¡Hola!

Aquí he añadido un nombre que aparece en Mass Effect. Pista: ¿Dónde encuentra uno a Garrus por primera vez en ME3? Jeje

En este capítulo he querido dar un punto final a varias relaciones. Conociéndome, sé que no hubiera podido soportar un final de "adiós, buena suerte" sin más. Necesitaba una culminación en detalle. Pero, aunque resulte un poco aburrido de leer, creo que es fundamental para la paz mental del protagonista (¡y de quien la escribe! Jaja) así que espero que no os resulte muy tedioso.

En el siguiente capítulo, el camino a Ostagar. Iba a añadirlo en este, pero ya estaba siendo un capítulo largo, así que decidí separarlo en dos. :)

¡Muchas gracias a todos los que me leéis! Si habéis durado hasta aquí, sois unos valientes. Jeje. Espero que os guste un poquito, al menos.

Un abrazo.

- P.D: La mayoría de personajes y mundo pertenecen a Bioware. Yo los he tomado prestados para hacer mi propia versión de la historia, añadiendo algún que otro personaje de mi propia invención.


"Nuevas heridas"

["Lethallin… no. Ir abelas… no puedo… no debes…"- las palabras se le atragantaban, pero tenía que ser fuerte por él".]


Lyna no había asimilado muy bien la noticia. Separarse de su clan, era una de las cosas más duras que estaba experimentando y no quería que, su querido Tamlen, pasara por ello también.

Marethari le explicó que no le había comunicado la decisión a Lyna hasta ahora, porque quería evitarle más sufrimiento por adelantado. Ella se enfadó mucho, pero la Custodia terminó explicando con paciencia todo lo que sabía y sus porqués. Le contó que, el ritual de Zathrian, sólo evitaba, temporalmente, que la corrupción siguiera su avance. El Custodio había limpiado la sangre del elfo, pero su muerte sería inevitable si no se hacía algo próximamente. Y, al parecer, la única cura conocida para su amigo era, por desgracia, convertirse en Guarda Gris, pero ¿Por qué? y ¿Cómo? Eso Lyna aún no lo sabía, pero pretendía sacarle toda la información a Duncan apenas pusiera un pie lejos del campamento.

Después de mucho discutir con la Custodia, Zathrian y Duncan, Lyna terminó aceptando sus justificaciones ante tan difícil decisión, mientras que Tamlen simplemente se mantuvo de pie, apesadumbrado y pensativo. Pero a su amigo le pasaba algo más, lo presentía. Cuando ella le dirigía su mirada, él parecía evitarla por alguna extraña razón y eso la incomodaba y dolía de sobremanera; parecía que el Tamlen que había despertado de esa larga convalecencia, no era el mismo joven que dejó cuando se fue a Gwaren. Intentaría hablar con él más adelante, si el camino y las circunstancias se lo permitían.

Finalmente, y ante la insistencia de Fenarel, Duncan dejó que Lyna y Tamlen se despidieran de cada uno de los miembros queridos del clan. Aunque no sin refunfuñar antes todo lo que pudo, hasta que ella le observó con esa mirada de súplica que sabía que le desarmaba. Fue entonces cuando el Guarda aceptó concederle unos pocos minutos para decir adiós a su clan, su familia, su vida... era lo mínimo que podía hacer, después de todo.

"Ma serannas, lethallan… por todo. Sin ti, ni Tamlen ni yo hubiéramos sobrevivido"-

"Sin mí, Tamlen no tendría que marcharse y tú no hubieras sufrido, Lyna… lo… lo siento mucho"- Merrill se abalanzó sobre ella y sollozó sobre sus hombros. Lyna la abrazó unos instantes y luego la dejó ir despacio, mientras la joven elfa se secaba, tímidamente, las lágrimas de sus mejillas.

"Dareth Shiral"- le ofreció la elfa temblorosa. Lyna asintió y sonrió.

Lentamente, Lyna se giró hacia Ashalle, que se encontraba con los ojos inundados en lágrimas y rojos de tanto llorar. Sus manos temblorosas custodiaban algo celosamente, mientras que su mirada se movía inquieta entre Lyna y el suelo, como si buscase evitar que las emociones le arrollasen del todo.

"L-lyna… yo…"- logró decir con voz débil. Lyna sintió que Ashalle iba a romperse de nuevo en llanto, así que acudió veloz a ella y la abrazó – "Has sido mi familia, casi una madre para mí. Me has cuidado con tanto amor, que jamás podré olvidarte. Ar lath ma, Ashalle." – en ese instante, la elfa no pudo aguantar más y rompió a llorar.

Lyna se mantuvo un rato más, abrazándola, hasta que ofreció finalmente – "Estoy segura que los Dioses me permitirán verte de nuevo. Pero, mientras tanto, no te olvides de mí."- y la besó en la mejilla, llevándose consigo una lágrima salada.

Lyna no estaba habituada a expresar sus sentimientos tan llanamente, pero necesitaba decir aquello que jamás tendría oportunidad de decir después. Sabía que el rumbo de su nuevo camino, quizá tornase por sendas insospechadas, y era muy probable que éste fuera un adiós definitivo.

"Oh, da'len… Jamás te olvidaré."- miró a Lyna con intensidad a los ojos mientras sorbía por la nariz e intentaba controlar sus temblores – "Toma"- dijo levantando las manos y ofreciéndole a Lyna el objeto que, tan cuidadosamente, guardaba entre ellas.

"¿Qué es?"- Lyna abrió los ojos al ver un pequeño colgante hecho de cuentas de madera, cada una tallada con la forma de un animal: águilas, lobos, hallas, zorros… - "Es… hermoso, Ashalle…"- dijo con sorpresa mientras lo cogía de sus manos.

"Era… era de tu madre, Lyna. Ella… lo hizo para ti. Quería que lo llevaras el día de tu unión."- la voz de Ashalle se quebró de nuevo pero Lyna sujetó sus manos para reconfortarla.

"Ma serannas, Ashalle… Cuidaré bien de él"- No había tiempo de recriminar las intenciones de su inexistente madre, así que, sin más, Lyna levantó el collar y se lo colocó sobre el cuello. Las pequeñas cuentas de madera rozaban su armadura repetidamente liberando un tintineo seco y armonioso, pero le gustaba sentirlo y oír la música que despertaba sobre ella. Parecía un recordatorio de lo que pudo haber sido, y nunca fue ni sería. Era muy triste, pero hermoso al mismo tiempo; ese obsequio llevaba consigo más de un significado.

Ashalle asintió y sonrió débilmente – "¡Me recuerdas tanto a tus padres...! Tienes la belleza de tu madre y la fortaleza de tu padre… Eres única, Lyna. Nunca lo olvides."- sus dedos arreglaron un poco la caída del colgante y Lyna aprovechó para sujetarle las manos, en un gesto de afecto. Ashalle levantó la mirada y no pudo evitar romper en llanto nuevamente – "Ar lath ma, Lyna… Ar lath ma… por siempre, querida niña."- ofreció con voz temblorosa.

Antes de separarse, Lyna acercó su frente a la de ella, en señal de despedida, y Ashalle le susurró finalmente – "Dareth Shiral, da'len".

Lyna asintió con tristeza y se alejó de ella, lentamente, sin apartar su mirada unos segundos de la que había sido casi una madre para ella. Tantos recuerdos, tantos momentos juntas, sólo quedarían en su memoria, pues sus caminos se separaban hoy y, posiblemente, para siempre.

La mirada de Lyna se desvió, con indecisión, hacia Ilen, su maestro, su cómplice, su tutor, su… padre. De sus ojos brotaron lágrimas de nuevo, su cuerpo temblando de la tristeza. Sin meditarlo, se acercó a él y ambos se abrazaron al unísono sin mediar palabra alguna, en un gesto de comprensión profunda. Ambos siempre acompasados; parecían dos mitades de un ser, siempre sincronizados, una complicidad especial que ella jamás esperó tener con nadie hasta que Ilen formó parte de su vida. "Dioses, le echaré muchísimo de menos" – pensó mientras acurrucaba su rostro en la curvatura del cuello de su maestro.

Varios minutos se mantuvieron juntos, abrazándose fuerte, como si ambos se fueran a caer y estuvieran sujetándose al último resquicio de salvación. Los dos, con los ojos cerrados, sintiendo las emociones fluir entre ellos como dos grandes cascadas que rebosan recuerdos y tristeza, pena y despedida. Lyna temblaba e Ilen le respondía con un sutil llanto sólo perceptible por ella, como si fuera una dedicatoria tácita del corazón.

"Gracias, hahren… gracias por enseñarme a caminar por esta senda… por acompañarme y darme la oportunidad de ser quien soy. Ma serannas…"- se le atragantaban las palabras, apenas podía decirlas, pero necesitaba expresar cuán agradecida estaba por todo.

"Querida niña… gracias a ti por devolverme las ganas de vivir"-

Eso fue todo lo que pudo aguantar en ese instante. Lyna rompió a llorar con fuerza. A su alrededor, la Custodia y el resto de presentes, se hallaban en silencio mientras compartían el llanto de un padre y una hija que se decían adiós con expresiones rotas por el dolor.

