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Hacía dos días que Stefan estaba encerrado en el sótano. Dos días que la sed le consumía. Pero lo peor no era eso, sino el hecho de que su subconsciente le atormentase trayéndole recuerdos de la peor decisión que había tomado en su eterna vida. Los recuerdos de la noche en que su vida y la de su hermano cambiaron para siempre habían estados enterrados en su mente durante siglo y medio, pero ahora volvían en proyecciones vívidas y solo lograban odiarse más a sí mismo.

Un grupo de hombres liderados por Jonathan Gilbert metieron a un vampiro en una celda móvil tirada por caballos. Damon y Stefan les observaban atentamente ocultos entre los árboles, esperando el momento oportuno para rescatar a Katherine.

-Vamos a la iglesia, nos esperan –le dijo Jonathan a sus compañeros.

-Acércate por detrás –le indicó Stefan a su hermano-, yo los distraigo. ¡Vamos!

Damon se separó de él, mientras que este salió de su escondite y llamó la atención de los caza vampiros.

-¡Aquí! He visto a otro, ¡de prisa! Ayudadme –pidió él antes de salir corriendo hacia el bosque.

-¡Coged las armas! –le dijo Jonathan a los hombres, siguiendo a Stefan.

Un único guardia se quedó vigilando el carro donde encerraron a los vampiros. El chico estaba tan asustado y nervioso que no fue capaz de ver a Damon hasta que este le golpeó en la cara y lo dejó inconsciente.

Damon le quitó las llaves de la celda y su hermano se unió a él y ambos abrieron la puerta.

-No tenemos mucho tiempo –le apresuró Stefan.

-Katherine... –la llamó Damon al encontrar a la chica tumbada en el suelo, rodeado de otros vampiros.

Los hermanos sacaron a la vampira de la celda y la tumbaron en el camino para poder quitarle la mordaza que tenía en la boca y las ataduras impregnadas en verbena de sus manos.

-Te sacaremos de aquí –prometió Damon a la chica.

-¡Damon, de prisa! –le apremió Stefan cuando empezó a escuchar voces acercándose a ellos.

-¡Allí! –gritó una voz.

Acto seguido, se escuchó un disparo que sobresaltó a los tres. Stefan no supo de dónde vino, pero sí que vio cómo su hermano caía desplomado al suelo.

-¡No! –gritó el chico corriendo hacia él-. ¡No! Damon... –murmuró este al ver cómo su hermano expiraba y el último brillo de vida desaparecía de sus celestes ojos.

Stefan alzó la vista y vio a un grupo de humanos corriendo hacia ellos, con antorchas encendidas y escopetas en mano.

El chico cogió el arma del guardia que dejó inconsciente Damon y la alzó en la dirección de los caza vampiros. No tuvo la oportunidad de apuntar hacia ellos, puesto que un hombre disperso del grupo le pegó un tiro en el pecho. Stefan cayó al suelo agonizando, sabía que iba a morir. En un último movimiento, miró los ojos inertes de su hermano para después dirigir la vista hacia Katherine. Les había fallado, les había fallado a ambos.

-Stefan–le llamó la voz de su hermano-. Stefan...

La voz sonaba lejana, pues él aún continuaba sumergido en su recuerdo.

El chico seguía contemplando el rostro de Katherine, pidiéndole disculpas con la mirada. La vampira vocalizó un "Te quiero" mientras este daba sus últimas bocanadas de aire. Lo último que vio antes de morir fue cómo los humanos volvían a encerrar a Katherine en la celda.

Stefan seguía sin volver en sí, por lo que Damon decidió salir de la celda donde lo encerraba y dejarle allí. Ya volvería a intentarlo más adelante.

-¿Crees que es buena idea tenerlo encerrado ahí? –inquirió Elena.

-No podía dejarlo suelto comiéndose gente mientras el Consejo busca vampiros –explicó Damon algo burlón.

-¿Y no tiene nada que ver con que te preocupas por él? –le indicó ella, pues sabía que el chico se preocupaba por su hermano aunque intentase negarlo.

-No es lo mío –dijo Damon evasivo, subiendo a la casa con Elena caminando tras él.

Stefan, por su parte, volvió a sumergirse en sus recuerdos.

Abrió los ojos confuso. Había muerto, lo sabía. ¿Cómo era posible que volviese a abrir los ojos? Miró a su alrededor y no comprendió cómo había llegado hasta allí. ¿Qué había sucedido?

Al mirarse la camisa, Stefan vio la mancha de sangre que había provocado su herida. Se desabrochó la blanca camisa y vio que la herida había desaparecido. ¿Cómo era posible? ¿Y por qué tenía un enorme anillo azul en su dedo corazón de la mano derecho con una "S" grabada en él? Todo era tan extraño...

-Katherine me dijo que te lo hiciera hace tiempo –le explicó Emily Bennett, apareciendo junto a él.

-¿Dónde estamos?

-En la cantera. Al norte del pueblo. Mi hermano y yo te trajimos anoche. Te encontramos muerto.

-¿Dónde está Damon? –se preocupó el chico.

Como respuesta, Emily miró hacia el lago, donde estaba Damon. Estaba sentando, con el pecho descubierto y la mirada perdida en el horizonte.

En ese momento, Stefan comprendió lo que sucedía.

-¿Soy... Soy un...?

-Aún no. Estás en transición.

-¿Pero cómo? –preguntó él levantándose del suelo-. Yo no...

-Tenías sangre de Katherine en las venas al morir.

-No, yo nunca...

-Hace semanas que te obligaba a beberla, Stefan.

-¿Y Damon?

-Con él no fue necesario. Él bebió voluntariamente.

Stefan estaba confuso, habían pasado demasiadas cosas en tan poco tiempo. Tanta información le abrumaba.

Fue a sentarse con su hermano, pero este empezó a hablar antes de que lo hiciera.

-Me desperté y no sabía dónde estaba. Fui a la iglesia y vi cómo la arrastraban dentro. Entonces, la incendiaron. La iglesia fue pasto de las llamas –explicó él para después mirar a su hermano a los ojos-. La han matado. Se ha ido.

Stefan vio al fin su rostro, era la primera vez que lo veía tan abatido. De no ser porque su hermano nunca permitiría que le viesen llorar, en ese momento lo estaría haciendo.

00000

Damon estaba en el salón de la mansión, observando atentamente el reloj de Jonathan Gilbert que le había dado Pearl. ¿Por qué tendría John tanto interés en un reloj de bolsillo roto? ¿Qué tipo de invento sería? ¿Funcionaría?

-¿Has averiguado qué es eso? –le preguntó Elena entrando en la sala.

-No. Sea lo que sea no funciona.

-¿Pearl no te dijo nada más? –inquirió ella sacando ropa de una bolsa de viajes.

Desde de que encerraron a Stefan en el sótano, Elena se había quedado en casa de Damon. Prácticamente vivía allí. Había logrado convencer a su tía de que el chico necesitaba su apoyo y ayuda con un asunto familiar y esta había aceptado con la condición de que no se saltase las clases y que fuese a casa para las comidas. A Elena la pareció una oferta magnífica, por lo que la aceptó sin dudarlo.

