NOTA DE LA AUTORA: Este cap se lo dedico a Ilgrim. Sé que algunas cosas no fueron exactamente como las voy a narrar, pero fue una partida que pese a estar dentro de la crónica, se jugó sin la gran mayoría de mis jugadores habituales, y me es mucho más sencillo hacer una pequeña modificación con un cambio de personajes que narrarlo tal como paso, que a fin de cuentas, solo sería un detalle que no afecta a la trama en modo alguno.

Es otra pequeña aventura que les debo a los de lagartosrol, y cuando la leí, no pude evitar añadirla a mi historia, pues me pareció soberbia pese a su simplicidad y su corta extensión.

Aun recuerdo la cara de Ilgrim cuando se resolvió la historia, y las ganas que le dieron de saltar de la mesa y estrangularme. Pocas veces he visto que un jugador se tomara tan a pecho y de forma tan personal una partida. Me sentí bastante cruel y sádica. Y ver a mis jugadores tan emocionados (y hechos polvo) me hizo sonreír. No por malicia, si no porque había conseguido que se metieran en la historia lo suficiente como para que algo así los afectara. Fue un momentazo que no olvidare jamás. Va por vosotros, chicos.

CAPITULO 37: Hazais y un fantasma del pasado

Por alguna razón, Casimiro no podía dejar de pensar en Hazais. Aun que siempre lo llamaba pajarito. Su halcón. Cuando pensaba en el, lo llamaba Hazais. Era una antigua palabra en el idioma de los salvajes de más allá del muro. Significaba algo complejo que no tenía palabra que lo tradujera en el idioma de poniente. Podría ser traducido de algún modo como el sonido de un arco al lanzar una flecha cuando el que dispara sabe a ciencia cierta que dará en el blanco, y mira el proyectil volar cuando aun tiene ese ruido sedoso y graso en los oídos. Ese duiinnng de la cuerda seguido de un flusshhhh de la propia flecha. Pero era más que el sonido. Era la sensación. Ese sentimiento durante apenas un segundo, esa certeza absoluta de que el destino del objetivo es inevitable. De que esa flecha hará blanco. No solo era el sonido o el acto de disparar el arco. Era la habilidad adquirida durante años y casi una premonición de a dónde iba a parar el proyectil disparado. Hazais era un buen nombre para aquel pájaro. Era letal. Era leal. Sabias que siempre hacia blanco. Era como una flecha emplumada y silenciosa viviente.

No tenía claro porque, pero mientras corría por Faro de Piedra a buscar a una muchacha secuestrada por un pirado Dorniense junto a los hombres del hierro que hace unas pocas horas eran enemigos jurados y ahora eran aliados...mientras los enemigos ancestrales de la casa Sandead los sitiaban...no podía dejar de pensar en su halcón. Seguramente estaría volando alrededor de la fortaleza. Pero sabía que estaba a salvo. No sabía cómo, pero lo sabía.

-¿Soy el único que tiene una extraña sensación de que ya hemos vivido esto antes?- Chillo Vadid asnado en plena carrera

-¿A qué te refieres?- Casimiro estaba distraído y no había prestado mucha atención.

-Correr para detener a un guardián que se intenta escapar con la mujer a la que teníamos que proteger, en una isla, intentando que no lleguen a un barco... ¿no os acordáis?

-Como esta preñada porque resulta que era amante de ese imbécil, os juro que los despedazo a todos...-Chillo Arcyth haciendo que Vadid riera. Casimiro no rio

-¿La dama aquella de los Minins estaba preñada del capitán?- El herrero se quedo con los ojos desorbitados. Arcyth puso los ojos en blanco y se mordió la lengua.

-¡Una larga historia!- Grito Harlum- Cuando nos contéis lo de la cadena en el brazo os contamos lo de la preñada.

-¿De qué cojones estáis hablando?- Elmo Orkwood no daba crédito a lo que oía mientras corrían por los corredores de piedra.

-Tu mejor no preguntes, no te lo creerías ni aun que te lo contáramos- Vadid le hubiera palmeado en el hombro, pero ni le gustaba el hombre, ni le tenía confianza, ni tenía manos disponibles. Además, aquello hubiera hecho que tuviera que correr menos.

Cuando encararon las escaleras de caracol que llevaban a la cueva subterránea, escucharon los gritos de Lady Gria. Y un golpe seco. Gria dejo de gritar.

Por alguna razón, de manera instintiva todos aceleraron. Y todo paso muy rápido.

Vadid y Elmo Orkwood desarrollaron ambos simultáneamente una velocidad pasmosa y se perdieron entre las sombras de la escalera. Harlum se tropezó, y hubiera caído de bruces si Arcyth no lo hubiera cogido por la túnica y pegado un tirón que lo hizo derrapar y frenar en seco. Ser Pelton que no pudo parar, choco contra la espalda de Arcyth haciendo que el colosal joven, su hermano torpe y el viejo caballero cayeran rodando por las escaleras en un caos de gritos, brazos, piernas y espadas. Cuando llegaron abajo, magullados y doloridos, se dieron cuenta que el viejo caballero tenía la cabeza girada y no se movía.

Pero ya lo llorarían luego. Arcyth agarro a Harlum del brazo y lo obligo a levantarse.

-¡Ya lloraremos la crisma rota de ese viejo luego! ¡Hay gente viva que nos necesita más! ¡El no requiere ya ayuda alguna!

-¡Pero ha sido mi culpa!- Se lamento Harlum en shock. Eso le valió una bofetada de su hermano mayor que lo devolvió a la realidad. Tenía toda la mejilla roja como la grana por el guantazo.

-¡AHORA NO! ¡CORRE!

Ambos arrancaron a correr de nuevo hacia la cueva, que ya se veía al final del túnel en el que desembocaba las escaleras rizadas.

Pero fueron Vadid y Elmo los primeros en ver lo que sucedía allá abajo. Ser Gormal Davel estaba haciendo girar la manivela que subía la reja con una lentitud dolorosa, pues el mecanismo estaba muy oxidado y estropeado por el abandono y el salitre del mar. Lady Gria estaba inconsciente en la cubierta del barco, y había suministros para varios días amontonados en paquetes. Por lo visto durante el primer asalto en las puertas del patio exterior, había estado preparando su fuga.

