Cap 37. Expectro patronum.
Nadie pudo visitar
el umbral de mi locura
nadie pudo apagar
la ansiedad en mi corazón.
Nadie consiguió borrar
la huella de nuestros pasos
pero yo sé que nos queda
un rincón para los dos.
Pensaba que perdería el aliento por completo de un momento a otro, pero no quería parar. Corría a tropel a través de una de las inmensas y solitarias galerías del colegio, sin hacerle caso a su agitado resuello, ni a su pulso por las nubes.
Tenía la sensación de que en un momento a otro, expulsaría el corazón por la boca, pero le daba completamente igual…
Debía encontrarla, debía buscarla por todo el castillo. Levantaría hasta la última piedra si hacía falta hasta hallarla, pero tenía que encontrar a Eileen.
En el último cambio de clases se había formado un gran revuelo en el piso inferior, cerca de la salida al exterior. Él no había visto ni oído nada, ya que se hallaba en el ala contrario del castillo, aburriéndose en clase de historia de la magia, de la que habían salido un poco más tarde de lo habitual ya que el profesor Binns, había perdido la noción del tiempo, cosa que le ocurría a menudo al fantasma. James tuvo la incómoda tarea, de interrumpir el runrún constante del profesor para indicarle la hora que era.
Cuando salieron de clase, unos alumnos de quinto de Gryffindor que corrían frenéticamente por el pasillo, les contaron lo que había acontecido unos minutos atrás en los pisos inferiores a él y al resto de sus compañeros de curso, que estaban ignorantes de lo que pasaba.
-¡Snape le ha dado una paliza al profesor Longbottom!- gritó uno de ellos haciendo exagerados aspavientos- ¡Por Merlín que ha sido muy fuerte!
Entonces lo supo… no hacía falta ser muy lumbreras para saber lo que había pasado entre ellos: el padre de Eileen había averiguado de alguna forma, lo que ocurría entre su hija y el profesor de herbología.
Comenzó a transpirar de los nervios, notando como su espalda se empapaba poco a poco de sudor. Su compañero narraba con ahínco lo que había visto, poniendo ciento énfasis en detalles escabrosos, como la de veces que el jefe de su casa había escupido sangre o la cantidad de patadas que había recibido en las costillas.
-¡Eso no es posible!- exclamó Ann, llevándose las manos a la boca escandalizada, apiadándose instantáneamente del jefe de su casa.
-¿Sabéis lo más fuerte?- prosiguió el chico, satisfecho de poseer tan atento auditorio- ¡Lo que le gritaba Snape! ¡No os vais a creer el porqué de la pelea!
-¡Escúpelo!-chilló Ann.
-¿Por qué? ¡Cuéntalo ya!
-¿Qué? ¡Nos tienes en ascuas!
James apretó sus manos levemente, con la leve esperanza de que nadie supiera realmente la razón… Si realmente se sabía, Neville y Eileen estaban metidos en graves problemas.
-Le acusó literalmente de estar tirándose a su hija.
-¡¿QUEEEEEÉ?- gritaron al unísono los Gryffindor, mirándose entre ellos, escandalizados y llenos de sorpresa.
-Eso no puede ser posible.-gritó alborotada una chica- ¿Eileen y el profesor Longbottom? ¡Eso es completamente absurdo!
El chico que narraba los hechos se cruzó de brazos con cara de satisfacción. El chismorreo era el deporte favorito por todos en aquel maldito colegio. Cualquier cosa era buena para murmurar y cuanto más escabroso el chisme, mejor. Y lo que acababa de ocurrir, era muy jugoso como para callarlo.
-Ya… sería absurdo si el profesor no lo hubiera negado.
-¡Qué!- gritaron desordenadamente.
-El profesor gritó que amaba a Eileen… Al menos que estuviera muy aturdido por los golpes, creo que eso no deja mucho margen de duda.
-¿Eileen y el profesor Longbottom?- volvieron a preguntar incrédulos.
-¡No puede ser!
-¡Eso es mentira!
-¿Seguro que escuchaste bien?
James oía el murmullo de sus compañeros, todos gritando a la vez, escandalizados por la noticia. Su cerebro intentaba asimilar esa información, imaginándose la escena en su mente.
Estaba horrorizado.
Entonces se percató que todos guardaban un completo silencio, clavando sus pupilas fijamente en él.
-James… ¿Tú sabías algo de esto? Después de todo, eres el mejor amigo de Eileen…
James abrió muchos los ojos, aún sorprendido. Y sin mediar palabra, sin dignarse a contestar siquiera, se hizo paso entre sus compañeros, incluso apartándolos con la mano, alejándose de ellos con tremenda rapidez, sin importarle qué pensarían de él o de Eileen… ahora tenía una prioridad: debía encontrar lo antes posible a su amiga.
Cuando estaba lo suficientemente alejado de ellos, no pudo ver como el mismo chico que había venido a contarles el chisme, entrecerraba los ojos al verle marchar.
-Pues no os vais a creer lo que me han dicho de James Potter…
James corrió por los pasillos buscando a su amiga. Acudió a la enfermería, pero la anciana Pomfrey no le dejó entrar, expulsándolo de allí de malas maneras. Debió de leer la preocupación del muchacho en su rostro, porque le dijo que Eileen no se encontraba allí. La buscó por la torre Gryffindor, en el baño de Myrtle, en las mazmorras… aunque no se atrevió a pegar en el despacho de su padre, su instinto de conservación le abstuvo de hacerlo. Había sido como si se la hubiera tragado la tierra. Corrió por los pasillos, esquivando a la profesora Graham, que estaba enviando a todos los alumnos que se encontraba a clase o a sus salas comunes.
Él tenía clase de encantamientos en esos instantes, pero ya era más que evidente que no pensaba acudir.
Se encontró a algunos Ravenclaw y les preguntó si habían visto a Eileen, pero nadie sabía dónde estaba… y no le pasó desapercibido la forma en el que lo miraban. Era extraño, era como si le estudiaran con la mirada… aunque no le extrañaba. A esas alturas, todo el castillo debía saber lo de Eileen con Neville… si había algo que abundara por aquellos Lares, eran cotillas de vocación y los carroñeros. Les encantaba hacer leña del árbol caído… En todas las escuelas del mundo ocurren estas cosas, y Hogwarts, no era muy distinta a ellas, por muy magos que fueran.
Se paró en mitad de un pasillo solitario, intentando pensar con claridad. ¿Dónde querría estar Eileen en aquellos momentos? La respuesta se formó claramente en su mente: al lado de Neville.
Recuperó un poco el aliento y se dirigió apresuradamente a la enfermería del colegio otra vez. Si la anciana Poppy no le dejaba pasar, se quedaría en la puerta esperando a que alguien saliera o entrara…
Estaba muy preocupado.
Tanto por Elle, como por su profesor.
Volvió la esquina de una de las galerías, cuando no le costó ningún trabajo reconocer la figura femenina que estaba al final del pasillo, maldiciendo a voz en grito, desgarrándose la garganta de rabia y dándole de patadas a una de las armaduras… como siguiera mucho tiempo así, se rompería los huesos de los pies. Jamás la había visto descargar así su frustración, jamás la había visto tan desesperada como ahora.
-¡Elle!- la llamó mientras corría en su busca.
La chica paró en seco, cesando de dar patadas, abriendo muchos los ojos, mirando en la dirección que había escuchado aquella amistosa y conocida voz.
-¿James?-preguntó un poco extrañada, era como si acabara de volver de otra dimensión.- ¡James!
La chica gritó su nombre, corriendo a su encuentro, arrojándose a sus brazos.
Encontrarle en aquel pasillo, justo en aquel momento, había sido como encontrar un salvavidas en mitad del mar…
-¡Eileen! ¿Qué ha pasado?- se asustó al ver su siempre impecable uniforme de Gryffindor lleno de sangre.- ¿Estás herida?- preguntó tocándola- ¡Estás llena de sangre por Merlín!
