– Cómo no iba a acordarme – susurró el otro. – Pocas personas he conocido como Akano Rido a las que haya que asesinar dos veces.
– Me parece que vamos a matar dos pájaros de un tiro – se rió Li.
– ¡¿Qué?!
– ¡Tú no mataste a Rido! – bramó Nalya, fuera de sus casillas. – ¡Fue Yonas! ¡Fue...!
– Corrección, – la interrumpió Li – Yonas no mató al mocoso de los Akano.
– ¡Yo lo vi! ¡Sé lo que vi! ¡Rido...! ¡Rido murió ante mis ojos! ¡Vi a Yonas matarle!
Nalya había perdido completamente el control de sí misma. Sus ojos se salían casi de sus órbitas y su cara reflejaba una mueca de desesperación que nunca había visto a pesar de tantas experiencias vividas junto a ella. No sabía lo que pasaba ni su reacción
– Tú viste a un académico liberando su espada – continuó él, que parecía divertirse con todo aquello. – ¿En serio crees que aquello sería posible? Sabes tan bien como yo que aquel Yonas no era un niño prodigio.
– ¿Lo utilizasteis? ¡Utilizasteis a Yonas! – exclamé yo, que empezaba a perder la paciencia e incluso la noción de aquello que yo consideraba la realidad.
– Fue divertido – afirmó Li entre carcajadas. – Ni siquiera sabía lo que pasaba. ¡Creía de verdad que era capaz de liberar su espada! Pobre iluso.
– Entonces, ¿qué? – pregunté. – ¡¿Qué fue lo que ocurrió?!
– Muy fácil – replicó. – No creí que asesinar al nieto de ese jodido viejo resultara tan fácil pero fue una grata sorpresa. Será porque era un total y completo inútil que no sabía lo que se hacía...
– ¡No podéis haber matado a Rido vosotros! ¡Fue Yonas! – seguía gritando la cuarta oficial, aferrándose a la idea de que Yonas había sido el asesino de mi anterior yo como si fuera la última esperanza.
En cambio, yo sentía una extraña sensación de alivio en alguna parte dentro de mí. ¡Yonas no me había matado! Esa gran perturbación que saber lo que había pasado en el examen me había producido comenzaba a desaparecer, poco a poco. Yonas, mi hermano, era sólo una víctima más y no un asesino.
– ¿Por qué no? – sonrió Li. – Te lo he explicado bastante claro. Ikkyuu y yo matamos a ese imbécil presuntuoso de Akano Rido. Y nos resultó bastante fácil. ¿Por qué sigues diciendo que no? – preguntó, aunque parecía saber de antemano la respuesta.
– Porque...
– Porque entonces todo habría sido una estupidez, – se contestó a sí mismo antes de que ella pudiera responderle – ¿verdad?
¿Todo? Entonces me di cuenta: la reacción de Nalya al conocer la inocencia de Yonas, lo que decía Li... pero no, no podía ser cierto. Yo lo había visto. Aquel día... Aquel día había visto a Nalya defender hasta la muerte a Yonas, que yacía inconsciente tras ella. No podía ser que ella... ¿O sí? No, era imposible que Nalya hubiera asesinado a Yonas. Era impulsiva y rencorosa... pero la mujer que yo amaba no era una asesina.
– Sencilla creación, 4 elementos: aire, tierra, fuego y agua. Naturaleza muerta. Realidad imperturbable y perpetua, obedece a esta sierva atemporal. ¡¡Haz mi voluntad!! – murmuró Nalya, que se había cansado ya de aguantar – Hadou 42 ¡Silver Swordleaves!
El Kidou cogió por sorpresa al oriental, que no tuvo tiempo de reaccionar. Los árboles de nuestro alrededor perdieron sus hojas, que se dirigieron hacia Li a la velocidad del rayo, convirtiéndose en metal al pasar junto a mi cornuda compañera. El oriental se retorcía de dolor, pero Nalya no había terminado con él. Cargó contra él y le propinó un golpe que lo envió a varios metros de distancia de donde nos encontrábamos.
– No te ríes tanto ahora, ¿verdad? – inquirió al fin fríamente.
– La verdad – dijo mientras se levantaba – es que me has cogido por sorpresa. Lo reconozco. Aunque... deberías vigilar mejor tu espalda – susurró en su oído.
Li se había posicionado en un abrir y cerrar de ojos detrás de Nalya. Su divertido gesto se había tornado en una sádica mirada acompañado de una risita entre dientes resultaba realmente aterradora en aquella escena. Congelada por la sorpresa, Nalya parecía incapaz de reaccionar al movimiento inesperado de su atacante.
Sin embargo, Li no atacó, simplemente separó a Nalya de sí con un fuerte empujón y recuperó el lugar junto a su compañero. Ikkyuu le hizo una seña y, dándose la vuelta, comenzó a caminar alejándose lentamente de nosotros.
– Tienes suerte de que hoy no tenga más ganas de jugar – se burló.
– ¿Escapáis? – les provocó Nalya, cuyos ojos anunciaban sed de sangre y venganza.