"Y da'len… recuerda"- Ilen se separó un instante de ella para mirarla a los ojos, los suyos a su vez, cristalinos y rojos de tanta tristeza, mostraban su dolor con tal claridad que Lyna apenas podía soportarlo – "Eres inevitable. Sé fuerte, sé valiente, sé siempre tú…"- la volvió a abrazar con más fuerza y ella se debilitó en sus brazos, estremeciéndose con el llanto.

"Gracias por estar a mi lado siempre. Ar lath ma… Padre"- le susurró. Ilen se tensó un momento con lo inesperado del nombre y Lyna le apretó con más fuerza para reafirmar sus palabras. Él le respondió con un "Dareth Shiral" tan triste que ella sintió que iba a desmayarse del dolor tan intenso que sentía en su pecho. Jamás pensó que los sentimientos dolieran tanto, fueran tan intensos, tan destructores. Separarse de su pueblo estaba siendo más difícil que soportar la peor de las heridas y traiciones.

"Lyna… debemos marcharnos…"- la voz de Duncan la sacó de su ensimismamiento, sobresaltándola ligeramente.

Lyna agitó la cabeza ligeramente y después, lentamente, se separó del abrazo de su maestro, cuyo rostro acusaba los esfuerzos del llanto y la pena. Ella le sonrió finalmente y juntó su frente con la suya, en señal de despedida y buena suerte. Compartió una última mirada con él, con el que había sido su gran apoyo todo este tiempo y, en ese instante, su corazón se rompió de nuevo, dejando una gran herida que estaba segura que jamás se cerraría, pues hoy perdía, por segunda vez, a un Padre.

Sin demorarse más en sus recuerdos y penas, Lyna se alejó de él y se acercó a Marethari, mirándola mientras le ofrecía una débil sonrisa. La Custodia se encontraba más serena, más entera, pero Lyna sabía que, por dentro, su corazón ardía de pena. Hoy no perdía sólo a una hija, sino a dos hijos queridos.

"L-Lyna… lamento no haberte contado antes que partías con Tamlen. No quería-"-

Lyna levantó la mano y sonrió más ampliamente – "No hace falta Custodia. Lo entiendo. Gracias."- se acercó a ella y, sin mediar palabra, la abrazó con fuerza.

Por un instante, la Custodia se quedó inmóvil, sin saber qué hacer, pero después de unos breves instantes, con un repentino brote de tristeza, rompió a llorar y abrazó tan fuerte a Lyna, que la elfa sintió su armadura crujir ligeramente por la presión.

"Da'len, te echaremos muchísimo de menos… Yo… yo… te echaré mucho de menos, querida… hija mía"- la voz rota y temblorosa de la Custodia, y el posterior sollozo, hizo que el corazón de Lyna se volviese a romper aún más, dejando pequeños trozos ya irrecuperables.

"Gracias por enseñarme a ver que, al final, no estaba del todo sola. Ar lath ma, mamae"- sujetó con fuerza a la Custodia, mientras ambas se estremecían con el llanto y el dolor. No se dijeron nada más, simplemente se quedaron de pie, abrazándose mientras que sus llantos hablaban por ellas; tan intenso el momento que Lyna perdió el sentido del tiempo por un instante, sólo sentía los latidos de la que consideraba una madre, por encima de todas las cosas. Ella había sido uno de los grandes pilares de su vida y, tener que apartarse de ella, sin saber tan siquiera si volvería a verla, estaba destrozando su alma como jamás pensó que sería posible. Lyna era fuerte, pero ahora no era ella misma… ahora era aquella niña solitaria que creció sin padres, sin ser consciente de que, los Dioses, le concedieron algo mejor.

Al cabo de un tiempo, ambas se separaron, se despidieron juntando las frentes y se desearon buen viaje con lágrimas aún en los ojos.

"Dareth Shiral, Lyna… Buena suerte, querida niña."- Marethari le dedicó una última caricia en su mejilla y Lyna sonrió con ternura mientras se alejaba de ella.

"Lyna…"- Fenarel se encontraba al lado de Marethari, algo nervioso y con lágrimas cayendo libremente por sus marcadas y pálidas mejillas.

"Fen…"- ambos se miraron un instante, en tensión y ansiedad, como si hubieran visto la escena más terrorífica de sus vidas, hasta que Lyna, sin previo aviso, se abalanzó sobre él y le abrazó con tanta fuerza que él trastabilló para atrás del impulso con el que la joven se lanzó a sus brazos.

En ese mismo instante, el joven elfo no pudo evitarlo y comenzó a sollozar mientras alojaba su rostro en el cuello de Lyna, empapándola con sus gruesas lágrimas. Sus manos se aferraban a la espalda de la elfa, como si no quisiera dejarla ir. Ella no pudo más que abrazarle aún más fuerte, mientras le correspondía en su llanto y estremecimiento. Su corazón, los restos que le quedaban, se rompían hasta convertirse en cenizas. Lyna estaba segura que pocas cosas superarían este dolor tan intenso y avasallador que sentía dentro de su pecho; era como una oscuridad que, poco a poco, la cubriese con tal ola de dolor que ya sólo era capaz de sentir pena.

"Lethallin… gracias por regalarme un trozo de tu vida, por enseñarme lo que es sentirse querida... Te quiero, te quiero tanto… Ar lath ma, Fen"- Lyna se separó del abrazó lentamente y, con ambas manos, sujetó el rostro de Fenarel para mirarle a los ojos, con intensidad. Sus propios ojos navegaban por los del elfo que la observaban anegados en lágrimas calientes esperando desbordarse para dar paso a aún más tristeza. Ese instante pareció durar una eternidad, pero después, sin mediar más palabras, le besó en los labios con tanta intensidad que ella misma perdió el aliento cuando se separó de él finalmente, ambos agitados y con las mejillas rojas y húmedas de tanto llorar.

Ambos se miraron a los ojos unos segundos más, bebiendo de las emociones a flor de piel, cuando él, con voz temblorosa, le susurró – "Ar lath ma, vhenan… por siempre…"- levantó la mano de Lyna y la besó con tanta ternura que la hizo estremecer.

Ella no sabía que los sentimientos se pudieran transmitir tanto con un gesto tan delicado, pero ese beso, sabía a adiós, a final, a dolor ácido… estaba siendo lo más duro que jamás había experimentado. Tembló con la calidez del momento y él la volvió a abrazar, reafirmando así sus palabras. El corazón de Fenarel palpitaba con tanta fuerza que Lyna pudo sentirlo a través de su armadura. Sus ojos parecían un torrente descontrolado de dolor convertido en pequeñas, húmedas y calientes gotas. Lyna se perdió un instante en su olor, en su piel y él le correspondió de igual forma, acurrucándose en su cuello, y rozando sus labios sobre la tersa piel de Lyna, dejando pequeñas huellas de calientes besos que la marcarían más que el Vallaslin que cubría, ahora, toda su piel.

"Lyna… por favor…"- la voz de Duncan volvió a sobresaltarla.

"Fenedhis, shem… Maldito seas…"- murmuró Lyna entre el llanto. Se separó con dificultad de Fenarel, mientras se enjugaba las lágrimas de los ojos, y éste la observó con la mirada perdida, dolida, carente de toda la vitalidad que una vez llenó aquellas hermosas esferas brillantes.

Lyna levantó la mano y acarició por última vez la mejilla de su amigo, su compañero, su amante…

"Dareth Shiral, vhenan… hasta siempre"- Fen inclinó su rostro sobre la mano que Lyna tenía sobre él y cerró los ojos, buscando sentirla por última vez. Ella le miró con intensidad, dudando si salir corriendo con él y olvidarse de todo, o cumplir con su promesa. Pero ya sabía la respuesta.

"Hasta siempre, Fen…"- juntó finalmente su frente a la de él, y ella le sintió estremecerse. Sólo duraron unos segundos así, pero en ese gesto, todos los momentos vividos con él cruzaron su mente en un fugaz instante. Su corazón apenas podía soportarlo, pero antes de que ella pudiera separase completamente de Fenarel, él apartó la cabeza, la miró por última vez con su rostro desfigurado por el dolor, y salió corriendo sin mirar hacia atrás, dejándola de pie, triste y sola.

La mano que Lyna tenía en la mejilla de su amigo, se quedó extendida en el aire, fría y temblorosa. Sus ojos se desviaron hacia la estela de polvo que Fenarel dejaba a su paso mientras corría por el campamento, hacia su tienda, buscando huir de aquella situación de alguna forma desesperada. Demasiadas emociones juntas, demasiado dolor, y ella lo comprendía, sólo que ella no podía salir corriendo, no podía huir de su destino. Tenía que afrontarlo como afrontaba todo en la vida; con valor y determinación, sin duda, sin miedo… y sola.

Su mano se posó lentamente sobre su abdomen y giró su rostro al resto de miembros del clan. Todos se hallaban mirándola con aire sombrío, con ojos tristes y cuerpos encorvados; lamentaban su pérdida, su marcha, y eso la llenó de tanta calidez, que de sus ojos volvieron a brotar lágrimas que parecían no tener fin. Nunca antes pensó que, en el clan, pudieran valorarla tanto, apreciarla tanto… después de todo, parecía que ellos sí la consideraban su familia.

