¡Solo he tardado una semana en actualizar! Todo un logro xD Aquí vengo con el capítulo 35... Esto se acaba, chicos. Quedan pocos capítulos y espero que éstos puedan estar a la altura del fic. El título es un guiño al título del capítulo 21 "El valor de una familia". Se nota que son los capis finales, que están plagados de guiños por todos lados xD

Muchas gracias a Aplz1999 por su hermoso review, (no sé si te echarás a llorar en este capi, pero vete preparando los pañuelos para los últimos. :S La escena del aparato de Finn es genial xD Me divertí mucho escribiéndola. Jejeje Que partiese un rayo a Jacob no estaría mal, aunque con la mala suerte que tenemos seguro que no lo mataba y seguía creando problemas xD Muchos besos para ti también ^^); gracias a Samcedes Forever (Siento haber tardado en subir el anterior, espero que te gusten estos últimos capis, mil gracias a ti por leerlo ^^); Maru (Pues se viene más drama sí, eso es un hecho xD Sorry, bueno no, que ya sabéis que a mí me encanta el angst como a un niño un caramelo xD Porque el señor Schue es así, siempre dándose cuenta el último de las cosas... qué mal. Se lo merecen todo, todo ^^ Besitos, Maru); TaniaMalfoyFelton (jejeje El coso de Finn xD ¡Me alegro que te haya gustado! Muchas gracias por leerlo y dejar un review ^_^).

Y gracias también a todos los que habéis leído el regalo Sinncedes de María Elena y habéis dejado review. Cumpleañera, no sabes la alegría que me diste ¡cuando abrí el correo y vi tus dos reviews! ¡Dos además! :D Y los dos tan bonitos... Los he vuelto a leer ahora y la sonrisa tonta nadie me la quita *_* Me alegro de que te haya gustado, aunque sea un fic todo loco xD Y creo que has abierto la veda de petición de regalos, verás cómo no serás la única, xD Muchos cariños para ti también, bonita, gracias por confiar en mí para hacer tu petición ^_^ Espero que hayas tenido un muy feliz cumpleaños y muchos regalitos :D

Gracias también a Maru (Muchas gracias por leerlo ^^ Ya sé que eres Samcedes hasta la médula, yo también lo soy. Por eso me sorprendió tanto la facilidad con la que escribí este relato, aún me sigue sorprendiendo xD); Laura (Finn es encantador, sin duda alguna. Yo pido Finncedes, Mikecedes o Puckcedes si no me dan a mis niños. Sólo quiero que Mercy sea feliz); Savri (¡Buena pregunta! Sam fue su primer amor, y dicen que ese no se olvida, así que... sí, esa es mi respuesta xD *lalala* Muchas gracias por leerlo, Savri ^^)

Ahhh, antes de que se me olvide, he cerrado la encuesta de Mejor One Shot (el ganador fue "Recuerdo" quedando en primer lugar, y luego en segundo lugar quedaron otros cuatro xD "Regresa a mí", "Siempre te querré", "Desde cuando" y "En silencio" se ve que no se puso la gente de acuerdo xD) y he abierto una nueva que encontraréis en mi perfil, acerca de si debería publicar un fic RileyStreet que tengo escrito o no. De momento van 5 respuestas afirmativas, si llegamos a diez lo publico xD

Y ahora sin más demora, el nuevo capítulo de As Long.


Disclaimer: Glee no me pertenece, de lo contrario nunca habrían versionado el Gangnam Stile, y menos para cantarlo en las Locales... *facepalm*


Capítulo 35: El valor de un corazón:

Había aparcado la furgoneta delante del motel hacía ya unos diez minutos, pero no se había bajado todavía. Trataba de calmarse y pensar con claridad, encontrando las palabras adecuadas que le ayudasen a abrirle los ojos al chico, aunque sabía que en cuánto tuviese a Sam de verdad enfrente de él, se olvidaría por completo de todo aquello y le acabaría diciendo lo primero que le viniese a la mente.

Decidido, abrió por fin la puerta de la furgoneta, y se metió dentro de su camiseta la cadenita que había estado acariciando con sus dedos, segundos antes. Si Sam quería a Mercedes tanto como él amaba a Debbie, sabía que esa charla serviría de algo.

Aún despacio, se encaminó hacia la puerta, tocando con los nudillos y esperando una respuesta del otro lado. La puerta no tardó en abrirse y la señora Evans apareció delante de él, junto con Stevie y Stacy.