Aquel puerto era extraño. Las pasarelas estaban en alto y había un canal donde estaba encajonado el barco, preparado para las subidas y bajadas de las mareas. La entrada de la cueva era alta y estrecha, y solo un marinero experto podría dar las instrucciones para sacar de allí el barco. Por no mencionar que harían falta al menos 20 remeros para empujar el barco, diez a cada lado, con las pértigas para sacarlo a la mar. Claro que Vadid no se percato de ese último detalle. Elmo sí. El era un marinero experto, y cayó en la cuenta de que ese Dorniense necesitaría un milagro para sacar el barco de allí él solito.

Ambos corrieron por la pasarela del amarradero en dirección al Dorniense, que los oyó venir y se giro con la velocidad de una serpiente, soltando la manivela y desenfundando su espada encarándose a ellos sudoroso por el esfuerzo que llevaba horas haciendo.

Vadid aferro su espada y se preparo para cargar. Pero para su sorpresa, Elmo hizo una maniobra extraña: giro en seco sobre sus talones.

Las tablas de madera estaban mojadas y mohosas, y ligeramente resbaladizas, aquel gesto hizo que el hombre del hierro patinara y se deslizara sobre los pies. Se hecho al suelo y siguió avanzando deslizándose a toda velocidad como si fuera un tobogán, y golpeo al Dorniense en los tobillos con los pies derribándolo tras haberlo pillado completamente desprevenido. Hasta Vadid estaba sorprendido. Y se apunto mentalmente aquel truco. Mientras Elmo se levantaba con la agilidad de un gato, el caballero Dorniense maldecía levantándose con más torpeza. Y se encontró con la espada de hojas en cruz de Vadid apuntándole al cuello.

-Si te clavo esto en la garganta vas a sangrar como un cerdo durante unos segundos y después no veras nada por qué vas a estar muerto. Así que suelta esa espada y muévete bien despacito...

-Deberías matarlo- mascullo Elmo pateando la espada que el Dorniense había soltado- Si no te quieres manchar las manos ya lo hago yo.

-¿Matarlo en un sótano oscuro y húmedo lejos de la vista de todos? Mala idea. Las cosas no se hacen así. Por lo menos no está. Vas a tener muchos problemas, Lord Orkwood, y tener a Lady Gria a tu lado diciendo que este hombre intento secuestrarla y llevársela durante una hora de necesidad, te hará ganar puntos si lo ejecutas públicamente en un juicio bien visible,...

El hombre del hierro miro a Vadid con una ceja arqueada.

-¿Y porque me lo dices? Hasta hace poco, éramos enemigos. Si hubiéramos podido, os habríamos masacrado. ¿Porque ahora vas a ayudarme a caerle bien a la población que voy a regentar?

-Por que aun que antes fuéramos enemigos, puede que mañana seamos aliados. Las cosas cambian. Y si vamos a intentar llevarnos bien, más vale que empecemos con buen pie. Si haces lo que debes y aprovechas la oportunidad que se te va a conceder, puede que más a delante podamos llegar a cierto equilibrio.

-¿Y si las cosas no salen bien?- Elmo sonreía. Se cruzo de brazos y miro al muchacho de ojos dorados con curiosidad- ¿Y si hacemos como siempre hemos hecho?

-No tendré que preocuparme por vosotros por que los Glover vendrán a haceros una preciosa visita con todo su maldito ejército. El norte es un poco vieja escuela, por si no lo habías notado. Si no aprovecháis esta oportunidad, os borraran del mapa y se acabo el problema.

-¿Eso os deja en una situación un tanto precaria, no crees?- El hombre del hierro seguía sonriendo- Dado que toda esta idea fue vuestra, que creéis que pensarían los norteños si se enteraran de que toda esta situación la causasteis vosotros.

-Claro, claro...-Vadid se cruzo de brazos y miro fijamente a Elmo- Por que los norteños se creerán que vinimos aquí, pactamos con los hombres del hierro y nos fuimos de rositas...una explicación muy creíble y plausible que como explicación se van a creer a pies juntillas dada vuestra fama...

La ironía lleno el aire como una dulce música que hizo reír al hombre del hierro y dejo a Vadid sonriendo de manera sarcástica.

-No sé si sois increíblemente inteligentes o absurdamente idiotas. En cualquier caso, tenéis mas suerte de la que puede ser sana dadas las circunstancias. Un día de estos, alguna de esas jugadas vuestras no os saldrá bien...

Vadid se encogió de hombros ante aquel comentario, y le arreo con la empuñadura de su espada un golpe en la nuca al Dorniense lesionado y herido que tenia a sus pies dejándolo inconsciente.

-Cuando llegue ese día ya veremos lo que hacemos. Ahora hay trabajo y tenemos otras cosas que hacer. Y si me aceptas otro consejo, ve a despertar a Lady Gria. Y no te olvides de que estoy observándote, así que más te vale ser todo un caballero.-Elmo alzo una ceja interrogativamente ante aquel comentario y Vadid suspiro hastiado- Mira, a las mujeres, y más en concreto a las damas les encantan todas esas mierdas de las canciones y las historias. Jonquil con sus flores y su caballero para rescatarla y eso. Tienes la oportunidad de causar una buena primera impresión. Despertar a Lady Gria, preguntarle amablemente si está bien...llevarla en brazos si no puede andar y tenderle el brazo para ayudarla a subir las escaleras si puede...ser el galán que la salvo de un traidor que intento secuestrarla...

-¿Y por que querría yo algo así?- Elmo no dejaba de fruncir el ceño

-¿Tú eres idiota, verdad?- Vadid se paso la mano por la cara con desesperación- Ella no va a ser una de tus malditas esposas de sal. Ni tú esposa de roca. Va a ser tu esposa a secas. Y el titulo que vas a regentar será de ella. Y si esperas que te acepte, mas te vale que te coja algo de cariño. O al menos que no te desprecie. Si le causas una buena impresión, si la seduces...ella te validara el titulo y te defenderá. Su opinión es respetada. Lady Gria es muy querida. Y Si ella te defiende...

-En mi tierra la opinión de una mujer no vale más que su capacidad para dar hijos o su habilidad para manejarse en un barco

-Si bueno, eso es interesante. Pero veras...esta no es tu tierra.

-Lord Rodric dice que deberíamos adaptarnos.

-Lord Rodric es inteligente- Vadid volvió a sonreír- Y mira tú por dónde, ahora puedes ir practicando formas de adaptación. Y más te vale darte prisa porque Lady Gria no estará inconsciente eternamente.

Elmo no podía quitarse de los labios aquella sonrisa plagada de sorna. Pero dejo a Vadid, bajando al barco por la escalerilla de madera y se acerco a Lady Gria. Arrodillándose a su lado la tomo en brazos y comenzó a darle golpecitos en la mejilla para despertarla.