Uno por uno, Lyna se fue despidiendo de cada miembro del clan; desde el más pequeño miembro, hasta el mayor, pasando por Maren, Junar, Pol, y Paivel. Incluso pudo despedirse de Varathorn y los demás elfos del clan de Zathrian.

"Hahren, gracias por la compañía y la ayuda. Lamento haber sido, en ocasiones, un incordio."-

"De nada, da'len y no ha habido daño. Buena suerte en tu viaje. Dareth Shiral"- Varathorn colocó una mano sobre el hombro de Lyna y ella sonrió.

Al lado del anciano, se encontraba la joven elfa cazadora con la cara algo congestionada por el momento. Lyna la observó un instante y sonrió - "Mithra, agradezco que hayas cuidado de Fenarel por mí. Espero… espero que sigas cuidando de él si tienes la oportunidad"- se acercó a su oído y le susurró suavemente- "Es el mejor de los hombres. Dale una oportunidad, lethallan… estoy segura que él, tarde o temprano, hallará la paz."- se apartó de su rostro y le acarició la mejilla en un gesto improvisado de cercanía y confianza. Lyna sabía que la elfa sentía cosas por él y ella parecía una mujer fuerte y decidida, cualidades que Fenarel terminaría adorando.

La elfa se sonrojó con las palabras y el gesto, y sonrió en respuesta – "Dareth Shiral, Lyna. Que los dioses te protejan"- Lyna asintió y a continuación desvió su mirada hacia Deygan, que se encontraba cerca del resto de sus compañeros de clan.

El joven la observaba con ojos cristalinos y una ligera mueca de disgusto que no pasó desapercibida por ella. Quizá se debía al despliegue previo de cariño por Fenarel, pero a pesar de ello, Lyna quiso dedicarle unas últimas palabras. Después de todo, él siempre había sido bueno con ella.

"Lethallin…"- dijo suavemente mientras se acercaba a él- "Ha sido maravilloso poder compartir contigo este tiempo. Te deseo una vida larga y llena del favor de los dioses, Deygan. Gracias por cuidar de mí y… ¡por vigilarme tan bien!"- soltó una pequeña risita recordando lo que él le había confesado sobre Zathrian y el elfo se sorprendió.

Lyna miró de reojo al Custodio, que se movió incómodo al lado del joven elfo – "Cuídate"- continuó intentando quitar importancia a su comentario. Apoyó su frente sobre la de Deygan y le susurró con ternura – "Algún día lethallin, harás muy feliz a alguien. Nunca dudes de ti y lo valioso que eres… ¡Yo no lo hago!"- y le soltó un pequeño y fugaz beso en la punta de la nariz. Él dio un respingo y se sonrojó, pero la abrazó con intensidad y urgencia al segundo después, sorprendiéndola por completo. Un llanto afloró en su garganta y ella lloró con él. Se sentía agradecida, pues los Creadores le habían concedido la oportunidad de conocer a alguien tan especial. "Deygan… quizás en otra vida…"- pensó con tristeza mientras se aferraba al joven elfo.

"Dareth Shiral, Lyna… Que los Dioses cuiden de ti. Espero volverte a ver… alguna otra vez"- Deygan se separó de ella y sonrió, aunque por su rostro aún corrían lágrimas, testigos mudos de la tristeza que sentía, Lyna logró devolverle la sonrisa y asintió esperanzada. No estaba segura de volver a verle, pero algo le decía que sus caminos volverían a cruzarse.

Finalmente, ella se alejó de él y desvió su mirada hacia el Custodio, que esperaba paciente el turno. Ella le observó curiosa y sonrió.

"Hahren, ma serannas, por todo, por habernos ayudado a Tamlen y… a mí. Por haber traído a Fenarel hasta aquí, por habernos dado descanso y alimento en vuestro campamento. También… ehm…"- dijo en un tono más bajo mientras se acercaba un poco más a él– "…quisiera agradeceros por haber enviado con nosotros dos maravillosos guardaespaldas a protegerme… o vigilarme… aunque eso ya da igual."- concluyó simulando indiferencia mientras gesticulaba con una mano, sin ocultar esa media sonrisa pícara que siempre afloraba cuando usaba el sarcasmo.

La reacción de Zathrian fue apenas perceptible, pero Lyna notó una tensión especial en su pose y el movimiento involuntario de su nuez cuando tragó saliva como acto reflejo de su incomodidad. Aquello agrandó la sonrisa de Lyna que, posteriormente, continuó en un tono más formal – "Por todo ello…"- dijo mientras hacía una pequeña reverencia con el rostro- "Mi agradecimiento es eterno y espero algún día poder compensároslo de alguna forma. Estoy en deuda con vos, Custodio."- Lyna se inclinó un poco hacia él, y sintió un pequeño cosquilleo cuando él colocó una mano sobre su hombro en señal de afecto y despedida; sus dedos calientes y fuertes. Se estremeció con el tacto y él pareció notarlo pues sus ojos brillaron con una inesperada luz.

"Dareth Shiral, Lyna. Sé que los Dioses volverán a unir nuestros caminos de nuevo. Tan sólo espero… que sea pronto"- dijo suavemente Zathrian, mientras le ofrecía una débil sonrisa. Su mirada taladraba el rostro de Lyna, y ella volvió a sentir escalofríos sin razón aparente. Él siempre la hacía estremecer y, desde que había participado en este rito, se sentía aún más atraída y nerviosa ante él; era como si algo de este extraño elfo se hubiera quedado en ella y viceversa, era algo profundo, visceral, algo inexplicable que la atemorizaba y excitaba, estaba siendo completamente inesperado y, a todas luces, bienvenido por su cuerpo.

"Ma serannas, Zathrian. Eso espero yo también…"- le sonrió cálidamente de vuelta y él abrió los ojos ligeramente sorprendido por el énfasis de Lyna en esa última frase, pero se recuperó al instante, volviendo a su pose formal.

Al terminar, Lyna se giró hacia todos y observó por última vez a su clan, a su familia. Veía sus rostros, y su mente los convertía en recuerdos, en pasado, en sentimientos…

"Ilen… Marethari… Ashalle… Fen... Mi Familia…"- pensó mientras dejaba caer las últimas lágrimas ante ellos. Volteó su cara hasta la tienda de Fenarel, que se hallaba a lo lejos del campamento, y soltó un suspiro. "Algún día lo comprenderás, lethallin"- pensó mientras se secaba la humedad de su rostro.

Un movimiento cercano inesperado la sobresaltó ligeramente - "Toma Lyna."- dijo Duncan mientras se posicionaba al lado de ella – "Tu… amigo me ha dejado esta bolsa con tus cosas. Al parecer son las que dejaste en Gwaren."

"Gracias… Guarda."- ofreció Lyna mientras sujetaba débilmente el saco. Miró un instante a Duncan al rostro y asintió finalmente, comprendiendo la expresión del humano.

Sin perder más tiempo, Lyna desvió su mirada en dirección a Tamlen que se encontraba despidiéndose, por último, de Maren. La elfa lloraba la pérdida de su amor con mucho pesar. Sus cabellos rojizos se pegaban a sus húmedas mejillas y sus manos, temblorosas, acudían al rostro de Tamlen con timidez para dedicarle unas últimas caricias. Él no hacía ademán de evitar su sutil tacto, y Lyna no pudo más que sentir ternura por aquel instante. Ella, en el fondo, envidiaba a la elfa. Maren parecía tener las cosas muy claras con respecto a sus sentimientos, no estaba en tierra de nadie como ella, que era una patética elfa caprichosa que siempre buscaba más, siempre necesitaba más, que ya nada le era suficiente y que todo le sabía a poco. A veces se odiaba a sí misma por ser como era, y por no poder controlar lo que sentía, pero sabía que no podía hacer ya nada más...

Lyna vio a Tamlen observar con ojos tristes a la muchacha para luego acercarse a su rostro y obsequiarle, por última vez, un débil beso en la mejilla. La joven se estremeció y se llevó las manos a la cara, pero él simplemente se apartó. Un instante después, el elfo se giró y caminó lentamente hasta ellos, con aire sombrío y cansado.

"Tamlen, ¿Estás bien?"- preguntó preocupada Lyna mientras le tocaba el brazo cuando se hubo acercado lo suficiente.

Él se apartó de ella - "Vayámonos cuanto antes. No quiero estar más aquí."- Tamlen no levantó su mirada del suelo. Simplemente se llevó su mochila al hombro y comenzó a caminar hacia la salida del campamento sin mirar hacia atrás.

El corazón de Lyna se contrajo más, y frunció el ceño en preocupación, pero no ofreció réplica alguna. A su amigo le pasaba algo más que la corrupción por su cuerpo, y pretendía averiguarlo. Sin embargo, debía darle algo de tiempo para asimilar todo. Ella misma necesitaba tiempo, pues la presión en su corazón apenas la dejaba respirar. Eran demasiadas emociones juntas, demasiada pérdida de golpe, era demasiado que asumir de repente y no se sentía capaz ahora mismo de curar heridas ajenas, cuando las propias estaban tan nuevas.

