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Un café bien caliente, algunas miradas intercambiadas en silencio y manos que no lograban soltarse fue el dibujo de esa primera mañana en Storybrooke.

Cuando había abierto los ojos esa mañana, aún vestida con el vaquero y un sencillo sujetador, su corazón se había saltado un latido. Después, había sentido la dulce mano de Regina, posada sobre sus pechos, y su cuerpo pegado al de ella. Las palabras tranquilizadoras de su compañera le vinieron a la mente y una débil sonrisa se dibujó en sus labios. Entonces se recolocó mejor, apoyando su espalda en la morena. La reacción de Regina fue inmediata, comenzando a besar su cuello.

Un gemido de placer se escapó de su boca sin poder contenerlo. Ya su mano se perdía en los mechones morenos, apretándole ligeramente la cabeza para que ella continuara con sus besos. Regina parecía perdida en otro mundo, acunada por el placer de sentir a Emma a su lado. Sus dedos rozaron la piel de su amor, chocando con el sujetador, y deslizándose entre sus pechos, acariciando su vientre.

-Emma…- murmuró la alcaldesa quejumbrosa, esperando visiblemente que la detuviera en sus gestos antes de que fuera demasiado lejos.

Esa súplica la hizo cerrar los ojos, el placer naciente le impedía no perder pie. Los besos se hicieron más numerosos, más intensos y más apasionados que nunca. La boca de Regina se perdía en cada centímetro de piel desnuda, llegando al comienzo del tejido presente en la parte alta de su cuerpo. Las manos de la alcaldesa se deslizaron por la espalda de la rubia cuando esta había alzado la pelvis como efecto de una larga lamida demasiado bien dada que le hizo perder la razón.

Pero las imágenes de esas otras noches dantescas con su agresor le vinieron brutalmente a la mente, tensando cada uno de sus músculos. Y sus ojos se abrieron súbitamente.

Regina lo había notado…al segundo en que el vientre de Emma se había puesto tenso, al segundo en que la mano de la rubia se había aferrado con fuerza a sus cabellos. Ella se había parado en seco, inmediatamente, alzó la cabeza y miró a su compañera para asegurarse de su estado.

-¿Estás bien?- preguntó la morena acariciándole dulcemente la mejilla

«Perdóname» dijo ella con lágrimas en los ojos, aún perturbada por los recuerdos que le habían vuelto a la mente.

«No te excuses, Emma, es mi culpa. Después de todo lo que dijiste anoche, no habría debido…»

«No, no…» la cortó ella «Me gustaría tanto lograr de…demostrarte hasta qué punto te quiero»

«No necesito esto para saberlo, no te preocupes» dijo ella acercándose a la rubia antes de depositarle un largo beso en sus labios.

Se habían levantado tras ese extraño momento y se dirigieron a la cocina para desayunar juntas. Había en esa comida de la mañana un desafío que Emma se había puesto inconscientemente en la cabeza, como si el primero que le había sido arrancado meses antes tras su primera y única noche de amor, tuviera que ser reemplazado por obligación. Se había convertido para ella en un momento importante.

Emma había llamado a su hijo antes de que este saliera para la escuela. Henry se sintió aliviado al escucharla y le había costado mucho colgar. La angustia que había en su voz lanzó una punzada al corazón de la rubia y tuvo esa dolorosa sensación de estar siendo una mala madre.

El pequeño preguntó por Regina, quien se conmovió al saber que él deseaba también hablar con ella. Sentada en la isla central de la cocina, la alcaldesa había cogido el teléfono con una gran sonrisa en su rostro. Emma, por su parte, se acurrucó en sus brazos, feliz de ver a las dos personas más importantes de su vida llevarse bien.

Casi susurrando, Henry le había preguntado si su mamá estaba bien y si ella seguía protegiéndola. Regina le confirmó la promesa que le había hecho la noche anterior y le aseguró que su madre estaba bien. Al final lo dejaron, porque Ingrid estaba preocupada por el retraso.

