Ese sábado, apareció en los tablones de anuncios la fecha para la siguiente salida a Hogsmeade, que tendría lugar el último fin de semana de abril, justo un día después del partido de Gryffindor contra Huffplepuff. Después de desayunar, Ron aprovechó que una niña de segundo se ponía a hablar con Hermione sobre los elfos domésticos para agarrar a Harry del brazo y salir corriendo de allí sin esperar a su novia.
-Necesito tu ayuda – le dijo una vez que estuvieron a solas –. Ya sé lo que quiero regalarle a Hermione, pero ni siquiera sé si es posible.
-¿Qué le quieres regalar? – preguntó Harry. Ron parecía bastante preocupado; tal vez podría tranquilizarle un poco si supiera cuál era su plan.
-Voy a llevarla a Australia este verano – susurró, acercándose a Harry para que ningún cuadro cotilla oyera su conversación –. Allí es a donde envió a sus padres cuando les borró la memoria. Quiero ir con ella a buscarles e intentar restablecerla.
-Oh – murmuró, sorprendido. ¿Era posible restablecer una memoria olvidada?
-No sé si se puede. Creo que hay libros al respecto en la biblioteca, pero no he encontrado nada todavía y Hermione no se pierde ninguna oportunidad de ir conmigo a estudiar cada vez que quiero buscar.
Harry captó el mensaje al instante y asintió. Tenía que ayudar a Ron. Sabía que Hermione sufría por lo que les había hecho a sus padres, aunque no lo mostrase.
-Yo me encargo de distraerla.
-Gracias, Harry – dijo su amigo, claramente aliviado.
-No hay de qué.
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Tuvieron su primera oportunidad la semana siguiente, cuando, después de cenar, Hermione se quejó de lo exhausta que estaba de tanto estudiar. Harry se inclinó hacia ella y susurró:
-Tengo unas cuantas recomendaciones de escobas que hacerte.
La chica le miró con un brillo extraño en los ojos. Se levantó de la mesa y arrastró a Harry a los jardines sin mirar siquiera a Ron.
-¿Cuál crees que debería comprarle? – preguntó. Parecía bastante estresada –. Sé que siempre ha envidiado tu Saeta de Fuego, pero hay tantas escobas en el mercado... ¡y yo no sé nada de ellas!
Harry le hizo a Hermione una introducción al mundo de las escobas, comparando la aceleración, seguridad y ergonomía de las Cometas frente a las Barredoras y las Nimbus y concluyendo con la clara superioridad de las Saetas.
-Eso sí, las Saetas son mucho más caras – concluyó –. Por eso te recomiendo que esperes hasta mayo, que va a salir la nueva Nimbus 2100. Dicen que la marca Nimbus ha decidido optar por una estrategia de mercado diferente y va a abaratar sus modelos para seguir haciendo la competencia a las Saetas.
Hermione parecía confusa con toda aquella información, pero asintió.
-Gracias, Harry.
-No hay de qué.
Por desgracia, Ron no había conseguido encontrar nada sobre cómo restaurar mentes obliviadas, por lo que Harry iba a tener que volver a distraer a Hermione. No tenía ni idea de qué más excusas creíbles ponerle a su amiga para alejarla de Ron, por lo que sugirió que podría buscar él ese libro en la biblioteca.
-No, Harry. Tengo que ser yo quien lo encuentre – contestó Ron con decisión –. Es mi regalo, Hermione se merece todo mi esfuerzo.
Quiso contestar que también él tendría que esforzarse para mantener a Hermione alejada de la biblioteca con los ÉXTASIS a la vuelta de la esquina, pero se contuvo. Sus amigos le necesitaban, y no iba a dejarlos de lado. No después de todo lo que habían vivido juntos.
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Consiguió distraer a Hermione otra media hora un par de días después, fingiendo interés cuando la chica empezó a hablarle sobre sus planes de presentar la P.E.D.D.O. al Ministerio en cuanto aprobase sus ÉXTASIS. Ron se escabulló rápidamente y Harry se quedó escuchando a Hermione.
