Nota de la autora: Y con esto, después de tres años, llegamos al final.

A los que estuvieron todo el camino y no sólo leyeron sino que, además, comentaron, un millón de gracias. Porque yo no tengo otra retribución a lo que hago más que poder, cada tanto, saber qué les parece.

Ahora, si sos de las personas que (según mis estadísticas) ha formado parte de los que entraron en mi historia hasta acumular 5000 veces vistas el total de sus partes, pero jamás dijiste nada, te pido un favor grande. Enorme. Contame qué te pareció. O por qué lo leíste. O qué parte te gustó más. O cuál definitivamente te pareció una estupidez innecesaria… lo que sea. No es mucho lo que pido, ¿no?

A los que comentaron y a los que no, una vez más, gracias por leer.

Epílogo

Casa de Mathew Whitherspoon y Evelyn Bright

Sala

Evelyn contempló el arsenal de cintas, flores, velas y brillantes adornos que se desparramaban en una profusión de blancos y plateados en cuanta superficie había disponible en su sala. Y por cinco segundos pensó en reconsiderar su decisión de no empuñar una estaca nunca más.

Un mes.

Todo un mes lidiando con planes de boda.

¿En qué momento aceptó tener una boda tradicional?

Ella no quería una boda tradicional. No quería vestirse de blanco, llevar moños y flores en la cabeza y ni loca se prestaría para algo tan cursi como liberar palomas en el final de la ceremonia.

¡Por todos los diablos, llevaba casada veinticinco años! No era una colegiala.

Hundiéndose aún más en el sillón donde se había refugiado, se cruzó de brazos y evaluó lanzar a la organizadora de bodas por la ventana.

Molly, que se había lanzado con un entusiasmo casi desmedido a la organización de lo que la prensa llamaba "la boda del siglo", no se percató de la tormenta que se avecinaba. Le sonrió a Evelyn y siguió discutiendo opciones de torta de bodas con la estirada bruja que pretendía que hubiera un cortejo de veinte brujas y magos.

Desde la cocina llegaron exclamaciones de enfado de Hermione, Luna y Ginny, mezcladas con las carcajadas de Harry, Ron y los mellizos.

La consigna de los adolescentes para ese verano era la despreocupación y se habían abocado a cumplirla al pie de la letra.

Aún cuando Harry seguía teniendo pesadillas que lo hacían despertar gritando, las sombras que solían cubrir sus facciones comenzaban a disiparse.

Evelyn sabía que las sombras jamás se irían. Que así como la cicatriz permanecería indeleble en la frente de su hijo, había otras cicatrices que era imposible borrar. Pero tanto ella como Mathew tenían la esperanza de que con el tiempo el vivir con esas marcas no resultara tan doloroso.

Mientras la organizadora hablaba sobre querubines revoloteando entre las mesas y tocando liras, Evelyn pensó en todos los chicos que, como Harry y sus amigos, debían tener pesadillas. Y en los que ya no las tendrían jamás.

Los funerales de los que fallecieron durante la batalla fueron largos y horribles. El precio de la guerra había sido demasiado alto y nadie salió indemne. Sin importar cuánto considerara cada uno que merecía o no sufrir, todos tuvieron su cuota del dolor. Las aulas de Hogwarts tendrían muchos asientos vacíos el siguiente septiembre.

Los juicios a los mortífagos capturados comenzaban en dos semanas y Evelyn sabía que no sería un proceso agradable. Y también sabía que muchos escaparían sin castigo.

Como Narcissa Malfoy, que dos días después de que Voldemort muriera fue encontrada en un calabozo del cuartel general de mortífagos. Declaró que jamás estuvo de parte del Innombrable y se le dio el beneficio de la duda.

Ahora se hallaba recluida en su casa, con su hijo. Estaba malherida, pero se recuperaría. A diferencia de su esposo, que no tenía retorno del lugar de tormentos en el que los cerebros lo habían sumido.

Una parte de Evelyn sentía lástima de Draco, quien debería caminar el resto de su vida con el estigma de ser hijo de padres cuyos crímenes probablemente no serían juzgados, pero de todos modos eran conocidos. Ella sabía lo que era caminar con estigmas heredados y no podía evitar la empatía.