—¿Andrew?

—Buenos días, Señora Evans. Buenos días, niños.

—¡Buenos días, Drew! – exclamó Stacy, con una sonrisa, a la vez que Stevie le saludaba con la mano.

—Buenos días, ¿qué te trae por aquí? —preguntó la señora.

—He venido a hablar con Sam. ¿Se encuentra?

—Sí. Sí que está —respondió Stacy—. Pero está triste.

—¿Puedo verle? —le pidió a la señora.

—No creo que quiera verte, Andrew. No quiere ver a nadie.

—Es... es importante, de verdad. Necesito hablar con él.

—Inténtalo, pero dudo que te responda. No quiere hablar con nadie, lo siento —le confesó la señora, apenada—. Me llevaré a los niños al parque un rato. Volveremos en media hora para la comida.

—Muchas gracias, Señora Evans —Andrew entró, cerrando la puerta cuando ellos se marcharon, no perdiendo mucho tiempo en dirigirse al pequeño cuarto de Sam y abrir la puerta de par en par, creando un soplo de aire en la habitación, que pronto luchó con el ambiente cargado que había en ella. Con cuidado, buscó el interruptor de la luz, y luego se dirigió a la ventana para abrir la persiana y dejar que entrase la luz del sol.

—¡Apágala! —exclamó Sam, escondido entre las sábanas de su cama.

—Ja. No pienso hacerlo —respondió él, levantando la persiana sin detenerse.

Andrew sabía bien que en el momento en el que se encontrase en aquella habitación, se convertiría en una copia del Sam que le había hecho la vida imposible aquellas semanas. Si él, un chico responsable podía convertirse en eso, Andrew también podría. Solo lo necesario para despertarle por completo y hacerle comprender lo estúpido que estaba siendo.

—¿Es así cómo vas a pasar tus últimos días en Lima? —le preguntó, sentándose en una silla al lado de la cama. Le habría destapado por completo, y rápido, pero no sabía si el chico estaría desnudo debajo de aquellas sábanas y no quería invadir su privacidad—. ¿Tirado en la cama y escondido de todos?

—¡Sí! —contestó el chico, removiendo las sábanas para que la luz no le diese en los ojos. Una de dos, o no tenía ni idea de que era Andrew McCallister quién le estaba hablando, allí, en frente de su cama, en la habitación del motel, o aquello no le importaba lo más mínimo. Andrew habría apostado por la segunda opción sin dudarlo.

—Es increíble —dijo, negando con la cabeza—. Fui un idiota al creer que un niño de diecisiete años podría quitarme a Debbie.

—¡No soy un niño! —chilló él, destapando la sábana y revelándole su rostro cansado y ojeroso.

—¿No? Me cuesta mucho creerlo. Sobretodo teniendo en cuenta lo que estás haciendo ahora mismo. Pero tienes razón, te he juzgado mal. No eres un niño. Porque hasta uno como Stevie, sabiendo que nunca jamás volverá a ver a la chica que quiere, pasaría con ella todo el tiempo que pudiese antes de marcharse. Hasta los últimos segundos. Diciéndole que la quiere, que la ama. Pero no. Tú no eres un niño. Ni un hombre. Lo que eres es un cobarde.

—¿Cómo sabes todo esto? ¿Quién te lo ha contado? —preguntó, apretando con fuerza el puño de su mano derecha.

—Quinn y Artie fueron a hablar con Debbie.

—¿Para qué?

—¿Para qué? ¿Para qué? —Andrew rió, asombrado por su tozudez—.Tenía que haber dejado que Debbie viniese en mi lugar. No necesitas hablar Sam. Lo que necesitas es que te quiten la tontería que tienes en la cabeza. Pero no me gusta la violencia y dudo además de que lo que necesites ahora sea más daño del que te estás haciendo tú mismo.

—No tenéis que meteros en esto.

—No, no tendríamos. Pero, ¿sabes qué? Que tú también te metiste entre nosotros cuando tuviste la oportunidad y gracias a ti, que me abriste los ojos, Debbie y yo nos vamos a casar. Así que no nos culpes si nosotros también deseamos que tú vivas la felicidad que nosotros estamos viviendo. Vine a hablar contigo, Sam. Pero no pienso hablar con un zombi, levántate de esa cama o te levantaré yo.