Segundos más tarde Arcyth llego corriendo por la pasarela para frenar en seco y resollar mirando lo que pasaba a su alrededor, confuso al ver que ya había acabado todo. Casimiro llego justo detrás de él. Harlum fue el último, y resbaló con una salpicadura de agua en la pasarela de madera.

Los pies le patinaron y se fue barandilla abajo, cayendo al barco en plancha y dándose un trastazo espectacular.

Vadid salto al barco para ayudar a su hermano magullado y lleno de cardenales a ponerse en pie. Casimiro miraba la escena: Arcyth resoplando como un tiro con la espada en la mano mirando a todas partes. Un Dorniense inconsciente. Un hombre del hierro despertando a una doncella y preguntándole muy preocupado si se encontraba bien como si fuera un avatar de la caballería y la gentileza. Vadid ayudando a Harlum a levantarse y a salir de allí mientras cojeaba y lloriqueaba, porque en ese momento tenia mas piel amoratada que sana después de los golpes por los accidentes que acababa de tener y que el mismo había provocado.

Por alguna razón, volvió a pensar en su pajarito. Si. Hazais era un nombre fantástico. Muy apropiado para su halcón...

Regresaron todos arriba diez minutos después, cuando las cosas quedaron aclaradas con Lady Gria y se le hicieron las explicaciones pertinentes dada la situación. Cargaron con el traidor inconsciente y con el cadáver de Ser Pelton cuando llegaron a la escalera.

Cuando regresaron arriba, la comitiva de los hombres del hierro volvió a cruzar la puerta del patio. Muchas explicaciones fueron dadas. Aun que la gente no se tomo muy a buenas que de pronto, los hombres del hierro fueran sus aliados. Pero fue la palabra de Lady Gria y su discurso lo que calmo los ánimos. O al menos, los calmo lo suficiente como para que el plan que habían fraguado entre todos pudiera tener opciones a funcionar.

Aun que todos eran conscientes de que aquella situación se podía salir de madre en cualquier momento y estallarles en la cara.

Cuando la noche daba a su fin, poco antes del amanecer, los hombres del hierro abrieron las puertas de la ciudad y cruzaron el ismo a nado en silencio. Y lanzaron un ataque sorpresa contra el campamento de los Derkon. Cuando la marea bajo, poco tiempo más tarde, las puertas del patio de armas se volvieron a abrir y como si fuera una segunda oleada, los Sandead se unieron a los Hombres del hierro y dieron el golpe de gracia a los Derkon, que jamás se habrían esperado aquello. Claro que aprovechando el revuelo de la escaramuza, algunos aldeanos armados se cobraron venganza apuñalando por la espalda a los saqueadores isleños. Pero fueron casos aislados.

Los siguientes dos días fueron una locura. Las mujeres capturadas fueron devueltas. Aun que algunas de ellas preferirían haber muerto tras lo que habían vivido. De hecho, algunas de ellas se suicidaron poco después. Pero eso fue algo que los Minkundis no supieron por que ya habían partido de Faro de Piedra.

Diez hombres del hierro fueron acusados de violación y fueron ahorcados públicamente. Claro que en mayor o menor medida, todos eran violadores. Y que de entre todos los acusados los diez ejecutados fueran los que más posibilidades tenían de ser amotinados y desleales así como los mas problemáticos y broncas de las tripulaciones de aquellos dos barcos fue algo que ninguno que supiera lo que había pasado pensara que el pueblo de Faro de Piedra necesitara saber.

El compromiso de Lady Gria con Lord Elmo Orkwood se hizo público aquel día. Así como el juicio y seguida ejecución del hombre de confianza que los había traicionado a todos y había intentado secuestrar a la dama. Claro que Cuando aquello se hizo público, Harlum pensó que igual mencionar que la traición de Ser Gormal y el ataque de los Derkon habían sido sospechosamente simultáneos sería interesante. Y lo fue. El no había afirmado nada, pero el rumor tomo vida propia. Y pronto Ser Gormal había pasado a ser una especie de chivo expiatorio de todo lo malo que había pasado en Faro de Piedra en las últimas décadas. Hasta se le acuso de las sequias y de las plagas que afectaron al ganado. Harlum estaba muy impresionado.

Cuando los Glover aparecieron, o al menos una de sus comitivas, lo que vieron era que los hombres del hierro habían salvado la situación, que los Derkon con sus legitimas reclamaciones eran los malos...el mundo había dado un giro de 180 grados y nadie sabía qué hacer, así que hicieron lo que siempre habían hecho los norteños: si las cosas iban bien y no había nada roto, mejor no arreglar nada.

Los cadáveres para los funerales se habían amontonado un poco, y solo unos escogidos fueron sepultados. El resto ardieron en piras para evitar enfermedades.

-Alabado sea R'hllor- Susurraba Casimiro cada vez que arrojaba un cuerpo a las llamas. Mirando de reojo el rubí de su muñeca, como asegurándose de que esa piedra tenia bien claro que hacia lo que hacía por fe, y no por que estuviera aterrado de que la magia que mantenía a raya su maldición se esfumara.

-¿Por qué dices eso cuando miras arder los cuerpos?- Le susurro Harlum cuando lo consiguió pillar más o menos solo y supo que nadie los oiría.

-Por que soy seguidor del señor de luz...-susurro Casimiro ruborizándose un poco.

-¿Esa fe de la que Toros de Myr es sacerdote?- Harlum no daba crédito a lo que oía.

-Sí...

-¿Tiene algo que ver con la piedra que llevas en el brazo?

-Sí...

-¿Supongo que es una larga historia que me contaras en otro momento porque ahora no sería adecuado, verdad?- Harlum sonrió con curiosidad que sabía que tenía que contener.

-Si...-Dijo tímidamente Casimiro con un hilillo de voz. Harlum no pudo dejar de reír al verle remover el suelo con las puntas de los pies como si fuera un niño regañado por su maestro o que no quiere confesar que ha hecho una trastada aunque lo hayan pillado infraganti.

Pero los Minkundis no iban a quedarse para ver como aquello terminaba. Aun que los hombres del hierro no habían perdido tiempo y ya habían puesto a los aldeanos a trabajar arreglando los barcos.

Cargaron la biblioteca del maestre Alexander en el carro y se dispusieron a partir. Y pese a la efusiva despedida de Lady Gria y Lord Crispin, fue la despedida de Lord Elmo Orkwood la que más les llamo la atención.

