CAPÍTULO XXXVI
Si es bueno vivir, todavía es mejor soñar, y lo mejor de todo, despertar.
ANTONIO MACHADO
Tras terminar de componer la bandeja de desayuno, Simon caminó hasta su dormitorio y entró. Depositó el objeto sobre la mesilla auxiliar y se sentó en su lado de la cama. Isabelle seguía durmiendo plácidamente. Su pecho subía y bajaba de forma rítmica y pausada. Las piernas estaban enrolladas en las sábanas, los cabellos desparramados sobre la almohada. La noche anterior no se había retirado el maquillaje y ahora se encontraba ligeramente emborronado. En su cuello desnudo se podían apreciar a simple vista evidencias del momento de pasión. Aunque había más, esparcidas por todo su cuerpo. Al Simon, el mero hecho de verlas, le excitaba. No había nada que pusiese más a tono a un vampiro que alimentarse de su amante.
Pero ahora era Isabelle la que se debía alimentar, y por eso le había preparado aquel generoso desayuno. Quería asegurarse de que recuperara fuerzas cuanto antes. No obstante, era tan fascinante verla dormir… parecía un verdadero ángel, delicado e indefenso. Absolutamente todo lo contrario a cuando estaba despierta.
Y como si de un encantamiento se tratase, en ese mismo instante los párpados de la cazadora de sombras se abrieron ligeramente. Las largas pestañas batieron el viento en unos rápidos parpadeos. En cuanto recuperó la conciencia sus ojos oscuros le dieron los buenos días, para luego ser acompañados por los labios que mostraron una ligera sonrisa. Si había algo en el mundo que a Simon le pareciera más fascinante que observarla mientras dormía, era verla despertar.
—Buenos días, princesa —dijo en un susurro, sonriéndole.
—Buenos días —respondió ella, con la voz ligeramente ronca. Se irguió para sentarse sobre la cama y miró a su alrededor—. Menuda noche la de anoche, ¿no?
Simon no pudo evitar desviar su mirada hacia la piel que había quedado descubierta al Isabelle erguirse. Allí estaban las marcas de su pasión, decorando su hermosa piel. A él se le antojaba tanto el hecho de recorrerlas de nuevo… pero no, debía concentrarse y contenerse, por muy difícil que fuera (ya que después de alimentarse de la sangre de la cazadora de sombras estaba especialmente salido durante al menos una semana).
—Te he preparado el desayuno —comentó mientras tomaba la bandeja con patas extensibles y la colocaba frente a ella.
—Ya estamos, siempre con lo mismo. Comételo todo Isabelle, si no quieres hacer que me preocupe. Anda, sé una niña buena… —dijo haciendo una imitación jocosa del tono de voz del vampiro.
—Me preocupo por ti, nena.
Sabía que cuando le decía "nena", a Isabelle se le apretaba un botón de no discusión. Por eso lo empleaba pocas veces, para no perder aquel poder.
—Muy bien, voy a comérmelo todo. Pero luego nos ocuparemos de otros asuntos de mayor —hizo gran énfasis en la palabra y desvió su mirada a la entrepierna de su pareja— importancia.
—Eres una cazadora de sombras muy sucia, ¿lo sabías?
Isabelle soltó una carcajada.
—Claro, lo que tú digas, subterráneo.
Y dicho esto, comenzó a desayunar. Transcurrido un buen rato y cuando ya iba por el café (tras el zumo, las tostadas y los cereales) se le ocurrió preguntar:
—¿Qué crees que pasaría ayer entre Alec y el Gran Promiscuo de Brooklyn? —al comprobar la reacción de molestia de Simon, añadió—. No me mires así, es una bromilla. Humor ácido. Llevamos mucho tiempo viviendo con los ingleses. Se me ha pegado.
El vampiro esbozó una sonrisa ante tal argumentación.
—Uhm… no lo sé. Alec llegó a casa a las 5 y algo de la mañana —realizó una pausa—. ¿Qué? —preguntó. Isabelle le había echado una mirada que decía: ¿y tú cómo sabes eso?— Oí cómo se abría su puerta de entrada y luego corría el agua de su ducha a esas horas. Ya sabes, superpoderes de vampiro.
—¿5 de la mañana, Batman? —replicó Isabelle con gesto pensativo mientras daba vueltas con la cuchara al yogur de frambuesas—. No lo entiendo. Para venir a esas horas, ¿por qué no se quedó a dormir allí?
—Quizás y sólo quizás, meras suposiciones mías, Alec tenía miedo a que su hermana sobreprotectora con tendencias a la sobreactuación (concretamente, a la sobreactuación violenta), al enterarse de que su hermano se encuentre ausente la mañana de Navidad le diera por aparecer por casa del Gran Brujo que lo tiene enamorado y se le ocurriera practicar alguna de sus fantasías asesinas más internas.