"¿Lyna?"- Duncan la sacó de sus pensamientos con su suave voz – "¿Estás preparada?"

Lyna asintió y se giró por última vez hacia su clan. Todos la miraban tristes. Su maestro juntaba las cejas y la miraba con intención, mientras que Marethari seguía con lágrimas en los ojos. Ashalle era un mar de lágrimas, y Merrill la sujetaba por los hombros mientras la intentaba consolar. Incluso Zathrian mostraba cierta tristeza aunque, detrás de aquellos inescrutables ojos, se hallaba algo más que Lyna no lograba identificar.

Ella parpadeó rápidamente un par de veces más para evitar que sus lágrimas volvieran a acudir raudas a sus ojos y, levantando una mano, la agitó suavemente en el aire en señal de despedida, pero no se quedó a observar quién le contestaba de vuelta. Sentía que si miraba un poco más, tendría que matar al Guarda y quedarse sin importar las consecuencias, y eso no era digno de ella; ella no evitaba su destino, su responsabilidad, ella lo afrontaba, a costa de cualquier cosa, incluso de su propia felicidad. Así es como ella sentía, y como Ilen le había educado.

Ya caminando hacia la salida del campamento, unos pasos fuertes y una respiración agitada llamaron su atención de repente. Lyna se giró para ver de qué se trataba y, a unos escasos pasos, vio a Fenarel corriendo en dirección hacia ella con la cara congestionada por el llanto y el dolor.

Lyna se detuvo al instante, su corazón a punto de desbocarse por completo, pero no reaccionó. Si soltaba sus alforjas y corría a abrazarle, ya nada podría separarla de él y de su clan. No tenía más fuerzas, así que simplemente se quedó allí de pie, observando a Fenarel correr hasta que llego donde ella estaba y, sin intercambiar previamente palabra alguna, la abrazó con fuerza levantándola en el aire un breve instante antes de dejarla nuevamente en el suelo.

"Vuelve… por favor… Vuelve… Te esperaré, por siempre…"- Fenarel temblaba mientras le susurraba tan dolorosas palabras.

Lyna suspiró y tragó saliva para impedir que el llanto volviera a apoderarse de ella de nuevo. Debía ser todo lo que fuerte que Fenarel no estaba siendo y decidió apartarse lentamente de él, mientras se liberaba, dolorosamente, del cálido abrazo.

"Lethallin… no. Ir abelas… no puedo… no debes…"- las palabras se le atragantaban, pero tenía que ser fuerte por él – "Olvídate de mí… por favor. Ya… ya no existo en vuestro mundo. Lo siento…"- se acercó a sus labios y le besó suavemente un breve instante, para luego darse la vuelta y salir corriendo del campamento.

Lyna no miró hacia atrás para ver a su amigo, pero sabía que le había roto aún más el corazón. Tuvo que hacerlo, tuvo que eliminar cualquier esperanza… él debía continuar con su vida, debía ser feliz. Sus lágrimas amenazaron con volver, pero ella tragó fuerte y evitó que se derramasen; ya había llorado suficiente. Demasiado dolor acumulado en un sólo día y aún quedaba mucho trayecto por delante. ¿Debía olvidarse ella también de su clan? Sólo el tiempo y el camino lo dilucidarían.

… … … … … …

Arriba en el firmamento un trueno resonó, luego otro. Duncan caminaba en silencio detrás de ella. Tamlen se encontraba a unos pasos más adelante de Lyna, caminando ligeramente errático sobre el irregular terreno.

Lyna sabía que su amigo no se encontraba físicamente bien, pues vivía de tiempo prestado. Su ánimo ahora no le permitía sacarle las preguntas pertinentes al Guarda así que decidió seguir su camino sin mencionar nada al respecto, hasta encontrar las fuerzas necesarias para afrontar lo que tuviera que afrontar con respecto a su amigo.

Los pasos pesados del Guarda aceleraron su trote y Lyna se volteó para verle.

"Lyna… ¿Crees que…"- Duncan levantó la cabeza y miró a Tamlen – "…estaréis… los dos bien?"

Lyna asintió con expresión sombría y desvió su mirada de nuevo al camino – "Más vale que todo esto tenga una buena justificación shem, porque si no, juro por los Dioses que, aunque me cueste la vida, te convertirás en alimento de mi Virassan…"- su voz se tornó grave como el de un anciano y gélida como la bruma en invierno. No era ira lo que sentía, sino una determinación tal, que estaba dispuesta a todo con tal de cumplir con su deber. Si este shem le había hecho abandonar su hogar y familia, para reclutarla para algo sin mayor relevancia, ella sabría ajustar cuentas. Cada acción tiene una reacción igual y opuesta, y ella pensaba hacer cumplir su amenaza en caso de que sus justificaciones se le antojasen vacuas. Pronto sabría qué rumbo tomar, pero ahora era aún demasiado pronto para actuar.

Duncan tragó saliva, incómodo. La cara serena de la elfa y esas afiladas palabras, le hicieron sentir escalofríos. Nunca una amenaza había sonado tan terrible a sus oídos, y eso que él había escuchado más de una a lo largo de toda su vida. Quizás era la cara dulce y juvenil que, contorsionada por el dolor y la frialdad, profería dichas palabras, pero algo en aquella advertencia le hizo estremecer. Él era perro viejo, pero su intuición nunca fallaba y él, ahora, temía seriamente por su vida.

Los tres continuaron su paso en silencio. Ninguno quiso dar muestras de su inconformidad e incomodidad. Un relámpago iluminó el cielo que precede al alba. Lyna contó – uno, dos, tres… - un fuerte temblor sacudió el bosque, levantando el vuelo de algunas nerviosas aves madrugadoras. Se frotó ambos brazos, sintiendo el frescor del cambio de estación. Menae, la segunda luna, se alzaba pequeña a lo lejos, apenas visible. Las gordas y oscuras nubes amenazaban con cubrirla a ella también, pero se mantenía solitaria y decidida; casi como ella… parecían compartir un destino similar. El cielo comenzaba a clarear aunque, no tan a lo lejos, el cúmulo de nubes eléctricas advertían una húmeda y ruidosa jornada.

Lyna se llevó su capa a los hombros, y se colocó su capucha sobre su cabeza. El camino acababa de volverse aún más insoportable.


Sus palabras aún resonaban en su mente golpeando fuerte en su corazón, una y otra vez, con el único consuelo de su soledad.

"Olvídate de mí…"- su cruel mente le repetía incansablemente.

"Cállate"- gritó mientras se llevó, desesperado, las manos a la cabeza.

La soledad de su tienda no ayudaba con su dolor. Necesitaba buscar una distracción. Necesitaba algo que llenase ese vacío que Lyna había dejado dentro él.

Salió bruscamente de la tienda, y se dirigió hacia la hoguera. Allí, varios elfos comenzaban su jornada desayunando copiosamente. Pero él necesitaba algo más fuerte. Exasperado, buscó entre los barriles que se almacenaban cerca de allí, hasta lograr encontrar un pichel vacío. Sin pensar, lo cogió y hundió el recipiente dentro de uno de los barriles de cerveza élfica caliente que reposaba en la barrica de madera de roble.

Justo cuando se dispuso a beber, una mano detuvo su avance – "¿No crees que es demasiado pronto para beber?"

La dulce voz de Mithra le sacó un poco de sus pensamientos, pero hizo caso omiso y, de un pequeño manotazo, apartó la mano de la joven y bebió hasta el fondo, eructando al finalizar la insípida bebida.

"¿No crees que es demasiado tarde ya para que sigas por aquí? ¿Hm? Vete a tu clan, y déjanos en paz, elfa…"- No quería aguantar chácharas de nadie. Lyna no estaba, ella jamás vendría, eso era lo único que le importaba. El que su amigo de la infancia, Tamlen, hubiera ido con ella no ayudaba en nada. Hoy, no sólo había perdido a Lyna, sino también a su hermano. Otra idea le rompía el alma; su mente le torturaba con escenas inventadas de ellos riéndose y disfrutando de aventuras juntos. Incluso llegó a imaginarse al elfo, besando esos labios que, apenas hace un día, eran suyos. "Malditos sean los Dioses…"- pensó para sus adentros mientras hundía de nuevo su jarra en el barril.

"Fenarel… ¿Qué crees que estás haciendo?"- Mithra insistió de nuevo. Colocó una mano sobre el hombro del elfo, y éste la empujó haciendo que ella se tropezase ligeramente con unas pequeñas ramas que sobresalían del terreno.

"He dicho que nos dejes en paz. Vuelve con tu clan… con tu Custodio y tus… tus cosas… aquí no os necesitamos más"- Fenarel se limpió la boca con el antebrazo al terminar de beber su segundo pichel de cerveza y volvió a hundir la jarra en el espumoso líquido amarillento.

Mithra se quedó un rato observando al joven. Su rostro se transformaba entre una máscara de ira y dolor que resultaba complicado de soportar. Ella no sabía por qué se preocupaba por él, pero lo hacía, y era todo lo que importaba. Pronto se marcharía a su clan, y no quería despedirse así de él.

"Fen…"- dijo en un suspiro – "Sé lo que sientes, pero no puedes hundirte así… debes ser fuerte. Tu clan te necesita"- se acercó lentamente hacia él, pero no le tocó.