-Tengo que ir al ayuntamiento…- anunció la morena con tristeza al cabo de unos minutos

-¿Piensas poder quedarte libre a mediodía?

-No lo sé. Así lo espero…Me marché tan rápido, dejé todo empantanado y no sé lo que ha hecho Rose en mi ausencia. Te mandaré un mensaje.

-Bien- respondió la rubia, algo desconcertada ante la situación, incómoda ante la idea de salir de su burbuja de dicha y ser empujada, de nuevo, a la realidad cotidiana.

-Es extraño, ¿verdad?

-¿El qué?

-Será necesario retomar nuestras vidas, ¿no? Tú eres la alcaldesa de Storybrooke, además está Henry y mi madre en Nueva York. Y nosotras dos…

Regina desvió sus ojos de su bolso, dentro del cual estaba metiendo algunas cosas que iba a necesitar. Ella había pensado en eso, demasiado a menudo desde que había vuelto con Emma, pero no se había atrevido a mencionar el tema por miedo a que todo se le escapara estando su relación aún tan frágil.

-¿Nos convierte en personas egoístas querer estar juntas?- dijo la rubia

-Yo…No, creo que no. Quizás…no lo sé. Sería injusto, ¡es nuestro turno para ser felices!- dijo ella más enervada de lo que habría querido

Emma se acercó a ella y le dio un beso, para calmarla y tranquilizarla. Se culpaba de que todo girara a su alrededor, de sus heridas y de sus penas. Regina no tendría que estar en un segundo plano, todo lo contrario.

Estrechó un poco más su abrazo, depositándole un último beso en la sien.

-¿Te viene mal dejarme en Granny antes de irte al ayuntamiento?- preguntó ella para cambiar de tema –No me apetece mucho quedarme sola.

-Por supuesto.


Rose había estado increíble, Regina no tenía otra que darlo por hecho. A pesar de su precipitada marcha, su secretaria había conseguido poner al día todos sus pedidos y todos los expedientes, clasificándolos en su mesa de más urgentes a aquellos que podían esperar. Durante más de una hora, se tomó el tiempo para explicarle todo lo que se había perdido esos últimos días. Se dio cuenta de que algunos de esos expedientes databan de hacía semanas, prueba de que ella no había estado al cien por cien ahí, incluso muchos días antes de encontrar a Emma.

-Ha estado increíble, Rose…Nunca podré darle las gracias por todo lo que ha hecho aquí.

La joven secretaria abrió sus ojos de par en par, turbada ante ese cumplido. No tenía costumbre, realmente, de recibirlos por parte de su jefa, y eso la emocionó doblemente.

-Yo…Gracias señora alcaldesa, solo he intentado hacer mi trabajo lo mejor posible.

-Quiero sinceramente excusarme por mi comportamiento en estas últimas semanas…estos últimos meses. Ha sido usted de una ayuda incalculable y…

Se detuvo en mitad de su frase cuando vio su móvil iluminarse. Cuando vio un mensaje de Emma, no pudo evitar esconder una sonrisa. Tras teclear rápidamente su respuesta, volvió a su conversación con Rose, que se había quedado atónita ante las palabras de su jefa.

-Rose…- retomó solemnemente -¿aceptaría dejar el puesto de secretaria para convertirse en mi mano derecha?

-¿Perdón?

-Lo sé…Me he comportado de manera horrible con usted y yo, si hubiera estado en su lugar, me habría derrumbado hace mucho tiempo. Pero le prometo cambiar. Yo…Mi vida ha cambiado y seguirá haciéndolo. Pienso que voy a necesitar hacer muchas idas y venidas entre Storybrooke y Nueva York estos próximos meses, y me gustaría poder tomarme más tiempo para mí.

Rose ya no se movía, intentando asimilar todo lo que le estaba diciendo, sin comprender la mitad.

-Confío en usted, en sus capacidades y en su trabajo. Me lo ha demostrado suficientemente en estos últimos meses. Por todas esas razones me gustaría que oficialmente se convirtiera en mi adjunta. Y por supuesto no la voy a sobrecargar de trabajo, buscaremos a alguien para que ocupe su actual puesto, evidentemente.

