CAPITULO XXXVII
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-Me engañaste. Mentiste de nuevo, ¿por qué?, yo confiaba en ti.
¿Qué explicación podía aceptar alguien que había dejado de creer en mí?, ¿Qué fui obligado? ¿Qué esa fue la última condición de un trato que me concedió la libertad?
-El amor no es suficiente – dijo Candy en mis sueños, la noche antes de partir de la ciudad –. No volveré a creerte.
Es verdad. El amor es vano y vulgar cuando sospechamos todos los días de la persona que dice amarnos. Nunca creí en el amor de mi padre porque nunca confié en él. Cualquiera que se acercara a mí representaba una amenaza. Sería traicionado sin remedio. Eso solía pensar. En consecuencia, no pude amar a nadie porque en nadie pude confiar. La verdad se convirtió en una habitación sombría y solitaria que cerré bajo llave. La verdad de mi nacimiento, del amor de mis padres, de mi verdadera pasión en la vida y de mis sentimientos por esa odiosa niña con pecas que se obstinaba en cruzarse en mi camino.
Fue hasta el día en que me separe de todos que reuní el valor de sacar la llave y abrir el cerrojo de aquella habitación. Mi única verdad fue ser feliz. Buscar el día y la hora para cumplir un sueño, y después el otro. Entonces, noté que la felicidad no apareció al momento de llegar a la meta. Surgió en el camino.
-Nuestro destino no es estar juntos – agregó Candy –. No puedo hacerte feliz, ni tú a mí.
Quizás tenía razón. La felicidad que planeé para ella no estaba en el mañana que soñé a su lado. Era hoy. Cada minuto que podía compartir su presencia. Me preocupé por un futuro lejano que construí entre penumbras y me olvidé de hoy. De la siguiente hora, de la siguiente llamada, de la siguiente ocasión de encontrarnos. No aprendí de su ejemplo. Candy no aguardaba al mañana para hacer felices a los que amaba. Los hacía felices hoy.
-Pero te amo… y lo haré hasta el último día de mi vida. Adiós.
Debí confiar en que lo comprendería. En que guardaría el secreto y luego departiríamos con alegría el resultado de mi último esfuerzo por pagar una deuda con la vida. Idiota. Hice lo opuesto. Escuché la voz de Susana y no la de la mujer que amo.
Haré que creas en mí de nuevo. Estamos tan cerca. No me rendiré. No puedo hacerlo cuando al fin hallé la respuesta a la felicidad, pecosa. Es hoy, ahora y en cualquier momento.
Nueva York
1916
-¿La viste?
-No – Terry sacudió la cabeza y encogió los hombros como si llevara el peso del mundo sobre la espalda.
-Que pregunta tan tonta – repuse –. Me sorprende que puedas ver más allá de tus narices.
Asombroso. No respondió nada. Simplemente recargó la espalda en un farol y respiró hondo. Exhaló y volvió a inhalar el aire frío de la noche con fuerza. El peso del mundo se había multiplicado por tres y continuaba en su espalda.
-¿Qué hacías con Susana? – me atreví a preguntarle – Terry… - toqué su hombro y noté que su mente se hallaba sumida en el caos. Idiota. Deseé abofetearlo, pero ese deseo se combinó con el de abrazarlo como si fuese mi hermano mayor… el que nunca quise tener.
-Iré a su casa – dijo como si hablara consigo mismo.
-No creo que esté allí.
-No sé dónde más buscarla.
-Quizás debas dejarla sola. Al menos esta noche.
-La última vez que se fue así… - hizo una pausa, y con certeza, atrajo a su mente la terrible escena del año anterior –. No, tengo que encontrarla. No quiero que se vaya.
-No se irá. Su familia vive aquí.
-A ella no le importa donde viva su familia – Terry resopló y sonrió con mordacidad -. Si no le explico lo que sucedió…
-¿Y qué sucedió?, ni siquiera yo lo entiendo. ¿Qué hacías con esa mujer?
-Despedirme – respondió y comenzó a caminar.
-¿No podías, sencillamente, ir a su casa y decirle adiós desde la acera? ¿o mandarle una carta con flores?
Por encima de su hombro, su ponzoñosa mirada me convirtió en un simple bicho.
-Aguarda – le pedí -. No puedo alejarme de aquí. Espero a alguien.
Terry paró y se volvió a mirarme. Supe lo que iba a decirme antes de que abriera la boca.
-No vendrá.
-Extrañaba tu gentileza. Gracias.
-Karen…
-¿Por qué no vendrá? – le repliqué al sabelotodo.
-Lo sabes. Su prometida te lo dijo.
-No es su maldita prometida – Terrence acababa de lanzar mi cariño de hermana menor al drenaje.
-¿Quieres esperarlo?, de acuerdo. Pero recuerda que mañana temprano tienes que abordar un tren. No llegues tarde – agregó y retomó su andar.
-Tu también tienes que ir en ese tren – le recordé –. Encuentres a Candy o no.
Maquiavelo se limitó a levantar el brazo y despedirse. Volví al cruce de caminos y decidí aguardar. Me quedaría allí, de pie y buscando a Archibald en cada rostro que se aproximara a menos de un metro. Llegaría, estaba segura. Aquella estúpida fiesta de compromiso que anunció Annie se celebraría sin él. No me mintió. No era un cobarde capaz de apuñalarme por la espalda. Una idea asesina que me cruzó por la mente al pensar en Britter. No le vendría mal arrojarse de la azotea del edificio con marquesinas que se hallaba frente a mí. Susana podía darle lecciones.
Estúpida mujer y estúpido actor. ¿Salir a cenar juntos como dos enamorados con Candy tan cerca?, ¿Había alguien más tonto en esa ciudad?
La respuesta me dio escalofríos. Tal vez era yo.
-Disculpe, ¿hacia dónde se va a Broadway?
-Siga por esta calle y doble a la izquierda en el semáforo.
-¿Es todo? – pregunté al desconocido, con el pie puesto en el acelerador.
-No está lejos de aquí.
-Gracias.
No esperé a oír su respuesta, si es que la hubo. Arranqué el auto y consulté mi reloj por el rabillo del ojo. Era lo suficientemente tarde como para que Karen ya se hubiera ido. No. Aguardaría por mí. No sé por qué pero lo sabía. Mi certeza era tan grande como mi prisa.