Fenarel levantó la mirada y la miró de reojo, mientras se llevaba otro trago más de cerveza. No dijo nada. Sentía que si hablaba, se rompería, y ya no quería llorar más.

Mithra le observó nuevamente, y levantó una mano para intentar apartarle un mechón de pelo de la cara. El quitó su rostro pero ella insistió, apartando al fin el pequeño y fino hilo de cabello sobre sus ojos.

"Perder a alguien es duro, Fen… lo sé"- continuó con voz suave sin apartar su mirada de él.

"Tú qué sabrás sobre pérdidas, elfa. Déjame solo"- gruñó él.

Mithra bajó la mirada y continuó – "Sé lo que es la pérdida. Yo… estuve unida una vez a un buen hombre."

Fenarel giró su rostro y la observó algo sorprendido, pero intentó no seguirle la corriente. Él no quería consolarse con penas ajenas, él quería a Lyna de vuelta y nada iba a hacer eso realidad, así que continuó bebiendo, intentando simular indiferencia.

Mithra continuó, haciendo caso omiso a la actitud del elfo - "Pero fue… víctima de unos bandidos shem. Fuimos amigos desde niños y, cuando nos hicimos cazadores, nos comprometimos. Apenas… duramos unos meses juntos y… y luego él se fue con los Dioses… así que sí, Fen. Sé lo que es la pérdida…"- ella se secó una lágrima que escapó junto a esas últimas palabras.

Fenarel no pudo evitar el trago amargo de tristeza que tuvo que pasar al escuchar su relato. No sabía que ella, siendo tan joven, hubiera perdido tanto ya. Por un momento, se sintió como un niño malcriado, quejándose por no tener lo que él quería tener. Pero no quería ser desagradecido pues nadie contaba algo así sin sentirse terriblemente mal.

"Lo… lo siento Mithra, no quería ser tan… grosero contigo. Sólo que no quiero hablar, no quiero pensar, no quiero-"

"¿Sentir?"- continuó Mithra ofreciéndole una triste sonrisa. Fenarel se sorprendió de nuevo, pero asintió.

"Oh sí, Fen. Sé también lo que es eso…"- Mithra se acercó un poco más a él, con los ojos llenos de comprensión y algo que logró identificar como dolor. Levantó una mano y la posó sobre la espalda del elfo, que se estremeció con la cercanía. Estaba tan débil, que cualquier gesto le haría quebrarse de nuevo.

"Sólo quiero que sepas que, todos tenemos un futuro, un destino que cumplir. Las tragedias o pérdidas nos marcan, sí, pero no nos definen. Sé que los Dioses tienen algo bueno para ti, Fen, eres un buen hombre"- se acercó a Fenarel y le besó dulcemente en la mejilla.

Fenarel se sobresaltó con el gesto de cariño, pero no dijo nada. Si alguien así había perdido tanto y había salido adelante, él también sería capaz. No podía hacer nada al respecto y Lyna había sido clara al respecto "Olvídate de mí…"- recordaba una y otra vez. Su corazón palpitaba dolorosamente con el reciente recuerdo, pero debía ser fuerte.

Justo cuando Mithra se dispuso a irse, Fenarel la detuvo – "Mithra… ¿Me… me acompañas?"- dijo señalando su tienda.

La elfa le miró curiosa y asintió. Fenarel dejó la jarra sobre el barril, e intentó darse la vuelta sin trastabillar, pues su cabeza le daba vueltas por el exceso de alcohol que inundaba su cuerpo a tan inapropiadas horas. Sacudió su cabeza intentando aclarar su visión lo justo para poder llegar a su tienda, pero Mithra tuvo que ayudarle un par de veces.

Cuando hubieron llegado, se acostó bruscamente sobre el catre de tela de su tienda e hizo un gesto con la mano para que la elfa se acostara junto a él. Ella le miró con recelo y cruzó los brazos sobre su pecho.

"Sólo quiero hablar… aunque ese maldito brebaje se me ha subido demasiado rápido"- dijo Fenarel mientras se frotaba la cara. Aún los sentimientos pesaban, pero la bebida había logrado anestesiar parte de ese dolor que sabía que volvería más fuerte cuando se le pasara el aturdimiento. Así que decidió aprovechar la oportunidad mientras podía, prefería emborracharse y no pensar, que vivir sobrio y sufrir ese dolor tan insoportable.

La joven le miró unos segundos más y sonrió. – "Está bien. Pero sólo un rato. Pronto… nos iremos"- se acostó al lado de Fenarel y la notó tensarse un poco cuando él colocó una de sus manos sobre la de ella.

"Quisiera… quisiera saber más cosas de ti, Mithra…"- preguntó Fenarel mientras observaba el techo de su tienda sin interés.

"¿Cosas sobre mí? Creo que no soy muy interesante…"-

"Yo creo que sí lo eres… tienes algo que…"- 'Que me recuerda a Lyna', quiso decir, pero sabía que no sería prudente, así que dejó que la explicación muriera allí. No sabía si era su fortaleza, su determinación o la capacidad de dominar una situación, pero algo en ella le recordaba, dolorosamente, a Lyna.

"Em, bueno… Tengo veintidós años y pasé mi rito del Vallaslin con dieciséis…"- la joven se acarició su tatuaje y se giró para ver a Fenarel.

"¿Sabes que Lyna pasó su ritual de sangre a los trece años?"- Fenarel no pudo controlar su boca. Al decirlo, su mente voló a aquel día - Lyna serena, decidida, el brillo de la determinación en sus ojos. Marethari tallaba y canturreaba mientras hundía la dura y afilada punta sobre esa delicada piel de alabastro. Todos en el clan la observaban estupefactos. La joven elfa no dio ni una sola muestra de dolor en su rostro o cuerpo. Después de varias interminables horas, Lyna se levantó, agradeció a la Custodia y a los Dioses, y se adentró al bosque para cazar. Al poco tiempo, llegó de nuevo el campamento con varias presas para cenar, como si nada hubiera sucedido. - Fue en ese momento en que Fenarel puso irremediablemente los ojos en ella. Fue en ese instante en que él sentenció su corazón al más absoluto abismo de la soledad. Debería haberse dado cuenta. Debería haber sabido que una mujer así, jamás sería suya. Ella parecía estar destinada a algo más grande, más especial, y él no iba a ser su acompañante. Debería haber hecho algo entonces pero era ya demasiado tarde. Suspiró con el recuerdo y apartó su mano de Mithra.

Mithra se quedó un rato observando a Fenarel. Sus ojos bailaban hacia diferentes puntos invisibles de su tienda, y aparentaba estar recordando momentos que parecían dolerle. El comentario del elfo la sorprendió, pero entendió el porqué. Todo ahora le recordaba a Lyna. Ella conocía bien esa sensación.

"Es… poco usual que alguien aguante el rito antes de los dieciséis"- se le ocurrió decir. "Tonta"- se reprendió por continuar hablando de la elfa.

"Supongo que ella era así en todo… poco usual"- Fenarel cerró los ojos un momento. Esto no estaba funcionando. No quería estar aquí hablando de Lyna. Quería hablar de todo menos de ella y allí estaba; recordando momentos que le resultaban dolorosos.

Ambos se quedaron en silencio un rato. Mithra no quería continuar hablando de Lyna, por el bien del elfo, así que decidió tirar por otro camino – "Es… curioso cómo, algunos recuerdos que atesorábamos con anterioridad, se vuelven insoportables con el tiempo. Supongo que todos los que hemos perdido a alguien, sabemos lo que se siente"- colocó sus manos en su abdomen y miró al techo, imitando al elfo.

Fenarel asintió – "Supongo que la muerte no es lo único que nos hace perder a quienes queremos. Sin embargo, a veces preferiría estar muerto… así no tendría que sentir esto… este dolor que me quema el pecho, que me araña desde adentro…"

Mithra se giró completamente, y llevó su mano a la cara de Fenarel para obligarle a girarse y a mirarla a los ojos- "No digas eso, Fen. Tú aún tienes mucha vida por delante… seguro que… seguro que algún día hallarás la paz"- ella recordaba las palabras de Lyna antes de irse. Habían sido muy certeras y extrañamente alentadoras. No sabía por qué, pero sentía que la elfa era algo más particular de lo que, en un inicio, pensó.

Fenarel se quedó un rato observando el rosto de la joven. Sus pálidas mejillas, sus ojos claros y su pelo rubio, en cierta forma, le recordaban a Lyna. No era tan bella, claro está, pero tenía cierto aire salvaje que le atraía especialmente. La elfa le miraba con dulzura y su mano en su mejilla, le acariciaba suavemente en círculos. Algo en él se estremeció, y por primera vez en el día, no se sintió abandonado.

Sin saber cómo, su mano acudió hasta la nuca de la joven, y la acercó hacia él, lentamente. La elfa no opuso resistencia, simplemente le observó a los ojos con un poco de duda en su mirada, pero no dijo nada y se dejó llevar.