Un golpe en la puerta hizo que las tres mujeres giraran el rostro hacia la entrada de la sala. Harry se asomó, con Ginny tomada de la mano. Detrás de ellos podía verse el rojo cabello de Ron y se escuchaba la voz de Hermione hablando con Luna.

- Nos vamos – anunció Harry, observando con algo de desaprobación los adornos esparcidos por la sala.

- ¿A qué hora regresarán? – preguntó Evelyn, sin levantarse.

- La película comienza en media hora – dijo Harry, levantando su mano y la de Ginny para mirar el reloj -. Habíamos pensado ir a comer algo después…

- Y jugar al bow… - Ginny arrugó la frente y se volvió hacia el pasillo – Hermione, ¿cómo se llama el juego?

- Bowling – la voz de Hermione sonó antes de que ella asomara la cabeza -. Iremos al cine nuevo que está frente a Hyde Park y luego a los bolos que inauguraron en Picadilly.

Harry asintió y miró a su madre.

- ¿Puedo llevar la camioneta? Todavía tenemos que buscar a Neville.

Evelyn buscó en el bolsillo de su pantalón las llaves. Con un movimiento fluido se las lanzó y Harry las atrapó en el aire.

- Conduce con cuidado, no pongan muy fuerte la música o no escucharás los otros vehículos y si ensucian el tapizado, te las verás con tu padre – le advirtió –. No olvides lo que sucedió la semana pasada.

Recordando el reto de Mathew, cuando descubrió que había dejado barro en las alfombrillas de la camioneta, Harry frunció el ceño.

- Ni que hubiera chocado o algo parecido – se defendió.

- ¿Qué puedo decir? Es insoportable cuando se trata de automóviles – respondió la bruja, encogiendo un hombro.

Harry puso los ojos en blanco y, soltando a su novia, se acercó a Evelyn y la besó en la mejilla.

- Volveremos a las 8 a más tardar – dijo.

- Cualquier cosa nos llamas – pidió la bruja.

Ginny besó a su madre, mientras Ron se asomaba y saludaba con la mano.

- Señoras, nos vemos – dijo con una sonrisa.

- ¡Tengan cuidado! – exclamó Molly -. Y Ron, por lo que más quieras, sé discreto…

- No se preocupe, señora Weasley. Ya estuvimos practicando para que actúe como un muggle cualquiera – afirmó Hermione.

Ron puso los ojos en blanco y pasó un brazo por los hombros a su novia, llevándosela con él. Harry apoyó una mano en la espalda de Ginny y salió con ella detrás de sus amigos.

- ¡Diviértanse! – exclamó Evelyn, escuchando que la charla se alejaba hacia la cocina una vez más.

Evelyn y Molly se quedaron mirando la puerta un segundo antes de regresar su atención al decorado de la torta de bodas.

- Me parece que deberíamos usar estos muñecos – dijo la señora Lullabile, colocando una pareja vestida de gala entre el montón de cosas que había sobre la mesa. - Son nuevos. Cuando los novios danzan, ellos lo hacen sobre el pastel.

Molly miró a Evelyn de reojo y casi se atraganta por la cara de espanto que ésta puso.

- ¿Tú que opinas? – preguntó Molly cuando logró controlar la risa.

Evelyn clavó los ojos en la muñeca, que tenía pegada una sonrisa tarada en la cara, y decidió que era hora de tomar el toro por las astas.

- Opino que es simplemente espantoso – dijo con tranquilidad, apoyando ambas manos en los apoyabrazos del sillón -. ¿Sabes qué, Molly? Creo que regresaremos al plan inicial.

- ¿Qué plan inicial? – Molly parpadeó desconcertada.

- El que hice con mi suegra hace algo así como tres vidas atrás – aclaró la bruja, comenzando a sonreír.

Una noche Amelia le había contado cómo soñaba ella que sería la boda de su hijo. Algo totalmente simple y, a criterio de Evelyn, de buen gusto. La bruja estaba segura que su suegra habría disfrutado como loca de la cara que tenía en ese instante la señora Lullabile.

La organizadora contempló a su clienta con circunspección pero algo de temor. Al fin y al cabo, no era cualquier clienta.

Era Evelyn Bright.

La bruja que dos días atrás había recibido, junto con su esposo, Harry Potter y varios magos y brujas de todas las edades, la Orden de Merlín por los servicios prestados durante la guerra. Servicios que, en su caso particular, no siguieron las directrices del Ministerio.

