La joven tragó saliva despegando la mirada del cuaderno que tenía entre sus manos. Por un momento, el tiempo a su alrededor no existía. Lo último que había leído de las memorias de Sarah le había dejado… impresionada. Jamás se hubiera imaginado que la anciana estuviera enamorada de aquél hombre que había servido a un Lord Oscuro en la mayor parte de su vida, traicionando así a su familia. Ya tendría que ser tal el arrepentimiento que el profesor Snape sentía en base a sus actos como para perdonarlo y darle aquella oportunidad.

Acarició con las yemas de sus dedos las líneas de tinta reseca que manchaban el pergamino, comprendiendo que, con aquél capítulo de su vida, la anciana había dado un cambio brusco de dirección, cerrando una puerta en cuyo interior había dolor y desolación.

Sus ojos volvieron a las palabras escritas. Ahora más que nunca deseaba continuar con la lectura. Pero se sentía una intrusa. Esos cuadernos guardaban en su interior sentimientos y recuerdos muy profundos, de esos que se guardan para toda la vida y ella estaba penetrando en ellos.

Exhaló un suspiro y, como si el cartapacio fuera un imán, siguió leyendo con cierta avidez.

Mis pasos se dirigieron al borde del Lago Negro una semana después de que mis labios y los de Severus se reencontraran en el aula de música. Por suerte, aquella hora no era demasiado concurrida, pues los alumnos estarían aún en las aulas haciendo los TIMOS y exámenes finales, los cuales acababan ese mismo día. Las clases de música las había acabado ya por petición de mis alumnos, dejándoles estudiar en las horas asignadas a mi asignatura.

Caminé unos cuantos metros por la orilla del lago, hasta que el castillo se perdió entre la maraña de árboles que conformaba el Bosque prohibido. Dejé un poncho que llevaba por encima de un blusón entre las raíces de un árbol, junto a mis zapatos y mi varita. Me remangué los pantalones de tela y caminé por la muralla de guijarros que separaban el linde de la arboleda y el Lago. El agua estaba congelada. Casi pude oír las quejas de mis pies al sentir aquél contacto frío. Pero no me importaba.

El silencio volvió a cubrirme con su manto. No era un silencio como tal, sino un espejismo de lo que es en sí el silencio. Escuchaba el sonido del agua chocando con los guijarros, el graznido de los pájaros volviendo a sus nidos al ver que el sol estaba a punto de reencontrarse con el mar o la melodía que el viento componía al rozar las copas de los árboles. En definitiva, era el silencio de la naturaleza, el cual transmitía sosiego a mi ser.

Mientras, en mi mente, miles de pensamientos rondaban cual imágenes compuestas en una cinta de película que corría sin parar. No me fijaba en ninguno de ellos. Esos pensamientos iban acompañados de preocupaciones y planes para el futuro. Iban cargados con sentimientos de alegría, agobio, melancolía, añoranza… un cúmulo de sensaciones que ocupaban cada fibra de mi alma haciendo muchísimo ruido.

En mitad de aquél zumbido que rompía el silencio de mi alma, se encontraba él.

Él y siempre él.

Aquél cuyo rostro veía en las noches más oscuras y ocupaba mis pensamientos a la luz de la mañana desde que nos encontramos en la sala de música, acompañados de la melancólica musicalidad que del interior de su corazón marchito salía… cuyo beso aún estaba tatuado en mis labios y la marca de sus dedos impregnaban mi mejilla, haciendo que, en conjunto, mi corazón galopara sin freno por la senda oscura de sus ojos azabache.

¿Había merecido la pena aquél encuentro fortuito? Tenía la sensación de que había cometido una locura. Había jugado, apostando todos mis sentimientos , y pensaba que había perdido, cayendo en un abismo vacío… sin fondo.

Lo único que me mantenía en la cuerda floja era la reacción de Severus. Él me había correspondido, había acariciado mi mejilla. No me había despreciado tan rápidamente, por lo que encendía en mí una mínima esperanza de que lo que sentía hacia su persona era correspondido.

El sol rozó la delgada línea del horizonte, tiñendo el cielo de escarlata. La última luz del día iluminó mis mechones, encendiendo el fuego característico de éstos y la brisa del bosque jugaba con ellos meciéndolos a su merced. Mi corazón latía a su son y mis ojos esmeralda eran inundados por la magia que contenía aquél lugar. Por un momento, sentí que formaba parte también de aquél espectáculo que me brindaba la naturaleza.

Recuerdo todo aquello a la perfección, pues en aquél momento me sentía libre. En paz.

