Capítulo 35: Epithume(Deseos)
De aquello habían sido dos semanas.
Por algún motivo, probablemente porque ya llevaba mucho tiempo deseándolo, se sentían más.
¡Tan solo dos semanas y ya había aprendido tanto!
Aprendió, por ejemplo, del punto entre sus costillas y sus caderas en donde no debía de apretar demasiado. Desde entonces se ahorró varios codazos y empujones.
Supo también que cuando dormitaba, los dedos de sus manos se movían rápida e involuntariamente. Fue gracias a eso que pudo diferenciar cuándo estaba a punto de dormirse y cuándo se hacía el dormido con tal de evitar alguna plática o tarea.
Descubrió los vellitos suaves y rubios del lóbulo de sus orejas: el punto perfecto para acariciar justo antes de que sus manos se recorrieran hacia la maraña de cabellos largos.
Pronto alcanzaría la práctica necesaria para obligarlo a utilizar su voz ronca y grave, cosa que apenas hacía unos cuantos días lograba sólo por accidente.
Examinó con cuidado cada rasgo de sus ásperas manos, memorizando sus cicatrices y el camino verdeazulado de sus venas.
Finalmente descubrió el sabor de su saliva y lo halló diferente en momentos: fresco en la mañana después de un vaso de leche; tibio e intenso por la tarde, en esos ratos de ocio de mediodía cuando no se hace nada debido al calor; cálido y embriagador en las noches, justo después de decir que ya era hora de regresar a su Templo y antes de que decidiera que lo mejor sería pasar la noche en Escorpio.
También estaba el otro tipo de conocimientos: los que no tenían qué ver con su cuerpo.
Por ejemplo, que no le gustaban los caramelos.
-"Me traen malos recuerdos."- Le explicó. –"Sobre todo los de anís. ¡Maldito sea el que inventó esos estúpidos dulces!"
Muy al contrario, disfrutaba mucho del chocolate.
-"Debería comprarte chocolate en polvo."- Bromeó con él una mañana. –"Así podrías echárselo a la leche."
Kanon le miró por unos segundos, sabiendo que no hablaba en serio pero dispuesto a aprovechar la invitación.
-"Deberías de hacerlo. Aunque no creo que vendan en Rhodorio. Te costará dinero el traerlo hasta aquí."
Supo que a él no le gustaba leer (aunque eso ya lo sospechaba).
-"¿Para qué pierdo veinte horas leyendo un libro si puedo ver la película?"
Milo quiso evitarse la molestia de decirle que no todos los libros tenían películas y no se atrevió a decir que todas las adaptaciones eran malas ya que él mismo no sabía si esto era cierto.
Eso sí, le encantaba el cine.
Le contó el cómo se escabullía a los cines ambulantes y veía horas y horas de fotografías en movimiento, contando historias repetitivas y predecibles que no llevaban a ningún lado; de cómo su único pasatiempo durante su exilio fue el adentrarse en las matinés sabatinas y salir de ellas hasta entrada la tarde y de cómo le gustaría que en el Santuario hubiese electricidad para comprarse uno de esos reproductores de video.
-"Taxi Driver."- Le confesó una vez. –"Es la mejor película de todos los tiempos."
Milo se preguntó qué podría haber de interesante en una película con un título semejante pero por el entusiasmo en las palabras del otro quiso creer que trataría de algo más que de la vida de un chofer que conoce a una bella chica y se enamora. Cuando la curiosidad fue demasiada y preguntó de qué se trataba, él lo miró de modo condescendiente, negando con la cabeza y murmurando un "la tendrías que ver."
Escorpio se indignó por varias horas, sintiéndose excluido y celoso de un montón de dibujitos en acetato.
Pero al menos él no era el único celoso.
Cualquiera podía ver que el rechazo que sentía hacia Camus iba más allá que el "es demasiado aburrido para mí" que tanto pregonaba. También era imposible no darse cuenta de cómo ponía los ojos en blanco cada que escuchaba el nombre de su hermano mayor. Incluso fruncía el ceño ante las pocas veces que llegó a mencionar a Ewan.