– Nos vamos. Hemos terminado lo que hemos venido a hacer – sentenció Ikkyuu sin darse la vuelta, impidiendo que su compañero contestara.
– Kyo se ha encargado del pelado de la cabaña, vuestros dos compañeros están muertos, ese amigo vuestro, Rikiya, se está enfrentando a Eliaz en su versión más peligrosa, – expliqué – Akano Kumaru sigue vivo y... ¿habéis completado la misión?
– Deja de hacer preguntas joven Akano – replicó. – Nuestra misión ha terminado. Nos volveremos a ver pronto y entonces terminaremos esto.
– Te voy a confesar un secreto – prorrumpió Li. – Ese amigo tuyo... Eleazar, no es ni la milésima parte de peligroso que lo que eran sus hermanos.
– Y sin embargo – repuse, pensando en lo que me había contado Eliaz – bien sabes lo que pasó aquel día.
Parecía que Li iba a contestarme pero, repentinamente, Ikkyuu le agarró del traje y, con un shumpa, se lo llevó de allí. Sus sombras se perdieron en la lontananza y un silencio tenso anunció que aquel enfrentamiento había terminado, pero todos sabíamos que no sería el último.
Kyo marchó a toda prisa hacia la cabaña para atender al viejo maestro. Nalya y yo íbamos a seguirle pero no podía dejar de pensar en las palabras de Li. La cogí del brazo y llamé su atención antes de entrar en la cabaña.
– Tú… – dudé.
¿Realmente quería saberlo? ¿Quería confirmar aquella sospecha que Li había generado en mi alma? ¿Quería conocer realmente la verdad sobre la muerte de Yonas? En otro momento, me habría consolado en mi verdad, en lo que mis ojos habían visto aquel día que, por primera vez, regresé al mundo humano, el mundo que de alguna forma me había rechazado.
– Mataste a Yonas, ¿verdad?
La pregunta la sorprendió y se quedó mirándome fijamente a los ojos. Conocía a Nalya perfectamente, tenía una imagen muy clara de la relación que unía a aquel otro Rido y Nalya en el pasado gracias a lo que ella, Db, Gaby y Krunzik me habían contado y, si lo pensaba fríamente, sabía que aquella mujer era capaz de haberlo hecho, de haber llevado a término la venganza por la sangre de su amigo. A pesar de todo eso, tenía la esperanza de que la mujer que amaba no hubiera sido la culpable de la muerte del hombre al que yo consideraba mi hermano.
– Sí, yo lo maté – contestó al rato.
Con su susurrada confirmación, un gran dilema se abrió en mi interior. La mujer que amaba había asesinado al hombre que consideraba mi hermano. ¿Qué hacer? En ese momento no supe reaccionar, miles de sentimientos, emociones, pensamientos, recuerdos… se agolpaban en mi mente y no sabía con cual de ellos quedarme. La seguí mirando fijamente a sus ojos verdes infinitos, temeroso de cómo iba a reaccionar llegado el momento y, poco a poco, una idea se fue haciendo más y más clara.
– Yo… Creo que yo… Si… Si fuera al revés… Yo… Hubiera hecho lo mismo.
Aquello pareció cogerle por sorpresa, quizás esperaba que le gritara, pero yo era incapaz de gritarle a ella, o al menos eso creía en aquel momento. La solté y, sin decir nada más, me dirigí pensativo hacia la cabaña. Pero ella, como siempre, tenía algo que añadir.
– De todas formas… – balbuceó dubitativa – Era un cobarde que no merecía vivir – sentenció en su habitual tono seco y cortante. – No me arrepiento de haberlo hecho.
Conocía a Nalya, sabía que ella era así, decidida e impulsiva, que esa frase era normal oírla salir de su boca. De alguna forma intuí que había colocado una nueva piedra en su barrera frente al mundo y, quizás, en su barrera frente ella misma.
Pero no pude reprimirme en aquel momento. Sentí la imperiosa necesidad de estallar y no supe controlarme como, sin duda, había hecho en numerosas ocasiones y hubiera hecho en cualquier otra circunstancia. Fui incapaz de retener mis impulsos y, al pasar por su lado, instintivamente, le propiné un codazo en la cara y me giré hacia ella.
– ¡¿Cobarde?! – le grité. – ¿Llamas a Yonas cobarde?
– ¡Sí! ¡Un cobarde! ¡Una miserable rata! ¡No era más que eso! ¡¿Acaso merecía vivir?!
– ¡Yonas me salvó la vida! ¡Lo sabes! ¡Claro que merecía vivir!
– ¡Y una mierda! ¡Sólo trataba d compensarte! ¡Ni siquiera fue capaz de decirte la verdad! ¡Tenías que verlo! ¡No estabas allí!
– ¡Por supuesto que no estaba allí! ¡Pero Yonas no era un cobarde!
Con una sombría expresión en mi cara, me dirigí hacia ella preparado para asestarle otro golpe. Pero ella se defendió y terminamos enzarzados en una pelea con las manos desnudas en la que tanto ella como yo asestábamos y recibíamos golpes sin tener una clara percepción de lo que estaba pasando.