-Si todo va bien, debería tener mi propio despacho en el Ministerio de aquí a un año – estaba explicando su amiga, emocionada –. Llevo un mes escribiéndome con Kingsley. ¡Incluso puede que gane el dinero suficiente como para pagar un apartamento para Ron y para mí mientras él hace su entrenamiento de auror! Arthur y Molly ayudarían, claro.
-Eso está muy bien, Hermione – contestó él, tratando de sonar como si se alegrase por sus amigos. Ella no pareció muy convencida con su actuación. Le conocía demasiado bien.
-¿Qué vas a hacer tú mientras entrenas? – preguntó –. Aún tienes bastante dinero en Gringotts, seguro que podrías pagar un apartamento también. Podríamos vivir al lado, sé que a Ron le encantaría – sonrió. Harry le devolvió una sonrisa débil. No le gustaba pensar en el futuro –. Y si vivimos entre muggles no tendrás que preocuparte cada vez que salgas a la calle.
-Sí, supongo – contestó, algo incómodo.
Ella le miró a los ojos con tal determinación que Harry supo al instante que tendría que contarle la verdad.
-Suéltalo – dijo sin más. Él suspiró.
-No sé si quiero ser auror. Crecí sabiendo que tendría que luchar en una guerra, y... no quiero seguir haciéndolo ahora que puedo evitarlo.
Hermione asintió, frunciendo ligeramente el ceño. Puso su mano sobre el brazo de Harry como si estuviera tratando de apoyarle, pero, a juzgar por su expresión facial, ya estaba analizando todas las alternativas.
-¿Tienes alguna otra idea?– preguntó.
-No–. Hermione le lanzó una mirada severa, y él se puso a la defensiva–. Ya se me ocurrirá algo, ¿vale? – espetó. ¿Cuándo habían decidido sus dos mejores amigos todo su futuro? ¿Cuándo lo habían hecho Luna y Neville? Dean también había planeado ya cambiar las leyes con respecto a los licántropos. ¿Es que era él el único que no tenía la vida completamente solucionada?
Suprimió una carcajada carente de diversión. Harry Potter, el chico cuya infancia y adolescencia habían sido definidas por una profecía, el héroe al que todos adoraban, no tenía ni idea de qué hacer con su vida.
-Quiero estar solo – dijo. Se desprendió del brazo de la chica y salió se la sala común.
Sacó su capa de su mochila y, tras cubrirse con ella, buscó el nombre de Draco en el Mapa del Merodeador. No había un motivo. Simplemente necesitaba ver al chico.
Draco estaba en su dormitorio. Nott estaba con él, pero parecía que cada uno estaba a lo suyo, por lo que Harrry sacó su moneda falsa mientras avanzaba hacia las escaleras, buscando en el mapa algún sitio donde pudieran verse. Las clases ya habían terminado, y en aquel momento no había nadie en el tercer piso salvo un par de fantasmas. Tendría que servir.
"Ve al 3er piso."
El nombre de Draco se movió al instante. El chico ni siquiera contestó antes de ponerse en marcha.
Harry bajó lo más rápido que pudo. En cuando llegó al piso, vio a Draco, que estaba subiendo las escaleras a toda prisa. Sin salir de debajo de su capa, se acercó a él y le dio la mano. Se encerró con él en el armario de escobas más cercano que encontró.
-¿Harry? – susurró el chico.
Él no contestó. Tiró al suelo la capa y se lanzó a los brazos de Draco.
Se abrazaron en silencio. Draco no hizo preguntas, y Harry no dio explicaciones; tan solo dejó que el olor del chico llenase sus pulmones. Su tacto cálido y familiar hizo que los hombros de Harry se relajasen, aunque ni siquiera era consciente de haber estado tenso. Apoyó su frente en la curva del cuello de Draco, y el chico acarició la parte baja de su espalda, lo que le hizo suspirar. Era como si todo y todos le drenasen la energía, y estar entre los brazos de Draco fuera su método de recarga.