Regina cruzó sus brazos bajo sus pechos, señal de que ya había acabado su monólogo y esperaba una respuesta de su interlocutora. Sin embargo, la joven no se movía, asombrada por la propuesta que se le acababa de hacer.

-¿Por qué tiene que ir a Nueva York? ¿Se quiere presentar a un cargo más elevado en política?

-¿Qué? No, no, por supuesto que no. Storybrooke me basta, me gusta conocer los nombres de las personas con las que trabajo, conozco mi ciudad, yo…No- miró a Rose, de forma extraña, asombrada de que ella pudiera pensar eso –Yo…mi compañera y su hijo viven en Nueva York y quiero poder pasar el mayor tiempo posible con ellos, nada más.

-¡Oh…ahora comprendo mejor!- exclamó la joven con una gran sonrisa que quería decir mucho más de lo que Regina pensaba –¿Entonces Emma está de nuevo en su vida…?

La morena asintió con una sonrisa, como si el hecho de decírselo a los demás fuera la prueba real de que su relación existía verdaderamente.

-Estoy feliz por usted, señora alcaldesa…

-¿Y si comienza por llamarme Regina?

-Oh…Yo…Creo que voy a necesitar un poco de tiempo para acostumbrarme a eso, pero será un placer- dijo ella con alegría, dándose cuenta de lo que significaba todo lo que estaba pasando.

-¿Y mi propuesta?- preguntó de nuevo Regina con voz insegura, más de lo que hubiera querido demostrar.

-¡Acepto encantada!

La alcaldesa aplaudió feliz, y abrazó a su asistente, esta última se quedó recta como un palo, poco habituada a esas demostraciones de afecto.

-¡He quedado con Emma a la hora de comer, así que volvamos a los expedientes que están en el montón de urgentes!- dijo con un entusiasmo que no conocía desde hacía semanas.


En el mismo momento en que Emma había bajado del coche de su compañera y la había visto alejarse, su corazón se encogió. Le había dado un beso antes de salir del coche, quizás durante demasiado tiempo, ya que la alcaldesa había terminado por llegar tarde, y su mirada había seguido al Mercedes hasta que este se perdió de vista.

Era la primera vez que se separaban desde que habían vuelto y ya la echaba de menos. Ese sentimiento le parecía patético, al límite de una adolescencia pueril que sin embargo nunca había tenido. Se frotó el brazo, como si eso le bastara para recuperar contención, inspiró profundamente antes de entrar en Granny's.

El ruido de un plato que se estrella en el suelo y la palabrota pronunciada por Ruby justo después fue su primera acogida.

-Mierda Emma, estás aquí…- había susurrado la camarera con voz temblorosa

-Hola…- se contentó en responder la susodicha torpemente con una sonrisa crispada sobre su rostro y un débil saludo con la mano.

-¡Mierda Emma!- repitió ella más alto, su ceño ligeramente fruncido –¡Te marchaste sin decirme adiós como es debido!

-Ruby…Lo siento.

La extravagante morena suspiró, se colocó el paño de cocina sobre su hombro antes de acercarse a su antigua colega con un movimiento rápido. Emma hizo un gesto de retroceso natural que lamentó inmediatamente. Ruby se detuvo a pocos metros de ella ante su reacción y frenó sus movimientos.

-¿Puedo?- Preguntó con una sincera sonrisa

Emma asintió y dio un paso en su dirección. La joven camarera no esperó mucho tiempo para estrecharla en sus brazos. La mano que la morena de mechas rojas había posado en su espalda provocó que todos los músculos del cuerpo de Emma se tensaran, y tuvo que inspirar profundamente antes de relajarse y devolverle el abrazo.

-¿Cómo estás?

-Mejor, creo…Pero iría mejor si me sirvieras un gran tazón de chocolate caliente con canela

-¡Considéralo hecho!

