El olor a sangre llenaba el ambiente, los sonidos de la batalla resonaban con fuerza, a su alrededor solo podía ver hombres peleando, sus propios soldados estaban teniendo dificultades para deshacerse de los humanos.
¿De dónde habían salido tantos?
Estaban bien organizados, con trampas y estrategias especificas para su raza. Sesshomaru y Akiyama se aseguraron de dejar claro las debilidades de los dragones, las trampas de humo inhibían el poco olfato que tenían y la visibilidad, sus armas apuntaban directamente al pecho, en el punto donde era mas débil, acabando con los soldados de un solo disparo.
Hizo el intento por acudir en la ayuda de sus hombres pero el ejercito de Akiyama lo mantenía ocupado, estaban bien entrenados, sin desperdiciar esfuerzos avanzaban a través de las diferentes puertas del palacio.
Y finalmente estaba Sesshomaru, quien mas daño hacía, avanzando a pasos agigantados, matando a sus soldados como si fueran principiantes. Parecía decidido a derrotarlo, a hacerlo lo mas pronto posible.
Mandó por la sacerdotisa hace unos minutos, solo con ella podría acorralarlo, hacerlo retroceder, al final la miko sería su llave hacía la victoria, no se dejaría derrotar, no por el cachorro de Toga, no había derrotado al gran general para dejarse vencer por un cachorro.
El soldado al cual había mandado por la miko regreso, pero podía ver en su rostro que no eran buenas noticias.
¿Había muerto?, no, era poco probable, se había asegurado de no herirla físicamente lo suficiente para eso. Finalmente rompió su espíritu, pudo sentirlo en su último encuentro, que aunque desagradable para él, necesario. No le gustaba copular con humanos, solo cuando extremadamente necesario, y en este caso no le quedo ninguna otra opción, la mujer tenía mas voluntad que la mayoría de los demonios.
-¿Qué sucede? – preguntó preparándose para las malas noticias.
-Mi señor, la sacerdotisa…- comenzó su guardia temeroso.
-¡Suéltalo ya! – le mandó el desesperado. No estaban como para esperar a que el guardia tomara el valor que obviamente no tenía.
-¡Ha escapado! – gritó el guardia aterrado – Las puertas estaban abiertas, los dos guardias apostados fuera del calabozo fueron asesinados, tenían… marcas de garras.
Inuyasha.
Era un traidor en todo el sentido de la palabra. Traicionó a su padre, y ahora le traicionaba a él. Rompió una de sus reglas al darle importancia a un traidor, alguien que había roto la confianza de su familia o antiguo señor no era digno de confianza, pero con Inuyasha rompió la regla. Su conocimiento del área le hizo ganar la batalla, tenerlo a él le hizo ganar la obediencia de muchos de los exsoldados de Toga.
Pensó que no sería tan estúpido como Toga, nadie le traicionaba, nadie.
Pero al parecer el hanyou tenía talento para traicionar en los momentos mas indicados.
Le mataría, le haría pedacitos, no quedaría nada de él.
Nada.
-¡Encuéntrenlos! – gritó furioso. –Tráiganlos aquí, vivos.
El guardia salió disparado, aterrado y aliviado de haber salvado la vida.
Había llegado la hora de hacerse cargo del desastre. Reconocía cuando las cosas estaban en su contra, pero aún había posibilidades para ganar.
…
Había reportes de un ataque del exterior. Los soldados de Ryokutsusei, su nuevo señor, habían salido primero a combatir, pero estaban cayendo a una velocidad impresionante. Estaban preparándose para pelear, sus hombres se ponían las armaduras, podía oler el descontento en ellos, y los comprendía.
Habían peleado por Toga-sama, el legitimo jefe y líder del clan del oeste. Perdieron y como consecuencia tuvieron que pelear para Ryokutsusei, después de todo eran el ejército del palacio del oeste, no del clan Taisho, aunque sus corazones estaban con la familia Taisho.
Ellos servían al oeste.
Terminó de ajustar su armadura y volteo a ver con determinación a sus hombres.
-Debemos pelear con determinación – dijo seguro – Si hemos de sacrificar nuestras vidas será por la gente del oeste, no por Ryokutsusei.
Los soldados le vieron y después de algunos minutos asintieron, no satisfechos, pero resignados.