Daba igual que ni ella, ni su esposo, ni Harry Potter se hubieran presentado en la ceremonia, con lo que era fácil asumir que la distinción los tenía sin cuidado. Esta familia estaba destinada a convertirse en referentes importantes dentro del mundo mágico.

Aún si sentía un claro desprecio por la sociedad y sus reglas, Evelyn seguía siendo alguien rica, poderosa y, por sobre todas las cosas, peligrosa.

- ¿Y cuál es ese plan? Porque no podemos perder de vista que esta boda es algo emblemático para mucha gente – afirmó con presteza.

"E importante para tu reputación", pensó Evelyn.

Sonriendo con una expresión que la organizadora malinterpretó como alentadora, se enderezó en el sillón.

- Por supuesto… la gente… mi principal prioridad, sin duda – afirmó con tranquilidad.

Molly la observó con suspicacia. El que tuviera esa expresión no presagiaba nada bueno para Edwina Lullabile. Y aunque Molly no estaba de acuerdo con toda la parafernalia que esta mujer proponía, tampoco era cuestión de que alguien saliera lastimado.

- Le diré qué haremos – continuó Evelyn -. No usaremos nada de todo esto. No habrá pájaros, ni arreglos florales desde donde emerjan diferentes melodías, ni velas que formen figuras con el humo. Mi marido no recitará un poema; la sola idea es estúpida y a él la estupidez lo pone nervioso. Y no queremos que nadie termine sufriendo los efectos de un hechizo desagradable, ¿verdad? – preguntó y la bruja abrió los ojos, asustada -. Perfecto. Descartado entonces. Por cierto que mi hijo no va a dar ningún discurso al entregarme. No tendremos un cortejo nupcial de diez parejas y puede apostar que ni loca me sentaré en un… trono… para que la gente pase a entregar regalos.

El ceño de la organizadora se frunció levemente.

- ¿No quiere nada de lo que hemos planificado?

- No – respondió Evelyn con satisfecha calma.

- ¿O sea que quiere algo totalmente diferente?

Una sonrisa peligrosa distendió las facciones de Evelyn, que ostentaban una cicatriz en la barbilla.

- Veo que nos entendemos a la perfección.

La mujer se puso de pie, haciendo que el cabello se le desarreglara por lo brusco del movimiento.

- Pero… ¡la boda es en dos semanas! Si cambiamos todo ahora, no podré tener las cosas a tiempo – exclamó, exasperada.

- Pero yo tengo plena confianza en sus capacidades. Al fin y al cabo, sus referencias son excelentes – dijo Evelyn, haciendo que Molly cerrara los ojos ante el para nada velado sarcasmo –. Sin embargo, si usted no se siente capaz, no quiero que se haga problema. Me envía la cuenta de sus servicios hasta este momento y le pagaremos con gusto – anunció la Cazadora sin pestañear.

La estirada bruja parpadeó y tardó treinta segundos en darse cuenta de que, potencialmente, había sido despedida

Molly se mordió el labio inferior con nerviosismo. Ahora entendía por qué razón era Mathew quien, invariablemente, se encargaba de las conversaciones donde se requería de tacto y sutileza. Evelyn tenía la diplomacia de una aplanadora.

Vio que la señora Lullabile estaba poniéndose de todos los colores posibles cuando la puerta de calle se abrió y un segundo después, Mathew y Arthur entraban en la sala.

- Buenas tardes – saludaron ambos hombres.

Y mientras Arthur se acercaba a su esposa para besarla en la mejilla, Mathew observó la abarrotada sala. Divertido, sonrió. No necesitaba de legeremancia o bargaine alguno para saber que si hubiera tardado cinco minutos más, la organizadora con todas sus cosas habrían terminado en la calle de manera poco amable.

- Hola, extraña – dijo inclinándose para besar el pelo de Evelyn.

- Hey – murmuró la bruja, desviando la vista de la organizadora a su esposo -. ¿Cómo les fue?

- Muy bien – respondió el mago sentándose en el apoyabrazos junto a ella -. Las obras de refacción van de acuerdo al cronograma. Hogwarts estará listo para abrir sus puertas en septiembre como todos los años.

Molly sonrió.

- Apuesto a que Harry y Ron no se molestarían si tuvieran que esperar un par de semanas más antes de regresar.

