Rareza
Tamaki
"Esto no es un centro comercial."
No, no lo era.
Ni a tienda llegaba con toda la propiedad de la palabra. Aquél lugar era más bien un sencillo cuarto del que colgaban cortinas de manera irregular para que los gatos pudieran jugar con ellas, con olor a rancio y si la abuela encendía su kiseru, a cualquier tipo de hierba, resina, o carbón que se pudiera fumar. Cuatro paredes sin ventanas, oculto entre los pasillos de los sótanos de un edificio cualquiera, medio destruido, que pasaba inadvertido dentro de aquella arruinada ciudad.
"Esto no es un centro comercial."
Le había dicho tajante como siempre.
"No sabría decirte, abuela, nunca he ido a uno."
Era lo que le hubiera gustado responder.
Se movía rápida y sigilosamente entre los callejones lúgubres, evitando a toda costa el toparse con alguien. Y no, no era antipática. En aquél sitio perdido encontrarse con alguien era terminar peleando por no malograr las pertenencias o la vida, la población se había reducido dramáticamente desde que se dio por terminada la última guerra ninja y los que quedaban no eran más que maleantes refugiados, prostitutas, o traficantes.
Uno de los gatos ninja de su abuela la acompañaba, el otro permanecía con la anciana, ya que pese a su agilidad para moverse entre tejados y calles, nunca había recibido más instrucción en el arte ninja aparte de la vagas explicaciones que los felinos daban para enseñarle a esconderse y sentir chakra en caso de que la siguieran, después de todo, alguien de su profesión no podía darse algunos lujos como permitir que la emboscaran o capturaran.
Todos los encargos los hacía ella, toda la mercancía que se trataba en el negocio de la abuela, no salía de un agujero en el piso y cada cierto periodo debía salir para conseguir lo que se requería, desde atún enlatado hasta armamento y medicamentos de contrabando.
El siguiente asentamiento urbano no estaba lejos, tras un par de días de camino entre apáticas rocas bermellón, finalmente distinguió el bullicio propio de un mercado.
Ignoró el florido comentario de un guardia que sabía de dónde venía y confundía su profesión, aunque sinceramente le daba igual el sacar o no al hombre del malentendido, tenía un pesado día de negociaciones por delante.
.
Le parecieron eternas las horas que le tomó encontrar los puntos específicos en el mercado, ninjas contratados por el feudal habían estado haciendo averiguaciones sobre los escondites de traficantes y todos habían cambiado la ubicación, pero si para algo eran buenos ella y Denka*, era encontrar alimañas que robaban a otros poblados sus mercancías y las daban a mitad de precio en el bazar clandestino.
Más de una vez se llevó el dedo anular al oído, tanto ruido la incomodaba.
Y la gente…
Se movía rápida y sigilosamente entre los callejones, puestos y gente en general evitando a toda costa hacer contacto físico con alguien. Y no, no era antipática. Solo que, en aquél sitio, si uno se descuidaba, terminaba con productos que por solo haberlo tocado ya exigían un pago los comerciantes.
— ¡Señorita! ¡Tengo en oferta la loción de vinagre de manzana!
Por poco y termina con aquél extraño brebaje untado contra su voluntad pero consiguió moverse a la derecha dejando en su sitio a un despistado que tendría un reluciente cabello. En seguida el gato le avisó que volviera a quitarse, un comerciante de maquillaje ya había puestos sus ojos en ella para una demostración sobre la calidad de sus minerales.
—Una moneda señorita, una moneda por caridad.
Sus pasos se volvieron más rápidos, si se hubiera detenido a la piadosa acción de ayudar a un mendigo, enseguida le saltarían encima una banda de idiotas a asaltarla… tal y como le había pasado al turista de atrás.
La bolsa cada vez se hacía más pesada, pero para fortuna suya, solo hacía falta la comida.
Tan atiborrada de bolsas y paquetes como estaba, ahora dependía totalmente del ninja felino para que no la pillaran mientras iba de regreso a la abandonada ciudad donde su abuela muy seguramente ya estaba de mal humor por la tardanza. Y no le creería sobre el operativo de limpieza, pero al menos le llevaba un Kiseru con boquilla y depósito de plata que además tenía grabados de Nekomatas, una ganga aduladora, apropiada y prácticamente regalada.
No sin algo de trabajo finalmente regresó a la guarida, cruzó las viejas cortinas arañadas, el olor a rancio y tabaco le dio la bienvenida y bajó toda su carga abrazando al montón de mininos que maullando corrieron del regazo de la abuela al de ella.
Dejo que la lamieran, ronronearan, rozaran, restregaran sus peludos cuerpos en los pies y con las garras se quedaran prendados de su ropa.
"Esto no es un centro comercial."
¡Y alabado el cielo porque no lo fuera nunca! Si los mercados no los soportaba, los centros atiborrados, menos aún.
Y no, no era antipática… solo que no entendía a la gente, era rara.
Comentarios y aclaraciones:
Naruto (Manga) capítulo 354
Naruto (Anime) episodio 121
Denka y Hina, así se llaman los gatos.
Pues, para no perder la secuencia, la nieta de neko-baa!
¡Gracias por leer!
