Capítulo 37

Era mala idea. Severus lo sabía muy bien pero aún así ahí estaba, terminando de colocarse la capa de viaje. Black le había dicho dónde y cuándo encontrar a Regulus (parecía una especie de acosador silencioso, pensaba Severus). Había pensado en mandarle una lechuza, pero no parecía una buena idea. En esos momentos, sin embargo, no le parecía tan desastrosa.

—¿De verdad vas a ir? —le preguntó Black, todavía algo incrédulo.

—Ya te he dicho que sí, chucho. —le gruñó Severus. A Black no le gustaba que le llamaran chucho como si fuera algo malo. —¿Quieres que le dé algún mensaje de tu parte?

—Eh – dile que le quiero. —terminó con vergüenza. —Que le echo de menos.

—De acuerdo.

—Suerte. Trátale bien. —le amenazó prácticamente.

Severus le gruñó, saliendo por la pequeña apertura que le habían habilitado en la muralla de madera. La puerta se cerró detrás de Severus con un golpe seco y los dos vigilantes le observaron muy de cerca mientras se alejaba, saliendo de las barreras contra desapariciones. En cuanto puso un pie fuera de las protecciones del santuario, volvió a sentirse asustado e indefenso, tenso. Ya no había nadie cubriéndole las espaldas. Severus inspiró con fuerza y trató de tranquilizarse. Era lo mejor.

El hijo menor de los Black vivía en la casa familiar, en Londres. Severus tendría que ir con mucho cuidado en la gran ciudad, pero si tenía suerte, sería solo entrar, hablar y salir. Vivía solo, según la información que Black tenía de su hermano Regulus: su padre había muerto poco después del alzamiento del Señor Oscuro, en una trifulca con unos desertores, y su madre lo había seguido poco después con el corazón roto. Regulus tampoco tenía relaciones fuera de su trabajo y aunque era definitivamente una sombra de lo que había sido en el colegio, había conseguido llegar a ser la mano derecha de la jefa del Departamento de Transporte Mágico.

Severus inspiró hondo, se concentró y se desapareció del pequeño bosque en dirección a Londres. En la gran ciudad ya era de noche, aunque tampoco eran horas intempestivas para llamar a la puerta de Grimmauld Place, 12. Severus lanzó sobre sí mismo hechizos de ocultamiento y después de observar la pequeña plaza desierta, salió del angosto callejón en dirección a la puerta de su antiguo compañero.

Llamó un par de veces, encapuchado para que nadie le viera la cara. Agitó la varita discretamente mientras esperaba en el tercer escalón de la entrada, lanzando varios hechizos de más sobre sí mismo y sobre el lugar. Finalmente, después de lo que a un angustiado Severus le pareció una eternidad, Regulus abrió la puerta, solo un poco. Severus se cubrió la cara con la capucha: si le engañaba para que pensara que era un mortífago, podría entrar y explicarse.

—¿Si? —preguntó con voz temblorosa Regulus, abriendo un poco más la puerta. Severus se giró repentinamente, atrapando el trozo de madera y empujando a Regulus al interior de la casa. —¡Ah! ¿Qué haces – ? ¿Severus?

—Regulus. —murmuró el aludido en respuesta, terminando de cerrar la puerta. —¿Tienes algún invitado?

—No, estoy solo. No deberías estar aquí.

—Lo sé perfectamente. —le replicó con sarcasmo. Le tendió la mano no obstante, ayudándole a incorporarse, pues del golpe y la impresión lo había tirado.

—Pasa, la cocina está al final del pasillo. Aléjate de las ventanas, no quiero que te vean aquí.

Severus siguió a Regulus por el angosto pasillo. Nunca había estado en la casa de los Black, pero esperaba que no hubiera sido siempre así de deprimente y siniestra. En la pared de las escaleras, que subían varios pisos, había colgadas varias cabezas de elfos domésticos. En la entrada había un horrible paragüero con forma de pata de troll que los dos sortearon con agilidad. Regulus entró en la cocina, murmurándole algo a alguien, y Severus se puso en tensión.

—Kreacher, haznos un par de tés. —Severus sacó discretamente la varita. La bajó casi al instante al ver al pequeño elfo doméstico de Regulus pasar por delante de él para cumplir las órdenes de su amo. —Siéntate, el té estará listo dentro de poco.

Severus se sentó frente a Regulus en la enorme mesa que había en el centro de la cocina. Al fondo había una pequeña despensa abierta; parecía que el elfo doméstico había hecho de ese sitio su dormitorio. Por un momento, Severus miró fijamente a Regulus, que evitaba en todo momento su mirada. Estaba pálido y ojeroso, y la fina piel bajo sus ojos estaba fuertemente amoratada. No se veía nada sano, y Severus no tenía clara la razón: era un oficial del ministerio y un sangre pura que había apoyado el nuevo régimen. Prácticamente era la élite.

—No tienes buena cara. —dijo finalmente Severus.

—¡Já! Tú tampoco estás mejor. —le replicó Regulus.

