NdA: Dedicado a Rastel por su cumpleaños, que será el 11 de mayo. Besitos y que te lo pases muy bien, guapa. Y muchas gracias a todos por leer y comentar.
Capítulo 37 Slytherin-Hufflepuff
Blaise miró con aire complacido las puntuaciones de las cuatro casas. Por primera vez en muchos años, las cuatro estaban apelotonadas. Había sólo diez puntos de diferencia entre los Hufflepuff, que iban los primeros, y los Gryffindor, que iban los últimos. Los Slytherin estaban en segunda posición, y si conseguían ganar la Copa de Quidditch, hazaña que otorgaba veinticinco puntos extra, probablemente acabarían los primeros.
Había amenazado de muerte a cualquier alumno de Slytherin que se metiera en líos en las dos semanas escasas que quedaban de curso.
Aquel año en Hogwarts había sido mejor de lo que había esperado. En Italia, la enseñanza sólo había sido un trabajo, algo con lo que alejarse de la mala fama de su mortífera madre. En el Reino Unido, entre los suyos, había sido más personal, más apasionante. Y a pesar del mal trago que había supuesto la agresión a Scorpius, las consecuencias no podrían haber sido más positivas para Slytherin, tanto dentro como fuera de Hogwarts. Considerando además el bombazo que había provocado Harry Potter al anunciar que el mundo muggle se había vuelto peligroso para los magos, Blaise se moría de ganas de ver cómo estaría el equilibrio de poder entre Slytherin y Gryffindor cuando se reanudara el curso después del verano.
-Buenas tardes, profesor –le saludó Scorpius, pasando por su lado con Albus. El Gryffindor llevaba un tablero de ajedrez debajo del brazo.
-Señor Malfoy, señor Potter… ¿Listo para el partido de mañana? –le preguntó a Scorpius.
El equipo de Gryffindor, con su nuevo Buscador incluido, había perdido el partido contra Ravenclaw el fin de semana anterior. Los leones ya no tenían posibilidad de ganar la Copa de Quidditch y ahora todo dependía del resultado de aquel partido. Incluso si la Buscadora de Hufflepuff, Alexia Montgomery, atrapaba la snitch antes que Scorpius, los dos equipos quedarían empatados a dos victorias y se llevaría la Copa quien hubiera ganado con más diferencia de puntos.
-Sí, señor –contestó el niño-. No hemos parado de practicar en toda la semana.
-Sus padres van a venir, ¿no es cierto?
-Mis padres y mis tíos. Va a asistir un montón de gente.
Eso era cierto. Casi todos los padres de los alumnos del equipo habían pedido permiso para presenciar el encuentro; nadie quería perderse la oportunidad de ver a Slytherin ganar la Copa de Quidditch después de casi treinta años.
Cuando los niños se marcharon, Blaise se los quedó mirando. Aún no se había acostumbrado a verlos juntos; en parte era como ver a Draco y a Potter siendo íntimos amigos y eso resultaba un poco perturbador. Draco le había dicho que la única manera que había tenido de sobrevivir a la excursión de Harry y Albus Potter a Malfoy manor había sido beber como un condenado y Blaise no dejaba de entenderlo. Por otro lado, McGonagall parecía preguntarse si no estaría senil cada vez que los veía y Longbottom apartaba la mirada con cara de dolor de estómago.
-Yuuuujuuu, Blaaiiise…
Blaise se tensó al escuchar a la estúpida de la profesora Bouchard llamándole desde la otra punta del pasillo. Por un momento pensó en marcharse de allí sin hacerle el menor caso, pero después de todo un curso aguantándola, intentando sacársela de encima con amabilidad decreciente, decidió que había llegado el momento de ponerse serio de verdad y dio media vuelta para ir hacia ella. Su expresión debía de resultar bastante amenazadora, porque ella perdió la sonrisa y dio un paso atrás. Él no se detuvo hasta quedar a pocos centímetros de ella; podía oler su colonia barata a rosas.