Emma le sonrió a su vez y se dirigió hacia la barra para sentarse y apoyar los codos en el mostrador. Ruby encendió la máquina y se dispuso a recoger los trozos del plato que aún seguían en el suelo. La rubia inspiró profundamente, mirando a derecha e izquierda para recodar los increíbles instantes que había vivido en ese sitio, sobre todo cuando su hijo volvió a su vida.

-¿Granny no está?

-Se ha ido a buscar un ingrediente que le faltaba, no debería tardar en volver- respondió la camarera tras la barra –Le va a encantar volver a verte, se preocupó mucho…

Emma bajó la mirada ante esa confesión, poco orgullosa de haber abandonado la ciudad tan rápidamente, sin mirar atrás, sin avisar. Le había devuelto su habitación la mañana que había seguido a la pelea con Regina, marchándose con Ingrid y su hijo y su maleta apenas en pocos minutos. Sus despedidas habían sido rápidas, contentándose con un simple beso a sus antiguas compañeras de trabajo, y ya el coche desfilaba a toda velocidad en dirección a Nueva York. No había querido que la retuvieran, que le dijeran que se quedara, que le aseguraran que las cosas iban a arreglarse. Huir había sido mucho más sencillo.

-Di…¿acaso…acaso Regina sabe que estás aquí?- preguntó la camarera rascándose la nuca, incomoda por hacer esa pregunta, pero su curiosidad era muy pronunciada como para no hacerla

Emma asintió, una sincera sonrisa ya se había dibujado en su rostro.

-Ella misma me ha traído de Nueva York- precisó ella –Para resumirte, no estaba muy bien, mi hijo creyó correcto hacer centenares de kilómetros solo para venir a buscar a Regina para que ella…me salvara»

-¡Tengo la impresión de estar escuchando el guión de una película! ¡Sigue, sigue!- exclamó Ruby con ansias, el rostro ya inclinado hacia Emma, apoyada en sus codos, y con sus odios bien atentos.

-Mientras yo estaba aterrada ante la idea de haber perdido a Henry, ella me llamó para decirme que estaba con ella. ¿Y sabes qué?

Ruby dijo que no con la cabeza, completamente inmersa en el relato de su antigua colega que se deleitaba poniéndole suspense.

-Lo que voy a decirte suena a tópico, pero…en el segundo en que escuche su voz, sabía que me pondría bien. Porque Henry estaba seguro, cierto, pero también porque sabía que iba a volver a verla.

-Mierda…Es hermoso.

-Ella emprendió el viaje a Nueva York para llevarme a Henry. En un chasquido de dedos, dejó todo por mí.

-Estoy celosa, Emma

-Cuando la vi tras la puerta de mi apartamento, con mi hijo dormido en sus brazos…- hizo una corta pausa, el tiempo necesario para respirar ante el recuerdo de ese momento, que le había cortado la respiración –Comprendí que ya no podía prescindir de ella en mi vida.

-¿Por qué te marchaste?- preguntó la camarera sin miramientos

-Ella…me reveló lo que había hecho durante los dos meses de mi segundo cautiverio.

-Oh…Espera, ¿fue eso lo que te hizo dejar la ciudad de la noche a la mañana?

La rubia asintió débilmente, aún avergonzada por haber actuado de esa manera tan drástica tras la confesión de su compañera.

-La habías dejado y te habías marchado de su casa gritándole de todo. Vale, para protegerla, pero ella tenía la sensación de que no valía nada- Ruby golpeó suavemente la barra mirando a su antigua colega a los ojos –Francamente, antes de saber lo que realmente te había pasado, te guardé mucho rencor. Porque…¡es aquí donde ella venía todas las noches! ¡Es aquí donde bebía hasta no poder más para olvidar su pena! Aquí donde decenas de veces se derrumbó…

-Lo sé…- se contentó en responder avergonzada

-Una noche, ni siquiera se mantenía en pie. La llevé a la parte de atrás, me agarró por el cuello y me dijo que se odiaba, que había sido una estúpida por haberse enamorado perdidamente de ti cuando le habían hecho comprender, al haberle arrebatado a su marido y a su hija, que ella no tenía derecho a ser feliz.

