la barbilla alta y los puños apretados. Seguro que se estaba aguantando de ir al baño, por eso actuó así.
—Ah… Lo siento —le dije a mi padre —. No estoy en mis mejores días.
Ted se acercó y me puso su manota en mi hombro cariñosamente.
—Bueno, dudo que alguien lo esté, Dora —sonrió afablemente —. Parece que me van a despedir —mis ojos se abrieron desmesuradamente —. El negocio no ha ido muy bien últimamente. Pero tendré más tiempo en casa para hacer algunos trabajos particulares, así que no habrá mucho de qué preocuparse —mi cara estaba desfigurada por la impresión —. Deberías hablar con tu madre.
Quise autoflajelarme al estilo elfo doméstico cuando vi mis regalos: una pulsera fina de plata con rubíes incrustados, pero por lo demás muy de mi estilo, obra de mi madre, y un par de botas de cuero sintético, muy cómodas, antihumedad y con tacones ajustables, obsequiadas por mi padre. Miré por la ventana. Estaba claro y nuevamente parecía que iba a hacer calor. El pasto estaba amarillo, pero a quién le importaba el pasto si estaba mirando esperando encontrarme con la pálida cara de Severus.
—No, definitivamente no te saludará, Tonks. Probablemente ni sepa que es tu cumpleaños. Pero, si lo sabe y no me quiere saludar, es porque está enojado… ya verá quién ríe mejor. Ya obtendrás tu venganza, Tonks.
Antes de irme al Ministerio, me disculpé con la mujer que dio a luz a esta extraordinaria e inigualable criatura, triturándola en un abrazo y besándole la mejilla, y le expliqué que en realidad era molesto que a uno le despertaran antes de que sonara el despertador.
—Es que, casi no te he visto —explicó ella con el corazón un poquito más blando —. Me pregunto si estará bien que sigas asistiendo a las reuniones de la Orden. Te afectará la salud.
—Mamá, no pasa nada, la Orden del Fénix no es un grupo temerario que vaya tras magos tenebrosos.
—¡Pero si es eso exactamente!
—Bueno, pero no aún. Todo está excelente. Mi salud está perfecta, mira —con un dedo bajé mi mejilla para mostrarle con más precisión el blanco del ojo —. ¿Ves? No tengo nada extraño, mamá. Debes tomarte las cosas con más calma.
Me miró con una mueca de inseguridad.
—Soy madre… jamás voy a estar tranquila o calmada.
Mujer tenía que ser mi madre. Luego de eso, me sonrió y añadió un alegre "Te esperaré con una rica cena. Si puedes salir antes, hazlo, y trae a tus amigas contigo".
¿Amigas?, pensé irritada, Bueno, Kingsley, Remus… ¡a colocarse pelucas y tacones!
El morenazo de la voz gruesa me estrechó en un abrazo triturador cuando llegué a mi oficina, levantándome y sacudiéndome como si fuera un saco de papas, pero sin las papas.
—Tu regalo será salir a las seis, pero sin tener que hacer tu ronda —me dijo con una blanca y brillante sonrisa —, hablé con Dumbledore y dijo que no había problema en que Arthur tomara tu lugar —. También, me llevarás a donde tú vayas.
—¿Ese es mi regalo? —pregunté desencantada —Eres un tacaño de primera, Shacklebolt. Pero no te preocupes, te pensaba invitar de todos modos a mi casa. Mi mamá me hará una cena y quiere que lleve gente.
—¿Alguien más irá? —preguntó con entusiasmo.
—No sé, tal vez mis abuelos —sonreí con ironía —. Va a ser una celebración súper divertida.
Kingsley se puso un dedo en la barbilla, pensativo. Eso le hacía ver más inteligente de lo que ya era.
—¿Y por qué no invitas a Remus? Yo me llevo bien con él, y tú también.
—¡Sí! Lo pensé también —contesté con entusiasmo — Es una buena idea. Pero creo que será mejor que lo vayamos a buscar a Grimmauld Place. Si envío una carta, Sirius puede leerla y se sentirá muy mal, y es mejor asegurarnos que Remus no esté ocupado en otro lado.