- Esos dos harían una danza tribal de agradecimiento ante la posibilidad de alargar sus vacaciones dos días – dijo Arthur.

- Y Hermione los lanzaría en la fogata sagrada – acotó Mathew, jugando con los dedos de su esposa -. ¿Puedes venir conmigo o estás muy ocupada? – le preguntó entonces.

Un brillo agradecido destelló en las doradas pupilas de la bruja.

- En realidad, estábamos terminando en este momento – anunció poniéndose de pie y volviéndose hacia la organizadora -. Señora Lullabile, mañana le enviaré el detalle de lo que queremos. Le aseguro que será tan sencillo que no tendrá problema alguno en tenerlo todo listo.

La pobre bruja la miró con desazón.

- Pero… pero… - balbuceó, intentando encontrar algo que replicar.

- Arthur, Molly, saldremos un momento. ¿Quieren esperarnos? ¿Se quedan a cenar? – preguntó entonces Evelyn a la pareja de magos.

- Sí, claro – respondió Molly -. ¿Preparo algo?

- Bill me dijo que traería a su novia para presentárnosla – anunció Mathew –. Así que Fred y George anunciaron que en honor al evento, ellos cocinarán.

- ¡Por las barbas de Merlín! Estamos fritos – murmuró Arthur.

- Nos vemos mañana, señora Lullabile – dijo Evelyn, tirando de la mano de su esposo para salir del cuarto antes de que la mujer recuperara su capacidad de habla.

- Señora Lullabile, un placer – se despidió Mathew.

Y antes de que la pobre organizadora de fiestas pudiera decir nada, habían desaparecido.

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Hyde Park

Complejo de cines Cinemas Palace

- Menos mal que el espacio del estacionamiento era amplio – dijo Harry mientras se formaban en la fila para comprar las entradas. – Pensé que la camioneta no iba a caber entre esos dos automóviles y terminaría abollándola. Y de verdad que Mathew es irracional con el tema de los automóviles.

Hermione se ruborizó y Ron escondió una sonrisa al escuchar el confiado comentario de su mejor amigo.

- Sí, toda una suerte que el espacio fuera más amplio de lo que parecía – apostilló el muchacho.

Parado detrás de Hermione, la abrazó por la cintura haciendo que la espalda de la chica se apoyara en su pecho y escondió el rostro en cuello de su novia.

- También es una suerte que tú tuvieras tu varita – murmuró tan bajo que tan solo ella lo escuchó.

Hermione apretó sus manos sobre las de Ron y sonrió.

- Lo que sea por un amigo – respondió en voz igualmente baja.

- ¿Podemos comprar palomitas de maíz? – preguntó Ginny, que observaba todo con interés.

- Claro. ¿Por qué no van ustedes dos por las palomitas mientras nosotros compramos las entradas? – les sugirió Harry a Ron y Hermione.

- Seguro – respondió Ron y se alejó con Hermione, en un despliegue de confianza que hizo levantar las cejas a su novia.

Harry observó a sus dos amigos discutiendo qué comprar mientras se ponían en la línea del mostrador de golosinas. A un par de pasos de distancia, Luna caminaba distraídamente por entre la gente, observando todo con su mirada soñadora. Neville, por su parte, llevaba cinco minutos mirando absorto la ilustración de una extraña planta que aparecía en el afiche de una película de fantasía.

Había mucha gente en el cine esa tarde. Todos charlaban despreocupadamente, riendo relajados. Absolutamente ignorantes de cómo su vida, tal y como la conocían, podría haber cambiando para siempre si un mes antes el resultado de la batalla en Hogwarts hubiera sido distinto.

- Hola, ¿en qué puedo ayudarte? – preguntó la chica del otro lado de la ventanilla.

Harry se acercó y sacó su billetera nueva, regalo de cumpleaños de Ginny.

- Seis entradas para la reposición de Stars Wars – pidió.

Dos minutos después, con las entradas en la mano, caminó con Ginny hacia Ron y Hermione. Sus amigos parecían haber adquirido media tonelada de comida y bebida.

- ¿Ya estamos? – preguntó Ginny, entusiasmada.

- Sí – respondió Ron, tragando un puñado de palomitas de maíz. Estirando el cuello, gritó: - ¡Neville! ¡Vamos o nos perderemos el inicio de la pelica!

Hermione puso los ojos en blanco.