-Me ofende, madame Bouchard. Su extrema fealdad ofende a mis ojos, su asquerosa colonia, a mi nariz, su ridícula voz, a mis orejas y su estúpida personalidad, a mi pobre cerebro. Si usted y yo fuéramos las últimas personas en el mundo, la raza humana acabaría con nosotros porque yo preferiría montármelo con el cadáver de un elfo doméstico antes que poner un solo dedo encima de su grasienta cara. ¿He sido lo bastante claro o es usted tan necia como para confundir esto con un intento de hacerme el difícil?
Ella parecía a punto de echarse a llorar.
-Ha sido claro.
-Espero que no se le olvide durante el verano. Que tenga un buen día.
Aunque en su momento no lo dijo en voz alta, Scorpius consideró una suerte que Pandora Silvermoon, una Ravenclaw de segundo, eliminara a Hector en la semifinal del campeonato de ajedrez porque así podía animar a Albus en la final sin sentir que traicionaba a Slytherin. También era una suerte que Mei no se hubiera enterado en su momento de la existencia de dicho campeonato, ya que había jugado un par de partidas contra Albus para ayudarlo a practicar y lo había derrotado con una facilidad insultante. Albus había perdido un poco de entusiasmo ante la posibilidad de ganar, pero Scorpius le había hecho ver que Mei, probablemente, podía derrotar al mejor jugador de Hogwarts con la misma facilidad. Si se acordaba de presentarse.
Albus se detuvo frente a una de las ventanas de piedra que daban a la entrada principal de Hogwarts, se sentó en ella y puso el tablero en el centro mientras Scorpius ocupaba el otro lado.
-Eh, Scorp, ¿te acuerdas de que tu padre te prometió que te compraría lo que quisieras si ganabas a Gryffindor?-le preguntó, mientras empezaban a colocar las piezas-. No me has dicho si ya has pensado en algo.
-Ya le pedí algo –contestó Scorpius.
-¿Sí? ¿El qué?
Scorpius empezó a sentirse un poco avergonzado, sin saber por qué.
-Pues… bueno, le pedí que me dejara invitarte a tomar el té a Malfoy manor.
Albus se lo quedó mirando con cara de sorpresa.
-¿En serio? Pero si podrías haberle pedido lo que quisieras…
-Ya tengo de todo. Y quería verte. Joder, Al, me dijiste que era tan malo como lo de los dementores.-Albus apartó la vista-. Mi padre no me quería dar permiso porque le parecía que era demasiado raro, así que le dije que era lo que quería por haber ganado a Gryffindor y como lo había prometido tuvo que cumplirlo.
-No es que quisiera saltar por una ventana ni nada de eso –dijo Albus, aún con la cabeza gacha-. Es que todo era una mierda.
-Bueno, olvídalo, ¿vale? Fíjate, me llenaron de regalos en mi cumple. -Morrigan decía que era porque había estado a punto de morirse y los demás estaban de acuerdo. De hecho, Damon, Cecily y la propia Morrigan habían estado discutiendo planes para fingir un accidente mortal y poder pedir lo que quisieran en sus cumpleaños, pero al final no habían encontrado algo que fuera seguro y a la vez impresionara a sus padres.
- Pero… ¿eso quiere decir que no vamos a poder quedar este verano? Porque si tu padre no quería que yo fuera a tu casa…
Scorpius le quitó importancia con la mano.
-Pero eso era porque era la primera vez. Seguro que ahora ya no le importa que vengas de visita.
-A lo mejor a ti también te dejan venir a la mía.
-¿Con tu hermano? –dijo, dando un respingo. Si no hubiera estado sentado habría dado un paso atrás-. Ni hablar.
-James no te haría nada, en serio.
Albus decía eso a menudo. Pero las dos últimas noches, él había soñado que ganaba el partido contra Hufflepuff y que Alexia Montgomery, la Buscadora, intentaba asesinarlo. Y no podía evitar que el corazón le diera un vuelco cada vez que veía una cabeza pelirroja por Hogwarts.
-Aunque a mí no me importara ir, mis padres no me darían permiso nunca. Y seguro que a ti no te dejan venir solo a la mía tampoco, ya lo verás. Tus padres creen que los míos o mis abuelos intentarían matarte o algo así.
