CAPÍTULO 35

TERRENCE

El grito de Candy me detiene un instante, pues es tan aterrador que siento como si se hubiera llevado mi vida.

Me repongo enseguida y corro a su cuarto seguido de su padre, la mujer de este y sus abuelos. Al llegar, la veo desplomarse en la cama. Voy hacia ella y le pongo los dedos en el cuello: el corazón le late muy deprisa.

—Esto no es normal —dice aterrado el padre de Candy—. ¡Id a por mi maletín!

En cuanto Thomas le toma el pulso, me deja claro con la mirada que no augura nada bueno.

—¡Algo podrás hacer!

—Te juro que no pienso rendirme si eso es lo que te preocupa.

Cojo la mano de Candy y la aprieto enviándole toda mi fuerza. Su cara cada vez está más pálida, su pierna, cada vez más morada, y la marca de la puñalada ahora está... ¿Dorada?

—¿Qué diablos es eso?

El padre de Candy se echa hacia atrás asustado y luego tiende la mano hacia la cicatriz... La aparta de inmediato dando un alarido. Alargo yo la mano, lleno de curiosidad.

—Quema —me dice sujetándome de la muñeca.

Ante nuestros ojos, la herida va haciéndose más y más grande. Candy empieza a sudar, a retorcerse. Su abuela Ágata trata de consolarla, pero no puede evitar que llore y sus lágrimas caen con fuerza por sus mejillas.

—Candy, por favor, lucha, no puedes dejarme —le pido mientras aparto de su frente el pelo empapado por el sudor.

Thomas se inclina hacia su hija desesperado, pensando cómo detener lo que quiera que sea eso.

—¡No!

Todos nos giramos hacia Carlota cuando entra con la bata de hospital seguida por mi hermano, que, al ver a Candy, se queda pálido.

—No la creí cuando me dijo que Candy la necesitaba.

—Y pese a eso, la has traído —le digo agradecido.

Carlota se pone donde está Thomas y posa su mano encima de la pierna de Candy. Asombrado, veo cómo empieza a brotar de la antigua herida un líquido dorado que pronto se trasforma en una bola de fuego y gira bajo las manos de Carlota. A medida que la bola aumenta de tamaño, el color morado de su pierna va desapareciendo. Le acaricio el cuello de nuevo; su corazón late acompasado y su rostro ha recuperado el color.

—No sé qué hacer ahora..., solo sentí que tenía que hacer esto —nos dice Carlota confundida, con la bola de fuego dando vueltas en la palma de su mano.

Anthony se acerca para cogerla, pero la bola cobra vida: sale disparada provocando un grito de sorpresa en Carlota y se adentra en mi pecho. El dolor es muy intenso; no sé cómo Candy ha podido

soportarlo. Aprieto la mandíbula para no perder la consciencia. Anthony rompe mi camiseta y Carlota posa sus manos en mi pecho, donde la bola dorada me quema y está poniéndome la piel amoratada. Cuando empieza a salir, siento cómo me arranca parte de mí y al ser extraída completamente, me voy hacia delante; Anthony me sostiene. Carlota no consigue hacerse con el control de la bola, por lo que me pongo ante Candy por si volviera a ella. Sin embargo, nos esquiva a todos y sale del cuarto.

Poseído por ella, como si sintiera la necesidad de saber hacia dónde va, la sigo hacia la planta baja. Carlota y Anthony vienen detrás de mí. Vemos que entra en uno de los salones y se queda suspendida sobre un punto.

—Es justo donde fue atacada Candy —dice Carlota con la voz temblorosa.

Y de repente, la bola de luz penetra en el suelo y estalla, lanzándonos hacia atrás por la onda expansiva. Cuando pasa, me levanto y miro a mi alrededor... En medio de la sala se ha formado un gran cráter. Me acerco temeroso hacia él y me quedo petrificado al ver que es un suelo sagrado: dos círculos, uno más grande rodeando a otro más pequeño, y fuera de ellos, unas letras y los cuatro elementos dibujados a los lados. Por el trazo de los círculos corre el líquido dorado que ha salido de la herida de Candy, y alrededor de ellos puede leerse: «Pasado y presente unidos por la fuerza de la sangre».