Aquellos instantes no duraron demasiado. De golpe, recordé que Dumbledore había organizado el baile de Fin de Curso, que se celebraba justo aquél día, para así celebrar que los exámenes habían acabado, por lo que los alumnos podían despejarse. Sinceramente, yo no quería ir. Después de todo lo ocurrido, no me apetecía encontrarme con nadie. Me había hecho ya a la idea de que mi vida estaba condenada a viajar por un mar de espesura sin rumbo fijo. Era lo que tenía haber sido una militante de la guerra.

Volví al castillo dispuesta a encerrarme en mi habitación y volver a Hogsmeade al día siguiente. Al menos tenía a mi madre. Juntas habíamos sobrevivido a la tormenta y el estar unidas era fundamental. En mi camino hacia el interior del colegio, me encontré los jardines repletos de alumnos que acababan de salir de los exámenes. Charlaban animadamente sobre sus planes de verano o sobre el vestido que llevarían aquella noche. Rostros encendidos por la ilusión y libres de agobios. Sentí envidia de ellos.

Subí las escaleras de caracol hacia mi habitación. En cuanto estuve en ella, mi mirada se posó en una nota que había encima de mi cama. Me acerqué y la abrí, sentándome en el colchón.

Junto a este párrafo, había un papel plegado. La joven lo desplegó, observando la letra minúscula e intentando descifrarla.

"Profesora Di Piero:

La he estado buscando durante toda la tarde pero no le he encontrado. Dumbledore ha reunido con urgencia a todos los miembros de la Orden porque un grupo de mortífagos ha causado estragos cerca de Londres. Quiere capturarlos para saber si tienen una pista sobre el Señor Tenebroso, cosa que me resulta una pérdida de tiempo, pues mi amo está muerto. Me ha pedido expresamente que, si no la encontrara, se quede en el colegio y no salga, ni siquiera a Hogsmeade.

Espero que disfrute del baile de esta noche.

S.S"

Suspiré y dejé la nota a un lado. Pensé que, teniendo a Severus fuera, el baile de aquella noche sería menos incómodo sin su presencia. Igual que Dumbledore. No me apetecía que el viejo director me clavara su mirada calculadora. Odio decirlo, pero en parte me alegré y subió mi ánimo. Al final sí que podría disfrutar de una pequeña velada con mis compañeros de profesión, o al menos, los que no habían salido del castillo aquél día.

Me levanté y abrí mi armario, desenterrando el vestido que Ludo me regaló. Estaba algo arrugado y había unos desgarrones del forcejeo que tuve con él. Pero eso no fue problema para mí. Con unos toques de varita, arreglé los imperfectos, incluso me permití el lujo de cambiar otros detalles. El resultado fue un precioso vestido diferente al que era antaño. Me lo coloqué y me esmeré en mi peinado. Una vez lista, bajé al vestíbulo, donde los alumnos entraban para ir a sus Salas Comunes y cambiarse y otros bajaban ya vestidos con sus túnicas de gala.

Salí al patio interior y me senté en uno de los bancos de piedra. No era aún la hora de la cena, pero ¿qué iba a hacer encerrada en mi habitación? En el interior del castillo podía escuchar las voces amortiguadas de los estudiantes. La platea se había quedado desierta. Sólo estaba acompañada de algunos fantasmas que paseaban por las galerías, charlando entre ellos en un susurro o lamentándose entre las paredes de piedra.

No sé cuánto tiempo estuve allí. Observé el cielo oscurecerse al esconderse las últimas luces del día y ver salir las primeras estrellas. Escuché a varios alumnos entrando en el Gran Comedor, por lo que me dispuse a reunirme con ellos y comenzar una velada que despejaría mi mente.

De repente, escuché unos pasos a mis espaldas y mi brazo siendo apresado por una cálida mano.

-Buenas noches profesora Di Piero.

Su voz hizo que mi corazón se acelerara. Me giré y vi al profesor de pociones observándome con su máscara de impasibilidad. Me quedé a cuadros. Se supone que se había ido a una misión de la Orden con Dumbledore…

-¿Qué hace aquí?-pregunté fríamente, zafándome del agarre-¿No debería de estar en Londres?

-Supuse que no iba a bajar al baile que nuestro querido director ha organizado-Severus me soltó a la primera, para gran sorpresa mía-Así que pensé que si se enteraba usted de que no iba a ir, se presentaría. Magnífico ¿verdad?-eso último lo dijo con cierto toque de ironía, acompañado de una pequeña sonrisa.

-¿Y por qué no iba a asistir?-repliqué tras unos segundos de silencio en los que me maldecía haber sido tan estúpida.