Albus abrió la boca para decir algo, pero Scorpius nunca llegó a saber qué era porque en ese momento escucharon una explosión que parecía provenir de la planta de arriba y casi al mismo tiempo, vieron salir volando a una alumna. Él, Albus y otros estudiantes igualmente rápidos que andaban por ahí sacaron sus varitas con aire alarmado y trataron de alcanzarla con hechizos para evitar que se estrellara contra el suelo. La mayoría de hechizos no alcanzaron el veloz blanco, pero hubo dos que sí y Scorpius llegó a ver cómo la chica disminuía la velocidad en los últimos metros.
Sin necesidad de decirlo, Albus y él corrieron hacia ella. No eran los únicos. Antes de llegar y verla, Scorpius comprendió que aquella tenía que ser la loca de Mei. No se equivocaba; la Ravenclaw de primero estaba sentada en el suelo, con expresión aturdida y la cara un poco chamuscada. Seren Carmichael, la Hufflepuff que iba a piano con él, estaba arrodillada a su lado, asegurándose de que no tenía ningún hueso roto.
-¿Un experimento? –decía en ese momento otro Ravenclaw de quinto acuclillado frente a ella-. Merlín, no vas a parar hasta matarnos a todos. O matarte a ti misma. Y créeme, sería mejor lo segundo.
Seren alzó la vista, un poco escandalizada.
-Eh, no le digas eso, pobrecita. Vamos, peque, hay que llevarte a la enfermería.
-Estoy bien –dijo Mei. Entonces vio a Albus y Scorpius y sonrió-. Eh, hola, ¿habéis visto lo que he hecho?
-¿Intentar hacer volar Hogwarts? –dijo Scorpius, solícito.
-No, idiota, claro que no –contestó, mientras se ponía de pie con la ayuda del Ravenclaw y Seren-. Creo que he encontrado la manera de crear un hechizo que conjura un campo de fuerza alrededor de alguien, permitiéndole volar sin escoba.
-Guau, ¿en serio? –exclamó Albus.
-Lo que pasa es que no consigo encontrar la manera de hacerlo estable, perouuuf…
A Mei se le doblaron las rodillas y si no se cayó al suelo fue porque la tenían bien sujeta. El Ravenclaw recalcó que necesitaba ir a la enfermería, no ponerse a comentar sus chaladuras, y se abrió paso entre la gente que se había congregado para ver qué había pasado. Scorpius vio que Blackcrow, la profesora de Estudios Muggles, se estaba acercando a ellos a toda prisa; debía de haber visto también lo sucedido.
-Sé que Mei sólo podría haber ido a Ravenclaw, pero ojalá la hubieran enviado a Slytherin. Vivir con ella tiene que ser tan divertido…
-Sí, menos cuando te hace perder un montón de puntos de golpe, ¿no? –replicó Albus. Luego, sin embargo, entornó los ojos apreciativamente-. Aunque lo de volar sin escoba tiene que ser genial.
Scorpius le dio un codazo.
-Eh, si le han quitado puntos a Ravenclaw puede que ya no estéis los últimos.
-Vamos a ver.
Para ganar la Copa de Quidditch, los Hufflepuff tenían que hacer más que atrapar la snitch; tenían que meter también tres goles más que ellos. En aquella ocasión, los jugadores de campo tendrían un papel tan importante como el de los Buscadores en la victoria de su equipo.
Mirando las caras de Furmage y los demás, Scorpius se alegró de no tener que enfrentarse a ellos. Los jugadores de Hufflepuff también parecían dispuestos a emplearse a fondo, pero no le parecían tan intimidantes como sus compañeros.
Cuando madame Hooch comenzó el encuentro, Scorpius hizo como siempre y se olvidó de todo excepto de localizar y atrapar la snitch. Era Montgomery quien tenía que preocuparse de no atrapar la snitch si su equipo iba perdiendo o ganaba por menos de tres goles. La Buscadora de Hufflepuff era rápida e incansable: se la consideraba tan buena como James Potter o mejor, y Hufflepuff había ganado dos Copas de Quidditch desde que ella había entrado en el equipo.