—Esto no me gusta nada —dice mi hermano leyendo mis pensamientos cuando ve la inscripción.

—¿Qué ha pasado? —dice Candy, que entra seguida de su padre. Aún está pálida.

Viene hacia mí y la abrazo al tiempo que observa lo que todos estamos contemplando.

—¿Qué significa esto? —pregunta Thomas.

Antes de que podamos responder, el suelo da una sacudida. Un pequeño temblor que parece tener su epicentro en los círculos que tenemos delante. Las lámparas se mueven.

—Parece un terremoto...

—Se hace más fuerte—. ¡Hay que salir de aquí! —grita el padre de Candy, y sale corriendo a por su mujer y su hijo.

Alzo a candy en brazos y la saco de la casa.

—Puedo andar.

Pero mientras lo dice, se refugia en mi pecho. Sigue débil y está temblando.

—Deja de hacerte la fuerte, Candy. Sea lo que sea lo que está pasando, tenemos que estar al cien por cien.

—Vale, entonces no me sueltes. Dudo que pueda seguir sosteniéndome —me reconoce antes de quedarse medio adormecida.

Respiro tranquilo cuando el padre de Candy sale con Martina y Austin envuelto en varias mantas y se reúne con nosotros en el exterior de la casa. Todos estamos bien, afortunadamente. Esperamos y nada. No sucede nada. Carlota se mueve inquieta.

—¿Qué pasa? —le pregunta Anthony, perdiendo los nervios ante su silencio.

—Mi intuición me dice que el lugar más seguro es la casa. Está protegida, pero después de lo que ha pasado, no sé qué pensar.

Anthony la mira. Mejor dicho, todos lo hacemos.

—Esta casa ha resistido el paso del tiempo... —Thomas comienza a hablar, pero no acaba la frase porque la sacudida que esperamos aparece. La tierra se estremece bajo nuestros pies. Protejo a Candy contra mi pecho. Nos acercamos los unos a los otros. El terremoto es cada vez más intenso, pero, asombrosamente, la casa no se mueve.

—¡Vamos dentro! —grita Thomas, y lo seguimos, presintiendo que es el lugar más seguro de todo este pueblo. Entramos a una de las salitas. No suelto a Candy en lo que dura el temblor. Cuando pasa, nos miramos sin saber qué decir.

—Debo ir al pueblo a ver si papá está bien —me dice Anthony.

—Iré contigo. Debo ayudar si hay heridos —dice Thomas entregando a su pequeño a Martina—. No salgáis de la casa.

—Yo me quedo al mando —afirma el abuelo de Candy.

Me acerco a mirar por la ventana con Candy aún en mis brazos. El temblor se ha detenido, pero se puede ver a lo lejos alguna cortina de humo. Espero que no haya sucedido nada grave... Mi mente evoca la guerra y me quedo helado, frío. Traté de ayudar a todos los civiles que pude, sin importarme que fueran amigos o enemigos. Nunca me sentí parte de ningún bando, yo solo luchaba para que acabara la guerra y las milicias no llegaran a las ciudades. Y ahora, parece que tanto Candy como yo somos los desencadenantes de todo esto, y no puedo evitar culparme, aunque sé que la culpa es de los desgraciados que nos secuestraron.

Pienso en la gente del pueblo que pueda necesitar ayuda y me invade la necesidad de echar una mano. Observo a Candy en mis brazos y me sorprende ver que me mira con los ojos medio abiertos.

—Ve, siento que es lo que deseas. Que soy yo la que te retiene...

—Pensé que estabas dormida.

—No, solo tengo los ojos cerrados..., pero estoy bien.

—No quiero dejarte sola.

—No estoy sola. Has visto que la casa ha resistido, y mi familia está aquí. Anda, ve, y cuídalos por los dos. Yo también me siento responsable de todo esto.

—Ninguno de los dos lo sois —dice el abuelo de Candy— Y ahora ve a ayudar, nosotros cuidaremos de ella.

Asiento. Llevo a Candy a un cómodo sofá y la dejo sobre él. Me acaricia la mejilla y beso su mano antes de acercarme y besar sus labios.

—Llámame si te pones peor o me necesitas.

—Tranquilo, lo haré. O lo harán...

Candy cierra los ojos y vuelve a quedarse dormida.