Un semáforo me detuvo y maldije cien veces el nombre de la persona que inventó los semáforos. Respire hondo y sujeté el volante como si me hallara en una carrera de autos. Al llegar junto a ella, la tomaría entre mis brazos y antes de permitirle hablar para reclamar mi tardanza, la besaría. Fundiría mis labios en los suyos y los sellaría con acero. La dejaría respirar sólo si me rogaba. Le diría que la quiero, que no he podido dejar de pensar en ella. Que no quiero dejar de hacerlo. Cerré los ojos y la vi frente a mí, sonriendo. Quizás, ideando la forma de humillarme con un sarcasmo heredado por su estúpido compañero de trabajo. Daba igual. Era mía, y la haría mía esa noche y las que nos ocuparan el resto de nuestras vidas.
Su aroma se introdujo en mi nariz, extático y etéreo, como el radiante sol entre las ramas de los árboles al amanecer. Primavera. Anhelaba ver la primavera en sus ojos. Cabalgar juntos alrededor del lago en Lakewood, contemplar la tarde y sus colores. Empezar de nuevo. Descubrirlo todo con Karen colgada de mi cuello. Inventar mil formas de hacerla rabiar y reñir, para después callarla con un beso.
Era ella. Al fin la había encontrado.
-Karen – murmuré y presioné el acelerador.
A la derecha, una luz blanca, intensa y penetrante, se incrustó en mis ojos y me cegó por completo. Escuché la bocina de otro auto estallar en mis oídos. Sentí un duro golpe en el costado izquierdo y obligado por su poder, solté el volante. Fui arrojado contra el asiento del copiloto como un títere, sin aire ni fuerzas. El auto empezó a dar vueltas conmigo dentro, y aquello, junto a la hermosa visión de Klaise sonriéndome, fue lo último que vi.
-¿Estás lista?
-Sí – ajusté mi maleta y miré por última vez mi habitación – ¿Qué pasará con Archie?, no sé dónde está y sus cosas…
-Él estará bien. Lo buscaremos más tarde.
-Esto es horrible – dije –. ¿Por qué pasa esto, Albert?
-Lamento que seas la más perjudicada en este problema, Candy.
-No lo soy. No lo creo.
-Vamos, hablaremos después.
-Aún no me has dicho cómo está Aoi, ¿por qué no quieres decirme…?
-Candy – Albert, apurado, se acercó y sostuvo mis hombros –. Responderé a todo lo que me preguntes pero lo primordial es salir de aquí cuanto antes.
-¿Antes de que llegue Neil o la tía abuela?
-Ella no vendrá. Es él quien me preocupa.
-Después de todo lo que nos hizo…
-A la familia no le importa. Ellos necesitan un heredero… y ese heredero, una esposa.
-Es absurdo. Jamás me casaré con él. Preferiría quedarme sin piernas y brazos.
-Discutámoslo en otro sitio – dijo y tiró de mi mano –. ¿No olvidas nada?
-No. ¿Y tú?
-Todo lo que necesitaba está aquí – apuntó a su maleta y sonrió brevemente –. Gracias por guardar el telegrama.
-La mitad no lo entendí – confesé, siguiendo sus pasos.
-¿La parte en que tenías que mudarte no fue clara?
-Pasaron demasiadas cosas cuando recibí tu mensaje y no imaginé que…
-…fuera importante – finalizó, disgustado. Llegamos a la puerta y antes de abrirla, se volvió a mirarme –. Tampoco yo lo sabía. Fue un presentimiento. Pero desde esta noche todo es distinto. Lo es desde que volví.
-Albert… - murmuré inquieta. Comprendí entonces que el problema de los Andrey era mayor del que suponía.
-No tengas miedo – dijo al leer la angustia en mi rostro –. No dejaré que nadie te obligue a hacer lo que no quieras. Hemos pasado por esto antes, ¿recuerdas?
-Sí.
-En esta ocasión no soy el cabeza de familia para ordenarle a Neil que te deje en paz, pero sigo siendo yo, Albert. Estaré para ti el resto de mi vida. Lo sabes ¿cierto?
-Lo sé.
-Quizás no pueda detenerlo con un decreto familiar, pero sí con mis manos. Además, no soy el único que te protegerá de él.
-Estaré bien – repuse e hice un esfuerzo sobrehumano para ocultar el dolor que me producía pensar en Terry en ese momento –. Vamos.
Antes de abrir la puerta, Albert y yo nos abrazamos fuerte como si nos deseáramos suerte. En ese instante recordé que todavía podía confiar en alguien, aunque no fuese la persona que hubiese querido.
De pronto, al salir al pasillo, la sombra de un hombre se atravesó en nuestro camino. Salté asustada y sujeté la mano de Albert como si de eso dependiera mi vida. ¿Cómo pudo encontrarnos tan pronto?, no era importante. Preparé mis uñas y dientes para arrancarle la cabeza a Neil, si era necesario.
-Señor Andrey, siento molestarlo – dijo nuestro portero –. ¿Se va de viaje otra vez?
Resoplé tan hondo que me sentí mareada. Nunca me había asustado tanto por nada. Después de sonreírle con amabilidad al buen hombre, quise gritar por la ventana una maldición para tranquilizarme. Albert, relajado y con una naturalidad envidiable, respondió a su pregunta.
-Sí. Gracias por ocuparse de todo, señor Daniels. Perdón por no quedarme más tiempo para conversar frente a una taza de café – dijo y lo observé de reojo. No sabía que Albert compartía algunas tardes con el portero. Sonreí y lo imaginé charlando con él mientras bebían té inglés –, será en otra ocasión, lo prometo. Hasta luego y gracias.
-Señor, Andrey… - la voz del conserje sonó extraña y ambos nos detuvimos.
-¿Sí?
-Tal vez quiera salir por el callejón. Se lo aconsejaría.
Cerré los ojos y mi pulsó se aceleró. Aquello sólo podía significar problemas.
-¿Por qué? – preguntó Albert y apretó mi mano.
-Después de que ustedes entraron, unos hombres han rondado el edificio misteriosamente sin dejar de mirar la entrada. Los he visto antes por aquí pero no imaginé que…
-…fuera importante – finalizó Albert. La respuesta me resultó familiar.