La snitch se dejó ver cuando Hufflepuff ganaba cuarenta a treinta. Para entonces, uno de los Cazadores de Hufflepuff ya había sido enviado a la enfermería y un Bateador de Slytherin había sido expulsado, así que los dos equipos jugaban con uno menos. Scorpius se lanzó a perseguir la snitch, mano a mano con Montgomery. Como los Hufflepuff aún no tenían ventaja suficiente, su Buscadora no trató de atrapar también la pelota dorada, sino que intentó molestar a Scorpius todo lo posible en su carrera. Los Bateadores de Hufflepuff también le lanzaron un par de bludgers, Scorpius las esquivó las dos veces y siguió persiguiéndola, atento a sus zig-zags. Estaba cada vez más cerca, pero cuando ya estiraba la mano para cogerla, Montgomery le dio un fuerte y disimulado codazo para desequilibrarlo. Scorpius estaba acostumbrado a los golpes durante los entrenamientos –se había roto las costillas tres veces aquel año- y no soltó la escoba, pero no pudo evitar perder el control durante unos segundos. Madame Hooch no pitó nada –sólo un sector del público parecía haber visto la falta- y cuando Scorpius recuperó el control de su escoba descubrió que la snitch ya no estaba a la vista.
Durante casi veinte minutos, toda la emoción estuvo entre los aros de las dos porterías. Slytherin estaba teniendo mucho problema para proteger a su Guardiana con sólo un Bateador, a pesar de que los Hufflepuff estuvieran atacando con sólo dos Lanzadores. Scorpius empezó a preocuparse cuando los Hufflepuff se pusieron sesenta a cuarenta, pero en ese momento localizó la snitch, cerca de la torre con los colores de Ravenclaw, y salió en su búsqueda, seguido muy de cerca de Montgomery.
La persecución fue intensa y obligó a ambos Buscadores a emplearse a fondo. La snitch hacía tantos cambios de dirección que a Scorpius empezaban a dolerle los brazos de ejercer tanta tensión sobre la escoba. De pronto, oyó un alboroto a su alrededor que indicaba que alguien había marcado. No se atrevió a girar la cabeza hacia el campo o los marcadores para ver de quién se trataba, pero no le hizo falta: notó que había sido Hufflepuff en cuanto Montgomery dejó de volar con la intención de molestarle y empezó a hacerlo para atrapar la snitch.
El ritmo de la persecución se hizo casi demencial. Montgomery volaba como si fuera una cuestión de vida o muerte y Scorpius se esforzó todo lo que pudo para mantenerse a su altura, maldiciendo a sus compañeros para sus adentros por haber permitido que los Hufflepuffs les sacaran tanta ventaja. De repente, al pasar por la portería de Morana Higgs, Montgomery consiguió sacarle medio cuerpo de ventaja y alargó la mano para atrapar la snitch. Scorpius, casi a la desesperada, forcejeó con ella y la snitch se alejó del alcance de ambos. La Buscadora de Hufflepuff le devolvió el empujón y Scorpius salió medio disparado hacia el poste de uno de los aros. En el último momento aplastó el cuerpo y pasó limpiamente por la portería.
La snitch estaba ahora a un par de metros de ellos y se dirigía hacia el otro lado del campo. Scorpius miró fugazmente el marcador; seguían perdiendo de tres. Todo el estadio estaba dejándose la garganta, apoyando a unos y a otros. Había visto a sus padres y a sus tíos en uno de los palcos, con Zabini y el idiota de Slughorn y los padres de los otros jugadores de Slytherin. Albus también le apoyaba, por supuesto. Y Amal, y Urien.
-¡Malfoy, cuidado! –rugió Furmage.
Scorpius giró la cabeza en dirección al grito y alcanzó a ver una bludger a menos de un metro de su cara. Por puro instinto de supervivencia se volcó completamente hacia su izquierda y pudo notar cómo la bludger le rozaba el pelo. Oyó gritos y aunque no había notado ningún golpe, por un momento pensó que le habían dado. Justo entonces alzó los ojos y vio a Alexia Montgomery atrapando la snitch.
Había perdido.
Scorpius cerró los ojos mientras, a su alrededor, medio estadio estallaba en aplausos y gritos de alegría.
-¡Montgomery ha atrapado la snitch! –exclamó el comentarista, haciéndose oír por encima de todo el alboroto-. ¡Qué mala suerte para el equipo de Hufflepuff!
-¡Scorpius! –le llamó Furmage.
