Disclaimer: Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer.
TOCANDO FONDO
CAPÍTULO 37
Bella
Estaba haciendo todo mal y lo sabía.
Lo sabía y no tenía la menor idea de cómo solucionarlo.
Desde que Tanya había insistido tan vehementemente en que no abandonara el grupo de apoyo, me había estado obligando a ir cada día.
Cada día, después de dejar a Leah en el colegio, me presentaba en el centro social donde se realizaban las reuniones.
Aún no se lo había explicado a Edward y no me atrevía a decírselo.
Mi terapeuta insistía en que era necesario que se lo expusiera a mi pareja, pero yo no quería que él pensara que salía con una puta adicta irrecuperable.
Tal como me habían hecho entender en el grupo, el hecho de que no fuera adicta a las drogas no implicaba que hubiera superado mi enfermedad.
Simplemente había cambiado el objeto de mi afecto.
Pero aunque mi adicción a Edward no era dañina físicamente como lo era la adicción a la cocaína, podía acabar matándome o al menos anulándome como persona.
Mi terapeuta me había regalado un precioso ficus hacía una semana. Se suponía que tendría que cuidarlo, ocuparme de él y mantenerlo vivo y saludable.
Tenía que aprender a cuidar de la planta para tener una idea de cómo sería cuidar a mi pareja.
Lo ahogué.
Intenté cuidarle tanto y tan bien y no olvidarme de regarlo, que acabé ahogándolo y se murió.
Esa fue solo una muestra de lo mal que lo estaba haciendo.
Lo peor había sido darme cuenta que no podía vivir alejada de Edward.
Los días que él estaba de guardia le llamaba por teléfono cientos de veces con tontas excusas.
Fue uno de esos días que empecé a sospechar que tenía un problema.
Le llamé cinco veces esa mañana con la intención de comentar con él tonterías de distinta índole pero todas sin importancia real.
Aunque ésa no fue la peor parte.
Lo peor fue llamarle catorce veces por la tarde.
Catorce veces en las cuales mis llamadas acabaron directamente en el buzón de voz.
Cuando finalmente recibí una llamada suya, yo agobiada y ansiosa me había metido bajo la ducha.
El mensaje que Edward dejó en mi buzón de voz, no hizo mucho por calmarme, sino todo lo contrario.
En su mensaje me explicaba que se había encontrado a Victoria e iría a tomar un café con ella.
Sintiéndome completamente agobiada me preparé para salir.
Me vestí con un pantalón corto y una camiseta ajustada. Me calcé unos tacones y me preparé para hacer frente a la espectacular ex novia de mi novio.
—Hola, Bells —me saludó Leah recién llegada de su clase de danza mientras se dejaba caer sobre mi cama.
—Hola, cariño —le saludé sin prestarle atención en realidad —¿Cómo estás?
—Bien, pero tengo que preparar un trabajo para mañana y tienes que ayudarme.
—Ahora mismo tengo que salir. Pídele a Senna que te ayude.
—Pero quiero que me ayudes tú —lloriqueó la pequeña —Es para mi clase de arte y a ti se te da mucho mejor que a Senna…
—Ahora no puedo, Leah. Tengo que salir. —espeté mientras acababa de maquillarme con manos temblorosas.
—¡Bella! —gritó Leah llamándome cuando salí de la habitación.
Corrió tras de mí y se colgó de mi brazo.
—¡Por favor, Bella! —suplicó la niña lloriqueando —Necesito tu ayuda.
—¡No puedo ahora, Leah! —grité furiosa —¡Pídele a Senna que te ayude! —rugí arrancando mi brazo de entre sus manos y con un portazo abandoné la casa.
Con la misma adrenalina que me había sacado de la casa corrí hasta el coche, entré en él y recorrí el camino de entrada de la propiedad.
Imagino que fue el tiempo que me llevó llegar al portón de entrada lo que llenó mi mente de la frialdad suficiente para recapacitar.
Primero parecía un déjà vu, pero de haberlo sido no me hubiera sentido tan mal. Entonces comprendí que no era solo la sensación de haber vivido ya esa situación.
Era la certeza de haber pasado ya por ella y eso era porque realmente lo había hecho.
Ya una vez había rechazado a mi pequeña hermana y le había negado mi ayuda en algo importante para ella, solo para ir corriendo detrás de mis aberrantes necesidades, detrás de mis drogas, de mis adicciones.
Varios meses antes, poco antes de que Seth muriera yo había salido corriendo dejando a mi hermana llorando, para correr hacia las drogas, los vicios y los excesos.
Aquellos excesos sin los cuales no sabía vivir.
Y ahora, mucho tiempo después, limpia ya de cualquier rastro de sustancia estupefaciente, dejaba a mi hermana llorando apenada, para salir corriendo detrás de mi nueva droga.
Detrás de aquella droga sin la cual no sabía vivir.
Detrás de Edward Cullen.
Recostada sobre el volante del coche, esperando que el portón se abriera, lo supe.
No podía seguir así. No podía continuar con esa relación, ni de esa forma.