Se volvieron a quedar en silencio. Kreacher saltó de la encimera al suelo con dos tazas humeantes de té que dejó bajo sus narices. Después miró muy fijamente a su amo, esperando la orden de echarle de casa, y Regulus le hizo un gesto con la cabeza, instándole a descansar. Cuando el elfo doméstico se había marchado, Severus continuó:

—¿Qué te ha pasado? Pensaba que deseabas servir al Señor Oscuro.

—Cambié de opinión. ¿Tan raro te parece? —Severus bufó, dejando clara su respuesta. —Tú no te quedaste atrás, Severus, pero lo que vi el día que murió Dumbledore… Él torturó a McGonagall para que mandara a todos los alumnos al comedor y poder empezar a hacer… Limpia. Por suerte no quedaban muchos sangresucia en el colegio. Lo que hizo con ellos… Todavía me persigue en pesadillas. Y al año siguiente… Oh, no quiero hablar de eso. Enseñaban maldiciones con compañeros – gryffindors sobre todo, pero no dejaban de ser compañeros.

—Me alegra que lo vieras. —contestó Severus honestamente. —Es mejor verlo antes que después de tomar una decisión equivocada.

Regulus bufó en desacuerdo con Severus – él prefería no verlo en absoluto, se imaginó – y retiró la vista a un lado. Severus aprovechó para tomar un sorbo de té, que ya no ardía, y dejó descansar un poco la conversación. Ya había forzado mucho a Regulus por ahora, lo mejor era darle tiempo para recuperar fuerzas.

—¿Qué quieres de mí? —preguntó finalmente el menor.

—Estoy buscando maneras de evitar las protecciones del ministerio para viajar al extranjero por medios mágicos.

—¿Y por qué crees que yo sé algo de eso? —Regulus entrecerró los ojos.

—Porque tu hermano me lo ha dicho. —Regulus frunció el ceño, disgustado. —Me ha pedido que te diga que te quiere y que te echa de menos. Le gustaría que vinieras con él.

—Dile que se vaya a la mierda.

—De acuerdo. —aceptó simplemente Severus. La mala sangre que había entre los hermanos no era asunto suyo. Regulus no parecía estar pasando su mejor momento, pero él vivía en la legalidad y tenía un trabajo estable. Era más de lo que Severus o Black tenían por el momento y Severus creía que era mejor que Regulus no se inmiscuyera en sus asuntos.

—Y sobre tu pregunta… ¿Qué pretendes? Pensaba que estabas en el extranjero. O eso decían los rumores.

—Bueno, pues he vuelto. Y pensaba quedarme, pero solo si consigo comunicarme o viajar al extranjero sin lechuzas ni transportes muggles.

—Tendré que investigarlo. Ya te avisaré cuando encuentre algo.

—Gracias, Regulus. —le concedió Severus. El muchacho se reclinó en su asiento sin verse arrogante o petulante, como solía mostrarse en Hogwarts.

—No hay problema.

Severus se levantó, dejando su taza de té vacía. Se le hizo raro el comentario de Regulus, pero no dijo nada al respecto: el chico le estaba haciendo un inmenso favor y Severus creía que Regulus lo sabía perfectamente; sin embargo, no había aprovechado para endeudarle y eso era algo que todo slytherin que se precie lleva a cabo. Aunque sea por tener las espaldas cubiertas, siempre le recuerdas a alguien que te debe ciertos favores.

—Me alegra que hayas vuelto. —soltó de repente Regulus mientras iban a la puerta de la casa. Severus alzó las cejas, sorprendido. —Pero la próxima vez avísame. Podrías haber llegado en mal momento.

—Te mandaré un código o algo que se me ocurra. —propuso Severus. Regulus asintió, satisfecho con la respuesta.

—No me importaría volver a reunirnos.

Con eso dicho, Regulus cerró la puerta, dejando a Severus al otro lado de la madera, algo confuso. Qué curioso que quisiera volver a verle después del interrogatorio al que le había sometido. En realidad, a Severus tampoco le parecía mala idea. Lo que sea que pasara entre los dos hermanos no le importaba y no iba a afectar a cómo trataba a Regulus, y el pequeño Black no se había portado mal con él. Podía darle una oportunidad… Después de comprobar que no le estaba tendiendo ninguna trampa.

Severus se apareció cuidadosamente cerca de las barreras contra desaparición del santuario. Antes de dar otro paso más, mandó su patronus con un mensaje a Potter – recordaba todavía el revuelo que se había formado con la llegada inesperada de Lupin – y escaneó el área en busca de algo que delatara la presencia de enemigos. Después de esperar un tiempo prudencial, Severus atravesó las barreras y se acercó a la muralla.

Potter había hecho su trabajo. Le esperaba frente a la pequeña portezuela de acceso al santuario. Los dos vigilantes le volvieron a lanzar miradas penetrantes, pero Severus las desechó. Después de responder la pregunta de seguridad, entraron y caminaron en silencio. Severus le contó que había ido a visitar a Regulus y lo que había acontecido en Grimmauld Place, 12, que era más bien poco. En cuanto llegaron a casa, fue asaltado por Black:

—¿Qué ha pasado? ¿Cómo está?

