Sus ojos se abrieron después de un largo y agonioso tiempo en el que miles de figuras, voces, susurros, ruidos extraños y nombres desconocidos se habían manifestado en una borrosa alucinación que se reproducía a la velocidad de la luz. Gruñó un poco.

Sí... Aquel lugar le sonaba bastante... Luz clara, paredes tétricas y blancas, cortinas descoloridas, olor a desinfectante, su cuerpo envuelto en un camisón del mismo color que las sábanas de la cama en la que estaba y de las paredes que tapiaban su libertad. En su mano izquierda, dos glorietas permitían el flujo de distintas sustancias que navegaban desde unas bolsas colgadas en lo alto de un percherillo detrás de la cama hasta sus venas. Sintió su nariz obstaculizada por algo que propulsaba un gas inoloro en sus fosas nasales.

En su mano izquierda y su vientre podía apreciar un agradable calor acompañado de un ligero peso. Miró hacia abajo. Su preciado moreno estaba allí, con ella, dormido sobre su regazo. Su mano estaba atrapada bajo la de él. Sonrió todo lo que el sedante y el conducto nasal juntos le permitieron. Llevó la mano derecha, la ocupada por las vías, hacia la cabeza del joven. Acarició dulce y cuidadosamente su pelo, rastrilleando con sus dedos entre los cabellos, deteniéndose en algunos cortos mechones y levantando así el aroma del chico. Cómo lo había echado de menos... Anhelaba una situación así. Pero las circunstancias que habían llevado a su amado moreno a estar así con ella no eran para nada honestas: se había drogado. Esta vez voluntariamente. No sabía cómo reaccionarían sus conocidos al enterarse de aquello, pero lo que más le preocupaba es cómo se lo tomaría él. Era lo único que realmente importaba.