—No lo harías. Estoy desnudo —dijo, tratando de que lo dejase en paz.

—Levántate —repitió Andrew, serio. No pensaba creerse ninguna de sus mentiras. El chico le había engañado una vez, pero aquello no volvería a suceder. Y si de verdad estaba desnudo debajo de aquellas sábanas, lo levantaría igualmente.

A regañadientes, Sam destapó su cuerpo al completo, haciendo a un lado las sábanas. No estaba desnudo como él le había dicho. Y de su pantalón vaquero colgaba parte de la cadenita de plata de la que Quinn les había hablado. Andrew no dudó ni un segundo en pelear por quitársela del bolsillo y de las manos que impedían que el chico se la llevase.

—¡¿Qué haces?! ¡Es mía! ¡Estate quieto! —chilló Sam, casi pensando en morderle la mano, pero no lo hizo. Aprovechando el mismo Andrew para morderle a él y robársela—. ¡Me has mordido! ¡Dios Santo! ¡Te has vuelto loco! ¡Dámela ahora mismo! —le exigió, levantándose de la cama, al tiempo que Andrew la escondía detrás de él y ponía una mano entre ellos para que no diese un solo paso más.

—Me asombras. Te lo juro. Es increíble cómo estás dispuesto a pelearte por una simple cadena y no eres capaz de luchar por la mujer que amas.

—No es una simple cadena —le soltó, dando un paso hacia delante, siendo parado de nuevo por la misma mano de Andrew.

—No. Claro que no lo es. Esta cadena lo es todo —dijo, enseñándosela un segundo, antes de volver a esconderla detrás de él—. Esa cadena es tu amor por ella. Su amor por ti. Y lo sabes. Por eso te dolió tanto que te la devolviese. Por eso te duele que ahora yo la tenga. Es lo único que te queda de ella y no quieres perderla. Pero ella no te la devolvió porque no te quiere, Sam, sino porque llevarla puesta le hace daño. Le duele el verla en su cuello, sabiendo que tú ya no estarás a su lado. Que estarás a muchos kilómetros de aquí, sonriendo, bailando con otra, besando a otra, queriendo a otra.

—No.

—Sé porqué lo digo, Sam —continuó, tomando entre sus dedos vacíos la cadenita de la cruz que Debbie le había regalado, y dejándola al descubierto, sobre su camiseta—. Yo también tengo una.

Los ojos de Sam se detuvieron por un momento en la cruz que colgaba de su cuello.

—Me la regaló Debbie cuando éramos niños —le explicó, acariciándola con sus dedos, sonriendo—. Ella me la puso y jamás me la he quitado. Claro que eso ella no lo sabía. Nunca se lo dije. ¿Cómo decirle que esta cadenita lo era todo para mí? Era nuestro amor. El amor que sentía por ella estaba encerrado en ésta cadenita. ¿Sabes cuántas veces traté de quitármela? Deshacerme de ella para aliviar un poco el peso del dolor que sentía al quererla tanto. Pero no lo hice. Por mucho que lo intenté, no pude. Como tú tampoco pudiste evitar el pelear por conservar la tuya. Porque ella fue quién se la quitó, Sam, pero tú la conservaste.

—Ella me la devolvió.

—Porque el dolor es demasiado grande.

—El mío también —le confesó, sentándose de nuevo en la cama.

Andrew volvió a guardarse la suya debajo de su camiseta, sentándose también en la silla que había al lado.

—Ni siquiera me dejó hablar —le dijo, mientras Andrew guardaba silencio, para que él le contase todo lo que quería sacar de su interior—. Me dijo que me odiaba. Que no volviese a tocarla. Que se arrepentía de verdad y que ojalá nunca me hubiese conocido.

—¿Tú te lo creíste?

—Ni por un segundo —respondió Sam. Y Andrew supo ver en sus ojos que no mentía.

—Solo estaba dolida —habló Drew, viendo cómo el chico agachaba la cabeza ligeramente y aprovechando ese mismo momento para colocarle la cadena del corazón en su cuello—. Es tuya. Eres tú quién debe tenerla —le dijo, al tiempo que Sam levantaba la cabeza y acariciaba con sus dedos el corazón—: Tienes que luchar por ella, Sam. No puedes dejar las cosas como están.

—Me voy a ir, ¿qué más da?