-Ella creyó que era el detector de vampiros, pero parece un reloj... Jonathan Gilbert era un científico loco –se burló él, para después ponerse serio-. ¿Has hablado con tu tío?

-Intento evitarlo, la verdad. Además, casi estoy viviendo aquí –sonrió ella.

-¿Vas a volver esta noche? -le preguntó Damon, girándose para verla.

-¿Quieres que lo haga? –le dijo la chica con voz seductora, sonriendo divertida al ver la esperanza de una respuesta afirmativa brillando en los ojos de él.

-Si tú quieres... –respondió el vampiro, intentando aparentar indiferencia.

Elena se mordió el labio inferior al verle tan sexy con ese jersey negro tan ajustado a su espectacular figura. Se sentía tentada a sumergirse en el contacto con su perfecto cuerpo, en la calidez de sus caricias, pero tenía que contener sus impulsos. Si llegaba tarde a clase, su tía no la dejaría quedarse más a dormir.

-¿Te gusta lo que ves? –sonrió pícaramente Damon, quien se había movido a velocidad vampírica y estaba a escasos centímetros de ella.

-Tengo que irme –se apresuró a decir Elena, sabiendo que sino se iba ya no lo haría nunca.

La chica le dio un beso de despedida que él se negó a que así fuese, puesto que alargó el beso todo cuanto pudo.

-Damon... –le advirtió ella contra sus labios-. Voy a llegar tarde a clase.

-No te vayas –pidió él volviéndola a besar.

-Tengo que hacerlo –dijo la chica intentando recoger toda la fuerza de voluntad que le fue posible-, sino no podré quedarme a dormir esta noche.

Damon refunfuñó, pero acabó cediendo. Por nada en el mundo estaría dispuesto a perder la oportunidad de pasar una noche con ella.

-Nos vemos luego –le prometió Elena dándole un último beso de despedida.

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Jeremy caminaba por el exterior del instituto, de camino a su primera clase de la mañana. Andaba distraído con su mochila a un hombro, la capucha de la sudadera puesta y los auriculares para escuchar música.

Alguien apareció por detrás de él y le quitó uno de los auriculares. Iba a protestar, pero una sonrisa apareció en su rostro a ver de quién se trataba.

-Sorpresa... –sonrió Anna.

Jeremy se bajó la capucha y se terminó de quitar los auriculares, para luego pasarse el cable por detrás del cuello.

-¿Qué estás haciendo aquí?

-Recoger esto –respondió ella entregándole un papel.

-¿Un horario de clases?

-Desde mañana estudio oficialmente aquí.

-Estás de coña, ¿verdad?

-No, al final convencí a mi madre –dijo ella ilusionada dándole un golpecito divertido en el hombro.

-¿Por qué quieres ir al instituto? Qué rollo...

-¿Necesitas que te lo diga?

-¿Vas a aguantar esto solo por estar conmigo?

-Sí. Así es –se sinceró la chica.

-Eso es...

-¿Estúpido? ¿Patético? ¿Vuelve la acosadora?

-Increíble –terminó él la frase, haciéndola sonreír-. Increíble –repitió posando una mano sobre la mejilla de ella e inclinándose para besarla.

00000

Damon fue a hacer una visita a su hermano, el cual estaba ahora sentado sobre la improvisada cama.

-Deberías comer –dijo el chico mostrándole a través de los barrotes de la puerta una botella de plástico con sangre-. Dieta Stefan cien por cien –al ver que este no se movía, continuó hablando-. ¿Sabes lo que pasará sino comes? Acabarás podrido y reseco.

-No tengo hambre –respondió Stefan sin mirarle.

-Claro que sí, es un hambre eterna. Toma –dijo poniendo la botella apoyada contra los barrotes-. Ya has eliminado la sangre humana, ¿quieres decirme por qué sigues aquí auto compadeciéndote? Vamos, bebe –le instó tirando finalmente la botella a la celda.

Stefan alzó levemente la vista hacia la botella pero volvió a bajarla, negándose a beber.

-Vale, tú muérete. Me da igual –le dijo Damon yéndose de allí, pues le dolía ver cómo su hermano se autodestruía de esa forma.

Damon estaba en la biblioteca cuando le llamaron al teléfono.

-¿Hola?

-Hola, soy Alaric Saltzman.

-¿De dónde has sacado este número? –se extrañó él.

-Es un misterio... Escucha, he estado indagando sobre el tío de Elena. ¿Te interesa?

-¿Indagando?

-Tengo un amigo que hizo criminología cuando estábamos en la universidad. Digamos que se le da muy bien indagar.

-¿Y ha encontrado algo?

-La pedí que examinara los registros telefónicos de John –explicó Ric-. Recibió varias llamadas de un número, el mismo que marcó Elena cuando habló con Isobel. Pero ese número se desconectó.

-Isobel conoce a John, ya lo sabemos.

-Sí, pero ahora recibe llamadas de otro número y mi amigo ha podido localizarlo. Tengo la dirección, es una casa en GroveHill.

-¿Isobel está en GroveHill?

-No lo sé, podríamos echar un vistazo –propuso el humano.

-Perfecto, dime dónde es.

-¿Para que vayas sin mí? No, creo que no.

-Vamos, intentaste matarme.

-Tú me mataste a mí.

Damon escuchó un pitido en el móvil, indicándole una llamada entrante.

-Espera –le pidió a Ric para contestar a la llamada de Elena-. Dime.

-Voy para allá. ¿Cómo está Stefan?

-Extra depre. Espera –le dijo para volver a su conversación con el profesor-. Vale, te espero en una hora.

-Bien –accedió este, colgando la llamada.

-No quiere comer nada –le explicó Damon a su novia.

-¿Y qué vas a hacer?

-Ya se le pasará. Pero oye, tanta atención a Stefan va a hacer que me ponga celoso.

-Pues no tienes motivos para ello, me gusta el hermano malo.

-¿Así que ahora soy malo? –fingió él sentirse ofendido.

-Eres mi chico malo, sí. Y no sabes cuánto me gusta eso... –dijo ella con voz seductora.

-Hmm... No tardes mucho en venir –pidió él deseoso de volver a estar con la chica.

-Enseguida estoy allí.

Nada más colgar el teléfono, Elena se sobresaltó al ver a su tío junto a la puerta de su dormitorio.

-Lo siento –se disculpó él.

-Tío John... Qué susto.

-Tenemos que hablar. Casi no nos hemos visto.

-Lo siento, iba a salir. Así que...

-Será un momento –insistió el hombre.

-¿De qué quieres que hablemos?

-Bueno, creo que lo sabes.

-¿Saber qué?

-¿Para qué seguir fingiendo? ¿Qué crees que diría tu madre si supiera que sales con un vampiro?

-¿Qué madre? –le desafió ella, haciéndole saber que sabía la verdad sobre su verdadera madre.