-Por favor, Ruby…

-¡Ah, no, amiga, me vas a escuchar hasta el final! Fui yo quien le pidió a Robin que la acompañara la primera vez, porque lo que me dijo ella esa noche, la pena que me había confiado era tal que tenía mucho miedo de que cometiera una barbaridad.

El escalofrío que recorrió la espina dorsal de la rubia fue tan intenso que le dolieron sus entrañas. Lo sospechaba, incluso lo había comprendido, pero escucharlo era una cosa diferente.

-Si lo que hizo con Robin fue la única manera de sentirse viva, no tienes el derecho de culparla…Porque de otra manera, hoy, ni siquiera ella estaría aquí.

-Lo sé- repitió Emma- He sido egoísta. Terriblemente egoísta…Espero que me perdone por eso.

-Creo que si estás aquí hoy, es que ya te ha perdonada, lo sabes- añadió Ruby, un poco más calmada.

-Estoy tan enamorada de ella, Ruby- dijo con un ligero temor en su voz, asombrada por la importancia que la morena había tomado en su vida.

-Lo sé. Lo veo. Ella también, eso es seguro…Escucha, sé que lo que has vivido ha sido…No hay palabras, ha sido atroz. Y lo siento. De verdad. Tú…No merecías eso- Emma inclinó la cabeza, aún incomoda ante la idea de ser analizada tan fácilmente sobre su pasado –Pero para ella ha sido también difícil. Se hace la mujer fuerte, llena de carácter…Pero todo el mundo sabe que es una mujer increíblemente dulce, con la que se puede contar y que siempre ha estado ahí para nosotros. Y por todo eso, te prohíbo que le hagas daño de nuevo.

Emma sonrió, feliz de escuchar tan bellos cumplidos hacia la mujer de la que estaba enamorada. Asintió firmemente ante la última frase de su antigua colega.

-Es verdad…si Regina no estuviera a la cabeza de esta ciudad, no sé lo que haría Storybrooke.

EL rostro de la rubia se crispó ligeramente ante ese último comentario, pero Ruby no se dio cuenta, captada su atención por el tintineo de la campana de la puerta, anunciando un recién llegado.

Granny se sorprendió tanto como su nieta cuando vio a Emma apoyada en la barra de su restaurante. Le hizo falta solo medio segundo para comprender que las cosas estaban arreglándose y que el futuro sería mucho más hermoso esos próximos días. Emma tenía una expresión mucho más serena, muy alejada de la de esos primeros días en Storybrooke. Tras los clásicos saludos, invitó a su antigua empleada a la cocina para saber más y la rubia le explicó, a su vez, los recientes acontecimientos.

-Estoy contenta por ti, muchacha, mereces ser feliz.

-Regina merece ser feliz…- respondió ella, con sus pensamientos embrollados por algo que le martilleaba.

-¿Pero?- cuestionó la anciana con una mirada suspicaz tras sus gafas de media luna

-Nada…- dijo inmediatamente –Bueno…- añadió –Nueva York y Storybrooke no están a la vuelta de la esquina.

-Ya veo.

Emma se encogió de hombros. Lo que le había dicho Ruby minutos antes continuaba martilleándole en su cabeza. Regina tenía su sitio en Storybrooke y ella no tenía el derecho de pedirle que la siguiera a Nueva York. Pero ella tenía a Ingrid y a su hijo, que tenían sus amarres en esa ciudad…No tenía el derecho de imponerles una mudanza tan precoz y egoísta.

-¿Qué pensáis hacer?

-No lo sé… Hemos evitado tener esa conversación y quería vivir el día a día para no pensar en el momento en que tuviéramos que separarnos.

-No es el fin del mundo, siempre podéis veros los fines de semana y ver cómo va la cosa. Hay vuelos o el coche aunque es un trayecto largo.

-¿Bastarán los fines de semana?- preguntó ella con voz débil, sin realmente esperar respuesta

-Si eso te da miedo…Háblalo con ella. La comunicación es importante, y creo que lo sabes.