-Es de Neville…
Ella comenzó a llorar, derrumbándose una vez más durante aquel largo día, que no parecía tener fin. Afortunadamente, James ya estaba allí con ella, la sujetaría con fuerza y no la dejaría caer.
Desde luego, quien tiene un amigo, uno de verdad… tiene un tesoro.
Sintió la calidez de un nuevo abrazo.
-No llores… vamos a la torre… necesitas sentarte un momento y respirar. No sé cómo puedes mantenerte aún en pie.
James cogió con firmeza a su mejor amiga por la cintura y la condujo hasta la torre, ignorando por completo a todos esos compañeros que se cruzaba en el pasillo y los que le señalaban sin ningún tipo de reparos, cuando pensaban que no les veían.
La gente era gilipollas.
Cloe Graham entró al despacho de la directora de Hogwarts, satisfecha de sí misma y cargada de veneno suficiente como para acabar con un estadio lleno de gente. Su encuentro con Eileen Snape y su asquerosa madre, la habían puesto de un humor de perros, eclipsando un poco el dulce sabor de su venganza, de su subterránea intención de machacar a Neville… aunque aquella niñata engreída aún no sabía lo que le esperaba.
Aguardaba ser ella quien la expulsara. Casi le entraban ganas de frotarse las manos de sólo pensarlo.
Minerva estaba sentada en su escritorio, mesándose las sienes con los ojos cerrados, bajo la mirada atenta del retrato de Albus Dumbledore y de algunos otros directores, que seguían los acontecimientos como si de una teleserie barata fuera.
-¿Querías algo, Graham?- espetó de repente, bajando los brazos y abriendo abruptamente los ojos, clavándolos en la jefa de Gryffindor.
-Sólo quería consultarle lo de la expulsión de la señorita Snape… ¿Lo hará usted personalmente o quiere que me encargue yo como jefa de su casa?
La directora de Hogwarts se la quedó mirando un leve periodo de tiempo en silencio, como queriendo asimilar lo que acababa de preguntarle. Su rostro era inexpugnable como una fortaleza y frío como el mármol.
-La señorita Snape no será expulsada de Hogwarts.- dijo sin acompañar su decisión con ninguna explicación.
-Pero si hace un rato me dijo…-comenzó a decir la profesora de transformaciones, interrumpiéndola inmediatamente la directora.
-Olvide lo que he dicho antes. La señorita Snape, se queda.
Graham sabía que la directora no se hallaba de buen humor, pero no pudo evitar preguntar. Su curiosidad era más poderosa que cualquier atisbo de prudencia.
-Pero… ¿a qué se debe este cambio repentino?
Minerva apretó los labios. Graham había demostrado ser una mujer en la que poder confiar. Siempre había sido muy discreta, y en el asunto de Longbottom y la hija de Snape, había demostrado tener buenos reflejos. Hasta el momento no le había fallado nunca.
Sintió deseos de compartir su pesada carga con aquella mujer.
-He llegado a un acuerdo con Longbottom.- le indicó con la mano uno de los butacones que habían ante su majestuoso escritorio de madera noble, con aquellos bonitos y recargados relieves, haciéndole el gesto de que se sentara.
Graham tomó asiento dócilmente y se limitó a escuchar en silencio, sintiendo de vez en cuando la cabeza a su interlocutora. Apretó levemente su puño en su regazo, de una manera casi imperceptible.
Estaba furiosa, realmente enfadada…
La hija de Snape se quedaría en el colegio, libre de la inminente expulsión. ¿Qué pretendía la directora? ¿Tapar lo ocurrido en ese maldito colegio? ¿No se daba cuenta que eso era del todo imposible?
A esas horas, todo el castillo estaría al corriente de lo ocurrido entre el desafortunado encuentro entre Longbottom y Snape, y las razones de ello era un chisme la mar de jugoso que seguro que ninguno dejaba escapar… ¿acaso creía que podría tapar esa historia a la opinión pública? ¿De veras aquella mujer era tan inocente pensando que no se sabría?
Era imposible guardar un secreto así.
Longbottom había hecho una especie de voto de silencio con respecto al tema…
No pudo evitar dibujar una media sonrisa malévola en su rostro.
Quizás esa nueva situación la beneficiase después de todo…
Su pequeña zorrita estaba bajo su mando y quizás, alguien anónimo filtrase la noticia a la prensa… Los padres tenían derecho a saber qué clase de gentuza les daba clase a sus hijos.
-¿Ha pensado qué va hacer con la vacante de profesor de herbología?- preguntó la jefa de Gryffindor- Estamos a un par de semanas de los exámenes, y necesitamos a alguien que sustituya a Longbottom…
-Lo sé Cloe… y creo que no me quedará más remedio que pedirle que me haga el favor mi querida amiga Pomona, pero con tan poco tiempo, no sé a quién más puedo llamar…
-¿Y qué va a pasar con Severus Snape?-preguntó la profesora de transformaciones. Ahora que la directora parecía confiar en ella, tiraría un poco más del hilo.
Eileen no quiso ir a la torre aún. Le apetecía estar un momento a solas completamente con su mejor amigo. Sabía que al entrar allí, se encontraría de lleno con miradas perspicaces y gente dándose de codazos a su paso.
Seguro que ya todo el mundo sabía que estaba liada con el profesor… Se quedaron unos momentos fundidos en un tierno abrazo, meciéndose un poco, como si bailaran al son de una melodía suave. Encontrar a James, había sido lo mejor que le había pasado.
-¿Te encuentras mejor?- preguntó el chico abriendo un poco el abrazo y quitándole un mechón de cabello del rostro.
Ella asintió levemente.
-Pues entremos… necesitas descansar un poco.
-Lo que realmente quiero, es ir a buscar a Neville.
-Esperemos un poco, y volveremos a bajar a la enfermería… juntos. ¿De acuerdo?
La chica volvió afirmar con un leve movimiento de cabeza.
James y Eileen entraron por el hueco del retrato hasta la sala común cogidos de la mano. La señora gorda los dejó pasar rezongando algo entre dientes. James pudo oír retazos de lo que murmuraba, y era algo como que "ella sospechaba algo desde Navidad" Le entraron ganas de revolverse y mentarle a su familia… si es que realmente un retrato pudiera tenerla. Pero había algo que le preocupaba más que aquel cuadro chismoso: el estado deplorable de Eileen…
No dejaba de pensar en la cantidad de sangre, ya reseca, que tenía en sus ropas… eso demostraba que lo que le habían contado, no habían exagerado un ápice.
En el interior de la sala común, había unos cuantos alumnos de séptimo, sexto y quinto curso esparcidos por la habitación, que se quedaron en completo silencio al ver entrar por el hueco a aquella famosa pareja, que estaban en bocas de todos por distintos motivos…
James, que pensaba que aquel sepulcral silencio era por Eileen, la acompañó hasta el sofá más alejado de ellos y se encaró con los allí presentes. Le jodían esas miraditas que le estaban dedicando a su amiga del alma.
-¿Qué carajo miráis?- gritó James a viva voz, dispuesto a romperse la cara con quien hiciera falta.
Los allí presentes se miraron entre ellos. Algunos con respeto, otros burlándose.
-Nada… sólo ver si realmente se te ve la pluma como dicen por ahí.
Aquello se lo gritó un chico de quinto con el que nunca se había llevado muy bien y habían tenido muchos roces anteriormente. Sus amigos le rieron la gracia, dándose empujones entre ellos.
-¿Perdona?- preguntó aún incrédulo James, sin que le abandonase una pizca de orgullo.
-Creo que me has entendido perfectamente. Oye, esa antipatía que me tienes no será porque te gusto, ¿No? Porque no eres para nada mi tipo…
Eileen iba a intervenir, pero la mano de su mejor amigo se posó con firmeza sobre su hombro. Había batallas que era mejor librarlas solo.
-¿De qué coño estás hablando?
-¿De qué coño hablo? Lo que todo el mundo comenta… que eres marica.
Eileen no pudo aguantarse las ganas y se incorporó abruptamente.