En cuanto se sintió mentalmente preparado, dio un paso atrás. Sus manos vacilaron un momento en la cintura de Draco, y tuvo que retroceder otro paso, como si supiera que, si mantenía el contacto físico tan solo un instante más, sería incapaz de volver a alejarse del chico.
La fuerza de ese pensamiento hizo que su respiración se entrecortase, y, para disimularlo, se agachó y recogió su capa del suelo. Se la echó sobre los hombros, y estaba a punto de taparse la cabeza cuando, antes de que pudiera contenerla, su mano volvió a subir y acarició la mejilla de Draco en la penumbra. Draco estaba mirándole a los ojos, y Harry pudo sentir la intensidad de aquella mirada dentro de su ser. Necesitaba más. Pero aquel no era el lugar ni el momento.
-Nos vemos esta noche – susurró. Draco simplemente asintió, y Harry se cubrió la cabeza y salió de allí.
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La promesa de ver a Draco en cuanto todo el castillo se fuese a dormir le dio fuerzas para sobrevivir al entrenamiento de Quidditch. En los vestuarios, Ron le contó que aún no había encontrado nada, pero que había tomado prestados un par de libros de la sección prohibida para echarles un vistazo en la habitación.
Durante la cena, Harry levantó la vista de su plato al sentir un cosquilleo en la nuca, y se encontró con la mirada de Draco examinándolo con expresión preocupada. Le sonrió de forma discreta, con la esperanza de borrar aquel ceño fruncido de su rostro. Si pudiera, habría acariciado aquel pelo rubio casi plateado, o le habría dado al chico un beso en los labios...
-Harry, ¿estás escuchándome? – dijo la voz de Ron, sacándole de sus pensamientos.
-Nah, está completamente ensimismado – contestó Neville. Harry miró a sus compañeros y trató de aparentar normalidad.
-No, lo siento, Ron. Estaba en mi mundo.
-¿Pensando en alguna chica, quizás? – dijo Seamus con tono pícaro. Harry no pudo evitar fijarse en la expresión curiosa y divertida de Dean, sentado justo al lado de su novio.
-Oh, sí – contestó, levantando un poco la barbilla como había visto hacer a Draco –, últimamente no consigo quitarme a la Señora Norris de la cabeza.
Todos se rieron y Ron le dio un codazo, pero después volvió a contarle aquello de lo que había estado hablando. Harry fingió interés y se convenció a sí mismo de que podía actuar con normalidad durante unas horas más. "Después," pensó, dándose ánimos, "después tendré a Draco entre mis brazos."
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Harry llevaba varios minutos esperando en la Sala de los Menesteres cuando la puerta apareció en la pared. Se lanzó una vez más a los brazos de Draco, y el chico le devolvió el abrazo, pero se separó poco después para mirarle con el ceño fruncido.
-¿Qué te pasa?
-Nada. Que te necesito.
No tenía ni idea de dónde habían salido aquellas palabras, pero hicieron que un rubor ascendiera por el cuello y las mejillas de Draco, y eso le hizo sonreír. Draco frunció el ceño y apartó la mirada.
-Qué tonterías dices, Potter – masculló. Caminó hacia la mesa y apoyó ahí su mochila. Harry observó la forma de su cuerpo, sus piernas delgadas, su espalda estrecha. Cuando se dio cuenta de que Draco no iba a decir nada más, le siguió hasta la mesa.
-¿Practicamos los hechizos de Encantamientos? – preguntó.
-Vale.
Se pasaron un par de horas con Encantamientos, y después pasaron a practicar Transformaciones. No se detuvieron hasta que Harry pilló a Draco tratando de ocultar un bostezo con su mano y decidió que ya habían hecho bastante por una noche. Debía de ser muy tarde, pero Harry no quería volver a su cuarto. Estando con Draco, no tenía que fingir que sabía lo que estaba haciendo con su vida; era como si el resto del mundo se detuviera, o desapareciera. Nada más importaba. Dejaba de ser Harry Potter, el Niño que Sobrevivió, y pasaba a ser solo Harry.