Emma asintió y posó su mano sobre el hombro de su mentora. Estaba contenta por haberla encontrado. Casi con naturalidad, se había puesto a ayudarla en la preparación del almuerzo de ese día, retomando sus habitudes culinarias a su lado. Charlaron un gran rato, de muchas cosas, pero sobre todo de Henry, y llegó la hora del almuerzo.

Regina le envió un mensaje para anunciarle que estaba saliendo del ayuntamiento y que ya iba para allá, y Emma salió de la cocina para esperarla en el restaurante. Algunas horas apenas sin su presencia a su lado y su ausencia se hacía sentir. Se sentía frágil lejos de ella y eso la inquietaba. La dependencia que estaba desarrollando por Regina no era necesariamente algo bueno.

-¿Todo bien?- pregunto tan pronto como la morena se sentó al lado de Emma, depositándole un ligero beso en la comisura de sus labios.

La rubia sencillamente asintió, feliz de tener la impresión de poder respirar de nuevo correctamente.

-¿Y tú?

-Más que bien. Rose ha estado increíble, así que le he ofrecido un ascenso- dijo mientras se quitaba la chaqueta.

-¿Qué?- se asombró tontamente Emma -¿Por qué?

-Te lo he dicho…Ha estado increíble, me marché de un día para otro, sin ni siquiera avisarla. Y además desde…- se detuvo medio segundo –además desde tu marcha de Storybrooke, yo realmente no tenía la cabeza en el trabajo. Rose ha sido de un apoyo incontestable, nunca me ha dejado tirada, sino que ha hecho de todo para que la alcaldía se mantenga en pie. Tenemos aún muchas cosas que tratar, pero gracias a su trabajo y su organización, saldremos adelante.

-¿Debo sentir celos?- preguntó la rubia con una sonrisa mientras cogía la mano de su compañera con gesto posesivo.

-No, claro que no. Le he explicado por qué la cogía para ese puesto.

-¿Y entonces?

La espalda de la alcaldesa se tensó inmediatamente, comprendiendo a dónde empezaba a dirigirse esa conversación que quizás no estaba preparada para mantener. Ni ella, ni Emma. Su mirada bajó hacia sus manos, que tenían liadas por encima de la mesa. La ausencia de respuesta hizo fruncir el ceño a la rubia que apretó delicadamente los delgados dedos de su compañera.

-Primeramente porque ha hecho un trabajo formidable y porque merece un ascenso. Pero también porque…

-¿Regina?- se inquietó Emma ante el malestar que se estaba instalando

-Porque voy a necesitar más tiempo, porque me gustaría cogerme más días, sobre todo los viernes o los lunes para poder pasar el mayor tiempo posible contigo y con Henry.

Emma sintió sus mejillas enrojecerse y las lágrimas aparecer en sus ojos, pero las borró con un movimiento de cabeza.

-Tú…¿Estarías dispuesta a viajar los fines de semana a Nueva York para vernos?- repitió la rubia con una débil voz aguda, aún poco acostumbrada a esos testimonios y esas pruebas de amor.

-Sí, por supuesto…De hecho…No me veo no haciéndolo- estrechó un poco más la mano de su compañera que aún estaba entre las suyas –Esta vez, no nos dejaremos de lado, te lo prometo.

-¿Y si eso no es suficiente? ¿Si dos o tres días a la semana no bastan? ¿Si los kilómetros te cansan? Si tú…

-Emma…- la detuvo Regina tiernamente –Explícame por qué no funcionaría.

-Medio día sin ti y ya te he echado de menos. Es patético y ridículo, lo sé…Pero es verdad. Me da miedo porque tengo la impresión de que esto está tomando demasiada importancia y si esto estalla, nunca me sobrepondré.

-No estallará.

-¿Y si es así?

-No estallará- repitió Regina calmadamente –Lo lograremos Emma, te lo prometo. Solo hay que analizar la situación: yo tengo mis obligaciones en Storybrooke y no puedo dejar la alcaldía. Tu hijo tiene su colegio en Nueva York, sus costumbres, sus amigos y su abuela. Tras haber cuidado de Henry tanto tiempo, sería injusto alejar a Ingrid en un abrir y cerrar de ojos. Además tú tienes a tus viejos amigos allí también.

