CAPÍTULO 35. SORPRESA.
—¿Cómo te atreves a hacer esto? ¡Ella está muy bien conmigo! ¡Lo hubieres pensado antes de abandonarnos! —el hombre expresaba su furia y su frustración frente al micrófono del teléfono.
—¿Abandonarlos, dices? —la mujer respondía del otro lado de la línea—. ¡Te recuerdo que al único que abandoné fue a ti, no a ella! ¡Si ella no está junto a mí es porque tú no dejaste que me la lleve, haciendo esa estúpida denuncia cual niño caprichoso! ¡Siempre el mismo egoísta y la condenaste a quedarse en ese pueblucho de serpientes!
—¡Maldición, Linda —reaccionó instantes después—, este "pueblucho de serpientes" es el mismo en el que te criaste tú! ¡Y claro que no iba a permitir que te la llevaras de mi lado para dársela a ese… pervertido que ahora tienes junto a ti!
—¡Deja a Jeremy fuera de esto, Robert! ¡Si no hubiere sido él, seguro habría sido otro! ¿Acaso no entiendes que si me alejé de ti fue porque me harté de vivir bajo tus expectativas? ¿De que sólo pensaras en qué diría aquel o este y, según ello Sarah y yo debíamos ser o actuar? ¿Alguna vez pensaste en qué sentíamos nosotras; si de verdad éramos felices tras toda esa fachada que nos obligabas a mantener? ¡Toda tu vida es una gran mentira! ¡Cuando terminaste la universidad y comenzaste a trabajar para esa agencia… —la furia no le permitió seguir de corrido— te convertiste en un magnífico títere idiota! ¡Y hoy no has variado mucho de ello!
—¡Trabajé duro por ambas!
—¡Y nos perdiste por puro estúpido! ¡Nada más te interesaba quedar bien con tu entorno y tus colegas! ¡Pues, cásate con ellos, adopta alguno de ellos, así se satisfarán sus egos mutuamente!
—¡No me trates de egoísta a mí…! ¡Tú fuiste quien empezó con esa tontería del teatro! ¡Y no sé cómo fue que conseguiste ese primer protagónico con el tal profesorcillo ese de la universidad!
—¡Imbécil, ese "profesorcillo" como le llamas, está más alto que tú, hoy día! ¡Y para que no seas mal pensado ni tan tonto, a él ni siquiera le gustan las mujeres! ¡Lo que es más, una vez estaba muy interesado en tu persona y me porfiaba que seguramente poseías un lindo y jugoso trasero! —soltó sin más algo que se había venido callando por años. El hombre rubio sentado tranquilamente a pocos pasos de ella, tras inflar sus mejillas, dejó escapar el aire entre sus dedos a la par que huía hacia el baño a destornillarse de la risa. Del otro lado del tubo, hubo un silencio espectral, seguramente haciendo memoria de algún comentario hecho en el pasado del mismo personaje del que estaban hablando. Las mejillas de Robert enrojecieron de vergüenza y furia al mismo tiempo. ¿Cómo no se había dado cuenta? ¡Y él que pensaba que sólo había querido mostrarse amable para convencerlo para hacerse de su esposa…! ¡Las veces que le había invitado a quedarse a almorzar o tomar un café y, por suerte, él siempre había rechazado poniendo alguna excusa! Linda tomó consciencia de lo dicho cuando vio salir con diligencia a su ahogado compañero y se llevó una mano a los labios con cierto arrepentimiento—. ¿Ro-Robert… estás ahí?
—S-sí… Aquí estoy. —Carraspeó—. Nos veremos la semana siguiente, entonces. ¡Pero, te advierto, no te lo dejaré fácil, ni a ti ni al idiota ese en el que confías! ¡Y ese tal… Dr. Jones es sólo un abogadillo del mundo del espectáculo, no un verdadero abogado de leyes, como debe ser! ¡Así que te deseo mucha suerte, Linda, porque te hará falta! —Linda oyó cómo la comunicación fue cortada con brusquedad. Y entonces, suspiró rendida colgando ella también. De fondo, todavía podían oírse las risotadas del otro.
—¡Jeremy…! —Fue hacia el escondite del sujeto—. ¿Podrías haberte aguantado, no? —Le vio desde la entrada apoyando las manos en sus caderas con molestia.
—¿Có… como…? —Seguía rojo de risa—. ¡En mi vida…! —Se llevó una palma a la cara sin poder detenerse; lo cual hizo que la actriz hiciera una especie de gruñido y cerrara la puerta con cierto estrépito, dejándolo sólo en el cuarto. Las risas se oían más sutiles, pero, no acababan.
—¡Tú también eres insufrible! —La mujer se cruzó de brazos ofendida; dejándose caer sentada sobre el sofá. Sólo restaba esperar a que se le pasara la diversión a él y el enfado a ella. No lo había hecho intencionalmente. Esperaba que Jeremy no fuera a evocar eso a futuro delante de Robert, volvió a suspirar.
En la escuela, Sarah se sentó en su pupitre, como siempre. Se la notaba agotada. Ginger la miró con una sonrisa divertida y se acercó a ella.
—¡Hola, Sarah! ¿Cómo has pasado el fin de semana? —Sarah se asombró. ¿En verdad le estaba hablando a ella?
—Ah… Bien… Gracias.
—Recuerda estar bien para el fin de que viene, ¿sí? Esto es muy importante para nuestro querido Sam.
—Sí, lo sé. Por eso lo estoy ayudando, al igual que ustedes.
—Mh… Bien. —Le sonrió con una sonrisa que a Sarah la inquietó—. Mejor así, tenemos que darlo todo ese día.