-Algún día deberías conocer a mi señor. Creo que tendríais mucho de qué hablar...

-Quizás algún día...-Fue la respuesta de Arcyth sonriendo cortésmente. Aun que la frase del joven isleño lo había intrigado. Tenía que ser todo un personaje ese tal Ser Rodric el lector.

Sin ánimo de nada, decidieron seguir el camino de la costa hasta retomar la ruta principal que les volvería a llevar a Invernalia sin necesidad de cruzar el bosque de los lobos. En aquella región aislada y remota estarían tranquilos y era difícil que se encontraran con otros viajeros. Eso tenía ventajas y desventajas. Pero una travesía sin incidentes era lo que necesitaban. Aun que fue mucho pedir.

En algún punto entre la ciudadela de Torrhen y la aldea de crofter, al sureste del bosque de los lobos, vieron una tienda vetusta mal montada junto a un puente en un riachuelo. Un hombre vestido en armadura se estaba apresurando montar en un rocín mal nutrido con más de esqueleto de caballo que de equino propiamente dicho. Un muchacho corrió a plantarse en medio del puente enarbolando un estandarte roñoso.

-Dioses...-Mascullo Harlum que tuvo inmediatamente un mal presentimiento.

Casimiro tenía los ojos desorbitados mirando la escena y Arcyth enarco las cejas incrédulo ante lo que veía. Y aun se quedo mas incrédulo todavía cuando el muchachito con tres kilos de roña acumulada en la cara y el pelo tan aceitoso por falta de baños con jabón que parecía que lo tuviera lacado. Aun que había que decir rompiendo una lanza a favor del chaval que lo llevaba peinado con esmero. Estaría todo lo guarro que podía estar, pero al menos se le veía que era más por falta de recursos que por no intentar ir todo lo arreglado que pudiera dadas las circunstancias. Con una voz chillona y a pleno pulmón, el crio empezó a aullar un discurso que claramente había aprendido de memoria y recitaba con poca frecuencia.

-Sepan huesas mercedes que mi señor ha hecho sagrado voto ante la madre de que nadie cruzara este puente sin medir su lanza con la suya, en explicación por...

-¡EXPIACION, MENTECATO!- Le grito el caballero con voz cascada y cansada desde el puente, donde había ido haciendo trotar a su caballo tras haberse conseguido subir a él.

-En expiación

-Eso- Dijo el chaval retomando el hilo de su discursillo- Expiación por un terrible crimen cometido y deberá derribar a cien caballeros en sagrada justa para que vencidos lleve a cabo una tarea encomendada por el Caballero de la Madre Llorosa

El grupo parpadeo. Miraron el chaval, que estaba tomando aire y permanecía firme y recto como la triste rama de árbol mal talada que usaba como asta para enarbolar su estandarte.

Miraron al caballero. Con su roñosa armadura, más oxido que metal. Con un escudo de cometa de madera que echaba polvo de serrín por el sinfín de agujeritos de la carcoma que lo corroía por dentro, con un emblema chapuceramente pintado de una estrella negra de los siete del que caían tres lagrimas deformes y mal dibujadas, repintadas hasta la saciedad.

-¿Es una broma, no?- Vadid no podía reprimirse. Aquella situación era ridícula.

Miraron el riachuelo. Hasta un niño podía saltarlo. Y no digamos ya un caballo. Aun que el carro lo podría pasar mal. Como mucho se arriesgarían a romper un rallo de alguna de las ruedas.

Eso sin mencionar que desviándose unos 400 metros al sur, había otro puentecillo.

-¡Mi señor no bromea!- Aulló lealmente el crio con el estandarte.

-Tu señor es un... -Comenzó a decir Vadid

-No seas grosero- Le corto de sopetón Arcyth, que ni siquiera había parpadeado.

-¿Sois consciente de que esto no tiene sentido alguno?-Dijo Casimiro al caballero cubierto de roña, que ni se inmuto.

-¡Mi señor tiene un juramento sagrado que cumplir! ¡Si queréis cruzar el puente, preparaos para acatar las sagradas leyes de la caballería! Si no, buscad otro modo de cruzar el rio!- EL mocoso con el estandarte parecía que aquello lo había repetido muchas veces. Y dada la situación que el caballero había creado, ninguno del grupo dudaba que así hubiera sido.

Brunilda bajo del carro. Se acerco al rio, y salto a la otra orilla. Miro al grupo. Sonrió cuando todos la miraron, y salto de nuevo, poniéndose en la misma orilla del resto. Luego abrió los brazos como preguntando donde narices estaba el problema en aquello. El caballero de la Madre Llorosa ni siquiera la había mirado. Pero el joven chaval del estandarte que la había mirado de reojo se había puesto rojo hasta las orejas como si supiera lo ridículo que resultaba todo aquello.

Todos se miraron, sin tener muy claro que hacer, pero Vadid no pudo reprimir una sonrisa.

-¿Sabéis que? Acepto el desafío.

-¿Estás seguro?- Arcyth lo miro con una ceja alzada

-¿Por qué no?- Vadid bajo del caballo haciéndole señas a uno de los Braavosi para que le sacara la armadura del carro- si ese necio quiere una justa, le daremos una justa.

Vieron que el caballero llevaba lanzas de torneo, y fue bastante incomodo porque ellos no llevaban ninguna de esas. Los sirvientes tuvieron que improvisar con varias ramas de árboles cercanos y un rápido trabajo de carpintería para darles forma.

Ambos contrincantes tomaron posiciones cuando subieron a sus caballos, a unos cien pasos cada uno del otro. Y espolearon los caballos cuando el crio del estandarte dio la salida.

Cualquiera que hubiera estado mirando hubiera apostado por Vadid. Y todos habrían perdido. Tal y como se cruzaron las monturas, el caballero de la Madre Llorosa movió ligeramente su escudo desviando la lanza de Vadid y le hundió la punta roma de su propia lanza en el vientre, lanzándolo hacia atrás y desmontándolo con estrepito.

-Joder...-Casimiro salió corriendo junto a Harlum para asegurarse de que Vadid estaba bien.

Arcyth arqueo las cejas. Su hermano no era especialmente bueno en las justas y los torneos, pero aquel caballero era impresionante. Y había demostrado tener una habilidad fuera de lo común. Le extraño no haber oído su nombre en ningún sitio ni en ninguna historia, pero si un hombre era capaz de hacer aquello con una armadura que se caía a pedazos y con un caballo que estaba a una noche mas fría de lo normal de convertirse en cecina,...

