-La historia es de mi completa autoria más esta ligeramente basada en la segunda temporada de la serie "Kósem La Sultana" producida por Timur Savci y ahora protagonizada por Nurgül Yeşilçay (Sultana Kösem) y Metin Akdülger (Sultan Murad IV). Los personajes son propiedad de Masashi Kishimoto, más su distribución y/o utilización corre absolutamente por mi cuenta para la dramatización de la historia.


Capítulo 37

El Palacio Imperial era el centro de todo el Imperio, pese a que las provincias aledañas fueran regidas por gobernadores individuales entre sí, la capital; Konoha, era el centro del mundo desde que el Sultan Itachi II había conquistado la tierra anteriormente perteneciente al Imperio Bizantino que el mismo había destruido. El pueblo usualmente no aprobaba o apreciaba a la gente que allí residía, ni a las Sultanas de belleza abrumadora que actuaban frívolamente, ni al Sultan que si bien iniciaba siendo un gobernante justo acababa convirtiéndose en un ser cruel; eso era el pasado. Cuando el Sultan Sasuke había ascendido al trono, siendo apenas un adolescente, había derogado la ley del fratricidio y mantenido una política noble, permisiva, tolerante y pacifista, por no hablar de su única Haseki que era la única mujer en la historia del Imperio que demostraba el amor al pueblo, la única Sultana que era amada en la historia Imperial tanto por su belleza como por su corazón y alma nobles, faltos de prejuicios y que jamás hacia dudar al pueblo de las esperanzas que el futuro habría de generar.

Por ello es que el Palacio de igual modo no era un lugar de frivolidades claro que habían personas frívolas a su interior, pero eran una minoría ya que la Sultana Haseki imponía el decoro, la prudencia y humildad. A su paso, —cruzando el Harem—las Sultanas Sakura y Naori eran reverenciadas tanto por las concubinas y Kalfas, como por los sirvientes y guarias jenízaros, siendo seguidas por sus respectivas doncellas. El compromiso de la Sultana Naori se llevaría a cabo dentro de un mes, durante el llamado solsticio de verano, cuando la primera desaparecía y la calidez abrumada el ambiente y los corazones de todos, y cuando las estrellas del firmamento y la luna llenaran era plenamente visibles para todo como símbolo de prosperidad absoluta.

La majestuosidad era propia de los miembros del Imperio y nadie la representaba mejor—ya fuera de forma sencilla o esplendorosa—que la Sultana Haseki del Sultan, aquella mujer a quien llaman "la voz del Estado", "Sultana de Sultanas" y que jamás dejaba de sorprender al Palacio y al Imperio en si por su abrumadora belleza que apenas y la hacía aparentar treinta años cuando mucho. Su impecable y perfecta figura se encontraba cubierta por un elegante y favorecedor vestido esmeralda que hacia juego con sus ojos a la perfección; de escote alto y en forma de corazón, calzado y detallado a su silueta, de mangas ajustada hasta las muñecas con unas mangas superiores abiertas y holgadas desde los hombros, oscilando por sobre los brazos ligeramente, y cuya falda se dividía en dos, una superior y una inferior, una serie de bordados de hilo de plata y diamantes conformaba el corpiño en su totalidad, así como la espalda, el borde del escote a la altura de los hombros, así como las muñequeras y la zona baja de la falda, todo replicando el emblema de los Uchiha engarzado con el contorno de flores de jazmín. Alrededor de su largo cuello se hallaba una guirnalda de plata de la cual colgaban siete dijes de escama de plata en forma de flor de cerezo—el central de mayor tamaño—con una esmeralda en el centro, evidentemente a juego con un par de pendientes de plata y esmeralda en forma de lágrima. Su magnífica melena de rizos rosados, se encontraba elegantemente recogida tras su nuca, exponiendo su cuello y su vez resaltando la hermosa corona de oro que se encontraba sobre su cabeza, hecha en su totalidad de plata para conformar una estructura compleja que emulaba hojas y flores de cerezo

Movilizándose exactamente a la par que su abuela y con la misma dignidad se encontraba la Sultana Naori a quien muchos calificaban como "bendecida por la Sultana Haseki", su abuela, y su madre, de quienes había heredado su larga melena de rizos rosados, sus brillantes orbes esmeralda, su piel blanca como el alabastro y una apariencia angelical y simplemente etérea que se acentuaba con los rasgos propios de su padre Kakashi Hatake, el Gran Visir del Imperio; su mentalidad sagaz y leal al Imperio, así como su intelecto y dignidad insuperable. Su juvenil y esbelta figura era cubierta por un sencillo vestido de seda aguamarina de escote corazón—con tres botones desde el escote a la altura del busto, cerrando el corpiño, mangas ajustadas hasta los codos y que se volvían holgadas hasta cubrir las manos; por sobre el vestido se hallaba una chaqueta de tafetán jade oscuro bordada en hilo color negro, formando un patrón levemente reconocible que emulaba el emblema de los Uchiha entrelazado con flores de cerezo, de escote bajo y redondo que iniciaba bajo el busto, sin mangas y abierta bajo el vientre para así exponer la falda del vestido, y acentuada a su figura por un cinturón de cadena de plata con diamantes engarzados. Sus largos rizos rosados caían como una cascada tras su espalda, únicamente adornados por una diadema de plata de tipo cintillo a juego con un diminuto par de pendientes de diamante en forma de lagrima y una cadena a juego alrededor de su cuello, con un dije de diamante en forma de lagrima.

-Espero que el compromiso sea de tu agrado, Naori- comento Sakura distraídamente, haciendo que ella y su nieta aminorasen su andar, -Abaza Tekka Pasha es un funcionario indiscutiblemente leal al Imperio, si eres su esposa, él jamás osaría fallarte, puedes estar segura de ello- prometió la Haseki, conociendo muy bien a Tekka como para poder inferir esto.

-Lo sé, abuela- sonrió Naori, bajando la mirada y mordiéndose el labio inferior, más que ansiosa porque llegara el día de su boda, -y no, no me opongo, es más guapo de la que había podido imaginar- confeso la Sultana, realizada por encontrar a un hombre tan perfecto, a su entender. -Debo reconocer que estaba algo amedrentada, creí que me casaría con un viejo- rio Naori, temiendo causar una mala impresión en su abuela que se había esmerado tanto en forjar su compromiso con alguien más que apropiado.

En la historia del Imperio los matrimonio no era por amor sino política, un ejemplo de ello era el hecho de que casi todas las Sultanas—hijas de Sultanes—debían de casarse con hombres que les doblaban e inclusive triplicaban la edad, todo por la idea de la reputación, por causa de esto es que encontrar el amor en el matrimonio era así imposible, como había sido el caso de la Sultana Kaoru—hija del Sultan Hashirama y la Sultana Kaede—que había sostenido un matrimonio por política, únicamente teniendo una hija; la Sultana Selina, y un hijo; el Príncipe Taizo. Por ello y pensando en la felicidad d su nieta es que Sakura se había opuesto al compromiso con Hikaku Pasha que era veinte años mayor y en quien Naori con toda seguridad no encontraría amor o empatía como bien hallaría en Tekka que era un par de años mayor únicamente y que era tan galante y agradable que enamorarse era lo inevitable a suceder. Claro que Sasuke podía pensar que sentía favoritismo, pero no era así; amaba a sus hijos, a su hijas y a sus nietas y nietos y solo quería verlos felices y el modo era encargándose personalmente de que eso sucediera tal y como ella tenía previsto.

-No soy tan cruel- sonrió Sakura, nada ofendida por las palabras de su nieta, -y por eso lo elegí, más allá de la lealtad que nos guarda, sé que es perfecto para ti, tienen mucho en común, si es que no todo- sonrió la Haseki, pudiendo identificar aquello que permitiría que su nieta y el ilustre Pasha pudieran tener un matrimonio cargado de amor y muy feliz. Ya había ordenado que un Palacio fuera preparado para ambos, ellos se merecían estar lejos de las intrigas del Palacio Imperial.

Naori sonrió ante esta respuesta, más que satisfecha a comprobar el inmenso amor que su abuela siempre le dedicaba, no solo a ella sino a todos sus primos y primas también, a sus tíos y tías, a su madre…mucho se decía de su abuela, que era una mujer noble y justa que evitaba el sufrimiento innecesario del pueblo y que daba de comer a los pobres, más Naori no necesitaba prestar atención a las habladurías para saber que su abuela era un ser magnifico; un ángel. ¿Quién más aguantaría tanto sacrificio, tantas perdidas? Otras Sultanas había luchado por el poder, por la ansia desesperada de mantenerse en la cima de todo, pero su abuela siempre hacía lo contrario; defendía el poder para que ellos lo heredaran y se lo dividieran de forma ecuánime entre ellos y para no luchar como la familia que eran y que no podía separarse por disputas innecesarias. Algún día si—Kami no lo permitiera-algo le sucedía a su abuela, y por alguna razón tenía que morir...Naori se prometía a si misma que impediría que su nombre quedara en el olvido, todas las otras Sultanas desaparecerían, incluso ella, pero el nombre de su abuela seguiría escrito a fuego en el Imperio para siempre. Aun después del fin de los tiempos, todos los habitante del Imperio y del mundo sabrían eternamente que había existido una Sultana Haseki y Madre Sultana llamada Sakura y que había dejado su huella en el mundo como nadie jamás lo había hecho. El momento de reflexión por parte de Naori y su abuela se vio interrumpido, haciendo que detuvieran su andar ante la repentina aparición de la que era la doncella de mayor confianza de la Sultana Mikoto.

-Sultana Sakura- reverenció lady Akita a la Sultana Haseki que asintió a modo de saludo, -la Sultana Mikoto ha llamado a la Sultana Naori a sus aposentos- declaro la peliazul.

-Regresa con tu madre, Naori, aun tienes que prepararte y mucho- permitió Sakura, sosteniendo las manos de su nieta entre las suyas por unos escasos segundos.

-Kami mediante, algún día seré tan gloriosa como tu abuela- sonrió Naori, deseando poder emular a su poderosa abuela, de todo corazón.

-Aún más, lo sé- garantizo la Haseki.

Con una deslumbrante sonrisa es que Naori reverencio a su abuela modo de despedida antes de retirarse en compañía de lady Akita. Seguramente su madre deseaba que comenzaran a pensar en los detalles y diseño del vestido de novia y eso la emocionaba aún más. Quería casarse lo antes posible. Sakura siguió con su mirada la partida de su nieta ante de continuar con su camino, de regreso a su aposento, comenzando a sentir una especie de mareo pero al cual le presto nula importancia pese a lo que bien podía o no significar. No se trataba de la usual punzada de siempre en el centro de su pecho, lo sentía, percibía la diferencia, así que quizá se desvanecería si no le prestaba atención. No tenía por qué hacerlo, últimamente se sentía bien, más esto no tenía por qué ser necesariamente bueno. Acompañada por su sequito, la Sultana Aratani recorrió los pasillos de regreso a sus aposentos donde su esposo la estaba esperando luego de que hubiese finalizado la reunión del Consejo; había desayunado en compañía de la Sultana Shina y ahora solo deseaba estar junto a su esposo y regresar junto a sus hijos.

Ciertamente el tiempo había hecho que Aratani comprendiese que la sencillez y austeridad no era algo apreciado en una Sultana, en cuanto a apariencia se tratara, y en un par de meses tras ser madre es que la Haseki del Príncipe Heredero había comenzado a vestir como se esperaba que lo hiciera una Sultana, y era muy buena en ello. Su figura se encontraba ataviada por unas elegantes pero sencillas galas de seda color rojo, de escote bajo y calzado a su figura, de mangas de gasa semi transparente, holgadas desde los hombros y que llegaban a cubrir las manos; por sobre estas se hallaba una chaqueta de seda de igual color, de escote en V y ribeteada en encaje a juego bordado en hilo de plata, abierta bajo el vientre, y con unas sutiles hombreras se encaje, sin mangas, y calzada a su cuerpo por un cinturón de cadena de plata ribeteado en diamantes. Sus largos rio castaños estaban impecablemente peinados y recogidos tras u nuca, exponiendo su cuello, y únicamente enmarcando su rostro por un rizo rebeldes que caía al costados derecho, casi pegado a su mejilla, con una corona de plata, rubíes y cristales rojos en forma de capullos de rosa y teniendo como complemento un par de pendientes en forma de flor de cerezo y de los cuales colgaban diminutos cristales en forma de lagrima.

