Capítulo XXXVII

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Aquí estaba, sentada en la esquina de mi cama del hotel, con una uña entre los dientes y la mirada fija en una puerta silente. Esperando, ansiando a Bill. Sin saber si era lo correcto o no, pero engañando a mi razón, con lo único con lo que podía engañar, fingiendo que no me importaba. Cualquiera lo diría, con el nudo que ahora mismo tenía en el estómago.

- Sólo será una vez más… - me repetí, como venía haciendo hacía casi una hora. El calor, como un incendio, comenzó a calentarme las entrañas, cuando recordé el modo en que Bill y yo nos habíamos acoplado la noche anterior, hacía menos de veinticuatro horas.

Cerré los ojos y respiré profundamente. Sabía que no estaba bien, sabía que era tirarme a un pozo seco de cabeza, pero el deseo había sido mucho más fuerte. Ni siquiera habíamos usado protección. Arrugué el ceño ante ese pensamiento, porque sabía que llevaba vagando en mi mente desde el mismo momento en que Bill entró en mí, pero también sabía que no quería preocuparme por ello, era como si simplemente fuese un pequeño hecho que podía darme el lujo de ignorar.

El tono de mensaje de mi móvil sonó, haciéndome saltar en el sitio.

- Mierda… - mascullé ante el susto. Tomé el teléfono de encima de la mesa de noche y miré el mensaje – Lis…

Leí.

"Ya estoy embarcada, me tendrás en el aeropuerto en cuatro horas"

Había llamado a Lis la noche anterior, luego de dejar la cena en casa de Joseph, Esteban y yo habíamos vuelto al hotel. Caminábamos por el pasillo que nos llevaría a nuestras habitaciones, cuando noté su mano posarse en mi cintura, pegándome ligeramente a su costado.

- Ha sido una cena de lo más aburrida… - sentenció. ¿Y qué podía decirle? ¿Para mí no?

- No ha estado tan mal… - me removí intentando abrir una pequeña distancia, por mínima que fuese.

- Podríamos mejorar la noche… - murmuró muy cerca de mi mejilla.

Sabía por dónde iba. Y era extraño, llevábamos separados dos años, durante los que habíamos mantenido la distancia de seguridad. Entre nosotros, lo físico siempre había echado chispas, y no podía negar, que durante largo tiempo lo miré más de lo adecuado, pensando en que un polvo más, no me haría daño, pero siempre lo mantuve sólo como un pensamiento un poco calenturiento y sin destino. Esteban por su parte, jugaba con las palabras muchísimo, nos divertía fingir que podíamos llegar a acostarnos, pero jamás pasaba de aquello. Él tenía muy claro, que el descubrirlo con aquella rubia en ese pub, casi desnudándola en aquel rincón, había sido suficiente. Había marcado una línea que no cruzaría nunca más.

- Deberíamos descansar, mañana tenemos trabajo – me retorcí un poco, para soltarme de su abrazo.

- Podríamos descansar juntos… - murmuró mucho más cerca que antes, buscando mi oído para besarlo.

Me removí con más violencia. ¿Qué le pasaba? Sabía que no estaba bebido como para hacer esto.

- ¡Esteban! – le reclamé.

- ¡¿Qué? – me reclamó él. Ambos nos mirábamos.

- ¿No crees que te estás pasando un poco? – le pregunté con cierto sarcasmo.

- No, no lo creo – abrí los ojos sorprendida – esta mañana dejaste la insinuación muy clara.

- Pero… son sólo juegos de palabras – ¿en qué momento había dejado de serlo para él?

- Ya no creo que lo sean… - insistió.

Sus manos enlazaron mi cintura, con la maestría de quien conoce el cuerpo al que se está acercando. Durante la fracción de segundo que tardó en impactar su boca con la mía, supe que me molestaba ese reconocimiento. El tacto de sus labios era exigente, como muchas veces lo había sido, como era Esteban, apasionado. Su lengua forzó contra mis labios queriendo abrirlos y de mi boca salían pequeños sonidos de reclamo. Hasta que logré empujarlo lo suficiente como para hablar.

-¡Déjame! – fue la exclamación furiosa que me salió.

Él volvió a besarme, esta vez sosteniendo mi cabeza. Como si yo no hubiese dicho nada.

- ¡Mierda! – exclamó a continuación, cuando mis afilados dientes le rompieron el labio.

