Hola bellezas como vamos?

Diclamier: La historia pertenece a Nora Roberts y los personajes a Stephanie Meyer

Capitulo 38

Por insistencia de ella, regresaron a Los Ángeles en el vuelo del sábado por la noche. Nueva York no había sido el refugio que Rosalie había esperado. Terminada la boda y con su hermana de luna de miel por el Caribe, solo tenía ganas de volver a casa.

La recepción había sido tensa. Se había sorprendido vigilando a desconocidos, estudiando caras familiares y preguntándose si podría ser alguno de ellos. Incluso cuando se obligó a dormir en el avión, se prometió que la próxima vez que fuera a Nueva York lo haría sin miedo.

¿Y qué podía decirle a Emmett? Se sentía traicionada por su silencio, pero, debido a la extensión de la dependencia que había forjado de él, se preguntó si no se lo había buscado. ¿Era tan débil, tan cobarde, que él sentía la necesidad de protegerla de todo? Quería su protección, pero también su respeto. ¿Lo habría perdido por negarse a escuchar sus informes, por permitir que interceptara las notas y le evitara conocer su contenido?

Era hora de parar. Siempre, con la excepción de un breve período, había llevado el control de su vida. Y en ese momento, por miedo, lo había entregado. A partir de ese instante volvía a tener el mando del timón.

Emmett se preguntaba cuánto tiempo iba a necesitar Rosalie para descongelarse. Toda la tarde y la noche se había mostrado indiferente y distante. No tenía más remedio que aceptarlo. Sin embargo, cuando la vio caminar por el pasillo por delante de su hermana, con el vestido azul pálido, había querido levantarse, tomarla en brazos y llevársela. A alguna parte. A cualquier parte.

Se preguntó cómo sería oírla realizar las mismas promesas que había hecho su hermana. Movió la cabeza para desterrar ese estado de ánimo.

Se hallaban preparados para aterrizar y Rosalie dormitaba inquieta a su lado. Pero cuando el avión se deslizó por la pista, parecía vivaz y descansada, como si hubiera pasado ocho horas en una cama cómoda. Recogieron el equipaje sin incidentes y a los veinte minutos marchaban en la parte de atrás de la limusina hacia Beverly Hills.

Rosalie encendió un cigarrillo, luego miró el reloj. En ese momento se sentía nerviosa, inquieta.

-Me gustaría ver tus informes, todos tus informes, mañana al mediodía -dijo.

Las farolas centelleaban de forma intermitente contra las ventanillas. La cara de Emmett estaba en sombras, pero ella dudaba de que hubiera podido leer su expresión.

-Perfecto. Tengo la carpeta en tu casa.

-También me gustaría que me pusieras al día de todo lo que has hecho en Nueva York.

-Tú eres la jefa.

-Me alegro de que lo recuerdes.

Podría haberla estrangulado. Bajó de la limusina al llegar a la cancela. Aunque Rosalie no había estado, consideró apropiado dejar guardias las veinticuatro horas. Intercambió unas palabras con el hombre y subió a la limusina, que continuó por las puertas abiertas.

Al frenar ante la casa, Rosalie pasó por delante de él. Había llegado a la cabecera de la escalera principal antes de que Emmett la alcanzara.

-¿Te carcome algo, ángel?

-No sé de qué hablas. ¿Me quieres disculpar, Emmett? -con delicadeza separó los dedos de él de su brazo-. Me apetece darme un prolongado baño caliente.

Nadie lo hacía mejor. Tuvo que concederle eso mientras la observaba avanzar por el pasillo en dirección al dormitorio. Con una mirada, con una inflexión de voz, podía cortar a un hombre por la mitad sin dejar una sola gota de sangre.

Emmett había pensado que estaba sereno, había creído que estaba controlado... hasta el momento en que oyó el cerrojo de la puerta de Rosalie. Entonces la fina que había contenido a lo largo del día se liberó. No titubeó. Puede que ni siquiera pensara. Se dirigió hacia la puerta y la abrió de una patada.

Pocas veces Rosalie se quedaba sin habla. Ya se había quitado la chaqueta del traje y estaba con un top rosa pálido y una falda de un rosa más profundo. Permaneció quieta, con una mano paralizada sobre la cabeza, donde había comenzado a soltarse el pelo.