—¿Te vas a ir dejándola así? ¿Creyendo que de verdad nunca fuiste nada para ella? ¿Qué ni siquiera fuiste capaz de luchar cuando ella, dolida, te dijo que te odiaba? ¿Quieres que cuando encuentre a otro, todo lo vuestro sea un mal recuerdo?

Andrew vio cómo Sam cerraba los ojos ante la idea de que ella volviese a enamorarse. Ambos sabían que Andrew había tocado un tema tabú, que él no pensaba esconder.

—Será otro quién la bese, quién la lleve al baile de graduación. Quién se acueste con ella —No podía decir "quién le hiciese el amor" porque sabía que eso le partiría el corazón del todo al chico.

—¡Me voy a ir! ¿Qué es lo que no entiendes? —chilló, harto ya de todo aquello. Levantándose de la cama y deseando que todos le dejasen en paz. Quinn, Andrew, Stevie, Stacy, sus padres. ¡Todos!

—¡Que te vayas dejándola así! Le has roto el corazón, ¿es que acaso no te importa?

—¡Claro que me importa! ¡Por eso lo dejo estar! No quiero seguir haciéndole más daño. No quiero verla llorar sabiendo que no volveremos a vernos.

—Eres un cobarde.

—¡No lo soy!

—¡Pues demuéstralo! —Era un cobarde por no luchar. Un cobarde por hacerla llorar. Por rendirse sin explicarle cómo habían sucedido las cosas. Ella no quería escucharle y él estaba tomando la salida fácil.

—No tengo que demostrarte nada, Andrew —le espetó con rabia.

—No. A mí no tienes que demostrarme nada, chico. Es a ti a quién tienes que demostrarte que no lo eres en absoluto. Que no eres un niño que se lamenta por todo lo ocurrido, escondiéndose debajo de unas sábanas en una habitación a oscuras. Que no eres un chico que va a irse de Lima dejando que la chica que quiere piense que no tuvo el valor suficiente para luchar por ella. Que eres el hombre que la ama con todo su corazón. Que no importa cuánto le diga ella que le odia, que ojalá nunca le hubiese conocido. El hombre que la ama sabe que nada de lo que ella le dijo es cierto. El hombre que la ama sabe que ella le quiere tanto como él a ella. El hombre que la ama ya habría corrido a su casa para besarla de nuevo y borrar sus lágrimas. Ese hombre no sería un cobarde, ni un niño asustado. Pero ese hombre no existe, ¿verdad?

Sam no respondió. Se había perdido entre todas aquellas palabras. Eran verdades tan grandes como el silencio que reinó en la habitación cuando Andrew dejó de hablarle. Silencio que el propio Andrew no tardó en romper, sabiendo que pronto, Sam saldría de esa habitación para buscarla a ella.

—¿Existe? —preguntó de nuevo.

El chico asintió con la cabeza.

Sí, existía. Sí lo hacía. Puede que no fuese un hombre, puede que solo fuese un chico de diecisiete años, pero la quería con todo su corazón. Y también era un cobarde como Andrew le había dicho. Un cobarde que había aceptado lo que ella le había gritado aún sabiendo que nada de aquello era verdad. La cadena que Andrew le había puesto en el cuello, pesaba en él como un bloque de hormigón, por todo el dolor que él le había causado. No podía remediar el tener que irse, pero sí podía y necesitaba, pasar juntos todo el tiempo que les quedase. Porque había sido un cobarde y ahora sería un egoísta. Un egoísta que solo deseaba volver a besarla y sentirla junto a él.

—Ve a buscarla, Sam. Regálale tus últimos días en Lima. No te vayas así. El daño será mayor y más difícil de sanar.

El chico respiró profundamente, sabiendo que tendría que luchar de nuevo por su amor, como lo había hecho tantas otras veces. ¿Merecía de verdad la pena? Sí. La merecería toda la vida. Ojalá Kentucky no estuviese tan lejos para poder ofrecerle una relación a distancia.

—No querrá abrirme la puerta.

—Eso ya lo supusimos. Por eso, hemos mandado a Quinn para suavizar un poco el terreno.

Sam rió suavemente, imaginándose la escena.

—No creo que resulte, pero gracias de todos modos.

—¿Ha resultado contigo, no? —preguntó, dejando una mano en su hombro.