Casi me reí en su cara, cuando recordé que había sido lo mismo que había dicho Bill.

Esteban se llevó los dedos a la boca y ahí estaba la muestra de sangre que buscaba.

- ¡¿Pero qué mierda te pasa? – preguntó enfadado, ya me había soltado del todo.

- Que no me gusta que me fuercen… - lo miré enfadada – buenas noches – dije secamente, emprendiendo el camino hasta mi habitación, que estaba unos metros más allá.

Cuando había entrado en la habitación, me temblaban las manos y las piernas. Sentía el corazón descontrolado, tenía que sentarme. Tomé mi teléfono que estaba dentro del pequeño bolso de mano y la primera persona en la que pensé fue en Bill, pero no estábamos precisamente en un momento como para desahogarme con él. Aquello me dolió. Llamé a Lis.

- Hola…- la saludé en cuanto escuché su voz.

- ¿Qué pasa? – fue la respuesta que recibí, me conocía tan bien.

Me reí irónicamente.

- Esteban me acaba de besar… - le conté.

- Eso es bueno ¿no? – quiso saber.

- A la fuerza…

- Eso ya no es tan bueno…

- ¿Pues no?

- ¿Me quieres contar cómo sucedió? – preguntó.

- La verdad, no…

- Algo más te preocupa ¿verdad?

Me quedé en silencio un instante. Sabía que podía contarle todo a Lis, pero hacerlo, lo convertiría en real.

- Bill…

- ¿Qué hiciste? – me preguntó casi alarmada.

- ¿Qué crees tú?

- No.

- Sí.

- Mierda.

- Ajap…

Ambas nos quedamos calladas un momento, asimilando lo que acababa de decir.

- Tú te vuelves el domingo ¿no?- preguntó.

- Ajap…

- Bien… mañana, después del trabajo, me tomo un avión a Hamburgo, llegaré de madrugada, pero estaré contigo… - decidió y sabía por su tono de voz, que no admitiría replica.

- No es necesario… - quise detenerla de todas maneras, no porque no quisiera su compañía, sabía que me vendría muy bien.

-¡Shhh! ¡A callar! – Me ordenó, sacándome una sonrisa - ¿ves como te hago falta?

- Ya sabes que sí… - le confesé.

Mis amigas eran como piezas de engranaje en mi vida. Siempre me ayudaban a moverme. Si no estaba una, estaba otra y de alguna manera, yo me sentía también un engranaje más en sus vidas, juntas movíamos la maquinaria del nuestro día a día.

De ese modo Lis venía viajando desde Madrid. En tanto yo seguía esperando a Bill. Miré la hora en el mismo teléfono. Faltaba muy poco para las diez de la noche. Suspiré, quizás debía dejar de esperar, a pesar de aquel beso que me había dado, con el que parecía sellar un trato, pero claro, era Bill podía esperar de él cualquier cosa ¿no? Aunque debo reconocer que no me esperé que reaccionara del modo que lo había hecho, cuando me acerqué, en medio de las tomas de Isabelle, para arreglarle un poco la ropa.

Había intentando no desconcentrarme, dedicarme únicamente a acomodar su ropa, pero cuando me encontré con los dedos en la cintura de su pantalón, abrí el primer broche, sólo por el deseo de hacerlo. Encontrándome entonces con sus ojos bordeados e intensos. Moví suavemente los dedos que rozaban su vientre, por encima de la camisa.

- No hagas eso… - susurró con voz profunda, obligándome a contener un escalofrío.

- ¿No te gusta?... – le pregunté, sonando más desenfadada de lo que habría querido, pero es que Bill sacaba de mí ese lado salvaje que intentaba mantener a raya.

- Mucho…

Casi me incendié sólo con esa palabra.

- ¡Andrea! – escuché tras de mí, la voz sulfurada de Esteban.

Casi no nos habíamos dirigido la palabra durante el viaje. Y en cuanto llegamos, me había puesto a trabajar.

- ¿Dime? – intenté parecer despreocupada y normal. Pero él no estaba en el mismo plan.

- ¿Qué tienes tú con ese tipo? – me preguntó directamente, lo miré. Sólo en ese momento fui consciente de la marca que le había dejado en la boca.

- Nada – mentí – y aunque así fuera, creo que ese no es tu problema – le aclaré.