Sólo entonces lo vio, la cara de alegría de sus compañeros, la de rabia de los Hufflepuffs, el nombre de Slytherin coreado una y otra vez por los alumnos de esa Casa y, sobre todo, el marcador. Doscientos treinta-sesenta. Slytherin había marcado un momento antes de que Montgomery atrapara la snitch y Hufflepuff no había conseguido suficiente ventaja como para alzarse con la Copa.
Scorpius sonrió con incredulidad.
La Copa de Quidditch era para Slytherin.
Preocupada por la treintena de padres que iban a ir a Hogwarts durante el partido, -cualquiera de ellos podía ser un secuestrador dispuesto a dar un golpe-, Minerva le había pedido a Harry que enviara un par de Aurores al campo. Harry había accedido y había mandado a dos agentes. Él no estaba de servicio, pero había decidido acercarse también, cubierto por su Capa de Invisibilidad. Sólo Minerva y los dos aurores sabían que estaba allí; Harry no quería que Albus se enterara porque si lo hacía, tendría que hablar con él, y Harry estaba bastante seguro de que no iba a ser capaz de mirarlo a la cara y fingir que todo iba bien. Ya era bastante duro hacerlo por carta.
Aquellos primeros días separado de Ginny habían resultado algo extraños, como si estuviera viviendo de pronto otra vida cuyos entresijos no terminaba aún de comprender. Tener que fingir que seguía viviendo con ella aún los hacía más raros; no es que tuviera que hacerlo a menudo, pero cuando lo hacía se sentía casi ridículo. Sólo Ron, Hermione, Percy y Audrey estaban en buenos términos con él, y Harry tenía que admitir que lo de estos últimos le sorprendía. Pero Percy, al fin y al cabo, sabía lo que era tener a toda la familia en contra y siempre había sido más respetuoso con las reglas que el resto de sus hermanos; Harry se dio cuenta de que Percy había encontrado la agresión de James sumamente grave y nunca había entendido que sus hermanos trataran de minimizarlo basándose en que el agredido era un pequeño Malfoy. E igual que Ron y Hermione, podía entender la infidelidad de Harry en su justo valor.
Harry no había vuelto a ver a Cavan fuera del trabajo. Lily aún se echaba a llorar de vez en cuando pensando en el divorcio y a él le parecía casi indecente ponerse a retozar por camas ajenas mientras su hija tenía el corazón roto, parcialmente por su culpa. Eso no quería decir que no tuviera ganas de verlo. Los recuerdos de aquel fugaz encuentro en el ascensor le asaltaban a cualquier hora del día, en cualquier lugar. Todo había sido tan distinto a hacerlo con Ginny… Y quería volver a hacerlo, más despacio, más consciente de cada detalle, más libre para explorar.
El partido le supuso una distracción a ese tipo de pensamientos. Scorpius volaba francamente bien, mucho mejor de lo que James le había dado a entender en sus cartas, antes de que todo pasara. Y aunque nunca habría creído posible que pasara algo así, cuando vio que Slytherin había ganado la Copa, que no el partido, se alegró por el niño. Después del mal trago que había pasado se merecía algo así.
Harry observó, desde el aire, cómo Albus esperaba a Scorpius a la salida del vestuario, acompañado por Amal y Urien. Los amigos de Scorpius también estaban allí. Una de las niñas de Slytherin, sonriente, se puso a hablar con Urien y Amal. Cuando Scorpius salió, casi fue directo hacia Albus, quien le dio un abrazo lleno de entusiasmo. También Amal y Urien lo felicitaron; quizás con no tanta efusividad, pero con la misma sinceridad. Viendo juntos a aquel pequeño montón de alumnos de Gryffindor y Slytherin casi se sintió como si hubiera fallado en algo, aunque era absurdo pensar así porque a juzgar por lo que veía, los Slytherin de esa época no tenían nada que ver con los Slytherin de la suya.