-Mejor cállate si no quieres que te rompa la cara.- le gritó, más que amenazante.
-¿Cómo le ha hecho tu padre a tu novio, Snape?
Eileen desenfundó con increíble rapidez su varita, haciendo un ruido más que amenazante con la boca.
-Cuidado con lo que rebuznas… si no quieres tragarte tus palabras.
-¿Y qué harás Snape? ¿No tienes suficiente que por tu culpa hayan humillado al jefe de nuestra casa? ¿No estás satisfecha con lo que has hecho? Si ya dicen que sólo eres una guarr…
Mike, el golpeador de gran envergadura y prefecto de Gryffindor entró por el hueco del retrato acompañado de su amigo Lupin.
-¿Qué pasa aquí?- preguntó muy serio mirando a la pareja y al grupo de quinto.
-No pasa nada Mike.- dijo un poco azorado el chico que se había encarado James.
Eileen y James no contestaron nada. Elle bajó su varita guardándola en su capa de estudiante. Mirando a su compañero de quidditch, que se acercaba a ella.
-Eileen, me ha dicho la profesora Graham que ni se te ocurra moverte de aquí, que en breve vendrá a hablar contigo.
-Haré lo que me dé la gana. Ella no es nadie para darme órdenes.
Mike frunció el ceño, sabía que diría una cosa así. La conocía perfectamente…
-Por favor Eileen… ella me ha dicho que no te deje moverte de aquí…
Y sin decirle nada más, se alejó de ella tomando asiento en un sofá cerca de la salida. Perfecto, esa cacatúa le había puesto un vigilante…
Desvió sus ojos melados a Lupin, que la miraba con atención, de arriba abajo, como si no la hubiera visto en la vida y estuviera haciéndola un exhaustivo reconocimiento.
-¿Y tú qué miras idiota?- le replicó altanera, modulando un poco la voz, ya que Mike estaba mandando a los chicos más pequeños a clase.
Lupin caminó hacia ella, hasta casi rozar su cuerpo con el de Eileen. Acercó sus labios a su oído.
-Ahora entiendo el enfado del profesor Longbottom cuando te besé… así que sólo él, puede usar la sala común de picadero.
Eileen alzó la mano para abofetear al Gryffindor, pero los reflejos del muchacho eran muy rápidos, por eso era el guardián del equipo de quidditch, agarrando con fuerza por la muñeca a la chica.
Se miraron intensamente a los ojos, una llena de odio, el otro lleno de rencor y de celos. Y sin más, la soltó y salió por el retrato de la sala común.
James y Eileen se sentaron juntos en aquel mullido sofá, abrazándose.
-¿Cómo pueden saber lo tuyo, James? ¿Quién se ha ido de la lengua?- le susurró, aún llena de indignación.
-No lo sé Elle… ya averiguaremos eso después… ¿Qué ha pasado con Neville y tu padre?- dijo cambiando de tema.
Eileen conjuró un muffliato a su alrededor y comenzó a contarle todo lo ocurrido ese nefasto día.
Neville Longbottom paseó su mirada por última vez sobre aquel despacho, ya vacío de sus pertenencias. Estaba vacío de objetos, pero no de recuerdos. ¿Cuántos años llevaba viviendo entre aquellos muros? ¿Diez años? ¿Once? No conseguía recordarlo con claridad, siempre había sido malo recordando fechas, pero de algo estaba seguro: había sido mucho tiempo, eran muchos los años de su vida que llevaba enseñando en aquel colegio.
Cuando terminó la carrera de herbólogo, con tan sólo veinticuatro años, comenzó a trabajar en Hogwarts. Mandó varias solicitudes de trabajo en diversos lugares, entre ellos Hogwarts. Minerva le contestó casi enseguida con una misiva, indicando el día y la hora que quería reunirse con él. La profesora Sprout estaba deseosa de jubilarse al fin, pero no encontraba a nadie que pudiera cuidar sus invernaderos como se merecían… La anciana había recibido con gran alegría la idea de que fuera Neville quien le relevara en su puesto. Siempre le había tenido fe y había sido uno de los alumnos más brillantes en su asignatura.
Parecía ayer cuando regresó una vez más a Hogwarts, pero esta vez, bajo la condición de profesor.
Su trabajo le apasionaba, siempre supo que ese era su camino. Enseñar le encantaba… y ya no volvería hacerlo nunca.
Recordaba la primera vez que impartió una clase, la primera vez que suspendió a un alumno en su asignatura, la primera vez que castigó, la primera vez que recibió en ese mismo despacho a un alumno que tenía un problema, la primera vez que ganaron la copa de las casas… Su vida como docente lo había sido todo para él. Le gustaba mucho enseñar, y siempre le había agradado la compañía de los chicos… Y a pesar de su mala memoria, recordaba a cada uno de los estudiantes a los que había dado clase. Los niños eran criaturas realmente fascinantes, aunque en ocasiones le colmaran la paciencia… pero en definitiva, le había gustado su trabajo.
Había sido feliz allí.
Y ahora entre las desnudas paredes de aquel abandonado despacho, se guardarían para siempre sus recuerdos con Eileen.
Eileen, ella era su vida ahora…
Cerró de un golpe seco su baúl, donde había guardado todas sus pertenencias y lo hechizó. Lo mermó hasta que sólo tenía el tamaño de una caja de cerillas y pudo guardárselo cómodamente en uno de los bolsillos de su capa de viaje.
El cuerpo lo tenía molido, la cara la tenía reventada… pero ya eso le daba igual.
Lo que realmente le preocupaba era dejar a Eileen allí, sola… pero no permitía que a esas alturas dejara el colegio. Había pasado siete años estudiando entre aquellos muros, para que ahora lo abandonase así. No permitiría que se le cerraran puertas por su culpa, no quería ser el causante de su expulsión, y mucho menos, el que le cortara las alas. Se había pasado los cursos detrás de ella, desde que Elle había ingresado en Gryffindor, cuando tan sólo tenía once años, procurando que estudiase, que no faltara a clase, que no hiciera de las suyas…Recordaba con exactitud la noche que colocó el sombrero seleccionador sobre su cabeza y apenas había rozado su pelo cuando gritó el nombre de su casa…
Eileen…
Él tenía aún toda su vida por delante, y él cuidaría de ella.
Suspiró, a la vez que decidía que ya era hora de deshacerse de la nostalgia, cuando aún siquiera se había marchado de allí.
Se despidió con un susurro de su despacho, y de aquel ostentoso escritorio que tanto odiaba. Ya no le parecía tan horrible. Cogió un sobre que tenía lacrado encima del tablero y se lo guardó en otro bolsillo. Escrutó por última vez su despacho y salió al pasillo, cerrando otra puerta tras sí.
Notó como el estómago se le encogía un poco. Miró al fondo del solitario pasillo, acercándose al retrato de la señora gorda a paso lento, mientras se agarraba disimuladamente el costado. La poción de Crecehuesos que le había dado Poppy le ardía en el interior. Podía notar un punzante dolor en las costillas, pero no quería pasar más tiempo en Hogwarts, solamente el necesario para poder hablar con Eileen.
-Buenos días señora. ¿Sería tan amable de dejarme pasar?- pidió con su habitual educación el Ex jefe de la casa Gryffindor.
La señora gorda se removió inquieta dentro del retrato, como si se debatiera interiormente, mientras lo observaba en silencio con los labios apretados.
-Lo siento Longbottom… pero tengo órdenes de la jefa de Gryffindor de no dejarte pasar.
Neville frunció el ceño levemente. Ya se había apresurado aquella maldita arpía en cercarle los caminos hasta Eileen.
Suplicaría si hacía falta, necesitaba ver a Eileen. Total, su orgullo ya no se vería más dañado de lo que estaba por hacerlo.
-Por favor señora… tengo algo muy importante que decirle a la señorita Snape.
La mujer del retrato suspiró, mirándole fijamente.
-Lo siento. No puedo hacerlo.
-¿Ella está dentro?- preguntó señalando el interior de la torre.