-Sultana…- se dispuso a reverenciar Aratani, un tanto desconcertada por la palidez de la Sultana Haseki.

Sakura quiso saludarle, decir alguna palabra cariñosa como tanto acostumbraba a hacer porque consideraba a Aratani como a otra de sus hijas…pero a medida que deseaba intentarlo es que el mareo se hizo más y más fuerte, forzándola a cerrar los ojos, y entonces…ya no supo que es lo que sucedía a su alrededor. Tenten se apresuró a rodear los hombros de la Sultana con su brazo, haciendo más suave la inevitable caída que se produjo en tanto se desmayó y por lo que Aratani acudió inmediatamente, sin importarle en lo absoluto arrodillarse y sostener la mano de la Sultana Haseki. Era de lo más extraño para Aratani ver así a la mujer más poderosa del Palacio, aquella que jamás podía flaquear, o que más bien no se lo permitía a sí misma, y por ello es que la Haseki del Príncipe Heredero se preocupó en demasía.

-Sultana- llamo Aratani, zarandeándole el hombro ligeramente, sin obtener respuesta. -Sultana, despierte- volvió a llamar la pelicastaña, nuevamente sin recibir respuesta alguna.

En el pasillo del Harem siempre se encontraba una numerosa escolta de miembros del ejército jenízaro, así que afortunadamente no hubo pasado mucho tiempo antes de que dos de estos leales soldados se acercaran hasta donde se hallaban las ilustres mujeres y brindaran su ayuda a la Haseki del Sultan.


La noticia de un compromiso siempre era motivo de alegría, fuera cual fuera el caso, y siendo que se trataba de su sobrina Naori; las Sultanas Sarada e Izumi no podían estar más que realmente felices sabiendo que, en base a su propia experiencia, Naori con toda seguridad habría de tener un matrimonio feliz ya que Abaza Tekka Pasha era de la absoluta confianza de su madre quien lo había criado luego de haberlo sacado del mercado de esclavos, eso y que era tan galante y atractivo que el amor era lo menos que habría de esperarse en un matrimonio así, el amor era prácticamente dado por hecho con una sola mirada entre los prometidos que ostentaban tanto nobleza como tractivo entre sí. Ambas hermanas se encontraban charlando amenamente en la terraza de los aposentos de la Sultana Sarada, optando por pasar el tiempo juntas, como sucedía habitualmente mientras sus hijas estaban en clases, vigiladas atentamente por Izuna que tenía más tiempo libre y que elegía cuidar voluntariamente a sus primas.

Portaba un sencillo vestido aguamarina-grisáceo de escote corazón, calzado a su figura, y mangas de tipo gitana, por sobre el vestido una chaqueta o vestido superior de seda esmeralda, de mangas ajustadas que dejaban una abertura a la altura de los codos, exponiendo un deje de las mangas gitanas que se encontraban debajo, de escote bajo y redondo que iniciaba bajo el busto, y abierto bajo el vientre para exponer la falda del vestido inferior; la espalda, pecho, abdomen, y falda estaban repletos de bordados de hilo de plata que emulaban flores de jazmín, ligeramente entrelazadas con el emblema de los Uchiha. Su larga melena de rizos azabaches caía impecablemente tras su espalda como si de una cascada se tratase, adornada en su cima por una sencilla corona de oro blanco con pequeños dijes de oro y esmeraldas en su centro, en forma de espinas, decorada por diminutas escamas de plata, a juego con un par de pendientes de diamante en forma de lagrima, sin joya alguna que obstruyera la visión de su largo cuello.

-Me sorprende que Naori finalmente vaya a casarse, creo que aún es una niña- manifestó Sarada sinceramente, casi considerando que su sobrina aún era muy pequeña, pero eso ya no era así, técnicamente.

-Tú y yo éramos menores cuando nos casamos, Sarada, no lo olvides- menciono Izumi, no pudiendo evitar sentirse divertida al respecto.

Por otro lado e igualmente elegante se hallaba la Sultana Izumi, vistiendo unas elegantes galas de seda metálica color limón, de escote cuadrado y mangas ajustadas hasta las muñeca, sencillas a decir verdad, con tres botones de diamantes desde el escote hasta la altura del busto y que cerraban el escote; por sobre el vestido se encontraba una chaqueta sin mangas,-con un complejo pero sumamente elegante patrón de bordados en los bordes de la tela, hecho en hilo de oro, cristales y diamantes—y cuyo cuello estaba minuciosamente creado para formar un margen en los laterales del corpiño, cerrado escasamente bajo el busto y abierto nuevamente para exponer el resto de la falda del vestido inferior ya que la caía de la chaqueta solo llegaba hasta la altura de los muslos, volviendo predominante el vestido inferior. Alrededor de su cuello se encontraba una cadena de plata con un dije en forma de flores de cerezo, combinando a la perfección con un par de pendientes de plata y cristal en forma de lagrima. Su largo cabello castaño—recogido en una coleta—caía como una marea de rizos sobre su hombro izquierdo, adornado por una sencilla corona de oro, cristales jade y limón, y diamantes de múltiples colores que reflejaban la luz del sol, todo representando diminutas flores de jazmín.

-Es difícil recordarlo, en ese tiempo teníamos mucho en que pensar- se refirió Sarada, al menos por su parte y los hecho que residían en su mente, -Mito, Mei, Rin, Obito…-enumero la Uchiha, cortando sus propias palabras no deseando evocar recuerdo trágicos ni dolorosos

-Y en mi caso, Naoko y Kisame Hoshigaki Pasha- secundo Izumi, igualmente no teniendo experiencias demasiado felices que rememorar.

No es como si pretendieran sentirse orgullosas de los tiempos en que se habían celebrado sus matrimonio, para Sarada había resultado dolorosísimo olvidar la muerte de sus hermanos Itachi y Baru; casándose con un hombre que jamás la había amado pero a quien afortunadamente había dejado en el olvido gracias al amor de Boruto y a lo feliz que era junto a él, y para Izumi igualmente había resultado casi traumatizante que su boda se hubiera celebrado la misma noche de la muerte de su hermano Kagami, envenenado…y no hubiera sido capaz de ser feliz de no ser por Mitsuki que había sido tan paciente y a quien amaba con todo su corazón. Pero a ninguna de las dos les hacía bien pensar en ese pasado doloroso y que no había traído absolutamente nada bueno para nadie, solo las hacía aún más conscientes del modo en que tenían que proteger a Daisuke y Shisui, su únicos hermanos restantes y a quienes debían de llevar al trono, especialmente a Daisuke que era el más capacitado para tal tarea. No había otro camino más que ese.

-Afortunadamente podemos dejar todo eso atrás- intento consolarse la Uchiha, bajando la mirada, apretándose las manos.

-Eso esperamos, tras tantas batallas merecemos algo de paz- animo Izumi, esperando que el futuro no trajera eventos tan dolorosos como aquellos que ellas ya habían tenido que presenciar.

-Pero, ¿la obtendremos?- se atrevió a considerar Sarada, provocando que su hermana la observara reprobatoriamente ante aquella posibilidad. -No quiero sonar pesimista, Izumi, pero este Palacio jamás ha visto paz, en toda su historia siempre ha habido algo a lo que enfrentarse- justifico la Uchiha, no ocultando su pesimismo y pensamientos fatalistas.

-Lo sé, y sé que también parezco soñadora, pero si no tenemos esperanzas de algo mejor, creo que entonces nos desesperaremos- defendió Izumi, anteponiendo su ideología, cosa que sorprendió a Sarada que no había llegado a sopesar esta clase de pensamientos.

Si bien la inocencia era un don tan preciado, se perdía con facilidad ante la corrupción que existía en ese Palacio tan hermoso como cruel, y Sarada lo sabía muy bien, desde niña cuando-por causa de tantas adversidades-había visto llorar y sufrir a su madre por esa inocencia que con el tiempo desaparecía, claro aún habían rastros de ella, pero no como antes y eso jamás se repararía de ninguna forma. No e que Izumi fuera inocente, lo era-si-pero no en la medida correcta como para Sarada la considerase así, no; Izumi era una soñadora, lo cual no tenía nada de malo. Solo mediante los sueños, fantasías e ideales se podía tener una base a la que ferrarse en el futuro, e Izumi la tenía. Ojala y todos pudieran ver las cosas como ella lo hacía, de ser así quizá el mundo sería diferente a como era.

-Tienes razón, no está mal soñar- acepto Sarada, disculpándose con la mirada por no poder dejar atrás la melancolía que la atenazaba al igual que a su madre, -creo que es el único medio con que se puede ser feliz aquí, nunca dejes de soñar- animo la Uchiha, sosteniendo la mano de su hermana entre la suya, sonriéndole.

-Sultanas- reverencio Yugito debidamente, apareciendo ante las nobles mujeres.

-¿Ocurre algo?- inquirió Sarada, confundida por la aparición de la doncella principal de su hermana.

-La Sultana Sakura se desmayó en el Harem, la llevaron a sus aposentos- informo Yugito, no informando por debe únicamente sino porque ella misma era cercana a la Sultana Sakura.

-¿Qué?- Izumi no creyó lo que oía.


Se le dificultaba ligeramente el respirar, pero Sakura sabía que no era a causa de un malestar general, sino algo a lo que ya estaba habituada; estar recostada, ese era el problema, incluso de noche—en sus aposentos—optaba por dormir sentada en el cómodo diván frente a su tocador, o sentada sobre la cama, porque estar recostada solo maximizaba la punzada en su pecho, eso solo servía para dificultarle fingir y que la hizo despertar lentamente en un principio, hasta ser capaz de abrir los ojos, encontrándose con Aratani que se inclinó ligeramente, sentada a su lado y pendiente de su condición.

-Sultana, ¿está bien?- se preocupó Aratani inmediatamente.

-Agua- murmuro Sakura, con un hilo de voz.

Apresurándose, y ante la petición de la Sultana Haseki, Tenten se acercó al tocador donde se hallaba una jarra con agua y de la cual sirvió un poco en la copa ya predispuesta sobre el inmobiliario, sujetándose la falda para no tropezar al momento de regresar sobre sus pasos y entregarle la copa a la Sultana, permaneciendo de pie frente a ella, dispuesta cumplir con toda orden o indicación suya.

-Gracias- sonrió la Haseki, tragando suavemente, para dejar la copa sobre el velador, -Tenten, ayúdame a sentarme- pidió Sakura, tan pronto como le fue posible ya que en su condición no le resultaba beneficioso permanecer recostada.

Asintiendo y siendo ayudada por Aratani, que no se quedó de brazos cruzados-levantándose-es que Tenten ayudo a la Sultana a sentarse tan cómodamente como le fue posible, consiente-contraría a la Sultana Aratani-de que eso no le hacía bien a la Sultana. Casi de ipso facto por este hecho y cumpliendo con las ordenes anteriormente dadas por Tenten, como representante de la Sultana Sakura, es que las puertas se abrieron, permitiendo la entrada del doctor C que, en casos como aquel, y sin excusa, se encontraba a la espera de poder ayudar a la hermosa Haseki del Sultan.

-Sultana- reverencio el leal médico.

