XXXIV
Recibí exactamente setenta y nueve mensajes de salutación por mi cumpleaños. Sin embargo, por más que esperé y esperé, el suyo, el más anhelado, parecía reacio a llegarme.
De mediodía, los muchachos me prepararon un almuerzo sorpresa, en el que reunieron a un montón de gente amiga. Los más allegados, los más queridos… incluso aquellos con los que hacía tiempo que no me veía. Fue un gesto que me alegró muchísimo. Pero debo admitirlo: noté todo el tiempo la ausencia de mi flor silvestre.
Y es que ese era el primero de diez cumpleaños en que no animaría la fiesta con sus chistes verdes, con su hermoso canto, con su irreprochable y deliciosa presencia, con su andar de reina, con su belleza y su alegría.
Mi mente se perdió en variadas ocasiones. ¿Por qué no me llamó? ¿Por qué no vino a verme? ¿Por qué me hizo eso?
Decidí ahogar en el alcohol todas mis dudas. Ya al anochecer, cuando la gente se había ido, me encontraba bastante mareado.
Aún así, Tai, Javier y Tato decidieron llevarme hasta un boliche a festejar. Vomité todo el alcohol en el camino, y con el estómago más limpio me sentí mejor, si bien el vértigo persistía en mí.
Me acodé en la mesa elegida, y los muchachos fueron a la barra a pedir unas cervezas. La música alta comenzó a aturdirme.
Acudió a mi mente el recuerdo de mis antiguas borracheras. Si bien no habían sido demasiadas, Rika las había tratado con mucho esmero. Me bañaba con cuidado, masajeándome suavemente con la esponja enjabonada, me servía un café calentito bien dulce, acariciaba mi frente, todo esto, mientras me sermoneaba sin dejar de sonreír. Los masajes con ese gel tan extraño eran la parte que más me gustaba de su tratamiento casero. Me erizaba por completo al sentir sus manos suaves y hábiles recorrer cada rincón de mi cuerpo con esmero. Y cuando por fin se distraía, yo aprovechaba para estrujarla entre mis brazos y besarla con locura, y en el menor descuido de su parte, hacerla mía y no soltarla, y asfixiarla con mis caricias y mis palabras de arrepentimiento y pedidos de perdón.
- ¡Ryo! ¡Acá estamos! Cervecita fría – anunció Javier, trayéndome a la realidad.
- No quiero beber más… tomé demasiado hoy… - murmuré con seriedad.
- ¿Qué te pasa, Ryo? ¿No estás feliz? Hoy es tu cumpleaños… - dijo Tato, dándole un sorbo a la cerveza.
- ¡Dale, Ryo! ¡Alegría! No pienses en los que ya no están. Pensá en los que están surgiendo. Pensá en los que vendrán… Están por venir Leticia y las gurisas a festejar con nosotros… - añadió Javier.
- Quiero ver a Rika – musité amargado, con los ojos perdidos en la nada.
- ¡Vamos, Ryo! ¡No empecés de nuevo con femme fatale! Ya hablamos de ese tema. No eches a perder todo lo que lograste – pidió Tai, mirándome seriamente.
- Dale, Ryo. Tai tiene razón – apoyó Javier mirando hacia la pista – Vamos a bailar que allá vienen las mujeres. Dejate de pavadas…
Me llevaron a la pista de baile y Leticia me recibió con alegría. Yo apenas me movía, en medio del frenesí de todos cuantos me rodeaban.
La joven lo notó, y por eso comenzó a detenerse.
- ¿Qué sucede, Ryo? ¿Por qué tienes esa cara? ¿Estás triste por algo? – inquirió con curiosidad, aunque bien podía imaginar a qué se debía mi amargura.
- No – mentí, sin decir nada más.
- ¿Es por Rika, cierto? ¿Es porque te gustaría estar con "obelisco", besándola como un loco?
- ¿Qué dices Leticia? No fastidies con eso. Además, Rika no es un obelisco. – arremetí con enojo.
- Sí. Cómo no. – musitó rompiendo en llanto, mientras se alejaba rápidamente de mí.
- ¿Y a ésta qué le pasa? – me pregunté - ¡Leticia! – grité, tratando de hacerme paso entre la gente para alcanzarla – Mierda… - musité, acodándome en la barra - … ya vendrá. Espero…
Pedí una cerveza.
- Que sean dos – sentí que la voz de Rika decía, mientras se paraba a mi lado.
- Rika… - musité sorprendido, recuperando la sonrisa y olvidando todo lo demás.