-La jefa de Gryffindor me ordenó que no te dijera nada…- Neville observó con una leve sonrisa en los labios cómo el retrato asentía con la cabeza, respondiendo así a su pregunta. En cierta parte, el cuadro seguía cumpliendo la voluntad de Graham.
-¿Está recluida?- preguntó con desesperanza, viendo con frustración como el cuadro le afirmaba otra vez.
-Gracias señora.
-Cuídese… le echaré de menos.- le dijo el retrato con un deje de tristeza en la voz.
Longbottom prosiguió su camino a duras penas. Aún tenía el cuerpo dolorido, pero no podía lamentarse ahora de eso. Tenía que ir en busca del único hombre que seguro que le tendería una mano en esas circunstancias…
Después de lo que había pasado apenas unas horas, el silencio sepulcral que envolvía el colegio era casi fantasmagórico. Ni un alumno por los pasillos, ni un grito, ni risas… nada. Parecía que estaba desierto, el silencio que imperaba, era semejante a aquellos días previos que pasaba en el castillo a que regresaran los alumnos de sus vacaciones de verano.
Salió al exterior con la leve esperanza de no volverse a encontrar con Severus Snape. No estaba seguro de resistir un segundo lance contra aquel hombre…
Se dejó llevar por la inclinación del terreno hasta la casa del guarda bosques, con la esperanza de que el hombre no se hallara en mitad de alguna de sus insufribles clases.
Hagrid salió a la puerta a recibirle, ya que le había visto llegar a lo lejos.
-¡Neville! ¿Qué haces aquí muchacho? ¡Poppy te está buscando como una desesperada por todo el castillo!
Neville no pudo evitar una pequeña sonrisa. Seguro que la próxima vez que viera a la anciana, le echaría la bronca del siglo, era implacable y no se le podía llevar la contraria, además siempre le había tenido un cariño especial, ya que se pasó parte de su niñez y adolescencia en la enfermería.
-Está muy enfadada… dice que tienes que guardar reposo. ¿Quieres pasar?- ofreció el semigigante haciendo un gesto con la mano y retirándose del hueco de la puerta.- ¿Te apetece un té?
-No Hagrid, gracias.- declinó la oferta con una leve sonrisa- Teniendo en cuenta las circunstancias, es mejor que me vaya cuanto antes…
-¿Te vas? ¿No te quedas hasta final de curso?- preguntó Hagrid abriendo mucho los ojos.
-No. Y creo que es mejor así.
-Pero tú eres un buen profesor.
Neville guardó silencio unos instantes, estudiando el rostro bonachón del hombre.
-¿Sabes lo que he hecho?
El semigigante lo miró desde arriba, como si le estudiase con atención.
-Sí.
-¿Y todavía me hablas?
-No sé porqué debería dejarte de hablar. No voy a ser yo quien te juzgue.
Neville torció el gesto. Ese hombre nunca pensaría mal de nadie aunque se lo propusiese.
-Hagrid… necesito que me hagas un pequeño favor y no tengo a nadie más a quién recurrir.
El semigigante le miró con un ápice de desconfianza.
-¿Qué necesitas? Sabes que siempre haré por vosotros lo que esté en mi mano.
Neville sacó del interior de uno de los bolsillos de su capa de viaje, un pequeño sobre lacrado, que había escrito en su despacho por si no podía hablar con ella en persona.
-Necesito que le des esta nota a Eileen Snape.
Hagrid miró el sobre como si pudiera explotarle de un momento a otro bajo las narices. Neville le estaba poniendo en un compromiso, entregarle esa nota a la hija de Severus Snape, era ponerse en contra del oscuro hombre… y no estaba muy seguro de querer provocar la ira del jefe de Slytherin.
-Neville… yo… no sé si debo.
-Por favor.- suplicó Neville.- No tengo a nadie más. Necesito decirle algo antes de irme y no me dejan verla… la tienen recluida en la torre como si fuera una delincuente.
Hagrid se quedó en silencio, mirándole.
-Por favor.
Neville sabía que si le tocaba suficientemente la vena sensible al grandullón, terminaría entregándole la carta a Elle. A pesar de su gran tamaño y su engañoso aspecto fiero, era un buenazo.
-Por favor… Hagrid, nunca te he pedido nada. Ella… es muy importante para mí. Eileen es lo único en esta mísera vida que me importa. No puedo dejarla y que no sepa nada de mí, no quiero que piense que la he abandonado a su suerte. ¿Lo entiendes?
Hagrid tomó la carta sin más y se la guardó en uno de los bolsillos de sus pantalones.
-Gracias.
-De nada.- se limitó a contestar- Cuídate Neville… siempre has sido un buen chico.
Longbottom le dedicó una sonrisa sincera y se despidió de él. Alargó la mano para estrechársela, pero el siempre sentimental Hagrid, le dio un fuerte abrazo, temiendo que le rompiera el resto de costillas sanas, notando como sus pies dejaban de tocar el suelo.
Neville se volvió a despedir y se volvió, notando como la puerta de la casa de Hagrid se cerraba a sus espaldas. Miró de lejos sus queridos invernaderos, sin ánimo de entrar siquiera.
Aquello era lo que podía calificarse, como un día de mierda.
Tenía unos deseos irracionales de llorar. Todo había comenzado como una mañana perfecta… había hecho las paces con Eileen, había pasado la mejor noche de su puta vida a su lado… le había prometido que jamás la dejaría… había hecho caminos en su piel con sus dedos, había tomado decisiones para su futuro…
Todo se había precipitado al vacío.
Y ahora estaban intentando separarles… ahora todos la señalarían. Y él no podía hacer nada para defenderla. Aunque tenía fe ciega en su fortaleza, Eileen era fuerte, decidida… ella podría soportarlo… eran sólo unas semanas.
Ardía en deseos de entrar por la fuerza en aquella torre y llevársela de allí, lejos, muy lejos. Donde nadie los conociera, donde nadie los juzgara, donde a nadie le importara…
Pero aquello sería huir del problema, sería una gran cobardía, además de privarla de sus estudios. Ella podía ser lo que quisiera, Auror, buscadora de quidditch, medimago, herbóloga, pocionista… todo lo que ella quería, era capaz de conseguirlo… había conseguido, entre otras cosas, volver loco a su profesor de herbología.
No sería él quien le cortara las alas… sólo eran unas semanas más. Ella era valiente, podría conseguirlo.
Se paró en mitad del camino, mientras observaba de lejos el castillo, siempre imponente y majestuoso, ajeno a que en su interior, albergaba al más maravilloso ser humano.
Suspiró y sacó su varita del bolsillo de su capa, mientras desviaba su mirada a la torre de Gryffindor.
A lo largo de su vida, jamás lo había conseguido, siempre había terminado fracasando en sus intentos. Eran numerosas las veces que se había metido en la sala de los menesteres, siendo ya profesor en Hogwarts, para intentar convocarlo, pero siempre había sido en vano. Jamás había conseguido invocar a un patronus, por mucho que lo hubiera intentado, por mucho que lo hubiera practicado…
Recordó las palabras de Harry Potter en su época del ED, cuando le enseñaba a él y a otros compañeros hechizos de defensa: Buscad un recuerdo poderoso, el más feliz que podáis encontrar y dejad que os llene.
Antes le había costado encontrar un sólo recuerdo feliz dentro de su cabeza, pero ahora era diferente. Ahora tenía muchos agolpándose en su mente y no sabía cual seleccionar: Eileen tirándole nieve, Eileen cantando en voz en grito mientras podaba el jazmín, Eileen durmiendo a su lado, Eileen bailando con él, Eileen riéndose a carcajadas, Eileen pellizcándole, Eileen comiendo fresas… Quizás eran recuerdos un tanto insignificantes, pero esas pequeñas cosas con ella, esos pequeños momentos en su compañía, eran el alimento de su alma. Esos pequeños gestos cotidianos a su lado, casi triviales, era lo que le hacía ser feliz y desear estar vivo.
Su recuerdo más feliz era Eileen. Daba igual la situación, ella era su mejor recuerdo.