Con mi amigo tuvimos que recurrir a la vil y sucia mentira para llevar a Remus con nosotros, que sí estaba en Grimmauld Place ayudando a Molly y a los muchachos a desarmar un escritorio podrido de una de los cuartos.
—Ha habido una emergencia —dijo Shackebolt a Remus con tono de "confidencial". Sentí las miradas de Harry, Ron y Hermione clavadas en nosotros.
—Afuera —susurré al ver que esos mocosos estaban demasiado pendientes. Con lo indiscreto que era Ron, seguro le diría a Sirius lo que estábamos planeando. Harry era más confiable, pero no dejaba de ser el ahijado de mi primo.
Nos llevamos a Remus hasta la silenciosa y abandonada plaza para decirle lo de mi gran pequeña celebración de cumpleaños, para que ninguno de los niños pudiera oír algo a hurtadillas.
—¿Cumpleaños? ¿Hoy es tu cumpleaños? No tenía idea, felicitaciones —me sonrió y me dio un fugaz abrazo. Avergonzado, añadió —. Si me dieras tiempo de ir a comprarte algo ahora, de verdad sería…
—¡No!, ¿cómo se te ocurre? No es que a mí me importen los regalos ni nada… —le di un codazo a Kingsley con fuerza — No es necesario, de verdad.
Exhaló con fuerza y miró hacia la casa.
—Está bien, pero de todas maneras tengo que volver a buscar algunas cosas, y a avisar a Molly para que no me espere a cenar hoy, y para inventar una excusa a Sirius, que no se quedará tranquilo si desaparezco de repente. Le diré que un secuaz de Greyback ha sido visto en el Ministerio, para que sepan, y no andemos contando luego diferentes versiones de los hechos.
—Bueno, nosotros iremos mientras tanto.
Hice aparecer un mapa con la dirección y se lo entregué antes de desaparecer con Shacklebolt. Creí llegar a un cumpleaños de críos cuando llegué a mi casa. Había globos de colores por todos lados y el techo estaba trazado por muchas serpentinas. Sólo faltaba que mi padre se atreviera a colgar una piñata. Mis abuelos ya me estaban esperando ahí, ansiosos de entregarme sus regalos.
—¡Ah! Pero qué hermosa se ve mi nieta —alardeó mi abuela —, si te pareces a Marilyn Monroe. Comentó, admirando mi estilo del día, rubia platinada y crespa.
Shacklebolt me miró con cara de duda.
—Ni se te ocurra preguntar —farfullé —, si no quieres que te den la lata sobre los artistas muggles.
—No, aún es más hermosa Nymphadora —corrigió mi abuelo despeinándome los rizos rubios que tenía, como si fuera un chico. Bueno, probablemente siempre quiso tener un nieto, así que tenía que soportar su trato brutal que tenía conmigo. Esa era la razón de preferir a mi abuelo: a él no le importaba que usara ropa remendada y a la moda. Mi abuela, si hubiese estado a su alcance, me habría llevado a una academia de modelaje para que me enseñaran modales y consejos de belleza.
—Abre los regalos —me alentó mi abuela dando un aplauso.
—¿Qué es esto? —pregunté a mi abuelo mirando un palo de madera gordo y con punta redonda, con una esfera de cuero blanca — ¿Una mini Quaffle?
—¡Es un bate y una pelota de Beisbol! El deporte que se juega en Estados Unidos.
Mi abuela me hizo agregar un nuevo vestido a la colección de Ropa Que No Uso Nunca y Que Permanecerá Guardad Eternamente en el Entretecho. Le dije que estaba muy lindo, por supuesto, y lo dejé con mucho cuidado sobre mi cama para aparentar amor por esa prenda. Remus llegó unos minutos más tarde, y no lo hizo con las manos vacías.
—Pero, si te dije que no era necesario —insistí cuando lo hice pasar.