-"No sé cómo puedes admirarlo tanto."- Reprochaba. –"No es más que un borracho empedernido."
Así como Kanon disfrutaba de hacerlo enojar, él también descubrió que era dulce el pagarle con la misma moneda. Después de mencionar a Camus o a Saga más de lo debido en alguna conversación, el comentar sobre las criaturas del bosque era lo que más disfrutaba.
-"Tienes puras estupideces en la cabeza."- Murmuraba, apretando los labios y cruzando los brazos. –"No creerás realmente en esas tonterías, ¿o sí?"
Milo entonces pretendía poseer una fe ciega hacia los duendes y gnomos.
-"¿Cómo?"- Le decía muy serio. –"¿Es que tú no crees en los Leperchauns? Es tonto."- Seguía. –"Después de todo lo que hemos vivido, ¿te parece tan loca la idea de que existan los Uldras ó los Leshii?"
Usualmente ante tal argumento Kanon aceptaba su derrota momentánea y cambiaba la conversación.
Después de todo, era imposible discutir con él.
Y eso es de lo que más había aprendido.
Si fuesen cosas tan sencillas como el qué habría para cenar o en qué lugar entrenar, no habría tanto problema, pero había un asunto en el que Milo parecía estar totalmente indispuesto a ceder.
Un asunto inoportuno que cada vez hacía rabiar más a Kanon.
-"Deja eso."- Lo rechazaba cada que su mano intentaba ir un poco más debajo de lo usual. –"Te he dicho que dejes eso."- Le repetía, ya que nunca se rendía a la primera. ¿Tal vez la quinta sería la vencida?
-"¿Por qué no?"- Se atrevió a preguntarle una vez. –"La niña no está."
Milo rió ásperamente, como incrédulo de la incomprensión del mayor.
-"No es eso."
-"¿Entonces?"
-"No va a pasar, Kanon. Ni lo pienses."
-"¿Qué?"
-"¿Qué? No soy una mujer para que me andes abriendo las piernas."
Kanon se le quedó mirando por largo rato, no sabiendo si enojarse o reírse. ¡Ese ratoncito tenía cada extraña idea!
-"¿Disculpa?"
-"No me vas a hacer eso."
-"¿Tienes miedo?"
-"No."- Lo dijo con tanta seguridad que Kanon casi se lo creyó. –"Pero no va a pasar."
-"¿Y qué creías tú que íbamos a hacer? ¿Sentarnos y hablar de nuestros sentimientos?"
Le escuchó suspirar.
-"Claro que no."
-"¿Entonces?"
-"Hay otras cosas."- Susurró tan quedamente que Kanon apenas y lo escuchó.
-"¿Cómo qué?"- ¡Era tan divertido provocarlo!
-"¡Cosas!"- Más suspiros. –"Cosas que no tengan nada qué ver con tratarme como a una mujer."
-"No seas llorón. Si no se sintiera bien, no se estaría haciendo desde hace tantos miles de años, ¿o sí?"
-"Si se siente tan bien, tal vez deberías de ser tú el que-"
-"Podríamos negociar."- Interrumpió.
Milo, sorprendido por aquella respuesta no supo cómo salirse del aprieto en el que él mismo se había metido. Su mejor y más usual modo de terminar con la conversación era hundirse en el sillón, tapándose los ojos con el antebrazo y estirando sus piernas como si acabase de correr un maratón.
-"Debes de estar bromeando."
-"Va a pasar, ratoncito."- Kanon no cedería la última palabra. –"Pasará tarde o temprano, quieras o no."
-"¿O no?"- Torció la boca en una sonrisa.
-"Tienes razón. Yo me encargaré de que quieras."
Milo rió, nervioso pero halagado por aquel esfuerzo. Él mismo sabía que lo único que estaba haciendo era alargar aquella tortura y que, en efecto, era algo que pasaría tarde o temprano.
Sin embargo, aún no estaba dispuesto a dar su brazo a torcer.
A Kanon le sería muy difícil el convencerlo de que todo aquello era una buena idea.