Sin esperar respuesta por parte de él, Elena salió de la habitación dejándole allí.

00000

Stefan seguía sin beber la sangre que Damon le había traído y, una vez más, sus recuerdos volvieron a golpear su cabeza con fuerza.

Damon seguía sentado frente al lago, perdido en sus pensamientos. Stefan cogió un cubo de agua y limpió sus camisas.

-Jonathan Gilbert ya se lo habrá dicho a Padre –dijo el menor de los hermanos-. ¿Qué pensará de nuestra muerte?

-No le importa. Nos traicionó.

-Él quería protegernos, Damon. Quería proteger al pueblo.

-Agg –se quejó este cuando un rayo de sol iluminó directamente sus ojos-. Me arden los ojos.

-Es el proceso. Los dolores, los nauseas... Emily dice que nuestro cuerpo nos pide sangre para completar la transición.

-Eso no va a pasar.

-¿Ya lo has decidido? –preguntó Stefan-. ¿Vas a morir?

-¿Tú no? Se trataba de estar con Katherine, pero se ha ido. Se acabó.

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Damon le había explicado a Elena que Stefan se negaba a beber. Esta estaba preocupada, pues se sentía culpable. En cierto modo, si el vampiro estaba en esa situación era por culpa de ella, por insistirle para que bebiese su sangre. No tenía que haberlo hecho, no tuvo derecho a obligarle a hacer algo que no quería, a convertirle en el monstruo, como él mismo denominaba, que le hacía ser la sangre humana.

Elena estaba sentada en el regazo de su chico mientras hablaban.

-Solo está en plan dramático –intentó tranquilizarla él-, no va a matarse de hambre.

-¿Y por qué no come?

-Se siente mal por lo que hizo, es lo típico: Stefan el mártir. Se le pasará.

-¿Podrías quedarte de niñera un rato? –le pidió Damon poco después, jugando con el cabello de la chica-. He quedado con el profesor.

-¿Alaric? –se extrañó ella, girándose para acabar sentada a horcajadas sobre él-. ¿Ahora sois amigos?

-Yo no tengo amigos, Elena –respondió este ¿con algo de pena?

-Me tienes a mí. Me gustaría que pensaras en mí no solo como novia, sino también como amiga, como alguien en quien confiar y revelar tu alma –dijo ella retirándole de la cara los flequillos del pelo.

-Eres la única persona en quien confío realmente –confesó él juntando sus frentes-. Mi alma te pertenece. Lo eres todo para mí. No sabes cuánto te necesito...

-Yo también te necesito. Sin ti no sería capaz de superar todo esto. Eres mi fuerza –dijo ella hundiendo los dedos de sus manos en el pelo de él.

-Y tú mi humanidad –respondió el vampiro dándole un beso en los labios-. Tengo que irme ya.

-No... –se resignó la humana a dejarlo ir, devolviéndole el beso.

-Ric me espera –insistió él.

-Vale... Pero no vengas muy tarde –condicionó ella.

-De acuerdo.

-Y ten cuidado.

-Si tú me prometes guardar las distancias con Stefan. Nada de acercarse demasiado a la celda y, mucho menos, entrar en ella.

-Hecho –aceptó el trato la joven, sellándolo con un beso.

Damon se levantó del sofá y se puso la cazadora para salir.

-No pasará nada –aseguró ella-. Tranquilo.

-¿Sabes? Confías mucho en él, dadas las circunstancias –dijo él pensando en el incidente que tuvo la chica con su hermano, ese en el que ella casi muere.

-Tú también, de lo contrario no te irías –respondió Elena, refiriéndose al hecho de que Damon confiase en que su hermano acabaría bebiendo sangre animal y volviendo a ser el mismo. Además, si Damon creyese que Stefan sería un peligro para la chica, ni por asomo la dejaría sola con él.

-No tardaré –prometió el chico.

00000

John estaba tomando una copa en el Grill cuando una mujer se acercó a él.

-Señor Gilbert...

-Pearl –saludó él-. Es un placer. Lo reconozco, me sorprende verte.

La vampira tomó asiento frente a él.

-Jenna me ha dicho que quería discutir la venta personalmente.

-Venir a verme aquí ha sido bastante arriesgado –le advirtió él.

-No soy estúpida, señor Gilbert. Ya sabía quién era cuando me pidió que viniera.

Tras una pausa algo incómoda, ella prosiguió.

-Damon me dijo que busca el objeto que le robé a Jonathan. Comprenderá que no tengo intención de dárselo.

-Por eso te he hecho venir. Pienso hacerte cambiar de idea.

-¿De verdad? ¿Cómo?

-Con el encanta de los Gilbert –sonrió él irónicamente-. Sé que tienes debilidad por nosotros. ¿Quieres tomar algo?

00000

Aprovechando que su hermana estaba en casa de Damon y no podría oírles, Anna fue a la habitación de Jeremy. Ambos estaban tumbados en la cama hablando.

-Así que tu madre estaba enamorada de Jonathan y él la traicionó.

-Sí.

-Y ahora mi tío John quiere ese invento o lo que sea que ella le dio a Damon.

-Más o menos –sonrió ella.

-John mencionó que había más diarios, por eso debe saberlo todo –intuyó el joven.

-¿Vamos a hablar de esto toda la noche? –dijo ella sentándose de rodillas frente a él-. Te lo he contado todo... –añadió agachándose un poco para besarle-. Y quizá no debería, porque podemos meternos en un buen lío.

El chico la rodeó por la cintura y la hizo caer en la cama, quedando debajo de él.

-Yo no pienso decir nada.

-Tu tío nos quiere muertas –afirmó Anna colocando una mano detrás de la nuca de Jeremy.

-Eso no lo sabes... –dijo él tumbándose junto a ella.

-Sí, lo sé. Nos odia, Jeremy.

-Pero yo no.

-No –sonrió ella-. Tú eres muy distinto.

-¿Sí? ¿Y qué es lo que soy?

-Mi punto débil.

La pareja empezó a besarse con pasión. Sus lenguas se entrelazaron y pronto sus manos empezaron a recorrer el cuerpo del otro.

Se pusieron de rodillas sobre la cama. Jeremy se quitó la camisa y ella acarició sus pectorales. Después, el chico la ayudó a quitarse su propia camiseta, quedando ella en sujetador.

Entre cálidos besos, Jeremy volvió a tumbar a la chica en la cama. Estaba a punto de desabrocharle el sujetador cuando recordó una cosa.

-No quiero que Jenna nos pille.

-Está en la cocina –le indicó ella agudizando el oído-. Ha abierto el frigorífico.

-¿Puedes oír eso? –se sorprendió él, a lo que esta asintió-. Pues es genial... –sonrió el chico volviendo a retomar por donde lo habían dejado.

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Damon y Alaric llegaron a la dirección que el amigo de este último les había dado. Según sospechaban, Isobel podría estar ahí.

-Es aquí –indicó el humano-. Han pagado tres meses por adelantado.