—No es nada. Una visita sumamente rápida al Callejón Diagon —me entregó el obsequio —. Espero que te sea útil.
—Gracias. Veremos lo que es… —vi que, imperceptiblemente, negó con la cabeza. Capté su mensaje —. Mejor lo veo después —fui a esconderlo rápidamente bajo la almohada, aguantándome la curiosidad de verlo —. ¡Gente! —bramé cuando llegué — Él es Remus Lupin, parte de…
Presenté a mi nuevo amigo a todos, así que hubo muchas sacudidas de manos por unos segundos.
—Qué bueno que Dora no tenga amigas —se jactó mi abuelo, mirando a Kinglsey y a Remus —. Me enorgullece saber que se junta con hombres. Las mujeres son demasiado complicadas, y cuando se reúnen dos o más mujeres, es cuando se forman los problemas y las guerras. En cambio, nosotros, los hombres, somos más sencillos. No nos importa...
Tuvimos que tragarnos una perorata de quince minutos de "macho que se respeta" antes que mi madre llegara con la cena.
—Como nos olvidamos de tu cumpleaños del año pasado, incluida tú —dijo mi padre, con una copa en la mano —, no podíamos pasar de lado esta ocasión. Que encuentres mucha felicidad en tu vida, Dora. Nosotros siempre cuidaremos de ti. ¡Salud!
Mi madre, durante la cena, volvió a sacar el tema de la Orden del Fénix, sólo para interrogar a Kingsley y Remus. El último se encargó de convencer a mi madre de lo segura que era ahora la organización secreta.
—Señora Tonks, su hija es una bruja muy capaz, Dumbledore jamás la hubiera reclutado si hubiese pensado en que era una debilucha o un inservible elemento para nosotros —dijo Remus con amabilidad y esa mirada que lograba calmar una habitación entera —. Ahora contamos con magos de elite y somos mucho más numerosos.
—Créame que Tonks hace una gran labor —añadió Kingsley —, ella es un pilar. Si decidiera retirarse, quedaríamos a medias y, el objetivo final no podría cumplirse.
Mi madre nos miró a los tres, indecisa. Mi abuelo, por su parte, salió con un "¡Dora no es una cobarde! Ella le dará sus merecidos a esos rufianes, aunque le cueste la vida, lo sé".
—No digas eso —le regañó mi abuela, dándole un manotazo en el brazo.
—Sí, lo sé —suspiró mi madre —. Mi hija jamás ha sido una cobarde. Sólo espero que tenga suerte —me sonrió dulcemente. ¡Mi madre, siendo dulce ante los demás!
Para ser una celebración tan sencilla y ridícula, lo pasé muy bien y reí a carcajadas, sin tapujos. Me sentí tan en casa, tan apapachada dentro de ese calor humano lleno de confianza, que pude olvidar a Severus por el resto de la noche. No había llegado ni una lechuza, ni un solo memorándum, tampoco señales de humo. Nada que significara que no había olvidado mi cumpleaños o que lo supiera. Estuve muy agradecida con todos por haber contribuido con mi felicidad por ese día, pero pronto iba a tener que regresar a mi realidad.
Murciélago estúpido. Una vez quise acostarme contigo, y me mandaste a volar porque se me había puesto el cabello rojo. ¡No hay derecho!
—Los felicito —dije a mis padres una vez que todo el mundo estuvo fuera de mi casa —, ha sido uno de los mejores cumpleaños que he tenido hasta ahora. Muchas gracias.
—Una copa rota, un trozo de torta en la alfombra y un derrame de vino en el mantel —contabilizó mi madre, satisfecha —. Tú tampoco estuviste tan mal, hija.
Finalmente, antes de dormirme, rasgué el papel del libro que me había comprado Remus. Éste se titulaba "Para brujas fueras de serie: como triunfar en el amor y no morir en el intento".
Claro, si hubiese mostrado esto en público, hubiera sido el hazmerreír, pensé, aliviada, esperando que pudiera ser de alguna utilidad.