Jamás había visto una furia como la que hervía en los ojos de Emmett.

-Nunca me cierres una puerta -ella tembló al oír la voz que sonó baja después de que la madera se hubiera astillado-. Nunca me dejes plantado.

Despacio, Rosalie bajó la mano y el pelo le cayó sobre los hombros.

-Quiero que te marches.

-Tal vez ya es hora de que aprendas que ni siquiera tú puedes tener todo lo que deseas. Voy a quedarme. Vas a tener que hacer mucho más que girar una llave para mantenerme lejos.

Cuando avanzó hacia ella, Rosalie se puso rígida pero se negó a retroceder. Ya estaba harta de huir, incluso de él. Emmett le tomó el pelo y se lo pasó alrededor de la mano.

-Querías abofetearme, y eso está bien. Pero maldita sea si crees que pienso aceptarlo por hacer mi trabajo.

-No pienso tolerar que se me trate como a una idiota o a una persona débil -los pechos le temblaron a través de la tela del top cuando respiró hondo-. Sabías que iba a seguirme a Nueva York. Sabías que no estaría más a salvo que aquí.

-Sí. Lo sabía, y tú no. Y disfrutaste una noche en la que dormiste sin dar vueltas.

-No tenías derecho...

-Tenía todo el derecho -la mano que le sujetaba el pelo se tensó. Ella quiso hacer una mueca, pero daba la impresión de que no era capaz de moverse-. Tengo derecho a hacer todo, todo, para mantenerte a salvo, para darte paz mental. Y pienso seguir haciéndolo, porque no hay nada que me importe más que tú.

Rosalie soltó el aire que no sabía que había estado conteniendo. Lo había visto en sus ojos, bajo la ira, bajo la frustración, pero no había estado segura de que pudiera creerlo.

-¿Es tu...? -cerró los labios con fuerza. No quería que la voz le temblara. Quería ser fuerte-. ¿Es tu forma de decirme que me amas?

La miró, mucho- más aturdido por su propia declaración que ella. No había pretendido soltarla como si fuera una amenaza. Había querido darle tiempo, hasta que ella comprendiera que lo necesitaba.

-Tómalo o déjalo.

-Tómalo o déjalo -repitió ella con un murmullo. Típico de Emmett-. ¿Te importaría soltarme el pelo? Lo necesito para un par de escenas el lunes. Además, de ese modo dispondrás de los dos brazos para rodearme con ellos antes de que pudiera obedecer, -Rosalie se pegó a él con todas sus fuerzas, rezando para que no fuera un sueño.

-Imagino que esto significa que lo tomas -enterró la cara en el pelo de ella y se preguntó cómo había podido sobrevivir sin su aroma, sin su contacto.

-Sí. He estado tratando de encontrar una forma de hacer que te enamores de mí para que no puedas dejarme -echó la cabeza hacia atrás para mirarlo-. Dime que no te vas a ir.

-No me voy a ir a ninguna parte -encontró la boca de ella y lo convirtió en una promesa-. Deja que lo oiga -le tomó otra vez el cabello y empujó con delicadeza hasta que sus ojos volvieron a encontrarse-. Mírame y dilo. Sin focos, sin cámaras, sin guión.

-Te amo, Emmett, más de lo que pensaba que era posible amar. Me asusta mucho.

-Bien -la volvió a besar, con más fuerza-. A mí también me asusta.

-Tenemos tantas cosas de que hablar.

-Luego -ya había empezado a bajarle la cremallera de la falda.

-Luego -convino, sacándole la camisa de los pantalones-. ¿Quieres darte un baño? -le quitó la camisa por los hombros.

-Sí.

-¿Antes? -río y le mordisqueó la barbilla-. ¿O después?

-Después -la tiró con él sobre la cama.

Antes había sido salvaje, fiero, violento, apasionado, y también había tenido delicadeza. Pero en ese momento había amor, sentido, hablado, correspondido. Ella había dejado de creer que su vida la conduciría a eso: amor, aceptación, comprensión. Y al final solo había tenido que abrir la mano para tomarlo. En un estallido de emoción se vieron juntos con las bocas abiertas y hambrientas, con los cuerpos encendidos y conscientes. Oyó el aliento contenido de Emmett cuando enterró la cara en su pelo, como si también él acabara de entender el don que habían recibido.