-¿Los conoce usted?
-Sí. Y tiene razón, saldremos por el callejón.
-¿Es él? – pregunté a Albert.
-No estoy seguro, pero no voy a arriesgarme a averiguarlo.
-Por aquí – nos apuró el señor Daniels –, bajemos por las escaleras de emergencia. Será lo mejor.
-Llamemos a la policía – opiné, sin pensar.
-Eso no funcionó la primera vez – me recordó Albert –. Todo saldrá bien, confía en mí.
-Sí – asentí, pero entre más lo repetía, más me resistía a creerlo.
-Ojalá pudiera hacer algo más por ustedes, señor Andrey – al llegar al sótano, frente a la puerta que nos conduciría al callejón, el conserje nos tendió la mano
-No pudo haber hecho más. Gracias por todo.
-Señorita Candy – dijo y nos regalamos una sonrisa –, buena suerte.
-A usted también. Espero volver a verlo.
No obstante, lo abracé como si no fuera así.
Albert y yo echamos a correr luego de que el señor Daniels cerrara con candado la entrada. Sin mirar atrás, recorrimos una distancia de cinco minutos en dos. Cruzamos el ancho del edificio para llegar hasta la parte trasera e intentar escapar por el acceso de servicio que desembocaba a la calleja. Oramos porque nuestro intento no se quedara en eso.
-Esto comienza a ser una costumbre – dijo Albert, buscando la llave que abría la portezuela.
-¿Huir a mitad de la noche?
-El horario es irrelevante.
-¿Te parece gracioso? – inquirí, nerviosa.
-Inténtalo y sentirás las piernas más ligeras.
-Ni siquiera puedo sentir las manos. ¿Quieres apresurarte?, creo que escucho algo allá afuera.
-No puedo ver nada. Olvidé traer fósforos.
-Me preocuparía si los trajeras. Tú no fumas.
-Debería empezar.
-No eres tan bruto.
-¿Terry te parece bruto?
¿Bruto?, en ese instante me parecía el hombre más idiota, mentiroso, falso, hipócrita, frío, desconsiderado, odioso y horrible del mundo.
-No quiero hablar de él – nunca más, pensé –. ¿La encontraste?
-Él fue el motivo por el que llorabas.
-¿Lloraba?, no lo recuerdo.
-Dejaste de hacerlo cuando te pregunté la razón.
-Te extrañaba. Era por eso.
-Tú no dices mentiras – Albert se paró frente a mí, firme y con la llave correcta en la mano –. No es un buen día para empezar.
-Nunca es un buen día para mentir – el rostro de Terry apareció de entre las sombras y sentí una punzada en el pecho.
-Es un malentendido, estoy seguro. Se aman demasiado para consentir separarse de nuevo.
-Salgamos de aquí.
La entrada al callejón se hallaba sobre nuestras cabezas. Albert levantó la portezuela de metal y salió primero. El rechinido del óxido nos provocó escalofríos. De inmediato asomé la cabeza y miré en todas direcciones. Estábamos a salvo, no había nadie. Tomé la mano del único hombre en el que confiaba y corrí con él en dirección opuesta a lo que dejó de ser esa noche, nuestro hogar.
-Disculpe, señor, ¿podría decirme la hora?
Hora de irme a casa, hubiese respondido de haber sido mi padre.
-Casi medianoche, señorita.
¿Casi?, ¿No podía decirme exactamente qué minuto del último día de vida de Archibald era?
-Gracias – no insistí. No había razón.
Había esperado a Archie durante dos horas. Tal vez más. Dejé de contar los minutos cuando dejé de sentir las piernas. La gente, especialmente las mujeres, me miraban por encima del hombro con recelo. Suponían que aguardaba a cualquiera que se me parara en frente con la billetera abierta. Sus novios, esposos o hijos. Tontas. Evidenciaban en su desprecio su inseguridad.
Estúpido Archibald.
Luego de recitar todos los insultos conocidos por la raza humana, inventé nuevos.
-No vendrá – me dije a mi misma, evocando la maldición de Terrence. Quizás tenía razón.
Estaba tan cansada. Quería sentarme en el piso y sacarme los incómodos zapatos que me astillaban los pies. En cualquier momento comenzaría a nevar. ¿Dónde estaba? ¿En casa de Annie celebrando su fiesta de compromiso?
-No, no – me negué a creerlo. El no sería capaz.
¿No?, ¿Cómo podía estar tan segura si apenas lo había conocido?
Creí conocer a mi prometido durante años y cuando me di la vuelta, me traicionó. ¿Por qué pensaba que Archibald era distinto? ¿Por su bella sonrisa?
-Vendrá. Tiene que venir.
Froté mis manos y abracé mi cuerpo. El viento frío arañó mi cara y supe que nevaba cuando los delgados copos blancos del invierno cayeron suavemente frente a mis ojos. Deseé que hubiese sido lluvia. Así habría sido más simple esconder mis lágrimas.
-¿El hospital?
Imaginé que Albert se había equivocado y me detuve frente a la puerta del hospital donde solía tener un empleo. Albert, al notarlo, regresó por mí y me tomó de la mano.
-Sí, aquí.
-¿Aoi está en un hospital?
-Por poco tiempo.
-¿Qué sucedió?
-Te lo contaré adentro. Vamos, empieza a nevar.
Ella era doctora. Quizás trabajaba por las noches. No, el rostro de Albert decía algo distinto. Aoi no estaba en ese sitio como médico, sino como paciente.
Recorrimos en silencio varios pasillos y llegamos hasta el último piso del edificio para internos. Era como si estuviéramos en busca de una fortaleza oculta. Exclusiva y única para fugitivos de la familia más poderosa de la ciudad… y de su heredero.
-Le dará gusto verte – dijo Albert al llegar a la puerta de la habitación.
-Dime qué sucedió.
-De acuerdo – suspiró hondo. El corazón me saltó dentro del pecho al presentir una terrible noticia –. Tuvimos algunos problemas al salir de Londres – dijo en voz baja y con el semblante languidecido.
-¿Qué problemas?
-Aoi enfermó antes de tomar el barco de regreso. A eso debemos nuestro retraso.