-Vamos a ver... –dijo el vampiro llamando a la puerta-. No sé si voy a poder entrar.

-¿Cómo funciona eso? ¿Siempre te tienen que invitar?

-El dueño o residente habitual. Alquileres y hoteles son una zona gris, nunca sabes qué va a pasar.

Al ver que nadie iría a abrir la puerta, Damon se dispuso a forzar la cerradura.

-¿Podemos no matar a nadie hoy? –pidió Ric.

-¿Solo me has traído para que te haga compañía?

Una vez abierta la puerta, el vampiro le hizo una señal al profesor para que pasase primero.

-No parece que haya nadie en casa –dijo este último.

Damon estiró una puerta hacia más allá del umbral de la puerta, comprobando que podía pasar.

-¡Sí! Puedo entrar. Parece que no hay residentes permanentes.

La casa estaba en penumbra y parecía no haber nadie en ella. Ambos caminaron con precaución. Damon, como siempre, no pudo evitar cotillear un poco. Cuando abrió el frigorífico se sorprendió al ver que había bolsas de sangre dentro.

-Ahh... Ric –le llamó él-, tenemos compañía.

En el momento en que Alaric se giró para mirar hacia él, un vampiro apareció de la nada y cogió al profesor de la solapa de la cazadora, empotrándolo contra la pared y mostrándole los colmillos.

Ric golpeó al vampiro en el pecho con un puño americano con pinchos de madera. Este cayó dolorido al suelo. Cuando volvió a cargar contra el humano, Damon le dio un golpe y lo hizo caer de nuevo.

-Chicos, chicos... –les riñó Damon-. Ya está bien. Te conozco –dijo al mirar al vampiro a la cara.

-¿Damon? –se sorprendió este.

-Eres Henry, estabas en la tumba.

-Sí, señor –sonrió él-. ¿Qué haces aquí?

Damon le dijo que era amigo de John, por lo que el vampiro pareció alegrarse, incluso le ofreció una bolsa de sangre para beber.

-Dime, ¿de qué conoces a John Gilbert?

-Ah, de hace años –mintió Damon-. Es un buen amigo. ¿Y tú de qué?

-Le conocí cuando salí de la tumba. Me ha estado ayudando.

-¿Cómo te ha ayudado? –intervino Alaric.

-A adaptarme –sonrió Henry-. Es un mundo nuevo: coches, ordenadores, webs de contactos... Hay mucho que aprender. Él me consiguió esta casa.

-¿Y vives aquí solo o hay alguien más contigo? –inquirió Ric de forma intimidante.

-Es su forma pasivo-agresiva de preguntar si conoces a una mujer llamada Isobel – intervino Damon, tratando de calmar el ambiente.

-Ah, no –respondió el vampiro-. No conozco a ninguna Isobel, solo a John. Es mi único amigo. Él me lo ha enseñado todo: usar el microondas, poner la lavadora...

-¿Y tú qué haces por él? –preguntó el profesor.

-Le tengo informado sobre los otros, los de la tumba. Siguen cabreados con el Consejo por intentar quemarlos vivos. Yo paso, pero esos chicos quieren venganza.

-¿Y John, qué quiere de ellos?

-Solo está vigilándolos, ¿entendéis? –dijo Henry mirando a ambos-. Para que no se metan en líos.

-¡Así es John! –sonrió falsamente Damon-. Siempre ayudando.

El móvil del vampiro empezó a sonar.

-Es John –sonrió este al ver quién llamaba.

-Oh, espera. Déjame hablar con él –pidió Damon.

-Claro –accedió él entregándole el móvil.

El teléfono seguía sonando sin que Damon lo cogiese.

-¿No vas a contestar?

-¿Tengo que... contestar? –preguntó Damon mirando a Alaric, el cual negó con la cabeza.

-¿Por qué no? –inquirió Henry empezando a ponerse nervioso.

A Damon se le marcaron las venas de los pómulos y el chico se giró con los colmillos afilados para enfrentarse a Alaric, pero Damon le detuvo. El humano le clavó una estaca en el corazón de inmediato y este cayó al suelo inerte.

-No matemos a nadie esta noche –se mofó Damon dándole una palmadita a Ric en el hombro-, ¿recuerdas? Lo has dicho tú.

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Elena fue a ver si su cuñado había tomado ya la sangre que Damon le había llevado. Tal y como este le había pedido, mantuvo las distancias y no entró en la celda. La chica se quedó detrás de la puerta.

-¿Cómo estás? –le preguntó, pero al ver que no respondía, volvió a hablar-. Damon dice que tienes que beberte eso –indicó mirando la botella de sangre-. Lo necesitas, Stefan.

El vampiro ignoraba sus palabras.

-No podrás sobrevivir –insistió ella.

-No quiero sobrevivir –afirmó él fríamente alzando la vista para mirarla.

-¿Qué?

-No quiero vivir, después de lo que hice no puedo seguir. Esto tiene que acabar.

-¿A qué te refieres?

Stefan no respondió a su pregunta, pues volvió a introducirse en sus oscuros recuerdos.

Quedaba pocas horas para que terminase el plazo para completar la transición en vampiro o morir. Stefan había decidido ir a pedir disculpas a su padre, despedirse de él. Debía verle antes de morir, no podía irse sin haberle hecho entender el por qué de su traición.

En la oscuridad de la noche, Stefan vio cómo la luz del despacho de su padre estaba encendida. Agudizó el oído y pudo oír la conversación que se estaba produciendo allí.

-¿Un trago, señor Gilbert?

-Gracias, señor Salvatore –dijo él recibiendo una copa-. No le entretendré. Solo quiero comprobar que la anotación es correcta –explicó escribiendo con pluma en un libro.

-Hay que documentar la pérdida de vidas inocentes en la iglesia.

-¿Vidas inocentes, señor Salvatore? –se mofó Jonathan.

-Nadie tiene por qué saber lo que eran. Como secretario del Consejo, lo que usted escriba pasará a las futuras generaciones. Y ciertos aspectos deben quedar entre nosotros.

-¿Por ejemplo?

-Mis hijos –dijo Giusseppe-. Serán recordados como víctimas inocentes de la batalla de Willow Creek, no por su traición.

-Claro, señor Salvatore.

-Sabes que Damon no me ha dado verbena hace días –le dijo Stefan a la chica, volviendo en sí-. Podría llegar a esa puerta en un instante y estarías muerta

-Ambos sabemos que no lo harás.

-Por favor, vete.

-¿Por qué sigues resistiéndote a beber? Vale, has cometido errores, pero todos lo hacemos. Damon también, y él ha decidido que no merece la pena lamentarse de aquello que no puede cambiar. Debes seguir hacia delante.

00000

Mientras tanto, John y Pearl seguían hablando en el bar.

-Dígame, señor Gilbert. ¿Por qué iba a darle lo que busca?

-Porque puedo ayudarte. Estoy bien relacionado. El Consejo me come de la mano. Harán lo que les diga. Sé que solo quieres vivir tu vida en tu casita con jardín y puedo ayudarte.