Se pararon ante la puerta. Harry le había dado la mano a Draco en algún momento, y el chico no se había apartado. Ambos sabían que tenían que marcharse, pero ninguno daba el siguiente paso. Ninguno quería atravesar la puerta.
Harry miró al Slytherin. Sus ojos se estaban cerrando de puro agotamiento, pero había un brillo en ellos, como si estuviera deseando que Harry le dijera que no tenían por qué volver a sus respectivas salas comunes.
Harry apoyó su frente contra la de Draco y cerró los ojos.
-Es tarde – murmuró Draco. No se movió salvo para apoyar parte de su peso en la frente de Harry.
-Lo sé.
Los dedos largos y finos de Draco se entrelazaron en el pelo de su nuca, y los hombros de Harry se relajaron de nuevo. Levantó la barbilla del chico con su mano y juntó sus labios. Adoraba sentir la respiración cálida de Draco contra su boca y, Godric, los suspiros que Draco dejaba escapar eran intoxicantes. El ritmo relajado del beso le hizo temblar, y acarició la zona más baja de la espalda de Draco, atrayéndolo hacia sí.
Cuando sus bocas se separaron para respirar, Draco hizo un intento débil de separarse de él, pero Harry no lo permitió.
-No te vayas – susurró, suplicante. Draco pareció debatirse consigo mismo, pero Harry sabía que era una batalla perdida. El chico parecía tener tan pocas ganas de marcharse como él.
-No podemos quedarnos aquí toda la noche.
Una lástima, pensó Harry. Dormir con Draco parecía hacer que le llevase menos tiempo conciliar el sueño y, hasta entonces, no había tenido pesadillas cuando el Slytherin estaba a su lado. Si tan solo pudiera volver a pasar la noche con él en las mazmorras...
-Tengo una idea – dijo. Draco le dedicó una mirada escéptica, como si supiera que las ideas de Harry siempre eran alocadas, ilegales o extremadamente peligrosas. Él siguió hablando de todas formas –. Yo ya he dormido en tu cama, así que lo justo es que duermas tú en la mía. Podríamos volver juntos a la torre de Gryffindor, y mañana por la mañana te vas con la capa de invisibilidad para que nadie te vea.
-¿Te has vuelto loco, Potter? Mañana tenemos clase. Habrá gente por todas partes –. Los ojos de Draco se habían abierto ligeramente al oír su idea, pero trató de nuevo de separarse de Harry. Él retrocedió un paso al instante, pero le dio la mano a Draco y la apretó un poco.
-Estoy seguro de que sabrás esquivarlos. Venga, Draco – trató de poner ojos de pena –. ¿Por favooor?
El chico puso los ojos en blanco y negó con la cabeza, una sonrisa tirando de la comisura de sus labios.
-Hay mil cosas que podrían salir mal – empezó. Por su tono, sin embargo, parecía que ya se había rendido –. Si alguien nos descubre...
-No lo harán – dijo Harry, sonriendo también. Draco levantó una ceja.
-Vale. Pero no esperes que te devuelva pronto la capa. Pienso quedármela tanto tiempo como me apetezca.
Harry se rio en voz baja y le tendió su capa a Draco para que se cubriera con ella.
-No esperaba menos de ti.
Llegaron a la sala común de Gryffindor sin cruzarse con nadie. Harry caminó de puntillas hasta su habitación y mantuvo la puerta abierta un momento para que Draco entrase tras él. Todos sus compañeros de habitación estaban dormidos, Ron murmurando algo en sueños y Neville respirando fuerte, tal y como solían hacerlo. Sacó dos pijamas del cajón y se metió en el baño, esperando a oír los pasos de Draco entrando tras él antes de cerrar la puerta.
-Ten, póntelo – le dijo al Slytherin. A continuación, se sacó la camiseta.
-¿Qué haces? – susurró Draco, destapándose la cabeza.
