Tal y como prometí, he aquí el nuevo capítulo. ¡Actualizando en tiempo récord! XD

Mieke97: ¡Qué alegría me dio tu comentario! ¡Un hurra por tu regreso! ^_^. Respecto a tus dudas sobre lo que pasó en el Bosque Oscuro: si, es canon. Lo descrito aquí forma parte de los apéndices de El Señor de los Anillos. Si quieres más info sobre lo que pasó en el Bosque Oscuro durante la guerra del Anillo (que tuvo tela) puedes leerla en wikipedia, hay mucha cosa sobre la Guerra del Anillo.

Todos los escenarios bélicos de LLDE son canon, las relaciones entre los personajes y hechos individuales ocurridos en las batallas, son cosecha propia. Tras la derrota de Sauron no hubo paz. Aragorn y Éomer tuvieron que defender sus países de los ataques y las incursiones de los orientales (Balchoth) en Rohan (que venían del este, de Rhûn), y de los Haradrim en Gondor (que venían del sur, de Harad). Y todo esto sin contar los restos de orcos que quedaban diseminados por todas partes y que también querían su pedacito de tierra. Vamos, que se habían quedado sin "jefe", pero aún tenían mucha guerra que dar. Esto ocurrió durante la unificación de los reinos de Gondor y Arnor, durante la Cuarta Edad. Hay escritos por internet sobre esto, puedes encontrar mucha info en wikipedia.

De los orientales se hablará largo y tendido más adelante, porque la cosa se complicará un poco. Para que te hagas una idea, el maestro Tolkien se basó en Atila y los Hunos para crear a los orientales (los Balchoth). Ahí es nada, esos pusieron en jaque el Imperio Romano...

En fin, ya no sigo que me animo y me spoileo yo misma XD

Ahora sí, ¡os dejo con el capítulo!

¡Disfrutadlo!


Los días se sucedieron sin novedad, aparte de alguna pequeña incursión Balchoth en tierra rohirrim que fue fácilmente controlada.

La situación continuaba bajo control en las fronteras de Rohan. Y dos días antes de partir hacia Minas Tirith, Érewyn consiguió terminar la fabricación de catorce dosis de antídoto contra el veneno de la serpiente escupidora, que fue almacenado cuidadosamente en la fresquera de la casa del maestre. Eran más dosis de las que habían tenido jamás, y Érewyn esperaba que fueran efectivas completamente contra los efectos del veneno.

Aunque había seguido al pie de la letra las indicaciones del libro de Ioreth, y por ese lado, podía estar tranquila, eran los primeros antídotos que fabricaba. Aunque pensaba que si la Mayoral lo había traducido y documentado, su efectividad debía estar garantizada.

Elrond y su compañía arribaron a Edoras cuando Éomer había previsto, y aguardaron en el Desfiladero de los Huesos a que los rohirrim se les unieran en el viaje.

Ambas comitivas, fuertemente armadas y preparadas para cualquier encuentro indeseado, se pusieron en marcha al día siguiente de la llegada de los elfos. Los rohirrim avanzaban en la vanguardia, reconociendo el terreno y enviando avanzadillas de rastreadores que verificaban el camino.

Pero el largo viaje ocurrió sin incidentes, y a pesar de que doblaron la vigilancia y las precauciones entre Arroyo Merino y el bosque, ningún ataque inesperado ocurrió.

El viaje fue mucho más relajado para las dos hermanas rohirrim, que recordaron junto a Éomer algunos de los momentos acontecidos en la cabalgata de Théoden, cuando viajaron ocultas tras yelmos y armaduras.

Éomer aún no conseguía entender cómo pudieron pasar desapercibidas de aquel modo.

En las veladas, amenas pero silenciosas, que compartían con los elfos, mientras acampaban o descansaban, ambos grupos mantenían una distancia respetuosa. Pese a que el Rey Éomer y Lord Elrond guardaban una relación muy cordial, entre las tropas no existía amistad ni relación, y esos lazos no se forjaron en aquel viaje.

La mayoría de los integrantes de la comitiva de Rivendel eran elfos Noldor, de carácter e incluso apariencia muy diferentes a los elfos silvanos que poblaban los bosques de Lórien y Eryn Lasgalen.

Érewyn pudo notar esa diferencia claramente, a pesar de no haber entablado una conversación larga con ninguno de esos elfos morenos. Eran distantes y algo altivos, pero cordiales y respetuosos. Discretos y menos dados a la risa que los de Lórien. Aunque esto último quizá podía deberse a estar en medio de un viaje, en tierras desconocidas, inhóspitas a su entender. El desconocimiento podía generar exceso de precaución y distancia.

Érewyn no se acostumbraba a la variedad de comportamientos que podían tener los elfos dependiendo de su raza. Les observaba desde su lugar, junto al fuego del Rey, masticando las sencillas y frugales cenas que compartían, y siempre era lo mismo. Intercambiaban algunas palabras, se guardaban mutuo respeto y compartían alimentos. Pero nada más.

Las relaciones no iban más allá. Excepto, claro, con Elrond. El Medio–Elfo se comportaba más relajado y más dado a la conversación. "Como buen diplomático", pensaba ella.

Arwen, por el contrario, casi siempre guardaba silencio, sonreía con dulzura o mantenía amables conversaciones ya fuera con elfos o rohirrim. Era obvio que poseía una educación exquisita, era un gran dama, después de todo. Una alta Dama de la nobleza élfica. Descendiente de la mismísima Luthien, del Rey Thingol y la Reina Melian, la Maia.

Érewyn no podía dejar de asombrarse de esto cuando lo pensaba mientras la miraba, y debía obligarse a apartar la vista de la dama de cabellos negros como la noche si no quería parecer descortés.

Entonces, la mayoría de las veces, su vista buscaba a Éowyn, y la encontraba tan ensimismada como ella misma con la Dama Arwen. Aunque su rostro denotaba algo más. Intriga, curiosidad… Incluso un ligero sentimiento de inferioridad. Éowyn parecía sentirse insegura respecto a la Dama Arwen, y, al igual que Érewyn, era incapaz de ver a través de la invisible máscara que sabía que la elfa llevaba puesta. La misma que Legolas solía llevar.

Era típico de elfos, incomprensible para los humanos, o para los Peredhil de nueva generación… ¡Con lo sencillo que era mover las cejas, darse a entender con un sólo gesto del rostro, los hombros o las manos!

Durante el camino, mientras cabalgaba a lomos de Fanor, Érewyn había intentado muchas veces mantener un gesto neutral como aquel. Quería comprobar qué utilidad tenía dominar la técnica de las máscaras de inexpresividad, aunque no le veía el sentido. Y tras largos momentos de concentración, cuando ya creía que su rostro y sus gestos expresaban lo mismo que una piedra, oía la voz de su hermano exclamando:

–Érewyn, ¿qué te pasa en la cara?

Y la risa acudía a su pecho, y la neutralidad carecía de sentido.

El bosque Drúadan fue atravesado también sin incidentes y, muy pronto, los viajeros avistaron la silueta de la Ciudad Blanca en la distancia.

Allá, los elfos y los hombres se mantuvieron aún más aparte unos de otros, continuando el asenso hasta la Ciudadela. Los elfos iban en cabeza entonces, y los rohirrim cerraban el paso.

La expectación fue mayor cuando Érewyn atravesó las calles de Minas Tirith a lomos de Fanor. La princesa guerrera vestía su brillante armadura, portando la espada de su madre en la vaina de la montura, y montando un corcel como no se había visto otro igual en Gondor.

Ni siquiera Sombragris levantaba tal expectación. Aunque el Meara que acompañaba a Gandalf era una maravilla equina, su color era blanco, una capa común entre los caballos.

El color de Fanor, sin embargo, era gris. Plateado, con las crines y las patas de un tono más oscuro. Las crines y la cola eran abundantes, su cuello fuerte y largo y la forma de su cabeza muy bella. Alto, fuerte y musculoso. La princesa montaba aquel corcel con la facilidad que cualquiera poseía al caminar, y se sintió observada en cada uno de los niveles que atravesaron hasta llegar a la Ciudadela.

Y al desmontar, extrañamente, se sintió en casa. Como si no hubiera abandonado Edoras.


Días después de la llegada de ambas comitivas, en los jardines interiores de la Ciudadela, Arwen entonaba una hermosa canción, más para ella que para el mundo, mientras observaba las flores del jardín.

Y medio oculta tras unos altos rosales, la Dama Blanca de Edoras la miraba, intrigada.

Arwen había estado sola desde que llegaron. Aragorn estaba plenamente ocupado con la defensa de Gondor y con decenas de asuntos más, de modo que, aunque el montaraz se esforzaba por pasar el mayor tiempo posible junto a ella, la Undómiel se veía obligada a pasar aún más largos ratos en soledad. A veces iba acompañada de alguna dama de compañía, pero por lo general permanecía a solas, cantando, leyendo o, simplemente mirando todo a su alrededor.