—No le pasa nada, solo necesita descansar —oigo decir a Carlota.

Levanto la cabeza y la veo sentada en un sofá acurrucada con una manta.

—Pensé que te habías ido con mi hermano.

—Habría ido a ayudar, pero no puedo, me siento algo mareada... —me reconoce con el entrecejo fruncido.

—De acuerdo. Avisadme si sientes que algo no va bien.

Asiente. Beso una vez más a Candy y me marcho temeroso de lo que voy a encontrarme.

Llego al pueblo. El caos reina en las calles. La gente corre aterrada de acá para allá. Hay algunos heridos. Sorprendentemente, solo las casas más antiguas han resistido; a las nuevas les han salido enormes grietas o están medio destruidas. Veo a una mujer gritando enfrente de una casa derrumbada. Corro hacia ella.

—¡Mi marido está dentro! —me grita desesperada.

Sin perder tiempo, entro y me dirijo hacia donde me ha dicho que estaba su marido cuando empezó el terremoto. Lo encuentro enseguida: tiene el pie atrapado bajo una viga. Busco un palo para hacer palanca y la levanto lo justo para que pueda retirar el pie. Lo ayudo a levantarse y a caminar fuera de la casa. En cuanto su mujer lo ve, lo abraza con fuerza.

—Gracias, gracias. —La mujer me besa las manos.

Asiento y continúo hacia la siguiente calle. Ayudo a rescatar a algunas personas más antes de llegar al centro del pueblo, donde se ha instalado una carpa para curar a los heridos. Veo a mi padre en medio del desconcierto, dando órdenes. Tiene una brecha en la cabeza, pero no parece profunda. Mi hermano está ayudando a Thomas. De repente, se siente otro pequeño temblor. La gente grita aterrada. Cuando se detiene, voy hacia mi padre.

—El lugar más seguro del pueblo es la casa de Candy. Deberíamos trasladar a los heridos allí y a todo aquel que quiera venir. Es grande, los protegerá.

—No sé si...

—Papá, confía en mí.

Se queda pálido cuando lo llamo así; en todo este tiempo he evitado hacerlo.

—Bien. Lo haremos como tú dices.

Se lo comunicamos a todos. La gente se muestra algo reticente, pero acaban por aceptar a regañadientes y cargan a los heridos en sus coches para trasladarlos. Aviso al abuelo de Candy de que vamos para allá y, al llegar, nos abren las puertas y nos ayudan a distribuir a la gente por los salones. Mire donde mire, las habitaciones están llenas de gente. Prácticamente todo el pueblo está aquí. Los que no han querido venir han hecho apresuradamente las maletas y han abandonado el lugar. Y en el fondo sé que es lo mejor, que se marchen y se mantengan alejados de lo que sea que vaya a suceder. Presiento que esto es solo el principio.

Tras pasar a ver a Candy, que duerme en mi cama, regreso al pueblo con Anthony a comprobar que no haya quedado nadie atrapado. Revisamos casa por casa, y poco después nos hemos encontrado a nuestro padre y a Felicia haciendo lo mismo. El marido de la agente ya está en la casa con el pequeño Erik, a salvo.

Es cerca del amanecer cuando decidimos regresar a la mansión. Mientras andamos por el sendero, me quedo algo rezagado y Anthony hace lo mismo.

—¿Qué te preocupa? —me pregunta al ver mi ceño fruncido— Aparte de todo esto, me refiero.

—Me preocupa que lo tienen todo bien estudiado y no sabemos verlo venir —le confieso— Como lo del ataque de Candy. Se las ingeniaron para que culparan al que la atacó la primera vez.

—Sí, a mí también me mosquea eso. Yo lo vi entrar en su coche..., lo montaron todo para hacernos creer que era culpable y no le diéramos importancia al ataque en sí. Recuerdo haber visto cómo la sangre de Candy se filtraba en el suelo...

Me quedo quieto pensando algo, Anthony hace lo mismo.

—¡Su sangre! —decimos al unísono.

No termino de acostumbrarme a que pensemos igual.

—La sangre de Candy tiene algo especial —Anthony termina la frase por mí.

Llegamos a la casa. Hay menos gente, pues durante la noche, muchos se han ido marchando del pueblo. Subo a ver a Candy. Me sorprende verla no solo despierta, sino con el hijo de Felicia, que la abraza con fuerza.