-Doctor C- saludo Sakura con una ligera sonrisa para luego desviar su mirada hacia Aratani que permanecía atenta a ella, preocupada, pero no podía quedarse. -Aratani, ya estoy bien, vuelve con los Príncipes- indico la Sultana Haseki. Aratani quiso cumplir con su orden, pero su preocupación le imposibilito moverse, y percatándose de ello es que Sakura sostuvo una de las manos de Aratani, sin dejar de sonreír, -estoy bien, tranquila- garantizo Sakura con una seguridad abrumadora y que convenció a Aratani.

-Sultana- acato la Haseki del Príncipe Heredero, retirándose sin darle la espalda a la Sultana Sakura.

Mucho amaba a la Sultana Sakura; como si fuese su madre, pero si ella le daba una orden, Aratani jamás se atrevería a desafiarla, esa era una de las mayores pruebas de la lealtad que le tenía, y nada jamás la haría ir encontrado de cualquier indicación, petición u orden suya, nunca…


Las puertas de los aposentos de la Sultana Haseki fueron abiertas por obra de los dos fornido jenízaros que se encontraban lealmente atetados en el exterior de la habitación y que garantizaba su seguridad y que, en este cao al menos, permitieron el ingreso de las Sultanas Izumi y Sarada que habían hecho abandono de los aposento de esta última en tanto Yugito las había informado del desmayo de su madre y que las tenía totalmente en altera, por razone obvias. Porque su madre era lo más importante que tenían en el mundo, y perderla era algo inimaginable.

-Aratani- llamo Sarada en tanto vio a la esposa de su hermano descender por las escaleras.

-Sultana Sarada, Sultana Izumi- reverencio respetuosamente la Haseki del Príncipe heredero.

-¿Nuestra madre está bien?- pregunto Izumi de forma inmediata, ligeramente agitada por la carrera que había significado llegar tan prontamente a los aposentos de su madre.

-No lo sé, la Sultana Sakura me tranquilizo diciendo que estaba bien, pidiéndome que cuidara de los Príncipes- contesto Aratani mecánicamente, repitiendo parte de lo indicado por la Sultana Haseki.

La salud de su madre o era un tema nimio o que tomar a la ligera, por ello es que Izumi y Sarada se sintieron nerviosas al no saber lo que pasaba. Mikoto era la mayor de ellas, la que más estaba preparada, pero aun así siempre dependía y recurría al consejo de su madre; ellas que eran menos experimentada en política y que carecían del conocimiento necesario se sentían incluso más perdidas. ¿Cómo continuar sin su madre en el peor de los casos? Su madre garantizaba que Daisuke y Shisui sobrevivieran, ¿Cómo podrían hacerlo ellas? No, no, no, ni siquiera querían pensar en ello, la sola idea de concebir tal posibilidad las llenaba de temor y una incertidumbre tal que apenas y podían soportar.

-Kami…- murmuro Sarada con el alma en vilo por la preocupación.

-¿Qué estará pasando?- manifestó Izumi en voz alta.

A cualquiera de ellas les hubiera gustado obtener una respuesta pero no sabían que pensar, ¿Se trataría de algo bueno o malo? Esto era incierto, más siguiendo la petición de la Sultana Haseki significo más para Aratani que se hubo retirado con una respetuosa reverencia. Sarada e Izumi se observaron entre sí antes de dirigiré a las escaleras que la llevarían a los aposento de su madre.

Necesitaban respuestas.


-¿De qué se trata, doctor C?- consulto la Haseki, levantando la espalda para que así Tenten pudiera acomodarle más fácilmente una almohada tras la espalda

-No voy a engañarla, Sultana- inicio el doctor C, obteniendo su aprobación para decir aquello que considerase necesario, -usted, pese a lo aparente, ya no es una mujer joven, en el pasado meditar sobre el futuro era algo parcial, innecesario, pero actualmente es necesario que tenga eso en cuenta- divago el médico, esperando aminorar lo que él consideraba un golpe emocionalmente doloroso para la mayoría de las mujeres del Palacio.

-Ya no podré tener más hijos, ¿no?- interrumpió Sakura con un tono de voz monótono que desconcertó y sorprendió al doctor C. -De eso se trata- afirmo la Haseki ante su silencio.

-Si, Sultana- contesto el doctor C, sorprendido por la calma que tenía la Haseki para tomar la noticia.

Tras el nacimiento de Hanan y la muerte de Rai es que estaba decidida a no tener más hijos, de hecho llevaba tomando un té para evitar dicha situación, sin falta alguna, porque no quería traer a su matrimonio otro hijo que o bien debería proteger para evitar que significara una amenaza. No tener más hijos por ahora era lo mejor, de hecho incluso le resultaba diferente si es que alguna mujer llegaba a ocupar su lugar en la cama del Sultan o no, su único centro del universo eran sus hijos, Sasuke podía hacer y decir lo que quisiera porque a ella ya no le importaba, no como antes. No le gustaba admitirlo, pero era triste y doloroso ver como todo lo que había sido feliz y pacífico, una vez; hace mucho tiempo, ahora se desmoronaba ante ella, forzándola a elegir un bando; o el hombre al que seguía amando o sus hijos que significaban algo invaluable para ella, ¿Quién podía ser tan indiferente como para elegir? Ella, lo quisiera o no, estaba en medio de todo, y no podía cambiarlo, era inevitable.

-No puedo quejarme, tuve días felices, no es gran pérdida tras tantos años de maternidad- se despreocupo Sakura, sonriéndole ligeramente a Tenten que tomo nota de su comportamiento que siempre era una lección simplemente insuperable, -no se aflija, doctor C, yo no lo estoy- tranquilizo la Haseki, sonriéndole a su amigo que se sintio capaz de respirar tranquilo por sus palabra.

-Me alivia escuchar eso, Sultana- reconoció el doctor, provocando que la Haseki sonriera por no provocarles más problemas. -Por no mencionar que eso es lo que ha menguado los avances de la enfermedad- especifico, haciendo que Sakura pudiera entender porque las crisis ahora eran menos recurrentes.

Ya había pasado bastante tiempo desde la última "crisis" que había tenido por causa de su enfermedad, de hecho eran menos recurrentes gracias a sus medidas preventiva y la medicina que el doctor C le daba continuamente, auscultándola cada determinado tiempo por imple habito y—valga la redundancia—prevención. Claro, Sakura no sabía si esto era necesariamente bueno o malo, pero la ausencia de síntomas temporalmente le daba a entender que no tenía por qué fingir n demasía delante de quienes más amaba lo cual de por si era un consuelo porque no le gustaba mentir en lo más mínimo. Si por medio de las ardides cortesanas y política tenía que fingir ser diferente de cómo era, y habituarse a sí misma a mentir, eso no significaba en lo absoluto que le gustase hacerlo, siempre había una línea importante que trazar entre el deseo y el deber; una linea que no podía olvidarse.

-Doctor C, quisiera pedirle un favor- inicio Sakura, obteniendo la total atención de su médico y amigo, -guarde total confidencialidad de esto con mis cercanos, quiero ser yo quien los informe- pidió la Haseki sin citar algo imposible, quería ser totalmente sincera esta vez.

-Como desee, Sultana- acepto el doctor C, agradecido por no tener que guardar otro secreto semejante al que ya guardaba.

-Pero, debo pedirle que si se lo comunique a su Majestad- pidió Sakura, esperando que esto no fuera un problema para su médico y amigo, pero el doctor C la tranquilizo; asintiendo únicamente, como respuesta.

Claro que una mujer en el palacio no era precisamente ni elogiada ni insultada por aquel proceso humano, pero en lugar de ocultar las cosas del mundo es que Sakura prefería ir por la verdad por delante, por más que ocultara su enfermedad tan afanosamente, siguiendo cada indicación que el doctor C le diera, sin reproche alguno. En la sociedad del Harem una mujer que no fuese capaz de tener hijos era desplazada, más su caso era totalmente diferente; ella era la Sultana Haseki del Imperio, aquella que había sido Madre Sultana, la Regente Oficial de la Dinastía, quien gobernaba de igual modo que el Sultan, y gracias a quien existía la paz. ¿Qué clase de temor podía sentir? No le temía siquiera a la inminente muerte que le deparaba el futuro, así que; temerle a algo más era sencillamente ridículo. El suave eco de golpe contra la puerta irrumpió en la mente de la Haseki que levanto su mirada hacia Tenten, recargando en su lugar su espalda contra las almohadas, aun sin recostarse del todo.

-Adelante- indico Tenten.

No tenía problema alguno con ser la portavoz de la Sultan Haseki del Imperio, no cuando la Sultana Sakura era quien le había dado una nueva vida; después de la muerte de su madre se había quedado huérfana, y la Sultana Sakura la había tomado bajo su custodia, la había educado y criado con esmero, como si fuera su propia hermana y en ocasiones ambas se daban el egoísta gesto de llamarse hermanas entre sí. Le debía todo a ella, y siempre estaría a su lado, hasta el último aliento de la Sultana Haseki, y luego le serviría a las Sultana Mikoto, Shina, Sarada, Izumi y Hanan, eso era todo cuanto podía desear. No necesitaba tocar ya que eran miembros de la familia Imperial, pero aun así y por respeto es que Sarada hubo tocado la puerta antes de entrar seguida por su hermana Izumi gracias a los leales jenízaros que le hubieron vierto las puertas justo cuando el doctor C parecía hacer abandono de la habitación. El medico reverencio a las Sultanas antes de observar de sola sayo a la Sultan Haseki, esperando tener su consentimiento para retirarse. Sakura sintio con una débil sonrisa a modo de despedida para el doctor, que recibió su consentimiento, y además levanto su mirada hacia Tenten que se retiró con un asentimiento, dejando a solas a la Sultana y sus hijas; cerrando las puertas tras de sí.

-Madre, ¿estás bien?- se preocupó Sarada inmediatamente, obteniendo a cambio un ligero asentimiento de parte de su progenitora, -nos preocupaste- admitió la Uchiha aun sin tranquilizarse del todo, sentándose sobre la cama y sosteniendo la mano de su madre mientras que su hermana Izumi permanecía de pie a su lado.

-Tranquilas, estoy bien- sosegó la Haseki, con su usual y sereno tono de voz, dando todo de sí porque sus hijas no se preocuparan innecesariamente por ellas, no podía dejar que lo hicieran, había cosas más importantes en que pensar.

-Pero, ¿y el doctor C?- no comprendía Izumi.

-Dos palabras, Menopausia- soltó Sakura, sin pensar en lo absoluto, aunque a decir verdad no había nada en que pensar, todo era cuestión de ser sincera y ya.

Ya debía ocultar de sus hijas todo lo referente a su enfermedad y el tiempo de vida que le quedaba, ocultarles aquello que todo el Palacio acabaría sabiendo inevitablemente era absurdo, era diez veces más preferible que sus hijas lo supieran antes que nadie, incluso antes que Sasuke. Además era algo que sus hijas debían de aprender y conocer, a todas las mujeres les sucedía, era un proceso natural de la existencia humana en el caso de las féminas, as que no tenía por qué mantenerlas a ellas al margen de su vida, no en ese aspecto. Ya le guardaba un secreto tremendamente importante, no tenía por qué seguir haciéndolo, no con algo tan nimio y que para ella al menos no era importante. Izumi y Sarada se observaron entre sí, no sabiendo muy bien que decirle a su madre, o sabiendo si tranquilizarla o animarla porque no sabían más que lo básico de la condición por la que padecería temporalmente,

-Oh, mamá- jadeo Izumi, no sabiendo que decir para reconfortar a su madre.

-No me tengan lastima, por favor, parezco su mascota- se quejó la Haseki, ligeramente divertida por causa de esto.

-No lo eres- tranquilizo Sarada por si es que esto resultaba un problema para su madre, -Izumi- reprocho la Uchiha.

-Perdón- se disculpó la pelicastaña, bajando la mirada, temiendo ofender a su madre.

-No importa- sosegó Sakura.

Pese a que esa sensación de culpa en su interior, por ocultarles un secreto a sus hijas permaneciera instalada en su corazón, Sakura se sintio aliviada al ser sincera con sus hijas, al menos por esta vez. Al menos ahora no había tenido que mentir.