Se concentró en ella, en sus ojos melados, en su cabello azabache, en sus labios, en su sonrisa…
Con decisión levantó la varita.
-EXPECTRO PATRONUM.- gritó, concentrándose en la Eileen de sus recuerdos.
Incrédulo aún por haberlo conseguido, vio como una figura plateada y traslúcida salía de su varita, dirigiéndose a toda velocidad a la torre Gryffindor.
Eileen y James estaban sentados en un sofá de la sala común Gryffindor. Ninguno de los dos hablaba, pero el silencio no era incómodo. Tenían las manos entrelazadas y ella tenía su cabeza apoyada en el hombro de él, concentrándose en no ponerse a llorar.
Ambos estaban jodidos. No sólo se había descubierto la relación que mantenía en secreto con el profesor Longbottom, si no que la condición sexual de James era ahora también mofa en todo el colegio.
James suspiró fuertemente y Eileen le dio un beso en la mejilla.
El chico había decidido no acudir ese día a clase, no iba a separarse de su amiga por nada del mundo.
Juntos era todo más llevadero y ambos lo sabían. Juntos podían enfrentarse a cualquier dificultad, quizás no salieran victoriosos, pero al menos seguirían unidos.
Si había algo puro en este mundo, era el amor y la amistad que se profesaban esos dos jóvenes.
-No sé qué haría sin ti.- susurró Eileen.
Normalmente, esa clase de comentarios sentimentales, eran carne de cañón para que James hiciera toda clase de chistes malintencionados... Pero hoy no era ese día.
-Yo tampoco… te quiero.
-Y yo a ti.
Y se apretaron más en el sofá.
Ambos estaban asustados. Eileen no sabía aún cómo se encontraba su novio y James estaba realmente agobiado, no sabía si estaba preparado para que todo el mundo supiera su secreto, pero se había encontrado en ese lance en contra de su voluntad. ¿Quién había sido el que había corrido la voz? Sólo había ciertas personas en el castillo conocedoras de su secreto… y le daba la nariz que no era ninguna de ellas. Tanto el tío Neville y Snape estaban descartados. Estaba Eileen, pero en ella tenía una fe ciega. Su pequeña prima Rose no podía ser, y después quedaban sus amigos Hufflepuff… Su cabeza daba vueltas sin encontrar una solución.
El resto de sus compañeros hacían como si ellos no existieran, como si fueran unos apestados a los que mejor ni rendir cuentas. Pasaban a su lado y ni se dignaban a saludar, siquiera los miraban.
Era como si se hubieran puesto de acuerdo en hacerles el vacío. En ignorar su presencia. Podía percibir cómo de vez en cuando, cuchicheaban a sus espaldas y alguno que otro soltaba alguna risotada.
Eran la burla de Gryffindor, nadie les apoyaba, nadie los había defendido, nadie se había dignado en ponerse en su lugar… Tan sólo unas chicas de primero que habían entrado un momento y se dignaron en dedicarles una pequeña sonrisa a Eileen y a James.
Estaban completamente solos.
-¡Eh! ¡Mirad!- gritó un chico a sus espaldas- ¿De quién es ese patronus que entra por la ventana?
Eileen y James se volvieron en un arranque de curiosidad. Un patronus con forma de oso, hizo su entrada magistral por la ventana, llamando la atención de todos los presentes. Lo que más curiosidad despertaba del patronus, es que se trataba de un espécimen joven, tierno, adorable… que daban ganas de acariciar, pero a la vez, fuerte y poderoso.
El patronus dejando un haz plateado a su paso, se dirigió directamente a Eileen, que comenzó a rodearla, mientras brincaba a su alrededor alegremente, como si jugara. Eileen no pudo evitar reír, olvidando por un momento todos los problemas que tenía. Olvidó todo su malestar, su tristeza, como si aquel plateado animal le insuflara fuerzas. Se levantó de su asiento con decisión, agachándose mientras el patronus se revolcaba en el suelo panza arriba, juguetón. Tuvo deseos irracionales de acariciarlo, de tocarlo como si fuera un ente de cuerpo sólido, alargando sus manos hacia el osezno. Pero era imposible cogerle físicamente, era como querer coger el humo.
Se incorporó de un salto y brincó hacia ella, como si quisiera arrojarse en sus brazos, entonces desapareció, dejando tras sí una estela color plata.
-¿Qué ha sido eso?- preguntó aún sorprendido James.
Ella se incorporó ante las miradas atónitas de los compañeros que se hallaban en la sala. Un patronus de cuerpo entero era magia muy avanzada, y no todos en aquella sala eran capaces de hacer, pero lo que jamás habían visto, era comportarse a un patronus así. Eileen sabía a quién pertenecía ese patronus, un pálpito en el corazón se lo decía. Por eso se había sentido feliz cuando lo vio aparecer por la ventana, por eso sentía que todo iría bien.
Un osezno… sólo había una persona en aquel castillo que pudiera tener semejante patronus, tan fiero y tierno a la vez.
Corrió a la ventana por donde había entrado, mirando a todos lados, inquieta, deseosa de verle.
Ver a Neville es lo que más deseaba en el mundo, desde que se lo habían llevado a la enfermería, se hallaba obsesionada con saber de su estado.
Consiguió verle al fin, aunque fuera en la lejanía, después de anhelarlo tanto. Aunque pareciese que estaba muy lejos, ella le sentía a su lado. Era como si él estuviera con ella es aquella maldita habitación, en su pequeña cárcel improvisada.
Lo podía ver, de pie, en la orilla del bosque prohibido.
-¡Neville!-gritó Eileen, sin importarle que la oyeran. Ya le importaba todo un carajo. Lo que pensaran de ella todos los habitantes de aquel maldito castillo, le traía sin cuidado.
No podía saber si la había escuchado, era casi imposible ya que se encontraba jodidamente lejos, pero el hombre estiró el brazo y lo movió de un lado a otro, como si se despidiera de ella, como si notara que le estaba mirando.
Neville bajó el brazo y se quedó mirando a la torre, como si la viera, como si pudiera percibirla. Tras unos minutos, se volvió sobre sus propios talones con lentitud y se encaminó por el sendero que conducía fuera de Hogwarts.
Eileen no podía creérselo… ¿es que acaso se iba de Hogwarts? ¿Es que le habían despedido? Recordó quien era ahora la jefa de Gryffindor y algo le dijo que sí.
Pues si él se iba, ella se marcharía con él.
Corrió hasta el hueco de la salida, con intención de marcharse con Neville, sin llevarse sus pertenencias, sin despedirse, sin decir nada… daba igual a donde fueran, siempre que fuera con él.
Se iría con él hasta el fin del mundo si se lo pidiera.
Mike la interceptó en el retrato, impidiéndola salir. Su voluminoso cuerpo de golpeador, tapaba todo el hueco, su insignia de perfecto se interpuso entre ellos.
-¿A dónde vas, Snape?
-Me voy de aquí. Apártate.- ordenó con firmeza.
-Sabes que no puedo hacerlo… la profesora Graham me ha dicho que no te dejara salir de la torre.
Eileen se planteó seriamente el hecho de reducirle, a golpes si era necesario, pero su gran tamaño le hacía absurdo intentarlo. Iba aturdirle, pero lo que más se sorprendió, fue la cantidad de personas que se le unieron a Mike.
Sabía que tendría que luchar con todos y no se encontraba con fuerzas para hacerlo.
-No nos busques más problemas, Snape. Bastante tenemos con la partida del profesor Longbottom… y todo por tu culpa.
Eileen retrocedió un par de pasos y sacó su varita.
-Accio Saeta de Viento.
Si no podía salir por el hueco, lo haría por la ventana, como ya había hecho miles de veces.
Ante la mirada de desaprobación de muchos, de admiración de otros y la indiferencia de unos pocos, se subió a la escoba e intentó escapar por la ventana, como había hecho tantas veces con anterioridad. Se montó en el palo de la escoba con decisión y se lanzó por el hueco de la ventana.
