Fly on
Kyoko deja caer el abrigo a sus pies y cierra los ojos sintiendo el mundo a su alrededor, la suave brisa que mueve su cabello suelto, las tibias caricias del sol que se abren paso tímidamente entre las nubes, el trinar de las madrugadoras aves, el cántico del agua sobre las rocas en el lecho del río, la hierba y la tierra húmedas bajo sus pies, y una sonrisa se dibuja en sus labios recordando a doncellas, sirvientes y demás, escandalizados cuando escapaba de esta misma forma en los días de su más tierna infancia.
Kyoko siente el mundo palpitar, respirar, despertar a través de esa conexión inexplicable pero palpable que siempre ha estado ahí, en ella, con ella. Y el tiempo parece andar a un paso diferente, sin prisas, pero sin pausas, perfecto. Las mariposas extienden sus alas perezosamente, los dientes de león explotan con elegancia, los árboles comienzan ese baile imperceptible con el sol que se impone en lo más alto del cielo.
En este momento, Kyoko es mucho más que una marquesa, que una humana, que una darkfel, Kyoko es energía, es vida que pulsa, es todo y es nada.
… …
—Tus invitados parecen estar acostumbrados a tus "desapariciones" y no tomar ofensa a causa de ellas —habla Kuon con la risa bailándole en la voz.
Kyoko abre los ojos y volteándose sonríe.
—Debí imaginarme que me encontrarías.
—Es un don —dice encogiéndose de hombros—, uno bastante útil si me permites agregar, teniendo en cuenta que siempre te decides por bosques y similares.
Kyoko se sonroja, los dedos de los pies jugando con los hierbajos.
—Me conoces demasiado bien.
Kuon sonríe.
—Eso me gusta creer —dice y se rasca la parte posterior del cuello—, entonces, ¿qué hay de nuevo en el mundo animal?
Kyoko hace un puchero.
—Para tu información no vengo al bosque porque necesite compañeros de conversación —Kuon la mira con ojos de cachorro abandonado—, pero si debes saberlo, hay un nuevo cervatillo cola blanca que tiene fascinado a más de uno, y también hay una nueva familia de mochuelos pigmeos, el lugar donde vivían fue consumido por las llamas hace poco —termina de decir al tiempo que un petirrojo aterriza en su hombro descubierto.
—¿Debería estar celoso? —pregunta Kuon con un puchero mirando al pájaro.
Kyoko enrojece.
—¡Solo tiene curiosidad! ¡Curiosidad!, no te había visto antes.
Kuon ríe de buena gana hasta que un par de pinzones azules aterrizan en su cabellera y es entonces el turno de Kyoko de soltar la risotada.
—¿Qué es tan gracioso? —pregunta Kuon medio enfurruñado pero tratando de no espantar a sus "invitados".
—Ellos creen que tu cabello haría un buen nido.
—¡Tienen buen gusto! —exclama—, pero dudo mucho que quieras un esposo calvo.
Kyoko se congela en su lugar y Kuon se maldice, y mirando a su alrededor, se agacha y arranca varios dientes de león.
—Me temo que he estado haciendo y diciendo todas las cosas al revés —dice mientras trabaja con los dientes de león que tiene en la mano— y que había imaginado este momento de muchas maneras, y esta no era una de ellas —luego mirando al delicado accesorio floral en su mano habla—, y sin embargo se siente tan correcto, tan perfecto.
Kuon se pone de rodillas y el corazón de Kyoko parece galopar en su pecho.
—Si alguien me preguntara cuándo comencé a amarte, hoy puedo decir con certeza que te amo desde el día en que te conocí y que no puedo, ni quiero, imaginar una vida sin ti, porque tú, Kyoko, eres mi pasado, mi presente y mi futuro, déjame ser el tuyo... Juntos por siempre. Cásate conmigo.
Lágrimas brillan en los ojos de Kyoko, y su corazón late embravecido dentro de su pecho, pero todo lo que Kyoko ve son los ojos de Kuon, ojos llenos de amor, de esperanza, de promesas, de posibilidades. Y este preciso instante en el tiempo, jamás podrá ser igualado con nada de lo haya soñado o fantaseado.
—¡Sí! —exclama, y es un sí alegre, enérgico, escandaloso, que rompe el silencio de la mañana y al que se une el canto alegre de petirrojos, grajas, pinzones, herrerillos y reyezuelos.
