Está lloviendo, hace frío, y hoy eliminaron al Real Madrid, así que mi ánimo está por las nubes, por lo general soy un sujeto que vive la vida de una manera bastante afable y feliz. No me gusta mortificarme por cosas triviales, pero si hay algún facto, externo o interno que facilite esa comodidad, bienvenido sea.

Esta historia, es uno de esos factores, y lo bueno es que no tuve que salir a buscarlo a ningún lado. La hice yo, una cómoda noche de Diciembre, mientras pensaba: "¿Qué pasaría si convierto a los personajes de Resident Evil, en adolescentes?"; ya conocen el resultado.

El suelo se deshizo como una alfombra que es removida con rabia, dejando una estela de humo lo suficientemente espesa, como para cortar la respiración y matar de asfixia a un niño. Todos se vinieron abajo por lo que era una especie de tobogán de muy mal gusto, cuyo trayecto hasta el nivel de subsuelo, fue más corto de lo que todos creían.

El que sufrió las peores consecuencias del deslave, fue Edgar Redfield quién después de todo este despelote, seguramente quedaría pidiendo a gritos una nueva columna…

Aterrizaron sobre un terreno áspero y seco. Lleno de mohín y polvo. Poco amigable al tacto. Los escombros dificultaban identificar aquel recinto, que muchos creían podía ser una de las famosas catacumbas secretas de las que tanto se había hablado en esos documentales de Don Wildman, sobre ciudades ocultas y esas cosas.

Lo que era más importante, Jessica ahora contaba con una capa de camuflaje perfecta y aparentemente endógena, que la protegería de los cancerberos de Wallace, al menos durante unos minutos.

-¡No la pierdan de vista! – Gritó eufórico el padre de Barry - ¡La quiero en un reformatorio, ya!

Aquellas palabras parecieron hacer mella en sus hombres y también en la morena, que soltó bufidos de mal gusto desde algún lugar en las inmensidades de la oscuridad. El eco de la enorme habitación, dificultaba de sobremanera, encontrar ese punto exacto desde el cual ella estaría maquinando algo seguramente horroroso.

Jill se aferró al brazo de Chris, quién ahora se hallaba con las manos desatadas, posiblemente gracias al impacto… Más pronto que tarde, repararon en la ausencia de Carlos y esto los alertó aún más.

-¡Billy! – Llamó Chris.

El futuro marine, se zafó del agarre de Rebecca de la forma más sumisa que pudo, encontrando poco resistencia en lo que ella consideró, era algo que solo ellos podían hacer.

-Tenemos que internarnos ahí. Llamaría a Barry, pero está claro que no va a poder llegar muy lejos en ese estado – El pelirrojo no había tenido oportunidad de siquiera apearse de la dichosa camilla. De hecho entre la batería de helicópteros que sobrevolaban el perímetro del colegio, podían apostar que el bueno de Barry Burton, seguiría amarrado con cuerdas y mecates, en contra de su voluntad en una de las camillas. A Chris no se le haría de extrañar que su amigo estaría armando un escándalo tremendo, para que lo dejaran bajar y ayudar, pero a diferencia de un partido de baloncesto o de fútbol americano, esto era una operación encubierto de un equipo de la S.W.A.T., y no podían ser tan permisivos con un chico que ni siquiera tenía licencia para conducir.

-Jessica no nos hará nada, o al menos no se arriesgará a hacerme daño. Lo sé. No confío en el cociente intelectual de Oliveira, y estoy seguro de que ella le habrá dicho que me hiciera esa tortura tan ridícula, a cambio de no lastimarme.

Jill enarcó una ceja… ¿Tortura ridícula? ¿Entonces después de todo por lo que ella había pasado, él no estuvo sufriendo, en realidad?

-No me mires así, Linda – Le contestó en el acto Chris – Si no fingía demencia, posiblemente Carlos saldría de sus cabales.

-Pues he de admitir que eres un buen actor – Le devolvió con molestia.