-¿Eh? –. Draco tenía los ojos muy abiertos, y Harry se dio cuenta de que nunca se habían visto desnudos. Draco probablemente no quería que la primera vez fuera así –. Ah. Esto... puedes girarte. En cuanto termine te dejo solo.
Se puso el pijama a toda prisa y, al salir del baño, se sentó en su cama con su varita y el mapa, dejando las cortinas abiertas. Draco tardó bastante en salir del baño y, cuando lo hizo, fue bajo la capa de invisibilidad, que dejó a los pies de la cama tras cerrar las cortinas.
-Muffliato – susurró Harry, apuntando hacia ellas con la varita.
Abrió el Mapa del Merodeador, como hacía todas las noches. Draco, sentado frente a él y abrazando sus rodillas, no dijo nada mientras Harry inspeccionaba todo el castillo. Ya le había contado por qué lo hacía. Cuando terminó, dejó el mapa a un lado sin cerrarlo y leyó sus propios nombres. Harry Potter y Draco Malfoy. Estaban tan cerca el uno del otro... y no tenían intención de hacerse daño, o de insultarse. Aquello aún le sorprendía de vez en cuando.
Cuando levantó la vista, se encontró con que Draco también estaba observando sus nombres en el mapa. Sus ojos se encontraron un instante después, y Harry estiró un poco su pierna para que su pie rozase el del chico. Fue inocente, y tal vez un poco estúpido, pero a Harry no le importó. Necesitaba estar en contacto con Draco, era así de sencillo. Después de todo lo que había pasado entre ellos a lo largo de los años, necesitaba saber que Draco estaba ahí de verdad.
El chico no se apartó y, durante unos momentos, simplemente se miraron, sus respiraciones lentas, sus párpados pesados. Harry trató de descifrar la expresión de Draco más allá de su cansancio. Le pareció ver deseo, y tal vez algo de confusión, pero, por encima de todo aquello, había tranquilidad. El chico estaba relajado.
Harry sonrió. Dejó sus gafas en la mesita a través de las cortinas y tiró de las mantas.
-Ven aquí – susurró.
Draco dudó un momento, pero después gateó hasta estar a su lado y se escurrió bajo las sábanas junto a él. Se tumbaron y, sin mediar palabra, el Slytherin le dio la espalda a Harry. Él pasó un brazo por encima se su cintura y apoyó una mejilla contra su pelo rubio.
Después de otro momento de silencio, Draco murmuró:
-Pon el despertador temprano. Quiero irme antes de que se levanten tus compañeros.
-Ya lo he hecho, no te preocupes.
Otro momento de silencio. Harry sintió que Draco tenía algo más que decir, pero, cuando las palabras no llegaron, decidió hablar él.
-¿Ya sabes qué quieres hacer durante la próxima salida a Hogsmeade? –. Se acercó más al cuerpo de Draco. Los pies de Draco estaban helados, por lo que los envolvió con los suyos para darle calor.
-Quiero volver al Londres muggle – contestó –. Me da igual lo que hagamos siempre y cuando comamos en un sitio mejor.
Harry asintió.
-Está bien.
-¿Harry?
-¿Sí? – murmuró, acariciando la cintura de Draco por debajo de la camiseta del pijama.
-¿Qué te pasa hoy? ¿Por qué me arrastraste hasta un armario de escobas para abrazarme?
Harry suspiró, y dedicó un momento a oler el pelo de Draco antes de contestarle.
-Todo el mundo me está hablando de lo que van a hacer cuando acaben Hogwarts. Incluso Ron y Hermione lo tienen todo planeado – explicó –. Y yo no tengo ni idea de lo que voy a hacer. Necesitaba que alguien lo entendiera.
Draco movió el brazo de Harry hasta ponerlo contra su pecho, por encima del pijama, y se abrazó a él. Sus dedos se entrelazaron.
-Yo lo entiendo.
-Lo sé – murmuró él, moviendo un poco la mejilla para sentir el roce del cabello suave del chico contra su piel.