La noche no tardaba en caer en la capital del Imperio, no con la cantidad de deberes y preocupaciones que debían sostenerse continuamente y que creaban una rutina monótona pero de la cual muchos-casi todos-de los miembros de la familia Imperial conseguían salir con facilidad, si así se lo proponían. Boruto se encontraba sentado frente a su escritorio, preparando los documentos a presentar en la siguiente reunión del Consejo Real, el día de mañana, desviando-en cada oportunidad que tenía-la mirada hacia su esposa que siempre conseguía cautivarlo por completo.

Sarada termino de desenredar su cabello, sentada frente a su tocador, satisfactoriamente aun capaz de lidiar con lo que fuera, el día había trastocado sus emociones, pero no por ello se sentía extenuada, todo lo contrario, algo de emoción y adrenalina de vez en cuando era bien recibida, al menos en su caso. Un sencillo camisón aguamarina cubría su figura; de escote en V, mangas ajustadas hasta los codos que terminaban en lienzos de gasa que exponía la piel de sus brazos, y finalmente sobre este una especie de capa superior o chaqueta de escote bajo y redondo, cerrado bajo el busto y abierta bajo el vientre, de un color ligeramente más oscuro y bordada ligeramente con patrones de hilo de oro que emulaba flores de cerezo. Su larga melena de rizos azabaches enmarcaba su rostro mientras ella distraídamente la peinaba, perdiéndose en sus pensamientos.

-Dijeron que la Sultana Sakura se desmayó hoy- inicio Boruto, ya habiendo terminado de revisar los documentos que debía presentar en la reunión de mañana, -espero que no haya sido algo de cuidado- se preocupó el Uzumaki al ver tan distraída a su esposa.

-No, es algo que nos sucede y sucederá a todas las mujeres en algún punto, ya sea tarde o temprano- contesto Sarada, dejando el peine sobre el tocador, levantándose y situándose de pe tras él, escaneando con su mirada los documentos que el Uzumaki acababa de revisar.

-Oh, te refieres a…- Boruto no necesito terminar la frase para hacer que su esposa entendiera su idea.

-Si, su Majestad ya está enterado si es lo que cuestionas- sonrió Sarada, tratando el tema con absoluta naturalidad, y con razón.

En el Imperio la menopausia no era algo tan halagador, claro, representaba algo provechoso que—en el ámbito sexual—no se tuviera que pensar en tener más hijos, siendo que en ocasiones la excesiva fertilidad parecía ser un problema para las mujeres que llegaban a maldecir su vida de casadas por tener que lidiar con tantos embarazos ante la "atención" de sus esposos. Más, en el ámbito del poder, solo limitaba a una Sultana y abría el paso para otras mujeres que seguramente habrían de desear ser favoritas del Sultan, más Sarada sabía que esto no pasaría en el caso de su madre. Quizá su padre y su madre ya no fueran tan unidos como en el pasado, pero si Sarada conocía bien a su padre, —y lo hacía—él solo tenía ojos para ella, siempre había sido así y siempre lo sería

-Espero que podamos tener muchos hijos antes de que ese día llegue- oro el Uzumaki, estrechando la mano de ella, clavando su mirada zafiro en las gemas ónix de ella.

-Lo encuentro difícil si no me prestas tanta atención- reprocho la Uchiha, aludiendo a la atención que parecía preferir los documentos y las reuniones políticas a ella.

-¿Entonces, que debo hacer?- sonrió Boruto, evidentemente divertido.

Sonriendo ligeramente, Sarada no tuvo ningún problema en rodear la silla y sentarse sobre el regazo de su esposo antes de silenciarlo con beso. El tiempo siempre se volvía infinitamente escaso…


Siempre que algo le sucedía a su madre es que Daisuke no podía permanecer lejos, siempre debía estar junto a ella porque creía que de otro modo nadie podría protegerla, del mismo modo que Sakura penaba que algo terrible podía sucederle a su hijo si no estaba junto a él tanto como pudiera, por eso halagaba y consideraba tanto a Daisuke en presencia de quien fuera posible, no solo porque lo amara más que a nadie sino porque sabía que así Sasuke no podía considerarlo una amenaza, no con ella protegiéndolo todo el tiempo, ese era el mayor escudo que tenía y ante lo que Sasuke no podía ni podría oponerse jamás.

Sentada sobre el diván pegado a la ventana se encontraba la Sultana Sakura, hermosa como siempre y a quien cualquiera no hubiera llegado a considerar una mujer que había sufrido un desmayo aquel día pro al jovialidad y valor que desprendía su ser. Portaba un encantador y muy favorecedor vestido de seda rosa suave, de escote cuadrado—con una serie de seis botones de diamante con un par de escamas de plata en forma de pétalos a los laterales de los botones, desde la altura del escote, hasta la altura del vientre-y mangas ajustadas hasta los codos pero que se volvían holgadas hasta cubrir las manos; por sobre le vestido se hallaba una chaqueta de seda violeta plagada de bordados en hilo cobrizo para emular flores de cerezo y que se enmarcaba a los costados del vestido, creando de igual modo una falda que enmarcaba a la inferior ya creada por el vestido y de mangas ajustadas hasta los codos y que se abrían como lienzos para exponer las manga inferiores, además abiertas en los costados de los brazos. No había collar o joya alguna alrededor de su cuello lo cual hacía resaltar con más facilidad un par de pendientes de plata y cristal en forma de lagrima, destacables gracias que los largos rizos rosado de la Sultana se encontraban elegantemente recogido tas su nuca, igualmente haciendo destacar una hermosa corona de oro, diamantes y cristales que replicaban una incomparable estructura en forma de flores de jazmín. Una imagen simplemente insuperable

Sentado frente a ella, u hijo lucia sencillo portando—por sobre la usual única de seda color negro de cuello alto y mangas ajustadas hasta las muñecas—un modesto Kaftan se cuero gris oscuro, de cuello alto y cerrado por una serie siete botones de plata desde el cuello hasta la altura del abdomen, mangas hasta los codos, abiertas en los costados y cerradas por una especie de correas, y resaltadas por unas favorecedoras hombreras, un collarín color negro de terciopelo que se establecía bajo el cuello y hasta la altura bajo las hombreras, cerrado a su cuerpo por un fajín color negro—igualmente de terciopelo—decorado por el emblema de los Uchiha, permitiendo que la caída de la tela evocara la visibilidad de la botas de cuero color negro que usaba bajo el Kaftan.

-Nos preocupaste, madre, a todos- declaro Daisuke, sosteniendo la manos de su madre entre las suyas. -Afortunadamente no se trató de algo grave- agradeció el Uchiha, no sabiendo que hacer si su madre llegaba a abandonarlo en algún momento. Dependía esencialmente de ella.

-Y aunque lo fuera, tienes que confiar en mi Daisuke, nada es lo bastante bueno como para vencerme- tranquilizo Sakura, aunque parte de esto era una mentira; si podían vencerla, pero lentamente y más cada día.

-En eso tiene razón- acepto Aratani, totalmente de acuerdo.

Sentada junto a Daisuke se encontraba Aratani que había sido quien había confesado lo sucedido, no pudiendo evitar ser sincera al menos con su esposo que bien merecía saber que había sucedido y que ahora—al igual que ella—estaba agradecido porque no se tratase de algo grave. Infaltablemente hermosa, ese era un título que Sakura le daba a Aratani cada vez que la veía, orgullosa de la Sultana que era. Vestías unas sencillas pero halagadoras galas granate de escote cuadrado y mangas ajustadas hasta los codos y con una falda abierta bajo el busto que enseñaba una falda falsa color rubí rosáceo a juego con la mangas holgadas y el cuello en V que se creaban superiormente, además y por obre el vestido se encontraba una chaqueta trasparente—sin mangas—plagada de bordaos en hilo de oro a lo largo de la tela, cerrada escasamente a la altura del vientre y enmarcando aún más su esbelta figura. Alrededor de su cuello se hallaba su obsequio; el emblema de lo Uchiha hecho de oro a juego por un par de pendientes de cuna de oro en forma de lagrima, con un rubí homólogo en su centro. Finalmente su largo cabello castaño se encontraba recogido en una trenza que caía sobe su hombros izquierdo y que hacia destacar aún más la corona d oro, rubíes y granates en forma de capullos de rosa que se hallaba sobre su cabeza..

-Me rindo, con dos mujeres como ustedes, mi vida no tiene comparación- se burló Daisuke, haciendo que su madre y esposa no pudieran evitar reír por causa de sus palabras. -Es una bendición y una maldición- señalo el Uchiha, sonriendo sin el menos problema.

-Bendición y tortura, más bien- corrigió Sakura, fingiéndose molesta.

Daisuke se sintio pleno al ver sonreír a su madre, sabía que ella siempre tenía preocupaciones, sabía que siempre estaba triste, pero con tal de verla sonreirle sinceramente es que Daisuke se sentía feliz y devuelto a la vida, porque su madre era lo más importante que tenía y nunca nada ni nadie podría reemplazarla. Estaba decepcionado y molesto con su padre por lo que había hecho, pero con su madre…su madre jamás lo decepcionaría, porque no existía nadie más hermosa y justa que ella, nadie más noble y llena de amor, nadie más perfecta y única. Su madre lo era todo para él. Reparando en la hora; omniscientemente, es que Daisuke se levantó del diván, en consonancia con su esposa y su madre que no quiso romper el contacto entre ambos.

-Con tu permiso, madre, nos retiraremos- pidió Daisuke, siendo que en realidad no necesitaba pedirle tal coa, pero si lo hacía era porque quería..

-Tienen mi permiso, mi sol- sonrió Sakura antes de ser abrazada por su hijo, sosegada y tranquila por el amor reciproco entre ambos y ese orgullo que inequívocamente le trasmitía cada vez que lo veía, -Aratani, buenas noches- despidió Sakura en tanto el abrazo fue roto, sonriéndole cariñosamente a Aratani.

-Buenas noches, Sultana- reverencio Aratani, igualmente con una sonrisa antes de retirarse primeramente, sabiendo que su esposo la alcanzaría en unos segundos.

-Buenas noches, madre- se despidió Daisuke, tomándose el atrevimiento de besar la frente de su madre que le sonrió aún más.

Últimamente Sakura se daba más y más cuenta de que una de las razones de que Daisuke fuera su favorito es porque tenía la antigua esencia justicia en él que Sasuke había tenido en el pasado, solo que en el caso de Daisuke no se estaba desvaneciendo, solo se fortalecía más y más cada día, y eso la hacía sentir a salo, le hacía sentir que no tenía por qué temerle a nada, todo esto hacía que pudiera ser feliz junto a su hijo que la hacía confiar en que vendrían tiempos mejores, pero tiempos que para Sakura parecían cada vez más lejanos. La sonrisa de su madre fue más que suficiente para que Daisuke pudiera sentirse tranquilo y para que Sakura de igual modo lo observase partir ante de volver a sentarse sobre el diván. Cada día dudaba de si hacía lo correcto; claro, como mucha gente, más sabía que si no hacía lo que debía, otros pagarían el precio por su indecisión y eso no podía permitirlo. Las puertas se la habitación se abrieron de forma repentina, más Sakura sabía de quien se trataba, no muchas personas tenían permitido entrar en sus aposentos—con carácter servil—y aquellas que si tenían el privilegio debían de ser muy cercanos a ella. Shikamaru ingreso en la habitación, trayendo en sus manos una bandeja que—en tanto estuvo frente a la Sultan Haseki—uso para ofrecerle el contenido que traía.

-Sultana, leche y miel como pidió- tendió el Nara.

-Gracias Shikamaru- sonrió Sakura, bebiendo amenamente y sonriendo ante el sabor dulzón de la miel que consiguió relajarla, como siempre, -puedes irte a dormir si es lo que quieres- animo la Haseki, no deseando ser la piedra en el zapato con respecto al matrimonio de su leal amigo y sirviente.

