Leah se rehízo las trenzas por quinta vez aquella mañana mientras daba vueltas por el dormitorio y Dan resopló al verla, levantando la vista de su manual de Encantamientos.
- Me estás empezando a poner nervioso. – Dijo el chico. – ¿Quieres parar?
- Lo siento. – Contestó antes de dejarse caer en la cama.
- ¿Por qué no le preguntas de una vez? Ambos sabemos que no te van a dejar de todas formas así que, ¿para qué posponerlo más?
- No puedes estar completamente seguro de eso.
- Pues ve a hablar con mamá entonces. – Dan sonrió y negó con la cabeza. – Pero como lo consigas más les vale dejarme ir con Alex al cine.
La chica se puso de pie y tomó aire un par de veces. Si quería salir con Chad aquella noche tenía que hacer aquello. Salió del cuarto de su hermano con paso decidido y se dirigió hacia el despacho de su madre. Tenía el día libre, pero sabía que estaría allí – siempre estaba detrás de su escritorio revisando papeles, especialmente desde que aquel grupo había empezado a cobrar fuerza –. Llamó un par de veces y abrió.
- ¿Puedo pasar?
- Sí, claro. – Lizzy le dedicó una sonrisa y señaló la silla frente a ella con la mano. – Siéntate.
- Bien. – Leah sonrió. Aunque su madre trabajaba mucho siempre podía contar con ella para cualquier cosa, desde que era pequeña. No le importaba que la interrumpiera, ni aunque solo se tratara de una tontería. – Quería pedirte algo, mamá.
- Tú dirás.
- ¿Me dejas salir esta noche?
- ¿Qué? – La mujer enarcó una ceja. – Leah, ya hemos hablado de esto. A nosotros tampoco nos gusta teneros encerrados, pero es por vuestra propia seguridad.
- Será solo un rato, me quedaría en la zona muggle e iría con Chad.
- ¿Con Chad?
- Sí, ¿te acuerdas de él? El chico que vino a verme al hospital. – Dijo, tratando de quitarle importancia.
Lizzy suspiró. Claro que se acordaba de él y de la conversación que había tenido después con James, la misma que habían vuelto a tener después de la pequeña confesión del almuerzo de Navidad – su marido había estado a punto de obligarla a subir al cuarto de la chica para hablar con ella alegando que ella le había hecho lo mismo a él con Dan y que aquello era una prueba de que tenían que mantener aquella conversación antes de que fuera demasiado tarde, aunque finalmente había conseguido evitarlo–. Sabía que no le quedaba otra que hacer aquello, aunque no le apetecía nada.
- Chad es tu ¿novio?
- ¿Qué? No, mamá. – La chica se puso roja. – Somos solo amigos.
- Leah, yo también tuve tu edad y tu padre y yo fuimos "solo amigos" durante bastante tiempo.
- No hacía falta contarme eso. – Puso los ojos en blanco y su madre suspiró. – Hay cosas que los hijos no queremos saber y sé que los padres tampoco. No es que no tenga curiosidad, pero casi que prefiero no saber esas cosas.
- Ya bueno, pero sabes perfectamente que siempre te he dicho que podemos hablar de cualquier cosa.
- ¿De esto también?
- Sí, cielo. – Forzó una sonrisa antes de preguntar. – Entonces, ¿qué ocurre con Chad?
- ¿De verdad quieres saberlo? – Lizzy apartó la mirada un poco nerviosa y ella sonrió de medio lado. Acababa de entenderlo todo. – No irás a darme la charla, ¿verdad?
- Creemos que es lo apropiado, ya tienes una edad y…
- Y llegáis tarde.
- ¿Cómo de tarde? – Preguntó. Se había imaginado aquello, pero nunca había creído que su hija se lo diría de forma tan directa.
- ¿De verdad quieres saberlo? – Repitió. Su madre asintió un poco asustada y ella se encogió de hombros. – Unos dos años y medio.
- Por Merlín, que no se entere tu padre o le dará un infarto.
- No tengo intención alguna de que lo sepa. – Leah sonrió. – Mira mamá, tengo mucho cuidado, siempre tomo precauciones y no voy a quedarme embarazada, ¿te vale con saber eso?
- Sí, supongo. – Lizzy asintió lentamente. – Sigue teniendo cuidado.
- ¿Puedo salir con Chad entonces?
- Ya te he dicho que esto es por vuestra propia seguridad, no puedo dejar que te vayas sin más.
- Por favor, mamá, será solo un rato, volveré temprano e iré solo a lugares muggle.