—Sí —respondió, con una pequeña sonrisa—. Aunque te queda mucho que aprender, "Pequeño Saltamontes". Si tú fueras el que estuviera escondido debajo de las sábanas, te habría convencido con solo dos frases.

—Lo sé. Sobretodo con tus técnicas. Y pensar que me creí la tontería del contrato.

—Es que... ¿Un contrato? ¿En serio? No entiendo de eso, pero dudo incluso que los haya —dijo, buscando su chaqueta y su cartera.

—Arréglate, vamos. Te llevaré a casa de Mercedes.

—Debería ir al supermercado. Tengo que decirle al Señor Cooper que no podré seguir ayudándole.

—Yo lo haré. No te preocupes. Vamos, apúrate. Y échate un poco de colonia, hueles fatal.

Genial, por segundo día consecutivo, alguien le decía que olía fatal. Afortunadamente, esa no era una de las cosas que Mercedes Jones odiaba de él. Pero aún así, hizo lo que Andrew le pedía. Dejándole también una nota a su madre para que no se preocupase. Cinco minutos y un lavado de cara después, ambos se subían en la furgoneta de Andrew, partiendo rumbo a casa de los Jones.

—Creí que te vengarías de mí cuando supieses del engaño —le confesó Sam por el camino.

—Se me pasó por la cabeza, pero sabes que no me gusta la violencia. Esperaba fallar hoy para que Debbie tuviera que pegarte para hacerte entrar en razón, pero al final no hizo falta. Pobre, le hacía tremenda ilusión quitarte la tontería a base de collejas.

—Con razón te llevó tanto tiempo convencerme. No podías ser así de desastre.

Ambos rieron, buscando en aquella conversación algo que le quitase a Sam la preocupación por lo que ocurriría cuando llegasen allí.

—Espero que lo de robar se haya acabado para ti. Ni siquiera flores, ¿entendido? Y mucho menos ropa interior femenina.

Sam rió, observándole de reojo.

—Era un sujetador.

—Lo que fuese —respondió Andrew, regresando su vista a la carretera.

—A ver, repite conmigo. Demuéstrame que puedes... Sujetador.

Andrew resopló, sabiendo que el chico no se callaría si no lo hacía.

—Sujetador.

—Bragas —dijo Sam.

—Bra-bragas —repitió él, recordándose que era mejor eso que ver a Sam lamentándose por Mercedes.

—Culo.

—Culo. ¿Ya está, no?

—Por supuesto que no... —rió. No estaría, hasta que Andrew explotase avergonzado delante de él—. Tetas.

—Pechos.

—Vale. ¿Tener sexo?

—Hacer el amor – le corrigió, y Sam asintió con la cabeza—. ¿Está ya?

—No. Una última... La prueba de fuego. Si la dices, me callo. A la de tres, venga. Una, dos... "Voy a lamerte entera hasta que grites mi nombre".

—Voy a lam- ¡¿Qué?! ¡Ni de broma! —chilló, con sus mejillas como tomates.

—Lo sabía. Si es que no se puede ser más inocente, San Andrew.

—Chico, te salvas porque voy conduciendo, sino te pegaba una colleja de mi cosecha, me gustase la violencia o no —le dijo él, notando cómo Sam dejaba de reír y volvía a quedarse callado—. ¿Qué sucede?

—Echaré de menos esto... Reírme de ti.

—Oh, vale. Gracias.

—No. Me refiero a... pasar tiempo con todos vosotros. Echaré de menos a Debbie, a Quinn, a Mike, a Puck —No la nombró a ella y Andrew supo que Sam había vuelto a derrumbarse—. A todo el mundo.

—Y nosotros a ti. Aunque para mi Debbie seas un niño grande y desastroso y para mí un grano en el culo.

Sam sonrió, sabiendo que a pesar de lo que el chico le decía, ambos le apreciaban de verdad.

—Gracias por todo, Drew, de verdad —dijo, a la vez que el chico detenía el coche delante del portal de Mercedes.

—No tienes porqué dármelas. Tú lo hiciste por nosotros y nosotros lo hacemos por ti. ¿Qué casa es? ¿Esa o ésta? —preguntó, saliendo ambos del coche.

No le hizo falta responder a la pregunta, pues Quinn Fabray salió en ese momento de la casa, fijándose en ellos.

Sam empezó a caminar hacia ella, alcanzándola a medio camino entra la puerta y el portal exterior.