A pesar de ser un sujeto que tenía buen gusto para elegir las palabras, tenía que aceptar que de vez en cuando, Jill podía ser bastante necia.

Ante esas escenas, el chico de diecisiete años tenía un remedio perfecto: Tomarla dramáticamente por la cintura, darle una vuelta como una bailarina y dejarla a tan solo centímetros de su rostro. Ella quedaba callada en el acto y él la tenía lo suficientemente cerca como para sentir su pausada respiración y sus ojos que eran incapaces de parpadear por la impresión y posiblemente también por el encantamiento.

Le clavó un beso que se impregnó con fuego en sus labios y con eso, Jill quedó lo suficientemente atontada, como para olvidar su acceso de creciente furia por momentos y dejar partir a los adolescentes.

Los adultos no podían darse cuenta. Por obras del azar, habían quedado lo bastante alejados de su campo visual, como para no percatarse de lo que habían planeado los chicos.

Jill salió de su ensoñamiento tan pronto sintió el tacto de la fría mano de Rebecca en su mano derecha y la de Kathy en su mano izquierda. Ambas nerviosas y temiéndose lo peor. Habían tenido a Jessica a pedir de boca a tan solo unos minutos y ahora estaban jugando a las escondidas con ella.

La atronadora voz que otrora, habría desarrollado en esos oscuros y profundos pasajes, olvidados por el hombre donde este autor, tuvo la desfachatez de tirarla a ella y a otros cuatro colegas, resonó por toda la habitación, sin necesidad de ningún parlante o altavoz.

-¡Rema, rema, rema… Rema sin parar!

Chris y Billy, internados en una negrura espectral, sintiendo que entraban en las entrañas de la galaxia gobernada por algún ente cósmico-maligno, en la inmensidad ignota de una fosa volcánica submarina, tan profunda y amenazante como Las Marianas, oyeron ese sonido más cerca que cualquier otro oído presente en aquel rectángulo, pero no se detuvieron, y eso, fue precisamente lo que los llevó a la primera respuesta de la noche.

Fue un toque suave, si se quiere algo esponjoso. Chris hacía un esfuerzo tremendo dentro de sí, para identificar aquello; y mientras más tiempo pasaba palpándolo, más seguro estaba, de que no sabía qué diablos era.

-Billy, ven a echarme una mano.

Guiado por el susurro de su compañero, Billy Coen no tardó en encontrar la fuente de las interrogantes de Chris y aunado al hecho de que no se manejaba bien en la oscuridad, no tardó mucho antes de entrar en un bache de confusión tan o más profundo que el de su propio compañero.

-¿Qué crees que sea? – Preguntó Chris.

-Algo suave, nada que haya pertenecido a este sitio desde el principio. Eso seguro – Respondió Billy.

-No debe estar vivo, ya habría reaccionado – Inquirió Chris.

-O puede que alguien lo haya puesto aquí, solamente para confundirnos – Sugirió Billy.

-Tal vez no puede responderles con una patada en los testículos, porque está amordazado de piernas y brazos, zopencos – Agregó Leon.

-Calla, Leon – Repuso con fastidio Chris – ¿No ves que estamos tratando de resolver un misterio?... ¿Leon?

-¡Él mismo!

Los chicos no podían creerlo. O quizás sí, pero era demasiado bueno para ser cierto. Habían encontrado a Leon, lo que seguramente, también conduciría a…

-¿Chris?

-¡Claire!

-¡Claire!, Dime dónde estás hermana. Billy, ayúdame a encontrarla. ¡Hey! – Desesperado, Chris intentó llamar la atención de los equipos especiales o de cualquiera con la suficiente fuerza y las herramientas adecuadas para ayudarlo a obtener una panorámica adecuada de la situación de su hermana menor y de su novio.

-¡Apunten las linternas aquí! – Dijo Billy de forma eufórica.

