Esta sala le trae tantos recuerdos. El familiar color carmín oscuro, los detalles en madera, las tantas pinturas de oleo que relataban la historia de los siglos pasados; al igual que aquel olor a camelias que aromatizaba armoniosamente la estancia.

-¿Adelgazaste?- Pregunto la castaña.

El hombre, igualmente castaño, alzo su mirada de su bebida fría.

-Si, he adelgazado un poco.-

La atmosfera se volvió tensa.

-Realmente hace un clima esplendido.- Dijo la joven mientras se alzaba de su asiento para mirar por la ventana.

-No es el mejor momento para visitarme, Isa-chan.- Le dijo el castaño ojo verde mientras dejaba el vaso vacio en la mesa de centro.

La respiración de Isabel se trabo en su garganta.

¿Estaba enojado? Sin darse cuenta un par de lágrimas recorrieron sus mejillas.

-¿Estas…-Su voz se empezaba a quebrar.-Estas enojado?-

España no pudo evitar recordar a la pequeña Nueva España. A pesar de la situación no pudo evitar sonreír ante la memoria.

-No estoy enojado.-

-Pero yo…-Se limpio torpemente las lagrimas.-Yo no te vine a visitar y tu…Tu.-

Ella no había venido; algo realmente parecía, el estaba enfermo, delgado y cansado…Y ella no vino ni una sola vez, ni una sola carta. Nada.

-Soy una terrible persona.-

-No lo eres Isa-chan.- Antonio se alzo de su asiento hasta estar al lado de la joven latina.-Entiendo tus razones; supongo que yo también hubiera tomado esa decisión; sin duda lo quieres mucho ¿Cierto?-

Ella solo callo.

-Se tus acciones y las razones de estas, y no te reclamo y mucho menos me enojo.-Le dijo, su voz era firme y cariñosa.-Solo hay algo que te debo pedir.-

Isabel se trago los sollozos.

-¿Qué necesitas Papá España?-

-Necesito que cuides a tus hermanos, algo malo se acerca, lo se. Por eso te pido, no los dejes solos.- Le pidió con lagrimas en los ojos.-Mi pueblo se encuentra en guerra, y dudo que acabe en cuestión de meses; necesito que los cuides y los protejas. Por favor, es lo único que te pido.-

-¿Por qué me lo pides a mí?-

No se sentía capaz de aquello; sabia que sus hermanos estarían bastante cabreados con ella; y con razón, en especial Chile. No creía que la decisión de Papá España fuera la más sabia de todas.

-Por que se que eres lo suficiente capaz de cuidar de tus hermanos.- La alejo de su pecho y la miro con ojos cristalinos.-Por favor, confió en ti.-

¿Cómo podía negarse?

Querida Isabel:

Hoy ha empezado la Guerra, el golpe de estado realmente me noqueo severamente. Mi ama de llaves dice que dormí por 3 días. Últimamente he tenido muchas heridas en mi abdomen.

¿Cómo se encuentran tus hermanos?

Hace unos cuantos días recibí una carta de Colombia; se notaba preocupada. Por favor cálmala, dile que estoy bien y que en cuanto acabe la guerra la iré a visitar; al igual que a todos ustedes. También seria buena idea que le mandaras a Romano tomates.

Estaré muy ocupado encargándome del pueblo, por lo que no tendré tiempo para cosechar (hay que rezar por que los plantíos no sean destruidos) y ambos sabemos como es Romano cuando no tiene tomates.

Cuídate mucho y cuida a tus hermanos.

Con amor,

Papá España.

Esa fue la primera carta.

La había leído en su cocina mientras tomaba un vaso de horchata, bajo la sutil luz amarilla que despedía el bombillo y el suave cantar de los grillos.

Como le había prometido se haría cargo de sus hermanos; ahora mismo estaba haciendo arreglos para poder alojar a todos en su casa. Trago con fuerza, solo esperaba que no se fueran a negar.

-No querrán que los cuide.- Había dicho con certeza.