- Hola, Ryo… Feliz cumpleaños… - me dijo, sin saber si besarme o no.
Justo el hombre nos alcanzó las cervezas, resolviendo el dilema de la joven, que en lugar de quedarse titubeante frente a mí, pagó rápidamente.
- Yo invito. Hoy es tu cumpleaños – se excusó, llevándose la botella de cerveza a la boca.
No sabía qué decirle. Rectifico. No sabía cómo decirle aquellas cosas que quería decirle. La miré confundido. Ella me facilitó la tarea.
- Te debo muchísimas disculpas, Ryo… - comenzó, virando levemente su cuerpo para quedar frente a frente conmigo.
- ¿Disculpas? ¿Por qué? Te escucho – respondí, dándole un sorbo a mi cerveza.
- Primero que nada, por no tener conmigo tu regalo. Es el primer cumpleaños tuyo desde que… - la joven se interrumpió indecisa, y luego retomó la palabra - … desde que nos separamos. No me animé a ir a verte, porque no imaginé cuál sería tu reacción… Además, sé que tus amigos ya no me quieren… no quise amargarte la fiesta.
- Tengo que admitirlo: no te esperé, porque imaginé que no vendrías.
- De acuerdo. Mejor así, entonces – opinó ella, respirando profundamente.
- Lo que no significa que no deseara que estuvieras allí conmigo… - reconocí, llevándome la botella a la boca nuevamente.
La joven se sonrojó intempestivamente. No supo qué decirme al respecto. Esta vez fui yo que la dejé irse por la tangente. Después de todo, me sentía muy feliz de terminar mi cumpleaños al lado de ella.
- Te debo una disculpa también por lo que le hice a Leticia el otro día.
- ¿Qué cosa? – inquirí frunciendo el ceño.
- Lo de tirarle el café encima.
- Ahh…
- Te debo una disculpa por haberme quitado la blusa enfrente a todos… -
- ¿A mí por qué?
- Porque… porque luego de hacerlo me sentí muy avergonzada. No es esa imagen mía la que quiero que tengas – dijo, rascándose la cabeza.
- Es claro que no es esa imagen la que tengo de ti. No debes preocuparte por eso…
- ¡No quiero que pienses que soy una cualquiera! – estalló interrumpiéndome.
- No te sientas mal, Rika. Nunca pensaría eso de ti. Nunca podría pensarlo – musité, tratando de tranquilizarla.
- ¿Lo dices enserio?
- Por supuesto que sí, hermosa…
- ¿Dijiste "hermosa"?
- Sí. Perdóname… - añadí un tanto avergonzado – Pero es lo que estoy pensando ahora que estás frente a mí.
La joven volvió a sonrojarse. Se llevó la botella a la boca para ocultarlo. Yo miré hacia un costado para evitar que se pusiera más nerviosa. Clavé mis ojos nuevamente en ella cuando vi que ella cerró los suyos mientras bebía.
- ¿Eso es todo lo que tienes para decirme? – inquirí cuando hizo a un lado la botella vacía.
- No. Hay algo más – reconoció con esfuerzo – Quería hablarte de lo que sucedió ayer.
- ¿Ayer?
- Sí. Del beso, Ryo.
- ¿Del beso? No te preocupes por eso, Rika – comencé, tratando de quitar importancia al asunto, aunque en realidad moría de ganas por sabes qué había pensado ella al respecto – Estábamos los dos vulnerables y no supimos hacer otra cosa…
- ¿Tú crees? – inquirió, aliviada por mis palabras.
"Mierda", pensé. "Por estúpido nunca sabré qué pensó".
- Estoy seguro de que ya pasó… y de que no significó absolutamente nada para ti, Rika – verbalicé, no sin no sentir un poco de dolor.
La muchacha me miró con una expresión que no supe interpretar.
- ¿Tú qué piensas al respecto? – inquirí sin aguantar la curiosidad, dando el último sorbo a mi botella.
- ¿Yo? Pues, en verdad no lo sé. No supe qué pensar, Ryo… - confesó la pelirroja con su mirada perdida - Fueron tantos años juntos, que…
- ¿Qué que, Rika? – inquirí ansioso ante su silencio.
- Que yo sí lo sentí. Y sí que significó muchas cosas para mí – admitió sonrojada, sin animarse a sostenerme la mirada.