Éowyn se armó de valor y emergió de detrás de los rosales. Los ojos azules de Arwen se posaron ipso facto sobre los suyos propios mientras avanzaba hacia ella por el estrecho sendero.

–Buenos días, mi señora. – Dijo Arwen, dulcemente. Su sonrisa era sincera y Éowyn le correspondió con otra igual.

–Buenos días, Lady Arwen.

–Oh, por favor. Sólo Arwen.

–Cómo gustéis… … ¿Puedo acompañaros un rato?

–¡Por supuesto! – Exclamó Arwen, y lo dijo en un tono que dejó sorprendida a Éowyn, denotaba alivio, como si hubiera estado deseando disfrutar de algo de compañía. Arwen se apresuró a apartar el par de libros que reposaban a su lado e indicó a la dama de Edoras que tomara asiento.

–Gracias. – Murmuró Éowyn.

Se sentó allí, y por un momento no fue capaz de articular palabra. Estaba junto a la prometida de un hombre que la había deslumbrado hasta hacía relativamente poco tiempo. Su flechazo con Aragorn fue demasiado fuerte como para ignorar fácilmente su vergüenza ahora, porque, aunque todo había cambiado y sus sentimientos por él no eran más que amistad, no podía evitar sentirse culpable.

–Minas Tirith es una ciudad enorme. No sé si podré llegar a acostumbrarme… – Comentó Arwen.

Éowyn miró a la elfa pero ella no le devolvía el gesto. Por su boca había emergido un atisbo de lo que su corazón guardaba y su rostro no era capaz de enseñar. ¿Temor?

–¿Sentís miedo, mi señora?

Arwen sonrió a medias y posó sus dulces orbes sobre los de Éowyn.

– No puedo asegurarlo. Jamás lo sentí anteriormente. Pero noto una sensación extraña en el vientre, un frío inexplicable en el pecho, cuando noto sus miradas puestas en mi...

Arwen se detuvo ahí y Éowyn supo que con "sus miradas" se refería a las de los habitantes de Mundburgo.

–¿Es la primera vez que estáis en una ciudad de hombres? – Preguntó Éowyn. Arwen asintió y la rohir le sonrió. – Entonces lo que os pasa es que no sois capaz de pronosticar vuestro futuro. La incertidumbre os aterra, pero es algo normal. – Arwen la miró, intrigada. – Lo desconocido provoca rechazo, y sólo hay dos formas de combatirlo: darle la espalda o enfrentarlo para que deje de ser una amenaza.

Arwen sonrió. Había oído muchas cosas acerca de las princesas de Rohan, y no había creído la mitad de ellas.

Pero, sin embargo, allí estaba aquella joven, oriunda de una tierra sencilla, dándole lecciones a una elfa de más de dos mil quinientos años. Pero así era, real como las flores que llevaba toda la mañana observando en silencio.

La elfa sonrió, finalmente.

–Tenéis razón. Debo ser fuerte… Aunque me aterra la idea de separarme de los míos… Viviré en una ciudad de hombres y no conozco apenas sus costumbres. Todo es nuevo para mi. Les gobernaré como reina y mi mayor deseo es hacerlo con bondad y justicia... Y ser amada… ... Estoy aterrada.

Arwen rió para ocultar su angustia y Éowyn se sorprendió de tremenda revelación. Debía sentirse realmente muy sola para abrir su corazón de aquel modo a una persona con la que acababa de entablar conversación por primera vez. El rostro tan bello de Arwen, cubierto por la típica máscara de neutralidad le mostraba ese temor. Y Éowyn la compadeció.

–No hay nada que temer, Arwen. Los habitantes de Gondor son buenas personas. Estoy segura de que os ganaréis el corazón de todos en muy poco tiempo. Y, respecto a sus miradas… El único elfo que han visto en su vida es Legolas, es lógico que os observen con curiosidad, para ellos vos sois lo desconocido. – Explicó la rohir. –Compartid vuestras tribulaciones con Aragorn, os sentiréis mejor. – Los ojos de Arwen buscaron los suyos y la miraron con cariño.

–¡Gracias Éowyn! – Exclamó Arwen, de repente, y sus manos aferraron las de la rohir en un gesto cariñoso. – Sois una mujer en verdad muy fuerte. Todo lo que había escuchado de vos era cierto.

– ¿Ha… Habíais oído acerca de mí? – Se sorprendió Éowyn.

–¿Quién no? Había deseado conoceros desde que os avisté en Edoras, a vos y a vuestra hermana, Érewyn "Mata-huargos". – Los ojos de Éowyn se abrieron en sorpresa. – Pero hemos viajado todo el camino hasta aquí organizados en dos grupos y no creí adecuado adelantarme para entablar conversación con vos. Y durante las acampadas tuve deseos de levantarme y buscaros, pero no lo hice. – Las cejas de Éowyn no podían alzarse más. – ¿Son todas las damas rohirrim tan fuertes como vos? – Preguntó Arwen entonces. Éowyn abrió la boca para contestar pero tardó unos segundos en lograr articular sonidos.

–Eh… Pues, no me considero alguien demasiado fuerte, la verdad. Hay mujeres con personalidad más fuerte aún, y más valientes. Pero nuestro carácter si es muy parecido. Las mujeres en Rohan somos educadas sin demasiadas delicadezas. El ambiente de la corte es austero: no tenemos lujos. Supongo que eso forja en parte nuestra forma de ser.

Arwen sonrió. Tenía el rostro más hermoso que había visto nunca. Era además gentil, simpática y extrovertida. Éowyn sintió un alivio enorme al conocerla: no era para nada la altiva dama que había esperado.

–Y para una dama fuerte de Rohan, ¿cuál sería la opción ante lo desconocido? – Preguntó la elfa.

El rostro de Éowyn se oscureció un poco al oír la pregunta.

–Para nosotras sólo existe una opción: enfrentarlo.

La mañana transcurrió amena una vez que las dos damas comenzaron a hablar de sus costumbres y de sus gustos.

Resultó que tenían más en común de lo que habían imaginado y, muy pronto, las risas de ambas resonaron en el palacio.

Éowyn procedió a mostrarle los jardines de la Ciudadela y Arwen se mostró aliviada de conocer al fin a alguien en la corte, y así se lo hizo saber mientras ambas exploraban los senderos.

– Por desgracia, pronto deberéis regresar a Edoras. – Dijo Arwen, y sus palabras fueron como un mazazo para Éowyn. La rohir asintió, triste.

–Si. Debemos dar sepultura a mi tío Théoden, y mi hermano será coronado rey oficialmente, al fin.

Arwen se inclinó para observar la forma de una de las flores más extrañas que había visto en el jardín.

–Pero tengo entendido que vuestro hermano ya ejerce como rey en funciones con grandes resultados. El pueblo le ama. – Éowyn sonrió y asintió.

–Éomer será un gran rey, no me cabe la menor duda.

–Durante el viaje, y aquí en Minas Tirith, he podido conocer a grandes señores, valientes guerreros, héroes de batallas… Como aquel joven caballero de cabellos rubios, ojos grises y rostro aniñado que llegó la tarde de ayer. Creo que venía de Ithilien, ¿le recordáis? El que llevaba la armadura oscura, casi negra. Era muy alto, y se veía realmente imponente… ¿Era Faramir su nombre?

Arwen recibió silencio de su compañera, y apartó la vista de las flores para encontrar a una Éowyn tremendamente sonrojada e incapaz de articular palabra.

–¡Oh, por Yavanna! ¡Éowyn! ¡No me había dado cuenta! – La elfa comenzó a reir sin remedio y Éowyn se vio arrastrada también por la nerviosa reacción. –¿Siente él lo mismo por vos? – Preguntó Arwen entonces, intrigada. Éowyn asintió, notando su rostro arder.

–Había estado ansiosa por verle desde que llegamos a Minas Tirith, – confesó la rohir, – y cuando al fin regresó, casi no pude aguantar las ganas de abrazarle. Pero las contuve, ante todo soy una Dama de Rohan, debo guardar la compostura… Pero cuando él terminó de saludar a Aragorn y a vuestro padre, y comenzó a caminar hacia mi… apreté los puños tan fuerte que me clavé mis propias uñas… ¡Mirad!

Éowyn le enseñó las palmas de las manos a Arwen, donde aún se veían claras señales de las uñas de la rohir, y la elfa explotó en risas.

–Se ve muy buen muchacho. – Comentó Arwen, gentil. Éowyn sonrió y asintió.

–Lo es. Tiene un gran corazón. Es mucho lo que le debo a Faramir… ... Me trajo de vuelta.

–¿De vuelta? ¿De dónde? – Preguntó la elfa, extrañada. Éowyn guardó silencio un instante antes de responder de forma enigmática.

–De la oscuridad, de donde todo está perdido… De donde no se puede regresar.

Arwen la miró sin comprender, y antes de que pudiera hacer más preguntas, dos figuras menudas irrumpieron en el jardín a la carrera, dedicándose gritos el uno al otro.