—Gracias, Quinn —le susurró, besándola en su mejilla, empezando a caminar hacia la puerta de la casa.

—¡Sam! ¿No quieres saber lo que me ha dicho? —le preguntó, asombrada.

Él negó con la cabeza, consciente de que no importaba lo que ella hubiese conseguido, él lucharía una y otra vez por su cariño.

Siguió su camino hacia la puerta principal y llamó al timbre, mientras Quinn se encontraba con Andrew junto a la furgoneta. Desde allí, vieron cómo Mercedes le abría la puerta y se abrazaba a él, para luego besarle con todas sus fuerzas sin importarle el quedarse sin aire.

—Supongo que eso indica que todo ha salido bien —dijo Andrew, sonriente.

—Formamos un gran equipo —dijo ella, chocando sus manos.

—El mejor equipo del mundo. Vamos... Te llevo a casa.

—Sí. Gracias —sonrió Quinn.

Antes de subirse por fin al coche, vieron cómo Mercedes tiraba de él hacia el interior de la casa sin dejar de besarle siquiera. Mientras, el propio Sam levantaba el pie para cerrar la puerta lo más pronto posible.

—Va a lamerla entera hasta que grite su nombre —musitó Andrew, al tiempo que encendía el motor de su furgoneta.

—¿Qué has dicho? —quiso saber Quinn, por encima del ruido de la música que había empezado a sonar.

—Oh, nada, nada —rió, saliendo de allí, con las mejillas sonrojadas y una sonrisa enorme en su cara.


Sam no podía creer lo que estaba pasando. No había podido ni entrar a la casa cuando las manos de Mercedes buscaron sus mejillas rápidamente, inclinándole hacia ella para darle el más apasionado de los besos. Habían tenido que parar para respirar, pero no habían tardado ni dos segundos en atacar sus bocas de nuevo, mientras ella lo llevaba hacia el interior y él cerraba la puerta con el pie derecho.

Sam podía sentir las lágrimas de la chica mojando el rostro de él. Había llorado tanto como lo había hecho él y todavía lo seguía haciendo. La pasión que ella le estaba regalando era lo único que hacía que él no la acompañase en sus lloros. Se moría por sentirla, por acariciarla. Besarla no le bastaba. ¡No le bastaba en absoluto! Pero era un sueño hacerlo y no podía parar. Respirar también debería ser importante para ellos, pero si pudiesen, lo dejarían en un segundo plano.

Sus dedos acariciaban su cintura y los de ella se enredaban en su pelo, estirándose por completo para alcanzar los labios de él. La quería tanto. Se había hecho a la idea de que jamás volvería a besarla y ahora, después de esa tarde, él tendría que volver a convencerse de ello. Calló sus propios pensamientos, sintiendo que no quería perder un solo minuto más recordando todo aquello. Viviría casa uno de los momentos que ella le regalase y los recordaría todos y cada uno de ellos cuando se marchase lejos.

Sus labios dejaron de besarla durante unos segundos, respirando de nuevo, mientras sus manos subían a sus mejillas y se quedaban allí para besarla en la frente, en la nariz y en la boca de nuevo. Besos suaves, besos cortos que la hacían consciente de que él estaba allí, que ese momento era solo de ambos y que podían hacerlo tan hermoso como ellos quisieran.

Mirándola a los ojos, secó una de las lágrimas que resbalaba por su mejilla y susurró un lo siento, sacado de lo más profundo de su corazón. Lo sentía. Sentía el tener que irse. Sentía el no haber sido él quién se lo dijese. El no haber luchado por ella en un primer instante, impidiendo que se marchase llorando con el corazón destrozado. Sentía haberla hecho llorar y no haber podido secar todas sus lágrimas. Lo sentía tanto...

Mercedes negó con la cabeza al escucharle, acariciando su rostro con sus dedos antes de besarle de nuevo.

—Hazme el amor, Sam.

Le pidió, mientras otra lágrima mojaba los dedos del chico.

—Quiero que me ames por última vez.


Chan chan channnn. Tremendo final, ¿eh? Si me queréis tirar tomates o cualquier hortaliza después de leerlo, aquí abajo esta la casillita de los reviews, animaos a dejar uno ^^ Contribuid a llegar a los 100 antes del final, que el fic se lo merece. Mil gracias por leerlo y por acompañarme en este hermoso viaje ^^