Y(la historia no pertenecees propiedad de Sarah J. Maas, la traducciónpersonaje no me pertenece, le pertenece a traducciones Independientes y los personajes de Candy Candy le pertenecen a Mizuki e Igarashi) (Y las antiguos libros publicados en esta página son de Cellita G)

Capitulo 35

Dioses, odiaba el olor de su sangre.

Pero... maldita sea, si no era una cosa gloriosa estar cubierto de ella cuando dos docenas de Valg yacían muertos a su alrededor, y buenas personas nalmente estaban a salvo.

Empapado de pies a cabeza con la sangre de los Valg, Albert Anbrew buscó un lugar limpio en su vestimenta con la que limpiar su espada teñida de negro, pero no encontró nada. Al otro lado del claro oculto, Alicia estaba haciendo lo mismo.

Había matado a cuatro; ella había tumbado a siete. Albert lo sabía sólo porque la había estado observando todo el tiempo; sé había emparejado con otra persona durante la emboscada.

Se había disculpado por intentarla morder la otra noche, pero ella sólo asintió con la cabeza –y aun así se asoció con otro rebelde. Pero ahora... dejó de tratar de limpiar su espada y miró hacia él.

Sus ojos de medianoche eran brillantes, e incluso con la cara salpicada de sangre negra, su sonrisa –de alivio, un poco salvaje, con la emoción de la lucha, de la victoria –era... hermosa.

La palabra resonó a través de él. Albert frunció el ceño, y la expresión se borró inmediatamente de su rostro. Su mente siempre era un revoltijo después de una lucha, como si hubiera girado alrededor, alrededor y girado al revés, y luego dado una fuerte dosis de licor. Pero él se dirigió hacia ella. Habían hecho esto –juntos, habían salvado a esta gente. Más de una vez de lo que nunca habían rescatado antes, y sin pérdida de la vida más allá que de los Valg.

La sangre derramada había salpicado el suelo del bosque cubierto de hierba y el único vestigio eran los restos de los cuerpos decapitados de los Valg que ya habían sido arrastrados lejos y tirados detrás de una roca. Cuando se fueran, retribuirían a los ex-dueños de los cuerpos el tributo de quemarlos.

Tres de su grupo se habían puesto a desencadenar a los prisioneros, que ahora estaban sentados y acurrucados en la hierba. Los bastardos Valg habían metido a muchos de ellos en dos vagones, Chaol había tenido náuseas por el olor. Cada vagón tenía una pequeña ventana enrejada hasta arriba de la pared, y un hombre se había desmayado en el interior. Pero ahora todos estaban a salvo.

No se detendría hasta que los otros que todavía estaban escondidos en la ciudad estén fuera de peligro.

Una mujer llegó con sus manos sucias, uñas quebradas y dedos hinchados como si hubiera intentado arañar una manera de salir del infierno en el que había estado.

—Gracias —susurró ella, con voz ronca. Probablemente de tanto gritar se había quedado sin respuesta.

La garganta de Albert se tensó cuando le dio a la mujer un suave apretón de manos, consciente de sus dedos estropeados y camino hacia Alicia que limpiaba su espada sobre la hierba.

—Luchaste bien —le dijo.

—Sé que lo hice —Alicia miró por encima de su hombre—. Tenemos que llegar al río. Los barcos no esperarán por siempre.

Bien –él no esperaba amabilidad o camaradería después de una batalla, a pesar de esa sonrisa, pero...

—Tal vez una vez que estemos en Rifthold, podemos ir por una bebida —necesitaba una, seriamente.

Alicia se puso de pie, y el luchó contra el impulso de limpiar una salpicadura de sangre negra que tenía en su mejilla bronceada. El pelo que se ató hacia atrás se había soltado, y la brisa cálida del bosque se establecía otando más allá de su cara.

—Pensé que éramos amigos —dijo ella. —Somos amigos —dijo cuidadosamente.

—Los amigos no pasan tiempo con los demás sólo cuando sienten lástima de sí mismo. O se muerden unos a otros para hacer preguntas difíciles.

—Te dije que lo sentía por tratar de morderte la otra noche. Alicia enfundó su espada.

—Estoy bien con la distracción entre sí por cualquier razón, Albert, pero al menos sé honesto sobre ello.

Él abrió la boca para protestar, pero... tal vez ella tenía razón.

—Me gusta tu compañía —dijo—. Quería ir a tomar algo para celebrar –no... para acostarnos. Y me gustaría ir contigo.

Ella frunció los labios.

—Ese fue el intento más cobarde de adulación que he escuchado. Pero bien, iré contigo —la peor parte fue que ella no sonaba enojada –y lo decía honestamente. Él le quería decir que podía salir a beber con o sin ella, pero parecía que eso no le importaría. Este pensamiento no le sentó bien.

Claramente esto era una conversación personal. Alicia inspeccionó el vagón y la masacre.

—¿Por qué ahora? El rey ha tenido diez años para hacer esto; ¿por qué la prisa repentina de llevar a estas personas a Morath? ¿Qué hay que construir?

Algunos de los rebeldes cambiaron su camino. Albert estudió las sangrientas consecuencias como si se tratara de un mapa.

—El regreso de Aelin Galathynius podría haberlo comenzado —dijo Albert, consciente de que los escuchaban.

—No —dijo simplemente Alicia—. Aelin se anunció hace apenas dos meses. Algo grande esta... ha estado pasando en las obras por un largo, largo tiempo.

Sen –uno de los capitanes con quien Albert se reunía regularmente– dijo:

—Deberíamos considerar ceder la ciudad. Movernos a otros lugares donde su punto de apoyo no sea tan seguro; tal vez tratar de establecer una frontera de alguna manera. Si Aelin Galathynius se acerca a Rifthold, deberíamos reunirnos con ella, tal vez se dirigen hacia Terrasen, dejando fuera a Adarlan, y manteniendo su línea.

—No podemos abandonar Rifthold —dijo Albert, mirando a los presos que había ayudado.

—Sería un suicidio quedarse —desafío Sen. Algunos de los demás asintieron, mostrando que estaban de acuerdo.

Albert iba a responder, pero Alicia se adelantó:

—Tenemos que ir hacia el río. Rápido.

Le dio una mirada de agradecimiento, pero ella ya se estaba moviendo.

oooooooooooooo

Aelin esperó hasta que todos dormían y la luna llena se había salido antes de levantarse de la cama, con cuidado de no mover a Graham. Se metió en el armario y se vistió rápidamente, con las armas que casualmente había arrojado allí esa tarde. Ningún hombre comentó algo cuando había arrancado Damaris desde la mesa del comedor, alegando que quería limpiarla.

Ató la antigua espada sobre su espalda junto con Goldryn, las dos empuñaduras mirando a escondidas sobre cualquiera de los hombros mientras ella se paraba frente al espejo del armario y se apresuró a trenzarse el pelo hacia atrás.

Era lo suficientemente corto ahora como para trenzarlo y se había convertido en una molestia, y algunos mechones se escapaban, pero al menos no estaban en su rostro.

Se deslizó fuera del armario, con una capa de repuesto en la mano, más allá de la cama donde el torso tatuado de Graham brillaba a la luz de la luna llena que se filtraba por la ventana. Él no se movió mientras ella salía del dormitorio y fuera del apartamento, no era más que una sombra.


*Hoy público este cáp no por qué valla a hacer un maratón o quise darle un cáp seguido sino que no podré publicar la semana que viene dado que la tengo llena de examen pero saben que si encuentro un hueco público otro nos leemos.