– ¡Esa hierba es mía, Merry! ¡Devuélvemela! – Exclamó Pippin, tratando de arrebatarle un saquito de tabaco a Merry.

– ¡Ni hablar! ¡Ya te has fumado la tuya, primo! ¡Fumas demasiado, y lo sabes! Esta es mi bolsa y no pienso compartirla. ¡Ve al mercado a conseguir más!

–¡Qué mentiroso eres! – Le reprochó Pippin, y Merry sonrió, irónico.

–¡De mentiroso nada! ¡Mi problema contigo es que comparto demasiado, y tú estás demasiado acostumbrado a que yo comparta demasiado!

Los dos hobbits cruzaron el jardín ignorando a las dos damas, que pasaron desapercibidas al estar medio ocultas tras una mata de buganvillas, riendo. Y con su apresurada carrera y su divertida discusión, se llevaron con ellos el aura oscura que por un instante había teñido la conversación de las dos jóvenes.


–Tened cuidado las dos. Está muy caliente. – Advirtió Ioreth, mientras llenaba dos tazas con té recién hecho. Ante ella, al otro lado de la mesa, su nieta Aleth y su discípula Érewyn, que había acudido como casi cada tarde desde que llegó a la ciudad a charlar un ratito con las dos grandes mujeres. – ¡Oh, querida! No quisiera que estropeárais vuestro vestido por nada del mundo…

Érewyn miró su falda y la alisó con cuidado. Normalmente prefería ropa liviana y cómoda, su vestuario de montar, consistente en pantalones y casaca, o cómodos vestidos de paño de colores oscuros. Pero aquel día llevaba un vestido precioso de color verde claro y tela ceñida y elástica en el corpiño. Nunca había visto un tejido que cediera como aquel. Las mangas llegaban hasta las muñecas pero se ensanchaban a partir de los codos, y los extremos estaban adornados con encaje de color crema. Tenía los hombros al descubierto, y el escote mostraba la piel de su pecho aunque de forma decorosa: la curva de sus senos quedaba oculta bajo la tela, fruncida y adornada con lazos de un verde más oscuro. El vuelo vaporoso de la falda comenzaba un poco más arriba de la cintura y terminaba justo encima de los tobillos. No había estado muy convencida antes de ponérselo, hasta que lo hizo y comprobó lo cómodo que era en realidad.

–Es un regalo de Arwen. – Confesó. - Me dijo que el verde era el color de los elfos silvanos…

–El color del maestro elfo, entonces. – dijo Ioreth. Érewyn bajó la mirada al suelo y no contestó. – No le habéis visto desde su partida hace ya casi un mes y medio, ¿cierto?

Érewyn alzó la vista y negó con la cabeza. Ioreth chasqueó la lengua. – Espero que cuando llegue tenga una muy buena excusa para no haberos visitado en todo ese tiempo. La rohir se apresuró a defenderle.

– La tiene: está comandando la defensa de la frontera sur del reino de su padre. Me escribió una carta contándome todo. – explicó.

– Desgraciadamente el tiempo pasa a una velocidad inversamente proporcional a las ganas que uno tiene de que pase… Sobretodo cuando se está enamorado y se está lejos del ser amado.– comentó la Mayoral con aire distraído. – Pero volviendo al tema del vestido. Os queda divino. ¡El gusto de los elfos es exquisito! – afirmó Ioreth.

– Gracias. – respondió Érewyn, tímida.

– De hecho parecéis una de ellos… Es curioso, pero desde vuestro regreso detecto en vos una aura mística… – Érewyn levantó las cejas. ¡No podía ser! Ioreth era tremendamente perspicaz pero era imposible que hubiera detectado su parte élfica, la que despertó en Lórien. Pero entonces la anciana sacudió una mano y terminó la frase. – Pero no me hagáis caso.

–Es cierto, la abuela últimamente detecta cosas raras por doquier. – Dijo Aleth.
Ioreth simplemente gruñó al oír la frase de su nieta y Érewyn suspiró, aliviada.

Miró a Aleth, que sorbía poco a poco el brebaje imposible de beber por su temperatura. La resistencia al calor debía ser algo de familia.

–¡Cuánto me alegro de que Aragorn te propusiera a ti marchar a Rohan para ser maestre, Aleth! – Dijo la rohir. Aleth sonrió.

–Lo cierto es que me pareció una gran idea desde que el Rey me lo propuso, y la abuela acabó de convencerme. A fin de cuentas, no tengo una familia con marido e hijos que me ate aquí, y mi formación terminó hace ya algunos años. Siempre quise conocer nuevos lugares, pero es complicado alejarse de la clínica. Esta es una profesión gratificante pero muy esclava. Sin embargo, marcharme a Rohan y fundar una casa de curación allí es una forma ideal de cambiar de vida y abandonar Minas Tirith. Ardo en deseos de comenzar a trabajar ya en la clínica. – Dijo Aleth, con mirada soñadora.

–Bueno, realmente no existe una clínica como tal. – confesó Érewyn, con la vista clavada en su taza. – El Maestre Daeron asistía a los pacientes en su propia casa, excepto a mi tío: a él le atendía en sus aposentos. ¡Pero no te preocupes! El Maestre no tenía hijos, ni familia cercana en Edoras, de modo que podremos convertir su casa en un hospital para que puedas fundar una clínica.

–Esa es una gran forma de rendirle homenaje póstumo a alguien que dedicó su vida a curar a los demás. – Comentó Ioreth.

–Sí. Tu hermano, el Rey Éomer, vino personalmente a agradecer que aceptara la propuesta. Se le veía bastante preocupado con el tema.

– Sí, la verdad es que tenemos varios frentes abiertos allá… ¿Y dices que Éomer vino a buscarte para darte las gracias? – Preguntó Érewyn, algo sorprendida.

–Sí. Y me dijo que pondría a mi disposición todo lo que necesitara para poder trabajar. Me confesó que no se le ocurría nadie mejor para el puesto de maestre de Edoras, necesitaba a alguien capaz de tratarle a él como un enfermo más, con la misma firmeza que al resto, no como el Rey que es.

– Oh, sí. Éomer recuerda bien al viejo Daeron. Guardaba tanto las distancias con mi tío que ni siquiera le realizaba los reconocimientos correctamente. Le curaba las heridas con miedo y dudas. – Murmuró Érewyn, frunciendo el ceño. Trató de sorber su té, pero aún le era imposible.

– Algo así me explicó. Y que la única que curaba sus heridas sin miedo a hacerle daño era yo. – Aleth confesó esto último con aire pensativo. Nunca se había planteado el estatus social de los pacientes. De hecho, la primera vez que curó la herida de la clavícula de Éomer, tras la batalla del Pelennor, desconocía por completo que se trataba del Rey de Rohan, aunque sospechaba que debía tener un puesto importante en el ejército de la Marca.– Ni siquiera me planteé la posibilidad de que fuera un monarca. No hablaba como tal.

–Ah… En ocasiones su forma de expresarse dista mucho de la típica de un rey… – Gruñó Érewyn. – Ha pasado demasiado tiempo en campamentos militares, campañas contra las fuerzas de Saruman...

–Bueno, en cierto modo, eso le hace diferente, más… Único.

–¿Único, Aleth? ¡Querida! – Exclamó Ioreth, en un tono que a Aleth le pareció ensordecedor. – ¿No estarás tratando de decir algo más?

–¡No! Simplemente lo que dije – Ioreth continuó mirando con suspicacia a su nieta mientras tomaba pequeños sorbos del ardiente té. – ¡Vamos, abuela! ¿Acaso has atendido alguna vez a un noble que suelte tantas palabras malsonantes en la misma frase?

Era cierto, un punto a favor del argumento de Aleth. Pero antes de que la Mayoral se lo otorgara, entró en el despacho uno de los escuderos de Rohan. Su armadura golpeó contra una estantería cercana a la puerta y algunos libros temblaron en sus estantes. El joven los miró, alarmado, y comprobó que no había destrozado nada antes de encarar de nuevo a las mujeres.

Pero Ioreth ya se había levantado de su butaca y su pequeña figura se acercaba con firmes pasitos hacia él. No sabía porqué, pero el joven se sintió tremendamente pequeño ante la aparentemente frágil ancianita.

– ¡¿Cómo osáis entrar así aquí?! ¡Esto es un hospital! ¡Aquí hay enfermos que necesitan descanso! – Aleth rodó los ojos al escuchar el eterno discurso de su abuela y Érewyn observó con pena al pobre escudero, que no dejaba de buscarla con la mirada, anhelante.

–¡Os pido mil perdones, mi señora! ¡Pero cumplo órdenes del Rey!

–¡¿De cuál de ellos?! ¡Últimamente esto está lleno de reyes! – bufó Ioreth.

–¡Del Rey de la Marca, mi señora Mayoral!

Érewyn se levantó como un resorte.