Un discurso motivacional no era su fuerte, pensó que poder decir para motivar a sus hombres para pelear con fuerza y voluntad.
La puerta del cuartel se abrió de un golpe y uno de sus hombres de confianza entró agitado.
-¡Es Sesshomaru-sama! – gritó emocionado – El es quien está atacando el palacio, ¡Quiere recuperar el trono!
Inmediatamente reino el caos en el cuartel. Los soldados se veían confundidos, emocionados, temerosos, hablaban entre sí, le volteaban a ver esperando instrucciones.
El príncipe había regresado para reclamar el trono que nunca le debió de haber sido arrebatado.
No lo dudo.
-¡¿Qué esperan?!, ¡Debemos ayudar a nuestro legítimo líder a reclamar lo que es suyo! – dijo con energía.
Esta vez sus hombres lanzaron un grito de batalla motivado por la lealtad que le tenían al clan Taisho.
Finalmente sus corazones estaban del lado de la batalla que debieron estar desde un principio.
Después de todo, ellos servían al oeste, y no había mejor opción para el oeste qye Sesshomaru Taisho.
…
Golpear, lanzar, matar, y repetir. Expandir su veneno, atravesar al enemigo con sus poderosas garras goteando veneno, deshacerse de tantos soldados como le fuera posible. Su mente registraba por olor quien era enemigo y quien era aliado, no había nada más en su cabeza, si se permitía pensar en los que significaba la ausencia del otro lado del lazo que compartía con Kagome podría perder la cabeza, y necesitaba estar al 100% para ganar.
Bloqueo todo sentimiento y pensamiento lógico, y dejo que su instinto de batalla se hiciera cargo de todo.
Sentía la presencia de Ryokutsusei cerca, cada demonio que mataba se acercaba más a su enemigo principal.
El demonio que tenía enfrente era ligeramente mas poderoso que los demás. Un capitán quizá.
Estuvo a punto de atacar cuando vio que se inclinaba ante él.
Una pequeña parte aún racional de su mente lo identifico como su excapitán. Parecía estar jurándole lealtad a mitad de la batalla.
Generalmente tenía mas presencia para hablar con sus subordinados, pero no ahora.
-Mátalos a todos – simplemente dijo.
Su ex capitán le vio con los ojos bien abiertos, solo por un instante. Después lo entendió. Asintió decidido y se hizo a un lado.
Sesshomaru emprendió la carrera de nueva cuenta, despachando cuerpos de los enemigos en segundos, a su paso dejaba una estela de veneno y sangre.
Ryokutsusei estaba justo enfrente de él, y Sesshomaru no espero a enfrentarse con él en su forma humana.
Se transformó en el gran perro de pelaje blanco que caracterizaba, la mitad de su pelaje estaba cubierto en sangre, haciendo la imagen más aterradora aún.
El dragón lanzó un rugido de batalla, se transformó en el poderoso dragón que era. Su tamaño era considerablemente mayor al de su enemigo, sin embargo, ahora en su verdadera forma, con sus instintos afinados, podía sentir la amenaza del lado de Sesshomaru. Había riesgo de perder.
Se lanzó al ataque al mismo tiempo que Sesshomaru lanzó una mordida al cuello, por unos minutos logró evitarla, envolviendo su cola en una de las patas del gran perro. Sesshomaru le mordió la cola que sostenía su pata, cayeron encima de una de las alas del palacio, haciendo pedazos el edificio.
Sesshomaru se puso de pie, y lanzó un rugido atronador. El dragón le lanzó una bola de fuego, Sesshomaru la evito y corrió hacía el, lanzando una mordida tras otra, siempre apuntando hacía el cuello y su corazón.
Ryokutsusei logró rodear a Sesshomaru con su cuerpo, apretaba con fuerza, intentó arrancar la cabeza al gran perro pero este soltó veneno de sus poderosas fauces, el dragón se vio obligado a retroceder al tiempo que el veneno se iba arremolinando en el suelo, haciendo tóxico el piso, y todo a su alrededor.
Los soldados que conocían a su señor, emprendieron la huída lejos del veneno, los soldados enemigos no tardaron en reconocer el peligro e intentaron escapar, los soldados del oeste les acribillaron en cuanto pisaban fuera del terreno del palacio.
