Hola hola gente jeje ke tal stan? spero ke biiien jeje Este capi es el comienzo de algo jeje nos leemos abajo

Recuerden de que nada me pertenece. La historia pertenece a Nora Roberts y los personajes a Stephanie Meyer

Capitulo 38

Rosalie sospechaba también que Emmett no creía en las tres Estrellas de Mitra. Ella, en cambio, había descubierto que sí creía. En muy poco tiempo, su mente se había abierto y su imaginación se había expandido, aceptando que aquellos diamantes poseían un poder mágico. Ella había caído bajo el influjo de ese poder, al igual que Alice y Bella y los hombres a los que ahora estaban unidas.

Rosalie no dudaba que, quienquiera que ambicionase esa magia, ese poder, no se detendría ante nada. Daba igual que las piedras estuvieran en el museo. Aquel hombre seguirla ansiando poseerlas y haciendo planes para apoderarse de ellas. Pero ya no podía obtener los diamantes a través de ella. Esa parte del vínculo, pensó con alivio, se había roto. Ella estaba a salvo en su casa, y se acostumbraría a vivir de nuevo allí.

Se vistió cuidadosamente con un largo vestido blanco de seda fina, haciendo aguas, que le dejaba los hombros desnudos y ondulaba alrededor de sus tobillos. Bajo la seda fluctuante llevaba sólo la piel perfumada.

Se dejó el pelo suelto, sujeto a los lados de la cabeza por peinetas de plata, y se puso los pendientes de zafiros de su madre, que relucían como estrellas idénticas. Dejándose llevar por un impulso, se puso un grueso brazalete de plata en el antebrazo: un toque pagano.

Al mirarse al espejo después de vestirse, sintió un extraño sobresalto, como si pudiera ver en el cristal el leve espectro de otra persona mezclado con su imagen. Se sacudió aquella sensación echándose a reír, lo atribuyó a los nervios y se atareó ultimando los preparativos de la cena.

Llenó de velas y flores las habitaciones que había rehecho y, sobre la mesa de debajo de la ventana que daba al jardín lateral, colocó la vajilla y la cristalería para una cena meticulosamente preparada para dos comensales.

El champán estaba enfriándose, la música sonaba suavemente y la luz era tenue. Lo único que le hacía falta era su amante.

Emmett vio las velas en las ventanas cuando aparcó en la rampa. El cansancio que se había sumado a su sentimiento de insatisfacción le hizo frotarse los ojos secos en la penumbra del coche.

Había velas en las ventanas.

Se vio obligado a admitir que, por primera vez en su vida adulta, había perdido el dominio de sí mismo y del mundo que lo rodeaba. Ciertamente, no tenía dominio alguno sobre la mujer que había encendido aquellas velas y que lo esperaba entre su luz suave y parpadeante.

Se había interesado por Aro por puro instinto... y, en parte, ese instinto era territorial. Nada era más impropio de él. Quizá por eso se sentía ligeramente... ajeno a sí mismo. Descontrolado. Rosalie se había convertido en el centro, en el punto focal de su vida. ¿O en una obsesión?

¿Acaso no estaba allí porque no podía mantenerse apartado de ella?

Se había puesto a indagar en el pasado de Aro porque aquel hombre despertaba en él cierto mecanismo de defensa instintivo. Quizá fuera así como había empezado todo, se dijo, pero su intuición policial seguía siendo muy fina. Aro no era trigo limpio. Y, con un poco más de tiempo, unas cuantas pesquisas más, conseguiría relacionar al embajador con las muertes que rodeaban los diamantes.

De no ser por su condición de diplomático, pensó Emmett, ya tenía suficientes indicios para interrogarlo. Aro era aficionado al coleccionismo y atesoraba las cosas más raras y preciosas. Con frecuencia, objetos rodeados de cierto halo de magia.

Además, el año anterior Aro Vulturi había financiado una expedición para buscar las legendarias Estrellas. Un arqueólogo rival las encontró primero, y el museo de Washington se apresuró a comprarlas. Aro había invertido más de dos millones de dólares en la búsqueda, y las Estrellas se le habían escapado entre los dedos. Tres meses después del hallazgo, el arqueólogo rival había sufrido un trágico y fatal accidente en las selvas de Costa Rica.

Emmett no creía en las coincidencias. El hombre que había impedido a Aro hacerse con los diamantes estaba muerto. Y también, según había descubierto Emmett, el jefe de la expedición organizada por Aro.

No, Emmett no creía en las coincidencias.

Aro llevaba casi dos años viviendo de manera intermitente en Washington D.C., y nunca se había encontrado con Rosalie. De pronto, sin embargo, justo después de que ella se viera implicada en el asunto de los diamantes, aquel hombre no sólo se presentaba en las mismas reuniones sociales que ella, sino que además parecía interesado en conquistarla.

La vida, sencillamente, no era así de transparente.

Un poco más de tiempo, se prometió Emmett, frotándose las sienes para disipar el dolor de cabeza. Encontraría un vínculo sólido que relacionara a Aro y a los hermanos Salvini, al prestamista, a los matones de la furgoneta y a Carlo Monturri. Sólo necesitaba un eslabón, el resto de la cadena caería por su propio peso.

Pero, de momento, tenía que salir del agobiante coche, entrar y afrontar lo que estaba pasando en su vida privada. Dejando escapar una breve risa, se bajó del coche. Su vida privada. ¿No era acaso ése en parte el problema? Él nunca había tenido vida privada, no había podido permitírselo. Y de repente, unos días después de conocer a Rosalie, su vida privada amenazaba con engullirlo por entero.