No volvieron a hablar. Draco no tardó en quedarse dormido entre sus brazos, aún aferrado a su brazo, y Harry se permitió relajarse. Normalmente habría observado el mapa durante otro rato, pero en aquel momento no sentía la necesidad de hacerlo.
Tardó solo unos minutos en dormirse y, si soñó algo, no lo recordó.
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Draco se retorció entre sus brazos cuando sonó la alarma, y Harry, soltando un gruñido, metió una mano debajo de la almohada para apagar el despertador. Un momento después, Draco se sentó en la cama y se frotó los ojos.
-Me tengo que ir– dijo con la garganta seca. Tiró de la capa de invisibilidad, que seguía a los pies de la cama, y le crujieron un par de articulaciones.
-¿Y tu ropa? – preguntó Harry, sentándose también y estirándose.
-La desvanecí anoche para que apareciera sobre mi cama – gruñó.
-Buena idea – contestó él en medio de un bostezo.
-Pues claro, se me ha ocurrido a mí.
Se quedaron sentados un momento, mirándose, Draco con la capa en las manos y Harry aún sin sus gafas. El cuerpo de Draco estaba ligeramente girado, como si fuera a marcharse en cualquier momento, y, antes de que pudiera hacerlo, Harry se acercó a él y le dio un beso suave. Bueno, al menos había planeado que fuera suave, pero se encontró a sí mismo succionando el labio inferior del chico. La lengua de Draco buscó la suya, y él respondió al instante, tirando de la camiseta del chico para sentirlo más cerca de él.
-¡Harry! – gritó de repente una voz. Su corazón se salió de su pecho, pero se las arregló para arrancarle la capa a Draco de las manos y echársela sobre la cabeza –. ¡Lo he encontrado!
Las cortinas se abrieron de golpe y la cara de Ron apareció delante de la suya.
-¡Mira! – siguió diciendo, agitando un libro en el aire –. ¡Es la forma de restablecer la memoria de sus padres! ¡La he descubierto!
Harry podía oír la respiración entrecortada de Draco. Mierda, tenía que hacer que Ron se largase antes de que la oyera él también.
-No veo nada sin mis gafas – espetó –. Godric, Ron, déjame despejarme un poco antes de asaltarme.
Su amigo pareció dolido, pero ese era un precio que Harry estaba dispuesto a pagar. Cuando el pelirrojo musitó un "vale" algo ofendido y volvió a alejarse, Harry cerró las cortinas y reforzó su hechizo Muffliato antes de hablarle a Draco.
-Lo siento – susurró, sabiendo que el Slytherin estaría cabreado con él –, tienes que irte.
-No me digas – masculló la voz del chico, aún invisible.
-Escucha, voy a salir ahí y distraerle, ¿vale? Te abriré la puerta y saldrás; nadie sabrá que has estado aquí.
Draco no contestó. Harry se puso las gafas y abrió una vez más las cortinas. Fingió que caminaba hacia el baño, pero se detuvo delante de la cama de Ron.
-Perdona por ser borde – dijo, tratando de aguzar el oído para saber si Draco estaba cruzando la habitación hacia la puerta de salida.
Ron se lo quedó mirando con el ceño fruncido.
-Esto sí que es nuevo – fue su respuesta.
-¿Qué quieres decir con eso? – preguntó, poniéndose a la defensiva. Ron negó con la cabeza, aparentemente incrédulo.
-Tío, llevas todo el año comportándote como un elfo malhumorado. Siempre nos gruñes a todos, especialmente si te hablamos por las noches o por las mañanas. Sabemos que es porque la guerra te ha afectado, no te preocupes. Sabemos que lo mejor es dejarte en paz – dijo Ron, como si estuviera intentando enseñarle química a un niño de tres años –. Y sé que no tenía que haberte molestado, pero esto es muy importante para mí.
-¡Yo no gruño! – dijo él. Solo entonces se dio cuenta de que prácticamente había gruñido aquella frase, y eso hizo que su cabreo aumentase.
Ron levantó las manos en son de paz.