– ¡Yonas debía morir! ¡Yonas te había matado! ¡No podía quedar impune! Alguien que sólo sabe llorar y quejarse y que no tiene capacidad para enfrentarse a los problemas no es digno de vivir.
– ¡¿Acaso te crees Dios?! ¡Tú no eres Dios! ¡No puedes decidir quien vive y quien muere! – chillé fuera de mis cabales.
– ¿Quién necesita ser Dios? Basta una espada – afirmó.
– ¿Basta una espada? – le pregunté en un tono aparentemente más calmado y separándome de ella. – Pues prepárate. Resuena en los cielos, estremece la tierra, ¡Balmung!
– ¡Kogasu, Vilnya! – gritó ella al unísono. – Eres demasiado predecible.
Las llamas la rodearon a la vez que su espada se hacía ligeramente más corta. Un instante después, el torbellino ígneo se disipó, concentrándose en la hoja de Vilnya, tal y como había visto en numerosas ocasiones después de años combatiendo juntos.
– ¿Realmente osas enfrentarte a mí? – preguntó altiva. – Sabes que no tienes nada que hacer, pero tienes huevos.
Iba a iniciar mi maniobra de ataque cuando un puño me golpeó la cara, derribándome, pues estaba a punto de iniciar el shumpa. Mientras caía, pude ver como mi rival era también derribada por aquel misterioso atacante.
– ¿Estáis locos? – se escuchó la voz de Eliaz. – En serio, ¿estáis locos? Creí que nunca diría esto, pero me decepcionáis, los dos. Sobre todo tú – añadió, mirando hacia mí. – Que ella haga ese tipo de estupideces es normal pero no que las hagas tú. ¿Usar el shikai frente a un compañero? No, no sólo frente a un compañero. Ni siquiera contra un superior. ¿Usar el shikai contra Nalya? No te reconozco, Rido.
Eliaz parecía distinto. No se parecía en nada al despreocupado Mirumoto Eliaz, que disfrutaba de una vida apacible en su mansión, lejos del mundanal ruido. Parecía más bien como si por primera vez quisiera hacer valer la autoridad que sus más de mil años de vida le conferían.
– Déjame en paz – murmuré, mientras palpaba la mejilla que había sido golpeada.
– No te dejo en paz. Piénsalo. En cuanto a ti… – comenzó volviéndose hacia Nalya.
– Pasa de mí, pijo de los cojones – le interrumpió la cuarta oficial levantándose y entrando en la cabaña.
– Eso se llama un buen desplante – me reí mientras me levantaba.
– ¿Ahora te ríes?
– Reír es mejor que quejarse – contesté. – Ya ha pasado todo, sólo…
– Se te ha cruzado el cable, lo sé.
– ¿Cómo está Mitsuko?
– Está bien, sólo estaba dormida.
– ¿Dormida?
– Sí, de alguna forma aquel Rikiya…
– Perturbaba la percepción.
– Exacto – asintió. – Necesitará descanso, así que la llevaré a casa.
– Ella mató a Yonas… – confesé tras un minuto de silencio.
– Lo sé.
– ¿Lo sabías?
– No, se os oía desde cien metros a la redonda. ¿Qué ha pasado aquí?
– Lo que has visto, nos hemos peleado de lo lindo.
– Me refiero en la cabaña, ya sabes, Kumaru y todo eso…
– ¡Mierda! ¡Kumaru!
Me abalancé al interior de la cabaña mientras me insultaba en todos los idiomas que conocía por haberme olvidado del verdadero problema y haber perdido el tiempo. Cuando entré, Kyo estaba inclinado sobre él practicándole los primeros auxilios, ayudado por Nalya, que también parecía más calmada que minutos antes.
– ¿Cómo está?
– Al fin apareces – masculló ella provocativa. – ¿Lamiéndote las heridas?
– Estaba poniendo al corriente a Eliaz – aclaré. – ¿Cómo está?
– Muy grave – anunció Kyo anticipándose a una nueva respuesta de Nalya.
– ¿Podemos hacer algo?
– En estas condiciones… mucho me temo que no.
– Entonces…
Pensé rápidamente en una solución para el problema que se nos planteaba. No podía ser que tuviéramos que ver morir al legendario capitán Akano Kumaru, de la Novena División sin poder hacer nada.
– Lo llevaremos a la Cuarta División.
– ¿Estás loco? – replicó Kyo. – Nunca le dejarán vivir… y si lo hacen será para ajusticiarle.
– ¿Piensas seguir huyendo toda la vida? – le grité. – No te lo consentiremos. Es hora de poner fin a esta estúpida tapadera. Si Akano Kumaru ha de morir, morirá siendo un shinigami y no un proscrito – resolví decidido. – Aunque en ello me juegue mi propia vida.
– Estoy de acuerdo con el barbas – me apoyó Nalya. – Puede que defienda a los cobardes como Yonas – añadió – pero los soporta tanto como yo.
