Saludos navideños desde Ecuador para mis lectores:

Un poco tarde, pero aquí me tienen tras sobrevivir al apocalipsis xD Después de mi regalo de Fin del Mundo ahora les traigo mi regalo navideño! (aunque el contenido de mi obsequio es todo menos navideño, ya lo leerán xD)

Con todo les deseo una Feliz Navidad a todas las personas que lean este mensaje y a quienes me han apoyado todo este tiempo con sus comentarios. Muchas gracias Pegasasu No Saya, Blue Forever y Hikaru Kino88 por sus reviews ^^


[Saint Seiya/ Los Caballeros del Zodiaco] – Saga: CATACLISMO 2012

Escrito en Ecuador por Kazeshini


CAPÍTULO 36: ¡EL PODER DEL ODIO! LA CONDENACIÓN DEL DIOS Y EL HUMANO


==Estados Unidos==

Un joven hombre de larga cabellera castaña avanzaba lentamente entre el caos de la urbe. Las desgarradas ropas que dejaban al aire sus heridas de quemaduras, le daban una apariencia lastimera.

—¡Desgraciado Ikki! —maldijo entre dientes, quien alguna vez fue la reencarnación del poderoso Horus—. ¡Me arrebataste lo más valioso que tenía! ¡Por tu causa, ahora no soy más que un patético humano luchando por su vida, al igual que todas estas escorias!

Apoyando su espalda en una pared de cemento calentada por la alta temperatura del aire, el hombre posó su cansada mirada gris en el cruel espectáculo que se desarrollaba a su alrededor: Cientos de personas corrían aterradas en grupos, mientras que otros huían despavoridos de los vehículos que erráticos intentaban escapar a toda costa de ese infierno.

—Mi señor Ra estaba en lo correcto… La naturaleza humana es el egoísmo y la desesperación. Todos ansían abandonar este lugar para salvar sus propias vidas, sin que su prójimo les importe en lo más mínimo… —reflexionó en voz alta, luchando por avanzar ayudándose con el muro—. Aunque mi vida ya no tenga sentido como la de todos estos humanos cobardes, no pienso morir tan fácilmente. ¡Aunque ya no cuente con mi poder divino, pensaré en alguna forma para vengar la humillación que me hizo pasar ese Santo de Oro y cumpliré con los propósitos del supremo egipcio!

Quien se hacía llamar Horus sabía que de no encontrar un refugio resistente, acabaría muriendo súbitamente en el exterior, así que en medio de su desesperación, se puso en la tarea de buscar protección en las humeantes ruinas de lo que antes fue uno de los más grandes edificios de aquella metrópoli.

Tras un sobrehumano esfuerzo impulsado por pura adrenalina, el maltrecho hombre logró internarse en el subterráneo de la edificación derrumbada, para luego hacer a un lado los pesados escombros que parecían haber sido colocados a propósito para obstaculizar el paso de intrusos.

Lo que Horus vio cuando entró en esa gran habitación oscura, provocó su aversión y desprecio inmediatos: Aquel lugar se encontraba casi abarrotado de civiles horrorizados. Los en su mayoría ancianos, niños y personas con bebés en brazos se sobresaltaron e intimidaron al ver a ese hombre herido de extraña vestimenta, quien con tan solo una mirada era capaz de desarmar a cualquiera debido a la agresividad que transmitía.

El recién llegado decidió que sería mejor no hacer alboroto en el refugio, así que, tras bajar la cabeza con resignación al saber que debería compartir el espacio con los seres que tanto despreciaba; se limitó a sentarse en un alejado y solitario rincón.

Fue un alivio sublime el que sintió cuando dejó descansar su cuerpo entre las refrescantes sombras. Su agotada mente empezaba a recobrar lucidez al mermarse un poco el dolor físico que lo agobiaba.

Pasaron varios minutos en los que el joven castaño maquinó infinidad de posibilidades y estrategias para derrotar a los Santos de Atenea. Su profunda concentración solo pudo ser interrumpida cuando sintió que algo halaba repetidamente sus quemadas vestiduras.

—Señor… se ve preocupado y triste —le dijo inocentemente la niñita que intentaba llamar su atención—. No es bueno que esté aquí solito.

Por un momento Horus dirigió una indiferente mirada hacia quien le hablaba. Se trataba de una sonriente pequeñita de rubio cabello y grandes ojos verdes, la cual no pasaría de los ocho años. Ella sostenía en ambas manos una pequeña pelota de goma con la figura de un gato de caricatura impreso en la misma.

