Color Granate: Incluso si muero, eres tú.
●Eren Jaeger.
¿Me lo está pidiendo en serio? ¿Irme? ¿Esto es real?
Me siento deshecho por dentro, como si todo se derrumbara a grandes piezas, cayendo pesadamente sobre mis hombros. ¿Acaso tengo que sufrir aún más?
—¿Tú quieres que me vaya? —pregunto con la voz oxidada debido al llanto.
¿Cuántas veces me ha hecho llorar esta persona?
—No es justo mantenerte aquí. —cuando lo dice agacha la mirada, como si se castigara internamente.
—No estas respondiendo mi pregunta, ¿Tú quieres que me vaya? —esta vez la voz me raspa la garganta.
—Nunca ha importado realmente lo que yo desee. —responde pisando el acelerador.
Niego lentamente y lanzo una risa amarga.
¿Cuánto tiempo nos ha llevado llegar hasta este punto?
Entre saber quién es el culpable, quien es la víctima, quien es el malo o quien es el bueno.
¿Por qué no es capaz de pedirme que me quede, sabiendo perfectamente que soy incapaz de dejarlo? ¿Por qué le cuesta tanto?
¿No he sufrido ya lo suficiente como para que venga y me haga trisas de nuevo?
¿Acaso necesita más de mí?
¿Cuánto?
¿Qué?
Las gotas gruesas de lluvia se estampan contra el vidrio, este chirria mientras los parabrisas hacen su trabajo para dejarnos ver el camino por delante, no hay nadie en al menos un par de kilómetros, solo se escucha el motor vibrando, las llantas girando y nuestras respiraciones agitadas pidiendo un descanso.
La comida yace en las bolsas plásticas, de repente ambos hemos perdido el apetito.
Pasa media hora antes de que Levi se orille y detenga el coche frente a la terminal estacionaria, apagando el motor y se quede mirando a la nada que se presenta frente a él. Suspira pero no dice nada.
¿Qué más puede decir que me dañe?
¿No es suficiente ya?
—Lo siento. —repite y de nuevo me siento como una muñeca aburrida, como un cachorro al que deben devolver a la caja de donde lo han sacado porque mamá no permite mascotas.
—Lo siento. —repito esta vez. —Lo siento. ¿Realmente no eres capaz de decirme nada más que eso? Después de todo esto, solo dices "lo siento" pensé que eras competente de más.
—Decirte más solo empeoraría todo.
Vuelvo a reírme como si fuera un mal chiste.
—¿Eso es posible?
Se siente amargo.
Se siente cruel.
Lo pienso durante un instante.
¿Qué significaría bajarme de este automóvil? ¿A que me expondría?
No volver a saber nada de él, ser absolutamente un nada. Un par de completos desconocidos que casualmente coincidieron en una tienda departamental y cruzaron miradas por apenas un par de segundos pero eso no significo más que un absurdo nada.
Si muevo un pie fuera... ¿Significaría el adiós eterno?
¿Estoy dispuesto a eso?
Pero si me quedo cruzado de brazos en este lugar igual a un niño malcriado...
En realidad no habría tantas diferencias a como estamos en este instante, él no me ama de la misma manera, llevamos más de diez años tratando de resolver eso y no hemos llegado a completar el rompecabezas, ni siquiera a juntar más de cinco piezas. ¿Qué pasaría si me quedo?
¿Significaría un nuevo comienzo?
¿Un titubeante "tal vez"?
¿Una razón más?
Dejo caer la cabeza sobre el respaldo y la tristeza se convierte en una maniática risa acompañada de lágrimas acidas, los hombros me tiemblan y la garganta se me obstruye por un nudo grueso que viene desde el fondo del estómago.
—¿Por qué...?—mi voz se distorsiona. —¿Por qué crees que pondría un pie fuera de aquí?
Volteo a verlo, él no me mira, sigue dentro del infinito de la carretera.
—No. No voy a salir. No voy a darte ese gusto, Levi. —su nombre me sabe salado. —No ahora. No me hagas sufrir más, por favor.
Se gira a verme, el sudor le ha apelmazado el cabello al cráneo y tiene la piel ligeramente quemada y brillosa en la parte de los pómulos. Y aun así lo amo.
—No te hagas esto. —me pide.
Le sonrió.
—¿Qué? ¿Quedarme? ¿Qué puede ser peor que imaginarte de la mano de otra persona?
Y de repente, como una tormenta inesperada, empieza a llorar.
Las lágrimas le limpian el rostro, se detienen en su barbilla y caen con ligereza contra sus rodillas, se cubre con las manos y me evita, por primera vez en la vida realmente puedo verlo como un niño pequeño que necesita protección. Como si los papeles se revirtieran.
Él también necesita de mi protección tanto como yo la de él.
Como reflejo las lágrimas también me ganan, hipo pero sonrió.
Acorto la distancia y trato de pegarlo a mí, no se niega ni se queja. Él no está completamente acostumbrado a ser tan emocional como yo, así que el llanto lo desconcierta y termina pareciendo una máquina de lágrimas e hipos incesantes.