—Tiene pesadillas... —me informa al verme—. Cuando llegó con su padre, no hacía más que preguntar por mí.

El pequeño abre los ojos y la mira triste.

—Siento que te va a pasar algo malo... —dice el niño llorando—. En mis pesadillas siempre te veo herida...

Miro aterrado al niño. Candy está pálida, pero le sonríe y le acaricia la cabecita.

—No me va a pasar nada.

El pequeño apunta con el índice hacia su pecho y añade:

—La sangre sale de aquí...

Tocan a la puerta. Digo que pasen, pero nadie entra. Me acerco y oigo al padre de Candy discutir con Felicia. Están hablando a media voz para que Candy no los escuche.

—¡Te dije que te alejaras de ella! —masculla Thomas— Suerte tienes de que no te haya denunciado a la policía... ¡Sois todos unos estafadores!

—Te repito que yo no la secuestré. ¡Yo también la perdí!

—¿Ah, sí? Candy me ha contado cómo te conoció. Y ¿cómo sabías dónde encontrarla? ¿Cómo es que apareciste justo cuando fue atacada? ¿Casualidad? No, no lo creo. Tú sabías quién era antes de que yo te dijera que te apartaras de ella. ¿O no?

—Una madre sabe esas cosas. ¿Acaso tú no sientes la conexión que tienes con tu hija? ¡Si hasta Erik ha sentido que Candice es su hermana!

Siento a Candy dar un pequeño grito. La miro. No me había percatado de que estaba detrás de mí, hace tiempo que no percibo su presencia. Candy mira a Erik, que la tiene cogida de la mano. Ambos lo han escuchado y, aunque el niño aún es pequeño, sabe lo que significa la palabra hermana. Candy abre la puerta de golpe.

—Creo que tenemos una conversación pendiente, ¿no? —les dice seria, mostrando una seguridad que sé que está lejos de sentir.

Thomas entra en el cuarto. Felicia no mira a Candy a los ojos, sino al pequeño.

—Ven, Erik, te llevaré con papá. Yo tengo que hablar con Candy...

—Con mi hermana —dice el niño con voz firme—. Siempre lo supe. Por eso debo protegerla.

—No te corresponde eso a ti.

Felicia se agacha y da un beso a Erik en la frente, y noto cómo el ambiente cambia y cómo el pequeño sonríe.

—Tengo sueño, mami, llévame con papá.

Alza las manos. Su madre lo coge y se lo lleva, no sin antes echarme una mirada intencionada. Sabe que he visto lo que acaba de hacer; es más, quería que lo viera. Que viera cómo, con ese simple beso, ha apartado las pesadillas del niño.

Entro en la habitación.

—No me fío de ella..., tiene poderes. Si es que no los tiene medio pueblo —espeto furioso por cómo se está desarrollando todo— Hasta ese niño parece tener premoniciones.

—Sé que no me has dicho nada porque yo te lo pedí. —Thomas asiente—. Lo he escuchado todo. Es raro. Si sabía dónde estaba... ¿por qué mantenerse alejada?

—Mis labios están sellados —dice Felicia entrando en el cuarto ya sin el pequeño— Prefiero que me odies.

Candy la mira sin comprender su reacción.

—Pensé que te caía bien... No entiendo nada.

—Mejor. —La frialdad en Felicia me deja helado—. No quiero saber nada de ti. De haber querido, habría venido antes, ¿no crees?

—No sé de qué me extraño —dice Thomas—. Solo una bruja como tú me diría que mi hija ha muerto para alejarla de mí y privarla de vivir con su familia.

Felicia aparta la mirada y alza los hombros.

—No negaré ninguna de vuestras acusaciones. Me da igual lo que penséis.

Sonríe y se va. Candy me observa, atenta a mi reacción. Su padre está visiblemente enfadado, y es normal: por culpa de Felicia, ha estado separado de su hija casi veinte años.

—Tengo que hablar con ella. —Candy va hacia la puerta, y hago amago de ir tras ella—. No. Quiero hacer esto sola. Si te necesito, te llamaré.

Asiento y la dejo irse.