-Ese aparato no funciona. ¿Por qué tanto interés?

-Es de la familia, soy un sentimental.

-Jonathan era un visionario –dijo ella con nostalgia en su voz al recordarle.

-He leído sus diarios, lo anotaba todo. Escribió sobre ti. Eras su única espina. Te amaba y nunca se perdonó lo que te hizo.

-Miente.

-No, en sus últimos días escribió cuánto lo sentía. No amó a ninguna otra mujer –al ver cómo la mujer se creía su mentira, este no pude evitar reírse de ella-. Dios mío, vampiros... Sois tan emotivos... Jonathan Gilbert te odiaba. Solo lamentaba no haberte clavado una estaca él mismo.

La vampira se levantó, harta de la conversación y de cómo el humano se mofaba de ella.

-Se lo he dado a Damon –dijo Pearl.

-¿Qué? –se sorprendió este, dejando de reír en el acto.

-Le di ese aparato a Damon. ¿Por qué no se lo pide usted mismo? Seguro que está encantado de dárselo. Y después espero que se pudra en el infierno.

"Bien, cambio de planes" pensó John. ¿Cómo hacer que Damon le diese el invento? Era un vampiro muy suspicaz y siempre guardaba un as en la manga como él. Lo único que lograría convencerle de algo sería Elena, pero... ¿Cómo podría aprovecharse de esa debilidad del vampiro?

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Elena seguía tratando de convencer a su cuñado para que bebiese de la botella de sangre.

-Háblame, Stefan. ¿Por qué haces esto?

-Es lo que debería haber hecho hace muchos años...

-¿De qué estás hablando?

-Hay que alimentarse para completar la transición –explicó él.

-Sí, lo sé.

-¿Alguna vez te ha contado Damon cómo nos convertimos?

-Solo que teníais sangre de Katherine en vuestras venas al morir –dijo Elena, sin comprender a dónde quería llegar con todo eso.

-¿Te dijo algo más?

-Que no quería completar la transición –explicó ella, sin estar muy segura de si debía o no decir aquello-, que tú le obligaste.

-Pero no sabes cómo... –entendió él cabizbajo.

-No quiso hablar de ello y yo no insistí. Le duele tanto como a ti recordar su pasado.

-Todo fue culpa mía... No debí hacerlo.

Guisseppe Salvatore estaba en su despacho, firmando unos documentos cuando su hijo Stefan entró en la habitación. El hombre al verlo se levantó alterado.

-Dios santo...

-¿Incluso muertos te avergonzamos?

-Eres uno de ellos.

-No. Solo he venido a despedirme.

-Yo te vi morir.

-¿Viste cómo nos mataron?

-Os disparé yo mismo –confesó él con orgullo.

-¿Mataste a tus hijos?

-Dejasteis de serlo cuando elegisteis a los vampiros –dijo Guisseppe caminando hacia un lado de la habitación-. Gracias a Dios, vuestra madre no está viva para ver lo que habéis hecho.

-¡No me he transformado! No quiero. Voy a dejarme morir, Padre. Por favor...

-Sí, vas a morir –dijo este cogiendo un bastón de madera y rompiéndolo por la mitad, para abalanzarse sobre su hijo.

Stefan le detuvo y no sabía contener sus fuerzas, por lo que lo lanzó contra la pared.

-¡No! –gritó el joven corriendo junto al cuerpo de su padre al ver que sin querer le había clavado la improvisada estaca en el pecho-. Dios mío, Padre... Yo no quería.

-¡Aléjate de mí!

-No, déjame. Por favor –insistió Stefan quitándole el bastón del pecho.

Al ver la cantidad de sangre que había en la punte de este, el chico se sintió tentado a beberla. La sangre le llamaba, y él no pudo evitar controlar sus instintos. Se llevó sus dedos ensangrentados a la boca y saboreó el delicioso manjar que resultó ser la sangre. No podía parar, no quería parar. Llevó sus manos a la herida de su padre y recogió más sangre con sus manos ante la mirada horrorizada de este.

-¿Mataste a vuestro padre? –se sorprendió Elena, pues Damon nunca le había contado esa parte. Sabía que Giusseppe había sido quien los mató, pero desconocía esa parte de la historia.

-Y la cosa no acabó ahí...

-¿Te refieres a Damon?

-Yo solo quería compartir las maravillas del vampirismo con mi hermano... Vivir la eternidad juntos, explorarla juntos...

-Pero él no quería –entendió ella.

-Damon quería morir. Era mi hermano mayor, el que siempre había cuidado de mí. No podía dejarle morir. No podía hacerlo.

-¿Qué pasó, Stefan?

-Creo que será mejor que se lo preguntes a él. Damon te lo explicará mejor que yo.

00000

Damon aprovechó que Alaric estaba revisando la casa para prepararse otro vaso de sangre.

-¿Tienes algo nuevo?

-No, he mirado en todas partes. Esto está limpio –señaló Ric sentándose en el sofá.

-Había esto en el frigorífico –le dijo Damon tirándole un botellín de cerveza, que este cogió al vuelo.

-Esto no tiene el menor sentido...

-Yo no me castigaría tanto. ¿Qué pensabas que íbamos a encontrar? ¿A Isobel, en bata y zapatillas?

El humano rió ante lo absurdo que había sido al pensar que así sería.

-Tengo que parar –dijo serenándose-. No puedo seguir buscándola.

-¿En serio? –preguntó Damon cogiendo una silla para sentirse frente a él-. Solo llevas dos años. Eso suena... Bastante sensato.

-¿Tú cuántos has estado, 145?

-A pesar de tener a Elena, sigo buscando respuestas... Necesito saber por qué me traicionó así, si todo fue una mentira o había algo real. He pensado esperar a los 200 para dejarlo –bromeó él.

-Ya... –rió el humano-. Nunca tendré bastante. Me obsesiona saber por qué, cuándo, en qué preciso momento decidió que la vida conmigo no le bastaba.

-Me cautivó tu querida Isobel. Sabía hablar, era inteligente, tenía aquel brillo en los ojos... Debí darme cuenta de que estaba conectada con Katherine. Supongo que por eso no la maté.

-Déjalo, no quiero saber nada más. No quiero seguir malgastando mi vida buscando respuestas que no me van a gustar. Se acabó Isobel. Estoy harto de todo esto.

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Anna regresó a casa sonriente después de haber pasado un día increíble con Jeremy.

-Hola –saludó a su madre, que estaba en el salón-. ¿Qué pasa?

-Recoge tus cosas, nos vamos.

-¿Qué? No.

-Me equivoqué al pensar que podíamos quedarnos aquí –dijo Pearl guardando ropa en una bolsa de viaje-. Tenemos que desaparecer.

-Pero yo no quiero irme. Quiero quedarme.

-No podemos quedarnos. Hay demasiada gente que sabe la verdad. Demasiada historia.

-Entonces... ¿Vamos a abandonar? ¿Vamos a huir otra vez?

-Esto no es seguro, y lo sabes.