Desde aquel día, a Milo se le hizo costumbre el pensar constantemente en eso. Tanto así que había pocas otras cosas en las que podía concentrarse. Los archivos de la Panatenea llevaban ya mucho tiempo esperando.
Una cierta mañana estaba especialmente callado. No fue sino hasta que terminó su desayuno que supuso que tendría qué decir algo antes de que su hermana le interrogara por su silencio; pero justo cuando planeaba decir algo sobre lo ácido que estaba el jugo de naranja, se dio cuenta de que él no era el único distraído en la habitación.
La pequeña Dánae parecía tan muda como él.
-"¿Pasó algo?"
Aquella pregunta no fue por cortesía. Lucía tan ensimismada que ni siquiera Milo pudo permanecer impasible ante su extraño comportamiento.
Ella alzó el rostro y sonrió de medio lado.
-"¿De qué?"- Pero cuando su voz salió con un tono más grave del que tenía planeado, supo que no serviría de nada pretender que todo se encontraba en orden. Exhaló largamente, gimiendo un poco y negando con la cabeza. –"Es mamá. Recibí una carta y dice que pronto podré reunirme con ella."
El mayor recargó su codo sobre la mesa y posó su barbilla sobre la mano derecha, estudiando con detenimiento cada una de las palabras que acababa de escuchar.
-"¿Por eso estás triste?"
-"Me tomó mucho tiempo acostumbrarme aquí. No quiero tener que acostumbrarme a otro lugar. Quiero regresar a casa."
Imaginando que ella ya sabía que la casa en Milos no existía mas, Milo no se atrevió a mencionarlo.
-"Cualquier cosa sería mejor que aquí. Pensé que creías eso."
-"Más vale malo por conocido que bueno por conocer."
Milo rascó su barbilla.
-"Nunca he entendido muy bien ese refrán."- Comenzó a jugar con una servilleta nueva, doblándola varias veces en diagonal. –"Estarás con Altea. Te sentirás mejor cuando vuelvas a verla. Seguro que te extraña mucho."
Ella asintió.
-"Yo a ella."- Entonces arqueó la ceja, formulándose una pregunta que tal vez no tendría una respuesta sincera. –"¿Tú la llegaste a extrañar?"
-"Bueno… yo también fui niño, ¿sabes? Pero creo que más que como madre la extrañé como maestra. A veces echaba de menos su gentileza. No es algo muy común por aquí."
-"¿Y a papá?"
Milo frunció el ceño, echando su espalda hacia atrás y torciendo la boca. El aburrido rostro de Soterios no era un recuerdo que disfrutara tener.
-"No podía extrañar a alguien que no existía."
Entonces fue Maias la que arrugó su rostro con molestia.
-"Él era un buen hombre. Si tuvieras la mitad de la gentileza que él tenía…"
-"Tal vez si él la hubiese demostrado ante mí…"- Interrumpió. –"Le tenía tanto miedo a su hijo que apenas y se atrevía a mirarle a los ojos. No puedo extrañar a alguien que sólo estuvo ahí. Sería como extrañar a un mueble. A un mueble que siempre me temió. Todos en la isla decían que yo era un demonio. Él fue el primero en creerlo."
-"¿Y no lo eres? Quiero decir… ¿de cierto modo?"
Milo consideró aquellas palabras y le concedió la verdad.
-"Tal vez. Pero algunos prefieren llamarnos Dioses."
Maias rió levemente.
-"Ilitía. Ella siempre los llama así."
-"Aunque en momentos me acerco a ambos extremos, no soy ni un dios ni un demonio."
-"Eres un humano loquito y medio desquiciado."
-"¿Es que no te lo dije antes? La locura es un requisito para estar aquí."
-"¿Eso quiere decir que yo también estoy loca?"
-"¿No acabas decir que te has acostumbrado a este lugar? ¡Sólo un loco podría hacer eso!"
-"Supongo. Pero al menos todavía no ando vagando por ahí rompiendo rocas y golpeando a…"- Un gruñido de desagrado la interrumpió. Su hermano cubrió su rostro con ambas manos e inició un mantra que sonaba a algo como 'nononono'.
No tardó demasiado en entender la molestia del Santo de Escorpio.