Solo acabaría haciéndonos daño.
A Leah, a Edward y a mí misma.
Y entonces supe que todos tenían razón. Tanya tenía razón, mi terapeuta tenía razón. Yo necesitaba aprender a vivir por mí y para mí, antes de poder embarcarme en una relación de pareja.
Pero primero, me debía a mi hermana.
Así que simplemente volví sobre mis pasos.
Leah lloraba desgarrada en los brazos de su niñera, cuando entré.
Senna me dedicó una dura mirada, desde el sofá del salón, donde consolaba a mi pequeña.
—Lee —le llamé culpable y apenada.
Leah levantó la vista y me observó con una tristeza y un dolor que no debería conocer su joven corazón.
—Lo siento mucho, Lee. —dije cuando mis ojos se llenaron de lágrimas —Perdóname, nena —rogué sin poder contener el llanto cayendo de rodillas frente a ella. —Lo siento, cielo. No sabía que para ti fuera tan importante mi ayuda. Pero aquí estoy para ti, cielo. Aquí estoy para ayudarte a lo que necesites.
—Pensé que tenías que salir.
—No importa, cariño. Es más importante estar contigo y ayudarte en lo que necesites. —expliqué sonriendo —No quiero que llores más, ¿sí?
—Sí.
—Deja de llorar y dime qué es lo que tenemos que hacer.
—Es para mi clase de arte —explicó —Tengo que hacer algún tipo de obra de arte con materiales reciclados.
—De acuerdo. Ve a buscar la consigna y pensaremos qué hacer.
—¿De verdad vas a quedarte a ayudarme? —inquirió la niña dubitativa.
—Desde luego que sí —aseguré.
La mirada de Senna era dura, cuando Leah fue a su habitación. Y supe que una vez más me había equivocado con esa mujer y con mi hermana.
—Lo siento, Senna. Sé que piensas que no soy más que una hija de puta y supongo que tienes razón, pero estoy haciendo lo posible para enmendarme.
—No importa lo que yo piense —aseguró —Pero si no crees ser capaz de hacerte cargo de la niña y hacer lo mejor para ella, tal vez deberías dejarla volver a la casa de acogida o tal vez incluso, buscarle una familia de adopción —sugirió haciéndome tremolar con sus palabras —Leah es un ángel, estoy segura que habrá más de una familia encantada con la idea de ser sus padres.
—Leah es mi hermana —dije entre dientes —Y yo voy a darle una vida feliz.
—Tal vez entonces podrías comenzar preocupándote por ella más que por ti misma y tus nuevas obsesiones.
—Eso mismo es lo que pienso hacer —sentencié.
Leah y yo pasamos un par de horas o tres encerradas en el estudio. Para cuando acabamos, Leah tenía un hermoso ramo de flores, hechas con botellas y latas de refrescos.
En esas horas reímos y nos divertimos y para cuando Leah se hubo duchado y cenado, ella ya había olvidado mi desplante.
Leah dormía y Senna se había retirado también a sus habitaciones, cuando el timbre sonó.
Edward me observaba con una sonrisa torcida y algo triste cuando abrí.
—Hola, cielo —saludó adentrándose en el departamento y besando suavemente mis labios.
—Hola, Edward.
Rodeó mi cintura con sus brazos y me estrechó contra él para besar mis labios con una dulzura que lentamente se volvió lujuriosa.
Sin dejar de besarme, me levantó por la cintura. Enredé mis piernas sobre sus caderas cuando caminó hasta el sofá.
Nos desnudamos con prisas y en silencio y jadeamos ansiosos cuando me penetró con su duro miembro.
Sus manos recorrían ansiosas mi cuerpo, sobaban mis pechos, acariciaban mis glúteos, los pliegues de mi sexo hasta el nudo de nervios que coronaba mi vagina.
El orgasmo nos golpeó como un tsunami y las réplicas nos hicieron rodar sobre el placer para sumergirnos en él una y otra vez.
Edward besaba mi rostro con suavidad y sus manos recorrían mi cuerpo con ternura, mientras ambos nos recuperábamos.
—Edward —le llamé por fin sabiendo que el momento de tomar una decisión finalmente había llegado.
—Mmm —murmuró somnoliento.
—Tenemos que hablar.
—Yo también lo creo —dijo después de un profundo suspiro.
Sabiendo que no podía enfrentarme desnuda a la charla que nos acechaba, me senté sobre el sofá y me vestí.
Alejándome de Edward me senté frente a él, en lo que él acababa de abotonar su camisa.
Mi miró aprensivo pero con una sonrisa dulce.
—¿Qué es lo que pasa, cariño?
Inspirando profundamente e intentando ignorar el terrible dolor que de pronto apretaba mi pecho, dije las palabras que más daño me harían a lo largo de mi vida.
—Edward, tenemos que dejarlo.
Ahora sí, solo un capítulo más y el epílogo.
Espero que lo disfrutéis.
Gracias a todos por los alertas, favoritos y reviews.
Les espero en Las Sex Tensas de Kiki, y también en mis otras historias.
Besitos y gracias por leerme!