—Dice que te vayas a la mierda. —le informó Severus con soltura. —No sé qué le has hecho para cabrearlo tanto y, la verdad, no sé si quiero saberlo. Va a investigar mis asuntos de mientras.

—¿Eso es todo? —preguntó Black con la cara desencajada de la decepción. —¿No ha dicho nada más?

—No quiere saber nada de ti, Black. Además, parece que le va bien. —añadió Severus.

—Está rodeado de mortífagos. —contestó afiladamente Black. —No está bien ahí.

—Esos mortífagos no le hacen nada. Tiene un trabajo muy bueno y es prácticamente la élite de la sociedad del Señor Oscuro. Aunque no sea mortífago.

—Eso no me tranquiliza. En esos círculos, hacer algo mal puede costarte la vida. No quiero que Regulus ande en la cuerda floja por no tener otras opciones.

—Quizás Severus tiene razón. —murmuró Lily, metiéndose en su conversación. —Regulus es subdirector en el ministerio, ese es un puesto importante pero tampoco tanto como para que los mortífagos analicen cada movimiento que hace. Quizás lo estamos poniendo en peligro tratando de ayudarle.

Black les lanzó una mirada funesta y se marchó al piso superior con pasos fuertes, sin comentar nada. Era obvio, no obstante, que estaba enfadado y no compartía la opinión de los demás – ni siquiera James o Lupin habían salido en su defensa. No hablaron más del tema, pues Black se negó a volver a comentarlo. Lily y Lupin le miraban con algo de pena, pues al fin y al cabo eran hermanos; James, por el contrario, lo miraba intrigado.

Pasara lo que sea que pasara, la realidad de Severus era que necesitaba a Regulus para ese trabajo. Estar de vuelta en Inglaterra, con sus compañeros a su lado, era algo que Severus realmente había echado en falta en Tovenarij. Si bien era cierto que no se moriría por no tener a nadie, allí en el extranjero, le molestaba hasta cierto punto el no saber cómo estaban aquellos que sí le importaban, aunque fuera un poco.

—Deberías hablar con Sirius. —le murmuró James dos días después de la "pelea". Severus le miró fijamente, inquiriéndole en silencio. —No me mires así. Está deprimido desde que fuiste a ver a su hermano.

—No es mi culpa.

—No he dicho que lo fuera. Podrías mediar entre ellos. Aunque sea porque se lo debes a los dos: Sirius te puso en contacto con Regulus y él está investigando para ti.

—Tampoco tengo ni idea de qué está pasando.

—Habla con Sirius. —le aconsejó de nuevo James, lanzándole una mirada larga antes de irse a dormir.

Severus tardó un par de minutos en decidirse. James tenía razón: tenía una deuda con los dos hermanos Black, aunque ellos no pretendieran cobrársela. Aún así, no sabía qué decir. Regulus parecía odiar a su hermano y Black estaba obsesionado con salvarle. Aquello no podía salir bien, pero aún así, se armó de paciencia (y algo de valor) y subió al piso superior. Llamó a la puerta de la habitación de Black y entró. Black le señaló la silla para que se sentara mientras él se incorporaba: había estado tumbado sobre las sábanas, mirando al techo.

—¿Qué quieres? —le preguntó con sequedad.

—¿Qué pasa entre Regulus y tú? ¿Por qué te odia? —inquirió Severus, no sabiendo qué más decir. Suponía que debía haber empezado con un tono más relajado, pero no estaba de humor para esos juegos sociales.

—Eso no es de tu incumbencia.

—Entonces no puedo ayudarte. —Severus se levantó. En realidad estaba agradecido de que Black hubiera zanjado el tema tan rápido.

—No necesito tu ayuda de todas formas. Solo meterías la pata.

Severus salió de la habitación con ganas de hechizar al chucho. ¡Le había ofrecido su ayuda y él le devolvía un insulto a cambio! Bueno, el plan de James no había funcionado. No era una sorpresa: por más que hubieran colaborado en el pasado y demás muestras de camaradería, Black seguía desconfiando de él. No creía que hubiera dejado de verlo como Snivellus, su patético némesis de la escuela, en ningún momento. Quizás le tenía rencor porque él había podido hablar con Regulus y su propio hermano no. O quizás era su estúpido orgullo: Black era orgulloso y era capaz de mantener su enfado por cosas tontas durante mucho, mucho tiempo.

Por la noche, cuando debiera estar durmiendo, Severus pensó y pensó acerca de los hermanos Black. James estaba en lo correcto al sugerirle que mediara entre los hermanos – incluso podrían traer a Regulus al santuario, aunque Severus no sabía si eso sería positivo o negativo para su compañero de Casa – pero Black no quería soltar prenda acerca de lo que había terminado de fracturar su relación y Regulus tampoco parecía muy dispuesto a hablar.

Aún así, debía intentarlo. Aunque fuera para considerar saldada la deuda que tenía con los hermanos Black. Y, quizás, porque tanto Sirius como Regulus no estaban bien como estaban y acercándolos podrían ayudarse el uno al otro a recuperarse. Aunque eso último no lo admitiría en voz alta.