-Sultana, creo que está escuchando demasiado a Temari- comento Shikamaru, obviando los falsos reproches de su esposa.

-Ella solo dice la verdad- protesto Sakura, divertida y curiosa por la vida matrimonial de su amigo.

-Su, verdad- se defendió Shikamaru, entre serio y bromista.

¿Amaba a Temari? Claro, por más que el compromiso entre ambos hubiera durado años, Shikamaru no se arrepentía de haberse casado con ella, pero ser sirvientes en un Palacio e intentar obtener indirectamente favoritismo a fin de sostener una especie de competitividad entre sí hacía aún más interesante su matrimonio, así que si; se amaban, pero en el ámbito laboral se llevaban como si fueran perros y gatos, divertido a decir verdad. Irrumpiendo en la conversación sostenida es que las puertas de la habitación se abrieron, haciendo que Sakura y Shikamaru fijaran su vita, siendo a Tenten entrar apresuradamente, ejecutando la debida reverencia, visiblemente agitada.

-Sultana, no sé cómo decirlo…- titubeo Tenten, más la Sultana Haseki le indico que prosiguiera y se explicara, -el Príncipe Yosuke tiene una crisis, grita que lo dejen ir al barco que viene a buscarlo, los jenízaros no pueden controlarlo, la medicina no surtió efecto esta vez- se expresó la pelicastaña, sabiendo que la Sultana Sakura querría hacerse cargo.

Bastaron solo un par de segundos de silencio, y que Sakura pensara profundamente las cosa antes de ponerse de pie, sujetándose ligeramente la falda para no tropezar. Habían pasado años desde aquella última vez en que Sakura recordaba haber visto a Yosuke, antes de que fuera encerrado nuevamente en los Kafer por orden suya, antes de que Baru ascendiera al trono, cuando muchas cosas parecían estar en su punto de inflexión, cuando había un porvenir positivo, los días en que su hijo era el Sultan del mundo. Todo había sido maravilloso, y luego…la devastación más absoluta, primero por la muerte de Itachi antes de la ascensión y luego por la brutal muerte de su primogénito, Baru. Tenía que dejar eso atrás, Yosuke no era culpable de nada y por ello es que por fin había llegado la hora de que volviera a estar ante aquel niño que había visto en el Harem en los primeros días de su llegada al Palacio Imperia.

-Intentare hacer algo, no le digan nada al Sultan a menos que no haya otra opción- ordeno Sakura, de forma incuestionable.

Sabía que Shikamaru y Tenten la seguirían y acompañarían en lo que sea que decidiera elegir, pero eso no era tan importante para ella, no como lo era iniciar de nueva cuenta con Yosuke, devolverles a ambos la amistad que había compartido en el pasado…


En el Palacio siempre había sirvientes y guardias para cuidar de todo minuciosamente, pero una persona contaba con una vigilancia sumamente estricta particularmente y esa persona era el Príncipe Yosuke, que a pesar de su estado delirante seguía siendo un miembro de la Dinastía Uchiha, alguien que había sido Sultan aunque fuera por un corto lapsus de tiempo, así que en tanto una crisis había sucedido es que la escolta jenízara fuera de los Kafer hubo dispuesto darle a beber la medicina que podía sosegarlo, pero esta vez desgraciadamente no había surtido el efecto deseado en lo absoluto, de hecho el Príncipe no cesaba de estar inquieto y eso era peligroso. Claro, como jenízaros podían detenerlo al menos por un tiempo, pero eso no significaba que fuese a regresar a la calma de un momento a otro.

-¡Déjenme! Soy un Sultan- protesto Yosuke, haciendo todo esfuerzo posible para liberarse de sus captures, -¡Suéltenme!, ¡Soy el Sultan Yosuke! Se los ordeno- demando el Príncipe sin disminuir su empeño.

Ninguno de los dos escoltas jenízaros pensó siquiera e cumplir esta "orden" ya que la jurisdicción de la vida del Príncipe Yosuke estaba bajo la autoridad del Sultan Sasuke y la Sultana Sakura; y ellos mismos, como miembros del ejército jenízaro, solo seguían órdenes lealmente, nada más. Ya que los escoltas jenízaros se encontraban al interior de la habitación intentando calmar a Yosuke, no significo problema alguno para Sakura abrió las puertas por su cuenta e ingresar en esa habitación como no lo había hecho jamás desde antes de que Yosuke fuera encerrado después de la muerte de Mei. No había visto otra vez al joven de veinte años que había sido manipulado por Mei, Obito y Rin; así que resulto algo extraño y singular para Sakura volver a ver el rostro de aquel Príncipe a quien había conocido como un niño en sus primeros días en el Harem, en los tiempos de la Sultana Mito.

-Yosuke- canturreo Sakura, llamando la atención del Príncipe.

La Sultana Haseki involuntariamente hubo captado la total atención de los jenízaros que en lugar de intentar sosegar al Príncipe solo se empeñaron en inmovilizarlo, contemplando a la Sultana que sostuvo en sus manos una bandeja de plata entregada por Shikamaru que permanecía de pie tras ella como un guardián. La voz dulce de aquella mujer extrañamente hubo tranquilizado a Yosuke, eso y la mirada cargada de empatía y amabilidad evocada en los brillantes orbes esmeralda de ella que le sonrió cariñosamente, ofreciendo la pequeño bandeja de plata que tenía en sus manos y que tenía castañas y avellanas en su interior...como si supiera que ese era su platillo favorito, como si lo conociera, pero Yosuke no era capaz de recordar quien era. Ninguno de los dos jenízaros hubo necesitado más que contemplar el sereno rostro de la Sultana Haseki para saber que ella tenía todo controlado y que ellos debían retirarse.

-Castañas…- reconoció Yosuke, infinitamente halagado por la "ofrenda".

-Sé que te gustan mucho- comento Sakura sin desvanecer la sonrisa de su rostro.

No podía ver a un peligro delante de ella, porque Yosuke solo era una víctima de la perversidad de sus enemigos, en el fondo un niño que aun residía en su alma, incapaz de comprender la frialdad, dureza y crueldad del mundo…algo que ella desearía poder hacer. Sakura siguió a Yosuke con su mirada, viéndolo sentarse sobre el diván, con la bandeja de castañas y avellanas en su regazo. Volteando de sola sayo, Sakura le indico a Shikamaru que se retirara, iba a encargarse de Yosuke ella sola, iba a garantizarle que todo estaba y estaría bien para él, siempre. En tanto escucho las puertas cerrarse, Sakura se sujetó ligeramente la falda antes de ocupar el lugar vacante en el diván, junto a Yosuke, en cierto modo fascinada por su locura y que le permitía ser ajeno de todo lo que ocurría, ser feliz a su propio modo y sin tener que llorar día tras día. En cierto modo lo envidiaba.

-Mi madre, la Sultana Mei, solía traerme castañas todo el tiempo- comento Yosuke con nostalgia, jugando con una de las castañas en sus manos, sin decidirse a seguir comiendo. -Ahora nadie me trae nada, se olvidaron de mí- concluyo el Príncipe tristemente, para sí mismo, antes de centrar su atención en la hermosa mujer frente a él y a quien no era capaz de reconocer. ¿Quién eres tú?- indago Yosuke, siendo incapaz de reconocerla.

Vestía hermosamente, como si fuera una Sultana y quizá lo fuera, más Yosuke no podía recordar haberla visto anteriormente; hermosa como pocas, con un rostro dulce y armonioso, brillantes orbes esmeralda que combinaba a la perfección con su piel blanca como el alabastro, y su largo cabello rosado que se encontraba impecablemente recogido tras su nuca, ensalzando aún más sus exquisitas joyas. Sakura bien podía haberse ofendido por esta pregunta, y de hecho le dolía que Yosuke no la recordara, pero entendía el por qué para tal motivo, pero no sentía molestia alguna al tener que explicar quién era, Yosuke había padecido tanto que…empezar de cero, era lo menos que podía hacer por él.

-Hace muchos años, cuando eras un niño, estabas en el Harem, querías tomar unas castañas que estaban cocinando para ti, ¿recuerdas?- planteo la Sultana, recordando con precisión aquellos primeros e inciertos días en el Palacio. -Te quemaste al intentar tomar una, estaban demasiado calientes- añadió Sakura, sin perder su sonrisa y buen ánimo.

-Sí, me dolió mucho, entonces tú llegaste y besaste mi mano, me sonreíste y animaste- recordó Yosuke, absorto en sus recuerdos, no pudiendo creer que quien estaba delante de él fuera la misma joven griega, la Haseki de su hermano mayor. -Sakura, ahora eres una Sultana- celebro el Príncipe, sonriéndole tanto como ella hacía con él.

-Me alegra que me recuerdes- sonrió la Haseki.

El mismo tono de voz amable y cálido al hablar, la misma voz melodiosa que equiparaba su propia belleza y una bondad que voluntaria o involuntariamente era expedida de ella con una naturalidad avasalladora, humildad, un carácter marcado pero que se mantenía oculto como las profundidades del mar…pero había más en ella; piedad, desde luego, generosidad, sacrificio, un dolor muy marcado y una tristeza que le daba un aspecto aún más vulnerable e inalcanzable de lo que ya de por si era. Era la misma chica griega que había visto en el Harem, pero en parte igualmente había cambios muy notorios en ella.

-Has cambiado mucho- reconoció Yosuke, pero no de forma negativa sino que todo lo contrario, -¿Cuántos años han pasado? No lo sé, pero sigues igual de hermosa que la primera vez que te vi- halago el Príncipe, provocando que Sakura bajara la mirada, agradecida por el cumplido, -pero si bien luces diferente, tus ojos no han cambiado, más…hay algo que falta en ellos, algo se perdió- reconoció Yosuke algo confundido por esto. Sakura de igual modo frunció ligeramente el ceño, no comprendiendo a que podía estarse refiriendo. -Tu inocencia, ya no veo a la misma chica en esos ojos- infirió el Príncipe, causando que la mirada de Sakura se empañara de tristeza al aceptar que él tenía razón. -Tu presencia me recuerda a alguien, a la Sultana Mito- comento Yosuke, hondando en el pasado.

Sakura levanto su mirada hacia Yosuke, asustada por este comparativo, sintiendo un torrente de hielo invisible que pareció deslizarse por sus hombros y espalda. Sabía que su inocencia se destruía más y más…primero por causa de Mito y como había tenido que olvidarse de su piedad y sentenciar su ejecución luego de que Sasuke lo hubiera decidido. Por Mei y Rin que le habían quitado a sus hijos Baru e Itachi y por las represalias que había tenido que tomar contra ella. Por causa de Naoko y Kisame que habían provocado la muerte Kagami y que tanto la había herido…pero fundamentalmente por causa de Sasuke; porque había condenado a todos cuanto amaba para que él sobreviviera, a su padre, madre, hermana e hijos, por la muerte de Rai había destruido la confianza entre ambos y que no hacía más que enemistarla más y más contra él a medida que pasaba el tiempo. Si, estaba avergonzada de muchas cosas con respecto a si misma, pero habían sido sacrificios necesarios y que ya no podía remediar; a pesar de todo ello no creía ser una mujer tan despreciable como ara ser comparada con la Sultana Mito. Yosuke debía de estar equivocado.

-No, estas equivocado- protesto Sakura, con un tono nervioso y preocupado en su voz, -la Sultana Mito era una mujer cruel, solo pensaba en ella misma, se enemisto con su familia, con su hija, con sus nietos, contra Sasuke y contra ti- alego la Haseki, defendiendo su punto.

-¿Pero, tú no has sido igual de brutal contra tus enemigos?- cuestiono Yosuke, sin afirmar ni negar los alegatos de ella. -Razones las hay y muchas, ¿Qué te hace diferente a la Sultana Mito?- pregunto el Príncipe, esperando su respuesta.