Una barrera invisible, la repelió, lanzándola al interior de la sala con vehemencia, cayendo violentamente sobre su trasero.
James se acercó a ella, preocupado.
-¡Elle! ¿Estás bien? ¿Qué ha pasado?
Eileen se levantó del suelo con energía, arrojando al suelo la escoba con rabia y gritó a viva voz insultos contra la profesora Graham, que escandalizaron a la mayoría de los presentes. Seguro que había hechizado la torre para que no pudiera escapar.
Se dirigió a la ventana con los ojos llenos de lágrimas. Neville se marchaba… y ella no podía irse con él.
Lo vio a lo lejos, caminando despacio, como si le costara hacerlo, mientras volvía la cabeza hacia atrás de vez en cuando: seguro que él contaba con que acudiría a él y le había fallado.
-Neville.- susurró con dolor.
Con decisión, sacó su varita y cerrando los ojos se concentró en su recuerdo más feliz: la noche que Neville bailó con ella en el jardín. Aquella noche en la que se dio cuenta que era a él a quien quería, al que realmente amaba con todo su corazón.
-EXPECTRO PATRONUM.
El patronus de Eileen con forma de gavilán tomó forma en la punta de su varita y salió volando con precisión hasta la figura de aquel triste hombre, que caminaba cojeando por el camino que llevaba a la salida de Hogwarts.
Fueron muchos los que vieron el patronus de Eileen acompañando a Neville durante su salida de Hogwarts.
El profesor se había marchado.
James se acercó a su amiga, que acababa de bajar la varita, cansada por el esfuerzo y por todo lo que llevaba acumulado en el día. Recogió la saeta de viento, que aún estaba tirada en el suelo y posó con suavidad una de sus manos sobre el hombro, haciéndola girar hacia él.
-Elle… ¿Por qué no vas a ducharte y a quitarte ese uniforme lleno de sangre? Creo que te sentará bien…
Ella asintió y cogió su escoba que le tendría su amigo.
Esa ducha que no pudo tomarse esa mañana le vendría muy bien…
Hermione suspiró con fuerza, mientras se paseaba de un lado a otro por el despacho de su marido, como una fiera enjaulada. Estaba intentando apaciguar un poco esos nervios que tenía a flor de piel. Intentaba pensar con lucidez, clarear un poco sus pensamientos y clasificarlas, poner en orden sus ideas, sus recuerdos, sus sentimientos… antes de ir a buscar a su marido.
Se conectó a él, para asegurarse donde se hallaba. No se había movido de aquella vieja casa desde que abandonó Hogwarts tras la atroz pelea con su hija.
Con decisión se adentró a la chimenea y se permitió suspirar una vez más, como si cogiera aire para zambullirse en un mar agitado. Soltó el aire despacio y tiró polvos flu a sus pies.
-A la calle de la hilandera 41.- gritó, desapareciendo tras unas llamaradas esmeraldas.
Tosió al salir de aquella sucia y polvorienta chimenea. Hacía al menos catorce años que no iba aquella vieja casa. Un fuerte olor a cerrado la golpeó como bienvenida. A pesar de que Severus se había empeñado en conservar aquella ruinosa casa que olía a humedad, polvo y madera mojada, no habían vuelto siquiera en todos esos años para ver en qué condiciones se encontraba. Sabía que Severus deseaba que se cayera, que se derruyera sola… eran muchos los recuerdos que le ligaban a esa casa, y la mayoría no eran para nada bonitos. Quizás los últimos que habían pasado allí, cuando Eileen sólo era un bebé.
Eileen ni recordaba su estancia en aquella casa… para ella no existía esa sórdida y desvencijada casa.
-Severus…- susurró a la oscuridad.
La habitación estaba sumida en tinieblas. Las viejas cortinas hechas jirones, aún colgaban de una barra oxidada, impidiendo entrar la poca luz que había en el exterior a través de los sucios cristales.
Sus ojos se acostumbraron un poco más a la penumbra y pudo ver a Severus sentado en un polvoriento sofá, inclinado hacia adelante con su rostro cubierto por sus manos. Totalmente inmóvil.
-Severus.- volvió a llamarle, sin obtener respuesta.
Torció el gesto y caminó decidida a descorrer las cortinas, dejando entrar los pocos rayos de sol que filtraban el plomizo cielo de Londres.
Él siquiera movió un músculo. Seguía con los ojos cerrados y el rostro enterrado entre sus pálidas manos.
-¿Por qué no me contestas, Severus?- replicó Hermione, acercándose a él.
Severus no oía, ni olía, ni padecía, ni sentía… se hallaba allí sentado, muy quieto, sin mover un solo músculo, como la estatua de un dios oscuro.
Tenía mucho en lo que pensar… su cabeza era una jaula de grillos, a punto de explotar como una olla a presión. Aquellas últimas horas, habían sido un cúmulo de agitación, violencia y rencor al que ya no estaba acostumbrado…
Y el sentimiento de culpa le había llevado allí, donde había dado comienzo a su miserable vida… aquella maldita casa que le recordaba de dónde había venido, de la maldita cloaca de dónde había salido, de la vida de mierda que había tenido hasta que Hermione la cambió por completo.
Aquella casa simbolizaba todo aquello que no quería ser. Estaba vacía y sucia, como todos los recuerdos de su niñez. La había abandonado muchos años atrás, con Eileen entre sus brazos y con su mujer de la mano, con la esperanza de una vida mejor… con esa familia que tanto había anhelado y pensó que jamás tendría, siendo el padre de una niña… construyendo al fin un hogar, ese que tanto soñó cuando era solo un niño.
Cada una de las brutales palizas que le había dado su padre a su madre y a él, cada insulto bañado por el hedor del alcohol barato, las tenía grabadas a fuego en su memoria. Cuando su padre llegaba a casa borracho y con ganas de desquitarse, su madre le pedía que se escondiera, y que por mucho ruido que hicieran, que no saliera de su escondrijo… Daba igual si se escondía bajo la cama, en un oscuro armario o en el mismísimo infierno. Él siempre le encontraba, y cuando el odioso de Tobías Snape se cansaba y se iba a su cuarto, su madre siempre le tomaba en brazos, meciéndole, sentados en cualquier rincón, simplemente abrazados…
Su madre… jamás entendería cómo había dejado que su padre le hubiera pegado una paliza tras otra, sin hacer nada por evitarlo. Ella era bruja, podría haberle dado su merecido con ventaja, pero jamás usó su magia contra él.
Y eso era algo que reprochaba a la memoria de su madre, si alguien osara ponerle un solo dedo a su Eileen, hacerle daño, golpearla… él le daría muerte con sus propias manos.
Por eso se sentía como una verdadera basura.
Le había levantado la mano, con intención de golpearla. Por un momento había estado a punto de descargar su mano sobre ella, y hacerle daño a una de las personas que más profundamente amaba.
Él siempre había querido ser un buen padre, alejarse de la sordidez que había gobernado su vida hasta enamorarse de Hermione y ser mejor persona. Ser un buen marido, un buen padre… ser definitivamente, mejor persona de la que era.
Era un padre deplorable…
-Severus.
Una mano reposando en su hombro le hizo dar un respingo. Tan ensimismado estaba en sí mismo, tan volcado en sus pensamientos, que no se había percatado de la llegada de su esposa.
Su Hermione…
Hermione se sentó en un destruido sillón, no sin antes limpiarlo un poco con un pase de varita. Su embarazo era ya muy avanzado, y llevaba todo el día de pie, soportando una gran tensión en su espalda.
Tenía los pies hechos puré.
Su marido la había mirado un momento, clavándole esos profundos ojos negros y volvió a inclinar la cabeza al suelo, como en trance…
Le observó con atención, en el más rotundo silencio. Sus manos apretadas sobre su regazo, sus cortinas de cabello azabache cubriéndole el rostro, su respiración pausada e intensa.
No decían nada, pero ambos sabían que se aproximaba una conversación inminente, y que no iba a ser nada agradable.
Hermione decidió ser ella quien rompiera ese silencio sepulcral.