La sonrisa brillante de Kuon cuando extiende su mano para alcanzar la suya, puede rivalizar cualquier día con el más brillante sol. Y Kyoko ofrece su mano, entregándosela, y Kuon desliza el anillo de dientes de león en su dedo, los dos, símbolos de todo lo que entregan, de su amor, su confianza, su lealtad.
—Ahora puedes besar a la novia —llega una vocecita juguetona desde el hombro de Kuon y Kyoko se sonroja ante la afrentosa sugerencia de la dríade.
—Apúrate, Aure. No tenemos todo el día —apremia la salamandra en el hombro de Kyoko.
¿Pero cuándo? ¿En qué momento habían ganado público?
—Vamos, déjenlos tranquilos, ¿acaso no tienen cosas que hacer? —llama una tercera voz.
—Pero…
—Pero nada, andando.
Kyoko sonríe al ver partir al grupo de ninfas, no sin antes sonrojarse ante la picada de ojo que le hace la salamandra.
—Eso fue tan vergonzoso —dice Kyoko cubriéndose la cara con las dos manos, sin notar el brillo singular de su anillo. Mientras, Kuon mira el cielo tratando de encontrar una distracción, porque quiere besarla, lo ha querido hacer hace mucho tiempo, y por las bestias sagradas, ella había dicho que lo amaba, había aceptado casarse con él y de pronto el poco control que tenía se desvanecía con cada segundo que pasaba. Voltea a verla al tiempo que ella se descubre el rostro sonrojado y alegre. Respira profundo y por primera vez en mucho, da rienda suelta a los deseos de su corazón.
—No puedo, no puedo seguir soportándolo.
—¿Kuon?
—Perdóname —es la única palabra que pronuncia antes de unir sus labios a los de ella.
… …
Por un breve, brevísimo instante de tiempo, Kyoko no entiende lo que está ocurriendo, pero cuando finalmente lo hace, hasta la última terminación nerviosa de su cuerpo parece encenderse y su corazón parece a punto de estallar, ¿cuánto tiempo había deseado por este momento y por qué de repente le entraban unas locas y repentinas ganas de salir corriendo que solo se podían comparar a las ganas de nunca dejarlo ir?
Pero Kyoko entierra sus dedos en sus cabellos y sus labios se mueven al ritmo de los de él, y las mariposas revolotean alegres en su estómago, la sensación de mareo hace estragos con su cabeza… Su beso, sencillo, natural y hasta un poco torpe, la embriaga.
Ambos sonríen sobre los labios del otro cuando sus narices chocan suavemente, un desacuerdo minúsculo y patoso atribuible a los nervios. Y a la inexperiencia…
Cuando la falta de aire finalmente logra separarlos, aún con los rostros arrebolados y los corazones latiendo desenfrenados, se mantienen frente con frente y Kyoko se pregunta ¿cómo era posible que el toque de la piel de Kuon se sintiera como chispas en su piel?, ¿cómo era que el brillo de su sonrisa y la calidez de su mirada le recordaran los fuegos artificiales en una noche de verano? Pero Kyoko también se pregunta si Kuon siempre había sido tan alto, o si habían estado siempre aquellas motitas rojizas en sus hipnóticos ojos verdes. Su mano se mueve a acariciar la piel a un costado de su nariz, ahí donde el sol ha besado su piel y dejado pequeñas marcas, ¿cómo es que no las había visto antes?
Kyoko sonríe, le sonríe, su pecho llenándose de algo que no termina de entender y esta vez es ella quien colocándose de puntillas atrapa sus labios en los suyos, pero ella no se disculpa, porque esto, este beso tan sutil, sensible y excitante es correcto, es perfecto. Ella le pertenece a él, él le pertenece a ella.
… …
Kuon pensó que el día que finalmente la besara se aliviaría un poco ese calor que parecía consumirlo cada vez que miraba sus labios, cada vez que ella sonreía… Lo que Kuon nunca pensó, es que los besos de Kyoko fueran a despertar un hambre insaciable que no sabía que existiera en primer lugar, porque sus besos sabían a frambuesas, a uvas, a arándanos, y eran como una droga, adictivos, especialmente cuando ella dejaba escapar esos ruiditos que enviaban cosquillas a partes de su cuerpo que nunca se habían sentido más vivas, o cuando enterraba sus dedos entre su cabello, trayéndolo hacia ella con una fuerza que Kuon no había creído posible. Y sus manos, esas que con gran esfuerzo ha logrado mantener en la mitad de su espalda empiezan a recorrer sus formas sobre el vestido, la estrechez de su cintura, la deliciosa curvatura ahí donde la espalda pierde su nombre y Kuon no sabe si dar las gracias o maldecir a las bestias sagradas cuando sus manos ascienden y recuerda que ella no lleva un corsé, permitiendo a sus inquietas manos explorar la curvatura de sus pechos.
