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(¸.•´ (¸.•` ¤ ❀ ❁CAPITULO 35

Candy..

Cuando me levanto por la mañana Terry ya se ha ido.

Al salir de la cama voy directa a la ducha, me noto sucia y sudada tras la pasada noche. Ambos nos quedamos dormidos después de haber hecho el amor, demasiado agotados como para lavarnos o para cambiar las sábanas mojadas. Más tarde, justo antes de amanecer, Terry me despertó penetrándome otra vez. Sus manos habilidosas me llevaron al orgasmo antes de que me hubiera despertado del todo. Es como si siempre quisiera más de mí y su alta libido se disparara.

Por supuesto, yo también quiero siempre más de él.

Se me dibuja una sonrisa al recordar la pasión ardiente de la noche anterior. Terry me prometió la noche de bodas de mis sueños y lo cierto es que me la dio. Ni siquiera recuerdo cuántos orgasmos he tenido durante las últimas veinticuatro horas. Por supuesto, ahora estoy aún más dolorida, tengo mi interior en carne viva de follar tanto.

Sin embargo, me siento mucho mejor hoy, tanto física como mentalmente. Los moratones de los muslos están menos sensibles al tacto y ya no me siento tan abrumada. Incluso el hecho de haberme casado con Terry me parece menos desagradable por el día. En realidad, nada ha cambiado, salvo que ahora hay un trozo de papel que nos une y hace saber al mundo que le pertenezco. Secuestrador, amante o esposo, es todo igual; la etiqueta no cambia la realidad de nuestra relación disfuncional.

Me meto bajo el agua de la ducha y me reclino para que el agua caliente me caiga por la cara. La ducha es tan lujosa como el resto de la casa, con una forma circular en la que podrían caber diez personas. Me limpio y me froto cada milímetro hasta que vuelvo a sentirme humana. Después vuelvo al dormitorio para vestirme.

Encuentro un armario enorme al final de la habitación, donde sobre todo hay ropa de verano ligera. Al acordarme del calor sofocante que hace fuera, elijo un vestido azul sencillo sin mangas y luego me calzo unas chanclas marrones. No es el atuendo más sofisticado, pero valdrá.

Estoy lista para explorar mi nuevo hogar.

La finca es enorme, mucho más grande de lo que creía ayer. Junto a la casa principal también se encuentran los barracones para los más de doscientos guardias que vigilan el perímetro y unas cuantas casas donde viven los empleados y sus familias. Es casi como un pueblo pequeño o más bien una especie de complejo militar.

Ana me cuenta todo esto en el desayuno. Por lo visto Terry avisó de que tendría que comer y ducharme cuando me levantara. El trabajo lo tiene ocupado, como siempre.

—El señor Graham tiene una reunión importante —explica Ana mientras me sirve un plato al que llama «migas de arepa»: huevos revueltos con trozos de maíz y salsa de tomate y cebolla—. Me pidió que me ocupara de usted hoy, así que, si necesita algo, dígamelo. Si quiere, Rosa puede darle un paseo por aquí después del desayuno.

—Gracias, Ana —digo hincándole el diente a la comida. Está increíblemente deliciosa; el sabor dulce de las arepas complementa el picante de los huevos—. Un paseo estaría genial.

Charlamos un poco mientras termino de comer. Además de conocer la finca, también me entero de que Ana lleva viviendo en esta casa casi toda la vida y que comenzó de joven como criada al servicio del padre de Terry.

—Así aprendí a hablar inglés —dice mientras me sirve una taza de chocolate caliente y espumoso—. La señora Graham era americana, igual que usted, y no hablaba nada de español.

Asiento al recordar lo que Terry me había contado sobre su madre. Había sido modelo en Nueva York antes de casarse con su padre.

—¿Entonces ya conocía a Terry de niño? —pregunto sorbiendo el rico chocolate caliente. Al igual que los huevos, tiene un sabor extraño, con un toque de clavo, canela y vainilla.

—Sí —Ana se calla como temiendo haber hablado demasiado. Le devuelvo una sonrisa alentadora, esperando incitarla a que me cuente algo más, pero ella empieza a lavar los platos, lo que significa el fin de la conversación.