CANDICE

Encuentro a Felicia llegando a la puerta de la finca. Me cuesta pensar en ella como mi madre. Se me hace raro. Me cuesta menos aceptar que Erik sea mi hermano.

—Felicia. —Se tensa. No se vuelve—. Quiero hablar contigo. A solas. Hay mucha gente en la casa y este no es un buen sitio.

—No hay nada que hablar, Candide.

—¿Me pusiste tú el nombre?

Se vuelve y mira detrás de mí. Me doy la vuelta, pero no veo a nadie.

—No quiero hablar...

Se empieza a ir. La sigo.

—¡¿Y ya está?! ¿Eso es todo lo que me tienes que decir?

Se vuelve y viene hacia mí.

—A partir de ahora, más te vale seguir a tu instinto. Te recomiendo que lo uses siempre.

Me mira fijamente a los ojos y siento un escalofrío al tiempo que mi mente recuerda algo... Uno de mis secuestradores me pone el collar y me seca las lágrimas cuando me creía inconsciente, y antes de que todo se vuelva a tornar negro, me dice:

—No te lo quites nunca, hija. Cuando sea el momento, recordarás...

—Tú... —Me callo. No puedo decir nada más. Sonríe de una forma que me hiela la sangre, se da media vuelta y se va.

Yo la veo alejarse, impactada por todos los descubrimientos. ¿Por qué me secuestró mi madre y me puso el colgante?

—¿Dónde ha ido mi mujer?

Me vuelvo hacia la voz. Es el marido de Felicia.

—No lo sé... ¿Tú sabes quién soy? —El hombre me mira extrañado—¿Sabes que soy su hija? —digo refiriéndome a Felicia.

Por la cara que pone, sé que no.

—¿Su... su hija?

—No sabías nada —respondo. Él niega con la cabeza, mudo por la noticia—. Siento habértelo dicho así, pero yo también acabo de enterarme y... estoy algo aturdida.

Tras una larga pausa, dice:

—¿Puedes cuidar de Erik? Lo he dejado dormido en el cuarto de los niños. Tengo que hablar con Felicia.

—Claro, no te preocupes.

Entro en la casa y tras el umbral me espera Terry. En cuanto lo veo, me abrazo a él con fuerza. No hace falta que digamos nada. Cuando quieres a alguien, las palabras son innecesarias, pues con solo una mirada cada uno sabe lo que está pensando el otro y lo que necesita.

Entro en el cuarto donde está mi hermano al cuidado de Martina. Aunque se despertó hace tiempo, yo he necesitado unas horas para reunir fuerzas para esta conversación. En cuanto Erik me ve, me sonríe y viene a abrazarme. Me conmueve y me agacho para ponerme a su altura. Mi madrastra se marcha con el bebé.

—Hola, peque. ¿Qué tal has pasado el día?

—Bien. Las pesadillas se han ido..., aunque sigo creyendo que corres peligro.

Me mira preocupado.

—¿Y si te prometo ponerme un chaleco antibalas como el de tu mamá?

—Es tu mamá también —me dice sabiamente— ¿No la quieres? Ella me dijo que no te lo dijera hasta que tú lo descubrieras.

—¿Ella te lo contó?

Niega con la cabeza.

—¿Te puedo contar un secreto?

—Claro, puedes confiar en mí.

Asiente. Se acerca a mi oído y susurra:

—Tengo un don. En sueños, veo cosas. Soñé contigo muchas veces antes de conocernos.

—Pero... eras muy pequeño cuando me conociste.

Asiente.

—En mi sueño, una voz me decía que eras mi hermana. Era pequeño, pero muy listo. Mamá dice que soy muy listo. Aunque si fuera tan listo como ella dice, dejaría de tener estas pesadillas donde te veo morir...

Me mira con los ojos llenos de lágrimas. Yo no puedo hablar, estoy aterrada por sus palabras.

—¿Tú también tienes el don de la visión, como yo y como mamá?—me pregunta.

—¿Tu madre lo tiene?

—Sí. ¿Lo tienes o no?

—A veces siento cosas..., pero no, no lo tengo.

—Yo no lo quiero tener. No me gusta.

—Bueno, míralo por el lado bueno. A lo mejor gracias a tu don puedo salvarme, porque ahora que me lo has contado, me voy a proteger, y puede que un día sueñes con que me he salvado.