—¿Por qué es tan difícil pedirme que me quede? —susurro.
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Por millonésima vez respondo que todo está bien, miro al techo blanco con lámparas rectangulares.
Sonrió ante el comentario y vuelvo a decir que no hay nada de qué preocuparse, pido disculpas por todo y él simplemente dice que ya lo veía venir pero que no importa el tiempo, la hora ni el lugar, si lo necesito, solo tengo que llamarle, así sea solo para llorar o para sentir que no estoy solo.
Y lo repite de nuevo: —No estás solo.
Ahora miro a las baldosas azules con manchas blancas.
—Lo sé, gracias Farlan. —dejo salir y sé que del otro lado de la línea él sonríe.
—Se feliz. —me pide.
—Lo haré. —dejo una pausa y en un suspiro digo. —Hasta pronto.
La llamada se termina con eso, me muerdo los labios y hago una mueca de decepción propia, quito la tapa del celular y la batería, encontrándome con la tarjeta SIM, la saco y la miro por un rato, esta algo maltratada y sucia, niego lentamente y con los dos dedos la rompo por la mitad y luego en cuatro, dejando completamente inservible el chip. Veo los trozos en mi mano y los termino por tirar en el bote de basura color verde militar.
Meto el nuevo chip dentro del celular y lo reinicio, la compañía telefónica me da la bienvenida con un alegre inicio colorido, me pide una clave de acceso y la secuencia de pasos a seguir para dar inicio al servicio nuevo de la red.
Una voz femenina anuncia un nuevo vuelo y una mujer rodeada de niños pasa a mi lado corriendo porque ese es su vuelo, la niña más pequeña se queja por la ajetreada movilidad, al girar el rostro se cruza conmigo, me sonríe algo cansada y fastidiada, se encoje de hombros y continua correteando detrás de su madre.
Tomo mi maleta, una única maleta de color café obscuro y costuras de un rojo quemado, y mi boleto.
Nuestro vuelo sale dentro de media hora.
Me dejo caer en las sillas metálicas de la sala espera, no hay tanta gente, no es época de vacaciones por lo que las personas que únicamente viajan es por negocios, salidas emergentes o para escapar.
Hace un par de semanas que desaparecimos de Stohess para, lo que podría denominarse como, toda la eternidad.
El tío Kenny hablo hace un par de días para decir que la abuela Kushel estaba completamente desquiciada con el escape de Levi, no solo del Distrito, si no del matrimonio, ha intentado buscarnos por todos los medios pero hemos logrado burlarla saliendo por completo de allí, de hecho el aeropuerto de donde salimos ahora es del Distrito D. Si no entra nadie por las puertas de allí en poco menos de media hora, definitivamente habremos muerto para este país.
Me siento culpable por ello, Kushel ha representado mucho para mí y hacerle esto es realmente pesado, pero no hay de otra, al menos si no queremos que esta historia termine siendo un mar de lágrimas y sangre.
Kenny ha comprado una casa a su nombre en Mónaco, nadie tendría la idea de estamos allí.
Se siente casi como una película de acción donde los héroes tienen que huir de la ley por un acto que realmente no era del todo malo.
Pero... ¿Qué se supone que hiciéramos?
No solo por nosotros, era ya algo un poco más personal para Levi.
—¿Realmente estas seguro de esto? —pregunta mientras se deja caer en la banca de enfrente.
—¿En serio quieres que responda? —digo haciendo una mueca de insatisfacción.
Niega con la cabeza y se acomoda el reloj de la muñeca, el último recuerdo de su madre.
Sé que le duele dejar todo lo que conoce para irse a perder a otro sitio del cual solo ha visto en televisión.
—Aunque tú eres el que no parece seguro. —comento.
—No estoy acostumbrado a tomar decisiones de manera impulsiva. —contesta. —A comparación tuya. —agrega.
Sonrió de manera burlona antes esto.
—Deberías seguir mi ejemplo más seguido.
Toco el entrelace que ha hecho con sus dedos, no se aleja y eso me da camino a tomar por completo su mano.
Es pequeña a comparación de las mías, pero de la misma manera están más maltratadas y aún tiene las heridas de aquella batalla campal que dio y de la cual no me ha dicho nada. Es pálida y tiene las venas verdosas marcadas con real intensidad, sus dedos son largos, aunque no más que los míos, huesudos mientras que los míos son un poco más gruesos.
—¿Qué haces? —pregunta un poco exasperado mientras toco una venita sobresaliente.
—Curioseando. —digo tocando cada uno de sus nudillos.
Suspira pero no se aleja, solo observa y se queda callado, entrelazo nuestros dedos haciendo nuestro propio tejido. Le sonrió.
—¿Puedo besarte? —pregunto.
—Estoy empezando a acostumbrarme a esa pregunta. —responde negando la cabeza, reprobando mi actitud.
Y la voz femenina anuncia nuestro vuelo.
Gracias por leer.
Parlev