Los focos circulares de destellos dorados se enfocaron todos en el par de jóvenes rescatistas que padecieron los efectos de haber estado tanto tiempo tanteándose en la oscuridad a ciegas y a su suerte. Tardaron sendos segundos en recuperar la visión y lo primero que vio Chris, fue el rostro de horror de su hermana y la careta de furia de Leon, que parecía un animal enjaulado que acababa de ver a su domesticador pasar a escasos centímetros de él, y trataba con una fuerza noble, pero bastante bruta y violenta, escaparse de los agarres que lo mantenían sujetado a la pared a él y a su novia, con el fin de ir a destriparlo.

¿Qué diablos les pasaba? ¿Acaso estarían molestos por haber demorado tanto en encontrarlos? ¿Era eso?

-Chris…

El tono poco alentador en la voz de Jill, advirtió lo peor en Chris, que con temor a presagiar el código del registro vocal de su novia, fue volteándose lentamente, con la boca y los ojos bien abiertos, hasta obtener un perfil perfecto de la situación.

Eran cuatro, Jessica, Carlos y dos chicas, una rubia de ojos saltones y una morena alta y con el cabello enmarañado; desconocidas por completo para él y estaba seguro que también para los demás.

Estaban rodeados por agentes con fusiles en mano, aunque Chris sabía de sobra que ni ellos, ni el corpulento Wallace Burton, se atreverían a tirar del gatillo, ni en el peor de los casos. Por más enfermos que estuvieran, seguían siendo adolescentes. Niños, para los adultos en circunstancias favorables.

Pero eso no parecía importarles en lo más mínimo. Jessica, a la cabeza del grupo, sonreía con su característica mueca de odio e ironía, como dándose por enterada, que los tenía a todos, colgando de los hilos de su maquiavélica y confabulada obra de marionetas.

En el centro, incapacitada de todo movimiento por sus dos captoras, Ada Wong permanecía arrodillada, aparentemente inconsciente, lo cual era discutible, pues Rebecca creyó haberla visto cabecear en uno o varios momentos. Al nivel de su nuca, una aguja, con un líquido rebosante y amenazante, burbujeando desde la punta del afilado utensilio quirúrgico, implicaba las consecuencias que podría tener, una arremetida en contra de los captores.

-Joey no fue ningún idiota, o al menos supe sacarle provecho, hasta el último momento – Dijo Jessica – Pero su historia no es importante. Quizás, salvo por el hecho de que él fue uno de los principales artífices para que nosotros lográramos escapar de esta fría y podrida tumba en la que están ahora… ¿Quieren verla? ¿Desean conocer el sitio al que Bidden manda a los sujetos que él considera defectuosos a morir?

De no haber sido, por las pocas posibilidades que tenían y del enorme riesgo que suponía contestar de manera errónea y perder a Ada, todos habrían dicho que no. El silencio sepulcral fue tomado por Jessica como un sí.

-Hazlo, Jess… - Dijo Ashley, cuya voz, sonaba perturbada, impaciente, sedienta de algo horroroso.

Zapateó una vez, con sus desgastados tacones y se hizo la luz. En efecto, eso sería una mazmorra, lo bastante competente, como para aparecer en el famoso documental de Don Wildman, en alguno de sus rocambolescos episodios. Paredes de piedra mamposteada, aparentemente erosionada por el paso continuo de líquido que se filtraba de alguna tubería rota y cubierta por moho, que había dado como consecuencia la proliferación de organismos del reino Fuji. Centenares y centenares de equises de madera, clavadas de manera bastante precaria en las paredes, con clavos que estaban doblados de forma grotesca y esposas que colgaban de los extremos.

No había puertas o al menos no parecía haberlas. Todo allí era soledad y un aroma inequívoco a muerte o putrefacción. Murmullos de algo que parecía un ejército escalofriante aproximándose, hizo alertarse a todos los presentes, menos por supuesto, a los artífices de aquel retorcido plan.

-Oh, no se preocupen, son inofensivos, siempre y cuando hayan cedido a la cordura.