-Por favor –suplicó Anna.

-Es por Jeremy... –entendió su madre.

-¡No! Es que por fin empezaba a tener una vida propia. Por favor, mamá.

-Tú me devolviste la vida, solo estoy tratando de protegerte. No puedo obligarte. Es tu decisión.

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Elena estaba sentada en el sofá frente a la chimenea de los Salvatore, escribiendo en su diario mientras esperaba que Damon volviese de su "excursión" con el profesor de Historia. Ya era de noche, por lo que debía estar al caer.

-Creí que ya estarías en la cama –dijo el chico yendo hacia ella.

-Te estaba esperando –explicó Elena.

Como ella tenía sus piernas estirados atravesando todo el sofá, Damon las levantó para sentarse y se las colocó encima de sus muslos, pasando sus manos sobre estas y acariciándole las piernas por encima de los vaqueros de vez en cuando.

-¿Qué tal te ha ido? –curioseó ella dejando a un lado su diario.

-Mal... Aunque he presenciado una crisis existencial del profesor. ¿Stefan ha comido?

-Está entrando en razón, pero los demonios del pasado le atormentan.

-¿Te refieres a mí? –bromeó Damon-. ¿Unas horas fuera y ya te alias con el enemigo?

-No, bobo. No me refería a ti... Se siente mal por lo que hizo, por matar a vuestro padre y obligarte a completar la transición.

-¿Te lo ha contado? –se tensó levemente el chico.

-Solo lo de tu padre, dijo que debías ser tú quien me contara el resto.

-¿Y quieres saberlo?

-Solo si me lo quieres contar –dijo ella, pues no tenía intención alguna de obligarle si él no quería hacerlo.

Damon estaba sentado frente al lago, no se había movido de allí en todo el día. La oscuridad de la noche lo envolvía, pero era una sensación agradable. Cerró los ojos para escuchar el sonido del agua al moverse. Sabía que le quedaba poco para morir, sus fuerzas le fallaban. Pero no tenía miedo, había tenido todo un día para aceptar su destino y estaba listo para afrontarlo, estaba listo para morir.

El sonido de unos pasos detrás de él le hizo girarse. Al hacerlo, vio a Stefan caminando con decisión hacia él. Se le veía reluciente, no parecía alguien que estaba a punto de morir. Lo que no comprendió era por qué iba acompañado de una chica.

-¿Qué estás haciendo? –le preguntó a su hermano-. ¿Quién es?

-Te la he traído –sonrió Stefan señalando a la chica-. Es un regalo –explicó para luego dirigirse a la joven-. Siéntate, por favor.

La muchacha obedeció sin protestar, parecía no ser dueña de sus actos, como si alguien controlase su mente. No, no alguien. Stefan. Stefan controlaba la mente de la chica.

-¿Qué has hecho Stefan? –preguntó Damon al comprender lo que su hermano había hecho.

-Damon, fui a ver a Padre. Me atacó, no controlaba mi fuerza, estaba sangrando mucho –explicó este con los ojos muy abiertos y gesticulando como un loco, no parecía él-. Se moría, y la sangre me llamaba. Era una... necesidad. Tenía que hacerlo.

-Bebiste.

-Sí. Y es increíble. Todo mi cuerpo está rebosante de poder, Damon.

-No... –se lamentó él.

-Puedo oír cosas a distancia, puedo ver en la oscuridad, puedo moverme como un rayo. Y la culpa y el dolor... Damon, puedo hacerlos desaparecer –le dijo acercándose a él y sujetándole el mentón para obligarle a mirarle a los ojos-. Katherine lo dijo, existe un mundo que no imaginamos.

Damon se puso en pie a duras penas, apoyándose sobre un póster de madera, pues ya casi no le quedan fuerzas.

-Katherine está muerta, no quiero vivir sin ella.

Intentó alejarse, pero Stefan le agarró del cuello con fuerza.

-Tú también puedes hacerlo. Puedes dejar de sentir ese dolor.

-No –intentó zafarse Damon de su agarre-. No quiero hacerlo.

-Estás débil. Morirás pronto. Lo necesitas. Morirás...

-No –se resistió él-. No puedo.

Stefan le pidió a la joven que se levantara. Sacó sus colmillos y se los enseñó a Damon sonriendo, par luego morder el cuello de la chica. Al separarse, dos pequeños orificios en la garganta de ella sangraban allí donde Stefan había clavado sus colmillos.

Damon miraba a la sangre, se sentía tentado por ella, pero intentaba resistirse.

-No te dejaré morir –le dijo su hermano.

-No...No puedo.

-No te resistas. Podemos hacerlo. ¡Juntos!

Stefan sujetó a Damon por detrás de la nuca y lo acercó más a la joven. El chico cerró los ojos con fuerza para intentar resistirse pero los volvió a abrir puesto que la tentación seguía estando ahí. No podría resistir por mucho más tiempo. Sintió cómo se aflojaba el agarre de su hermano. Damon había perdido el control de sus actos, dio dos pasos lentamente hacia la chica y acercó muy despacio su boca al cuello de esta. Estaba perdido, iba a ceder. Sus colmillos se afilaron y mordió la garganta de la joven. La sangre le provocó una sensación de frenesí, incapaz de parar por más que quisiera. Aquella noche acabó con la vida de su primera víctima humana.

Elena no podía apartar la vista de Damon. Había tenido que ser una experiencia terrible para el chico, ni se hacía una idea de cuánto dolor habría sufrido él.

-Desde que Stefan probó la sangre humana es otra persona –continuó hablando Damon-. Debería agradecérselo, ha sido divertido.

-Dios mío... Dijo que quería morir. Por eso no quiere comer.

-Él decide. Si de verdad es tan estúpido... allá él.

-No hagas eso –le riñó Elena, bajando sus piernas al suelo y acercándose a él-. No finjas que no te importa. Acusas a Stefan de autocompadecerse pero es exactamente lo mismo que estás haciendo tú. Es tu hermano y sé que no quieres dejarle morir.

-No lo entiendes, Elena. No puedo obligarle a tomar la misma decisión que él me obligó a tomar a mí. No puedo...

-Él solo necesita tu perdón, Damon. Lleva todos estos años culpándose por lo que te hizo, por convertirte. Necesita ser perdonado. Solo así conseguirá perdonarse a sí mismo.

-Es mi hermano, sería absurdo guardarle rencor por tanto tiempo.

-Pues házselo saber –le dijo Elena posando una mano en la mejilla de él, haciendo que así sus ojos se encontrasen.

Damon suspiró derrotado y apoyó su frente sobre la de ella.

-Lo haré –accedió él, recibiendo como compensación un tímido beso de la chica-. Espero que esto no cambie nuestros planes de esta noche –bromeó después, haciéndola reír.

-Para nada. Tómatelo como una recompensa. Por abrirme tu mente y mostrarme tus más ocultos y sombríos recuerdos.

-Si yo te contara... –sonrió él de lado.

-Por eso mismo. Es un incentivo para que me lo cuentes todo.