– ¿Te ha enviado a buscarme? – Preguntó ella, algo sorprendida. Normalmente, cualquier tema que Éomer tuviera que tratar con ella o con Éowyn, últimamente podía esperar. Minas Tirith era un remanso de paz para todos los últimos días. Era lógico que Érewyn se sintiera alarmada al oír la frase del joven y ver su gesto nervioso, debía ser algo realmente importante.

–¡Si, mi señora! ¡Ha llegado un grupo de jinetes! ¡Portan el estandarte del Rey Elfo del norte!


En perfecto orden y aun ritmo casi idéntico, los caballos de los elfos marchaban por las calles de Minas Tirith. La visión era espectacular, y todos en la ciudad eran conscientes de que jamás se repetiría, de modo que observaron el paso de la comitiva con ojos ávidos y curiosos. Nunca habían visto tantos elfos. Y a la cabeza, abriendo el paso y hablando respetuosamente con un elfo de aspecto importante, iba alguien conocido y admirado por todos: Maese Legolas.

Pero Maese Legolas no tenía el mismo aspecto de elfo guerrero de un par de meses atrás. Ahora su apariencia imponía mucho más respeto. Venía cabalgando al frente de un grupo de cincuenta guerreros más, liderando la marcha como Capitán y Príncipe de Eryn Lasgalen, cuyo estandarte ondeaba a manos de su portador, justo delante de él.

De ese modo la verdadera identidad del elfo quedó desvelada. Muchos eran los que se habían preguntado de dónde había venido aquel elfo que tanto había hecho por el pueblo de los hombres, y nadie esperó que se tratara en realidad de un príncipe.

Pero a ojos de casi todos, Legolas seguía siendo Legolas. El mismo elfo que fabricaba sus propias flechas a la sombra de los árboles de Minas Tirith.

Los niños comenzaron a salir de sus escondites y a correr a su encuentro, felices. Él les saludó amablemente, con una sonrisa siempre en los labios.

Y su sonrisa era la misma. Más allá de aquella nueva coraza verde y marrón seguía siendo el mismo elfo protector de Minas Tirith. El héroe del Morannon que cerró las puertas a Sauron.

Y tras el atrevimiento de los niños, la muchedumbre le aclamó, saludándole y vitoreándole. Dándole un recibimiento como no se había visto en mucho tiempo.

La comitiva continuó ascendiendo por los diferentes niveles, hasta que finalmente atravesó un gran arco de piedra y se internó en un gran jardín frente a una gran torre. Se hallaban ya en el último nivel: la Ciudadela.

Thranduil desmontó entonces de su corcel castaño y entregó las riendas a otro elfo mientras miraba a su alrededor.

La Ciudad Blanca hacía honor a su nombre, y, aunque por supuesto no lo admitiría, la travesía a través de las intrincadas calles de Minas Tirith le había dejado asombrado, al igual que la cariñosa bienvenida que el pueblo le había dado a su hijo. Le observó mientras organizaba las guardias y la vigilancia.

Legolas organizaba a sus hombres de forma eficiente, conocedor de la intrincada arquitectura de Minas Tirith y del carácter de sus habitantes. La mayoría de los soldados fueron enviados a descansar del viaje con órdenes estrictas de presentarse en la torre de Ecthelion para las guardias nocturnas. De ese modo la presencia de los elfos sería muy bienvenida y útil.

Pero a la vez, el joven capitán no dejaba de mirar continuamente a su alrededor. Recorría con la mirada el verde jardín, y buscaba, tras los árboles, entre los grupos de doncellas que se habían acercado a observar, en la muralla, incluso en las amplias terrazas. Legolas no dejaba de recorrer con la mirada toda la Ciudadela.

Y Thranduil tenía una idea muy acertada de a quién buscaba su hijo. Apartó sus ojos y prestó atención a aquel bello jardín.

El Jardín de la Ciudadela, frente al que habían desmontado, era especialmente bello. A él se abrían los balcones de un antiguo edificio de piedras pulidas. Un gran arco guardado por dos vigilantes abría el paso desde el jardín hasta el patio del Árbol blanco.

Mientras el resto de la comitiva descendía de los caballos, Thranduil notó la presencia de Galadriel muy cerca, a su derecha. La Dama de los Galadrim observaba con reverencia el viejo árbol, ya muerto. Su rostro mostraba tristeza, un pesar antiguo y unos recuerdos que afloraron a su mente al contemplarlo.

Y Thranduil supo que pensaba en Telperion

Thranduil observó en silencio a Galadriel acercarse hasta el árbol y acariciar su ancho y blanco tronco. La elfa se giró hacia él. Tenía lágrimas en los ojos y miraba un punto a la izquierda de Thranduil. Celeborn apareció de allí y se acercó a su Dama. El elfo de cabellos plateados tomó su mano y susurró unas breves palabras en su oído, suficientes para hacer aflorar la sonrisa de nuevo a su rostro.

Unos pasos apresurados y la dama de los Galadrim recibió el abrazo de una joven elfa de cabellos negros como el azabache, risas y conversaciones nerviosas se sucedieron entonces, entre ellas. Celeborn acarició el oscuro cabello y un beso se posó en su mejilla.

A pesar de no haberla visto en milenios el Rey Elfo la reconoció enseguida. ¿Cómo no hacerlo si su rostro coincidía a la perfección con el de Lúthien Tinúviel?

Undómiel. La que había renunciado a su inmortalidad por un humano. La que no partiría jamás de los Puertos Grises.

¡Qué tremenda tristeza para su padre, qué desgracia para los Noldor…!

Thranduil entrecerró la mirada y la apartó de tan dulce escena. Comenzó a caminar a través del enorme patio, ignorando el Árbol Blanco, hacia la Casa de los Reyes. Para ello pasó junto a otro edificio que subía imponente hacia el cielo. En su parte más elevada, la alta Torre de Ecthelion resplandecía al sol. Jamás había visto tamaña construcción de la mano de los hombres. Aunque, a fin de cuentas, Minas Tirith fue construida por númenóreanos, que tenían sangre élfica en sus venas.

Adelantándose a los Señores de los Galadrim, los pausados pasos del alto elfo se internaron por los limpios senderos que bordeaban fuentes y estanques, seguidos de cerca de su guardia personal y de Legolas, cuya coraza marrón y verde le hacían destacar por encima de los demás.


Érewyn descendió velozmente la escalera de piedra de las Casas de Curación. Llegó a la planta baja, y con la falda de su vestido fuertemente sujeta con la mano izquierda, recorrió a la carrera el corto trecho de pasillo que la separaba hasta la salida. Se alegró de llevar puesta aquella prenda, le permitía moverse con facilidad y además su aspecto era mucho más elegante que el que le otorgaban los sencillos atuendos que solía vestir.

Sonrió y no pudo evitar reír como una posesa. Sentía los latidos de su corazón marcando un ritmo desenfrenado y trataba por todos los medios de tranquilizarse, pero era inútil.

Él estaba por fin en Minas Tirith. Se hallaban ambos, al fin, en el mismo lugar, después de lo que había parecido una eternidad.

Siguió riendo entre respiraciones entrecortadas y acortó el camino a través del jardín del hospital.

Iba a verle de nuevo, contemplaría su hermoso rostro, sus preciosos ojos azules, la forma perfecta de su nariz, su alta silueta…

Desde que se separaron, Érewyn se había visto forzada por sí misma a llenar su tiempo completo por quehaceres y tareas para no pensar continuamente en él. No soportaba el hecho de no tenerle cerca, no aguantaba el deseo de besarle, de sentir sus manos de acero aferradas a su cintura.

Recorrió los últimos metros de jardín y cruzó el gran arco. Observó allí un gran grupo de elfos descargando fardos de la grupa de algunos caballos. Llevaban armaduras livianas, con bellísimos y finos grabados en el peto y las grebas. Con largas dagas enfundadas al cinto y cabellos largos y lacios que caían en cascada por su espalda, rubios, castaños, incluso algunos pelirrojos.

Aminoró el paso, no deseaba ser tomada por una loca en aquel momento. Pasó entre ellos aún respirando con dificultad, y con su cabello alborotado a causa de la carrera.

Notó algunas miradas clavadas sobre su persona, pero trató de ignorarlas y prosiguió su camino con la vista fija en un punto en concreto.

En aquel grupo, más cercano a la Casa del Rey, había varias figuras. Todas altas y majestuosas.

Involuntariamente aceleró de nuevo el paso tratando esta vez de aparentar más femenina.

Reconoció a Aragorn, guardando un respetuoso aire marcial, de pie, frente a un elfo desconocido y alto, muy alto. Su rostro quedaba oculto para ella, su sien estaba adornada con una tiara con forma de cuernos de ciervo y sus hombros, cubiertos por una capa larga y vaporosa de color negro.

Éomer se hallaba cerca de Aragorn, dando también la bienvenida respetuosamente a la comitiva recién llegada.

Y a sólo diez pasos de ellos, Érewyn se detuvo.