Sin que le importe en absoluto lo que le decía la jovencita, la ex deidad no se dignó a seguirla observando, pensando que al ignorarla se marcharía y lo dejaría pensar tranquilamente.

—No debe preocuparse, señor —insistió ella con el mismo entusiasmo—. No importa lo que hagan los malos en la ciudad, ¡porque un superhéroe llegó para salvarnos a todos!

La seguridad con la que ella había pronunciado estas palabras, logró intrigar al esquivo egipcio, quien simplemente se limitó a observar a la chiquilla entrecerrando los ojos con desconfianza.

—No te creo, enana… —reaccionó él en tono grosero—. No existe nadie en este planeta que sea capaz de detener el 'Juicio Final de los Dioses'.

La niña apenas entendió lo que dijo su interlocutor, pero sí le quedó claro que éste intentaba hacerle perder el sentimiento de esperanza, así que haciendo pucheros, enfatizó sus aseveraciones.

—¡No soy una enana y sí estoy diciendo la verdad! ¡Yo lo vi en el parque en el que estaba jugando esta mañana! ¡Nuestro superhéroe es un chico muy guapo y fuerte que usa un lindo traje especial de metal! ¡Él les ganará a los malos y entonces las personas que están heridas como usted se salvarán! ¡Y si no me cree, mire esto, yo lo dibujé!

Posando en el piso su apreciado juguete, sacó de uno de los bolsillos de su vestido una hoja de papel doblado y se la entregó al desconfiado Horus, quien por pura curiosidad abrió el objeto para inspeccionar su contenido.

—Vaya… entonces este es tu "superhéroe"… —manifestó él, haciendo un énfasis irónico en la última palabra de su frase.

Los infantiles trazos de crayones plasmados en el papel mostraban la mal dibujada imagen de un sonriente joven de lisos cabellos plomos, vivaces ojos rojos y una exagerada versión de la armadura de Fénix. En efecto, se trataba de Evan.


==En otro lugar de la ciudad estadounidense==

Viendo perplejo aquella mirada color sangre clavada sobre su ser, Anubis sonrió satisfecho al saber que había logrado su propósito.

—«Comparado con el nivel de odio que poseía cuando ejecutó su nueva técnica, los sentimientos negativos que emana ahora este joven son inconmensurables» —meditó atónito el chacal, siendo testigo de cómo se corrompía la energía cósmica del joven Evan, la cual pasaba de la usual tonalidad anaranjada a una de color rojo que tendía a negro, muy similar al cosmos flameante que emanaba el mismo dios de los muertos…

Tras reincorporarse de los restos de cemento en los que había sido enterrado, el poseído Santo de Fénix respiraba agitado, casi bramando con una furia incontrolable. El blanco de sus ojos había desaparecido y solo se podía ver una mirada iluminada en un intimidante rojo. Evan inconscientemente despertó su Séptimo Sentido por segunda ocasión, siendo impulsado por el odio extremo hacia Anubis, Ikki y, en general, a todo lo que existe.

—¡Excelente, humano! ¡Esperaba con ansias el momento en el que me mostrarías tus verdaderos colores! —lo felicitó emocionado el único que podía hablar en ese momento—. ¡No sabes la alegría que siento al saber que mi máxima creación ha despertado! ¡Junto con los que descansan en mis sarcófagos, haremos que la muerte reine en todo este país!

El Guardián egipcio se acercó lentamente al inmóvil Caballero de Bronce corrompido, y con delicadeza le levantó el rostro tomándolo del mentón.

—Admito que la primera vez que te vi creí que no eras más que un simple y debilucho humano, quien eventualmente se convertiría en mi alimento, pero ahora que te veo rebosante de desprecio y de poder, se podría decir que incluso he llegado a considerarte como mi hijo…

La mano de Anubis se incendió dolorosamente con las furiosas flamas negras que emanaba el joven endemoniado. Su cosmos simplemente era demasiado poderoso.

Indignada la deidad retrocedió de un salto, sacudiendo desesperadamente el área afectada para disipar el fuego.

—¡Demonios, Evan! ¡¿Cómo te atreves a lastimar a tu padre de una forma tan cruel?!

—Pa… padre… —balbuceó el aludido en medio de su trance.

—¡Así es, mi pequeño! ¡Desde ahora en adelante, yo seré tu padre! —respondió jactancioso el agredido, olvidando el dolor de su más reciente herida.