- Ron, deja de gritar. Se supone que seremos discretos – lo amonestó -. Y es película, no pelica – agregó en tono más bajo.

- Película, pelica… ¿cuál es la diferencia? Cualquiera sea el nombre, nos la perderemos si él sigue mirando esa foto – respondió Ron.

Neville y Luna se acercaron.

- Creo que vi unos griweldst en esos maceteros de por allá – dijo Luna.

- Pues a mí me parece que esa planta no es real – declaró Neville, concentrado -. No recuerdo haberla visto en ningún compendio de herbología.

- Tal vez es una nueva especie – bromeó Ron -. Algo sólo visto en las pelicas – agregó, mirando a Hermione.

La chica suspiró, resignada.

- Ni siquiera puedo quejarme por no saber en dónde me estaba metiendo – murmuró.

- No, no puedes – respondió Ron. Tomó otro puñado de palomitas y se las metió en la boca, sonriendo mientras masticaba.

Harry se rió y le entregó las entradas a la chica que esperaba junto a la puerta.

- Que se diviertan – dijo la adolescente, devolviéndole las entradas cortadas.

El muchacho observó a sus amigos, que entraban en la sala en penumbras al tiempo que discutían sobre tres temas diferentes a la vez, y sonrió.

- Lo haremos – afirmó.

Y pasando un brazo por los hombros de Ginny, entró con ella detrás de los cuatro adolescentes.

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Terrenos del colegio Hogwarts de Magia y Hechicería

El Lago

- ¿Qué hacemos aquí? – preguntó Evelyn.

Parados en el mismo lugar donde meses antes Mathew tuvo con Harry una charla sobre Ginny y la Cámara, el mago y la bruja observaron la calma serenidad del lago frente a ellos.

Mathew apretó el paquete que tenía en la mano izquierda por un segundo, antes de cerrar los dedos de la derecha alrededor de los de su esposa.

- Tengo una duda y pensé en pedirte tu opinión.

Evelyn lo miró, extrañada.

- Has estado muy raro estos últimos días – comentó -. ¿Esto tiene algo que ver con las cosas que se han estado publicando acerca de Harry y nosotros? Porque Rita Skitter no es más que una imbécil. Su opinión acerca de que Harry resultara ser nuestro hijo, o esa estupidez de que Dumbledore terminó en coma por un enfrentamiento con nosotros, no es más que basura.

El mago sonrió, haciendo que se sentara junto a él en las piedras que se alineaban en el borde del acantilado.

- No estoy preocupado por lo que nadie diga sobre nuestra familia. Lo único que me importa es que tú y Harry estén bien. Vivos y a salvo. Es lo único que siempre me ha importado

Evelyn le apretó la mano con suavidad.

- ¿Entonces? ¿Por qué te has pasado las últimas tres noches en vela?

El hombre frunció levemente el ceño y besó los nudillos femeninos por un momento. Soltándole la mano abrió el paquete que había estado sobre su escritorio por una semana. Dentro había dos cajas.

Una pequeña, cuadrada, de terciopelo verde oscuro.

La otra chata y alargada, de color rojo.

Abrió la caja más pequeña y contempló por un instante el par de alianzas que descansaban dentro. Las bandas de oro de tres colores brillaron con la luz del sol.

Nuevas.

Con su grabado interno claro y sin desgastar.

- Sé que dije que quería que tuviéramos una boda tradicional, con anillos que fueran símbolo de nuestro matrimonio – dijo tratando de exponer sus ideas con claridad -. Pero hay algo que es parte nuestra, algo que va más allá de la ceremonia y el intercambio de votos. Y estos anillos no lo representan. Porque estos anillos son más bien el símbolo del inicio una nueva vida. Una vida que deberemos aprender a vivir de cero, porque será diferente a todo lo que hemos pasado hasta ahora.

Hizo una pausa y, sin soltar los anillos, abrió la caja roja.

En su interior, Evelyn vio una réplica del brazalete que había llevado en su muñeca por años. Pero esta vez no estaba solo. Junto a él había un anillo de sello, con el mismo grabado: las letras, el león y la serpiente.

- Éste es el símbolo de lo que hemos sido siempre. Lo que hemos tenido siempre. Sé que cuando te di el otro brazalete dije algo diferente, pero con el tiempo llegué a verlo como el símbolo de lo más fuerte entre nosotros. Lo que perduró hasta ahora porque fue lo que estuvo desde el inicio.