-Yo hablare con ellos.-

El había dicho que hablaría con ellos; respiro profundamente, estaba ansiosa.

Querida Isabel:

Últimamente me siento deprimido; es bastante solitario estar en una guerra civil ¿Así te sentías durante la Revolución? Debió ser duro.

Me siento asustado; no puedo dormir en las noches, y mi salud esta mala, he escupido sangre. Isabel, tengo mucho miedo, no se que hacer. Mi cabeza esta hecho un lio, empiezo a creer que estoy sufriendo esquizofrenia.

Puedo escuchar voces en mi cabeza, una me dice que apoye al pueblo pero la otra me obliga a apoyar a Franco ¿Es normal esto? Tu pasaste por algo similar ¿Alfred quizá? Necesito ayuda; me siento al borde de un risco y cada vez me voy más cerca del vacio.

¿Qué hago? Dime Isabel, dame un consejo, un consuelo…Algo.

Temo que pronto empiece a perder noción de lo que sucede a mí alrededor y mi mente se vea apoderado de aquellas voces.

Con amor,

España.

La segunda carta fue de un agrio sabor metálico. Estaba sufriendo, el dolor es tangible. Las lágrimas caen sin consentimiento.

Era una llorona ¿Qué podía decirle? Podía calmarlo diciéndole que sin duda, las voces que escuchaba era esquizofrenia. Algo común en los países cuando se vive una guerra interna, pero…Aparte de eso ¿Qué más podía decir?

No encontraba palabras en su vocabulario para brindar el consuelo necesario, era una inútil. Antes de tomar en sus manos temblorosas la pluma para escribirle aquellas palabras a su antiguo tutor leyó la otra y corta carta.

México:

Por petición de Papá Toño iremos a hospedarnos contigo. Estaremos allí el próximo Lunes.

Atentamente,

Latinoamérica.

Reconoció la letra de Venezuela. Se froto las sienes y suspiro largamente.

Estaban cabreadísimos. Serian un reencuentro de lo mas incomodo.

Isabel:

Lamento escribirte solamente cosas malas, pero…Si no te lo cuento a ti ¿A quien más podría acudir? ¿Tus hermanos, Romano? Imposible solo los preocuparía; aun así, se perfectamente que a ti tampoco te sienta de maravilla las noticias, pero a diferencia de los demás eres la mas estable y fuerte, se que estas palabras escritas no surtirán el mismo impacto que en los demás.

Lo siento, si me fuera posible, no te escribiría esto y te mantendría al margen los detalles; las batallas, las masacres. Ha de ser difícil para ti leer todo eso.

Me pregunto, ¿que haz de pensar de mí? Fui tu tutor, alguien a quien siempre buscaste para refugio, tu sostén y ahora…Ahora solo soy un cobarde que escribe su angustia en simple papel; trato de reírme, pero temo que pierdas tu respeto por mi o aun peor…Que deje de ser estable refugio del que siempre te sostienes. Perdóname por ser tan cobarde.

Con amor,

España.

¿Cómo podía el pensar eso?

Ella siempre lo respetaría, el siempre seria su refugio. Las lágrimas no paraban de caer al leer la carta y al terminarla. Lo quería ver…En verdad lo quería ver.

-No puedes poner ningún pie hasta que acabe la guerra; no te quiero en este territorio ¿Entendiste?-

Habían sido sus palabras al despedirla en el puerto de Sevilla. Tenia que hacer algo por el ¿Pero que?

Mordió la punta de la pluma en pensamiento. Una respuesta que sabría que le alegraría mucho a Papá España se formo en su mente. Si, eso haría. Le daría refugio a la gente de Papá España; era lo menos que podía hacer para agradecerle todos los años de cuidado a su tutor.

Adorada Isabel:

¿Haz sabido algo de Francis o Gilbert?

Hace tanto que no los veo; me seria de gran ayuda tenerlos aquí, por favor, si tienes noticias házmelas saber.