- De verdad – comencé, tratando de no ilusionarme - … estoy seguro de que no te ha afectado en lo más mínimo, Rika. Tú eres una mujer muy segura de lo que quieres. Estabas vulnerable en ese momento y no tenías en quien refugiarte y por eso no supiste responder de otra manera. No tienes que preocuparte por eso…
- ¿Y tú, Ryo? ¿Tú tampoco te preocupas? ¿Tú también estabas vulnerable? ¿Tú no lo sentiste? – atacó, dejándome desamparado, puesto que por quitarle importancia al asunto para que no se sintiera incómoda, terminé pasando por un insensible.
- Yo… - titubeé sin poder despegar mis ojos de los suyos – Yo pienso que si vuelvo a acercarme a ti para besarte, tú no lo harías. Tú no me dejarías.
- ¿Qué dices? – inquirió comenzando a desestabilizarse – No fue eso lo que te pregunté – reprochó nerviosa.
- Eso es lo que yo te contesto – le dije sin más.
El silencio se abrió entre nosotros. Sus ojos claros me miraban insatisfechos, enojados, esperando una respuesta más sensata de mi parte, que se adecuara a las preguntas que me había formulado.
Sin saber exactamente debido a qué fuerzas, la tomé con decisión por la cadera y la besé. Ella mantenía los ojos bien abiertos pero no atinaba a nada. Me separé despacio de sus labios.
- ¿Ya has visto? – comencé sintiendo una inmensa amargura dentro de mí – Yo tenía razón. Si te besaba tú no responderías a mi beso. Y eso fue lo que sucedió.
Ella no contestó nada. Estaba sumida en su submundo mental. Al menos eso imaginé. Se llevó dos dedos a sus labios y los tocó, con la misma expresión de confusión en su rostro que cuando la besé por primera vez.
- Rika… ¿estás bien?... Rika…
La joven continuó así sin responderme. Petrificada.
Me sentí un imbécil. Ahora sí, lo había arruinado. Y pensar que tan feliz estaba… hasta que se me ocurrió no poder con la tentación de probar de nuevo sus labios y dejarla en ese estado de nervios. "Soy un estúpido, mierda", pensé sin dejar de mirarla con preocupación.
La muchacha pareció reaccionar. Lamió sus labios como solía hacer cuando se recuperaba de un buen susto y apenas sí pudo enfocar sus ojos en los míos.
- Creo que me tengo que ir – anunció, recuperando de a poco la cordura.
- ¿Ya?... es decir… lo siento, Rika. Perdóname. No quise hacerlo. No sé porqué lo… - la muchacha me interrumpió, apoyando uno de sus dedos sobre mis labios.
- Está bien así, Ryo. Está bien así. Ninguno de los dos se ha portado bien. Creo que merecemos un respiro después de todo esto – opinó, siguiendo con el dedo la forma de mis labios.
- Yo no quiero más respiros de ti – confesé, tomando su mano con fuerza, ante su sorprendida mirada - ¿Hasta cuándo piensas seguir prolongando esta tortura, Rika?
- Ryo…
- Dímelo, Rika, por favor. Ya sabes que yo sigo…
- No lo digas, Ryo, por favor – suplicó al borde del llanto.
- … Sabes que sigo queriéndote desesperadamente cada día que pasa. Que no dejo de pensar en ti ni por un segundo. Que te perdono cualquier cosa. Que no aguanto más. Que quisiera terminar esta noche contigo entre mis brazos para siempre… - terminé de decir, ante la atónita mirada de todos los que nos rodeaban.
- Yo… yo…
- Por favor, Rika. Dime algo sensato por una vez en tu vida. Dime porqué terminaste conmigo. Dime en qué me equivoqué, princesa… - supliqué, arrinconándola contra una pared allí cerca de donde estábamos.
- No sé qué decirte… - pudo decir la pelirroja, sosteniendo la mirada.
- ¿No sabes qué decirme?
- …
- ¿Te estás burlando de mí, Rika? – dije reaccionando violentamente - ¿Sabes una cosa? No quiero verte. No quiero verte nunca más en mi vida. Te detesto – le dije enojado, aunque muy abatido y triste por dentro - ¿Y sabes algo más? – seguí, mirándola derramar lágrimas – Estás muerta para mí. Estás m-u-e-r-t-a. Muerta.
La solté vehementemente y salí furioso del lugar. Leticia que lo había visto todo corrió detrás de mí.
- ¡Ryo! – gritó a todo pulmón, sin obtener ningún tipo de respuesta de mi parte.
Llegué a mi departamento y me tiré en el sillón. Comencé a vaciar dentro de mi boca todas las botellas que había allí, en la pequeña repisa.
- Esta es la última borrachera que me causas…, perra… - murmuré, tomando mi celular, dispuesto a pagar a alguien para que me distrajera durante el resto de esa maldita noche.