- ¡¿Qué no lo es? – comenzaba a exaltarse. Pero ¿qué le pasaba?

- ¡No, no lo es! – alcé la voz también.

- ¡Ten claro, que aquí, tú eres mi esposa! – me recordó.

- ¡Sólo de cara a tu socio! – respondí.

Creo que no me había dado cuenta de la fuerza con la que nos estábamos enfrentando, hasta que vi la mano de Sebastián reteniendo a Esteban. ¿Pensaba golpearme? No, Esteban podía irritarse, pero no me tocaría. Al menos nunca lo había hecho.

- ¡Pues mi socio, te vio salir de la misma habitación en la que entró ese! – exclamó a viva voz.

- ¡Quiero el maldito divorcio! – espeté antes de darme la vuelta, para alejarme de él.

- ¡Andrea! – escuché a Isabelle tras de mí - ¿quieres que te acompañé?

Negué simplemente, necesitaba estar sola.

Me alejé hasta el estacionamiento, lamentándome por no tener un coche a disposición y alejarme del lugar. Me sentí de pronto, prisionera de mi trabajo, desde luego, si hasta ahora no había tenido una razón de peso para divorciarme legalmente de Esteban, él acababa de dármela.

Comencé a buscar una imagen de Bill que siempre mantenía conmigo, por masoquista que fuese. Una en la que sonreía con una sinceridad tan grande, o al menos lo que yo podía interpretar como sinceridad, que siempre lograba hacerme pensar que las cosas podían mejorar.

- ¿Vamos a seguir con las fotos, o me voy? – escuché entonces su voz, y me apresuré a ocultar el móvil. Lo miré algo sorprendida.

- Hay que terminar… voy enseguida… - tenía un trabajo que hacer y no dejaría que Esteban me lo impidiera.

Noté que se acercaba sigilosamente.

- ¿Estás bien? – preguntó. Era obvio que la discusión había llegado a sus oídos.

Se metió ambas manos en los bolsillos del pantalón, cuando estuvo a menos de un metro de mí.

- Arrugarás el traje… - quise sonreír, pero estaba segura de haber mostrado sólo una triste mueca.

- No me has respondido… - insistió, infatigable en las empresas que perseguía, como el Bill que había creado en mi mente y del que me había enamorado.

- Podría estar mejor… - me encogí de hombros, pensando en aquella noche en la que, él cansado, nos había metido a ambos en su cama de bus y habíamos dormido envueltos en un abrazo. Eso era lo que necesitaba, pero sabía que no podía pedírselo.

Se quedó un momento observándome, luego habló y titubeó al hacerlo.

- Quieres… que nos veamos luego…

Me quedé casi sin aire al pensar en lo que me estaba proponiendo. Quizás no todo en él era tan malo, quizás había algo del Bill que yo había amado. Pero habíamos dicho que sólo una vez, porque yo sabía bien que no significaba nada importante en su vida.

- Me gustaría, pero…

No me dejó terminar.

- No me expliques, no quiero… - dijo, y comprendí que no quería palabras, sólo hechos, encuentros físicos que era lo único que parecíamos hacer bien, juntos.

Y por humillante que parezca, sentí que me podía conformar con eso. Y lo seguía pensando, así que le di las señales de mi hotel y la habitación en la que me podía encontrar.

Dos toques de un nudillo en la puerta, me hicieron mirar en esa dirección, disparándome el corazón. Respiré profundamente y fui hasta ella, encontrándome con la mirada oscurecida de Bill.

Ni él ni yo, preguntamos nada. Simplemente nos fundimos en un beso intenso y caliente. Mezcla de necesidad y de deseo. Fundiéndose el orgullo, como lo hace la roca ante el volcán.

- ¿En la cama? – preguntó, absolutamente carente de delicadeza.

- Donde quieras – respondí, dejando la mía olvidada en un rincón de la habitación.

Continuará…

Aquí les dejo este capítulo, que es más bien aclaratorio, al fin sabemos qué piensa Andrea, que NO quiere pensar Andrea y que cosas le están pasando. No sé aún cuantos capítulos más nos quedan, pero no deberían ser demasiados.

Les dejo un beso enorme y mis infinitos agradecimientos a todas las que me han ido dejando sus mensajitos, me han arrancado más de una sonrisa.

Siempre en amor.

Anyara