XXXVII. GLACIES (Hielo)
(…) porque tú siempre existes dondequiera
pero existes mejor donde te quiero
porque tu boca es sangre
y tienes frío
tengo que amarte amor
tengo que amarte
aunque ésta herida duela como dos
aunque te busque y no te encuentre
y aunque
la noche pase y yo te tenga
y no.
Fragmento de Corazón Coraza, Mario Benedetti.
En el Aeropuerto Internacional "Eleftherios Venizelos" de Atenas, Milo gritó hasta que se cansó; la manera más rápida para llegar a Siberia hubiese sido en un vuelo hacia Mongolia y de ahí buscar algún vuelo local o una conexión hacia la zona más alejada del mundo que él conociera, pero se encontró con que debido a ciertos problemas locales de momento no había vuelos hacia Mongolia, mucho menos a Siberia.
—En el puerto de Barajas de Madrid hay gran afluencia de S7 Airlines, una línea siberiana que… —sugirió amable la vendedora del mostrador ante el arranque de furia del melio.
—¿Cómo? ¿A España? ¡No, joder! ¡No quiero darle toda la puta vuelta al mundo! —exclamó al borde de la histeria.
—La única manera es llegar a Moscú y de ahí al Transiberiano…
—¿Y cuánto tiempo tardaré en llegar a Siberia?
—Siete días, más o menos… ¿A dónde dice que va usted?
—Ostrov Yarok, es una isla en los confines de Siberia… en el mar Laptev, frente a la bahía de Yana… —contestó alucinado.
—El transiberiano de cualquier manera no se acerca hacia el mar siberiano señor, tendría que bajarse en alguna de las estaciones que queden más cercanas y de ahí buscar un vuelo local, tal vez una avioneta pueda acercarle a esa parte… —sugirió la asustada empleada.
—Vale, ya lo que sea… entonces a Moscú si no hay de otra… ¿cuál es el vuelo más próximo?
—Aeroflot, llega a Moscú, sale en cinco horas…
—Ese entonces… —contestó decepcionado.
—¿Nombre?
—Milo Kyrgiakos…
Las únicas palabras que tenía en la cabeza en ese momento eran "si la isla se desprende tardarás meses en llegar", esas palabras sonaban a condena de muerte, eran peor que la silla eléctrica y más pestilentes que cualquier cárnico echado a perder.
—Ni hablar, esa no es opción —se dijo a sí mismo cuando horas más tarde abordó el avión que le llevaría a Moscú.
Su último destino.
El corazón se le desbocaba como una jauría de perros salvajes, más que nunca sintió el peso de la soledad, de sus pasiones, de sus amores y desamores, el peso de toda una vida hasta ese momento y a sus treinta años se sintió realmente fatigado, fatigado de la locura.
Mientras recogía de la banda el poco equipaje que llevaba consigo, salió, el frío era inclemente, y echó un vistazo. A manotazos y señas, después de mucho balbucear, pudo llegar a la estación del transiberiano en Moscú, entonces recordó… como un balde de agua helada, recordó qué era lo que estaba haciendo en Rusia cuando chocó, cuando Aioria lo encontró…
Se atragantó con el humo del cigarrillo que tenía entre los dedos y se quedó pensativo hasta que el mismo se consumió del todo y le quemó los dedos.
En su distracción un niño quiso arrebatarle a la carrera la bolsa de viaje, Milo mucho más rápido y hábil lo detuvo y lo tomó por el hombro.
—¿Qué carajo crees que haces? —inquirió, aunque era inútil hablarle, en ese lejano lugar nadie entendía griego, el niño cubierto de hollín por permanecer siempre en la cercanía del tren le miró asustado, el melio simplemente sonrió y negó con la cabeza, sacó de su bolsillo unos cuantos euros y se los dio—. Muy mala cosa eso de andar por la vida robando a los estúpidos turistas… ahora vete y compra algo de comer…
Lo dejó marchar; el niño lo observó con aquellos ojos hundidos y tristes, pero con una chispa de alegría en el interior.