-¿Se puede saber qué has hecho?- le preguntó sin más, disparando a bocajarro, sin preámbulos. Llevaba todo el santo día hablando del mismo tema, así que ya no había lugar para las dudas.
Severus levantó levemente la cabeza de su regazo, mirándola fijamente, escondiendo todos sus sentimientos tras una máscara de impasibilidad. Pero esos truquitos poco le servían con su mujer.
-¿Acaso no sabes ya lo que he hecho?- preguntó suavemente, arrastrando las palabras con su voz más quebrada.
-Sabes que no me refiero a eso. Quizás no he formulado la pregunta correctamente…
Hermione hizo una pequeña pausa teatral, mientras cruzaba una mirada con su marido y acariciaba con suavidad su abultado vientre.
-¿Por qué Severus? ¿Por qué lo has hecho?
-¿Qué por qué he hecho el qué Hermione? ¿Golpear a Longbottom?- preguntó el profesor de pociones retirando con un movimiento de cabeza sus cabellos de la cara.
-Entre muchas cosas, faltar a tu palabra… me lo prometiste.
Severus volvió la cara a un lado, como si en la esquina llena de telarañas de aquella habitación, pudiera encontrar la respuesta.
-Severus… me prometiste que jamás, bajo ninguna circunstancia, usarías legeremancia con Eileen.
Severus permaneció en silencio.
-¿No dices nada?- preguntó con un ápice de frustración- Me has defraudado… has faltado a tu palabra.
El hombre se puso abruptamente de pie, como si le hubieran pinchado.
-¿Y qué se supone que tenía que hacer? ¿Dejar que Eileen se siguiera revolcando por todo el castillo con ése?- escupió Snape.
-¿No te das cuenta que si no le hubieras leído la mente a Eileen, no lo sabrías? ¿Es que no eres consciente que has violado su intimidad?
-¿Crees que no lo hubiera averiguado de todas formas? Y mira qué he descubierto al hacerlo… No quiero pensar la cantidad de veces que nos habrá mentido.
Hermione frunció el ceño y señaló la cicatriz del cuello de su marido, la misma que le hizo aquella asquerosa serpiente y ella curó con sus propias manos.
-Pensaba que las cicatrices que cubrían tu cuerpo representaban tu lucha por un mundo libre… Al menos eso dijiste en el último almuerzo del fénix.
Severus miró a su esposa con claro hastío.
-¿Y eso qué tiene que ver con Eileen? ¿Qué tiene que ver con todo lo que ha pasado?
-¿Es que ella acaso no es libre?- comenzó a elevar la voz Hermione- ¿Cómo te has atrevido a hacerle una cosa así? ¡Le has acotado su libertad! ¡La has dañado!
-Ya sabía yo que no tardarías en ponerte de su parte…
-No, no estoy de parte de nadie, Severus, salvo de la razón.
-¿No te das cuenta lo que nuestra hija nos ocultaba? Si no lo hubiera hecho, aún ése estaría revolcándose con nuestra hija por todo el colegio…
-¿Te has parado a pensar que quizás ellos estaban buscando el momento de contárnoslo?
Severus hizo una desagradable mueca con la boca.
-Vamos Hermione, no me hagas reír. No peques de inocente, Longbottom no tenía ninguna intención de contarnos nada… aunque te haya dicho que sí.
Eso era lo malo de la ligadura de almas, que no se podía tener secretos. Su marido tenía conocimiento de sus conversaciones con Eileen y Neville…
Hermione se cruzó de brazos sobre su abultado vientre, acentuando así más su avanzado estado de gestación.
-¿Quién eres tú y qué le has hecho con mi marido?
Hermione lo miraba clavándole esos profundos ojos melados, aquellos a los que amaba hasta la perdición. Lo contemplaba sorprendida, como si fuera la primera vez que lo viera, como si no le conociera.
-Severus… no te reconozco.
-Hermione.- acercó su mano a ella, su forma de mirarle le dañaba, se había visto transportado al recuerdo de aquella fatídica noche, cuando ella había levantando su varita contra él y le había grabado una cicatriz en el rostro.
Hermione dio un paso hacia atrás, huyendo del contacto físico con su marido. Aquello le dolía en el alma, pero había ido allí con una idea: hacer entrar en razón aquel testarudo que tenía por marido…
-Severus… hoy te has comportado como un mortífago.
Severus dejó caer su mano a peso, como si hubiera muerto de repente, pegándosela al cuerpo.
Siguió en silencio. Por una vez en la vida, no sabía que decir.
-No lo entiendo. –Dijo Hermione negando con la cabeza- Le has hecho daño a la persona que más quieres, la has violentado, herido… Tu hija te adora, te tiene en un pedestal… para ella siempre has sido su héroe… y hoy te ha visto conjurar un imperdonable.
Hizo una pausa y al no hallar respuesta por parte del hombre, decidió continuar hablando.
-¿Y sabes qué es lo peor de todo? Que por un momento, no te has parado a pensar, no te has puesto en el lugar de Eileen… ¿No te das cuenta de las similitudes que hay entre nosotros y la historia de tu hija?
El hombre reaccionó con vehemencia.
-¿Quieres que me vea reflejado en Longbottom y en mi hija?- gritó- Perdona, esta historia no tiene nada que ver con la nuestra. Hermione, ese hombre vino a visitarte cuando tuviste a Eileen, tengo una fotografía que tiene a nuestra hija en brazos… jamás en vida, pensé que una cosa así estuviera pasando en mis propias narices. Ya sabes que Longbottom no ha sido nunca de mi agrado, siempre me ha parecido un idiota. Pero le acepté, porque tú le tenías cariño, como al resto de tus amigos. Lo acepté en mi vida, acepté que fuera unos de los tíos postizos de mi hija… y mira como nos lo ha agradecido… acostándose con ella. ¿Cómo ha podido hacerlo? Ese miserable cerdo la tuvo en brazos cuando sólo tenía días de vida…
Hermione se quedó un momento callada asimilando las palabras de peso de su marido… en parte tenía toda la razón del mundo. Suspiró, sabiendo que lo que iba a decir, la posicionaría en uno de los frentes de aquella batalla, y eso le dolía.
Le dolía ir en contra de Severus, pero debía hacerlo. Su conciencia así se lo dictaba. Había visto a su hija destrozada por el dolor, como jamás se hubiera imaginado, y había visto algo en los ojos de su amigo cuando habían hablado de su hija… un brillo especial, nunca visto en él.
Eileen y Neville se amaban, de eso estaba segura. Aún no lo había asimilado del todo, ni tampoco sabía si aquello estaba bien… pero su conciencia ya había hablado.
-¿Acaso no sabes que no podemos elegir de quien nos enamoramos?- preguntó, sabiendo que estaba citando casi literalmente a su hija.
-¿No te das cuenta que hay algo perverso en eso? ¡Eileen es sólo una niña!
-No lo es, Severus. No sé si te has dado cuenta últimamente, pero nuestra hija ya es una mujer…
-¡Tiene sólo dieciocho años! Es imposible que sepa lo que quiere…
-Creo que hoy te lo ha dejado bien claro… A pesar de lo mucho que te quiere, a pesar de que te idolatra… hoy se ha enfrentado a ti…
Severus puso una cara llena de dolor, recordando el episodio con su hija en el interior de su despacho. Había defendido con uñas y dientes su relación con Longbottom, se habían dicho cosas horribles… y había estado a punto de hacer algo que jamás haría: pegarle.
-Entrará en razón. Es imposible, me niego a aceptar esta situación.
-Creo que ella ya ha elegido.
-Y veo que tú ya estás defendiéndola… y a ése también.- dijo con desprecio- Sé que has hablado con él…y no me creo nada de lo que ha dicho.
-Te ciega el rencor. ¿Cómo es posible que no veas más allá de tus narices? ¿No te das cuenta de todo lo que has hecho? ¡Me has fallado! ¡Has dañado a tu hija! ¡Has torturado a una persona! ¡Hoy he visto un letal mortífago en tu interior!