-¿Qué tipo de enfermedad?
Albert buscó en la punta de sus zapatos la respuesta. Por primera vez, en toda mi vida, lo escuché hablar con la voz rota y la mirada perdida.
-Esperábamos un hijo – sonrió con infinita tristeza y sus ojos enrojecieron de golpe – pero lo perdimos.
-¿Está listo mi equipaje?
-Sí, señorita Leegan. Mañana por la mañana el chofer la esperará en la entrada.
-Bien, eso es todo – dije a la mucama y con torpe parsimonia se retiró.
La compañía Stranford viajaría al día siguiente a una breve gira antes de celebrar la Navidad en casa. Terrence abordaría ese tren. Lo comprobé cien veces. También sabía que jamás me elegiría por sobre esa idiota. Sin embargo, había una cosa de la que no tenía duda: Candy no le daría una tercera oportunidad.
Tenía dos semanas para arruinar sus maravillosos planes. Su maravilloso reencuentro nauseabundo. Lo haría aunque tuviera que matar a alguien. Le fastidiaría la vida a esa maldita como ella lo hizo con la mía desde el asqueroso instante en que llegó a mi familia.
Terrence y yo estaríamos juntos una noche. Con una bastaba para enviar al infierno su patética historia de amor. Imbécil. No se enteraría cómo logré meterme hasta su cama.
Pero Candy sí.
-Aoi – murmuré junto a su cama y tomé su mano. Débil y pálida, abrió y los ojos. Mi voz la despertó y me sentí culpable. Estaba tan delgada, como si pudiera desmoronarse al esforzarse por hablar.
-Candy-chan – sonrió y oprimió débilmente mis dedos –, ¿cómo estás?
-Los extrañé mucho. Todos estamos bien pero ustedes nos hicieron falta. Somos una familia, ¿recuerdas? – mi brazo comenzó a temblar y aspiré hondo para conservar la calma. Para no llorar. Aún así, sentí el deseo de abrazarla y llorar durante días. Era tan injusto lo que les había sucedido. Vi en los ojos de Aoi, los ojos de quien pudo haber sido su hijo y quise gritar de rabia.
-¿Y Archie-dono?
-En casa, creo. Extraña tu comida. Vendrá en cuanto pueda. No sabe que han vuelto.
-Iré a la recepción un momento – dijo Albert desde la puerta –. ¿Estarán bien?
-Sí – dije sin dudar –. Yo cuidaré de ella. No te preocupes.
-Sé que tenerte cerca significa eso, Candy – sonrió antes de salir y me hizo sentir profundamente halagada.
-Me alegra que te haya encontrado – Aoi, con sus ojos, me mostró una silla y la arrastré hasta donde ella estaba para no soltarle la mano –. Le hará bien platicar contigo.
-Jamás lo había visto así.
-Yo tampoco – sonrió con desencanto –, pero pasará.
-¿Cuándo lo supiste?
-¿El qué?
-Que ibas a ser mamá.
-Antes de partir. Antes de muchas cosas.
-¿Por qué no nos lo dijiste?
-Tenía miedo. No soy la esposa de Albert y su familia me desprecia por ello. Imaginé que el bebé correría la misma suerte y guardé silencio. Al menos hasta que fuera valiente y se lo confesara al padre.
-Lo hiciste muy feliz.
-Durante poco tiempo.
-Usualmente la felicidad dura eso.
-Queremos intentarlo de nuevo – dijo con una sonrisa de esperanza –. No ahora, después.
-Sé que lo harán. Tendrán mil hijos y yo seré la tía de todos.
-¿Mil? – su sonrisa se prolongó y me sentí aliviada –. Estaré algo cansada cuando nazca el décimo.
-Albert será el mejor padre del mundo. Lo sé por experiencia.
-Quiero que tus hijos y los míos jueguen juntos en el mismo jardín, Candy. Albert tiene el mismo sueño. Será pronto, ¿cierto?
No. Quizás nunca. La única persona con la que quería compartir eso se había desvanecido de mi vida esa noche. Pero no pude confesarlo, no cuando de mi respuesta dependía la sonrisa de las dos personas más bellas y valiosas de mi mundo.
-Todos seremos muy felices, Aoi-san. Lo prometo.
Terry Granchester no era más parte de esa promesa. Así tenía que ser. El destino nunca había sido tan claro.
-¿No fue lo que pidió, señor?
-¡Eres idiota! ¿En qué demonios estás pensando?
Intenté disculparme con el idiota que me decía idiota, pero de pronto, un furioso ataque de tos me cerró la garganta y accidentalmente, tiré la charola que sostenía entre las manos.
Los gritos del hombre se intensificaron mientras los pulmones me reventaban. Sentí un dolor intenso, más que cualquiera que hubiese sufrido con un simple resfriado y alcancé a sostenerme de la pared. Otro mesero se adelantó y comenzó a atender al disgustado cliente.
Allí iba mi noche. No podría subir al escenario, y por si fuera poco, la mitad de mi sueldo lo destinaría a pagar los estropicios que causé.
-Te ves muy mal – advirtió uno de mis compañeros –. Ve a casa antes de que rompas otra cosa y nos enfermes a todos.
-Necesito el dinero – repuse –. Tengo que comprarme un boleto para Londres.
-Llegarás de una patada si el jefe te ve así. Vamos, yo te cubriré. Ve a descansar y no vuelvas en dos días.
-¿Dos días?
-Mejor cuatro – corrigió –. No quiero enfermarme para Navidad.
Agradecí su gesto, a pesar de que me hizo sentir como una plaga con piernas.
-¿A dónde vas?
-A descansar – respondí al cocinero –. Volveré en un par de días.
-¿Te has visto la cara?, pareces un muerto. Ve a un hospital.
-Sí. Lo he escuchado antes – la cabeza comenzó a dolerme insoportablemente. Como si una pinza se cerrara sobre ella y con su filo me traspasara la piel –. Iré a casa a dormir.
-Ve con un médico – insistió mientras aderezaba su plato con sal y pimienta –. Tal vez sea pulmonía.
-Gracias – sonreí en honor a su amable deseo y minutos más tarde, salía del lugar con un convulsivo mareo que me hacía parecer un ebrio.