Enfundado en una preciosa armadura dorada y verde, con detalles en piel marrón, con su inseparable arco en la mano y su carcaj a la espalda. Legolas se giró y la vió a su vez. Sus ojos resplandecían como zafiros y al sonreír, brillaron con una luz que superaba a la de cualquier estrella.

Érewyn se olvidó de dónde estaba, de quiénes había presentes y de que ella misma era una princesa.

Dejó escapar un suspiro ahogado y, en dos zancadas redujo la distancia hasta él para arrojarse en sus brazos.

Se enterró en su pecho. Se sumergió en el aroma a bosque y hierba recién cortada que tanto había añorado.

Estrechó con fuerza su cintura, sintiendo su calor, anhelando su tacto, y notó un escalofrío cuando su aliento rozó su oreja, susurrando algo inentendible para ella.

Vanimle sila tiri naa tanya tel'raa, melleth.

El sonido de la realidad, de SU realidad. Porque Érewyn vivía sumida en un letargo cuando él no estaba presente.

Se separó de él y observó su rostro. Sus sienes perfectamente trenzadas, la expresión con que la miraba. Le temblaron las rodillas cuando él le dedicó la más dulce de las sonrisas mientras la contemplaba.

La muchacha llevaba el cabello suelto algo más largo que cuando se despidió de ella, y sus rizos gruesos y salvajes refulgían en tonos dorados y cobrizos al fuerte sol del mediodía. Tenía los pómulos y la nariz ligeramente bronceados por el efecto del sol, igual que sus hombros, que llevaba al descubierto en un vestido sencillo y entallado, de un color que hacía juego con sus ojos. Y estos destacaban en su rostro como dos esmeraldas, atrapándole por un tiempo indefinido..

Legolas estaba seguro que los ojos de Érewyn habrían dejado sin respiración hasta al más frío y despiadado de los hombres.

Thranduil contempló el rostro de su hijo, que la miraba extasiado, con una expresión que jamás había visto en Legolas. No sabía que se pudiera expresar tanto sin palabras. Era como si por un instante hubiera contemplado en su hijo un atisbo de humanidad que nunca estuvo antes ahí.

Ambos actuaban como si nadie más estuviera presente, como si ninguno de los dos perteneciera a la nobleza.

Y sólo estaban ellos dos cuando sus bocas se unieron, sin pensarlo.

La quijada de Thranduil se contrajo y sus cejas se fruncieron.

Observó de reojo a Éomer, que presenciaba la escena, impasible. Podía asegurar que tampoco estaba conforme con aquel comportamiento tan poco adecuado para un príncipe y una princesa en público, pero, al igual que él, aguardaba sin pronunciar palabra.

–¡Ajem…! – Aragorn carraspeó sonoramente, algo que provocó la sonrisa divertida del señor de los Galadrim y devolvió al presente a Legolas y Érewyn.

Estos recordaron de repente que no estaban solos, y sus ojos se abrieron como platos.

Con un tenue color rosado en las mejillas, Legolas se inclinó sobre Érewyn y pronunció unas breves palabras en su oído. Sin esperar respuesta, la tomó de la mano, y la guió hacia la alta figura con negra capa que la joven había avistado en la distancia.

La rohir caminó, ruborizada por completo, con Legolas aferrado firmemente a su mano, y se detuvieron justo delante de aquel elfo alto y majestuoso que la miró con el mentón alzado, como si estuviera valorándola.

En su bellísimo rostro, destacaban dos ojos azules como dos aguamarinas, una expresión amenazadora y la apariencia de haber vivido miles de años.

Érewyn se sintió bloqueada al notar su terrible mirada posada sobre ella. Seguía evaluándola, examinándola… Y no necesitó presentaciones para asimilar quién era aquel imponente elfo.

La joven se sintió realmente cohibida pero aguantó la mirada del Rey, mientras Legolas hacía las presentaciones de rigor.

Adar, ella es Érewyn, hija de Théodwyn, Dama de Rohan, y hermana del Rey Éomer. – Thranduil no movió ni un músculo de su rostro, y Legolas suspiró. –Érewyn, –Dijo, estrechando la mano de la chica. La muchacha sentía su rostro hirviendo. Comenzaba a faltarle el aire. –Te presento a mi padre, Thranduil, hijo de Oropher, Rey de Eryn Lasgalen.

Érewyn se armó de valor. Se soltó del agarre de Legolas y caminó un par de pasos hacia Thranduil. Su mirada no se apartó ni un momento de los ojos del Rey, y entonces, realizó una reverencia perfecta, digna de la dama más delicada de Gondor.

–Me siento dichosa de conoceros al fin, mi señor. Y de que hayáis tenido un viaje apacible.

Las cejas del Rey Elfo se alzaron, sorprendido con el educado saludo. Llevó la mano al corazón e hizo la inequívoca señal de saludo de los elfos antes de hablar.

–El honor es mío, mi señora. –Contestó Thranduil, serio.

Érewyn oyó por primera vez la voz del Rey. Su acento era peculiar, más aún que el de Legolas, lo que indicaba el poco uso que hacía de la lengua común. Arrastraba las palabras y las dotaba de un soniquete muy particular, haciendo sus frases aún más imponentes.

Galadriel rompió el hielo y se acercó a la joven, sonriendo. Érewyn se giró entonces a mirarla, y vio un intenso amor en los ojos de la Galadrim.

–Me alegro de verte, mi pequeña.

–¡Galadriel! –Exclamó Érewyn, y ambas compartieron un abrazo cariñoso. –¡Oh! Me temo que estoy demorando vuestro descanso... –Comentó, avergonzada.

Aragorn se acercó entonces a Érewyn y Legolas y dio una palmada fraternal en el hombro de éste.

–El calor del sol no da tregua a estas horas. –Comentó Aragorn. –Lady Érewyn tiene razón, debéis estar cansados tras tan largo viaje. Venid, acompañadme a mi casa, que será vuestra casa tanto tiempo como gustéis. He ordenado que vuestras pertenencias y equipaje sean trasladadas ya a las estancias que os han sido proporcionadas. –Las cabezas de los tres señores elfos se inclinaron, en agradecimiento, y el grupo comenzó a avanzar hacia la Casa del Rey.

El enorme edificio tras la Torre de Ecthelion contaba con hermosos y amplios jardines en su parte delantera, con fuentes y estanques. La comitiva continuó por un sendero marcado entre los arbustos, siguiendo una animada conversación, hasta la puerta.

El grupo iba encabezado por los tres reyes, quienes habían comenzado a hablar acerca de la situación de cada país, con Thranduil como oyente. En la conversación participaba también Celeborn, que caminaba detrás de ellos, junto a su Dama y su nieta. Y por último, un poco más atrás, Legolas con Érewyn de la mano, que aún se hallaba nerviosa por su primer encuentro con Thranduil.

Legolas no dejaba de lanzarle ojeadas indiscretas que eran cazadas cada vez por la muchacha.

–¿Qué ocurre? –Preguntó ella, en un susurro, sin poder ocultar una sonrisa. Legolas le devolvió el gesto y estrechó su mano.

–Llevaba temiendo este momento desde que me enteré de que mi padre quería conocerte.

–Yo también… –Confesó ella.

– Mi padre es… Bueno… Bastante difícil. – susurró, él. – Y sin embargo te has sabido desenvolver a la perfección. ¿Quién te enseñó a hacer esas reverencias?

–Pues la mejor maestra posible: mi hermana. – Respondió, con un pequeño guiño. Legolas se inclinó sobre ella y susurró apenas sobre su oído.

–Eres asombrosa.

El tono de la tez de la joven alcanzó el encarnado en menos de un segundo.

Ya en el gran salón de la Casa del Rey, Aragorn pidió a un mayordomo que guiara a los señores de los Galadrim hasta las estancias preparadas para ellos.

Otro miembro del servicio fue instado a llevar al Rey Elfo hasta sus aposentos, para su merecido descanso.

Pero el Rey Thranduil se detuvo tras subir apenas una decena de escalones, se giró y observó a Érewyn y a Éomer desde las alturas.

Éomer guardó silencio, decidido a observar a Thranduil. El Rey de los elfos del Bosque tenía algo que le hacía desconfiar, aunque quizá era su imaginación y los restos de los prejuicios que siempre tuvo.

–Ansío mantener una agradable conversación a solas con vos, Lady Érewyn, si lo consideráis oportuno. – Dijo Thranduil, finalmente. Érewyn sólo acertó a asentir con la cabeza. Thranduil sonrió, altivo. –Magnífico. Os espero en mis estancias.

–Como deseéis, mi señor…

Érewyn realizó una reverencia igual de perfecta que la primera pero algo más rápida, y observó a Thranduil desaparecer por las escaleras precedido por el mayordomo y seguido por su séquito de sirvientes.

A la joven le temblaban las piernas. Legolas se llevó la mano en la frente, con grandes deseos de ser tragado por la tierra.

– Legolas, ¿es mi imaginación o me parece que tu padre lo dice todo con segundas? – Murmuró Éomer, una vez Thranduil hubo desaparecido de la vista.