Una parte en lo más profundo de Kuon sabe que tiene que detenerse, tienen que detenerse, dónde está su sentido de propiedad, de respeto, pero Kuon no tiene ni la fuerza ni la voluntad para apartarse de ella, no hasta que la parte superior de su cabeza se topa con la rama de un árbol.
¿Con la rama de un qué? Kuon rompe el beso, no sin antes darle un besito casto en los labios a una Kyoko totalmente colorada.
—Ya sabía yo que eras mágica, lo que no sabía es que tus besos también lo fueran —dice Kuon acariciando una peligrosamente roja mejilla de Kyoko.
—No exageres —dice Kyoko golpeándole juguetonamente el hombro.
—¿Lo estoy? —pregunta acomodando una hebra detrás de la oreja de Kyoko —porque nunca había escuchado de besos que te hicieran flotar, al menos no literalmente —dice señalando el suelo, a varios pies de distancia de ellos.
Kyoko da un respingo y se abraza a Kuon como si la vida se le fuera en ello y Kuon suelta una carcajada.
—He de suponer que no te habías dado cuenta.
Kyoko niega con el rostro escondido en el pecho de Kuon, sintiendo el retumbar de su risa.
—Pero supongo que puedes bajarnos.
Kyoko se separa de su pecho con las mejillas encendidas y un puchero en los labios.
—Puedo intentar.
—Bien, y deja de hacer pucheros o no va a haber árbol que nos detenga esta vez —dice dándole un breve beso en los labios a una muy escandalizada Kyoko. Y pensando que con una poca suerte, quizás no los dejaría caer.
… …
Deja escapar un gruñido exasperado, ¿qué era aquel absurdo sentimiento de traición en su pecho? Ella no era nada para él, una amiga quizás, pero nada más. No era como si le afectara o le importara en lo más mínimo su elección de compañeras de cama, un hombre como él ciertamente necesitaba una mujer que le mantuviese la cama caliente.
Observa a su caballo pastar tranquilamente y se adentra con su laúd en la arboleda, la música siempre lograba dar claridad y tranquilidad a sus pensamientos. A lo lejos escucha el correr del agua y guía sus pasos a su encuentro, pero sus pasos se detienen cuando, aún protegido por los altos troncos de los robles, la observa a ella en el claro, de pie, con los ojos cerrados, hermosa, como una deidad. Una sonrisa involuntaria nace en sus labios y sus pies empiezan a moverse hacia ella solo para detenerse abruptamente al notar la aparición de otra figura en el claro.
Suspira y deja caer su cabeza contra el tronco, ¿qué estaba pensando? Su corazón golpetea furioso contra su pecho y Sho no quisiera más que poder arrancárselo y detener la absurda sensación, pero en su lugar su puño se aferra con fuerza al cuello del laúd.
Tiene que salir de aquí, lo sabe, pero sus pies se niegan a moverse obligándolo a ver lo que ya sabe, para que no lo olvide, para que se le grabe, para que no quede duda. Y Sho siente unas garras invisibles asfixiarle cuando ve a su primo ponerse de rodillas, al ver a ella entregarle la mano, al ver el anillo deslizarse en su dedo, pero es cuando sucede ese beso, que el laúd se quiebra en su agarre y las marcas de su maldición queman haciéndole agonizar de dolor. El tronco del árbol donde se apoya carbonizándose al contacto con su piel. Su maldición activándose una vez más, creciendo, invadiéndolo.
—Por favor, haz que termine —suplica con lágrimas de sangre brotando de sus ojos y su daga empuñada en la mano—, por favor —suplica una última vez mientras el metal de la daga se derrite en su agarre.
—¿Por qué? ¿Por qué?
Los hierbajos a sus pies empiezan a carbonizarse también y Sho corre, corre tan rápido como puede con el agonizante dolor quebrándolo, abrasándolo, reduciéndolo.