El caballero de la Madre Llorosa se acerco trotando a Vadid, que aun luchaba por recuperar el resuello pero que solo estaba herido en su orgullo.

-Habéis perdido. Y como vencedor, renuncio a toda pretensión a capturar ni vuestra armadura ni vuestra montura a cambio de que prometáis, que durante un año, en cada septo que encontréis os detendréis a dejar una ofrenda y orareis por mis hijos, Fossco, Ron y Carter. Espero que recordéis sus nombres. Si no, cometeréis perjurio a ojos de los dioses.

Con una dignidad que rozaba lo imposible viendo el animal que montaba y la armadura que llevaba, aquel hombre de aspecto ridículo y habilidad magistral, dio la vuelta e hizo que su caballo lo volviera a llevar al puente, donde se planto bloqueando el paso, impávido, esperando un nuevo contrincante.

-La madre que lo pario...-mascullo Vadid retorciéndose en el suelo con las manos en el vientre. Allí tenía un cardenal que le iba desde cuatro dedos por encima de los genitales hasta dos dedos por debajo de los pezones.

Casimiro no pudo evitarlo. Se puso en pie y señalo al caballero de la Madre Llorosa con un dedo. Había derribado a la montaña. Aquel cabrito había hecho daño a su amigo por no querer dejarlos pasar por una mierda de puente perdido en el culo del mundo. Aquello no iba a quedar así. Si quería justas, él le daría justas.

-¡No te pongas muy cómodo!- Le grito el herrero cegado por la situación. Era como en las historias. Un imbécil bloqueando un puente que reclama justas sagradas, un amigo caído...un héroe que venga a el honor de su amigo derrotado...y luego venían las canciones. Era como en las leyendas. Aun que las leyendas no hablaran del oxido, la roña, y las capas de suciedad.

Fue enfundado en una de las armaduras y lo ayudaron montar sobre su caballo. Agarro la improvisada lanza que no le había servido de nada a Vadid y las posiciones de salida del improvisado campo de torneos fueron ocupados de nuevo. El muchacho del estandarte roñoso volvió a dar el aviso de salida con un grito entusiasmado.

Y cargaron. Casimiro sabía lo que se hacía. Vadid solo había practicado en casa, pero Casimiro había luchado en justas reales, en torneos... Bueno, en un torneo. Pero le había ido muy bien, y eso tenía que contar como si hubieran sido dos torneos. Aun que no había ganado. Pero había derrotado a la Montaña que Cabalga. Y eso era toda una victoria en sí misma.

Aun recordaba las palabras de Arcyth. Esas que le habían traído suerte.

No cierres los ojos.

Acelera clavando talones en tu caballo en el último momento, antes del choque.

No propulses la lanza hacia delante

Aférrate fuerte...

Casimiro no consiguió recordar a que debía aferrarse fuerte. Ni siquiera supo que narices había pasado.

Lo vieron el resto del grupo fue el caballero de la Madre Llorosa había golpeado la punta de su lanza con la de Casimiro, desviando el asta rival y hundió la suya con una precisión y puntería que resultaban aterradoras en el visor del casco del herrero impulsando su arma desde abajo.

El ruido que se oyó y resonó por el bosque fue algo similar a un campanazo grave y resonante. Casimiro se cayó del caballo y estaba inconsciente ya antes de tocar el suelo.

El caballero de la Madre Llorosa espero pacientemente a que su contrincante despertara tras los cuidados del Maestre Harlum y nada mas abrió sus aturdidos ojos al mundo, aquel hombre que lo había derrotado hablo con voz cascada y muy pausada.

-Habéis perdido. Y como vencedor, renuncio a toda pretensión a capturar ni vuestra armadura ni vuestra montura a cambio de que prometáis, que durante un año, en cada septo que encontréis os detendréis a dejar una ofrenda y orareis por mis hijos, Fossco, Ron y Carter. Espero que recordéis sus nombres. Si no, cometeréis perjurio a ojos de los dioses.

-Esto es ridículo...-Comento Vadid avergonzado por lo que había pasado.

-¡Sí, sobre todo porque podríamos haber cruzado por cualquier sitio evitando esta situación tan absurda!- Le regaño Harlum, que no pudo contenerse y tiro de las orejas tanto de Vadid como de Casimiro, pellizcándolos en el proceso, como un profesor muy indignado por dos estudiantes revoltosos.

-¡Auch!- protesto Casimiro, que de pronto agradecía que su esposa no hubiera visto aquello porque aun que había salido vivo (pero lesionado) del encuentro, no habría sobrevivido a la furia indignada de su señora esposa.

Pero para sorpresa de todos, Harlum se levanto y se espolso el polvo del suelo del faldón de su túnica. Se giro y se encaro a Arcyth.

-¿Y bien?

Arcyth lo miro con cara de pasmo

-¿Y bien, que?

-¿Vas a dejar esto así?- Le dijo rezumando indignación el maestre.

-¿De qué diablos estás hablando?- Arcyth no daba crédito a lo que oía.

Harlum se cruzo de brazos.

-Mira, esto no me gusta. Ha sido una idiotez desde el principio. La situación se ha salido de madre, pero esto no puede quedar así. Así que aun que no me guste reconocerlo, o vamos hasta el final o nos vamos con las orejas gachas. Y desde luego, que ese roñoso caballero errante haya humillado tanto a tu hermano pequeño como a uno de tus mejores amigos es algo que no podemos tolerar. Nunca nadie lo sabrá, pero nosotros lo sabremos, así que sal ahí, acepta el desafío, y crucemos ese maldito puente con la poca dignidad que nos queda ahora mismo.

Arcyth suspiro hastiado de todo. Miro a Vadid, y no pudo reprimir una sonrisilla al verlo retorcerse maldiciendo como un marinero borracho. Harlum le fulmino con la mirada.

-¡Y no te burles de tu hermano!

-¡No me he burlado de él!- Se defendió automáticamente Arcyth, con cierta expresión culpable- ¡No he dicho nada!

-¡No hace falta que digas nada para saber que te estás burlando!

Refunfuñando tanto que parecía una tormenta cargada de granizo, Arcyth acepto el desafío del Caballero de la Madre Llorosa, se enfundo su armadura y monto cogiendo la lanza que no había servido de nada ni a Vadid ni a Casimiro.

Tras colocarse en sus posiciones, el niño del estandarte cubierto de suciedad volvió a dar su grito de salida. Los caballos cargaron.