–No tengo ni idea de qué hablas. – Bufó Legolas.

Y la risa de Aragorn resonó en la gran sala, despojando finalmente el ambiente de la tensión que lo había inundado y que se hubiera podido cortar con un puñal.


– Érewyn, no deberías explicarme estas cosas… – Se quejó Legolas.

Mientras aguardaban a que Thranduil estuviera algo más acomodado en sus aposentos, paseaba junto a ella por los amplios corredores blancos del palacio. La muchacha le acababa de explicar su aventura con los Balchoth en la vieja casa de su madre, junto al Limclaro.

– No nos ocurrió nada malo, Legolas. Además, ¡tuve una de las experiencias más excitantes de mi vida! – confesó, emocionada.

–Todo lo peligroso es excitante para tí…– Suspiró él, disgustado. Ella rió.

–No es cierto… – Se defendió, justo antes de entrar en un blanco corredor con bellas celosías con formas florales a ambos lados. La luz de la tarde se colaba a través de ellas e iluminaba el camino con una luz ligeramente anaranjada.

Él la miró de reojo. La piel de su escote brillaba, insolente, bajo los rayos de sol que se atravesaban los listones de madera.

Legolas le cortó el paso tan bruscamente que ella casi chocó con él. Érewyn le miró, confundida.

–Yo puedo ser mucho más peligroso que cincuenta orientales. ¿Eres consciente de ello?– Dijo él, con voz áspera. Su rostro, serio, no mostraba dulzura en absoluto, y por un momento, Érewyn vislumbró la misma mirada amenazadora de Thranduil. Legolas se movió rápidamente y la atrapó entre sus brazos y la pared. – ¿Encuentras excitante eso?

Los labios de Érewyn comenzaron a temblar. No existía ninguna respuesta que pudiera pronunciar con frialdad para esa pregunta y que pudiera ser consideraba válida. Bueno, había una, sí: lanzarse sobre él y morderle la boca.

Y cuando esa idea pasó por su mente, un rubor más que notorio invadió sus pómulos.

Las manos de Érewyn le empujaron ligeramente, tratando de apartarle pero sin oponer la resistencia suficiente. En realidad no deseaba apartarle en absoluto.

– Legolas no juegues… – Le reprendió, a media voz.

– ¿Te parece que estoy jugando? ¿Y encuentras eso excitante? – Repitió él en el mismo tono.

Ella volvió a mirar sus ojos.

–Ay… – Gimoteó. Él frunció el ceño, sin comprender su reacción.

Y antes de que pudiera seguir tomándole el pelo, Érewyn le atrajo hacia sí, bruscamente.

Devoró sus labios con una voracidad que le dejó perplejo, y entrelazó los dedos en su nuca obligándolo a descender aún más, hasta su altura. La boca de ella viajó hasta el lóbulo de su oreja y lo lamió, arrancándole un quejido sordo.

El cuerpo del elfo se puso completamente rígido y la obligó a detenerse sujetándola por los hombros. La soltó enseguida y se llevó una mano a la oreja.

Ella observó su rostro contraído, sorprendida por la reacción de él y por su propia desfachatez. ¡Estaban en mitad del corredor! ¡Cualquiera podía haberles visto! Le miró, avergonzada.

–¡Te he hecho daño! – Se culpó a sí misma. Legolas negó rápidamente con la cabeza.

– No, no. Para nada... – Respondió, nervioso.

– Lo siento mucho… Nnno… No sé qué me ha pasado… – Se disculpó. Legolas permanecía con los ojos cerrados y respirando entrecortadamente. Ella aguardó en silencio a que los abriera, y cuando lo hizo le dedicó una sonrisa tan dulce que la derritió.

– Yo sí lo sé. – Dijo, con gesto triunfante. Ella le miró sin comprender. – Has respondido a mi pregunta. – Ella frunció el ceño. ¿Todo eso había sido parte del mismo juego? Se cruzó de brazos y apartó la mirada. Pero él sujetó su rostro con dulzura y la obligó a mirarle. – Pero he podido comprobar una cosa...

Ella le clavó la vista.

– ¿Qué? – Le retó.

– Que tú eres más peligrosa aún que yo…

Sus mejillas se tiñeron con el rubor acostumbrado y él rió.

Y antes de que a ella le diera tiempo a quejarse atrapó sus labios en un beso tierno y casto. Uno que la obligó a cerrar los ojos y suspirar.

– ¿Cómo decía aquella frase de tu carta? Tha mi ag iarraidh a bhith grèim thu, pòg thu, gràdhach thu… ¿Qué significa?

Érewyn se tapó la boca con una mano y rió, realmente asombrada.

– ¿La memorizaste? – Preguntó. No podía creerlo.

Legolas asintió.

– Por supuesto. Ni te imaginas la de veces que la he releído.

– ¡Oh, Legolas…!

Aquella confesión provocó otra fuerte dosis de besos que el elfo recibió con los ojos cerrados y el ceño fruncido, en una expresión de intensa concentración. Érewyn podría haber afirmado que en aquel momento estaba memorizando sus muestras de cariño.

Érewyn moría de amor. Aquello era lo más romántico que Legolas había dicho en toda la tarde.

– Significa: "Ardo en deseos de abrazarte... de besarte... de amarte." – Y tras cada pausa besó su mentón, su nariz, sus mejillas. Legolas se dejaba hacer, indefenso ante sus muestras de amor. Y cuando se acercaba de nuevo a sus labios alguien habló desde la otra punta del pasillo.

Heruaminle naa haran e' nausalle

Érewyn abrió los ojos, sobresaltada, y se separó de él abruptamente. Legolas la miró, contrariado y se lamió los labios antes de girarse a encarar a quien les había interrumpido.

Nausalle harmuva onalle haran edanea. – Dijo. El sirviente de Thranduil les miró de forma inexpresiva y aguardó. Legolas suspiró, entendiendo. No se iba a ir con una respuesta, había venido a buscar y acompañar a Érewyn hasta las estancias de su padre. – Vamos. – Le dijo a la joven. – Es el mayordomo de mi padre. Se llama Tulion… No muerde, aunque aparente lo contrario.

Sin inmutarse, el mayordomo de mirada indescifrable emprendió el camino de vuelta a los aposentos de Thranduil. Legolas y Érewyn se tomaron las manos y le siguieron.

Tras recorrer algunos pasillos y subir varias escaleras, sus pasos se detuvieron finalmente ante una gran puerta adornada con intrincados detalles, y Tulion la abrió sin ruido alguno.

Érewyn dudó un instante antes de seguirle a través de aquella puerta.

–Legolas, yo…

–Ssh… – La silenció él, suavemente. – Nada temas. Ven. – Susurró.

Se adentraron en la enorme estancia, donde varios elfos iban y venían acomodando las pertenencias del Rey. Y al final, una alta figura miraba a través del gran ventanal que comunicaba con la terraza, inmóvil y con una copa de vino en la mano.

Legolas se adelantó y lo llamó.

Adar, Érewyn está aquí.

Thranduil se giró despacio y observó fríamente a su hijo y luego a Érewyn.

La chica notó como si un gigantesco témpano de hielo se estrellara sobre su cabeza. Érewyn desvió la mirada al suelo y aguardó, en silencio.

Kela. – Ordenó el Rey. Inmediatamente, los criados de Thranduil dejaron sus tareas y desaparecieron. El Rey Elfo miró a su hijo, aguardando.

Legolas se mantuvo en su sitio. No creía para nada que fuera buena idea dejar a su padre a solas con Érewyn.

Ada, yo debería quedarme aquí con ella para…

Nuquernuva sen er, ionneg.

Érewyn no tenía ni idea de qué le había dicho, pero estaba segura de que el Rey acababa de darle una orden indiscutible a Legolas.

Érewyn miró indistintamente a ambos elfos. Thranduil, inexpresivo; Legolas nervioso. Él la observó, y la joven pudo ver en sus ojos que la idea de abandonarla allí no era para nada de su agrado.

Érewyn no podía permitir que desobedeciera a su padre. Eso sí que NO era para nada una buena idea. No quería ser la causante de una discusión entre ambos.

Era consciente de que el Rey no simpatizaba con ella, pero así sólo podía perder puntos ante él. De modo que dio un par de pasos hacia Legolas, le sonrió y asintió con la cabeza. Él la miró, nada convencido.

–¿Estás segura? – Preguntó en susurros.

–Claro. Nada ocurrirá. Vé tranquilo. – Acarició levemente su antebrazo, y él suspiró, con aire derrotado.

–Muéstrate tal y como eres. – Le aconsejó él, en su oído. – Yo... Vendré por tí más tarde… – Tomó su mano y la besó. Ella sonrió y apartó la vista, ruborizada.

Legolas encaró entonces a Thranduil y ambos se miraron. El gesto del hijo era amenazador, Érewyn podía notar la tensión entre ambos. La quijada de Legolas se marcaba notoriamente. Y Thranduil le devolvía la misma expresión.