Los restos de la cloth de Fénix se elevaron de entre el concreto y cubrieron el cuerpo de su portador. La legendaria armadura del ave mítica reaccionó al creciente cosmos maligno del joven y utilizó su habilidad única de regenerarse de entre sus propias cenizas. Lo curioso fue que la cloth había mutado su diseño a uno más amenazante a la vista. Partes afiladas sobresalían de sus guanteletes, perneras y hombreras. El color violáceo oscuro de este nuevo ropaje evocaba una apariencia similar a los sapuri de Hades.

Aún inmóvil, Evan balbuceaba palabras al azar para sí mismo. Trastornadas palabras que alimentaban más sus sentimientos negativos y por lo tanto su poder destructivo.

—¿Qué es aquello que tanto repites? —le preguntó curioso el chacal, haciendo un intento por escucharlo mejor.

—Odia, Evan. Porque si no eres capaz de despreciar todo lo que existe en este mundo, jamás podrás desplegar las alas del Fénix. Odia a todo rival que te enfrente hasta que tengas unos ojos como los míos. Odia a la misma Atenea por atreverse a mantener este mundo en medio de una Guerra Santa… Odia, Evan. Odia a quien se negó a entrenarte. Odia a los dioses por utilizar a los humanos como marionetas. Odia tu destino de ser Caballero. Odia tu vida… Odia… Evan… ¡Odia a tu padre por mentirte y decirte que todos los Santos son personas buenas! ¡ODIA! ¡ODIA!

Evan seguía sumido en las falsas palabras de Ikki, las cuales ya estaban enraizadas en su subconsciente. Las repetía una y otra vez con demencial ímpetu, dándose fuerza sin que esa sea su voluntad. Incluso el mismo Anubis se vio intimidado al presenciar el gran poder que era capaz de desatar su, según él, aliado.

—Rayos… esto se me está escapando de las manos. A estas alturas no seré capaz de controlarlo. Lo mejor será dejarlo solo para que desquite su furia con los humanos que habitan este lugar.

El egipcio intentó huir de la escena lo más rápido que pudo. Sabía que no le convenía permanecer en ese sitio.

—Cuida bien de mis sarcófagos, Evan —le pidió con gran nerviosismo—. Ya falta poco para que esas personas se queden sin energía vital y renazcan nuestras marionetas. No las vayas a descuidar, eh.

Cuando Anubis se giró para abandonar el lugar, el corazón casi le da un brinco cuando vio que el Santo se había trasladado a velocidad increíble, hasta plantarse detrás de él.

—No me dejes, padre… —le dijo en un hilo de voz el joven que vestía la nueva armadura de Fénix —¡Tienes que morir en mis manos por atreverte a mentirme desde pequeño!

—Entonces vas en serio, mocoso… Es una lástima, nos habríamos divertido mucho juntos, pero por desgracia tendré que exterminar a mi más preciosa creación antes de que pierda completamente la voluntad.

Anubis encendió su cosmoenergía a un nivel casi divino. Relampagueantes destellos negros rodeaban todo el cuerpo de quien los había invocado.

Por su parte Evan todavía no podía ubicarse en tiempo y espacio. Su desequilibrada y poseída mente veía en Anubis a la figura de su padre. En momentos también vislumbraba a Atenea y hasta a sus compañeros de bronce, pero lo que más desató su odio fue ver en el dios la imagen del actual Santo de Leo.

—I… Ikki… —balbuceó el humano con notoria demencia—. Te negaste a entrenarme… y ahora… yo me negaré a permitirte vivir…

—Solo hablas cosas sin sentido, así que cerraré para siempre esa atrevida boca que tienes. Nos vemos luego en mi Necrópolis, Evan… ¡'Ejecución Suprema en la Duat'!

Todos los rayos que chispeaban alrededor de su ser fueron reunidos en una sola masa de energía concentrada. La esfera de oscuros relámpagos giraba a gran velocidad en su interior, produciendo un agudo sonido en el proceso.

Viendo que su oponente estaba listo para arrojarle su máxima técnica, el Fénix reaccionó simplemente extendiendo hacia adelante el brazo derecho.

—Esta es una de… tus técnicas favoritas, Ikki… Y con ella te enviaré… al infierno… Desaparece en medio del odio que… tú mismo me inculcaste… 'Puño de la Ilusión Demoníaca del Fénix'.

Tras el susurro con el que evocó el nombre de su ken, el joven de bronce desplegó un fino haz de luz roja desde su puño cerrado, el cual atravesó velozmente el cerebro del rival egipcio, quien quedó paralizado en el acto con las pupilas dilatadas.


==La Duat Egipcia==

El dios de los muertos caminaba orgulloso por el enigmático y oscuro inframundo de sus ancestros. A su paso observaba complacido como miles de personas eran dolorosamente torturadas en los innumerables aparatos y artilugios, los cuales eran operados por demonios y criaturas maléficas.