También necesitaba tiempo para eso, se dijo. Tiempo para apartarse, para ganar distancia y echar una mirada más objetiva a lo que le estaba pasando. Había permitido que las cosas se precipitaran. Eso habría que arreglarlo. Un hombre que se enamoraba de la noche a la mañana no podía fiarse de sí mismo. Era hora de reafirmarse de nuevo en la lógica.

Rosalie y él eran diametralmente distintos: en cuestión de orígenes sociales, estilos de vida y nietas. La atracción física acababa diluyéndose o se estabilizaba. Ya se la imaginaba alejándose de él en cuanto la excitación inicial pasara. Se pondría inquieta, se impacientaría por las exigencias de su trabajo. Y él no estaba dispuesto ni era capaz de seguirla a través de aquel torbellino social que formaba hasta tal punto parte de su intrincada vida. Sin duda, Rosalie buscaría a otro hombre que pudiera hacerlo. Una mujer bella, llena de vitalidad, deseada y halagada a cada paso, no se contentaría con encender una vela en la ventana muchas noches seguidas.

Él les haría un favor a ambos si echaba el freno, si daba marcha atrás. Mientras alzaba la mano hacia la brillante aldaba de bronce, procuró no prestar oídos a la vocecilla burlona que, dentro de su cabeza, lo llamaba mentiroso y cobarde.

Ella se apresuró a contestar a su llamada como si estuviera esperándolo. Se quedó parada en el umbral, con la suave luz filtrándose a través de su largo vestido de seda blanca. La energía que irradiaba de ella, pura y pagana, dejó sin aliento a Emmett.

A pesar de que él mantenía los brazos pegados a los costados, Rosalie se acercó a él y le arrancó el corazón con un beso de bienvenida.

—Me alegro de verte —Rosalie pasó los dedos por sus pómulos, bajo los ojos ensombrecidos—. Ha sido un día muy largo, teniente. Entra y relájate.

—No dispongo de mucho tiempo. Tengo trabajo —él esperó, observando el destello de desilusión de su mirada. Lo cual lo ayudaba a justificar lo que se disponía a hacer. Pero luego ella sonrió y lo tomó de la mano.

—Bueno, no perdamos el poco tiempo que tienes quedándonos aquí parados. No has cenado, ¿verdad?

¿Por qué no le preguntaba ella por qué no podía quedarse?, se preguntó Emmett, irritado sin razón aparente. ¿Por qué no se quejaba?

—No.

—Bien. Siéntate y toma una copa. ¿Puedes tomar una copa o estás de servicio? —ella entró en el cuarto de estar y sacó el champán de la cubitera plateada—. Supongo que, en todo caso, no importa que tomes una copita. Yo no se lo voy a decir a nadie —descorchó la botella hábilmente, produciendo un ruido amortiguado y festivo—. Acabo de sacar los canapés, así que sírvete —señaló la bandeja de plata que había sobre la mesita baja antes de alejarse con un suave frufrú de seda para servir dos copas—. Dime qué te parece. He dejado agotado al pobre Edward moviendo las cosas de un lado a otro, pero quería tener listo el cuarto de estar cuanto antes.

La habitación parecía salida de las páginas de una revista de papel cuché. Nada estaba fuera de su sitio, todo era bonito y reluciente. Los colores vivos se mezclaban con el blanco y el negro, con refinados adornos y cuadros que parecían haber sido elegidos con extremo cuidado y prolongada dedicación. Sin embargo, Rosalie lo había arreglado todo en cuestión de días... o, mejor dicho, de horas. En eso, supuso Emmett, se notaba el poder de la riqueza y el buen gusto.

Aun así, la habitación no parecía rígida o fría. Parecía acogedora y cálida. Superficies suaves, bordes suaves, con detalles propios de Rosalie por todas partes: botellas antiguas de colores, un gato de porcelana acurrucado sobre una alfombra, un exuberante helecho en un macetero de cobre... Y flores y velas.

Emmett alzó la mirada y vio la barandilla de madera pulida que flanqueaba el descansillo de arriba.

—Veo que la has hecho reparar.

«Algo va mal», pensó ella mientras se acercaba para darle su copa.

—Sí, quería que lo hicieran cuanto antes. Eso, e instalar el nuevo sistema de alarma. Creo que te gustará.

—Puedo echarle un vistazo, si quieres.

—Preferiría que te relajaras mientras puedes. ¿Qué te parece si traigo la cena?

—¿Has cocinado tú?

Ella se echó a reír.

—Yo no te haría eso. Pero soy una experta encargando cenas... y presentándolas. Intenta relajarte un poco. Enseguida vuelvo.

Mientras ella salía, Emmett miró la bandeja. Un cuenco de plata Heno de reluciente caviar negro, pequeños y elegantes bocaditos para comer con los dedos. Emmett les volvió la espalda y, llevando su copa, se acercó al retrato de Rosalie.

Cuando ella volvió, empujando un carrito antiguo, él seguía mirando su rostro pintado.

—Estaba enamorado de ti, ¿verdad? El pintor.

Rosalie dejó escapar un suspiro cauteloso al advertir la frialdad de su tono.

—Sí, en efecto. Sabía que yo no le correspondía. A menudo deseé que fuera de otro modo. Royce es uno de los hombres más buenos y amables que conozco.

—¿Te acostabas con él?


Oh oh Emmett y sus kagadas jeje ke hara Rose?

kieren saber? jeje ya saben kmo kmplacerme

byee