Al llegar a la esquina, olvidé qué dirección tomar. Ni siquiera sabía a dónde me dirigía. ¿El hospital o el cuarto de azotea que renté por unas semanas?
Un reavivado ataque de tos me dobló por la mitad. La espalda me dolía como si me hubiese pasado un coche encima y la fiebre nubló mi vista. Estaba nevando, sin embargo, dentro de mi abrigo, sentí que quemaba. No era un simple resfriado. Era esa maldita sentencia que me negaba a creer. Y no lo haría. No estaba enfermo. Era un error. Desafortunadamente, no tenía el dinero para comprobarlo. Análisis, estudios, medicinas, todo aquello que implicaba desmentir el resultado de mi sangre era un lujo que no podía darme.
Por primera vez, desde que llegué a América, me arrepentí de haber cruzado el océano.
-Al hospital, por favor – indiqué al cochero del único transporte que podía pagar esa noche. Adiós cena.
-¿Qué hospital? – preguntó el hombre, mirándome como a un contagiado de peste negra.
-No lo sé. El más barato. No me importa.
-¿Tiene dinero para pagar el viaje?
-Por supuesto que sí – refunfuñé y cerré la portezuela con un azote.
La voz de la razón me dijo que debía avisarle a Susana. Era mi única familia. No obstante, supuse que podía pasar otra noche sin molestar a nadie. Mucho menos a alguien que odiaba los hospitales.
-Llegamos – anunció el cochero.
-Gracias – dije y la pagué. Aún me miraba como a un menesteroso. Quizás lo parecía. No pude culparlo - ¿Bellevue? – inquirí al leer el letrero de la entrada.
Si no era el destino, era una maldición. Ese hospital estaba destinado a ponerse en mi camino hasta que aceptara que allí… tal vez muy pronto…
-Disculpe – me acerqué a un hombre rubio que estaba a punto de telefonear a alguien en la recepción - ¿dónde…?
Fue inútil, sucumbí ante un segundo mareo que oscureció mi vista y me puso de rodillas en el piso. La tos volvió y pude jurar que sacaría los pulmones por la boca en cualquier momento.
-¿Estás bien? ¿Qué te sucede?
-Un mé… médico… por favor.
-¿Puedes caminar? – me preguntó y negué con la cabeza –. De acuerdo, yo te llevaré – dijo y ofreció su espalda para cargarme a cuestas.
La poca energía que me quedaba la utilicé para mover las manos y los pies, y deslizarme como un animal en agonía encima de él. Sentí sus brazos sujetarme con fuerza y comenzar a caminar en dirección a la sala de emergencias. Quería agradecerle pero la inconsciencia empezó a dominar de mi voluntad.
-Estarás bien, chico. No te preocupes.
-S-sí…
-Me llamo Albert – dijo – ¿Y tú?
-Cuando me lo dijeron, no podía creerlo. ¿Tú aquí?
-Demonios – la última cara que deseaba ver esa noche era la de esa víbora sin corazón –. Pedí hablar con Candy, no contigo.
-Muéstrame tus modales, Terrence, y quizás te diga dónde está.
-Vete al diablo, Elisa.
-Iría a donde tú me lo pidieras, si es de tu brazo.
-¿No te cansas de escuchar que me enfermas?
-¿Por eso te buscaste una enfermera de quinta? ¿para curar tú barato cariño?
-¿Está aquí, o no?
-¿Candy en la mansión de los Andrey?, no hemos contratado una nueva sirvienta. Déjame preguntar en la cocina si alguien la ha visto sacar la basura.
-El día que Candy saque la basura, lo sabrás porque irás entremetida en ella.
-Olvídate de Candy. Ya es tarde. Al fin ha elegido esposo, y si no te lo ha dicho, es porque no eres tan importante como para saberlo.
-¿Esposo?, deja de vomitar la cena, Elisa. Te está afectando el cerebro.
-Imbécil.
-¿Piensas que nadie lo sabe?, se lee en tu cara.
-Neil se casará con Candy – dijo y mostró la verdadera forma de su siniestro rostro –. No es un secreto que a la familia nos parezca una estupidez y un insulto a la sangre que corre por nuestras venas. Sin embargo, es una orden de la tía, y como tal se cumplirá.
-Albert se encuentra por encima de las órdenes de cualquier anciana senil, así que…
-El vagabundo a quien llamas Albert – reviró – ha dejado de ser parte de los Andrey. Es obvio, entonces, que su opinión equivalga a un puño de estiércol.
-Algo que conoces bien porque duermes sobre él.
-¿Quieres saber cómo duermo, Terry?
-No me llames así – le advertí, conteniendo el deseo de escupirle en la cara nuevamente.
-¿Sólo Candy puede llamarte como si lo hiciera con un niño?
-Supongo que me equivoqué por segunda ocasión esta noche – admití y tomé mi abrigo –. Candy no podría venir aquí jamás.
-¿Y por qué no?
-Ella cuida caballos pura sangre, no vulgares asnos .
-¡Terry! – me gritó al darle la espalda – ¡No ganarás! ¿Me escuchaste? ¡Tendrás que pasar…!
-¿Por encima de tu cadáver? – inquirí antes de salir por la puerta de su mediocre mansión –. Ya eres un cadáver, Elisa. En la próxima comida que arrojes por el lavabo, recuérdalo y mírate al espejo.
Acepté que me había equivocado al buscar a Candy donde los Andrey esa noche. Al salir a la calle, traté de decidir a toda prisa dónde más buscar. No quería rendirme. No todavía. Quizás necesitaba un tiempo sola pero… ¡No! ¡Teníamos que hablar!
Rehice mis pensamientos y me concentré. Era imposible que hubiera vuelto a Chicago esa noche. Fue una posibilidad que me negué a aceptar. Candy buscaría la compañía de alguien. El consuelo que Albert podría haberle dado si no se hallara del otro lado del mundo.
-Consuelo… - murmuré con un inquieto e irritante presentimiento –. Richard…
-Candy, necesito tu ayuda.
Albert entró a la habitación con una sonrisa amable pero con extraña prisa.
-¿Qué sucede? – me aparté de la cama de Aoi y fui hasta la puerta.
-¿Puedes ayudar al doctor Li con un paciente?