Sus labios se rozaron con delicadeza. Casi no parecía un beso, mas sí una especie de entendimiento tácito entre dos almas que buscaban alejarse de la soledad. Sus rostros tan cerca el uno del otro, que el aliento de ambos se mezclaba. Fenarel no supo cómo sucedió, pero su cuerpo reaccionó con la fuerza de una bengala, encendiéndose por completo.

Se giró completamente hacia ella, y la abrazó, profundizando así el beso. Sus dedos acariciaban su espalda y piernas. La elfa le respondía con la misma intensidad. No podía, ni quería parar.

"Fen…"- murmuró la joven.

"Shhh… no hables…"- le contestó él.

Fenarel no podía controlar lo que sentía. Su cuerpo respondía a las caricias de la joven con rapidez. El calor comenzaba a formarse entre ambos, sus cuerpos rozándose, buscando más tacto, más intensidad. Ella comenzó a desatarle la armadura, él comenzó a desvestirla… pero unos grandes ojos verdes almendrados y unos labios carmesí irrumpieron en su mente – El cuerpo arqueado de Lyna, debajo de él, sus pechos botando al ritmo de sus embestidas, su vientre contrayéndose con cada movimiento que él propiciaba con ansia y pasión. "Fen, llévame contigo… llévame ahora"- el recuerdo rompió el momento. Fenarel se separó bruscamente de Mithra, dejándola agitada y fría a su lado. Él respiraba con dificultad, su visión borrosa le hacía distorsionar el rostro de Mithra por el de Lyna, y su cabeza comenzó a doler intensamente con el esfuerzo que hacía para aclarar su mente.

"Maldita sea…"- se levantó a trompicones de su catre y se arregló la armadura – "Lo… lo siento Mithra… esto no ha sido buena idea..."- se sentía avergonzado. Por una parte, se avergonzaba por rechazar a Mithra, cuando ella se había portado tan bien con él. Y por otra parte, se avergonzaba de haber traicionado el recuerdo de Lyna tan pronto. Él no estaba preparado para tener nada con nadie ahora, pero era un hombre después de todo; un hombre joven con ciertos apetitos que acostumbraba a saciar desde que los sintió por primera vez. No sabía cómo decir que no a una oportunidad, pero esto ya no era elección, era necesidad. Su cuerpo respondía, pero su mente siempre parecía desviarse hacia esos recuerdos que tanto dolor le causaban.

Mithra le miró sorprendida un instante, pero se compuso al segundo después. Se arregló un poco su armadura, y se levantó para mirarle a los ojos con ternura – "Lo… entiendo, lethallin. Cuando… cuando estés preparado búscame, Fen. Te estaré esperando."- sonrió y se dio la vuelta para salir de la tienda, pero Fenarel la detuvo.

"¿Por qué? ¿Por qué yo?"- dijo tembloroso mientras cerraba los ojos y apretaba uno de sus puños.

Mithra amplió su sonrisa y sin girarse a mirarle, le dijo con suavidad – "Porque eres como yo… y porque te pareces a él"- confesó y continuó su camino hasta la salida de la tienda, dejándole solo de nuevo.

Fenarel se arrodilló en su tienda y comenzó a llorar de nuevo, desconsoladamente. Su mente no dejaba de dar vueltas en torno a la marcha de Lyna, y sus últimas y dolorosas palabras. Pero él sabía que ella lo había dicho para obligarle, para destruirle y así hacer que la odiase. Pero no lo iba a conseguir. Él conocía bien a Lyna y sabía que ella le quería, y sufriría estando lejos de él y su clan. Él sabía que sería poco probable volverla a ver, pero debía guardar esa pequeña esperanza, debía calmar el dolor que sentía, y convertirlo en algo mejor, algo que le hiciera continuar su camino, volviese Lyna o no. Sentía mucha rabia e impotencia, pero sabía que tenía que superarlo, y si Mithra estaba dispuesta a ayudarle, él no iba a desperdiciar la oportunidad.

Sin dar más vueltas, se llenó de valor y se levantó. Salió corriendo de la tienda y alcanzó a Mithra justo antes de que llegase hasta sus compañeros que se hallaban despidiéndose de varios miembros del clan.

"Espera"- logró decir con voz agitada. Ella se giró y le miró con curiosidad – "Sí. Nos parecemos. Y sí… tú… tú también me recuerdas a ella. Pero quiero hallar esa paz… necesito hallar esa paz…"- se acercó más a ella y le levantó una mano para besársela delicadamente – "¿Me ayudarás?"- dijo con timidez, mientras observaba a los ojos a la elfa. No sabía por qué, pero confiaba en ella, sentía que podía fiarse de esta joven, que tan fortuitamente había aparecido en su vida.

Ella le observó durante un breve instante y luego sonrió. Levantó una mano y acarició la mejilla de Fenarel. Él le respondió con una media sonrisa.

"Sí, lethallin. Te ayudaré…"- y diciendo esto, la joven rozó por última vez el rostro de Fenarel y se marchó en silencio hasta sus compañeros de clan. Tras algunos minutos en los que Fenarel observó a la elfa intercambiar palabras con ellos, la joven volvió con una mochila al hombro y se acercó a él, sonriendo.

Al comprender, él abrió más los ojos en sorpresa - "Pero… tu clan…"- logró decir, estupefacto.

"Tranquilo, Fen. Ellos pueden estar sin mí un par de días"- le colocó una mano en el hombro y continuó en tono casual – "Bien, ¿Por dónde empezamos?".

Fenarel se quedó boquiabierto mirando a la elfa que le observaba, ahora, con una sonrisa en los labios. Su mirada reflejaba serenidad y determinación, tranquilidad. Parecía decidida a ayudarle como fuera, incluso a costa de abandonar un tiempo su clan. Él se sintió mareado un momento por la implicación de sus palabras, por haber influido en ella de esa forma pero, por otra parte, se sintió conmovido por el gesto de esta joven que era casi una extraña a sus ojos.

Se acercó a ella y le devolvió la sonrisa – "¿Qué tal si desayunamos primero y probamos tu puntería después?"

"Oh, ¿tan pronto quieres perder? Pensaba que querías animarte, no deprimirte más"- replicó la joven riendo mientras caminaba hacia el centro del campamento.

Él rio también y la siguió. No sabía por qué le había pedido ayuda, no sabía por qué se sentía más aliviado, pero lo que sí sabía era que este extraño giro de los acontecimientos debía ser una señal. No sabía de qué o quién, pero tendría que descubrir su significado. Su dolor seguía latente, pero las expectativas de los días venideros habían mejorado ligeramente. ¿Sería Mithra la ayuda que necesitaba para olvidarse de Lyna? ¿O sería un error confiar en una extraña? Pronto los Dioses dirían. Mientras, él pretendía averiguarlo por sí mismo.


El camino fue algo más duro de lo que esperó. Había imprevistos, sí, pero sus soldados y, sobre todo, sus reclutas parecían cada vez más asustados por la cercanía de la gran batalla.

Desde que sufrieron esa emboscada a manos de esos monstruos, muchos reclutas habían intentado desertar. La pena por ello era la muerte, pero él decidió pasar por alto tales acontecimientos por el bien y la moral común.

La lluvia no mejoró el trayecto hasta Ostagar. Durante el camino, una manada de lobos salvajes atacó a varios miembros rezagados de la unidad de su teniente y tuvieron que detenerse para curar las heridas de los supervivientes.

Él tampoco se encontraba con el ánimo muy alto. Los últimos acontecimientos de los días pasados habían pasado su factura antes de tiempo y su humor estaba algo afectado por ello.

Su mano recurrió instintivamente a la pequeña navaja élfica que guardaba en su zurrón. El filo parecía inagotable. Había cortado su carne como un trozo de mantequilla cuando la elfa atravesó su antebrazo con él, logrando un corte limpio y sin apenas repercusión ni sangrado, pero su hoja seguía intacta, peligrosa, fría. Recordaba el encuentro con Lyna, su extraño magnetismo y los sueños que parecía compartir con ella. Es como si, de repente, toda su monótona existencia hubiera dado un giro brusco de ciento ochenta grados hacia una senda que no sabía muy bien qué significaba ni adónde llevaba. Él no era un hombre joven ni impulsivo, ni siquiera se consideraba un hombre común, pero su cuerpo y su mente comenzaban a reaccionar de una forma que comenzaba a avergonzarle de sobremanera. No sabía si echarle la culpa a la elfa o a su vejez, pero estaba seguro que ambas cosas tendrían algo que ver.

Su mente recurrió al instante en su habitación – Aquellos ojos verdes le miraban con deseo, con necesidad. Unos delicados dedos trazaban su tatuaje, recordando historias pasadas que le hacían sentirse aún más cansado y viejo. Los pechos redondos y abultados de la joven vibraban con su respiración, evocando placeres que él ya consideraba extintos. – Sacudió la cabeza para evitar las imágenes que se agolpaban súbitamente en su mente, tensando su cuerpo en reacción.

El relincho de Magnus le sacó finalmente de ese estado obligándole a erguirse al instante con el sonido.