-Quizás lo que has visto hoy, sea mi verdadero yo. Yo soy maldad pura, ¿recuerdas?- contestó arrastrando las palabras el profesor de pociones, intentando aplacar su agitado resuello. Discutir con Hermione le estaba rasgando el alma, reduciéndola a jirones.
-Sabes que no es verdad…
-¿No dices que te he fallado? ¿No dices que he dañado a mi hija? Quizás no sea tan buena persona…
-Severus… ¿Por qué no admites que perdiste el control? ¿Por qué no quieres reconocer que te equivocaste? Es de humanos errar, pero también lo es el reconocerlo.
-Volvería hacer cada una de las cosas que he hecho hoy.- siseó lentamente, como si se recreara en cada palabra pronunciada.
-No es mi marido el que habla ahora… y sabes que no es verdad. No se puede hablar contigo aún.
Hermione caminó hacia la sucia chimenea, antes de entrar en ella, le habló de espaldas.
-¿Y sabes lo peor? Que a mí, ahora mismo, me da igual el daño que has afligido. Lo único que me preocupa es la suerte que correrás…- Hermione se volvió abruptamente a su marido, descubriendo las lágrimas que recorrían su rostro sin control. La mujer estaba conteniendo sus ganas de tirarse al suelo y llorar como una niña pequeña. Se enjugó las lágrimas con el dorso de la mano, intentando controlarse.- Has pronunciado un imperdonable y ya sabes las consecuencias.
Hermione desapareció dejando tras sí unas llamaradas verdes y un pesado silencio flotando en aquella habitación.
Severus contemplaba atónito la partida sin más de su esposa. No se habían gritado, no habían discutido… pero aquello le hería profundamente. La decepción reflejada en su mirada, su temblor de manos, su voz quebrada, su llanto contenido… había sido peor que recibir una sesión de crucios por la mismísima mano del señor tenebroso. Había dañado a las únicas personas a las que quería, a las únicas que le importaba en este jodido mundo.
Le había fallado a Hermione.
Le había hecho daño a Eileen.
Y quizás le mandasen a Azkaban...
Sintió como las fuerzas le flaqueaban, como si sus piernas fueran de gelatina. Se tambaleó dejándose caer lentamente sobre aquel polvoriento y desvencijado piso, cubriendo con su capa la superficie de éste a su alrededor. Enterró su cetrino rostro entre sus manos, y comenzó a llorar.
La profesora Graham observada de lejos, llena de rencor, cómo el que había amado secretamente desde que empezara a enseñar entre los muros de ese colegio siete años atrás, se alejaba por aquel sendero seguido por un patronus en forma de gavilán.
No podía explicarse cómo se había enamorado de él, cuando era tan claramente opuesto a ella, pero el ex profesor de herbología tenía un encanto especial. Ese deje de despiste, su mirada perdida, su dedicación al trabajo… eran actitudes que siempre le habían atraído en un hombre.
Y poco a poco, fue enamorándose de él…
Hasta convertirse en una obsesión. Ella jamás se había comportado como lo estaba haciendo ahora. Nunca se había considerado mala persona, ni había hecho las vilezas que últimamente reinaban su vida, pero su sed de venganza era superior a cualquier ética razonable…
Odiaba con todas sus fuerzas a Eileen Snape, porque ella le había arrebatado lo que más quería. Y no podía evitarlo.
Neville nunca le había hecho caso, pero siempre confió que terminase por fijarse en ella, había cosas que había que trabajárselas… después de todo, tenían casi la misma edad, estaban solteros y muchas veces habían tenido gratas conversaciones… pero Longbottom jamás la había visto más allá, siempre la había mirado como una compañera de trabajo más.
Y ahora se enteraba de que había estado desde navidad con esa niñata… recordó cómo la rechazó bajo el muérdago. Había hechizado el muérdago mágico para que sólo apareciera bajo ellos dos, pero el profesor la rechazó delante de todos sin ningún tipo de reparos… pero ahora lo entendía mejor.
Ya estaba saliendo con ella.
Cerró con fuerza los puños, retirándose de la ventana de uno de los pisos superiores.
La silueta de Neville ya había desaparecido de su vista.
Miró la gárgola que guardaba el despacho de la directora sin comprender su actitud. McGonagall pretendía ocultar el ilícito amor de Longbottom con Snape, definitivamente había perdido el juicio. Longbottom siempre había sido su más predilecto profesor, siempre le consultaba, pidiéndole opinión en cosas importantes y teniendo en muy alta consideración sus razonamientos. Le había nombrado jefe de Gryffindor entre todas las opciones… pero lo que había hecho en sus narices la había perturbado profundamente.
Minerva no estaba dentro de sus cabales si pretendía acallar una cosa así…
No era justo, la gente merecía saber la verdad.
Sonrió entre dientes y se dirigió a la lechucería.
En navidad, conoció a cierta bruja en las ruedas de prensa que habían celebrado en el castillo después del indudable éxito del experimento de la doctora Snape, que seguro que estaría gustosa de escucharla…
Neville se tambaleó por su apartamento sumido en penumbras. Arrojó al suelo su capa de viaje por un pasillo, caminando pesadamente hasta su dormitorio. Estaba ya al límite de sus fuerzas, aparecerse le había consumido las pocas energías que ya le quedaban. Se dejó caer sobre el mullido colchón de su cama a peso muerto. Respiró fuertemente, notando como su resentido cuerpo se inundaba de dolor. Mientras había estado moviéndose, no se había dado cuenta de lo mucho que le dolía el cuerpo.
Pero nada que ver con las heridas que desgarraban su alma.
Golpeó con furia el somier, una, dos, tres veces… mientras gritaba con rabia contenida.
Después se dejó llevar por el llanto, sin vergüenza por hacerlo, hundiendo su rostro en la almohada.
-Eileen…
Eileen Snape se acercó a la superficie de su cama, envuelta en una toalla con la piel aún húmeda. La ducha de agua calentita había tenido un efecto relajante en ella, había dejado correr el agua sobre su cuerpo con el deseo de poder tranquilizarse… pero no podía.
Habían sido muchas cosas como para poder relajarse… aún no podía creer lo que le había pasado… pero no había sido un sueño, sino una cruel realidad.
Necesitaba que Neville le abrazase, que le prometiera que todo terminaría bien, que tan sólo había sido una dificultad en su camino… necesitaba perderse en sus brazos y sentirse protegida.
Se sentó en su cama, a la vez que suspiraba con fuerza. Sobre su cama, se hallaba tirado el uniforme que había tenido puesto todo el día… Cogió entre los dedos un pico de la falda y tiró con suavidad hacia ella.
La mancha de sangre teñía casi toda la superficie delantera de la tela.
Recordó a Neville tirado en el suelo cubierto de sangre, a su padre usando la maldición cruciatus contra él, la discusión con su padre en su despacho…
Los recuerdos del día la inundaron por completo.
Se llevó las manos a los ojos y comenzó a llorar.
¡Hola a todas/os!
Aquí tenéis en primer round de Severus-Hermione. Le ha dado algo en qué pensar y en breve podrá hablar como las personas con su marido. Pobre Nev, pobre Elle, pobre James… muajajajjaa (soy maligna, lo sé)
(Y sí, todos odiamos a Graham jejejeje)
Un besiño a mis mortifagas, a mi chica fan-fic y la Nata, a mi hermanita pequeña, a mis nevilleras, a mis niñas-snape, a mis gamberras, a mi detective, a mi rockera, a mi drusi, a mi traductora favorita, a mi Lian, a mi proyecto mortífago (que estoy deseando que actualice), a mi Slytherin flojo (actualiza yaaaaa) y por supuesto… ¡A TI!
Pues nada, un besiño a todos y estoy respondiendo a los comentarios, paciencia. Ya sé que no tengo perdón de Merlín… ^^
AnitaSnape
Mortífaga de Severus.
Pd. ¡Necesito una recordadora! XD La canción es "El umbral de mi locura" de Medina Azahara.