Inofensivos era una palabra bastante inapropiada si se tomaba en cuenta el impacto que produjo en la mente de todos, ver una pila de huesos y carne, apilada en la una de las esquinas.

Era como una pequeña pirámide de cadáveres. La forma en que esa parte de la mazmorra contrastaba con el resto del lugar, era escalofriante. Ya de por sí, sin la pila de extremidades y estructuras óseas humanas, el sitio era bastante intimidante, pero aquello era demasiado…

-¿Bidden hizo algo así? – Se preguntó a sí misma Jill, sin saber muy bien en que pensar.

El hecho de que la persona que les había dado vida a estos personajes en este universo alternativo, fuese alguien con tendencias sociópatas y magnicidas, no hacía más que retorcer la mente de los ahí presentes, hasta amenazar con llevarlos a la locura.

-No…

-¿No qué?

¿Cómo se atrevía? ¿Acaso no había causado suficiente daño ya? ¿Cómo era posible, que de paso tuviese tan poco sentido del ridículo, apareciéndose de la nada, mascando cotufas (Pochoclo, palomitas de maíz; cómo sea que lo llamen en su país) como si nada hubiese pasado? ¿Cómo si aquello fuese, lo más normal y natural del planeta?

-¿No les agregué líneas en esta parte para que estuviesen todos tan callados? – Dijo Bidden.

-Nos tomamos la molestia de quitárselas, que ellos improvisen, ¿No te parece? – Dijo Jessica.

-¡Excelente idea!, a ver… ¿Tú Claire?

La pelirroja no lo aguantó más y partió en llanto. Bidden enarcó una ceja, esperando algo menos interpretativo, aunque no dudaba que aquella respuesta de la hermana de Chris, fuese de vital importancia en la trama principal.

-Quizás luego… – Agregó y mientras seguía mascando palomitas de maíz, continuó sopesando sus posibilidades – Hmmmm… ¿Rebecca?

La joven médico no solo no podía responderle, sino que Bidden había podido jurar, que aquella expresión era de odio puro, mezclado con impotencia o con unos deseos terribles de hacerle estallar el cráneo con la mirada.

-Ok, no puedo darme el lujo de perder tanto tiempo, ¿Qué es lo que está pasando?

-Resulta – Trató de insinuar Angélica – Qué tus favoritos, tus adorados, tus consentidos protagonistas, acaban de descubrir la verdad con la que cimentaste tus mentiras, y con la cual nos mandaste a enterrar vivos. Míralos, ¿Cómo creíste que se sentirían, cuando descubriesen lo inhumano que realmente eras?

-Inhumano, ¿Yo?

-¡Qué atrevido! – Exclamó Angélica con furia – Quién nos depositó aquí, en contra de nuestra propia voluntad a morir.

-Sí, fui yo, pero solo era un chiste, dejé caer una escalera cinco segundos después – Señaló una baranda de metal, perfectamente visible en una de las paredes. El brillo metálico de la escalera, hacía imposible no poder identificarla, aún en la más opaca de las oscuridades.

-¿Qué? – Preguntó Jessica sin podérselo creer. No pensaba que entre cuatro personas, perfectamente capacitadas para idear un plan lo bastante bueno, como para destruir una ciudad, no pudiesen haber visto una escalera tan notable como aquella.

-Sip, ha estado ahí desde el principio. Me aburrí esperando a que la subieran, así que me fui a armar jaleo en el palacio presidencial de Venezuela. Y cuando vuelvo veo un caos en Racoon City, y digo: "¿Pero qué demonios ha pasado aquí?"

-¡No nos tomes por tontos! – Espetó una colérica Jessica – Nos atacaste con mapaches.

-No, no lo hice.

-¡Claro que sí! ¡Estamos cubiertos de cicatrices y raspones!

-Porque ustedes fueron lo suficientemente tontos como para confundir el roce de una pared afelpada, con la piel de un animal salvaje. Esos raspones se los hicieron ustedes mismos, tratando de quitarse de encima, algo que no tenían.