No había querido nada de lo que había sucedido; si, se había enamorado profundamente de Sasuke y aun lo amaba, pero no hubiera aceptado el poder, ni Sultanato de haber sabido que perdería a sus padres, a su hermana, que se apuñalaría el corazón a sí misma, que vería con incomparable dolor como sus hijos morían delante de ella…todo por una maldición a la que se había sometido como una joven ingenua y enamorada. Ciertamente había errado y mucho, pero no había pensado en ello al momento de su llegada al Palacio, al momento de alumbrar a sus hijos. Todos a su alrededor se empeñaban en volverla una Sultana, en cambiarla; incluso Sasuke lo había hecho. No había perdido su inocencia, se la habían arrebatado. En el fondo jamás había dejado de ser una esclava, y sabía que siempre seguiría siéndolo de un modo u otro.

-¿Crees que quise esto, Yosuke? No tuve otra opción, tu hermano ha decidido todo por mí, jamás he podido elegir- se defendió Sakura, no siendo capaz de considerarse una víctima, pero tampoco creyéndose una villana

-Mi hermano, se ha sentenciado a si mismo con sus propios crímenes- acepto Yosuke, sin negar que parte de lo dicho por Sakura era cierto, -pero tu estas permitiendo que te arrastre con él, has permitido que te corrompa, como sucedió con la Sultana Mito, ella se dejó corromper por el Sultan Madara- comparo el Príncipe, justificando el porqué de su analogía.

Ante esta explicación, justificada, Sakura no supo que decir, únicamente guardando silencio y preguntándose qué tanto había cambiado y como verían sus padres y hermana a la mujer que era ahora. No quería ser duro con Sakura, pero sabía lo suficiente de la Sultana Mito como para recordar haber oído la joven e inocente esclava que había sido al momento de su llegada al Palacio, olvidándose de su ingenuidad por causa de las artimañas de la Sultana Kaori-esposa del Sultan Tobirama-que la había odiado y vilipendiado desde su llegada al Palacio Imperial; ciertamente Sakura era una mejor persona, pero la trayectoria y la cima del poder era la misma, así que…¿Por qué engañarse? Sakura se había vuelto una Sultana tal y como lo habían sido otras mujeres, como su propia madre; la Sultana Mei.

-¿Dónde está mi madre?, ¿Y mi hermana, Rin?- consulto el Príncipe, confundido por la soledad a la que estaba sometido y que su hermano no podía explicarle. -Ya no me visitan, se olvidaron de mí, o acaso…¿Están muertas?- se aventuró suponer Yosuke, y el silencio de Sakura fue la respuesta que necesito para confirmar esto. -Tú las mataste- acuso el Príncipe.

La acusación de Yosuke tomo un peso desmedido para Sakura, que sintio como si su propio corazón se oprimiera por obra de una fuerza invisible, porque había hecho eso precisamente; por la memoria de Baru e Itachi es que había sentenciado que las vidas de Mei y Rin fueran tomadas. Quizá fuera lo justo, pero aun así esas no eran ideas que la antigua Sakura, la joven de la isla Tinos hubiera llegado a considerar…pero había cambiado desde aquella noche en que había vendido su suerte y su destino para que Sasuke pudiera sobrevivir, a conciencia es que se había despedido de su inocencia desde hace muchos años, solo para que luego todos a su alrededor la destrozaran parte por parte. Quizá aún existía un vestigio de su inocencia, pero no tardaría en desaparecer, eso era algo inevitable. De forma abrupta es que Sakura se sobresaltó, saliendo de sus pensamientos en tanto Yosuke tiro la bandeja con castañas al suelo, casi como si quemara en sus manos.

-Quieres envenenarme, ¿cierto? Viniste aquí para matarme- acuso Yosuke.

Pero Yosuke no le dio tiempo a explicarse, a defenderse, a decirle que estaba equivocado y que ella nunca lo lastimaría, porque se levantó del diván tan pronto como pudo, pegándose a uno de los rincones, casi como si ella fuera un peligro, sintiendo temor por su causa, deseando desaparecer y no volverse una amenaza para ella porque de ser así ella desearía deshacerse de él. Muchas veces había visto expresiones en los rostros de aquellos que habían sido sus enemigo, pero jamás el miedo…un miedo que a hizo sentirse como un ser repugnante, malvado, alguien que solo merecía la muerte. Tragando saliva de forma inaudible y conteniendo un sollozo que murió en su garganta es que Sakura se levantó lentamente del diván, avergonzada porque Yosuke no había dicho ninguna mentira se dirigió hacia las puertas que abrió por su cuenta, sin voltear ni una sola vez, dejando a Yosuke como si nada jamás hubiera sucedido, como si ella no hubiera estado ahí, como s no lo hubiera asustado involuntariamente. Dejando las puertas abiertas, —sabiendo que los jenízaros las cerrarían—la Sultana Haseki hizo abandono de la habitación ante la mirada de Shikamaru y Tenten que no tardaron en seguirla, observándose sutilmente entre sí por su semblante abatido y melancólico.

Nadie ha visto mis lágrimas, mi angustia, ni mi agonía, ¿Cuántas veces morí por causa del amor que sentí? Se preguntó Sakura a sí misma, perdiendo momentáneamente el equilibrio, recurriendo a la pared en su camino, apoyándose en ella bajo la preocupada mirada de Shikamaru y Tenten que se observaron entre sí, no sabiendo que hacer. La Sultana Cruel, la Madre Martirizada, hablaran tanto de mí, que fui cruel, que tolere injusticias…pero la verdad, solo la sé yo. Inspirando aire para serenarse a si misma, y ocultando su sufrimiento bajo una máscara de frialdad impenetrable es que la hermosa Sultan Haseki continuo con su andar sin volver a flaquear en su andar. ¿Qué importaba su sufrimiento? Ella podía soportarlo, podía cagar con ello, pero no se perdonaría ver sufrir a sus hijos. Ella estaba dispuesta a irse al infierno, pero sus hijos merecerían el paraíso, solo entonces podría vivir tranquila.

Solo yo conozco mis lágrimas


Un nuevo día iniciaba en el Palacio Imperial, o lo había hecho desde hace horas, puesto que Daisuke ya regresaba de la habitual reunión del Consejo y que había reiterado todo cuanto él ya sabía, nada de lo que extrañarse y sorprenderse. En tanto entro en sus aposentos encontró-como tanto le satisfacía-a Aratani que lo recibió con una sonrisa, incomparablemente hermosa como ninguna otra mujer, porque él solo tenía ojos para ella, porque era su Haseki y eso bien tenía su significado; su esposa legal, su única mujer, su única amante, la única mujer que tenía cabida en su corazón, en su cama y en su vida, eso significaba el título Haseki y no todas las Sultanas del Imperio podían gozar de llevarlo.

Diariamente se entretejían mucha expectativas palaciegas sobre la imagen estética de la elite gubernamental y social, era como un pandemónium en espera de criticar todo con sus ojos villanescos, más Daisuke se enorgullecía cada día al ver que tenía por esposa y Haseki a una mujer que sabía cómo lidiar perfectamente con ello y enamorarlo cada día más. La Haseki del Príncipe heredero se hallaba vistiendo unas hermosas galas aguamarina claro de escote cuadrado, mangas ajustadas hasta los codos y holgadas hasta casi cubrir las manos hechas en gasa semitransparente, y falda abierta bajo el vientre para exponer un vestido inferior, los bordes—a la altura de los hombros—y el borde superior del corpiño así como el área correspondiente al busto estaban pagadas de bordados en encaje plateado y ribeteado en diamantes para emular pequeños capullos y flores de cerezo que se repetían en el dobladillo de la chaqueta. Su largo cabello castaño se encontraba elegantemente recogido tras su nuca de forma impecable para exponer el siempre soberbio emblema de los Uchiha alrededor de su cuello, además del estilo y recogido de su peinad que resaltaba la elegante y femenina corona de oro, diamantes y cristales a aguamarina—a juego con un par de pendientes en forma de lagrima—que emulaba capullos de rosa, por no citar el la sortija que simbolizaba su matrimonio y que permanecía en su mano derecha, un diamante ámbar obre una cuna ovalada de diamantes. Una Sultana tanto en nombre como apariencia.

El por su parte vestía una sencilla chaqueta de seda color negro, —por obra de la usual túnica color negro de cuello alto y mangas ajustadas hasta las muñecas—con una serie de líneas color dorado que conformaban un patrón inentendible pero muy elegante, de cuello ato y cerrado con un serie de siete botones de oro en caída vertical hasta la altura del abdomen donde finalizaba la chaqueta, y con marcadas hombreras y sin mangas, pero bajo el final de la chaqueta iniciaba una especie de larga caída frontal hecha de seda color negro totalmente lisa y que permitía la visualización de los pantalones y botas color negro que usaba bajo la ropa.

-¿Qué tal la reunión?- consulto Aratani, sin dejar de sonreírle, apoyando sus manos en los hombros de él que la apego hacia sí, envolviendo sus brazos alrededor de su cintura. -Como sucedió tan temprano, he de suponer que fue importante- comento la Sultana, sin poder evitar ser curiosa.

-Los mismos debates acerca de los jesuitas, se teme que estén confabulando contra nosotros- se expresó Daisuke, alzando una de sus manos y acariciando cuidadosamente el rostro de ella, olvidándose d cualquier problema gracias a su presencia.

-Si son como los imagino, tardaran en actuar, no morderán la mano que les da de comer- opinó Aratani, encogiéndose de hombros ya que no habían novedades mediante las cuales inferir.

-Ahora no quiero pensar en eso- se opuso el Uchiha, causando que ella se fingiera molesta, haciendo un infantil puchero que solo lo hizo sonreír aún más, -solo en ti- murmuro Daisuke.

Inicialmente, la primera vez que había visto a Aratani; había supuesto que se trataba de una mujer más, hermosa sin lugar a dudas pero una concubina como tantas otras, pero aquella primer anoche entre ambo…cuando había descubierto que ella estaba enmarcado de él desde la primera vez que se habían visto, algo había latido n él, algo que no había sentido ni con Koyuki ni Midoriko. Un Príncipe y Sultan tenían lugar para muchas mujeres en su vida, no para una, ¿la razón? El amor estaba prohibido a los gobernantes, era una ley universal y no escrita, pero Aratani lo amaba y Daisuke se había visto atrapado en ese amor desde el primer instante, un amor que solo aumentaba con el pasar del tiempo, así como la belleza de ella y su propio deseo, porque no podía amar o desear a ninguna mujer que no fuese ella, no era una especie de impotencia, no, solo fiel deseo y amor hacía la única dueña de su corazón. Las miradas de ambos estaban entrelazadas por sus sentimientos, por el deseo y la necesidad que siempre despertaba en ellos y que los hizo ajenos de todo, que los hizo aproximar sus rostros…

-¡Sultana!

El repentino grito proveniente del exterior y que parecía acercarse rompió con la pasión del momento y de la cual estaban totalmente inmersos, haciendo que Aratani y Daisuke distanciaran sus rostros y dirigieran su vista hacia las puertas de los aposentos, desconcertados por el repentino grito, un par de segundos antes de que la puertas se abrieran y entrara una de las doncellas de la Sultana que se encontraba agitada, por lo vito había algo importante que decir, Más ni Daisuke ni Aratani podían suponer el que.

-Sultana, Alteza- reverencio la doncella con el debido respeto, -los Príncipes…- inicio con un tono de voz bajo, pero lo bastante audible para que el Príncipe Heredero y u Haseki lo escucharan.