- Sigue siendo peligroso.
- Necesito salir de aquí y despejarme. – Insistió Leah. – La casa se me está cayendo encima, no puedo seguir aquí encerrada. Ya os he demostrado que sé defenderme pero, de todas formas, no me separaré de Chad.
- A tu padre no le va a parecer bien.
- Entre las dos podemos convencerlo, lo sabes tan bien como yo. – La chica sonrió. – Venga, mamá. Estaré aquí a las dos.
- A la una.
- Una y media.
- No. – Lizzy se cruzó de brazos. – Queda con él más temprano, pero a la una te quiero en casa.
- Está bien. – La chica suspiró. – A esa hora volveré.
- Y tendrás muchísimo cuidado.
- Desde luego, mamá. – Leah se levantó del asiento y corrió a abrazarla. – Gracias, de verdad. Te quiero mucho.
- Yo a ti también. – Le dio un beso en la mejilla y sonrió.
- Voy a avisarlo.
La mujer asintió y su hija salió corriendo hacia la planta de arriba. Conjuró un patronus por las escaleras y lanzó un grito de felicidad nada más entrar a la habitación de su hermano.
- ¡Lo conseguí, lo conseguí!
- No me lo puedo creer. – Dan se levantó de la silla y le dedicó una mirada incrédula. – Estás de broma, ¿verdad?
- No, tengo permiso para irme con Chad por ahí hasta la una. Estoy esperando su respuesta pero, ¡por fin podré salir de esta cárcel!
- No es justo. – Salió del dormitorio y se dirigió hacia el despacho de su madre. Abrió la puerta y ella levantó la cabeza. Ya sabía a lo que venía su hijo. – ¡Mamá, si Leah puede salir, yo también!
- Ni un minuto… - Suspiró. – ¿Tú dónde quieres ir, Dan?
- Al cine y a cenar con Alex.
- Hoy no. No pienso teneros a los dos fuera de casa al mismo tiempo. – Contestó Lizzy. – No os alejéis de la zona muggle y no volváis tarde.
- ¡Gracias, mamá!
Él también la abrazó y ella suspiró. A ver cómo le explicaba aquello a James. Iba a necesitar, desde luego, mucha ayuda.
Aquella misma noche Leah entró a un bar muggle de dudoso aspecto. Llevaba un vestido un poco por encima de la rodilla rojo de manga larga, unas medias oscuras, tacones y su chaqueta de cuero. Su padre había puesto el grito en el cielo al enterarse de los planes que tenían sus hijos pero al final habían logrado convencerlos entre todos – aunque con un poco de ayuda de su abuela Ginny que llegó a visitarlos y los pilló en medio de la discusión –. La chica se sentó en un taburete en la barra y se desabrochó la chaqueta.
- ¿Qué te sirvo, guapa? – Le preguntó el camarero, recorriéndola con la mirada.
- Un gin-tonic. – Pidió de forma seca.
- Marchando, preciosa. – Le guiñó el ojo y comenzó a prepararlo. – ¿Vienes solita?
- No. – Contestó. – Estoy esperando a un amigo.
- ¿Puedo ser yo también tu amigo, bombón?
- Si me dices un solo piropo más…
- Vaya, una chica difícil. – Volvió a guiñarle el ojo y ella resopló. Le dio el vaso y volvió a sonreírle. – Aquí tienes.
- Gracias.
Lo cogió y se lo llevó a los labios, aunque se detuvo antes de beber. No se fiaba de aquel hombre, lo mejor sería comprobar que todo estaba bien. Aprovechó que el camarero se había ido a servirle unas cervezas a unos para sacar la varita y hacer un hechizo rápido para ver si podía beberlo o no. Benditos manuales de Pociones que servían para más cosas de las que parecían. Al ver que todo estaba bien, empezó a beber. La puerta no tardó en abrirse y Chad entró. Le hizo un gesto con la mano y él sonrió.
- Creía que no llegabas. – Le dijo en cuanto llegó hasta ella. Se sentó y le dio un beso en la mejilla.
- Menudo sitio has elegido. – Murmuró él.
- Aquí no nos buscarán.
- Quizás los aurores cuando alguien nos mate. – Comentó Chad con ironía.
- Pero nadie de ese grupo me encontrará aquí. – Puntualizó la morena con un deje de amargura en la voz. Bueno, nadie salvo él, claro estaba. Estaba completamente loca y no entendía cómo podía seguir con aquello después del ataque, pero aquella noche no quería analizarlo todo. Solo quería estar un rato con Chad sin pensar en nada más.