Aquella discusión era como un partido de ping-pong. La pelota iba y venía, y cada vez que lo hacía, era con más fuerza que la última vez.

-Pe… Pe… Pero… ¿Qué hay de la falta de alimento, de agua?

-¿De qué hablas? ¿Siempre les dejaba alimento? O al menos comencé a hacerlo, cuando me di cuenta que eran lo bastante estúpidos, como para no haber visto la escalera antes. No es mi culpa, que lo hayan apilado todo en esa esquina.

Y todos en el acto voltearon a ver a la dichosa esquina, donde ahora que lo notaban, no había ninguna mosca revoloteando, ni siquiera un ligero tufo a comida descompuesta. Ante esto, Chris se acercó al sospechoso montículo para verlo más de cerca, solo para darse cuenta, que no eran extremidades, ni torsos, ni huesos de humanos, lo que había ahí. Era comida instantánea, conservada al vacío en envases transparentes, mientras que lo blanco, eran alongadas tiras de algodón amarillento, seguramente por el contacto con las paredes es que se había arrugado tanto, que de lejos, parecía ser un hueso. El azabache tomo una de las latas de lo que parecían ser sardinas, que había encontrado. La destapó jalándola del pestillo y comprobó que todavía era muy comestible.

-No, aquí no hay ningún cadáver de una persona. Solo comida que ya había sido procesada.

Bidden se alzó de hombros y Jessica chilló de furia, mientras Carlos se acercaba a donde estaba Chris, caminando de manera torpe y errática, encorvado, a pedirle de la manera más noble que podía, que lo dejara comer una de esas apetitosas sardinas.

-¡Un momento! – Y esta vez, fue Jill la que interrumpió. A lo que todos la miraron – Eso no explica porque tienes esas cosas pegadas a las paredes, ¡Podrías tener una cárcel aquí, sin reproche!

-¿Esas cosas? ¡Hey! Yo no las hice, fueron ellos. Les pasé tablas y metales, para que improvisaran un horno y pudieran cocinar alguno de los alimentos, que podía estar crudo, pero ellos lo interpretaron mal y pusieron esas estúpidas tablas en la pared. Ni siquiera son muy resistentes, mira.

Se aproximó hasta donde estaba colgado Leon y de una parata en una de las extremidades del madero, la estructura se vino abajo y el chico con la mejor suerte de toda la saga de Resident Evil, quedó de cara contra el suelo y lamentándose como un cachorro.

-¿Lo ven? – Acto seguido, procedió a liberar a Claire con la mayor de las delicadezas.

-¿Y las criaturas? – Interrumpió Kathy.

-¡Oh! Eso es culpa de Umbrella, amiga. A mí no me mires…

-Entonces…

-Así es. Yo nunca he torturado a nadie… Bueno, quizás le di ciertas libertades a Lorenzo, pero eran más que nada bromas pesadas, bastante inocentes, y él es un actor, al que le encanta improvisar.

Comenzaron los murmullos, los resoplidos de alivio. Bidden seguí mascando cotufas, hasta que se dio cuenta de que algo andaba verdaderamente mal.

-¡Hey! ¿Qué creen que están haciendo? ¡Suelten a Ada!

Pero Jessica, ensimismada en su propia sed de venganza e irritada por las miradas de confusión que se echaban Jessica y Ashley; caminó directamente hasta donde estaba Carlos, le dio una patada tirando la lata de sardinas a un lado, tomó la jeringa, apartó de un manotazo a las fangirls de Leon, y apuñaló con la inyectadora a Ada.

-¡Nadie me toma por idiota, oíste, NADIE!

-Jessica…

-¿Es qué no tienes sentido del ridículo, o qué? ¿Cómo puedes creer que esto es un buen argumento para una broma pesada?