-Visto lo ocurrido en su aula la semana pasada, pensé que debía de disculparme por irrumpir furtivamente sin pedirle permiso y haberla molestado con el ruido que hice a altas horas de la noche.

Abrí la boca para decir algo pero no dije nada. ¿Me estaba tomando el pelo?.

-Yo eh… le perdono, claro…El aula está a disposición de todos. -tartamudeé aún asombrada de que olvidara de lo que ocurrió, que hiciera como si no pasara nada. El pocionista asintió levemente y carraspeó.

-Bien, resuelto esto, espero que disfrute de la velada.-comenzó a andar a grandes zancadas hacia el Vestíbulo, dejándome allí plantada.

-¡Espere!-dije cuando mi mente tomó conciencia de mi cuerpo tras la situación tan confusa que acababa de vivir. Severus se paró de golpe antes de entrar en el vestíbulo, mirándome por encima del hombro-¿Nada más?

-¿A qué se refiere, profesora?

-Pues… ¡a lo que ocurrió! Ya sabe… el patronus, lo que me dijo y yo le dije después… el… el beso…

Miré de nuevo al profesor, el cual se encontraba estático en la entrada, lanzándome una de sus gélidas miradas. Podía notar que el labio inferior le temblaba ligeramente y que estaba un poco en tensión. Dio unos pasos hacia mi, sin dejar de observarme.

-No ocurrió nada.

-¿Qué?-fruncí el ceño y me acerqué a él, incrédula-¿Cómo puedes decir eso?

-Se lo digo, profesora, porque no ocurrió nada. Fue un… momento de intimidad que tuve y que usted tuvo la amabilidad de interrumpir, como normalmente suele hacer desde que llegó a Hogwarts. ¿O ya no recuerda quién estuvo hurgando en mis recuerdos y paseándose libremente por mi casa?

-Severus… por favor, no seas así-sabía que se estaba en el papel de persona desagradable, pues aquella noche pude ver de verdad lo que sentía realmente, qué es lo que guardaba en su corazón.-Yo… le expresé mis sentimientos. ¿Va a hacer como si no pasara nada?

El pocionista se quedó en silencio, observándome detenidamente.

-Sé que fue duro… ya se lo dije-seguí hablando ante el inminente silencio-Pero estoy dispuesta a dar esa oportunidad que llevas anhelando… mucho tiempo. Sé que me parezco a Lily… pero no soy ella. Por favor, Severus… deja de estar en el pozo… deja que te ayude.

-Usted no puede hacer nada. Mírese, es joven y tiene grandes aspiraciones. No puede estar con alguien como yo.-respondió el hombre cruzándose de brazos-Usted se merece algo mejor ¿entiende? Conmigo sólo va a sufrir más de lo que ya ha sufrido.

-No hay nada mejor que arrojar luz en un alma oscura como la tuya… ambos hemos sufrido, pero podemos seguir adelante.-mi mano agarró su brazo con suavidad y mis labios se curvaron en una sonrisa.

-Está loca-esas dos palabras borraron el gesto de mi cara-Olvídese de mi, profesora. Es lo mejor para ambos.

Se giró de nuevo y volvió a su caminar altanero hacia el Vestíbulo. Mis ojos comenzaron a escocerme a causa de las lágrimas que amenazaban con salir. Me habían dolido sus palabras y parecía que toda esperanza de vivir una vida a su lado se estaba esfumando a borbotones de mi cuerpo. Su figura desapareció en el Gran Comedor, dejándome en el patio sola. Me sequé las lágrimas aventureras que habían resbalado de mis ojos. ¿Cómo podía negar lo evidente? Me sentí una estúpida, pues por un momento sus palabras cobraron cierto sentido en mi mente. "Estás perdiendo el tiempo con él. Te mereces algo mejor". Sí, lo sabía, pero ¿quién iba a ser mejor? Severus había estado actuando desde las sombras, como un ángel guardián, librándome de muchas situaciones en las que el peligro me acechaba. No encontraría a nadie mejor que él.

Caminé hacia el Vestíbulo, donde las risas de los alumnos y la música resonaban a todo volumen. No fui al Gran Comedor, las ganas que había acopiado en mi habitación se esfumaron de golpe. Subí las escaleras hacia ésta en una actitud derrotada.

Y cuando pensaba que todo estaba perdido, que no tenía esperanza, una luz iluminó mi mente, elaborando una idea que rescató la esperanza de un mar de cenizas. Fue entonces cuando me di cuenta de que el juego, su juego, sólo había empezado. Él ya había tirado la primera ficha…

… y me tocaba mover a mí.