La lucha se había reducido a dos grandes demonios. Ryokutsusei no tenía más ejercito, sus fuerzas habían disminuido considerablemente, su victoria o derrota dependía exclusivamente de él, aunque una victoria se vería difícil. Aún si lograba vencer a Sesshomaru, Akiyama estaba dispuesto a terminar el trabajo.
Ryokutsusei dio un coletazo a otro pedazo de edificio, derrumbándolo a su paso, parecía dispuesto a deshacerse de lo más que podía.
Inuyasha podía ver a Sesshomaru batallando con Ryokutsusei, se sentía como un cobarde por estar en terreno alto, lo más alejado de la batalla, pero su tarea era proteger a Kagome. Le volteo a ver preocupado, parecía pérdida en sus pensamientos.
Se agachó a la altura de la pequeña miko y trató de verla a los ojos y traerla de vuelta, pero no hubo resultado. En su mirada no había nada, ni un pequeño destello de conciencia.
-Kagome – le dijo en un tono desesperado – Sesshomaru te necesita, ¿recuerdas tu objetivo? Tienes que sellar a Ryokutsusei.
Nada. Inuyasha le tomó de los brazos y le agitó buscando una respuesta de manera desesperada.
-¡Puede morir si no haces algo! – gritó enfurecido.
Tomó aire un par de veces, no lograría llegar a ella enfadado, volteo a la batalla y vio como Sesshomaru caía.
No había tiempo.
-Se que sufriste – dijo Inuyasha en un tono más calmado – Prometí cuidarte y fallé, cuando todo esto acabe, Sesshomaru puede condenarme a la muerte, pero realmente lo que me interesa ya está resuelto, Taro tiene una madre, tu.
Algo reaccionó en ella. Inuyasha pudo ver un destello en la mirada de Kagome.
-Tu pequeña bebe te necesita, Taro, te necesita, Sesshomaru está peleando por ustedes, así que levántate y pelea.
Kagome estaba pérdida en su mente, donde no había dolor, ni sufrimiento, la oscuridad era bienvenida, estaba tan cansada.
Los recuerdos parecían borrosos, recordar traía sufrimiento así que ¿Por qué hacerlo?, por algo se había encerrado en la oscuridad, no quería moverse, no quería pensar.
La persona que estaba enfrente de ella parecía estar desesperada, en un pequeño rincón de su mente reconoció a quien estaba enfrente, pero su nombre se le escapaba, de hecho mientras mas hablaba esa pequeña parte de sí misma que aún quería luchar conseguía traerle más recuerdos.
La última frase que escuchó le hizo reaccionar por un leve momento.
No sabía por que, pero tirar una flecha hacía un objetivo en especial parecía lo más urgente.
No tenía muchas energías, probablemente tirar una flecha se llevaría todas sus energías, pero a este punto no encontraba nada por que no hacerlo.
Se levantó tambaleándose, sintió como le ayudaban a mantener el equilibrio. El arco y flecha estaban ya en sus manos, así que salió de su pequeño refugio en la oscuridad al cual pronto volvería, y vio la escena.
Un dragón, y un gran perro blanco peleaban.
Ryokutsusei, y Sesshomaru.
Las imágenes de lo pasado la semana pasada regresaron a ella con rapidez. Todo ese dolor, esa frustración, esa ira la uso para tensar la flecha y concentrar todo su poder en la flecha. No sabía si sobreviviría, pero se encargaría de sellar a Ryokutsusei.
Tensó la flecha, sintió todo su poder en una sola flecha, era su último recurso, Sesshomaru se encargaría de lo demás. Quizás después de lo que le había pasado encontraría repugnante el seguir a su lado, y ciertamente no le culpaba, apenas podía estar bajo su misma piel, pero esa tarea, por lo que realmente había venido al palacio se haría.
Vio la oportunidad en el momento que Sesshomaru acorralo a Ryokutsusei, su pecho estaba libre de obstáculos, así que lo puso en la mira y disparo.
La flecha recorrió su camino dejando una estela rosa de poder espiritual.
Dio en el blanco, pudo ver el rostro desfigurado del dragón, el dolor, y la derrota.
Su flecha lo había inmovilizado, y lo último que alcanzó a ver antes que sus fuerzas le abandonaran fue a Sesshomaru arráncanosle la cabeza a Ryokutsusei.