Pero finalmente, Legolas inclinó la cabeza en señal de respeto.

Kwara sina ten'amin. – Dijo, antes de abandonar la amplia estancia.

Se quedaron solos y Érewyn no pudo ignorar por más tiempo la mirada directa del Rey Elfo. La evaluaba, tal y como había hecho en su primer encuentro, y era sumamente enervante.

–Tomemos un poco de aire fresco… Aquí el ambiente está algo cargado en estos momentos. – Dijo Thranduil, arrastrando las palabras. Y dicho esto, salió a la terraza.

Érewyn se apresuró a seguirle. Recogió la falda de su vestido lo más delicadamente que supo y emergió a un extenso balcón desde el que podía verse toda la ciudad.

La vista era vertiginosa y bella. La extensa llanura del Pelennor, el Bosque Gris, Osgiliath, la silueta lejana de las Ephel Dúath, y más allá, una fina columna de humo que subía hasta el cielo. El Monte del Destino aún liberaba sus venenosos gases. Tardaría años en volver a entrar en un período de inactividad completo.

–¿Os molestan las alturas, Lady Érewyn? – Preguntó el Rey, de repente. Érewyn se sobresaltó y dirigió su mirada al alto elfo. Seguía estudiándola con la misma desconfianza.

–En absoluto, mi señor. De hecho esta vista me parece maravillosa.

–Lo celebro, ya que mi corazón también se siente pletórico al contemplarla. – Respondió él, y dibujó una sonrisa en los labios. Una sonrisa extraña por su falta de autenticidad. – Venid.

Ella obedeció y le siguió hasta el mismo borde del balcón, protegido por una barandilla con intrincadas filigranas grabadas en la piedra.

–Habladme de vos. – Inquirió Thranduil. Y dio un pequeño sorbo a su copa de vino.

–¿Qué deseáis saber, mi señor? – La voz de Érewyn sonaba temerosa.

–Todo, con detalles. – Respondió él. Los ojos de Thranduil permanecían clavados como dagas en los verdes orbes de Érewyn, y ella no apartaba la mirada, no por retarle, sino porque no tenía valor ni de pestañear.

–Eso es algo largo de explicar, me temo... – Confesó. Thranduil sonrió arrebatadoramente.

–¡Oh! Creo que tiempo es algo que vamos a tener en grandes dosis. – Observó él. Érewyn humedeció sus labios y miró el Pelennor. Las huellas de la última batalla aún se apreciaban en el campo.

–Conocéis ya sobre mis orígenes, veo. – Dijo.

–Minudencias. – Espetó, el Rey. – Legolas fue cuidadoso al guardarse detalles.

–No creo que hiciera tal cosa. Yo misma desconozco la mayoría de ellos.

En la lejanía del norte, desde aquella colina, fue desde donde cargaron contra el ejército de Sauron.

–¿Cómo es eso? – Casi exigió él.

–No supe de mis orígenes hasta hace muy poco, mi señor. Justo ahora es cuando empiezo a saber algo de ellos.

–Creedme si os digo que no conocéis nada. Ni una parte infinitesimal, mi querida niña.

Érewyn guardó silencio, incapaz de responder algo coherente. Sin embargo localizó el punto exacto donde destripó al primer mumak.

–Es cierto. – Concedió al cabo de un momento. – La Dama Galadriel apenas me explicó un pequeño resumen acerca del pasado de mi padre, y de mi pueblo. No tuvimos casi ocasión de hablar largo y tendido. Y la única familia que me queda, mi primo, está en medio de una importante misión protegiendo Lórien Oriental, por lo que he podido saber de labios de los señores de los Galadrim. Y él tampoco pudo explicarme mucho...

–¿Noldor o Teleri? – La interrumpió el Rey. El tono de Thranduil denotaba falta de paciencia y ella regresó su mirada al rostro del Rey.

–¿Cómo? – Dijo ella, sin entender.
–¿A qué linaje pertenecéis, Noldor o Teleri? – Aclaró.

Erewyn recordó lo poco que había leído en su libro de los elfos. Los elfos de Doriath pertenecían a los Sindar, que pertenecían a su vez a la rama de los Teleri. Comenzó a sudar. ¿Aquel elfo la estaba interrogando?

–Teleri, mi señor. Sindar, en concreto. –Se arriesgó.

–Entonces somos parientes, o podríamos serlo.

–No puedo responder a eso…– confesó ella. – Lo siento.

–Todos los Sindar somos parientes, de una forma u otra. –Aclaró Thranduil. Y caminó siguiendo el borde de la barandilla con paso lento. Con sumo cuidado removió el vino en su copa y aspiró el aroma. – Los Abandonados, nos llamaban. Elfos Grises, nos decían otros. Estamos profundamente arraigados a la Tierra Media. Por eso la mayoría jamás la abandonamos. ¿La sentís, Lady Érewyn? ¿Sentís la fuerza de la Tierra? – Sus pasos se detuvieron y se mantuvo aún de espaldas a ella, aguardando su respuesta.

–No sé a qué os referís… – Susurró la rohir. – Hace muy poco que conozco mis orígenes, y apenas comienzo a notar un aumento de mis sentidos y una disminución de mi cansancio. Pero siempre sentí un fuerte arraigo a mi Tierra, mi señor, si eso sirve como respuesta.

–¿A qué Tierra? ¿Al Bosque? ¿A la maravillosa Lórien?

–No. A Rohan. –Respondió Érewyn, sin dudar un ápice.

Thranduil se giró y la observó minuciosamente. Tras lo que pareció una eternidad, esbozó una media sonrisa y retomó su paseo, esta vez seguido por Érewyn, que caminaba un par de pasos más atrás, mordiéndose el labio.

Como diría Éomer, aquello estaba yendo jodidamente mal…

Y en medio de aquel silencio insoportable, la joven fijó de nuevo la vista en el Pelennor. En aquel túmulo yacieron los restos del Rey Brujo después de que su hermana acabara con él…

–Rohan…–Murmuró Thranduil.– Sus verdes pastos... Su llanura interminable… Sus magníficos caballos... Es una tierra hermosa, he de confesarlo, es bien cierto. He tenido la suerte de poder contemplarla durante mi viaje hacia el sur. Y Legolas parece apreciar también sus encantos, aunque… De un modo que yo no alcanzo a comprender… – Sus pasos relajados se detuvieron, y el Rey apoyó su peso en la barandilla y clavó su azul mirada directamente en los ojos de Érewyn. – Su belleza es natural, salvaje, aunque nada fuera de lo común. – Dijo, y ella podría haber afirmado que la estaba describiendo a sí misma y no a Rohan. – Pero sus gentes, en cambio, son insulsas. Brutos labradores, nada más.

El ceño de Érewyn se frunció. No le gustaba nada el cauce que estaba tomando la conversación. El Rey la estaba llevando a terreno pantanoso.

–Somos gente sencilla, mi señor. – Se defendió, y su voz vibró por el nerviosismo. – Campesinos, granjeros, ganaderos. Es cierto. Y también lo es el hecho de que amamos nuestra tierra y nuestro trabajo, y eso se refleja en nuestros caballos, en las delicias que se cultivan cerca del Páramo y en el Folde Este.

El Rey alzó las cejas y se inclinó hacia ella, con una sonrisa casi burlesca en los labios.

–¿Somos? – Preguntó. – ¿No érais Teleri? ¿No érais Sindar? ¿Quién sois realmente? –Thranduil la observó sin compasión.

–No sé qué respuesta esperáis, mi señor. – Susurró Érewyn.

–¡La verdad! – Exigió el Rey.

–¡La desconozco! – Respondió ella, en un tono más elevado.

Thranduil redujo la distancia entre ambos y tomó su rostro con una mano, de forma gentil pero firme. La mirada de ambos se cruzó con rudeza.

–Entonces os falta mucho, mucho, para desear siquiera convertiros en princesa de los elfos. – Las cejas de Érewyn se alzaron en sorpresa.

–Disculpad, pero no es a eso a lo que aspiro, majestad. – Se defendió.

–Pues deberíais. Legolas es un Príncipe, perteneciente al último linaje real de elfos Sindar. Hijo de Reyes. Nieto de Reyes. Pariente de Thingol. Como el mismo Celeborn. –Érewyn guardó silencio asimilando el peso de las palabras de Thranduil. Tragó fuerte y habló con voz temblorosa.

–Los conozco, conozco los orígenes de Legolas, sé de su realeza. – Mintió. Lo cierto era que desconocía que la dinastía de Legolas fuera de tan alta alcurnia.

–Pero desconocéis los vuestros. ¿Pretendéis entrelazar vuestro destino con el de mi hijo sin saber de dónde venís? Así no sabréis a dónde vais, y arrastraréis a mi hijo en vuestra vida errática. No consentiré que el futuro de Legolas se trunque o peligre por enamorarse de alguien que no es NADIE.

Érewyn se sacudió la mano de Thranduil del rostro y le miró profundamente ofendida.