—No solo la vida representa sufrimiento constante —se dijo arrogante a sí mismo—. La muerte es solo el comienzo del calvario del ser humano.

Hace poco una persona común había sido escogida para reencarnar en su cuerpo al espíritu del poderoso dios conocido como Anubis. Tras un doloroso proceso de metamorfosis, sus facciones humanas desaparecieron para hacer visibles las del ser divino con cabeza de chacal negro.

Un pequeño charco de agua entremezclada con sangre llamó su atención. No pudo evitar ver reflejada su animalesca imagen en el mismo.

—«El dolor que sentí al transformarme no fue nada en comparación al gran poder que ahora me otorga la muerte —reflexionó, fascinado con su actual apariencia—. ¡Al fin tengo el destino de los más débiles en mis manos!»

Tan abstraído estaba en su vanagloria, que no notó que de repente su rostro había mutado nuevamente. Cuando dio un segundo vistazo a su reflejo, con horror se percató de que sus facciones habían vuelto a ser las de antes.

El avatar humano del dios de la Necrópolis lucía como un trigueño hombre adulto de suaves facciones. Su ondulada cabellera negra combinada con aquellos delineados ojos color miel, destacaban la morfología de ese rostro de evidente origen egipcio. Cualquiera al verlo diría que se trataba de la reencarnación de un faraón perteneciente a una de las civilizaciones más antiguas del planeta.

—¡¿Qué demonios me pasó?! —se preguntó, desencajando sus facciones humanas en una expresión de desconcierto— ¡Mi poder! ¡Mi divinidad me ha abandonado!

Tras estas desesperadas declaraciones, el convulsionado ambiente que lo rodeaba pareció detenerse por un instante. Los gritos humanos de sufrimiento fueron acallados y un perturbador silencio reinó en la Duat.

Tras esto, solo murmullos invadieron el escenario. Sonaban balbuceos de los centenares de condenados y castigadores que se aproximaban cual zombis hacia aquel humano que creían había usurpado el puesto del señor de los muertos.

La resistencia que opuso el joven fue inútil. No pudo evitar que esos repulsivos seres se las arreglen para acomodarlo con violencia sobre la mullida superficie de un sarcófago.

—¡Deténganse! ¡Soy su dios y les exijo que me suelten ahora mismo! —fueron las desesperadas órdenes que daba el aterrado hombre, al ver que la cubierta interior de la tapa del ataúd estaba densamente poblada de filosas púas.

Sus gritos de terror no fueron escuchados por oídos racionales. Los habitantes de la Necrópolis estaban empeñados en castigar al invasor, así que sin ningún remordimiento cerraron el mortal objeto de tortura sobre su víctima. Sería imposible describir la terrible agonía que sintió Anubis cuando las incontables picas perforaron su carne, órganos y huesos.


==Estados Unidos==

Tras despertar de la ilusión del Fénix, el malvado egipcio bajó los brazos por inercia, desvaneciendo por completo su mortal técnica.

—Mal… Maldito Evan… —tartamudeó el agredido con suma dificultad—, pagarás por… por humillarme con esa visión…

El aludido permaneció inmóvil y no se dignó a responderle al chacal. En señal de victoria simplemente bajó el brazo con el que había desplegado su ken.

Y en efecto, los daños producidos por la técnica del Fénix resultaron ser más devastadores que de costumbre… En esta ocasión el ataque no solo afectó a la mente y espíritu del rival, sino que también había destruido su materia orgánica.

Siendo presa de un terrible dolor que lo calcinaba desde su mismo interior, la última reacción de Anubis fue soltar sonoras carcajadas, sin quitarle la mirada de encima al humano poseído que lo había derrotado.

—¡Felicidades, hijo mío! —le dijo emocionado en medio de su agonía—. ¡Has asesinado por primera vez y condenado tu alma al infierno! ¡Alégrate, porque a partir de ahora se te hará más fácil matar a todos los patéticos humanos que veas! ¡Nos vemos en mi inframundo cuando termines de saciar tu sed de sangre en esta ciudad! ¡Ah! ¡Y no olvides saludar a Ikki de mi parte, Evan de Fénix!

Súbitamente el Guardián egipcio detuvo su discurso. El 'Puño de la Ilusión Demoníaca del Fénix' se convirtió también en un ken físico e incineró los órganos internos de la sorprendida víctima, quien tras dejar escapar humo por el hocico y retorcer sus ojos hasta que quedaron en blanco, dejó caer su peso de espaldas sobre el cemento de la plaza.