-¿Por qué? ¿no hay enfermeras?
-Estoy viendo una frente a mí.
-Me refiero a… - por supuesto, bruta. Yo era una -… enfermeras en turno.
-Es un amigo tuyo, creo. Lo he visto antes pero no recuerdo su nombre. Pensé que te gustaría ayudar.
-¿Amigo mío?
-Volveré en un minuto – dijo Albert a su esposa y salimos.
Lo seguí a través de los pasillos, casi corriendo. Una zancada suya equivalía a veinte pasos míos. Ni siquiera se dio cuenta que estuve a punto de tropezar en las escaleras.
-¿Quién es?
-Alguna vez te ayudó a mitad de la calle.
-¿A mí? – un nombre comenzó a surgir dentro en mi cabeza pero supuse que era mi imaginación. Aunque si el doctor Li era quien lo atendía…
-Creo que trabaja en un bar y lleva siempre una guitarra al hombro.
Dios mío. Era él.
-¿Qué le sucedió? ¿está bien?
-No lo sé – Albert me miró confundido cuando salté para preguntarle lo que sabía –. Tuve que llevarlo a cuestas hasta la sala de emergencias. Afortunadamente el doctor estaba allí y…
-Posiblemente sea grave – Richard había recaído y apenas pudo llegar al hospital. ¿Por qué no lo noté cuando nos despedimos?, ¡tonta, tonta! Soy enfermera. Debí saberlo.
-¿Sucede algo, Candy?
-Vuelve con Aoi – dije –. Yo iré con el doctor para ayudarle. Sé dónde está la sala.
-¿Cómo se llama tu amigo?
-Richard.
-Tenía que ver con una "r". Lo sabía.
-Él… está muy enfermo – falté a mi promesa pero Albert… era Albert y tenía que decírselo a alguien –. No vivirá mucho tiempo. Quizás esta noche sea… ¡Oh, no!
-Hey, tranquilízate, pequeña. No agonizaba cuando lo encontré. Tenía fiebre y un ataque de tos. Tal vez es sólo un resfriado muy…
-Leucemia – dije -. Richard tiene leucemia.
-¿Cómo lo sabes?
-Pues, yo…
-No me lo expliques ahora. Será mejor que vayas con él. Apresúrate.
Corrí el resto del camino, sin estar segura de lo que hallaría al abrir la fría y pesada puerta de Emergencias.
-Candy, me alegra que estés aquí – el doctor Li sostenía una bandeja con agua y me apresuré a buscar una toalla.
No quería mirar hacia la cama. Las piernas me temblaban. Tenía miedo de ver a Richard. Me aterraba ver la ausencia de vida en su rostro. Aún no me acostumbraba ver a un enfermo condenado a muerte sin sentirme terriblemente abatida. Su cara evidenciaba la primera muerte; la de su voluntad. Pálida, triste, enterrada en los recuerdos y con un brillo extinto en los ojos. Usualmente, antes de anochecer, extraviaban la mirada a través de la ventana. Afuera, donde había vida. Una que ellos ya no poseían.
No podía ver a Richard así. Era tan joven, tan alegre, un hombre maravilloso para una chica afortunada. ¿Por qué no pude enamorarme de él? ¿Por qué si era tan sencillo?, ¿No volvería a escucharlo cantar? Me gustaba su voz. Suave y llena de paz cuando lo necesitaba. Feliz y bondadosa por las mañanas, satisfecha y gentil al despedirse por las noches.
Era injusto. Completamente injusto. Horrible vida cruel e injusta. Nunca había estado tan enojada con el destino como lo estuve esa noche. Nunca.
-Candy.
-¿Sí?
-¿Podrías tomarle la temperatura, por favor?
-S-sí. Enseguida.
Reuní todo mi valor y aspiré hondo. Tendría que acercarme a él y verlo a la cara. Concentrarme y mantener la calma. Evitaría su sufrimiento a costa del mío. Me necesitaba… y tal vez, yo también a él.
Cuando me aproximé, torcí la boca en algo que debió haber sido una sonrisa. Sin embargo, estaba dormido. No podía verme. Su frente y almohada estaban bañadas en sudor. Me apresuré a cambiarle la manta y darle una almohada seca. Tomé su pulso y miré sus ojos hundidos. No había dormido bien en días. ¿Dónde dormiría desde que se fue de casa? ¿Con Susana?
-Susana – repetí en voz alta –. Tenemos que avisarle.
-¿Disculpa? – el doctor Li se acercó con una pastilla que introdujo cuidadosamente bajo su lengua - ¿dijiste algo, Candy?
-Tiene una hermana y lo mejor sería llamarle.
-Me parece buena idea. Pero de todas maneras necesita cuidados el resto de la noche. Posiblemente sea neumonía.
-Yo lo cuidaré. También para mí… es como un hermano.
Y quizás, el segundo hombre en el que podía confiar en el mundo.
Terry partiría a la mañana siguiente con la compañía de teatro. Quería despedirlo en la estación y orar por su pronto regreso. Sin embargo, ya no era importante. Susana lo haría por mí. No la llamaría hasta que Richard mejorara y abriera los ojos. Yo me encargaría de que lo hiciera. Tenía que vivir. Quería ver su sonrisa aunque fuera por última vez. Escucharlo decir mi nombre y tal vez un "gracias" inmerecido.
-Richard – susurré a su oído –. Soy Candy. Quizás no puedes escucharme pero… - la voz se me quebró. Una imprudente lágrima recorrió mi mejilla y por accidente humedeció la suya. No lo amaba, no podía, y me odié por ello. No obstante, podía quedarme a su lado para encontrar esa paz que me obsequiaba el simple sonido de su respiración –… voy a cuidarte. Puedes pedirme lo que quieras. Estaré aquí, a tu lado.
Intentaría devolverle lo que me había dado desde el día en que lo conocí. Cuando estaba perdida, sola y vacía.
Esperanza.
-Lo sabía.
Volví a Broadway. Antes de buscar a Candy y al idiota cuyo nombre detestaba pronunciar, quise asegurarme de algo.
Y ése algo, aún estaba allí. De pie, bajo la nieve, como una flor luchando por sobrevivir y anhelando la llegada de la primavera. Sin embargo, nada ni nadie llegaría hasta Karen esa noche. Estaba sola… y probablemente se sentía igual.