-De incentivo nada, es hacer trampas –le acusó Damon besándola con ansia y ayudándola a tumbarse en el sofá.

La pareja se sumergió en frenéticos besos. Elena rodeó la cadera de él con sus piernas, mientras que Damon la cubría de besos por todo el cuerpo. El chico introdujo una mano por debajo de la camisa de ella y esta gimió de anticipación. Cuando sus bocas volvieron a unirse, sus lenguas se entrelazaron. Damon se detuvo de repente, sorprendiendo a la chica.

-Un momento –pidió él ante la pregunta que se reflejaba en el rostro de ella.

La expresión del vampiro era de confusión y concentración. Estaba agudizando su oído, desde allí podría poder oír a Stefan si se concentraba bien. ¿Por qué no lograba oírle?

-Damon... –le llamó Elena.

El vampiro volvió a dirigir su mirada a ella.

-¿Cuánto haces que no bajas a ver a Stefan?

-Unas horas, ¿por? –preguntó la joven confusa.

Iban a montárselo en el sofá, ¿A qué venía preguntar por Stefan ahora? ¿Por eso se había detenido, porque le preocupaba que su hermano estuviese solo mucho tiempo? Elena no sabía qué pensar, no sabía qué estaba pasando.

-Vuelvo en seguida –le dijo Damon saliendo de allí a velocidad vampírica.

Tal y como el vampiro temía, su hermano no estaba en la celda. Había huido. No tenía su anillo de día, él mismo se lo había quitado para que Stefan no cometiese la estupidez que salir a la calle, cosa que acababa de hacer y sospechaba que era precisamente para que la luz del sol le consumiese hasta reducirlo a cenizas. No podía ser, no podía permitirlo. Tenía que encontrarlo.

Cuando regresó al salón, Elena le miraba con preocupación y confusión, mucha confusión.

-Stefan se ha ido –explicó él.

-¿Qué? No le he visto salir...

-Hace tiempo que no le doy verbena, aún era capaz de moverse sin ser visto.

-¿A dónde ha ido?

-A donde empezó todo... –murmuró Damon más para sí mismo que para Elena.

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Anna no podía dejar a su madre sola. Ahora que la había vuelto a recuperar no podía dejarla marchar así sin más. Así que, decidió irse con ella. Eso supondría decir adiós a Jeremy, pero tenía que hacerlo. Su madre la necesitaba.

Mientras su madre preparaba las cosas, Anna fue a despedirse del chico Gilbert. Cuando entró en la habitación de él, este estaba dormido. Estaba tan mono durmiendo que le dio pena cuando se despertó y la vio tumbada en su cama junto a él.

-Hola –la saludó él medio dormido.

-Cada vez es más difícil espiarte.

-No te rindas.

-Te he despertado.

-No importa. Estaba medio despierto...

-¿Sabes? –le susurró ella acariciándole el pelo-. Creo que...

-Eso me gusta –dijo él volviéndose a dormir.

La chica sonrió y se incorporó para darle un beso de despedida a un Jeremy durmiente.

-Adiós –le dijo ella acariciándola la cara por última vez antes de irse para no volver.

Anna regresó a casa. Harper se había despedido de ellas esa misma mañana, por lo que solo esperaba encontrarse con su madre, quien seguramente la reñiría por llegar tan tarde. Pero lo que se encontró fue algo terrible. Su madre estaba tirada en el suelo, alguien le había clavado una estaca.

-¡Mamá! –chilló ella corriendo hasta el cuerpo sin vida de su madre.

Le arrancó la estaca del pecho mientras las lágrimas se desprendían de su rostro. No podía ser, la había vuelto a perder y esta vez era para siempre.

-No puedes dejarme otra vez –suplicó ella entre sollozos-. No, por favor. Despierta. Tienes que despertarte... Mamá...

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Stefan estaba en la cantera, donde sus recuerdos le seguían atormentando.

-¿Cómo te sientes? –le preguntó Stefan a su hermano cuando este hubo completado la transición.

-Uff... Es verdad –sonrió este-. Es un nuevo mundo...

-Lo exploraremos juntos.

-Lo has conseguido. Tú, yo y la eternidad. Pero, ¿sabes, hermano? Haré que sea una eternidad de sufrimiento para ti –le juró Damon con odio, desapareciendo de allí antes de que este pudiese hacer nada.

-¡Damon!

Stefan volvió a la realidad, se sentía trastornado, mareado, confuso.

Emily apareció junto a él.

-Te has alimentado.

-¿Esperabas verme muerto?

-Katherine me salvó la vida, se lo debía –explicó ella-. Pero no le deseo su maldición a nadie.

-Pues parece más bien un don.

-Eso cambiará.

-¿Por qué?

-Incluso en la muerte, tu corazón es puro, Stefan. Me di cuenta hace mucho. Esa es tu maldición.

-¡Emily, espera!

El recuerdo volvió a esfumarse, haciéndole regresar una vez más al mundo real. Su pesadilla particular.

-¡Stefan!

-¿Cómo me has encontrado?

-¿En serio? ¿Dónde empezó todo...? –dijo Damon con una media sonrisa.

-Y donde tuvo que acabar.

-Sí. Pero aquí estamos, 145 años después. Vivos. Gracias a ti.

-Querrás decir por mi culpa...

-Me amargas demasiado. No todo tiene que ser culpa tuya. Mis actos no son tu culpa. Son míos, me pertenecen. No puedes quedarte mi culpa.

-¿Sientes culpa?

-Si quisiera... está ahí –confesó Damon.

Permanecieron un tiempo en silencio, hasta que Damon decidió volver a hablar.

-¿Sabes que Emily esperó hasta que me hube convertido para contarme lo de Katherine y el hechizo? Me ocultó lo de la tumba, por no influir en mi decisión.

-No quería que lo hiciéramos. Porque era una maldición.

-Brujas... –se burló Damon-. No las aguanto.

-¿Y me lo ocultaste?

-No era asunto tuyo. Te odiaba.

-Ya...

Damon sacó algo de su bolsillo y le mostró su anillo de día, pero este lo rechazó, negando ligeramente con la cabeza.

-¿Quieres ponerte el maldito anillo de una vez? Ve a cazar un par de ardillas o algo y volvamos a casa. Tengo una chica esperando en mi cama, ¿sabes? –dijo Damon con una sonrisa traviesa, haciendo reír levemente a su hermano.

-Que te matará por llegar tarde –coincidió Stefan, aceptando el anillo.

-Exacto, ahora ve a dar caza a la familia de Bambi y vayámonos de aquí. Este sitio me da repelús...

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Los Salvatore regresaron a casa. Al subir las escaleras, Stefan le puso una mano a su hermano sobre el hombro en señal de despedida y le sonrió antes de irse a su habitación.

Damon imitó a su hermano y caminó por el pasillo contrario para dirigirse a la suya.