-Jess…

-¡No, nada de Jess! ¡Ahora sabrás lo que se siente perder algo importante de tu humanidad, cuando la nueva Ada Wong despierte, y quiera matarlos a todos con este súper suero de la maldad que yo misma cree con los materiales químicos y tóxicos que a diario nos proporcionabas para matarnos! ¡Jajajajajajajajajaja!... ¡Cof, cof!... ¡Jajajajajajajajajaja!

-Jessica, eso no es ningún suero de la maldad… Es placebo.

La morena miró a la inyectadora, luego a Ada que empezaba apesadumbradamente a abrir los ojos, luego a Bidden, luego a los chicos, y luego a Ada, otra vez…

-¡Buenas noches, dormilona!

La chica de orígenes orientales se fue incorporando con dificultad, sentía que un tractor le había pasado por encima y no era para menos, aquel tablazo que Angélica le había dado por la cabeza, había sido bastante fuerte.

-¡Hey, Wallace! Diles a tus hombres que atiendan a esta guapa señorita.

-Pe… Pero… Pero…

-Y trae otro escuadrón para Jessica. Creo que es hora de construir un manicomio aquí en Racoon City, ¿No te parece?

-No podría estar más de acuerdo, Mike.

Un trío de sujetos con máscaras de gas y visores infrarrojos, en lugar de rostros, tomaron a Jessica por los hombros, mientras está todavía repetía las mismas frases cacofónicas con un tic en su ojo izquierdo y un espasmo que amenaza con convertirse en esquizofrenia.

En cuanto a Angélica, Ashley y Carlos; fueron atendidos con la misma amabilidad que el resto de los chicos.

-Qué mujer más chiflada – Dijo, Bidden.

-No la culpo – Dijo, Claire y todos voltearon a mirarla sorprendidos - ¡Oigan, no me juzguen así! Yo también me habría vuelto loca, de haber estado encerrada aquí. Algunas personas, no se toman tan bien las bromas pesadas, Bidden. Ya déjalas.

-Ok… Supongo que tienes razón. Pero, es extraño…

-¿De qué hablas? – Pregunto Leon.

-Se supone que aquí también debían estar atrapados Alexandra y Wesker. Eso era lo que estaba en el guion.

Intercambiaron miradas otra vez. Eso sí que no se lo esperaban, y el dejo de voz de Michael invitaba a todo, menos a creer que podía tratarse de otra de sus bromas.

-No nos jodas, Michael.

-No estoy jodiendo a nadie, es la verdad…

-¡Hey, Bidden! ¿Cómo nos deshacemos de esas criaturas?

-Libera a las palomas, Wallace. Ellas harán el resto.

La desaparición de Wesker, no cuajaba todavía en la mente de ninguno de los chicos. Conociendo al rubio con el desprecio que recordaban de él, podían prever que habría logrado escapar ileso de la explosión, pero al parecer no había sido así.

Entonces Claire lo recordó y esperaba que Bidden la desmintiera, pero no fue así.

-¿Qué papel iban a tomar Excella y Alexia en esta parte de la historia?

El mutismo del autor de esta historia, no dio pie a represalias por parte de ninguno de los chicos. Ya liberados de sus cadenas, tomaron las escaleras y corrieron, corrieron todos juntos, seguidos de cerca por un insufrible Leon S. Kennedy, que se trasladaba a trompicones, pues nadie había tenido la decencia de desencadenarlo de sus grilletes.

-¡Chicos, hey, chicos, espérenme!

-Mierda… - Dijo Bidden, cuando se dio cuenta de que se le habían acabado las cotufas.

Bueno, mi gente. Hasta aquí llega este capítulo. Hace un rato estaba leyendo un cuento de Lovecraft, llamado el Modelo de Pickman, y la verdad no me pareció tan aterradora. De hecho, el preámbulo a leerlo, por una recomendación que leí por ahí, fue más aterradora, que el cuento en sí, pero bueno… Mientras tenga la bibliografía del maestro King, todo bien.

Buenas noches, pásenla bien y pórtense mal.