Hay quienes dicen que las justas son torneos que requieren de habilidad, velocidad, fuerza física y una combinación de técnica y talento. Y es cierto. Pero cuando tienes un brazo medio metro más largo que tus oponentes ganas una ventaja difícilmente superable porque da igual lo hábil, rápido y preciso que sea tu rival, siempre le darás primero.

Arcyth supo en el momento que su lanza choco contra el pecho de su rival que había ganado por esa ventaja extra que le había dado su increíble altura, pues antes de que el caballero de la madre llorosa soltara la lanza al verse propulsado hacia atrás, había visto la punta de su asta ir con una precisión terrorífica hacia su pecho de manera implacable.

Cuando el caballero cayó al suelo, el ruido que hizo acordarse a todos del sonido que hizo la vaca que arrojaron de la torre al caer en el patio. Aun que con un pequeño matiz metálico, como cuando dejas caer dos docenas de cucharas y tenedores de metal en el suelo.

El caballo esquelético y malnutrido se encabrito y troto mansamente hacia su jinete caído tras notar que no había peso en su grupa.

Se hizo un denso silencio y Arcyth se quito el yelmo para mirar al caballero en el suelo. Y hubo algunos vítores por parte de los sirvientes Minkundis. Vadid y Casimiro habían dejado rápido de vitorear cuando los moratones y magulladuras de su derrota empezaron a dolerles por moverse demasiado. Pero la alegría se esfumo cuando en un estertor espasmódico, un chorro de sangre vaporizada salió de entre los respiraderos del casco del caballero caído.

-¡Hostias!- Grito Harlum con los ojos desorbitados antes de arrancar a correr levantándose los faldones de la túnica para ir más rápido.

Quien nunca ha visto correr a un maestre en el norte no podría imaginarse lo que aquel espectáculo era. Un hombre levantándose las faldas de la túnica era como una doncella que procura evitar un charco o subir una escalera, con la diferencia de que el maestre tiene que levantar la falda por encima de sus rodillas dejando al descubierto sus piernas peludas. Pero en el norte hacer eso no es buena idea, por que las piernas se hunden en la nieve haciéndote correr con las piernas arqueadas con las rodillas hacia fuera. Y allá fue Harlum, dando saltitos a toda velocidad con la determinación de querer asegurarse de que su hermano no había herido gravemente a un hombre que no lo merecía.

El niño del estandarte andrajoso chillo como un loco y corrió con su pendón a socorrer a su señor. Incluso Arcyth fue a ayudar, esperando que al intentar salvar el honor de dos miembros de su grupo no hubiera cometido un homicidio involuntario.

Cuando Harlum le quito el casco al caballero vieron que era un hombre mayor. Rondaría los 50 años. Y estaba anoréxico.

Entre todos lo llevaron en volandas hasta el interior del pequeño pabellón que tenían levantado, y lo tendieron sobre las mantas para quitarle la armadura.

Harlum contuvo el aliento al ver cientos de heridas, moretones y cardenales. Desde algunos amarillo pálido a punto de curarse y desaparecer hasta vividos y brillantes, que apenas tendrían un día o dos. Habían cortes, laceraciones y cicatrices a docenas, e incluso heridas que solo había visto en casos de huesos rotos. Palpando aquellas heridas Harlum pudo saber que aquellos huesos no habían sido tratados correctamente y las soldaduras estaban mal hechas. Aquel hombre debía sufrir muchísimo dolor a causa de esas lesiones internas. Conto 4 fracturas antiguas mal soldadas.

Pero la herida que le preocupaba era la del pecho. La que le había hecho Arcyth. El viejo caballero tenía varias costillas rotas. Se habían quebrado como palitos por el impacto cuando la pechera de su armadura se había quebrado por el oxido por el golpe. La herida no era mortal por sí misma, pero la desnutrición lo había debilitado y el clima del norte debía haberle afectado, eso teniendo en cuenta su edad, habían hecho que aquella herida fuera devastadora en lugar de solo un poco grave.

Incorporo al hombre y sacando de su bolsa un frasco de leche de amapola, le hizo tragar una generosa dosis para evitarle más dolores de los necesarios. Lo volvió a recostar, y salió de la tienda.

-No sobrevivirá.

-¿Lo he matado?- Arcyth se veía preocupado.

-Lo ha matado un cumulo de circunstancias y antiguas lesiones. Tu solo le has dado el golpe de gracia. Pero si quieres mostrarle compasión, manda montar nuestro pabellón y recoger leña. Lo único que podemos hacer es ahorrarle sufrimientos y que este cómodo y caliente.

Arcyth asintió. Mando instalar el pabellón que llevaban en el carro y encendió los tres braseros. Colocaron al anciano caballero de la madre llorosa en uno de los catres. Harlum calentó agua y lo lavo a fondo, y lo taparon con mantas limpias. Hasta le dieron jabón y agua caliente al chaval que resulto llamarse Pichot para que se diera un buen baño, cosa que agradeció mucho pese a que no podía parar de llorar por su señor.

El anciano tardo horas en despertarse y estar lucido. Y se encontró con Arcyth y Harlum junto a su lecho.

-Habéis ganado...-Susurro con voz silbante.

-Sí, he ganado. Pero no me debéis nada- Arcyth le sonrió- aun que me gustaría saber que crimen tan terrible cometisteis como para merecer tal castigo.

El hombre se revolvió incomodo, sufriendo por los recuerdos y no solo por las heridas.

-El precio de vuestra victoria es muy alto...

-¿Contar una historia lo consideráis un precio alto?- Comento Harlum sorprendido.

-Es la historia de mi vergüenza. Y la de mi culpa...-Suspiro el viejo- Pero habéis vencido. Estáis en vuestro derecho...