Evelyn deslizó en silencio la yema de los dedos por la superficie bellamente labrada.

- Nuestra amistad – murmuró.

Mathew asintió, feliz de que ella supiera sin que él tuviera que explicar todo.

- Me preguntaba entonces qué preferías llevar. El brazalete o el anillo.

La mujer observó las joyas que su marido sostenía por un largo momento y cogió el anillo de sello con cuidado.

Tomando la mano derecha de Mathew deslizó la joya en su dedo anular y luego lo besó.

- Yo quiero todo – contestó sonriendo.

Dejando salir el aire, Mathew guardó la caja con los anillos en su bolsillo antes de sacar el brazalete y cerrar el broche alrededor de la muñeca femenina.

- Yo también – afirmó.

Tomándole el rostro con las dos manos, la besó con suavidad. Evelyn cerró las manos en las muñecas de su esposo y le devolvió el beso, antes de abrazarlo con fuerza.

Mathew enterró el rostro en el cuello de su mujer, apretándola contra él.

Tras un largo momento, se apartó y apoyó su frente en la de Evelyn, tomándole las manos y deslizando el pulgar por el brazalete que había vuelto a su lugar.

- Ya que hemos solucionado esto, sólo hay una cosa más que necesito saber.

La bruja se enderezó y lo miró con confianza.

- ¿Qué cosa?

Tomando aire, el mago metió la mano en su otro bolsillo y apretó lo que tenía allí antes de sacarlo. El rostro de Evelyn se tensó al ver la botella donde había encerrado los recuerdos de sus 22 días como prisionera de Angelus.

- Tú me dijiste que debía decidir si quería ver esto. Pero que si lo hacía, no podía pedirte que me ayudaras a lidiar con lo que me provocara – dijo Mathew observándola con atención.

Ella lo miró con las facciones tirantes y asintió sin decir nada.

- No puedo mirarlas – declaró el mago y sintió cómo un alivio impactante le llegaba desde su esposa. Inspiró profundo de nuevo y, apretándole los dedos con suavidad, prosiguió: - Pero tampoco puedo destruirlas. Así es que se me ocurrió que… tal vez… podríamos colocarlas en un lugar donde estén seguras. Lejos nuestro pero a salvo. Porque Harry está en estas memorias, por espantosas que sean.

La mejilla de Evelyn se humedeció por una lágrima de alivio y asintió, al tiempo que esbozaba una sonrisa triste.

- Guardarlas en un lugar seguro parece una idea perfecta – musitó.

Mathew le secó el rostro con cuidado y le devolvió la sonrisa. Enderezándose, abrió la palma de la mano y la botella, firmemente sellada, flotó en el aire alejándose de ambos.

Con los ojos clavados en el cristal azulino, el mago y la bruja esperaron a que se encontrara sobre uno de los lugares más profundos del lago. Entonces, Mathew cerró su mano en un puño, liberando la botella del hechizo de levitación.

Tras un segundo se escuchó sobre la superficie del lago el sonido del impacto y la botella desapareció, descendiendo hasta el fondo de un abismo que nadie había sondeado.

Por mucho rato ninguno de los dijo nada. Evelyn pasó una mano por la cintura de su esposo, que la apretó contra él y permanecieron abrazados en silencio.

La brisa jugó con el pelo de ambos llevándose los resquicios de tristeza, nervios y tensión que quedaba en su interior. Evelyn escurrió sus largos dedos entre los de su esposo y acarició con el pulgar el sello que ahora ostentaba en su dedo anular. Mathew le besó la frente apretadamente y apoyó la mejilla en el pelo de ella, cerrando los ojos.

- ¿Estás lista para dejar que Buffy y sus cazadoras se hagan cargo, y vivir una vida normal, sin patrullas ni batallas ni entrenamientos? – preguntó, sonriendo.

- Totalmente. ¿Estás listo para terminar de criar a un adolescente que no está acostumbrado a tener padres que le pongan límites? – replicó ella, sonriendo a su vez.

El mago hizo una pausa, pensativo y se enderezó para mirarla.

- Parece que finalmente nos enfrentamos con algo que en verdad será complicado – dijo.

Evelyn se rió, feliz, y le dio un breve beso.

- Estoy segura que podremos manejarlo – murmuró sonriendo.