Cuando se dirigió a la taquilla se encontró con otro problema: las personas que ahí atendían no hablaban inglés y él, con su precario y gutural inglés, no lograba obtener nada, hasta que una chica de Suecia, una turista, se compadeció.
—I… need a ticket… ummmh… I need travel to… Krasno…yarsk, yes, Krasnoyarsk… Can you… help me, please? —balbuceó al borde de la desesperación y sintiéndose ridículo, él, un caballero de Atenea, derrotado por las desgraciadas barreras del idioma.
—Of course, stay here, only one ticket? Are you traveling alone? —contestó ella, sorprendida.
—Yes, alone… one way ticket, please… —definitivamente lo suyo no era el inglés.
La chica fue a la taquilla y compró el boleto tal como le había indicado el rubio, sólo de ida y bajando en la perdida estación de Krasnoyarsk, le entregó el ticket y el cambio.
Él sonrió encantador como siempre, pero esta vez más por sincero agradecimiento que por acostumbrada coquetería.
—Thank you… so much —murmuró.
—You are welcome, Milo —respondió ella riendo.
—How…did you… know? —inquirió.
—The airline tag on your bag… —le señaló.
Acabó por reírse él mismo y se despidió torpemente para adentrarse en el tren; había aprendido algo más ese día: era necesario poner más ahínco en un futuro para estudiar inglés, ruso, francés… cualquier otro idioma que le ayudara a funcionar en el mundo y no sólo el latín que bien se sabe de memoria.
El estrépito de las máquinas va en aumento hasta volverse ensordecedor. Milo arroja la bolsa de viaje en la cama que le corresponde dentro de la cabina que ha de compartir con tres personas más, por el momento está vacía, pero más adelante serán ocupadas las camas y su monólogo íntimo será interrumpido.
Acostado sobre el estrecho colchón, saca el móvil del bolsillo y redacta algo breve: "Militiae species amor est (1), amado, amigo, amante. Voy en busca de mi destino, de mi lugar. Mi pensamiento último para ti, mi gratitud para el corazón del león".
Lasitud
Atenas, Grecia…
Aioria, que no había pegado el ojo en toda la noche, descansaba lánguido después del embate amoroso, su compañero respiraba acompasadamente, el cuerpo se movía de arriba abajo marcando su popio ritmo, los cabellos rubios caían sobre sus hombros y cuello velando la delicada piel blanca.
Sentía paz, al fin paz…
El móvil vibró a deshoras de la madrugada, Shaka se removió en medio de su febril y cansino sosiego, era Milo, al fin iba camino a encontrar la otra parte de su corazón… sintió nostalgia, alegría por él y por el marsellés furibundo, sabía en su fuero interno que el melio no se rendiría aunque ese condenado pelirrojo le pusiera los más grandes obstáculos en su camino, lo conocía de sobra.
Se escurrió de entre el mar de cojines amontonados en la estancia privada del Arconte de Virgo, empezó a vestirse… contempló una vez más a aquel a quien una vez amó en su adolescencia: era la visión perfecta de ese amor esperanzador.
Tomó su ropa para vestirse, para huir.
—¿Te vas? —susurró Shaka observándolo inquisitivamente.
—Me voy… —confirmó sin volverse, se sentía debilitado y sabía que si lo observaba no sería capaz de irse, pero había decidido algo: no compartir el sueño con nadie.
—Quédate… —se había puesto en pie y sujetaba su muñeca.
—No, descansa… —fue lo único que contestó mientras salía de ahí, ya no podría soportar otra pérdida, ni otra despedida, ya no.
—Aioria, por favor… —murmuró el guardián de la sexta casa, impotente ante la barrera que aquel hombre había interpuesto entre él y el mundo —por favor…
Aioria Deligiannis, el último guardián nacido bajo Regulus, camina sombrío, perdido.
Hay un tiempo, tiempo pasado, irrecobrable, no asequible siquiera en la memoria, un tiempo que no puede hacer otra cosa que más embellecerse para amargura del presente…
(1) Militiae species amor est – "El amor es una especie de guerra", El arte de amar, Publio Ovidio Nasón.