—¡Sí! Eso me dice mi mamá..., bueno, nuestra mamá. ¿Te molesta ser mi hermana mayor?

—No, me encanta tener un hermano como tú.

—Ahora tienes dos. El otro es un poco pequeño todavía, pero cuando sea mayor, le enseñaré unas cuantas cosas, porque es mi casi hermano, ¿verdad?

—Verdad.

Me da un gran abrazo.

—Prométeme que te cuidarás. —Asiento—. Y que seguirás tu instinto.

Lo aparto de mí y lo miro a los ojos.

—¿Por qué has dicho eso?

—No sé..., por lo del chaleco, supongo. Creo que te salvará la vida.

—Seguro que sí.

Pienso en si se deberá a eso o si hay algo más. Que dos personas me lo digan me inquieta. Tocan a la puerta. Es su padre y no tiene buena cara.

—¡Papá! —Erik se tira a sus brazos—. Ahora ya puedo decirte que Candy es mi hermana. Mamá me pidió que esperara, pero no quería tener secretos contigo. ¿Estás enfadado? —pregunta al ver la cara seria de su padre.

Este le sonríe, aunque sus ojos siguen preocupados.

—No, todo está bien.

—¿Y mamá?

—Se ha ido de viaje y nosotros vamos a irnos con los abuelos. Te están esperando y van hacerte hamburguesas.

—¡Las mejores! ¡Candy! —Voy hacia él—. Un día tienes que venir a conocer a mi abuela... Papá, ¿tu mamá es la abuela de Candy?

—No, pero si ella quiere que lo sea, se la presentaremos.

El pequeño sonríe y me mira ilusionado.

—Candy, tienes que venir. En serio, son las mejores hamburguesas del mundo.

—Está bien, un día la llevaremos. Ahora, despídete de tu hermana.

El pequeño me da un par de besos.

—Seguro que pronto soñaré que te salvas.

El padre lo mira sin comprender. Tampoco debe de saber nada de los poderes de su hijo.

—Seguro que sí.

—Nos vamos. —Me tiende una tarjeta—. Llámanos cuando quieras saber de él.

Asiento. Sé que necesita asimilar todo, y más ahora, que Felicia y él se han dado un tiempo.

—Nos vemos pronto.

Se van y me quedo quieta en medio de la sala. Me siento perdida y asustada, muy asustada, pues no sé qué he de hacer para seguir mi instinto. Mi mente regresa una y otra vez a mi madre. No entiendo cómo ha podido fingir que le caía bien para luego demostrarme esa frialdad cuando he descubierto que soy su hija. Felicia era uno de los secuestradores y apareció en mi vida tras el ataque... Y me dijo que no dijera a la policía cómo era la daga cuando la recordé, que ya sabían cómo era... ¡Qué tonta he sido! Pero entonces ¿por qué quería que recordara justo cuando lo hice? Seguramente para traer a Terry de regreso. Necesitan que los dos estemos aquí el día de mi cumpleaños, pero ¿para qué? Eso es lo que tenemos que descubrir.

Alzo la cabeza y veo a Terry apoyado en la puerta, esperándome paciente, pues sabe que necesito pensar en todo esto. Me acerco a él. Está muy preocupado, lo puedo notar en sus ojos, y también su enfado y la sed de venganza que se empeña en ocultar.

—Ya no siento tu presencia —admito triste.

—Yo tampoco.

—¿Crees que ese cambio es por algo?

Miro a mi alrededor. Terry me toma de la mano y vamos hacia los pasadizos. No nos fiamos de nadie. Llegamos a la cueva. Anthony está ya en ella con Carlota, Any y Jon. Este último se las ha ingeniado para traer su ordenador y que tenga conexión a internet. Les cuento todo lo que he descubierto, todos me miran asombrados.

—¿Tú lo sabías? —le pregunto a Carlota.

—No, eso no —me responde. Miramos a Any.

—Fui yo quien te encontró, y fue por casualidad. Mi madre y yo estábamos recogiendo hierbas. ¿No pensaréis que mis padres sabían que ibas a estar allí?

—Ya no sé qué pensar —admite Terry.