El cuerpo y espíritu de Anubis estaban completamente muertos. Tras un largo y terrible combate, el resultado del mismo se definió con un solo golpe lleno de odio concentrado…

Luego del inesperado deceso del malvado africano, enseguida se detuvo el efecto de su técnica llamada 'Cremación Oscura'. El fuego negro que absorbía la energía vital de miles de inocentes se desvaneció, dejando libres a sus exhaustas víctimas, quienes al estar todas en un estado catatónico, se desplomaron pesadamente.

Por su parte, los dos sarcófagos egipcios se mantuvieron cerrados e inmóviles.

—Merecías morir, Ikki… Merecías morir, padre… Merecías morir, Atenea —balbuceó iracundo el Santo, al regresar la calma a la plaza—. ¡Merecían morir, malditos humanos!

Evan estaba lejos de deshacerse de sus intensos sentimientos negativos. En su confundida mente no solo había asesinado a su rival, sino también a todas las personas del planeta.

Su extremo odio fue descargado en un potente grito, tras el cual una densa columna de llamas negras emergió a sus pies, elevándose furiosa hasta casi alcanzar la altura de las cúspides más encumbradas de los edificios que lo rodeaban. En medio de la estela de flamas oscuras, solo se podían distinguir los ojos del joven corrompido en forma de dos intensas luces rojas.

Alguien fue testigo de los instantes finales de la batalla desde lo alto de un edificio. Había ocultado su cosmos para no ser descubierta por ninguno de los dos contendientes.

Dando un gran salto desde las alturas de su escondite, la Guardiana Isis se plantó a distancia prudente de la manifestación física de odio llameante del Caballero.

—«Si no hago algo al respecto, el alma de este joven acabará siendo completamente destruida y consumida por la maldad —se dijo a sí misma la bella mujer egipcia, intentando cubrir su rostro con el dorso de su antebrazo, en un intento por protegerse de las chispas que saltaban desde la columna de fuego—. Sin duda Evan posee un gran poder, pero no sirve para mis propósitos en tal estado de corrupción…»

Extendiendo los brazos lateralmente, la diosa evocó con su cuerpo la forma de una cruz. Tras esto, cerró sus felinos ojos verdes para concentrarse en la tarea de encender su casi divino cosmos. Una reconfortante aura rosácea de naturaleza bondadosa intentaba contrarrestar a la oscura y maligna de Evan.

En un agónico y lento proceso, un par de alas empezaron a nacer desde sus brazos cuan largos eran. Las filosas plumas rojas y verdes atravesaron dolorosamente su piel y armadura mientras se abrían paso. La mujer de lacia melena negra casi perdió la concentración a causa del intenso sufrimiento, pero ni aún así se dio el lujo de gritar o siquiera quejarse.

Aunque las suyas se encontraban goteando sangre en ese momento, sus preciosas alas le daban una apariencia majestuosa a Isis. La diosa tenía el mismo aspecto con el que solían representarla en dibujos jeroglíficos ancestrales.

Un fino rayo rojo emergió entre las llamas azabaches. Evan inconscientemente había desplegado una vez más su mortal técnica para acabar con la recién llegada, quien con un acrobático movimiento logró esquivarlo sin problemas. Acababa de ser testigo de lo devastadora que podía ser aquella variación del ken de Fénix y no pensaba dejarse tocar por ella.

—¡No te rindas, Evan! ¡Yo te ayudaré a deshacerte del odio que te esclaviza! —le comunicó con mucha seguridad, desplegando a su máximo posible las alas que habían nacido de su cuerpo, al tiempo que su aura rosa invadía la totalidad de la plaza—. ¡Despierta de una vez, Ave Fénix! ¡'Purificación Sagrada en el Nilo'!

Una cegadora luz anuló a la oscuridad que emanaba el Santo. Cuando el poderoso destello se disipó, Evan e Isis habían desaparecido, dejando solo silencio y calma en la escena.

Solo quedaban las inconscientes personas que por poco perdieron la vida con la técnica de Anubis y, además, los dos sarcófagos egipcios que por un momento parecieron emitir un ligero halo de llamas negras… A pesar de que su invocador había muerto, la energía acumulada en el proceso de resurrección permitió que quien descansaba en uno de los ataúdes regrese al mundo de los vivos…

Continuará…


Gracias por acompañarme una semana más en esta aventura. Nos leemos en el siguiente capítulo que espero publicar antes de que termine el año. Un abrazo navideño desde Ecuador!