"Teniente"- gritó mientras gesticulaba en el aire – "Preparad a los reclutas. Hemos llegado a Ostagar"

La subalterna asintió y se giró para dar unas cuantas órdenes a varios de sus oficiales. En un instante, todo el batallón comenzó a ordenarse en filas al segundo después; primero la infantería y después la caballería y artillería. Los médicos y cirujanos iban distribuidos en diferentes grupos dentro de los propios escuadrones. El peligro siempre era una realidad y debían estar atentos ante cualquier posible ataque. Varios de sus oficiales a caballo rodeaban el batallón, mientras que los exploradores se aventuraban en las cercanías en busca de posibles emboscadas antes de su llegada.

Dos almenaras lejanas se iluminaron a lo lejos, y el toque de un cuerno marcó finalmente su llegada. El sol se encontraba vertical en el cielo pero, a pesar de las nubes y la llovizna, los rayos calientes del astro iluminaban, tímidamente, las ruinas de la antigua y enigmática fortaleza.

Observó a sus hombres mirar hacia sus alrededores con sorpresa. Muchos de los jóvenes jamás habían salido de Gwaren y comprendía la impresión que podía dar el ver tal despliegue de vida en un sitio tan emblemático como Ostagar.

A pesar de que el enclave se encontraba prácticamente en ruinas, aún se conservaban hermosos vestigios de la época. Grandes estatuas adornaban columnas y patios de lo que, otrora, fuera uno de los pasos defensivos más importantes del reino.

Él no es que disfrutase especialmente con un entorno así, pero consideraba que era un punto estratégico importante para cualquier batalla. Sin embargo, existía un factor que, al parecer, sólo él se había molestado en contemplar; la derrota. En caso de que las tropas del rey resultasen perdedoras, la mayoría debería replegarse hasta el bosque de Korcari, siendo ésta casi una sentencia de muerte segura. Debían preparar un plan alternativo en caso de derrota aunque él estaba casi seguro de que Cailan pondría muchos peros a dicha alternativa.

"Ser Cauthrien"- la mujer se acercó a él con pose formal y ceño fruncido.

"Sí, mi señor"-

"Ordenad a los oficiales que desplieguen el batallón en el campamento principal. Permitidles unas horas de descanso físico y mental. Después, entrenamiento ligero. No quiero que se desmoralicen"- dijo en tono cortante. Él sabía, por experiencia propia, que un hombre motivado era más valioso que un buen soldado. Debía asegurar el bienestar de sus tropas, por encima de cualquier cosa.

"Sí, mi señor. Enseguida"- la mujer se giró y marchó galopando hasta sus oficiales. Estos obedecieron instantáneamente y las tropas comenzaron a replegarse por todo el enclave.

Montado aún en Magnus, observó cómo las caras de sus hombres volvían a una cierta normalidad. Los jóvenes se apreciaban más inseguros pero más ansiosos por conocer los alrededores. Los soldados experimentados buscaban inmediatamente la tranquilidad o una buena comida. Muchos otros recurrieron a las Hermanas de la Capilla que ofrecían el Cantar de la Luz a todos aquellos que buscaban cierta seguridad y confianza, incluso guía.

Él nunca había sido un hombre muy devoto, pero consideraba que esas costumbres siempre alimentaban de esperanza a quienes parecían haberla perdido. La fe mueve montañas, alguien le dijo una vez, pero también puede ayudar a ganar batallas, así que cualquier cosa que sirviera para ese cometido, era bienvenido a sus ojos.

Después de andar un rato con su corcel, se detuvo en una cuadra improvisada donde reposaba, tan plácidamente, la montura del rey, otro gran pura sangre digno de admiración, aunque igual de inexperto que el mismo dueño, pensó mientras cedía las riendas de Magnus al caballerizo.

"Dadle una manzana y agua fresca"- ordenó cuando hubo desatado las alforjas.

"S-sí mi-mi se-señor…"- dijo tembloroso el joven caballerizo al tiempo que le observaba con temor en su mirada.

Estaba acostumbrado a ocasionar esa reacción en la gente que le reconocía. Él sabía que su presencia, a veces, resultaba demasiado llamativa. Pero era algo que no podía evitar, y menos si llevaba puesta su armadura, cosa que era demasiado habitual, hubiera o no guerra. Sin embargo, aunque algunas veces le molestaba, el resto del tiempo era agradable saber que la gente le temía, le respetaba. De esa forma era más fácil permanecer aislado y tranquilo. Él no disfrutaba de grandes compañías. Prefería estar con su caballo, que con la mayoría de la gente de la corte, sin contar a su hija, claro está, aunque, en ocasiones, ésta terminase agotando su paciencia.

Después de dejar su montura a buen recaudo, se dirigió directo a la tienda del Rey, donde posiblemente le encontraría entre papeles y varios asesores reales que le estarían comiendo la cabeza con diferentes cuestiones banales.

Después de pasar el puente, el campamento central y la tienda que, al parecer, le habían asignado, llegó, finalmente, hasta la tienda del Rey, que se encontraba justo al lado de la de él, separada por una pequeña rampa de tierra que daba al campo de entrenamiento.

"¿Se encuentra el Rey adentro?"- preguntó bruscamente al guardia de la entrada.

El guardia le miró por un instante con aire despectivo, hasta que se dio cuenta de quién era y se cuadró al segundo después, irguiéndose tan alto e inmóvil como una estaca de ahorcado.

"S-sí mi señor. Pe-pero no está solo"- tartamudeó el joven.

"Anunciad mi llegada pues, soldado"- cruzó los brazos a la altura del pecho y le observó con el ceño fruncido.

"S-sí mi se-señor, inmediatamente"- el guardia se dio la vuelta y entró en la tienda. Al cabo de unos instantes, salió acompañado de un mensajero real que llevaba consigo una misiva del rey. Él observó el rostro del hombre menudo que miraba a sus alrededores con cautela y, al cruzar miradas con él, éste se tensó. Él frunció el ceño en respuesta pero no hizo ademán de detenerle, aunque hubiera deseado apartarle y requisarle el contenido de su zurrón para leer lo que el Rey parecía tener en gracia enviar a quién sabe dónde. Sospechaba del lugar y de la persona, pero por ahora no quería meterse en elucubraciones más propias de su hija que de él, así que decidió dejarlo pasar, por el momento.

"¡Por fin! ¡Te estaba esperando!"- una joven voz le sacó de sus pensamientos.

"Majestad, he venido en cuanto me ha sido posible. Las tropas descansan en el campamento central y nosotros debemos entrar en materia cuanto antes"- ofreció enseguida, evitando demasiados formalismos.

"¡Oh, tú siempre tan aguafiestas! ¿No puedes relajarte un poco? Acabas de llegar"- el Rey se acercó a él con ese aire de serenidad que le sacaba de quicio, pues más que serenidad, parecía ignorancia. Sin embargo, cada vez que le veía, algo en su estómago se retorcía; el rostro del joven se asemejaba mucho al de Maric pero sus ojos… sus ojos eran los de Rowan. Su mera visión le alteraba y verle fallar tan estrepitosamente como Rey, le estaba crispando los nervios y mermando la poca paciencia que le quedaba. De no ser por su hija, una estadista nata, el reino de Ferelden sería ahora el patio de juego de Cailan.

"Majestad, apenas tenemos margen de maniobra. De camino, hemos sido víctimas de una emboscada de estos bien llamados monstruos. No era un mero ataque desorganizado. Debemos ser cautelosos"- replicó intentando evitar la mueca de desagrado por el recuerdo de la lucha.

"¿Majestad? Soy tu yerno, ¡Por los Dioses! Y casi como un sobrino… Si te empeñas en seguir llamándome así, voy a tener que dispensarte el mismo trato, "Mi Comandante""- el joven se rio mientras se pasaba la mano por el cabello, un gesto que era también el de Maric.

Él exhaló aire, cerró los ojos un instante para tranquilizarse y ofreció en tono pausado – "Cailan, ¿podríamos hablar en privado? Tenemos mucho por delante y poco tiempo"- suplicó, mientras se masajeaba las sienes para calmar el dolor de cabeza que amenazaba con formársele de un momento a otro.

"Ahora no. Descansad un par de horas y luego venid a verme a mi tienda. Ahora voy a ver a los magos del círculo."- Cailan se dispuso a irse pero se detuvo en último momento – "Por cierto, ¿Sabéis algo del Guarda Comandante Duncan? Debería haber llegado aquí ya y no he tenido noticias de él."

Él se tensó. No le gustaba que un Guarda Gris orlesiano estuviera en sus tierras, pero eso no era lo que le inquietaba, sino el hecho de que la elfa estaría con él. Si el viaje hasta Ostagar les había ido bien, entonces eso significaba que estarían aquí. No había pensado en ello hasta ahora y no pudo evitar sentir un escalofrío de impaciencia e incomodidad al valorar la expectativa de volver a ver a Lyna.

"Partieron hacia Ostagar poco tiempo antes que nosotros. Deberían estar aquí, majestad"- logró decir, evitando sonar impaciente.

"Hm… pues aún no están, pero ¿Quiénes deberían? ¿Acaso Duncan viene acompañado de algún nuevo recluta?"- Cailan se giró para verle, con esa expresión de curiosidad y emoción más propia de un niño que de un rey.