Cuando llegó allí, Elena ya estaba metida en la cama. La chica llevaba un pijama super corto teniendo en cuenta que ya empezaba a refrescar por las noches, pero se había puesto ese pijama precisamente con la idea de no llevarlo puesto mucho esa noche. Damon sonrió al pensar que no era el único de los dos que tenía esa idea en mente.

El chico se sentó a los pies de la cama -en el lado más próximo a la puerta, el cual era su lado para dormir- y se quitó las botas bajo la atenta mirada de ella.

Elena había oído a los hermanos hablar al entrar, por lo que no necesitaba preguntar para saber que todo había ido bien.

-¿Sabes? -dijo Damon levantándose para desabrocharse los pantalones-. No hay nada mejor después de un largo día de trabajo que volver a la cama y encontrarse con una hermosa mujer esperándote.

-¿Vas a cambiarme por otra? -bromeó ella.

-Jamás sería tan iluso de cometer ese error -dijo él metiéndose en la cama desnudo.

-Entonces, creo que me aprovecharé de la situación -sonrió la joven posando una mano detrás de la nuca del chico para atraerlo a sí.

-Aprovecha cuanto quieras. Soy todo tuyo -dijo él uniendo sus labios.

-¿Puedo atarte a la cama? -preguntó Elena, pues desde que él la había atado a ella, esta se había quedado con ganas de hacerlo.

-No te pases -rió el chico contra sus labios.

-Tú me ataste a mí -le recordó ella.

-Sí, y cómo me gustó aquello... -sonrió Damon al recordarlo, inclinándose para besarla con ansia.

El beso se hizo tan intenso, tan cargado de pasión que Elena olvidó de inmediato su petición. ¿Cómo iba a querer atarlo al cabecero de la cama cuando lo que realmente quería era sentir sus caricias recorriéndole por toda la piel? Estaría loca si quisiese renunciar a sentir las manos de Damon por toda ella. Solo de pensar en sus caricias la hacían sentir un cosquilleo recorriéndole el cuerpo.

-Nada de atar -dijo él besándole los senos por encima de la ropa, a la vez que le acariciaba el vientre desnudo por debajo de la camiseta de tirantas.

-Solo déjame sentirte por todo mi cuerpo -le pidió Elena entre gemidos.

-Tus deseos son órdenes para mí -dijo el chico descendiendo sus manos para deshacerse de una vez por todas del pijama de ella.

-Mucho mejor así -sonrió él triunfante, rozando piel contra piel.

-Damon... -gimió Elena cuando el miembro erecto del chico rozaba su intimidad sin llegar a meterse dentro.

-Shh... Paciencia, amor -susurró él en su oído-. Paso por paso. Primero las caricias.

El chico acarició y besó el cuerpo de Elena como si lo necesitase para respirar. Después, al volver a unir sus labios por insistencia de esta, el vampiro introdujo un dedo dentro de ella, jugando con su clítoris a la vez que le acallaba los gemidos con su boca.

Elena se retorcía de placer, un placer que aumentó cuando el chico introdujo un segundo dedo en su interior.

-Ve al último paso -le pidió la joven, viendo que su orgasmo se avecinaba.

-Siempre tan ansiosa... -sonrió burlonamente él, accediendo a su demanda y sacando sus dedos de la intimidad de ella-. Me gusta lo rápido que te enciendes ante mí.

-Eres mi libido, ya te lo dije -respondió esta, impaciente por sentirlo en toda su plenitud.

-Te quiero -susurró él contra su boca en el preciso instante en el que introducía su miembro dentro de ella.

Elena no pudo responder a sus palabras, puesto que el placer que sentía ante las fuertes y profundas embestidas de él la transportaban a otro mundo. Un mundo donde las únicas palabras coherentes que podían salir de su boca eran gemidos de placer y el nombre de su novio.

Cuando explotaron en esa magnífica sensación que solo sus cuerpos eran capaces de alcanzar, el chico cayó rendido sobre el hombro de ella.

Elena le acarició con una mano la espalda y con la otra los pelos de la nuca.

-Yo también te quiero -le susurró ella.

-Lo sé, pero... -dijo Damon separándose un poco para mirarla a los ojos, retirándole a su vez un mechón de pelo de la cara-. ¿Por qué has tardado tanto en decírmelo?

-¿En serio vas a obligarme a decirlo? -se ruborizó la chica.

-Me encantaría oírtelo decir...

-Estaba disfrutando tanto, sintiendo tanto... Que las palabras no salían de mi boca. Los gemidos y una versión algo entrecorta de tu nombre era todo cuanto podía alcanzar a decir -confesó Elena, rezando por que Stefan no pudiese oírlos desde su habitación. No podría mirarle a la cara después de eso, se ruborizaría muchísimo-. No es mi culpa que me hagas sentir de esa forma tan especial.

-¿Ves como no ha sido tan difícil? -le regaló él una sonrisa espectacular.

-Me gustaría poder hacerte sentir lo que yo siento –se apenó ella.

-¿Por qué dices que no lo siento?

-No sé... Tengo la sensación de que eres tú quien más da de los dos en esto y quien menos recibe a cambio.

-Elena, te aseguro que hacer el amor contigo es lo mejor que he hecho, hago y haré en toda mi existencia. Jamás me he sentido con alguien como me siento contigo. Y sabes que tengo mucha experiencia en este campo... -bromeó él, ganándose un pequeño manotazo de una divertida Elena en el pecho-. Lo que quiero decir... Es que el cúmulo de sentimientos que siento al estar contigo no lo cambiaría por nada en el mundo. Eres mi pareja sentimental, el amor de mi existencia, mi humanidad, mi compañera sexual, mi confidente, mi mejor amiga y mi pareja de baile todo en uno. No puedo ser más feliz. No puedo sentirme más completo.

-Te pones muy sentimental después del sexo... -se burló ella, con una sonrisa impecable ante la hermosa declaración de amor de su chico.

-No es culpa mía, tú me haces sentir así.

-Pues vayamos a por otra sesión de sentimentalismo post-orgasmo -propuso Elena volviendo a unir sus labios para así fundirse de nuevo en uno solo.

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John Gilbert recogió sus utensilios de cazar vampiros. Estaba cansado, pero sonreía por la satisfacción de un trabajo bien hecho. Pearl había muerto. Lo único que lamentaba era no haber encontrado a su hija allí también, le hubiese gustado matarla y librar a Jeremy de la mala influencia de la vampira.

El hombre morcó un número de teléfono.

-Sheriff Forbes, lamento llamarla tan tarde. Tengo novedades sobre los vampiros.

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Alaric estaba en el Grill, tomando copas y tratando de olvidar el asco de día que había tenido. No se dio cuenta de que alguien estaba sentado junto a él hasta que esta persona habló.

-Hola, Ric.

-Isobel... –se sorprendió él, girándose para verla.

Justo cuando había desistido en su búsqueda, cuando había decidido tirar la toalla... Va y aparece ante él como si nada.

La veía diferente, no parecía ella misma. Su mirada era fría como el hielo y su rostro sereno. Le faltaba algo. Le faltaba su humanidad.