- Leí cosas en El Profeta y supuse que tendría algo que ver con vosotros, ¿qué ha pasado exactamente? – Preguntó él, fingiendo que no sabía nada. Todavía estaba furioso por el ataque. Se suponía que ella era su misión, que nadie iba a hacerle daño, pero claro, no podía hacer nada más que quejarse, y ni siquiera muy alto si quería conservar su vida. Había sido todo idea del líder.
- Estábamos de compras y le lanzaron una maldición a Lyra. – Resumió ella. – Por suerte tanto la auror como yo fuimos rápidas.
- Menuda locura…
- Sí, hay gente que no tiene principios. – Dijo Leah con mordacidad. No entendía cómo él podía actuar con tanta naturalidad con ella y pertenecer a ese grupo.
- Lyra está bien, ¿verdad? – Preguntó, verdaderamente preocupado.
- Sí, tranquilo. La llevé a San Mungo a tiempo y pudieron detener la maldición antes de que se extendiera.
- ¿Y tú?
- Mentiría si dijera que no quiero acabar con ellos como sea. – Susurró.
- Vaya, veo que tu amigo ya ha llegado. – El camarero los interrumpió. Chad enarcó una ceja y el hombre se encogió de hombros. – ¿Qué te pongo, chico afortunado?
- Un whisky con soda.
- Y dos chupitos de tequila. – Pidió Leah.
- Otros dos para mí.
- En seguida os lo traigo.
Ambos se quedaron en silencio. Él cogió la mano de la chica y empezó a jugar con sus dedos, con la vista fija en estos. Le había preocupado bastante su comentario. No iría a hacer ninguna tontería, ¿verdad? Sabía que Leah era muy impulsiva y que no dudaba a la hora de enfrentarse a la gente. No podía permitir que algo le pasara, pero entendía cómo se sentía. Él también querría acabar con ellos si fuera ella. A lo mejor podía hacer algo para ayudarla, aunque fuera un gesto mínimo.
- Así que buscas revancha, ¿no? - Se atrevió a decir.
- No puedo quedarme de brazos cruzados como tú entenderás. – Murmuró la morena. – Si pudiera saber dónde se reúnen…
- Yo buscaría un lugar apartado, quizás a las afueras de algún pueblo mágico. – Dijo Chad lentamente haciendo que Leah lo mirara con sorpresa. No se había esperado aquello. – ¿Godric quizás? Puede ser. Yo iría allí, es un lugar con mucha magia e historia.
- Sí, puede ser un buen lugar. – La chica no podía creerse aquello. ¿Le estaba revelando dónde se veían? ¿Por qué? Sabía que no era una trampa, ¡era Chad!, pero no lograba comprender por qué se lo contaba. A lo mejor estaba molesto por el ataque.
- Yo iría allí, aunque tendría mucho cuidado. Puede que sean muchos.
- Aquí tenéis chicos. – El camarero volvió a interrumpirlos y ambos lo fulminaron con la mirada. ¿Por qué no podía dejarlos tranquilos? Él pareció captarlo porque se alejó rápidamente de ellos. – Avisadme si necesitáis algo más.
Leah cogió uno de los vasos de chupito y lo levantó.
- Brindemos.
- ¿Por la venganza? – Chad también cogió otro y lo levantó sonriendo.
- Por la justicia.
Poco después abandonaron el bar y fueron a un pub muggle algo más animado. Lo único que había pedido Leah aquella noche era que la llevara a bailar y eso hizo él. Estuvieron allí hasta que dieron la una y la chica tuvo que volver a su casa. Salieron y buscaron un callejón donde poder desaparecerse con tranquilidad.
- Prométeme que tendrás mucho cuidado. – Le pidió Chad antes de besarla con ternura. – No quiero que te pase nada, Leah.
- Tranquilo, no puedo siquiera salir de casa, mis padres están paranoicos, ya te lo he dicho. – Dijo ella, con una media sonrisa. Le estaba realmente agradecida por la información. – No te preocupes por mí.
- No puedo evitarlo.
- Tengo el ángel que me enviaste para protegerme. – Rozó el colgante con los dedos y ambos sonrieron.
- Espero que te sirva.
Volvieron a besarse una última vez antes de marcharse cada uno hacia su casa. Leah apareció en el salón, donde sus padres la estaban esperando. James y Lizzy suspiraron aliviados al ver que su hija estaba a salvo y los tres se fueron a dormir, aunque la más joven tardó bastante en conseguir pegar ojo. Tenía un plan.