—S-sí, lo haré.
—¡Oh, sí! —rió—. Nos vemos luego. —Regresó a su asiento.
Sarah estudió a su alrededor, la manera en que el resto observaba con tanta sorpresa como ella aquel acercamiento sin escándalo de la pelirroja. ¿El mundo se estaba poniendo de cabezas o ella se estaba volviendo loca? Suspiró apoyando su rostro sobre su mano, viendo hacia el frente. Ahí llegaba el profesor Sr. Moore que de inmediato aconsejó a todos volver a sus puestos. Sarah sintió un repeluzno en toda su columna cuando él le dirigió esa mirada y esa sonrisa, más digna de un truhán que de un académico. Bajó la mirada porque no quería volver a verle siquiera. ¿Por qué le pasaban este tipo de cosas a ella? Ni bien acabase la clase, trataría de irse primero que nadie.
Podría decirse que Kaden tenía al toro por sus astas, pero, el aferrarlo, no significaba que todo era fácil. De hecho, si bien sus resistencias físicas eran mejor que la de los hombres de Jareth, después de unos cuantos días tratando de mantener el control, comenzaban a mostrar ciertos signos de cansancio. ¿A quién recurrir sin poner en riesgo el trono de Labyrinth? Sinceramente no podía pensar en nadie. Su esposa sería de gran ayuda, pero, no podía arriesgarla trayéndola hacia aquí sabiendo que sólo afectaba a las mujeres el conjuro. ¿La causante? Estaba en un oubliette con muchos más, entre ellos viciosos mercenarios, así que, ni pensar en mandar a sus hombres a un lugar así, pequeño y oscuro donde serían presa fácil.
—¿Tío Kaden? —oyó la voz de uno de sus sobrinos.
—¿Sí, Gontran? —Le vio de reojo sin perder detalle de lo que sucedía más allá de la muralla, sólo como un águila puede hacer.
—Devis y yo ideamos un plan… pero… incluye un riesgo.
—¿Un riesgo? —le prestó más atención por unos segundos—. ¿Y cuál sería ese riesgo?
—Enviar a alguien al oubliette…
—No —fue cortante.
—¡Pero…!
—He dicho que no. No pondré en riesgo la vida de nadie. —Le vio de soslayo—. Ni siquiera de ese buen chico. Así que, dile que agradezco su intención y sus agallas, pero, él es parte de mi reino y mi deber es protegerlos, no sacrificarlos. —Gontran pareció quedarse sin palabras—. Eso es todo, sobrino. Vuelvan a sus puestos, los tres —indicó a sabiendas de que los otros dos estarían próximos, tratando de oír su decisión y apoyando al otro.
—S-sí, tío. Con tu permiso —aceptó resignado. No había nada que hacerle, él era magnánimo y ellos aún muy jóvenes en comparación. Llegó junto a los otros que le esperaron con ciertas ansias y preocupación.
—¿Qué te dijo? —quiso saber su primo.
—No —fue todo lo que dijo como si fuere obvio.
—¡Pero… yo puedo hacer el trabajo! —clamó el más delgado y bajo de los tres.
—No esta vez, Liroye. Y pensándolo mejor, tanto él como nuestra reina, no se lo perdonarían jamás si algo te sucediere. Ambos confían en ti. —Puso una mano consoladora en su hombro para luego seguir camino.
—Vamos, amigo. No te desanimes… —Devis le dio palmaditas como si se tratara de un niño al ver su compungido gesto.
—¡Yo sólo quiero ayudar como el resto!
—Y lo haces… A tu manera. —Rió guiándolo con un brazo sobre sus hombros.
—Escoger presentes y cosas así… no es lo que se dice ser un buen súbdito, ¿no crees? —Sus voces se iban perdiendo a medida que se alejaban.
—¡Oh, lo es donde la mayoría somos unos brutos! —lo consoló pese a que Liroye le seguía replicando. A lo lejos, los labios de Kaden gesticularon una sonrisa de costado. ¡Niños!
—Su Majestad, debe recuperarse pronto… —Alban le suplicaba tomando una de sus manos entre las suyas—. ¿Qué será de todos nosotros si usted no se recupera? ¿Qué de su bella reina, mi señor?
—Sa-Sarah… yo… debo…
—No, mi señor, usted debe curarse primero, entonces, sí, iremos a por ella. Mientras tanto, Su Majestad, he llamado a un miembro cercano a usted para que se haga cargo de la corona en su ausencia. Así que no se preocupe, mi señor. —Jareth volvió a caer en sopor con un suspiro. Los pequeños goblins a su alrededor le vieron con preocupación y cuidado.
—Será mejor que el reyecito descanse, Lord Alban.
—Sí… Tienen razón. Yo… haré cuanto esté a mi alcance para proteger sus intereses.
—¡Reyecito se pondrá feliz cuando despierte! —comentó el otro pequeño con gran ilusión, en tanto, le ponía otro paño en la frente. Alban sonrió con cariño hacia esas fieles criaturas capaz de todo por su "reyecito" y tras salir del cuarto y cabecear a modo de saludo a los dos guardias apostados afuera, se dirigió hacia la sala del trono.
No hizo más que ingresar que notó unas largas piernas colgando haraganamente en el sitial, con unas botas bastante lustrosas bamboleándose muy al modo de su soberano.
—¡Tú…! ¡¿Qué hace usted ahí?! ¿Có-cómo fue que…?
—¡Por favor… no fastidies, Albanito! —respondió el usurpador y Alban sólo pudo abrir más sus ojos a la par que empalidecía, preguntándose qué significaba todo eso.