Pensé en decirle "te lo dije", burlarme de su estupidez y obligarla a volver al teatro. Me acerqué lentamente. Sabía que al escuchar mis pasos, pensaría en él. No quise lastimarla pero así sucedería. Al ver mi rostro, la decepción en el suyo fue inevitable y descomunal. Creí que lo mejor que podía hacer por ella era callarme la boca y ofrecerle compañía.
Yo también la necesitaba.
-¿Tienes frío?
-Volviste – dijo exhausta.
-Olvidé algo en mi camerino – mentí –. Vas a resfriarte. No ha dejado de nevar.
-Estoy bien. Tal vez un poco hambrienta pero… - Karen frotó sus manos y entrecerró los ojos con media sonrisa –. Es tu culpa. Estaba a punto de disfrutar de una deliciosa cena con tu enfermera cuando se te ocurrió echarnos a perder la velada.
-¿Qué haces aquí, todavía? – ignoré su intento por aparentar que todo iba bien. Que un imbécil no acababa de romperle el corazón.
-Un poco de ejercicio. He recorrido la avenida unas quinientas veces – rió tontamente -. Subí de peso hace unos días y esto me ha venido de maravilla. El sacrificio es mucho pero…
-Karen.
Fue suficiente tocar su hombro y buscar en sus ojos. Hizo una pausa y me observó sin saber qué decir. No tenía que hablar, lo comprendió cuando asentí con la cabeza. De pronto, su sonrisa desapareció y en su lugar, una mueca de amargura surgió desesperada. De haber contenido la tristeza un segundo más, le hubiese estallado dentro del pecho provocándole un dolor insoportable.
-Quiero estar segura.
-No vendrá, Karen.
-Lo sé – admitió, sollozando –, pero no es eso de lo que quiero estar segura.
-¿Entonces?
-Quiero recordar esta noche hasta el final. Y quiero asegurarme de que la razón que tengo para odiarlo a partir de hoy… sea real.
-No tienes que demostrárselo. A él o a nadie.
-Cuando me pregunté por qué, será fácil responderle. En especial, cuando me lo pregunte yo. Recordaré esta noche; el frío en mis piernas y brazos. El cansancio de buscarlo entre la gente. Buscar su rostro sonriente pidiéndome perdón. Pensaré en lo hambrienta que estuve y en lo sola que… - el sollozo se transformó en un desgarrador lamento que no pudo contener –. ¡Voy a odiarlo! ¡lo juro!
-Karen…
-¡Sólo dame unos minutos más, y te prometo que lo odiaré el resto de mi vida! – dijo, bullendo en cólera – ¡Déjame estar aquí hasta que me asegure que el amor que sentía se ha ido con él al infierno!
-Basta – le pedí y la abracé fuerte –. Vámonos de aquí.
-No – forcejeó como una niña -, déjame esperar.
-No pregunté tu maldita opinión. Vámonos.
-¡Déjame!
Pero no lo hice. Los primeros metros la llevé a rastras. Cuando su cansado cuerpo se rindió, sus piernas se limitaron a moverse una frente a la otra. Sentí como si tirara de una marioneta sin vida ni voluntad.
No sé si había encontrado la razón para odiar a Archibald al regresar a su camerino y beber té caliente bajo amenaza. La mía. No volví a escucharla hablar esa noche. Ésa y muchas más. Decidió tragarse la tristeza como una píldora de cianuro y morir lentamente con su veneno.
A la mañana siguiente abandonaríamos la ciudad por unas semanas. No lo dijimos, pero deseábamos ver a los Andrey en el andén, despidiéndonos con una sonrisa. Pero eso no pasaría. Candy y Archie tenían sus propios planes. Era obvio. Y nosotros no estábamos incluidos en ellos.
-Candy…
Era común que el sonido de una locomotora fuese insuficiente para despertarme. Por lo tanto, fue sorprendente que el simple susurro de una voz débil y lejana abriera mis ojos.
-¿Qué haces aquí?
-Buenos días – sonreí a Richard - ¿cómo te sientes?
-Me duele la cabeza.
-Tienes que comer. Tuviste fiebre toda la noche.
-¿Dónde estoy?
-En un hospital. Y yo soy tu enfermera.
Richard elevó los ojos al techo como si buscara algo. Quizás, volver al mundo completamente. Llenó sus pulmones de aire y me miró con una expresión fría aunque serena.
-Ve a casa.
¿Ve a casa?, ¿Qué clase de agradecimiento era ése?
-Los enfermos no le dicen qué hacer a sus enfermeras – repliqué molesta. Muy molesta.
-Tú no eres mi enfermera – rebatió –. Vete, estaré bien.
-No.
-Sí.
-Deja de tratarme como si fuera tu enemiga – dejé la silla donde había pasado toda la noche y me aparté para no golpearlo en el mentón –. No he hecho nada malo. ¿No puedo cuidarte porque no acepté tus sentimientos?
-Candy…
-¡Es lo más estúpido que he escuchado! No vas a decirme qué hacer, Richard. Estoy a cargo de ti y no me iré porque me lo pidas.
-El paciente tiene derecho de elegir a su médico.
-Y el médico a su enfermera; y esa soy yo.
-No sé cómo llegaste aquí, pero quiero que te vayas.
-¡No!
-¿No?, ¿quieres volverme loco, maldita sea?
-Mide tus palabras.
-¡No quiero verte! ¡Me desagrada escucharte y me arrepiento de haberte conocido! ¡Me arrepiento profundamente del día que…!
Antes de que terminara, le lancé una bofetada. Una que estalló en la habitación y quedó marcada en su mejilla como hierro encendido. Se cubrió con la mano y vio mi rostro con desconcierto. El que provoca la calma después de un rapto de ira. Richard no se arrepentía de nada. Lo único que deseaba era dejar de verme para dejar de pensar. De sentir. Lo mismo que yo pretendía hacer con Terrence. A pesar de ello, de comprender lo que hacía, no le toleraría lastimarme.