-Te he dicho que lo entiendo. Todos lo entendemos. No pasa nada, ¿vale? Además, seguro que todo mejora cuando termine el curso y nos vayamos de Hogwarts. Este sitio nos trae malos recuerdos a todos.
Ron no podía haber dicho nada que le ayudase menos que eso. Harry sintió la tentación de seguir discutiendo con él, pero oyó un ruido apagado proveniente de la puerta y se contuvo. Sacar de allí a Draco era lo más importante.
-Eso no es cierto – contestó –. Ni siquiera sé lo que voy a hacer después de Hogwarts. No voy a ser un auror.
-¿Qué? ¿En serio? Pero...–. Ron dudó un momento, y luego asintió para sí–. Bueno, ahora que lo pienso tiene sentido. No quieres seguir luchando contra el mal, ¿no?–. La capacidad de Ron de entenderle a la perfección le sorprendió, a pesar de que ya debería estar acostumbrado–. Pero... puedes venir con nosotros a Australia en verano. No te lo sugerí antes porque no me di cuenta, pero quiero que vengas, y seguro que Hermione también querrá, cuando se entere.
-No – respondió –. Es vuestro viaje en pareja, no estaría bien que...
-Venga, Harry, no digas tonterías. Siempre lo hacemos todo los tres juntos.
-¡Precisamente por eso no quiero ir! – estalló –. ¡Tengo que descubrir mi lugar en el mundo y no voy a poder hacerlo si siempre voy de vuestra mano!
Dio media vuelta y caminó a zancadas hasta la puerta de la habitación, dejándola abierta al salir. Descalzo y en pijama, bajó hasta la sala común desierta y se tiró en uno de los sofás. Poco después, oyó pasar a Draco y vio como se destapaba un momento para que el cuadro de la Dama Gorda se abriera ante él.
Genial. Draco estaba enfadado y tenía su capa, y Ron estaría enfadado también y tenía la habitación. Y él estaba a solas en la sala común, no podía ir a ninguna parte antes de vestirse y su varita seguía debajo de su almohada.
No quería subir. No quería ver a Ron. Sabía que su amigo no tenía la culpa de nada, pero no se sentía capaz de hacer las paces tan pronto. Solo le quedaba una alternativa.
-Accio varita – pronunció en voz alta, empleando toda su concentración en canalizar su magia a través de su propio ser. Nada ocurrió –. ¡Accio varita! – dijo más alto, cerrando los ojos y tratando de sentir la magia que fluía por su cuerpo. Llevaba tiempo sin emplear su magia sin su varita. Sabía que era capaz de hacerlo, pero no le gustaba presumir de ello ante sus compañeros, y, de todas formas, no había vuelto a necesitarlo desde que la guerra había terminado.
Le llevó un par de intentos, pero lo consiguió: su varita llegó flotando por el aire hasta donde estaba tumbado. La usó para conjurar su ropa del día anterior y su mochila. Se vistió allí mismo lo más rápido que pudo y levitó su pijama por las escaleras para dejarlo en alguna zona de su habitación, que, con su puntería, no sería su cama, seguro. A continuación, bajó al Gran Comedor.
Draco no fue a desayunar, y no le devolvió las miradas en clase. Ron tampoco le habló, e incluso Hermione estuvo rara con él. Por la tarde, Harry no pudo soportarlo más y escribió en su galeón:
"¿Nos vemos hoy?"
No hubo respuesta.
Tenía que hacer algo- no, necesitaba hacer algo. Estaba harto de pelearse con Draco. Su primer instinto fue seguir al chico con el mapa, pero, sin la capa, no tenía muchas posibilidades de acorralarle. Se le ocurrió también conjurar la capa con su varita, pero eso solo habría empeorado las cosas.
Esa noche, a falta de un plan mejor y después de enviarle a Draco otros cinco mensajes a los que no contestó, decidió ir a la Sala de los Menesteres. Tal vez Draco apareciera por allí, tal vez no. Pero tenía que intentarlo.