Suspiro, me termino el chocolate caliente y me levanto. Quiero saber algo más de mi esposo, pero tengo el presentimiento de que Ana será tan reservada con este tema como Karen.

«Karen». Ese dolor familiar, que trae consigo una rabia ardiente, aparece de nuevo. No olvido de su violenta muerte y este recuerdo amenaza con ahogarme, si se lo permito.

Cuando Terry me contó por primera vez lo que hizo a los atacadores de Mary, me horroricé, pero ahora lo entiendo. Desearía ponerle la mano encima al terrorista que mató a Karen y hacerle pagar por lo que le hizo. Ni siquiera saber que está muerto aplaca mi rabia. Está siempre ahí, reconcomiéndome por dentro, envenenándome.

—Señora, le presento a Rosa —dice Ana.

Me giro hacia la entrada del comedor y allí parada veo a una mujer joven de pelo oscuro. Debe de tener mi edad, con la cara redonda y una amplia sonrisa. Al igual que Ana, lleva puesto un vestido negro de manga corta y un delantal blanco.

—Rosa, esta es la nueva esposa del señor Graham, Candy.

La sonrisa de Rosa se amplía aún más.

—Ah, hola, señora Graham. Es un placer conocerla.

Su inglés es aún mejor que el de Ana, apenas se le nota el acento.

—Gracias, Rosa —digo mostrando una simpatía inmediata hacia ella—. También es un gran placer para mí y, por favor, tuteadme. —Miro hacia la criada—. Tú también, por favor, Ana, si no te importa. No estoy acostumbrada a lo de «señora».

Es cierto. Me resulta muy extraño que se dirijan a mí como señora Graham. ¿Eso significa que también he tomado el apellido de Terry? No hemos hablado de eso todavía, pero me imagino que Terry también querrá seguir la tradición en este caso.r

«Candice Graham». El corazón me late más fuerte al pensarlo y vuelve el miedo irracional de ayer. Durante diecinueve años y medio he sido Candy White. Es un nombre al que estoy acostumbrada y con el que me siento cómoda. Cambiarlo me molesta, pues siento que pierdo otra parte de mí. Es como si Terry me estuviera alejando de todo lo que era, transformándome en alguien que apenas reconozco.

—Por supuesto —dice Ana calmando mis nervios—. Nos alegramos de llamarte como desees.

Rosa asiente con energía mostrando su acuerdo y esbozando una sonrisa. Tomo aire profundamente para calmar mi corazón acelerado.

—Gracias. —Intento sonreírles—. Lo agradezco.

—¿Te gustaría ver la casa antes de salir? —pregunta Rosa, alisándose el delantal con las manos—. ¿O prefieres comenzar por el exterior?

—Podemos empezar por el interior si te parece bien —le digo.

Le doy las gracias a Ana por el desayuno y empezamos el paseo.

Rosa me muestra primero la planta inferior. Hay unas doce habitaciones, entre ellas una biblioteca enorme con una gran variedad de libros, un cine con una televisión del tamaño de la pared y un gran gimnasio con máquinas de muy buena calidad. Me alegro también de descubrir que Terry ha tenido en cuenta mi afición por la pintura. Una de las habitaciones está dispuesta como un estudio de arte con lienzos blancos colocados enfrente de una gran ventana orientada hacia el sur.

—El señor Granam tenía todo esto preparado dos semanas antes de que vinieras —me cuenta Rosa, guiándome de una habitación a otra—. Así que todo está nuevo.

Pestañeo, sorprendida de escuchar eso. Suponía que el estudio de arte era nuevo porque Terry no pinta, pero no sabía que hubiera reformado toda la casa.

—Tampoco tenía piscina, ¿no? —bromeo mientras caminamos por el salón.

—No, la piscina ya estaba ahí —dice Rosa con una seriedad absoluta—, pero sí la ha reformado.

Y dirigiéndome hacia un porche, me muestra una piscina de tamaño olímpico rodeada de vegetación tropical. Además de la piscina, hay unas hamacas que parecen increíblemente cómodas, sombrillas enormes que protegen del sol y muchas mesas de jardín con sillas.