Malfoy, su mujer y los tíos de Scorpius se acercaron entonces. Albus aún andaba por allí y Harry se tensó instintivamente mientras se acercaba un poco más. Sus temores resultaron infundados. Malfoy y Astoria saludaron a Albus como si realmente se alegraran de verlo y Harry se dio cuenta de que, tras un primer momento de timidez, su hijo empezaba a sentirse cómodo con ellos. Los Malfoy también tuvieron unas palabras amables para Urien, quien obviamente era para ellos alguien más que un amigo de Albus. Resultaba casi raro verlos tan afables –al menos para los parámetros habituales de los Slytherin-; no era algo que hubiera experimentado de primera mano.
Harry suspiró, hizo ascender de nuevo su escoba y se fue a echar un último vistazo al campo para asegurarse de que no pasaba nada sospechoso. Aún quedaban padres desperdigados aquí y allá, despidiéndose de sus hijos, pero todo parecía dentro de lo normal. Que supieran, los secuestradores nunca habían usado la poción multijugos para actuar; sólo cabía esperar que siguiera siendo así, porque si no la paranoia iba a multiplicarse por mil.
Sólo cuando el último padre desapareció en dirección a Hogsmeade, Harry decidió marcharse. Pero antes quería despedirse de Minerva y de Neville, así que voló hasta el castillo y una vez allí abrió el Mapa del Merodeador para saber dónde estaban.
Neville estaba en las cocinas. Y McGonagall, en su despacho, acompañada de Draco Malfoy.
Draco estaba un poco nervioso cuando entró en el despacho de McGonagall, más que nada porque no estaba muy seguro de lo que iba a decir. Ella le recibió de pie junto a su mesa, con una ligera sonrisa.
-Enhorabuena por la victoria.
Draco aceptó la felicitación, que no creía muy sincera, con una leve inclinación de cabeza.
-Le agradezco mucho que haya accedido a mi petición –dijo, sin mentir.
Ella asintió, comprensiva, mirándole como si creyera saber lo que pasaba por su cabeza. Draco dudaba mucho que estuviera acertando; él mismo no lo tenía claro. Y McGonagall nunca había dado señales delante de él de saber entender a los Slytherin en lo más mínimo. Pero había aceptado, y eso ya era algo.
-Todos tenemos heridas que cerrar. Les dejo solos. Por favor, cierre la puerta cuando se vaya.
-Descuide.
Entonces salió de su despacho. Draco esperó a que la puerta se cerrara tras ella y sólo entonces miró hacia donde había evitado mirar todo ese tiempo.
El cuadro de Snape.
Su profesor de Pociones lo miraba desde su marco con expresión indescifrable, de esfinge. Vestía como siempre había vestido en vida, con una túnica negra y severa. Draco tuvo la impresión de que Dumbledore le saludaba desde su propio retrato, pero lo ignoró con un bufido desdeñoso. Se había sentido culpable como un perro por haber provocado su muerte hasta que, en la postguerra, había ido enterándose de los detalles de esa historia. Como que Dumbledore habría muerto igualmente por culpa de una maldición. O que había sabido desde el principio que Draco tenía órdenes de matarlo y en vez de ofrecerle una alternativa entonces le había condenado a todo un año de agonía –un año en el que Voldemort había estado torturando a su madre para incentivarlo a cumplir con su misión- y había esperado hasta que había sido demasiado tarde. Todo eso le había hecho sentirse estúpido y manipulado, y su culpa se había transformado en la animosidad de siempre.
Sí, se alegraba de no haberlo matado porque todo habría sido mucho peor, porque su propia alma habría sufrido las consecuencias. Y él no era un asesino. Pero Dumbledore era un bastardo manipulador que se las daba de santo y en lo que a él respectaba podía estar pudriéndose en su tumba, mano a mano con Voldemort. Eran tal para cual.
Aquella también había sido durante mucho tiempo su opinión más habitual sobre Snape, la que tenía cuando no se dejaba llevar por sensiblerías, pero Scorpius estaba vivo y sano gracias a él, gracias a la poción que le había hecho conseguir a Zhou. Una vez allí, frente a él, se dio cuenta de que llevaba más de veinte años buscando la manera de seguir apreciándolo sin sentirse como un imbécil.
-Profesor… -saludó, echándose un Muffliato para que los otros directores de Hogwarts no pudieran oír de qué hablaban.
-Draco… Minerva me ha dicho que querías hablar conmigo.