Las manos, apoyadas sobre la espalda de él, sintieron la rápida contracción de los músculos. No quiso aplacarlo. Quería que Emmett estuviera como ella, aturdido, un poco temeroso e indeciblemente feliz. Cuando acercó los labios al cuello de él, notó la palpitación de excitación, probó el calor. Con un movimiento largo y posesivo, le acarició la espalda. Era suyo. A partir de ese momento, Emmett era suyo.

Ella estaba allí para él, suave, entregada, pero lo bastante fuerte como para sostenerlo. Nunca la había buscado. Emmett se entendía lo suficiente como para saber que nunca había buscado a nadie que compartiera su vida. No obstante, la había encontrado, y en ella lo había encontrado todo. Alguien con quien rodar entre las sábanas en las noches calientes. Alguien con quien despertar en las perezosas mañanas. Alguien en quien confiar, a quien proteger, a quien recurrir.

Pensar en ello lo hacía cerrar los ojos, como si quisiera mantener la fantasía atrapada para siempre. Con los dedos le recorrió la cara.

-Eres tan hermosa -musitó-. Aquí... -los dedos se demoraron en la mejilla-. Y aquí -despacio, deslizó la mano hacia su cuerpo. Luego abrió los ojos para mirarla-. Y por dentro.

-No, yo...

-No contradigas al hombre que te ama -se llevó la palma de la mano de ella a los labios, sin dejar de observarla. Le besó cada dedo. El diamante refulgía en uno, un símbolo de lo que Rosalie era para el mundo. Sexo altivo, glamour con una fachada dura. La mano de ella tembló como la de una colegiala.

Emmett le besó la mandíbula y ella respiró con jadeos entrecortados. Con cada caricia, él la hacía adentrarse en un mundo oscuro y líquido donde las sensaciones eran su única guía.

Solo él podía hacerla olvidar los límites que otrora se había puesto a sí misma. Solo él podía hacerla olvidar que amar era un riesgo. Con Emmett podía dar sin temor, sin reservas ni restricciones. Con Emmett habría un mañana. Habría toda una vida de mañanas.

El no estaba seguro de cómo mostrarle lo que sentía. No estaba acostumbrado a mimar. El romance era para las novelas, las películas, para los jóvenes y necios. Sin embargo, tenía una necesidad creciente de demostrarle que sus sentimientos dejaban tan atrás el deseo que no era capaz de medirlos.

Se apoyó sobre un codo y le apartó con delicadeza el pelo de la cara. Con suavidad, como si Rosalie pudiera deshacerse al mínimo contacto, le tomó la cara en la mano. Mientras los primeros rayos de luz entraban por la ventana y se posaban sobre su piel, le pareció que nunca había estado más hermosa.

Le pasó el dedo pulgar por los labios, fascinado por la forma y la suavidad, y como si fuera la primera vez, posó sus labios en los de ella.

El cuerpo de Rosalie se quedó laxo. Mientras Emmett prolongaba el beso, la mano que ella tenía apoyada en la espalda de él cayó sin fuerzas. Con anterioridad había creído entender lo que era la posesión, pero se equivocaba. Había pensado que podría imaginar lo que era ser amada plenamente. Pero no había tenido ni idea. Algo vibró a través de ella, con tanta delicadeza que podría haber sido un sueño. Pero se expandió por su interior, realizándole una promesa.

El calor se centró, se concentró y creció. Recuperó la fuerza y con ella una pasión tan viva que gimió de placer. Rodaron hasta que quedó encima de él. Juntos se dejaron ir.

Las manos de Emmett eran veloces, pero no más urgentes que las de ella. Los labios de él estaban hambrientos, pero su desesperación había encontrado un igual en Rosalie. La cordura se descartó con igual facilidad que la ropa interior. Juntos llegaron al orgasmo como si fueran un trueno, en una tormenta que continuó hasta la mañana. Al amanecer, se guiaron mutuamente a la oscuridad.


Son perfectos juntos noo? jejeje

algun review?