…
En medio de la batalla, de todos sus instintos a lo máximo, su bestia reinaba, y aún así, cuando sintió a Kagome del otro lado no pudo hacer otra cosa mas que aullar de dolor. Podía sentir su dolor a través del lazo, su confusión.
Le busco con la mirada y la vio en el peñasco con la flecha lista.
No lo dudo y uso una parte de su energía de reserva para inmovilizar a Ryokutsusei.
No duraría mucho, pero fue suficiente para que la flecha diera en el blanco.
Sus instintos le decían que se alejara, pero recobro el control sobre su cuerpo, ya no era necesario que la bestia reinara, necesitaba terminar con lo que Kagome había empezado, así que mordió con fuerza el cuello del dragón, aplico toda la fuerza que tenía en sus fauces y finalmente sintió la cabeza desprenderse del cuerpo del dragón.
Había terminado.
El cuerpo inerte del dragón cayó con un fuerte estruendo en el campo de batalla, se hizo el silencio de todos, por un momento no se escucho nada, y del silencio siguió un fuerte estruendo de aullidos de victoria, de gritos de alivio y alegría.
Sesshomaru soltó la cabeza que llevaba en sus fauces y volteo al peñasco.
Kagome estaba en el suelo, y su hermano estaba sosteniéndola.
Regresó a su forma humanoide, sintió el dolor de sus heridas, sus extremidades pesaban una tonelada cada una. Dar un paso era doloroso, respirar era doloroso, podía sentir la sangre fluir de alguna parte de su cuerpo, al mismo tiempo que su maltrecho cuerpo intentaba curarse al mismo tiempo que la sangre salía.
Aún así, dio un salto tras otro hasta llegar al peñasco.
Ignoro a Inuyasha y se concentró en su pareja. Podía sentir su cuerpo apenas sobreviviendo. Veía con claridad cada moretón, cada golpe, lo delgada que estaba. Su rostro pálido le confería un aspecto débil y sin vida.
Si no fuera por su olfato pensaría que estaba muerta.
Su pecho subía y bajaba lentamente, casi de manera imperceptible. La tomo entre sus brazos lo mas delicado que pudo.
Su nariz estaba inspeccionando lo que su vista no podía. Heridas, sangre seca, mugre, tierra, el olor de Inuyasha estaba sobre la superficie, el aroma de las lágrimas era algo que apenas podía tolerar, pero sobre todo, hubo un aroma que sobre salió a todos los demás.
Semen.
Era muy tenue, apenas perceptible, pero ahí estaba, y solo significaba una cosa.
Su bestia interior, no lo soportó, lanzó un rugido de dolor e ira al mismo tiempo que sentía como perdía el control sobre si mismo.
Había fallado. Le hirieron de manera irreparable, Kagome estaba entre sus brazos, apenas viva, su esposa nunca debió haber estado en esas circunstancias. Sin importar el por que, ni las circunstancias era inconcebible que esto hubiera pasado.
El gran Sesshomaru Taisho recuperó sus tierras pero ¿a que precio?
¿Podría volver a reinar en sus tierras sin pensar en el precio de la paz obtenida?
¿Había valido la pena?
Antes de poder contestar la bestia en su interior se abrió paso, y por primera vez en mucho tiempo Sesshomaru no tuvo fuerzas para controlarse.
No más.
No después de Kagome.
La transformación era inminente.
…
Akiyama corrió durante la multitud que festejaba su victoria. Si no se daba prisa todos podrían morir a manos de un tai-youkai enfurecido. Ser alzó sobre su propio ejército y llegó al peñasco al mismo tiempo que Sesshomaru comenzaba la transformación.
No tuvo otra opción.
Saco su espada, y atravesó el hombro derecho de Sesshomaru de un solo movimiento.
La transformación se detuvo, Sesshomaru cayó en la oscuridad.
No tardo Akiyama en despojarse de su haori, Inuyasha tardo un poco en reaccionar, pero le imitó, se saco su haori azul marino, y comenzó a hacerlo trizas.
Le vendaron la pierna herida, le vendaron el hombro, y todas las demás heridas.
-Corre por un médico – dijo Akiyama con urgencia – los llevaré a alguna parte del palacio que esté disponible.
Inuyasha asintió y dio la media vuelta echando a correr con velocidad.
Habían ganado el oeste, pero temía que el precio hubiera sido demasiado alto.