Oír aquella voz familiar después de tanto tiempo le sobresaltó y afectó más de lo que había esperado, pero hizo un esfuerzo por serenarse. Era sólo un cuadro, no el verdadero Snape, y aquello era un gesto simbólico, no una verdadera conversación.
-Sólo quería darles las gracias por haber salvado a Scorpius. Y preguntarle por qué lo hizo.
-¿Por qué lo hice? –repitió Snape.
-Cuando era un crío pensaba que usted nos apreciaba a nosotros y a los alumnos que tenía bajo su cargo. Pero con todo lo que pasó… está claro que no. Así que tengo curiosidad. Quiero saber por qué salvó a Scorpius. Imagino que fue simplemente para sacar a James Potter del lío, pero prefiero oírlo de usted.
Snape hizo una mueca despectiva.
-Si crees que puedo sentir alguna simpatía por un Gryffindor que se llame James Potter y se dedique a meterse con los Slytherin no me conoces en absoluto, Draco. Y por supuesto que a mí sí me importaban mis alumnos. Pero tenía un deber más importante. Tú deberías saber mejor que nadie lo que significa la guerra: dolor, sacrificios, decisiones difíciles.
-Lo sé perfectamente.
-¿Crees que para mí fue fácil? ¿Fue fácil para ti, Draco?
-No –admitió a regañadientes, consciente de pronto de que iba a perder esa discusión.
-He matado y torturado a mucha gente –dijo Snape, con voz menos dura-. Incluso mi papel como espía llevó el sufrimiento a otros, además de a la Casa de Slytherin. A veces es agradable echar la vista atrás y saber que uno hizo algo inequívocamente bueno. Además… por lo que he oído de Scorpius, parece destinado a devolverle el honor a Slytherin. Y pienses lo que pienses, Slytherin fue mi Casa y no deseo ver a sus alumnos convertidos en parias o comatosos. Por eso ayudé.
Draco se quedó en silencio, absorbiendo aquellas palabras que de algún modo le llevaban hacia la paz. Snape nunca le habría contado algo así si no le apreciara un poco.
-Gracias por decírmelo –murmuró al final.
-No hay de qué. Pero te agradecería que a cambio me explicaras por qué retiraste la denuncia. ¿Fue por la deuda de vida que tienes con Potter?
-¿Qué deuda de vida? –exclamó, irritándose al oírlo hablar como a la Weasley-. Él me salvó dos veces y yo, otras dos.
-Entonces, ¿cuál fue la causa?
Se lo habían preguntado directa e indirectamente tantas veces…
-Quería terminar de una vez con la enemistad entre nuestras familias. No quiero que mis hijos se vean mezclados en eso. Ni mis nietos.
Snape lo contempló en silencio unos segundos.
-Es una buena razón. Aunque si quieres que te diga la verdad, a ese pequeño bárbaro no le habría sentado mal una temporada en Azkaban.
-Me conformo con que se mantenga bien alejado de mis hijos. –Snape asintió como si estuviera de acuerdo con él-. Será mejor que me vaya.
-De acuerdo. Buena suerte, Draco. Siento no haber podido conocer al hombre en el que te has convertido.
Libre de su resentimiento hacia él, Draco podía ahora notar su ausencia más que nunca. Y dolía. Nunca había conocido a su padrino, Evan Rosier, porque había muerto cuando él era todavía un bebé, pero Snape había ocupado a menudo su lugar.
-Yo también siento lo que le pasó.
-Pagué mis deudas. Y todo acabó bien. Eso es lo que importa.
Aquella noche, Scorpius se sentía incapaz de conciliar el sueño. El día había sido demasiado emocionante. Aún no podía creer que hubieran ganado la Copa de Quidditch, pero allí estaban todos esos recuerdos para probárselo: el abrazo de su madre, la sonrisa orgullosa y feliz de su padre, las felicitaciones de sus compañeros, especialmente la de Aino, que le había dicho que gracias a él iba a saber lo que se sentía al ganar algo en Hogwarts. Leon Solberg había marcado el gol decisivo, pero nadie se olvidaba de las dos victorias anteriores de Slytherin a manos de Scorpius ni cómo había presentado batalla frente a Montgomery.