Mi nombre es Ser Fossco Westerly, de Tierra de Tormentas. Era oficial del ejército del rey Aerys II. Un oficial de bajo rango, debería añadir en honor a la verdad. Durante la rebelión de Robert, fui enviado con mi escuadrón a ordenar a Lord Tywin su inmediata adhesión a los ejércitos de su majestad. El emisario de Lord Tywin nos insto a esperar en las fronteras de tierras de occidente y se hizo esperar durante días. Cuando nos enteramos que el ejército capitaneado por el príncipe Rhaegar iba al tridente, dude. Aun esperaba y tenía esperanzas en que Lord Tywin respondiera a las órdenes de su rey. Cuando se hizo patente que el señor de los leones nos estaba haciendo perder el tiempo, decidimos ignorar las ordenes del rey y unirnos al príncipe en el tridente con las noticias de que lord Tywin no había acudido a nuestro encuentro, ni nos había recibido, pero todo se torció. Nos enteramos en una taberna cercana de que ese mal llamado señor nos había traicionado y se había unido a las filas de Robert, y uno de sus lacayos se pavoneaba de que gracias a su señor, ningún miembro de la estirpe del rey loco saldría vivo de aquella. Supe inmediatamente que se refería a la Torre de la Alegría, donde los hijos de Rhaegar y su esposa se habían refugiado. O donde deberían haber ido a refugiarse. Por lo visto, un espía de Tywin había susurrado al oído del rey que si permitía a la esposa de su hijo irse con sus nietos, no volvería a verlos, y los retuvo en la Fortaleza Roja, al alcance de hombres leales al propio Tywin.

Podría haber ido a Desembarco. Podría haber salvado a Elia y a sus hijos. Podría haber ido a avisarles...pero en mi necedad, cometí el peor de los pecados. Fui al tridente, donde creía que debía ir, junto a mi príncipe, a la batalla del tridente.

Cuando mi escuadrón y yo llegamos, la batalla ya estaba en su cenit. Y supe que había cometido el peor de los crímenes y el peor de los errores cuando fui testigo de la muerte de mi príncipe a manos de ese bastardo traidor de Robert...

Fui idiota, pensando que mi presencia y la de mi veintena de hombres supondrían una diferencia en aquella batalla. Fui arrogante, necio y estúpido. Y cuando conseguido encontrar la tienda de los cuervos para enviar un mensaje...ya era tarde. Demasiado tarde

Podría haber puesto rumbo a desembarco del rey. Podría haber hecho tantas otras cosas...podría haber hecho algo. E hice lo que el honor me dictaba. Actué con rectitud, y eso le costó la vida a la que debía haber sido mi reina...al príncipe Rhaegar, y a sus hijos...

Pero la guerra termino. Tywin saqueo Desembarco y Robert fue coronado Rey y se caso la hija de ese bastardo de Lannisport. Muchos de los leales a los dragones se vieron perdidos e hincaron la rodilla. Cobardes desleales todos ellos...

Pero yo no lo hice. Delante de aquel mal nacido de mi propia tierra que se había revelado...no me arrodille. No lo reconocí como rey. Hui de mi casa, y me convertí en caballero errante. Y luego me entere de que Robert había ido a mi casa...había matado a mis tres hijos...y había obligado a mi esposa a recluirse en un septo junto a mi hija. Mi esposa murió dos años después de pena, por haber visto a sus tres hijos ser decapitados frente a sus ojos y su hogar consumido por las llamas. Mi casa fue extinguida. Todo mi legado erradicado...

Y me encomendé a la Madre. Me autoimpuse derrotar a cien caballeros en combate en una peregrinación que me llevara al muro donde pretendía jurar el negro y expiar así mi culpa...

El ultimo dragón cayo porque dude en qué dirección tomar...lo vi morir por que llegue demasiado tarde...los hijos del príncipe sucumbieron por que erre en mi decisión, toda una dinastía...mis propios hijos...mi esposa...mi casa...

El anciano sollozo, incapaz de hablar más. Su voz sonaba cada vez mas ronca, y los silbidos de su respiración eran cada vez más intensos.

Harlum se había vuelto pálido. Arcyth tenía los ojos desorbitados.

-¿Eras leal a los Targaryen?- Consiguió preguntar el gigantesco joven. Aun que no era una pregunta. Era una sorprendida afirmación.

-Soy leal a los Targaryen- respondió el ahogado caballero con un ligero tono desafiante.- Aun que mi lealtad los matara por qué no supe tomar las decisiones correctas...

El viejo aparto la cara, avergonzado por sus lágrimas. Y fue su llanto lo que agravo su situación, pues los hipidos y el dolor de los recuerdos le impedían respirar. Aquel maltrecho pecho se vio oprimido no solo por la inflamación del golpe o las costillas rotas. Un acceso de tos lo dejo hecho un ovillo.

Arcyth se inclino hacia Harlum y le susurro lo bastante bajo como para que nadie le oyera

-¿Cuánto tiempo le queda?

-Minutos...horas...con mucha suerte, quizás un día a dos. Pero duro que sobreviva mucho más...

-¿Suerte?- Le dijo dolido Arcyth

-Sí, suerte. Porque todo el tiempo que viva sufrirá un dolor terrible, y morirá ahogado. Las costillas rotas le perforan los pulmones. Se le están llenando de sangre. Cuando más se llenen, menos podrá respirar. Morirá ahogado en su propia sangre luchando por cada bocanada de aire...-Harlum miro con respeto a aquel caballero que se debatía por respirar.

-Dejadnos solos- Dijo finalmente Arcyth en voz alta.

-Pero...-Comenzó Harlum

-Dejadnos solos- repitió.

Harlum agarro a Pichot y lo saco de allí. El muchacho, que trabajaba como escudero o algo parecido para el caballero de la madre llorosa, no dejaba de moquear entre lloros. Pero se dejo arrastrar fuera.

Arcyth miro dentro de la bolsa de Harlum. Y cogió un frasco que conocía. Sirvió una copa de vino, y miro el frasco que había cogido. Sueñodulce. Un par de gotas calmaban los nervios y tenían un efecto analgésico. Cinco o seis gotas provocaban un profundo sueño reparador. Diez gotas, provocaban una muerte apacible y sin dolor. Vertió doce gotas en el vino.

Se acerco a la cama, y ayudo al caballero a beberse la copa de vino. Lo ayudo a recostarse de nuevo y lo arropo, como quien arropa a un niño enfermo.

-Déjame que te cuente yo una historia, Ser Fossco. Una que seguro os complacerá. Porque a pesar de que cometisteis errores, la guerra no se perdió por vuestra culpa. Os equivocasteis. Eso es cierto. Y podríais haber marcado una diferencia, pero los acontecimientos hubieran seguido igual.

La voz de Arcyth era suave. Casi sedante. Hablaba despacio, como quien narra un cuento. Ser Fossco estaba parpadeando lenta y pesadamente. Se le cerraban los ojos y cada vez le costaba más prestar atención. Arcyth siguió hablando con de forma pausada.