"Al parecer, así es. Pero majestad, debemos hablar de vuestra decisión con respecto a los Guardas Grises orlesianos. Me niego a aceptar la necesidad de tal ayuda-"

"Esto es un asunto principalmente de los Guardas Grises y, por desgracia, en Ferelden apenas tenemos recursos. Es imperativo su llamamiento, pero ahora no quiero hablar de ello."- Cailan gesticuló con la mano, quitando importancia al asunto pero él interrumpió.

"¡Son Orlesianos, por el amor de Andraste! No podéis dejarles pasar sin más."- su sangre comenzaba a hervir por la imprudencia de Cailan.

Al escuchar el tono con el que él replicó, el Rey se giró hacia él con una mueca de disgusto – "Comandante, os recuerdo que el Rey soy yo, no vos, así que soy yo quien decido qué se puede o no hacer ¿Os queda claro?"- el filo en su voz, le hizo recordar las veces en que Rendorn Guerrin, padre de Rowan, utilizaba su estatus para dejar zanjado un asunto. No podía evitarlo, pero Cailan le recordaba muchísimo a todo lo que él una vez amó y admiró.

Exhaló aire, resignado, y ofreció en tono formal – "Cristalino, su majestad"- se dio media vuelta y, sin mediar otra palabra o formalidad adicional, se retiró a su tienda dando grandes zancadas y gruñendo entre dientes.

Al llegar a su tienda, sus dos guardaespaldas estaban apostados a cada lado de la entrada.

"Milord, tiene una visita"- Robert, el más veterano de los dos, le informó.

"¿De quién se trata?"- refunfuño cansado mientras se detenía delante de la tienda sin pasar.

"Ser Rendon Howe. Dice tener asuntos urgentes"- la voz de su guardaespaldas resonó aburrida y burlona, pero él le conocía bien y sabía que Howe no era plato de buen gusto para Robert.

"Gracias, Robert. No quisiera interrupciones"- sin más, entró en su tienda y allí encontró a su 'Hombre de confianza', rebuscando y curioseando entre algunos mapas y documentos que se hallaban esparcidos sobre la mesa.

"Howe, ¿cuáles son esos asuntos urgentes? No estoy de humor"- ver a la nobleza siempre era un momento desagradable pero Howe estaba probando ser de utilidad, a pesar de la desconfianza que le inspiraba.

"Milord, me alegra veros sano y salvo. He sabido por vuestros oficiales que sufristeis una emboscada de esas bestias en vuestro viaje hasta Ostagar. Lamento las pérdidas, mi señor"- Howe hizo una pequeña reverencia y él gesticuló con la mano intentando quitarle hierro al asunto

"Al grano, Howe. Mis soldados no creo que os preocupen demasiado."- su voz resonó más seca y fría de lo normal, pero es que no podía evitar el desagrado que le producía la diplomacia superficial de los nobles acomplejados.

"Milord, os traigo lo que os prometí: pruebas de la traición de los Cousland."- el noble levantó sus manos y le presentó una serie documentos que él cogió con desgana. La situación con los Cousland le había dolido especialmente. Eran una de las familias más importantes, influyentes y antiguas de Ferelden que habían demostrado, más que de sobra, su fidelidad a la nación. No comprendía que una traición pudiera darse en las entrañas de tal noble y leal sangre.

Abrió los documentos y comenzó a leer- "tratados comerciales, impuestos orlesianos, viajes a Val Royeaux y Halamshiral y… una carta expresa de la Emperatriz agradeciendo el apoyo de los Cousland para favorecer el comercio entre ambas naciones".

"¿Eso es todo? ¿Por esto habéis asesinado a toda una familia?"- él no podía creer lo que veían sus ojos. Lo que Howe llamaba traición, no era más que acuerdos paralelos de comercio entre Orlais y Pináculo, para evitar la escasez de determinados productos en las tierras fereldenas. No es que él estuviera especialmente de acuerdo, puesto que prefería comerciar con las Marcas Libres que con Orlais, pero comprendía el motivo y no veía traición alguna, sólo simples intercambios de intereses comerciales.

Howe abrió los ojos en sorpresa – "M-mi señor, ¡Es más que eso! ¿No lo veis?"- se acercó a él y señaló los documentos que mostraban los numerosos viajes de Bryce Cousland a la tierra vecina – "Incontables viajes a Orlais, en solitario y con la familia. Incluso pasaron días en el Palacio de Invierno en Halamshiral. Eso es más que un simple acuerdo comercial. Ahí se trataban asuntos más importantes, mi señor, de eso no cabe duda."- el tono agudo y simplón de Howe, le chirriaba en los oídos, pero quizá pudiera tener razón, sin embargo, los Cousland no merecían un final así.

"Espero que tengas algo más que sospechas, Howe. O sino tendré que tomar medidas en el asunto"- amenazó. Él no era tonto; sabía que Rendon Howe quería obtener el título de Teyrn de Pináculo desde hacía tiempo y sabía que esto le había venido como anillo al dedo. Demasiadas casualidades que le favorecían.

"Milord, permitidme recordaros su ataque a traición. Mis hombres y yo nos encontrábamos allí simplemente para pedir explicaciones y el Teyrn, junto con sus hombres de confianza, atacaron a mis hombres sin previo aviso, sin tan siquiera mediar una amenaza. Es un comportamiento de culpabilidad, mi señor ¿o me equivoco?"- Howe se frotaba las manos, nervioso. Por su sien caía una gota de sudor que confirmaba su ansiedad e inquietud, no tan propio de un hombre honesto.

Él frunció el ceño. No se creía la versión de Howe, pero nada podía hacer por el momento. Además, sucesos más acuciantes reclamaban su atención y ahora mismo no tenía tiempo para levantar una investigación al respecto. Quizá después de la batalla…

"Intentad que vuestros hombres no desaparezcan misteriosamente. Ahondaré en ello más adelante. Mientras, dispersad a vuestros soldados y asignad rutinas. Próximamente os necesitaré"- se dio la vuelta, dándole la espalda al noble y, con un gesto de la mano, le indicó que la conversación se había terminado.

"S-sí, mi señor. Siempre a vuestro servicio, milord"- Howe se marchó en silencio, dejándole con mal sabor de boca.

A pesar de que Howe no era de su agrado, sabía que era un hombre que buscaba resultados, igual que él, aunque temía que esos resultados, a veces, derivasen en hechos inducidos propiamente por el noble en cuestión. Sin embargo, debía seguir teniéndole a su lado, por su propio bien; Howe como aliado podía ser muy útil, pero como enemigo podía resultar terrible. Debía vigilarle bien.

"Robert"- llamó.

"Sí, mi señor"- dijo el Guardaespaldas al entrar en la tienda.

"Vigilad a Howe"-

"Sí, mi señor"-

"Y, Robert"- dijo continuando con la orden.

"¿Sí, milord?"-

"No quiero que se dejen huellas de ello, ¿entendido?"

"Entendido, milord"- el soldado se dio la media vuelta, y salió por donde había entrado.

Acababa de llegar al campamento central y ya está agotado. Ni siquiera el sol había descendido del cielo y su cuerpo necesitaba reposo. El viaje no había sido fácil, pero en otros tiempos él hubiera aguantado ese trayecto dos veces seguidas sin pestañear. Pero ahora parecía que su cansado y viejo cuerpo, no soportaría ni tan siquiera la primera contienda. Debía entrenar, debía llenarse de fuerzas, pero primero, necesitaba descansar.

Se dejó caer sobre su silla delante de su improvisado escritorio, y cerró los ojos. Su respiración volvía a la normalidad, pero su corazón latía con fuerza ante una idea que no abandonaba sus pensamientos; Lyna. La elfa aún no había llegado ¿Estaría bien? ¿Habría Duncan prescindido de ella en último momento? No es que le preocupase especialmente, pero se sentía ansioso por volverla a ver.

"Maldito viejo…"- gruñó para sí. Este capricho absurdo le estaba drenando la energía y, ahora, su mente debía estar lo más calmada y limpia posible; debía centrarse en la batalla que se aproximaba pero la elfa no paraba de acudir a sus pensamientos una y otra vez a lo largo del día. ¿Por qué? ¿O cómo era esto posible? Creía conocerse bastante bien, hasta que, por obra del azar o el destino, se perdió por primera vez en aquellos salvajes ojos verdes.

Suspiró y se llevó una mano a las sienes. El dolor de cabeza no sólo había despertado, sino que amenazaba con amargarle aún más el día – "¡Por Andraste!"- murmuró, mientras se reclinaba aún más en su silla, y dejaba volar sus pensamientos hacia aquel rostro que tanto anhelaba, secretamente, volver a ver.


Shemlen: niños rápidos. (Nombre despectivo que se le da a los humanos. Shem; rápido.)

Lethallin: término de cariño usado hacia un hombre y/o elfo.

Lethallan: término de cariño usado hacia una mujer y/o elfa.

Ma serannas: gracias, agradecimiento.

Da'len: pequeño niño/a

Vhenan: corazón.

Ar Lath Ma: Te quiero

Mamae: Madre, mamá

Dareth Shiral: buen viaje, o viaja seguro.

Hahren: anciano. Muestra de respeto.

Ir abelas: lo siento. Arrepentimiento.

Fenedhis: mierda, maldición.