—Lo raro es que justo cuando pasó había mucha gente del pueblo cerca —dice Carlota— Yo estaba porque sabía lo que iba a suceder, pero cuando Any vino a alertarnos, había muchos otros presentes... Está claro que quien organizó esto quería que la gente pensara que estabas maldita y te dieran de lado.

—Pero ¿por qué? ¿Por qué querían que Candy viviera aislada?

—Creo que porque va a necesitar ayuda el día de su cumpleaños—dice Carlota—. La ayuda de todo el pueblo. De los descendientes de los brujos. Y que si la tuviera, podría echar abajo sus planes. Es una forma de debilitarla.

—Hagamos la prueba ahora. Medio pueblo está en tu casa —dice Anthony.

Subimos hacia la casa y entramos en el salón, donde se han instalado las atenciones médicas.

—Escuchadme un momento. —Nadie le hace caso. El padre de Anthony se adelanta y pide que atiendan a su hijo— Gracias, papá. Tengo que pediros un favor. Sé que muchos de vosotros estáis pensando en iros porque creéis que el pueblo se va a destruir. Pero no es el pueblo el que corre peligro. Es Candice, y necesita vuestra ayuda.

La gente me mira con lástima, pero enseguida apartan la mirada.

—Ya habéis oído a mi hijo, Candice necesita del apoyo de todo el pueblo —dice Cesar alzando la voz y recorriendo con la mirada a todos los presentes.

Nadie nos mira. Literalmente, se hacen los tontos. Nadie apoyará mi causa. Esto era justamente lo que buscaban: que la gente me temiera y no se arriesgara por mí.

Bajamos de nuevo a los pasadizos. Terry no deja de mascullar que son un hatajo de cobardes.

—Hay algo más —digo cuando estamos de nuevo en la cueva. Todos me miran— Yo he sido herida dos veces de muerte... Como todos sabéis, fui atropellada por un coche de caballos. Felicia fue quien llamó a los del servicio médico; a estas alturas, sabemos que no fue casualidad que ella se encontrara allí. Pero antes de ese ataque hubo otra ocasión en la que casi perdí la vida, siendo una niña... —Miro a Any en busca de respuestas—. ¿Quién me ayudó entonces?

—Yo solo recuerdo verte herida en el hospital... —dice Any—. No sé quién te encontró.

—¿Qué sucedió esa primera vez, Candy? —pregunta tenso Terry.

—Tendría unos siete años y había viajado en el tiempo. La guerra había llegado al pueblo. Estaba cerca de las ruinas, asustada por los disparos, y no sabía a dónde ir... De repente sentí que alguien venía hacia mí. Me giré para mirarlo, pero antes de poder verle la cara, me dispararon por la espalda y regresé a mi tiempo.

Terry se tensa.

—¡Llevabas una capa azul oscuro! —Asiento confundida. Terry camina nervioso por la cueva—. Era yo. Me pareció ver a alguien en las ruinas y fui a decirle que se alejara, que la milicia iba hacia allí. No pude verte el rostro, la capucha te tapaba la cara... Estaba a punto de llamarte cuando alguien me golpeó en la cabeza, al tiempo que escuché la detonación de un disparo.

—No sabía que hubiéramos estado tan cerca de encontrarnos.

—Tal vez no era vuestro destino que os encontrarais ese día —apunta Carlota—. Pero está claro que si los brujos no querían que Terry y tú os vierais en aquel momento, con golpear a Terry les hubiera bastado.

—¿Estás diciendo que el disparo no fue intencionado? —le pregunto.

—Los que están haciendo esto te necesitan viva, Candy. No creo que se arriesgaran a matarte antes de tiempo.

Asiento a la explicación de Carlota.

—En cualquier caso, fui gravemente herida, y alguien tenía que estar en el círculo cuando volví aquí para ayudarme, porque si no, habría muerto desangrada.

—Tal vez una vez más fuera Felicia. Como tiene el don de la adivinación... —razona Any.

—Pues si Felicia sabía que su hija iba a ser herida de muerte y no hizo nada por evitarlo, es que mucho no debía de importarle —dice Terry con tono frío. Agacho la mirada—. Lo siento, Candy, pero no encuentro otra explicación.