—Qué bonito —murmuro sintiendo el aire caliente y húmedo en la piel. Creo que la piscina me vendrá de perlas con este tiempo.

Volvemos al interior y nos dirigimos a la planta superior.

Aparte del dormitorio principal hay varios dormitorios, más grandes que todo mi apartamento.

—¿Por qué es tan grande la casa? —pregunto a Rosa después de ver todas las habitaciones decoradas con gran lujo—. Solo viven aquí unas pocas personas, ¿no?

—Sí, es cierto —me confirma Rosa—, pero esta casa la construyó el anterior señor Graham y, por lo que tengo entendido, le encantaba invitar a sus socios a que se quedaran.

—¿Cómo viniste a trabajar aquí? —Miro a Rosa con curiosidad mientras bajamos la escalera de caracol—. ¿Y cómo aprendiste a hablar inglés tan bien?

—Ah, nací aquí en la finca Graham —dice de manera casual—. Mi padre era uno de los antiguos guardas del señor y mi madre y mi hermano mayor también trabajaron para él. La esposa del señor, que como sabes era estadounidense, me enseñó inglés cuando yo era una niña. Creo que quizá se aburriera un poco aquí y por eso daba clases a todos los trabajadores de la casa y a cualquiera que quisiera aprender el idioma. Después insistía en que solo habláramos inglés en la casa, incluso entre nosotros, para que practicásemos.

—Entiendo. —Rosa parece más habladora que Ana, así que le hago la misma pregunta que le hice a ella antes.

—Si creciste aquí, ¿conocías ya a Terry?

—No, no mucho. —Me mira mientras salimos de la casa hacia el porche delantero—. Yo solo tenía cuatro años cuando tu esposo se marchó del país, así que no me acuerdo muy bien de cuando era niño. Hasta hace dos semanas, no se pasaba mucho por aquí después de… —Traga saliva mirando el suelo—. Después de que pasara todo eso.

—¿Después de la muerte de sus padres? —le pregunto en voz baja.

Recuerdo que Terry me contó que habían matado a sus padres, pero nunca me dijo cómo había pasado. Solo me había dicho que fue uno de los rivales de sus padres.

—Sí —dice Rosa con seriedad y sin mostrar su amplia sonrisa—. Pocos años después de que Terry se marchara, una de las bandas de la costa norte intentó adueñarse de la organización Graham. Atacaron a las operaciones clave e incluso vinieron aquí, a la finca. Muchas personas murieron ese día, incluidos mi padre y mi hermano.

Me paro en seco, mirándola fijamente.

—Ay, madre mía, Rosa. Lo siento… —Me siento fatal por haber sacado un tema tan doloroso. No se me había ocurrido que las personas de aquí podrían estar afectadas por el mismo motivo que Terry—. Lo siento mucho.

—No pasa nada —dice con expresión forzada—. Pasó hace casi doce años.

—Debías de ser muy joven —digo con voz calmada—. ¿Qué edad tienes ahora?

—Veintiuno —contesta mientras empezamos a bajar las escaleras del porche. Entonces me lanza una mirada curiosa y algo de su seriedad desaparece—. ¿Y tú cuántos tienes, Candy? Si no te importa que te pregunte. También pareces joven.

Le sonrío.

—Diecinueve. Veinte dentro de unos meses.

Me alegro de que se sienta lo bastante cómoda como para hacerme preguntas personales. No quiero ser la «señora» aquí ni que me traten como la dueña de la mansión.

Ella me devuelve la sonrisa. Parece que vuelve a estar alegre.

—Lo imaginaba —dice claramente satisfecha—. Ana pensaba que eras aún más joven cuando te vio la noche anterior, pero ella tiene casi cincuenta años y todas las personas de nuestra edad le parecen bebés. Suponía que tenías veinte y he acertado.

Me río, encantada por su franqueza.

—Pues sí, has acertado.

Durante el resto del paseo, Rosa me acribilla a preguntas sobre mí y mi vida cuando vivía en Estados Unidos. Parece fascinada con el país y ha visto películas para intentar mejorar su nivel de inglés.