Estas palabras fueron lo único que la mujer necesito decir para que tanto Daisuke como Aratani abandonaran la habitación tan prontamente como les fue posible, con el alma en vilo. Lo que sea que les estuviera pasando a sus hijos no podía ser bueno, en absoluto…


La cama estaba cubierta por un fino cortinaje de gasa y encaje blanco, obstruyendo parcialmente la visión de los dos infantes que llegaban a delirar a causa de la fiebre. Aratani, de pie a su lado al igual que él contemplaba aquella dolorosa imagen con el alma en vilo, y los ojos enrojecidos por causa de las lágrimas, porque semejante grado de fiebre en unos niños tan pequeños pocas veces era superado sin secuelas o sin la fatídica posibilidad de sucumbir a la muerte. Daisuke por su parte sentía como si el corazón se le fuese a detener de un momento a otro…ya había perdido a dos hijos una vez y ese doloroso recuerdo aun lo acompañaba, ¿Cómo volver a padecer ese dolor? No se creía capaz de resistirlo, no por una segunda vez. Oro silenciosamente porque el doctor C, que debidamente preparado examinaba a los pequeños Príncipes, garantizara que Baru y Kagami iban a recuperarse…que no iba a perderlos.

Las puertas de la habitación se abrieron repentinamente, provocando que Aratani dirigiera su atención hacia la Sultana Sakura y la Sultana Shina que ingresaron a la habitación visiblemente agitada, seguramente informadas por la noticia que a ellos en lo personal los torturaba minuto a minuto. La mirada de Shina se dirigió de Aratani-tremendamente pálida y vulnerable-a la cama donde sus dos pequeños sobrinos eran examinados por el doctor C, y que no parecían encontrarse nada de bien aun cuando el cortinaje ya de por si contribuyera en obstruía la visión de aquellos ajenos a los límites de la cama.

La Sultana Haseki vestía unas sencillas galas azul oscuro, de escote redondo y mangas hasta los codo y que pasaban desapercibidas de no ser por parte de la falda que además del escote era parre de lo único visible; por sobre el vestido una chaqueta de encaje celeste, de cuello alto y que conformaba un escote rondo por obre le vestido, cerrada hasta la altura del vientre y de mangas holgadas hasta la altura de las muñecas, el encaje dispersos sobre la tela—especialmente en el borde del cuello, entro del pecho y el dobladillo de la falda—era exquisito, ribeteado en diamantes y cristales, así como pequeños zafiros y topacios que brillaban contra la luz. Su largo cabello rosado se encontraba impecablemente recogido tras su nuca, únicamente adornado por una hermosa pero sencilla corona de oro en forma de espinas, decoradas con cristales y zafiros, con un dije central de oro en forma de rosa con un zafiro en su centro, todo a juego de un par de pendientes de cuna de oro en forma de lagrima con un zafiro homólogo en su centro y de los cuales pendían un par de cristales turquesa en forma de lagrima.

Por otro lado, la Sultana Shina vestía unas sencillas galas esmeralda de escote redondo, sin mangas y de las cuales eran visibles parte del escote y la falda ya que por sobre estas galas se hallaba una chaqueta superior de igual color, solo que ligeramente más brillante, de escote redondo,-con seis botones de oro en caída vertical hasta la altura del vientre—pero bajo y en cuyo centro del corpiño se encontraban una serie de bordados de hilo de oro que continuaban hasta dividirse a la altura del vientre donde se abría la falda para enmarcar el dobladillo de la tela, la mangas eran ajustadas hasta los codos, enmaradas por un margen de bordado de hilo de oro donde continuaban unas mangas de gasa holgadas y semitransparentes que cubrían las manos. Alrededor de su cuello se encontrada una cadena de plata con un dije de cristal en forma de lagrima, a juego con un par de pendientes de oro y cristal en forma de lagrima. Su largo cabello rubio castaño se encontraba impecablemente recogido tras su nuca, exponiendo así u cuello y resaltando con mayor facilidad una corona de oro, esmeraldas y cristales verde jade que coformaban una estructura en forma de espinas pero con una elegancia muy significativa.

-Sultanas- reverencio Aratani, con un halito de voz.

Si bien Sakura estaba preocupada por la fragilidad de Aratani, y aún más por la condición de sus nietos, —luego de que Ino le hubiera informado lo que pasaba—quien verdaderamente la preocupaba era Daisuke que seguía dándole la espalda y que con lentitud y pesadez volteo a verla. Abatido, así aprecia estar, pero con solo ver los ojos de su hijo es que Sakura corroboro que era más que eso; sentía miedo, miedo y desesperación, pánico ante la idea de volver a perder a uno de sus hijos o a ambos. Ella comprendía lo que significaba perder a un hijo; había perdido a cuatro de ellos, tres biológicamente suyos y uno al que había criado como tal, a Midoriko que había sido otro miembro más de la familia y a sus dos pequeños nietos Sasuke y Mikoto, por todo ello es que Sakura comprendía el sufrimiento por el que Daisuke estaba pasando y la clase de temor justificado que sentía. Porque perder a un hijo significaba morir lentamente cada día.

-Madre…- Daisuke imploro el apoyo de su madre que, de ipso facto, se sujetó de sus hombros, acariciando una de sus mejillas.

A la par fue que el doctor C concluyó su examen, cambiando los paños húmedos en las frentes de los pequeños Príncipes antes de levantarse de la cama, reacomodando el fino cortinaje y rodeando la cama para estar en presencia de las Sultanas, el Príncipe y la Sultana Haseki. Sakura depositaba su completa fe en el doctor C, ya que había tratado al propio Sultan durante la viruela que había azorado al Palacio, y si había alguien que pudiera tratar un caso así de repentino y encontrar una cura donde nadie más podía encontrarla…esa persona era el doctor C. Todos eran más que conscientes de su fama y experiencia médica. No tenía por qué dudar de él.

-¿Qué es?- consulto Sakura, ansiosa por saber si la condición de sus nietos era grave o no.

-Fiebre Sultana, una especie de peste- esclareció el doctor C.

-¿Hay una cura?- demando la Haseki, in perder premura, y deseando tranquilizar a su hijo.

-Ya he hecho todo lo que se podía hacer, Sultana, ahora solo podemos esperar- se resignó el doctor, -Kami mediante, no tendremos que prepararnos para lo peor- oro el medico únicamente, incapaz de poder hacer algo más.

Recibiendo un asentimiento por parte de la Sultana Haseki que trago saliva inaudiblemente es que el doctor C hubo recibido el permiso para retirarse y aprovisionar todo el instrumental que necesitaría para seguir tratando a los Príncipes, reverenciando a todos los presentes para hacer abandono de la habitación. El silencio reino en la habitación indefinidamente, provocando que la incertidumbre más grande instalara en los corazones de todos, no por la preocupación que significaba la muerte de dos miembros del Imperio, sino que dos niños, dos hijos, sobrinos y nietos; una perdida humana importante en su significancia, como familia.

-¿Y Sumiye y Risa?- consulto Shina, preocupada por sus sobrinas en caso de que…inevitablemente no pudieran salvar a sus sobrinos.

-Ellas están bien, Sultana- procuro Aratani con el debido respeto, pero igual y permanentemente frágil, -la Sultana Sarada está cuidándolas, ella y la Sultana Izumi- tranquilizo la pelicastaña.

Ya que era formalmente la Sultana Haseki del Príncipe Heredero es que Aratani podía sentirse plena al contar con el apoyo de la familia Imperial en su totalidad, y una prueba de ello era el continuo apoyo de las Sultanas que siempre estaban pendientes de ella y con quienes de su llegada al Palacio había establecido una relación casi equiparable al afecto que unas hermanas podía tenerse entre sí. Que sus nietas estuvieran a salvo y completamente sanas era un peso menos sobre el corazón de Sakura que devolvió su atención hacia Daisuke, era él quien la preocupaba enormemente porque si bien era fuerte…igualmente podía ser tan frágil como el cristal más delgado del mundo.

-Madre, no puedo soportarlo- sollozo Daisuke, estrechando las manos de su madre entre las suyas, -una segunda vez, no…- el Uchiha no fue siquiera capaz de terminar la frase, bajando la mirada y apretando fuertemente los ojos.

Daisuke sentía como si pudiese morir de un momento a otro, como si se estuviera ahogando en su propia sangre. Había sufrido en demasía al momento de la muerte de sus hijos Sasuke y Mikoto por no haber podido despedirse de ellos…y esta vez sentía algo incluso peor, como si no pudiera despedirse de sus hijos, como si ni siquiera pudiera estar en el funeral de ellos…como si algo fuese a postergar que ni en vida ni muerte pudiera concluir con su labor de padre. Era un presentimiento extraño pero lo tenía, y si algo había aprendido con el pasar del tiempo es que en ocasiones la mejor forma para evitar un problema era dejarse llevar por las corazonadas, presentimientos e instintos. El Uchiha no supo si fue por causa de sus pensamientos que comenzó a sentirse más y más, como si algo le estuviera quitando minuto a minuto las fuerzas.

-¡Daisuke!- advirtió Aratani.

La advertencia de Aratani no fue innecesaria ya que Daisuke inesperadamente se desplomo sorpresivamente sobre el suelo, inconsciente, alarmando tanto a esposa, como a su madre y hermana que sintieron como si su corazón se hubiera detenido bruscamente ante esta repentina instancia que no pareció tener justificación.

-¡Hijo!- jadeo Sakura, cayendo de rodillas, apoyando la cabeza de su hijo en su regazo, -Daisuke, abre los ojos, por favor- suplico la Sultana, con su voz quebrada por el miedo y la desesperación. La mirada de Sakura descendió al cuello de la chaqueta de su hijo, esperando que eso lo ayudar a respirar mejor, pero lo que Sakura vio no la tranquilizo en lo absoluto…las mismas diminutas manchas en la piel de sus nietos se encontraban igualmente plasmadas en el cuello de Daisuke; él también estaba enfermo.

-No…- sollozo Shina, profundamente asustada.

El Imperio ya corría peligro por causa de la frágil salud de Baru y Kagami que eran los heredero directos del que había de ser Sultan tras su padre, pero si Daisuke moría…Kami los librase de ese futuro; nadie estaba más capacitado que Daisuke para heredar el trono, Shisui no estaba capacitado en lo absoluto para ser Sultan algún día, su personalidad era demasiado voluble y su posible neurastenia representaba el mayor de los impedimentos. No…si Daisuke moría, Kami no lo permitiese, el Imperio estaría al borde del colapso absoluto, no podían volver a pasar por algo así como ya había sucedido en el pasado, ante de su nacimiento y eso su madre lo sabía bien. Perder a Daisuke era algo que Sakura no podría soportar, no se rendiría con él, jamás.

-Guardias- llamo la Haseki, provocando que de ipso facto las puertas se abrieron, permitiendo la entrada de los dos leales jenízaros que reverenciaron debidamente a las presentes, -traigan al doctor C, rápido- ordeno Sakura.

De inmediato e que los jenízaros se retiraron, cerrando las puertas tras de sí, permitiendo así que la habitación reinstaurara el silencio más absoluto y que hubo llenado la estancia en apenas un par de segundos.

Si el Príncipe Heredero moría, el Imperio se sumiría en la guerra civil.


La muerte no podía evitarse, tarde o temprano siempre tomaba la vida de alguien amado, y así como Aratani recordaba con tristeza lejana las muerte de sus padres en su infancia es que ahora Kami había tomado la vida de sus hijos, y lo aceptara o no es que ahora se hallaba en la cripta Imperial; rezando por sus almas, pidiéndoles que la esperasen hasta que la providencia permitiese reencontrarse todos juntos, como la familia que eran. La propia Haseki del Príncipe Heredero, sus pequeñas hijas Sumiye y Risa así como su sequito—compuesto por dos leales doncellas—vestían impolutamente de negro como dictaba el luto cortesano y que era regido con infaltable responsabilidad, aún más Aratani que era quien había perdido a sus dos hijos. La Sultana era una imagen muy triste de contemplar, ataviada en luto a sus veintitrés años cuando otras mujeres disfrutaban de la vida despreocupadamente. Una extraña premonición de lo que se avecinaba para cualquier miembro de la Dinastía.