Asiento. Me cuesta creer que la Felicia que he conocido sea capaz de ser así, pero las pruebas están claras. Me recorre un escalofrío y pienso en lo caprichoso que es el destino. Si ese día nos hubiéramos encontrado, sé que Terry se habría quedado a mi lado en el pueblo, no habría ido a la guerra y seguramente en algún momento lo habría traído de vuelta. Pero ese no era el momento indicado. Como tampoco lo era hace dos años, cuando engañaron a Anthony para que Terry regresara al pasado. Por lo que sea, los brujos querían que regresara al presente ahora, para mi vigésimo cumpleaños.

—Es mejor que empecemos a pensar que quienes os secuestraron lo hicieron pensando en que habían encontrado la forma de conseguir lo que buscaban sus antepasados los brujos hace años —dice Anthony—, y que la clave la tenéis vosotros dos. Eso explicaría por qué os secuestraron a los dos nada más nacer.

—Pero ¿por qué nosotros? ¿Qué tenemos que nos hace tan especiales? —pregunto. Cada vez estoy más tensa.

—Tal vez sabían que erais almas gemelas y estabais predestinados antes de que nacierais... —razona Any.

Jon silba de admiración y añade:

—Tío, si eso es cierto, esos tipos llevan planeando esto desde hace mucho tiempo.

La vista de Anthony se posa casualmente en uno de los libros en cuya portada aparecen representados los cuatro elementos, los símbolos de las cuatro familias de brujos.

—Candy, tu madre desciende del brujo de la tierra, y tu padre desciende de la del agua... Terry, nuestro padre pertenece a la familia del brujo del aire, y nuestra madre a la del fuego... ¡Vuestra unión junta en una sola pareja a las cuatro familias de los brujos! —Anthony se lanza a coger papel y lápiz y empieza a apuntar cosas como un loco—. La unión de dos almas en una sola, la unión de las cuatro familias... Eso es lo que quieren, no tengo ninguna duda.

—Pero entonces... ¿por qué mandar a Terry al pasado y dejar que pudiera acabar muerto en la guerra? ¿O que Candy pudiera morir allí sola?

—Tal vez supieran que ninguno de los dos moriría, por mucho que estuvieran a punto de hacerlo —apunta Carlota—. Lo que nos hace pensar que si sabían de antemano todo lo que ha sucedido hasta ahora, también saben cómo va a terminar todo. Vuestro destino está escrito.

—¡¿Pretendes decir que, hagamos lo que hagamos, vamos a hacer lo que ellos quieren?! —pregunta Terry, y Carlota asiente—. ¡No! ¡Me niego a pensar que no hay alternativa! ¡Me niego a creer que lo que ha dicho Erik se va a cumplir!

—¿Qué ha dicho Erik? —pregunta Anthony —Que me ve muerta por una herida en el pecho... —respondo.

Terry está fuera de sí.

—No, no pienso consentirlo. Necesito ir a un lugar. ¿Puedes llevarme?—le pregunta a Anthony

—¿Puedo ir yo?

—No, es mejor que te quedes aquí y no salgas hasta que regrese.

Terry se va sin siquiera despedirse de mí. Sé que ahora mismo su mente solo está puesta en salvarme la vida, pero me molesta. Voy hacia las notas y las miro con rabia.

—Creo que ellos querían que encontráramos todo esto —pienso en voz alta—. Que las verdaderas escrituras que realmente nos podrían ayudar a resolver esto las tienen a buen recaudo nuestros captores.

—Yo también lo pienso —dice Carlota, y me mira dudosa—. Me gustaría hacer algo para saber si la pesadilla de Erik es una realidad o no.

—¿El qué?

—Tratar de tener una premonición del día de tu cumpleaños, pero no sé si seré capaz de lograrlo. Nunca he tenido la habilidad de controlar lo que podía ver o no.

—Inténtalo —le digo segura y nerviosa a la vez por lo que pueda ver.

—Necesito estar con ella a solas.

Miro a Jon y a Any y asiento. Los dos salen, Any se marcha reticente.

—Hazlo ya —le pido cuando nos quedamos solas.

Carlota duda un instante. Luego, sin darle más vueltas, me toma de las manos con fuerza para que la conexión sea mayor y se concentra en ver si lo que ha predicho mi hermano es cierto...

Continuara...