Crónica treinta y ocho: Adiós. Parte 4.

Valeska se cubrió el cuerpo con su chaqueta manchada. En el suelo, tenía diseminados varias camisas y blusas. Su ropa, sucia por mi culpa, descansaba en un gancho.

—¡Sal de aquí! —Chilló, tan roja como un tomate—, ¡Te has tomado personal que te dijera que no me gustabas, ¿verdad?!

—¡Por supuesto que no! —respondí, enojado, dudando si salir del cubículo o no. Lo peor de todo es que lo que debía hacer estaba claro, pero no podía llevarlo a cabo. Tal vez por lo impresionante y estúpida que era la situación.

De pronto, sentí el puño de mi Ello golpeándome la cabeza con violencia mientras mi Superyó se ponía a gritar como señorita en apuros.

¡Diablos!

—Oye… más vale que salgas de aquí —me advirtió, frunciendo el entrecejo y adoptando una postura adusta—, no es sólo que me hagas enojar, es que nos meteremos en problemas si alguien viene y nos observa. No quiero más problemas, Eiri.

Su comentario me ofendió demasiado. Sentí que, desde aquella noche, cuando habíamos tenido que llevarla al hospital, algo se había fragmentado entre los dos. De pronto comprendí sus palabras en la radioemisora, cuando me aseguró, sin titubear, que yo era alguien que no le podía gustar y que no tenía nada que ver con que fuera gay…

De pronto, decir que "era" gay, me pareció una estupidez, sobre todo estando con ella delante, cubriéndose con una chaqueta delgada el cuerpo y mirándome como si fuera un gusano gigante. De pronto, todas mis relaciones con mujeres se me vinieron a la mente y las que había tenido con hombres, se borraron de mi cabeza por los minutos que duró mi presencia ahí.

Me adelanté, tiré la ropa que había estado estrujando entre las manos todo ese tiempo y la sujeté por los hombros. La chaqueta se le cayó y el sujetador blanco quedó visible.

Antes de darme cuenta de que eso me avergonzaba mucho más que a ella, la besé con poca delicadeza, impactando su espalda contra el espejo.

En el aeropuerto, Tohma me compró varias cajas de galletas. Supongo que se dio cuenta de que las cosas no me iban bien desde hace unos días. También que lo relacionó de inmediato con ella, a quien yo no le había hablado en semanas.

—¿No te despediste de tu amiga? —preguntó en japonés mientras entregábamos nuestros billetes a la chica que los tomaba antes de entrar al avión. Hacía frío. Era de noche.

—Nope.

—¿Por qué?

—No lo creí necesario.

Asintió con la cabeza y fue directo a su asiento. En ningún momento se separó de su pequeño bolso de viaje, en donde llevaba todo lo necesario para sobrevivir la duración total del viaje: pastillas de menta, goma de mascar, su cepillo de dientes y un libro. La libretita de Hello Kitty que Tatsuha le había regalado en broma su ultimo cumpleaños, también estaba ahí, acompañada de un bolígrafo.

Me recosté contra el asiento y dejé que la azafata me acolchara la almohada y me trajera una manta. Yo saqué de mi mochila un paquete de galletas junto con el walkman.

De pronto, me di cuenta de que no tenía sueño, sino que me moría de hambre.

Tohma me dio codazos a la una de la mañana y se acercó a mí. Me susurró al oído:

—¿Por qué no te despediste de tu amiga?

—Porque no —siseé, molesto. Esa clase de cosas no le iban a funcionar conmigo. Y él lo sabía, así que sólo perdía su tiempo.

Ni loco le confesaría mi metida de pata, porque esta me avergonzaba mucho y quería meterla en mi baúl de los recuerdos y encerrarla con un candado muy pesado para que nunca pudiera salir, al igual que la bofetada que ella me había dado, como si se creyera la protagonista de la novela de las nueve.

Me había sacado a patadas del cubículo y, a pesar de eso, me había hecho pagar sus compras.

Durante toda la noche estuve viéndola como una bruja aprovechada, pero después me di cuenta de que el error había sido mío y no tenía derecho de quejarme por la reacción que en ella hubiera podido provocar.

Además, aparentemente, su corazón ya estaba ocupado por otra persona.

Tal vez luego de salir del hospital me sentí tan mal por darme cuenta de que, con ella, yo no tenía oportunidad.

Pero… ¿quería tenerla?

Hoy me doy cuenta… que no.

Cuando llegamos a casa, Tohma se dio cuenta de que no iban a darnos la bienvenida que tanto había esperado. Mi padre había organizado una comida en el jardín de la casa, pero era Mika quien estaba haciéndose cargo de todo.

Tatsuha se había escabullido por ahí con sus amigos y, al menos, nos tenían lista el agua caliente en las tinas para que pudiéramos tomar un baño.

Habían preparado habitaciones para los dos en esa vieja casa.

Me encerré en mi recámara un par de horas, recostándome en la cama para intentar familiarizarme de nuevo con ese lugar. Nada sirvió. Yo lo detestaba tanto, que estar ahí me quemaba como si hubiera metido la mano al fuego de la chimenea.

Cuando me metí a la bañera, consideré la posibilidad de ahogarme en el agua, pero las sales me acariciaban la piel, así que me quedé cínicamente dormido, llegando con quince minutos de retraso a la dichosa cena, iluminada por luces dentro de globos de papel, colgando de los árboles.

Me senté y apoyé el codo en la mesa. Papá había invitado a la vecina chismosa, quien me observaba de pies a cabeza, pero tardé un buen rato en reconocerla.

Tatsuha me dio codazos en las costillas y estuve a punto de meterle la cabeza en la sopa, pero me contuve, porque mis hermanos no debían saber que yo seguía siendo un pequeño bravucón que ya había alcanzado su estatura máxima. Además, ya era un adulto y debía comportarme.

Ay, ajá…

Tal vez hubiera hecho algún desastre de no haber sido porque Tohma me observó con complicidad (algo que me recordó un poco a mis últimos días con Valeska), pidió que le prestaran un poco de atención y, al estilo occidental, ese de las telenovelas a las que se había hecho adicto, le pidió matrimonio.

Yo ni siquiera recordaba que haría eso.