-Malagradecido. He estado junto a ti toda la noche y lo único que se te ocurre hacer es echarme. No lo permitiré. No me importa que me odies, voy a cuidarte porque es mi deber. ¿Quieres tratarme como a tu enemiga?, hazlo cuando no esté cerca de ti porque de lo contrario, te abofetearé hasta dejarte una marca permanente en la cara. ¿Me has escuchado, Richard?
Richard volvió a tener siete años y me observó como lo hubiera hecho con su madre. Los golpes, en ocasiones, eran la mejor medicina para la histeria. Sospeché que había tenido éxito y esperé su respuesta. Mejor dicho, su disculpa.
-Sí, señora – respondió y su rostro osciló del desprecio a la resignación.
-Te traeré el desayuno.
-No tengo apetito – dijo y me volví a mirarle como si hubiese tirado de mi cabello con fuerza.
-¿Disculpa?
-Bien, tal vez un poco.
Al volver con la comida y dejarla cuidadosamente sobre su regazo, un imperceptible "gracias" salió de su boca. Se le veía mejor. Las mejillas tenían un agradable color rosado. Una de ellas aún estaba roja pero me felicité por haber conseguido que dejara de portarse como un niño caprichoso. En especial, por lograr una tregua.
-Iré a lavarme la cara – dije y retiré la charola.
Sorpresivamente, su mano sujetó mi brazo para impedir que me alejara. Quería decirme algo y por su bien, tenía que ser algo amable o de lo contrario la charola con el resto de la comida terminaría encima de su cabeza.
-Perdóname – dijo finalmente –. Sabes que no es verdad que me desagrades.
-Tú comienzas a desagradarme.
-Es justo.
-Pero… - agregué –… me gustaría que intentáramos ser amigos de nuevo.
-¿Por qué?, lo que yo siento por ti no ha cambiado y no es fácil verte y saber que ése tipo aguarda por ti en la acera de enfrente. Que no piensas en otra persona que no sea él, y que no…
-Nadie me espera en ningún sitio, Richard. Eso… terminó.
-¿Qué dijiste?
-No volveré a verlo. Esta mañana él… - consulté el reloj en la pared y faltaban cinco minutos para la partida del tren. El tren que se llevaba la parte más bella de mi vida –… se ha ido.
-¿Qué hacen aquí, ustedes dos? ¿esperan a alguien?
Terry y yo miramos por encima del hombro a Robert. Después intercambiamos miradas sin responderle. Por supuesto que esperábamos a alguien, quise decir, ¿supones que cuidamos las maletas de los demás?, pero era inútil explicarle eso. Nadie llegaría a despedirnos. Candy había desaparecido. Romeo no pudo encontrarla la noche anterior. Lo mismo sucedió con Archibald. La diferencia era que yo sí sabía dónde estaba. Feliz, entre los brazos de su prometida, aguardando el desayuno en la cama.
Fijé esa imagen en mi mente y probé de nuevo. Tenía que odiarlo. Incendiar todo mi amor, envenenarlo, congelarlo y extinguirlo. Sin embargo, de reojo observé a Terrence y sentí pena. Un error, uno muy torpe y obvio, le costó caro. Finalmente era libre, pero ya no le servía de nada.
Candy tenía que perdonarlo. Me encargaría de ello. Así tuviera que atarle los pies sobre un precipicio, la obligaría a perdonarlo y escuchar su explicación. Quizás Archibald no era el hombre para mí, pero Candy White, innegablemente, era la mujer para Terry Granchester.
-Tienen que abordar – anunció Robert -, el tren está a punto de partir.
-De acuerdo – dije y lo vi alejarse desconcertado por nuestra actitud. Levanté el brazo y toqué el hombro de mi actor favorito –. Vamos. Lo solucionarás al volver. Ella no se irá, te lo aseguro.
-No importa si se va al fin del mundo – sonrió, aunque con tristeza –, yo la seguiré.
-Sube. Es hora.
Maravilloso. Qué cariño increíble y eterno existía entre esos dos. Uno que parecía haber sido escrito en un libro de donde luego estiró los brazos para llegar a la realidad. Se tornó real, único e imborrable para la mente de todos aquellos que fuimos testigos de la historia de amor entre Candy y Terry.
Ahora sólo quedaba aguardar.
Continuará…
NOTAS
No lo van a creer, ojalá que sí, pero cada vez que intentaba continuar con este capítulo caía enferma de algo. O yo o mi bebé bola de pelos. Sigo agripada, cosa que ya es lo de menos de entre el cúmulo de desgracias que me han sucedido, pero prometí que actualizaría pronto y aquí esta. Saben que amo este fic y que me da mucha verguenza atrasarme tanto. Pero ambas cosas van de la mano. Porque amo este fic quiero hacerlo lo mejor posible y aunque demore siglos, lo dejaré bien hecho para la posteridad. Lo mejor hecho que una aprendiz pueda.
He dicho esto muchas veces pero no me importa, lo repetirè hasta el cansancio. Soy yo quien las admira a ustedes porque de entre la bestial lucha por sobrevivir allà afuera, se dan una tregua y buscan un remanso de paz. Ser yo parte de ese remanso no se paga con mucho o con nada. Simplemente se es y por ustedes y por mi querida Candy es quien soy, y voy y vengo. Gracias por ser maravillosas cuando no tienen por qué serlo. Aspiro a que cada deseo de buena voluntad que me mandan a través de sencillos mensajes se les regrese convertido en una alegría mayúscula: La salud de un familiar, la sonrisa de un buen amigo, agua y comida caliente todos los días. Sol y lluvia, viento y neblina. No sé, algo que necesiten mucho en este momento y crean que demorará en llegar, yo deseo en nombre de la gente que amo y que me ama, y de los que me desprecian también (finalmente generan energía que puedo utilizar a mi favor) que sus peticiones se formen antes que las mías en el camino al cielo.
Que Dios, su Dios, las ame siete veces siete.
Pronto nos leeremos de nuevo. A las anónimas y las que no, gracias, con una rodilla al piso les digo gracias. Sin falta modestia ni presunción, gracias por convertir mis letras en pensamientos felices que se llevan en el bolsillo del alma llamado corazón.
Ja!
Emera-chan
p.s. Háganle caso a Terry, sean felices en el siguiente minuto a partir de ya. Y luego continuen con el que sigue, y así váyanse el resto de la vida. Voy a intentarlo yo también.