–¡No es justo que me habléis así! – Explotó ella, finalmente. Los ojos de Thranduil brillaron y su mentón se elevó al contemplar el arranque de ofensa de la chica.– Soy Señora de La Marca. Hija de Erethor de Doriath, jefe de la guardia de Lórien, y de Théodwyn, hija de Thengel, decimosexto Rey de Rohan. ¡Me llaman Mata-huargos! Combatí en Cuernavilla, y en la Batalla de los Campos del Pelennor derribé dos mumakil y maté a decenas de orientales, si no cientos. No digáis que no soy nadie.

El rostro de Thranduil se contrajo un segundo. ¿Había oído bien? ¿Había dicho Erethor de Doriath? Aquella muchacha guardaba más secretos de los que esperaba, sin duda… Pero no permitió que su voz delatara su sorpresa cuando habló de nuevo. Recompuso su máscara con perfección y acarició el rostro de Érewyn.

–Esa, querida, es la verdad que esperaba. – Dijo Thranduil, sonriendo más relajado. – La única que cuenta. Ahora podemos continuar hablando. Por lo visto a Legolas se le escaparon un par de detalles acerca de vos, Lady Érewyn. Detalles sin importancia, imagino. ¿Mata-huargos? Curioso nombre...

Thranduil tendió el brazo hacia Érewyn y ella posó su mano delicadamente sobre el antebrazo. Ambos reemprendieron el paseo por la terraza con los últimos rayos del sol iluminando Minas Tirith.

No se fiaba de aquel elfo lo más mínimo. Debía ir con pies de plomo a partir de ahora.


Toc. Toc. Toc.

Tulion abrió la puerta, solícito, y Legolas entró en la estancia como un vendaval, casi incrustando al obediente mayordomo contra la pared.

– ¿Érewyn? ¡Érewyn!

– Por favor, ionneg. Permítenos disfrutar de la calma del sur. No invadas así el descanso de tu pobre padre. – Dijo la voz calmada y pausada del Rey Elfo.

El rostro impasible de Thranduil se desdibujó a contraluz. Legolas había entrado tan imperiosamente que no había apreciado la silueta de su padre recostada sobre la barandilla de la terraza.

– ¿Dónde está, Adar? – Preguntó el joven, temeroso. Thranduil sonrió.

– Calma. – Le recomendó. – Lady Érewyn se marchó hace un rato. Una muchacha peculiar, sin duda… Impetuosa… Igual que esa entrada tan poco acertada que acabas de hacer en mis estancias. Insolente, he de añadir. Poco candorosa…

Legolas chasqueó la lengua.

Ada, sabes que tu opinión no tiene valor para mi. – Los ojos de Thranduil se entrecerraron al observarle. – El único criterio que cuenta, es el de mi propio corazón… Tengo intenciones de… Voy a pedir su mano al Rey Éomer, padre. Sea cual sea tu opinión, no me importa.

Thranduil levantó una ceja y rodó los ojos. Se separó de la barandilla y se internó en la estancia, pasando junto a su hijo casi sin tomarle en cuenta. Se dirigió a una elegante mesa en la que reposaba un escanciador con algo de vino y se sirvió media copa.

– ¿Sabías que la abuela de Lady Érewyn, la Reina Morwen, recibió el sobrenombre de "Resplandor del Acero"? – Legolas observó a su padre sin responderle. El Rey Elfo agitó el vino de su copa suavemente, como solía hacer. – Se decía que su mirada era tan fría que podía congelar a cualquiera en unos segundos. Algo a lo que los habitantes de Edoras, de trato cálido y afectuoso, no estaban acostumbrados. Las viejas costumbres del sur, sin duda. Herencia del carácter de los númenóreanos, influenciados por la actitud de los elfos, con los que habían tratado durante siglos. – Thranduil dio un sorbo a su copa mientras Legolas escudriñaba el rostro inexpresivo de su padre. Ni para él era una persona fácil de descifrar. – Dime, ionnin, ¿has visto ese resplandor frío en los ojos de Lady Érewyn?

– Por supuesto que no, Adar. – Respondió Legolas, casi ofendido. Thranduil le sonrió.

– Entonces no la conoces lo suficiente como para casarte con ella, Legolas. El tuyo podría no ser verdadero amor. ¿Quién sabe? Podría ser un deslumbramiento, como los que sufrían los navegantes al contemplar la belleza de las sirenas de Ossë por primera vez. Fue tu primer contacto con el mundo exterior, ionnin. Es normal.

Legolas abrió la boca, asombrado. Su padre se limitó a pasear su vista por los lomos de algunos libros que descansaban en una estantería cercana al hogar, apagado. Tomó uno de los libros y lo curioseó.

Legolas dio cuatro furiosos pasos hacia su padre y alzó la voz.

– ¡No hables a través de mí! ¡No te atrevas a definir lo que siento! Yo SÉ perfectamente lo que siento por ella. No tienes idea de lo que hemos vivido juntos. ES amor incondicional, Adar.

Thranduil terminó de dar otro sorbo a su copa, tranquilamente, y levantó el dedo índice.

–¡Y ciego! – Añadió. Legolas se giró, exasperado, y paseó por la estancia de brazos cruzados. –¿Cómo sabes que es amor si jamás lo has experimentado? – Le retó Thranduil, mientras miraba su ir y venir.

–¿De qué hablas? ¡Un elfo sólo ama una vez en la vida! – Exclamó Legolas. – ¿Cómo supiste tú que amabas a madre?

Thranduil colocó la copa sobre la mesa y miró furibundo a su hijo.

– Porque su alma era para mí un estanque de aguas cristalinas, Legolas. Porque sentía que mi misma sangre se derramaba sobre el piso cuando ella ponía sus ojos sobre mí. Indefenso, débil, mortal. Así me sentía con su mera presencia. – Respondió el Rey, sin desviar la vista de los ojos de su hijo ni un instante. – ¿Conoces todo de ella ionneg? ¿La conoces hasta el punto de poder describir cada uno de sus defectos y cada una de sus virtudes y amarlos por igual, como un libro abierto?

Thranduil arrojó el libro que aún llevaba en las manos a los pies de su hijo, y Legolas bajó la vista al suelo.

–Obviamente no. – Contestó. – No he estado con ella el tiempo suficiente como para conocerla así. No hemos podido compartir suficientes experiencias para ello… Pero todo es cuestión de tiempo. La acabaré conociendo profundamente y nuestro amor no puede hacer más que incrementarse y... – alzó la vista y volvió a retar las aguamarinas que eran los ojos de su progenitor.

Thranduil levantó una mano y reclamó su silencio con un gesto mudo. Legolas obedeció instantáneamente.

– No consentiré que te cases con ella mientras no la conozcas mejor. Ella desconoce por completo quién es. No permitiré que un hijo mío deambule perdido por el mundo por culpa de los misterios de esa mujer. ¿Sabías que tiene un fuerte carácter? ¿que cuando se enfada le tiembla el labio inferior y la comisura de su boca se frunce en una macabra sonrisa?

– ¿Qué? – Se alarmó Legolas. – ¡¿Qué le has hecho?!

– Realmente no le he hecho nada. Solo conversé con ella durante un par de horas. Lo suficiente para darme cuenta de que tiene un carácter que dista mucho del adecuado para una princesa. Y que posee la fuerza oculta de un guerrero trillado de batallas...

– Esa parte la conozco… – Admitó legolas. – Y puedo comprender que no la aceptes. Pero no me puedes prohibir unirme a ella, Adar. No puedes hacer eso.

– Soy el último Rey de los Sindar. Puedo hacer lo que me plazca y tú, como hijo mío, obedecerás mis órdenes.

Legolas negó con la cabeza, profundamente disgustado. Aquella era una batalla perdida, como todas las que solía librar con su padre.

Abandonó la estancia tal como entró, y no se molestó en cerrar la puerta tras él.

Definitivamente, Thranduil era el Rey Elfo más cabezota de la Tierra Media.

Pero Legolas era el príncipe elfo más rebelde de la Tierra Media, y no claudicaría jamás a los deseos injustos de su padre.

Si guerra era lo que quería, guerra tendría.


Traducciones

Vanimle sila tiri naa tanya tel'raa, melleth. - Al fin puedo ver tu luz de nuevo, amor.

Heruamin… le naa haran e' nausalle… - Mi señor... el rey espera a la señorita.

Nausalle harmuva onalle haran edanea. - La señorita irá enseguida a las estancias del rey.

Kela - Salid.

Nuquernuva sen er, ionneg. - Tú debes obedecer, hijo.

Kwara sina ten'amin - Como ordene mi señor.

...

Qué se traerá en mente Legolas? ¿Será capaz de revelarse ante su padre con tal de seguir su corazón? ¡Vaya pregunta! ¡Por supuesto que sí! ^_^

El próximo capítulo estará listo en un par de semanas. Espero que os haya gustado este, ¡he disfrutado muchísimo con Thranduil! XD

¡Hasta el próximo capítulo!