-Algo paso más allá de vuestro conocimiento. Otros planes fueron puestos en marcha. No todos los hijos de Rhaegar murieron, Ser Fossco. Algunos vivieron. Dos en concreto. Hijos naturales del príncipe que salieron de aquello con vida. Y los dos hermanos de Rhaegar también sobrevivieron, y llevan planeando su regreso desde entonces del exilio que los ha llevado tan lejos a la fuerza. Algún día, los dragones volverán, Ser Fossco. Y lamento decir que uno de ellos es el que os ha dado el golpe que os costara la vida. Pero os prometo, Caballero de la Madre Llorosa que vuestra lealtad será recordada. Que vuestro sacrificio, será recordad. Y que cuando os hayáis ido, seréis sepultado con honores junto a aquellos a los que fuisteis leales hasta el punto de pasar media vida expiando un pecado que no cometisteis... También os prometo, que algún día, Tywin Lannister y Robert Baratheon pagaran por lo que hicieron. Seréis vengado. Vuestros hijos serán vengados. Y si vuestra hija aun vive, será recompensada por la lealtad de su padre. Ya que tuvisteis a bien confesarme vuestro nombre dejad que yo os diga el mío… Draegon Targaryen. Llevad esta promesa con vos.

La expresión del viejo paso de la incredulidad al más total de los asombros, hasta finalizar en un extraño éxtasis hasta el punto de que parecía que su corazón había dejado de cardar con el peso de toda la culpa por lo que sucedió en la batalla del tridente y el saqueo de Desembarco del Rey.

Arcyth se cayó. Y lo miro morir. Aquel brillo de febril lealtad se fue extinguiendo en cuestión de segundos. Y cuando el anciano finalmente cerró los ojos, y su respiración se volvía cada vez más superficial, sencillamente murió. Envuelto en la paz que otorga el saberse perdonado. Arcyth suspiro con tristeza.

-Ser Fossco Westerly. Fossco Westerly...-Arcyth repitió aquel nombre durante unos cuantos minutos.- Y sus tres hijos. Fossco, Ron y Carter. No lo olvidare...

Cuando salió de la tienda, no necesito dar explicaciones. El chaval que ya no estaba tan roñoso rompió a llorar como un condenado, Harlum agacho la cabeza con respeto.

-¿Qué hacemos con él?- Dijo Harlum señalando el cadáver.

-Lo quemamos. Y nos llevamos los huesos. Tengo una promesa que cumplir.

-¿Y con él?- Añadió señalando al escudero del difunto caballero.

Arcyth se le acerco.

-¿Cómo te llamas?

-Pi...Pichot-tartamudeo entre hipidos llorosos.

-¿Como llegaste al servicio del Caballero de la Madre Llorosa?

-En mi pueblo, Tomillares, en la Tierra de los Ríos. Los muchachos le dieron una paliza a Ser Fossco, lo mantearon burlándose de él, diciendo que era un loco y un anticuado. Fueron crueles con él. Yo era huérfano. Y lo ayude a volver a su tienda. Me dijo si quería ser su escudero,...y me fui con él... siempre fue bueno conmigo. ¡Nunca me pegaba más que sopapos en la oreja, y solo cuando quemaba la cena que cazaba o cuando era impertinente...me enseño hasta las letras!

El muchacho no pudo decir nada más por que rompió a llorar de nuevo como si su padre hubiera muerto. Cosa que era cierto en cierto modo.

Arcyth se mantenía frio y sereno, pese a todo. Asintió entendiendo lo que sentía aquel chiquillo.

-Pichot, vas a ser mi escudero ahora. Pasaras a estar bajo mi tutela. Sé que no soy Ser Fossco, pero vas a estar bien cuidado. Seme tan leal como a él, y siempre tendrás un lugar en mi casa. Serás educado como escudero, y si demuestras tener madera, llegaras a ser caballero.

Pichot estaba haciendo pucheros y miraba a Arcyth con unos enormes ojos castaños húmedos y brillantes por las lágrimas. No debía tener más d años.

Durante algunas horas apilaron leña y colocaron con cuidado el cadáver de ser Fossco sobre la madera. Lo empaparon en aceite y le prendieron fuego.

-Alabado sea R'hllor- susurro muy bajito Casimiro mientras el cuerpo ardía.

Habían mandado con un caballo a un sirviente a la aldea más cercana, mientras celebraban el funeral. Regreso horas más tarde con una gran caja de madera pintada. Era sencilla, pero serbia.

A la mañana siguiente, entre los rescoldos y las cenizas, el propio Arcyth recogió lo poco que quedaba de los huesos del anciano caballero y los metió en la caja de madera con respeto. Luego la lleno con todas las cenizas que cupieron. La gran mayoría eran de madera, pero en parte era lo que quedaba de Ser Fossco.

Cargaron los restos del anciano caballero en el carro con los cofres que contenían la biblioteca del Maestre Alexander, y se pusieron de nuevo en marcha.

Mientras cruzaban el puente, todos se sintieron un poco culpables por dejar atrás el último lugar que el anciano caballero había defendido cumpliendo una promesa.

-¿Cuantas victorias creéis que llevaba?- pregunto de golpe Vadid mirando a Casimiro. Ambos iban en carro, demasiado doloridos como para cabalgar.

-No lo sé...-Casimiro se giro y le dio un golpecito a Pichot- ¿Eh, dinos, cuantas victorias llevaba?

-El decía que 42...-respondió entre sollozos el chaval.

Tras aquello, no supieron que decir. No porque el numero los impresionara o les pareciera insignificante. Es que se acababan de dar cuenta que no significaba nada. Ya no. El caballero de la madre llorosa estaba muerto. Y el pequeño Pichot iba sentado sobre la caja como un último acto de devoción hacia el hombre que lo había criado y adoptado como escudero. Era lo único que podía hacer, protegerlo y asegurarse de que era tratado con el respeto que se había ganado, o que al menos, que Pichot creía que se había ganado.

El viaje de regreso a Invernalia se les estaba haciendo muy largo. Y en cierto modo, era porque el encuentro con Ser Fossco les había dejado a todos, y sobre todo a Arcyth, un lastre en el alma más pesado que la biblioteca que cargaban en el carro.

Brunilda no decía nada. Pasaba inadvertida. Pero sonrió para sus adentros. Iba a tener muchas cosas que contar a su señora tras lo que había visto.

Para Casimiro, lo que había sucedido no significaba lo mismo. La historia del Caballero lo había impresionado, pero no comprendía por que se sentían todos tan afectados por ella. Así que volvió a sus pensamientos. Y se sentía increíblemente satisfecho. Dolorido, pero satisfecho. Hazais era un fantástico nombre.