Estoy preocupado por ellos; antes de que esto empezara recuerdo haber visto a Gilbert muy serio ¿Estará enfermo? No sabes si hay crisis en su país, quizá también haya guerra. De Francis, del recibí una carta hace unos días; fue muy corta.

Los extraño; espero que cuando termine esta guerra pueda ir a tomar un par de copas con ellos. Si, eso seria bueno.

Por cierto, Venezuela me mando una carta; eso me hizo muy feliz, me dijo que ya habían preparado maletas para ir a tu casa. Ya se que te lo dije antes, pero cuídalos muchos.

¡Oh! Me tengo que ir, Alemania acaba de llegar. A pesar de que sea el, me siento feliz, es la primera visita que tengo desde hace tiempo, me pregunto que necesitara.

Con amor,

España.

-¿Escribiendo una carta?- La grave voz estremeció el delgado cuerpo del español.

-Si.- Fue la respuesta de Antonio al girarse para ver el rubio alto.

-¿A uno de tus hijos?- Ludwig se recargo en el umbral de la puerta.

-A Isabel.- Cuidadosamente el español doblaba la carta y la introducía a un sobre.

-¿Ella se encuentra bien?- La voz del alemán era neutral.

-Parece ser que si. La crisis no le afecto mucho.-

Ludwig asintió levemente.

-Es bueno saberlo.-

-¿Y Gilbert?- Se armo de valor para preguntar.

Los ojos azules de Ludwig se abrieron lentamente, aquellos frios ojos parecieron penetrar el alma de Antonio.

-El se encuentra muy cansado.-

-Ya veo. Espero que se recupere pronto.- La voz de Antonio contenía una sincera pena.-Espero que cuando esto acabe pueda ir a tomar un par de copas con el.-

Ludwig exhalo cansado.

-No vine para una amistosa charla, España.- Fue directo.

-Yo se que no es así, Ludwig.- Dijo el español mientras se sentaba, se sentía muy cansado.-Dime cual es tu propósito para visitarme.

Una invisible sonrisa maliciosa se formó en los pálidos labios.

-He venido a ofrecerte mi ayuda.-

La sorpresa en España era evidente.

Con un largo suspiro cerro la carta.

-¿Qué sucede?- Pregunto el joven desde su puesto en la cama.

-Me tengo que ir Alfred.- Fueron las palabras de Isabel.

-¿Por qué?- La voz de Alfred era ansiosa.

-Mis hermanos, ellos me necesitan.- Se giro, la falda de su vestido rosado elevándose ligeramente.

La mismo mano que sostuvo en la depresión ahora la retenían. No podía girar a verlo, no debía.

-No te vayas.- Le suplico en un murmullo.

Con un suave tirón se soltó.

-Ellos son mis hermanos.- Las últimas palabras que abandonaron sus labios al estar bajo el umbral.

No quería dejarlo. Pero era lo correcto a hacer. Lo había prometido, ellos eran sus hermanos y el…

El solo era…El solo era Alfred. En su mente aquel nombre cayó con más peso en su conciencia.

Ludwig se paraba derecho y con autoridad en el campamento del ejército franquista.

Unas pisadas en el suelo mojado le hicieron mirar discretamente sobre su hombro; un hombre de ojos carmín y cabello blanco le sonría con arrogancia.

-Veo que haz llegado.- Como siempre, la voz de Ludwig era autoritaria.

-¿La piezas se acomodaron en su lugar?- Pregunto Gilbert.

-Las piezas españolas están en la posición justa.- Respondió.

-Perfecto. El jefe estará feliz de saberlos.- Dijo el albino mientras se acomodaba la gorra militar.

-¿Ya han elegido un símbolo?- Pregunto Ludwig.

Gilbert rio mientras mostraba con orgullo su hombro.

Roja era la tela y un círculo blanco encerraba a la cruz esvástica.

El tablero se acomodaba y las piezas tomaban su lado. Pronto el mundo empezaria la partida mas mortal de la historia.