-Pero no podremos estar indefinidamente así. No lo lograré si solo te veo los fines de semana.

-No…Por supuesto que no Emma. Más tarde mudaremos esa situación…Es quizás aún un poco pronto, ¿no?

Emma bajó la mirada ante esa pregunta, no estaba realmente segura de estar de acuerdo con su compañera. Pero, ¿era razonable volcarse en cuerpo y alma en esa relación?

-Sí- respondió ella a la pregunta de Regina y a su propia pregunta.

Era razonable, porque algo en su interior le gritaba que la morena era la única persona con la quería pasar el resto de su vida. Las parejas no vivían a miles de kilómetros, sino juntas, en una bella casa con un jardín donde su hijo pudiera jugar tranquilamente, en una pequeña ciudad donde todos se conocían… Ella suspiró ante esa constatación y se prohibió esperar más de lo que podía pasar entre Regina y ella en los próximos días.

-¿En qué piensas?- preguntó la alcaldesa que veía los ojos de su compañera agitarse en sus órbitas de lo inmersa que estaba en sus pensamientos.

-En la suerte que tengo de tenerte- mintió ella un poco

Comenzaron su almuerzo en las mejores condiciones, charlando sobre la mañana de una y de otra. Y Regina se sintió muy mal cuando tuvo que dejar el Granny's, realmente no estaba preparada para alejarse de nuevo de Emma. Al lado del Mercedes, intercambiaron algunas palabras más.

-¿Y si te vienes conmigo esta tarde?

-No trabajarías…

-Podrías ayudarme… Después de todo, necesitamos una nueva recepcionista- dijo ella tímidamente encogiéndose de hombros

-Prefiero que adelantes lo que puedas con Rose hasta el viernes para que podamos tomarnos más días de vacaciones y disfrutar las dos.

-No te falta razón, efectivamente…¿qué vas a hacer tú?

-Me quedaré aquí…Tengo la sensación de que Ruby tiene miles de cosas que contarme.

La morena sonrió, feliz de ver que Emma volvía a reencontrarse con las personas que habían contando mucho para ella durante su estancia en Storybrooke, pero incómoda también al constatar que aún tenía miedo de caminar sola por las calles del pueblo.

Sus pensamientos fueron interrumpidos por un tierno beso de Emma, que había deslizado su mano tras su nuca. Sus ojos se cerraron automáticamente y ya tenía la sensación de estar en otro mundo. Sin embargo, la rubia parecía mucho más atrevida y se divertía haciendo retroceder a Regina para mantenerla acorralada contra el coche. Una mano más delicada se paseaba por sus curvas y todas las buenas resoluciones de la morena se hicieron agua en medio segundo. Al diablo la alcaldía, quería quedarse ahí horas.

-Emma…- suplicó ente beso y beso.

Esta última entonces se detuvo, consciente de no haber podido contener sus deseos y jugar con los de su compañera.

-Lo siento- dijo ella bajando la mirada, como un niño pillado en una travesura.

-¿Paso a buscarte al final del día?- preguntó ella para cambiar de tema

La rubia asintió en silencio, tranquila al saber que no tenía que volver sola a casa. Se besaron dulcemente una última vez y la alcaldesa se alejó dentro del Mercedes.

Cuando la parte trasera del coche despareció en la primera esquina, Emma sacó su teléfono del bolsillo trasero de sus vaqueros y se detuvo unos segundos en el fondo de pantalla donde se veía a su hijo dormido. Había sacado la foto algunos días antes del regreso de Regina a su vida. ¿Tenía el derecho de poner boca abajo otra vez la vida de su hijo? Finalmente, fue a su agenda y pulsó el nombre de la persona que seguramente podría responder a todas sus preguntas.

-Hola…- dijo ella con voz débil tras tres toques que le habían parecido interminables.