—Espero ir algún día —dice con melancolía—. Ver Nueva York, pasar por Times Square entre todas esas luces…

—Tienes que ir —le digo—. Solo he ido a Nueva York una vez y fue increíble. Hay muchas cosas que hacer como turista.

Me enseña la finca mientras hablamos, mostrándome los barracones de los guardias de los que Ana había hablado antes y la zona de entrenamiento de los hombres a lo lejos del complejo. La zona de entrenamiento consta de un gimnasio interior, un campo de tiro exterior y lo que parece ser una gran pista de césped con obstáculos.

—A los guardias les gusta estar en forma —me explica Rosa al pasar por un grupo de hombres con rostro serio que practican algún arte marcial—. La mayoría eran militares y todos son muy buenos en lo que hacen.

—Terry también entrena con ellos, ¿verdad? —pregunto mientras contemplo con fascinación cómo uno de los hombres deja inconsciente a su oponente con un fuerte golpe en la cabeza. Yo sé algo de defensa personal por las clases que tomé en Estados Unidos, pero aquello es cosa de niños comparado con esto.

—Ah, sí. —El tono de Rosa es casi reverencial—. He visto al señor Graham en el campo y es tan bueno como cualquiera de estos hombres.

—Sí, estoy segura de que lo es —digo al recordar cómo me rescató del almacén. Él estaba en su salsa. Llegó por la noche como un ángel de la muerte. Por un momento, los oscuros recuerdos amenazan con abrumarme de nuevo, pero no dejo que aparezcan de nuevo, decidida a no vivir en el pasado.

Al volver hacia los luchadores, le pregunto a Rosa:

—¿Sabes dónde está él hoy, por casualidad? Ana me ha dicho que está en una reunión.

Se encoge de brazos.

—Quizá esté en su despacho, en ese edificio de ahí. —Señala un pequeño edificio de aspecto moderno que se encuentra cerca de la casa principal—. También lo ha reformado y pasa mucho tiempo ahí desde su vuelta. He visto que Lucas, Peter y otros pocos han entrado ahí esta mañana. Supongo que se ha reunido con ellos.

—¿Quién es Peter? —pregunto. Ya conozco a Lucas, pero el nombre de Peter es la primera vez que lo oigo.

—Es uno de los empleados del señor Graham —contesta Rosa mientras volvemos a la casa—. Vino hace unas semanas para supervisar algunas de las medidas de seguridad.

—Ah, entiendo.

Cuando llegamos a la casa tengo la ropa pegada por la extrema humedad. Es un alivio estar dentro de nuevo, donde hace buena temperatura gracias al aire acondicionado.

—Bienvenida a la Amazonia —dice Rosa sonriendo a la vez que bebo un trago de agua fría que cojo de la cocina—.Estamos al lado de la selva y fuera es como si te dieras un baño de vapor.

—Sí, es verdad —murmuro. Siento la necesidad urgente de darme otra ducha. También hacía calor en la isla, pero la brisa que venía del océano lo hacía más soportable, incluso agradable. Aquí, sin embargo, el calor es casi asfixiante, hay humedad, el aire apenas sopla y es sofocante.

Dejo el vaso vacío en la mesa y me giro hacia Rosa.

—Creo que voy a usar la piscina que me has enseñado —le digo decidida a aprovechar las instalaciones—. ¿Quieres acompañarme?

Los ojos de Rosa se agrandan. Está claro que mi invitación la ha sorprendido.

—Ay, me encantaría —dice con sinceridad—, pero tengo que ayudar a Ana a hacer la comida y después limpiar los dormitorios de arriba…

—Claro. —Me siento un poco avergonzada porque, por un momento, se me había olvidado que Rosa no está aquí solo para hacerme compañía y que tiene obligaciones y responsabilidades en la casa—. Bueno, en ese caso, gracias por el paseo. Te lo agradezco mucho.

Me sonríe.

—Ha sido un placer. Estoy encantada, así que repetimos cuando quieras.

Y, mientras ella se ocupa de la cocina, subo a ponerme el bikini.

CONTINUARA