Aquel muchacho rubio, ese que siempre estaba con Camus, los visitaba de nuevo. Sólo que esta vez llevaba consigo una maleta y lucía más que listo para iniciar un largo viaje.
-"Buenos días."
-"Lo eran, ¿a qué no?"
-"Te tengo grandes noticias, Milo."
-"Lo veo."- Señaló su mochila con la mirada. –"Es la mejor noticia que me has dado desde que llegaste."
-"A mí también me gustó estar aquí."
-"¿A dónde vas?"- Sorprendiéndose a sí misma, Maias se atrevió a preguntar.
-"Regreso a casa. A Siberia."
-"¿Siberia?"- Ella no estaba muy segura de dónde se encontraba eso. Sólo sabía que estaba muy lejos y que era un lugar terriblemente frío. Debió de imaginarse que aquel muchacho estaba tan loco como todos los demás. –"¿Regresarás?"- Preguntó aunque sabía que incluso si lo hiciera, ella seguramente ya no estaría allí.
-"¡Claro! No podría perder la oportunidad de irritar a Milo al menos una vez al año."
-"¿No crees que estas últimas semanas lo has hecho lo suficiente como para cubrir el resto de mi vida?"
-"Nunca es suficiente."
-"¿A ti quién te preguntó, mocosa?"
-"Milo…"- Hyoga decidió usar el tono más amable que pudo. –"Lamento haberme inmiscuido tanto entre mi maestro y tú, pero sé que entiendes por qué lo hice. Yo nunca hubiese querido ser tanta molestia."
-"Yo tampoco hubiese querido que lo fueras. Pero lo hecho, hecho está y al menos nadie acabó con una embolia cerebral."
-"Gracias por todo."- Continuó, dirigiéndose a ambos. –"Estaré en contacto."
-"Claro que no. Seguro eres tan descortés como tu maestro."- Miró a su hermana. –"Así como lo ves, ese hombre tiene una incapacidad física y mental para responder las cartas."
-"Adiós, Milo."
-"Sí, sí. Adiós."
-"No hagas nada estúpido, ¿quieres?"
-"Yo debería de decir eso."
-"Cuídate mucho, Hyoga."
-"Igual tú. Procura no enloquecer viviendo a lado de este grosero."
-"Lo intentaré."
-"Adiós, Hyoga."
-"Adiós."
Después de algunas palabras más, los hermanos quedaron nuevamente solos.
-"¿Pero qué fue eso?"
-"¿De qué?"
-"Cuídate mucho, Hyoga."- Movió la cabeza de un lado para el otro, usando una voz sumamente aguda. –"¿Te gusta?"
-"¿Y qué? No es como si estuviese lo suficientemente loca como para pensar en uno de ustedes como un verdadero candidato. ¡Imagínate! ¿Y si se me muere?"
-"Me figuro que sería traumático. Por otro lado, no sería una gran pérdida para la humanidad."- Calló por unos segundos. –"Bueno, pudo haber sido peor. Pudiste haberle echado el ojo a Andrómeda."
-"¿A quién?"
-"Ya sabes, el de los tirantitos."
Ambos sonrieron.
-"¿Por qué usa eso? Hasta yo sé que están fuera de moda."
-"¿Qué sé yo? Tal vez sea lo último en Japón."
Maias se alzó de hombros, imaginándose que eso podría ser cierto.
-"Definitivamente, todos aquí están locos."
Comentario de la Autora: Bueno... este capítulo no me gustó mucho. Originalmente iba a ser bastante diferente pero las cosas simplemente no se dieron. Para ser sinceros fue un verdadero dolor de cabeza.
Pero bien, como pueden ver ya algunos asuntos se están comenzando a cerrar. No digo que ya mero se acabe porque yo misma no estoy segura de para cuándo termine de escribir pero al menos ya falta menos que al principio. XD
De cualquier forma, espero que les haya gustado y si no, que al menos no lo hayan odiado. Por lo demás, espero que estén muy bien y que el primer mes de este 2011 les haya sido muy llevadero y feliz. ¡Respuestas a sus posts en mi profile/sus mails!
¡Domo arigatou!