Y luego, por la tarde, Albus había ganado también el campeonato junior de ajedrez, en la final contra Pandora Silvermoon. Había sido una partida bastante reñida al principio, pero Albus había conseguido tenderle una trampa y a partir de ese momento su victoria había sido inevitable. Sólo sus amigos habían estado allí para animarlo y felicitarlo; el ajedrez no despertaba la misma pasión que el quidditch, aunque fuera un pasatiempo muy habitual. Aun así, Albus se alegró mucho y él se alegró por Albus. A ver si así esos idiotas que lo miraban con cara rara desde lo de su hermano se daban cuenta de que valía un millón de veces más que James.
Un ruido que empezaba a resultarle bastante reconocible hizo que girara la cabeza en dirección a la cama de Damon. Tenía las cortinas echadas, así que no veía nada, pero el ruido y sus ligeros jadeos hablaban por sí solos. Scorpius frunció el ceño: Hector había empezado a hacerse pajas a mitad curso y Damon, en las últimas semanas. Nadie quería hablar o pensar en lo que podía hacer o dejar de hacer Watson. Pero él aún no había conseguido nada, y no sería porque no lo hubiera intentado. Sencillamente, su cuerpo no respondía. Y era irritante, considerando que ya tenía trece años.
Scorpius se llevó la mano a su propio pene, encerrándolo en su puño. Damon decía que pensaba en Anthea Warrington, que estaba en quinto y era considerada una de las chicas más guapas de Slytherin. Scorpius estaba harto de pensar en ella sin el menor resultado, pero lo intentó una vez más e intentó imaginársela desnuda, haciendo las cosas que había visto en las fotos porno. Nada; por lo visto no tenía tanta imaginación. En realidad no quería pensar en Anthea haciendo esas cosas. Los jadeos cada vez más rápidos de Damon le estaban distrayendo, además. Scorpius pensó, sarcástico, que quizás tendría que pedirle que se la hiciera él, ya que parecía salirle mucho mejor.
Para su sorpresa, aquella idea, una mano ajena acariciándole, despertó un novedoso eco de placer en su cuerpo. Scorpius abrió los ojos, asombrado; aquello se sentía muy bien. Sin dejar de mover la mano, volvió a cerrar los ojos y se dejó llevar. Sí, ¡estaba funcionando! Su intención era imaginarse a Anthea haciéndoselo, pero quizás influido por los masculinos sonidos de Damon, fue en un chico en quien pensó, un chico que empezó siendo una silueta y poco a poco empezó a tomar forma. De repente, era Aino quien le estaba acariciando y Scorpius tuvo que esforzarse en contener un gemido mientras su mano se movía cada vez más rápido sobre su rígido miembro. Era mucho mejor de lo que jamás habría imaginado, como si algo fuera a explotar dentro de él. Tenía calor, y escalofríos, y necesitaba esa explosión como si su vida dependiera de ello.
El orgasmo le pilló desprevenido y le hizo soltar una exclamación en voz alta de sorpresa y placer mientras sus caderas daban dos sacudidas sobre la cama. Medio mareado, maravillado, se dejó llevar por la exquisita sensación de paz perfecta. Guau… Eso era aún mejor que el quidditch…
-Scorpius, ¿ése eras tú? –preguntó de pronto Damon, sonando intrigado.
-¿Eh?
-Ya te digo –dijo entonces Hector, con una risita-. Parad ya, pervertidos, que quiero dormir.
-Eso es porque Cornelia Solberg se le ha estado restregando durante toda la fiesta –dijo Damon, burlón.
Scorpius resopló, saliendo un poco de su aturdimiento.
-Bah, paso de ella.
-Bueno, ya era hora.
Los tres se chincharon un poco más y después Hector volvió a quejarse de que no le dejaban dormir, como si no hubiera estado participando en las bromas hasta cinco segundos antes. Pero era tarde, casi medianoche –la animación de la victoria había durado prácticamente todo el día- y Scorpius descubrió que esa especie de excitación que le había hecho pensar que no iba a poder dormir había desaparecido. Había sido un gran día, uno que habría deseado que no acabara nunca. Las bromas se fueron espaciando poco a poco y Scorpius se quedó dormido con una sonrisa en los labios.
Continuará