La figura de la Sultana era cubierta por un sencillo pero riguroso vestido de seda color negro, de escote corazón y cerrado desde el escote al vientre por una seguidilla de ocho pequeños botones de igual color, y mangas ajustadas hasta los codos; pero del cual solo eran visibles las mangas y la falda por obra de una especie de chaqueta o abrigo superior hecho de tafetán ribeteado en encaje color negro, igualmente de escote corazón—con seis botones de diamante en caída vertical hasta la altura del vientre donde se abría la falda par exponer el vestido inferior, y mangas holgadas y abiertas de los hombros para exponer igualmente las mangas inferiores. Su largo cabello castaño, plagado de rizos, se encontraba prolijamente recogido tras su nuca y cubierta por un velo que era sostenido por una sencilla pero correcta corona de plata recubierta por cristales piedras de ónix a juego con su ajuar de luto, y únicamente acompañada por un par de pendientes de diamante en forma de flor de cerezo con un diminuto cristal en forma de lagrima, y emblema de los Uchiha sostenido por una fina cadena de oro; alrededor de su cuello.

-Madre, ¿Dónde están mis hermanos ahora?- curioseo Sumiye, sin encontrar a sus hermanos a su alcance.

-Kami los ha llamado a su lado, al paraíso- arrullo Aratani, cargando a su hija entre sus brazos, -estamos aquí, para orar por ellos y…transmitirles nuestro amor incondicional- explico la Sultana, dirigiendo su mirada hacia los pequeños ataúdes en cuyo interior se encontraban sus pequeños hijos.

No era prudente involucrar a una niña tan pequeña en el tema de la muerte y el luto, más Aratani comprendía que era inevitable, tos en algún momento habrían de seguir el mismo destino y sus propias hijas debían de entenderlo…aun cuando Risa-en brazos de una de sus doncellas-fuese demasiado pequeña para comprenderlo, pero Sumiye por otro lado si era lo bastante madura-mentalmente-como para comprender lo que eso significaba y que cembro momentáneamente el miedo en su corazón. No volvería a ver a sus hermanos, eso estaba claro, ahora ellos formaban parte de los decenas de féretros forrados en seda y ribeteados en oro que conformaban la cripta...si, puede que pudiera aceptarlo y recordarlos con amor y nostalgia, pero temía que algo así le sucediese a otro de los miembros de su familia.

-Mami, ¿Mi padre también morirá?, ¿Risa, tu y yo nos quedaremos solas?- se preocupó Sumiye, no vislumbrando un futuro feliz ni para su madre, ni su hermana ni ella si eso sucedía.

Las puertas de la cripta se abrieron, permitiendo que lady Yugito-la doncella de la Sultana Izumi-escuchara estas palabras siendo que había aparecido para acompañar a la Sultana Aratani y a las Sultanas Sumiye y Risa. Estas palabras provocaron inevitablemente que Yugito se llenara de congoja ante la tristeza que evocaba una pequeña de solo tres años y que ya tenía que contemplar como es que su vida se asociaba irremediablemente con la muerte. Sus hermanos habían muerto por la peste y su padre seguía enfermo, aun si ser capaz de recuperare, casi como si supiera la desoladora noticia que iba a escuchar en tanto estuviera bien para saber qué había pasado mientras se había encontrado enfermo. Pero fuera como fuere, Sumiye no quería perder a su padre, no quería que su madre estuviera tan triste como parecía estarlo su abuela que pee a su hermosura siempre intentaba sonreír, pero no era del todo sincera. ¿Era esa la vida que le esperaba a ella como Sultana?, ¿Estar permanentemente triste y perder a quienes amaba?

-No, no mi amor, tu padre no va a morir, no nos dejara solas- prometió Aratani, besando la frente de su hija.

Lo cierto es que Aratani no estaba siendo totalmente sincera; peligros enormes rondaban en cada lugar todo el tiempo, y muchos; entre ellos el propio Sultan. Ya había perdido a sus padres, ahora a sus hijos, y de igual modo que su hija temía que el siguiente en desparecer de su vida no fuese otro que Daisuke, porque sabía bien que, en ocasiones-tal y como había sucedido con el Príncipe Kawarama, primogénito del Sultan Hashirama y la Sultana Kaede-el Príncipe que parecía idóneo para el trono, moría antes de alcanzarlo.

La vida nunca era segura para nadie.


El doctor C había garantizado que, contrario a los pequeños y ya fallecidos Príncipes Baru y Kagami, el Príncipe Daisuke se recuperaría, en su caso la fiebre había desaparecido hacía ya un par de días, y en tanto despertara tendrían la prueba concluyente de que su vida no corría riesgo alguno, eso era aquello que Sakura más deseaba, que su hijo despertase, porque no podía tolerar la idea de perderlo eso era demasiado para ella, para sus hijas, Shisui, sus nietas y para Aratani. El tiempo del luto ciertamente ya había pasado, pero si la Sultana Haseki vestía—aunque fuera parcialmente—del riguroso negro que simbolizaba el luto, era porque su corazón se lo pedía, y ante esto nadie tenía derecho a decir lo contrario, ni siquiera el Sultan. Lucía pálida y desolada, no había abandonado su lugar junto a su hijo mientras se encontraba enfermo, delegado sus responsabilidades a sus hijas, pena y comiendo, únicamente alejándose de él para cambiarse de ropa y bañare, pero para nada más. Había perdido tanto que...perder a Daisuke era lo peor que podía imaginar su corazón, porque Daisuke era el centro de su vida, él era el futuro, ¿Qué sería su vida sin su sol? Sin Daisuke ya nada sería importante para ella, del mismo modo que sucedería si perdía a su tesoro; a Shisui. Para una madre no existía nada peor que perder a un hijo, y cuando se perdía tanto como ella había perdido…de temía perder lo poco y nada que aún seguía formando parte de su vida.

Un halagador vestido de seda color rojo ribeteado en encaje cubría su figura, de escote corazón y falda favorecedor, mangas ajustadas hasta las muñecas y ligeramente transparentes, pero el vestido pasaba a segundo plano por la chaqueta superior de terciopelo color negro que marcaba el luto que evocaba el corazón de la hermosa Sultana; sin mangas, enmaradas a los costados del corpiño y creando una falda superior, cerrada frontalmente por cinco líneas de seda o cordones que en cada extremo se pegaban a la tela por un par de botones de oro. Alrededor de su cuello se hallaba una gargantilla de oro de la cuan pendían una infinita cantidad de cristales ónix en forma de lagrima, y a juego un par de pendientes con forma de rosa y de la cual pendían dos cristales de ónix en forma de lagrima. Su largo cabello rosado se encontraba elegantemente recogido tras su nuca, exponiendo más fácilmente su cuello, y resaltando la corona de oro recubierta por ónix en un estructura inentendible pero hermosa, aquella corona que siempre lucia cuando estaba de luto, y finalmente la sortija de las Sultanas en el dedo anular de su mano derecha.

Contraria a su madre y mucho más inquieta, paseándose de un lado a otro como leona enjaulada se encontraba Mikoto, apretándose las manos nerviosa y ansiosamente. Su figura era cubierta por un sencillo vestido azul oscuro, de escote redondo y mangas ajustadas hasta los codos, abiertas frontalmente como lienzos de seda; por sobre el vestido se hallaba una chaqueta de encaje sin joya alguna que la adornase, de cuello alto y cerrado, sin mangas y que se abría bajo el vientre para así exponer la falda del vestido bajo la chaqueta que el conjunto con el tono oscuro del vestido le daba un aspecto ligeramente enlutado, justo como su madre. Su largo cabello se encontraba impecablemente recogido tras su nuca, creando una imagen aún más hermosa y rigurosa, al mismo tiempo, sin que nada impidiera la visibilidad de su hermoso rostro, sobre su cabeza se hallaba una sencilla corona de oro en forma de pequeños capullos de jazmines que sostenía una cadena de oro que mediante una caída en V dejaba caer un topacio en forma de lagrima sobre su frente, a juego con par de pendiente de cuna de oro con un topacio homólogo en forma de lagrima.

La luz se filtraba por la ventana, eso fue lo primero que noto Daisuke entreabriendo los ojos y viendo a su hermana caminar como si estuviera molesta o nerviosa por algo, y al levantar la vista vio a su madre que le sostenía la mano y que oraba silenciosamente por su seguridad, ese cuadro permaneció clavado en su mente, evocando un viejo recuerdo del pasado cuando había regresado de su primera campaña militar tras acompañar a su padre, habiendo ocultando una herida que al infectarle lo había hecho sucumbir ante la fiebre, y cuando había despertado, ya recuperado…su madre estaba ahí para él, tal y como ahora.

-Madre…- murmuro Daisuke, tragando saliva para aclararse la garganta.

-Mi sol- sonrió Sakura, acariciando el rostro de su hijo, dedicándole una radiante sonrisa, con sus ojos inundado de lágrimas de felicidad y tristeza al mismo tiempo.

-Todo está bien, hermano, sobreviviste- tranquilizo Mikoto, con una sonrisa en su rostro, pero igualmente triste por lo que su hermano habría de saber, más feliz porque Kami no hubiera decidido separarlas de él. -Kami fue misericordioso con nosotros- agradeció la pelirosa, considerando lo sucedido una decisión más allá del entendimiento humano.

-¿Y mi hijos?- consulto Daisuke, no pudiendo evitar ocultar su inmediata preocupación, irguiéndose con ayuda de su madre para poder sentarse y no encontrarse tan débil.

Mikoto no supo que decir antes esto, desviando su mirada hacia su madre que bajo la mirada únicamente; a modo de respuesta, sin soltar las manos de su hijo. Aratani estaba sola en sus aposentos junto a Sumiye y Risa, consolándose a sí misma por órdenes de la Sultana Sakura, y nadie se atrevía a oponerse, en solo unos días había tenido que lidiar con mucho y merecía recuperarse. Las mentiras nunca eran algo provechoso o exitoso, y Mikoto sabía que su hermano merecía saber la verdad, más decirlo no era tan fácil como hacerlo, menos cuando se trataba de alguien como Daisuke que—solo comparable con su madre—había perdido tanto.

-Mis condolencias, hermano- declaro Mikoto con tristeza, bajando la mirada.

Las palabras de Mikoto resonaron contra su mente, como algo que no podía ser real, como si aún estuviera delirando por la fiebre, como si aún tuviera que despertar en cualquier momento, y quería hacerlo porque aquello debía de ser una mentira…no podía haber perdido a sus hijos, no por una segunda vez. Prediciendo la reacción de Daisuke es que Sakura lo abrazo, contra su pecho, haciendo que su hijo reposar su cabeza contra su hombro, acariciándole la espalda, y consolándolo con sus palabras cargadas de amor, conociendo lo que significaba la perdida de propia mano, y permitiéndole a Daisuke llorar como jamás recordaba haberlo hecho en su vida, ni siquiera cuando habían muerto Midoriko, Sasuke y Mikoto. Consolando a su hijo, Sakura se hizo una pregunta a si misma, y a la propia providencia:

¿Cuándo terminarían las perdidas?


PD: hola a todos, había prometido actualizar este fin de semana y lo cumplí tan pronto como pude recomendando este video para quienes quisieran saber más o menos que pasara ene l futuro de Sakura : Youtube watch?v=SXacuxQaekU :3 la actualización nuevamente esta dedicada a DULCECITO311 (cuyos comentarios adoro, garantizando actualizar el fic "La Bella & La Bestia" a finales de la próxima semana, ya que tendré que ocuparme de algunos asuntos personales :3), a Adrit126 (nuevamente pidiendo paciencia con respecto a su fic: "El Emperador Sasuke", ya que es una historia difícil de desarrollar :3)y a todos aquellos que siguen la historia en todas sus formas, sin excepción. Si tienen alguna sugerencia con respecto a series o películas que quieran como adaptaciones, apreciaría que la aportaran, recordándoles que este fic, y los otros que hago, son por y para ustedes :3 los amo, cariños, besos, abrazos y hasta la próxima.