La nefilim enarcó una ceja.
—Muy gracioso, Lewis. Disculpa que no me ría, pero es que tengo la boca llena —dijo y se llevó la cuchara a los labios. A pesar del tono de voz empleado, sonreía ligeramente.
Un rato después, Simon se levantó de la cama.
—Voy a preparar un baño caliente, ¿te apetece? —Ella asintió y él le dio un beso en la frente. Tras esto, salió de la habitación y se dirigió al baño.
Esperó a que la gran bañera se llenara hasta arriba de agua y espuma con esencias florales. En el justo momento en el que cerraba el grifo, notó que la cazadora de sombras entraba por la puerta. Caminó hasta él y lo abrazó por detrás, apoyando la cabeza en su hombro.
—Te vas a helar —le dijo él—. Vas descalza en una mañana de invierno, completamente desnuda y entras en contacto con un vampiro, lo que no es muy…
—¿Te has puesto en modo refunfuñón hoy? —preguntó ella y le dio un beso en el cuello. Después, llevó las manos al elástico de los pantalones de pijama que llevaba él y se los bajó—. Anda, vamos a meternos. Me quedé con ganas de hacer una cosa anoche…
—¿Pero te has comido todo el desayuno?
El vampiro con aquel tema era firme.
—Que sí, pesado. Anda, bésame ya y metámonos en la bañera.
Simon dudó. Corrió a toda velocidad a la habitación, donde comprobó que en efecto todos los alimentos habían sido consumidos y volvió rápidamente de nuevo junto a ella.
—Está bien —acercó sus labios a los de la chica y los besó con ternura y cariño, para luego llevar sus manos al cuerpo de la nefilim y cogerla en volandas. De este modo, se metieron en la bañera con los labios todavía entrelazados—. ¿Qué decías que querías hacer? Porque ahora que ya has recuperado fuerzas, soy todo oídos.
—Y otra cosa que no son oídos, también —puntualizó ella sonriendo como una auténtica diablesa.
Tessa se despertó en su cama de Cheyne Walk, como tantos otros días. Pero no necesitó pestañear para saber que aquel día las cosas eran distintas. Kevin la había acompañado de vuelta a casa tras la fiesta de Magnus (que se había visto disuelta cuando Jacob Noir, un hombre lobo, había atravesado con todo su cuerpo uno de los grandes ventanales de la casa) y cuando habían llegado a la puerta, en lugar de despedirse le había ofrecido pasar la noche con ella, lo cual había terminado haciendo. No había pasado nada que hubiera colmado las fantasías pervertidas de Magnus, simplemente habían dormido juntos (tras una sesión de besos muy acalorada que quizás sí que le habría resultado de interés al Gran Brujo).
Siempre que había visto a Kevin dormir, él se posicionaba como un gato, retorciéndose de las formas más extrañas posibles. En cambio, aquella noche había permanecido recto y estirado, en una posición de lo más normal, de tal manera que ella había podido reposar el rostro en su pecho, así fundiéndose en los rápidos latidos del corazón del joven brujo.
No quería moverse, no quería despertarlo. Aspiró su olor, tan característico y embriagador; Kevin olía a una extraña combinación de madera y panecillo recién hecho. En un acto inconsciente con uno de sus dedos comenzó a trazar círculos por el pecho del brujo, duro y firme. Volvió a cerrar los ojos y recordó las tiernas caricias, los apasionados besos y los cálidos abrazos que habían compartido la noche anterior.
Súbitamente, una mano se posó sobre la suya, interrumpiendo el recorrido que estaba haciendo con su dedo. No era otra que la de Kevin, que cogió la suya propia y se la llevó para besar sus nudillos.
—Tess… —murmuró y mantuvo la mano de la chica en aquella posición, para aspirar su olor.
Su voz sonaba ronca, señal de que no estaba del todo despierto.
—Buenos días, Kevin —Tessa hizo un ademán de levantarse, pero él se lo impidió poniendo sus fuertes brazos alrededor de ella.
—Vamos a dormir un poco más, estamos tan bien…
—Discúlpame un momento, sólo quiero mirar la hora.
—Nada de horas, sólo caricias y besos.
Tessa soltó una risita. Kevin seguía más dormido que despierto, a tenor de sus palabras.
—Está bien, dormiremos un poquito más —dijo ella y besó el torso del brujo que, muy a su pesar, estaba cubierto por la camisa de pijama.
Las ropas se esparcían por el suelo de la habitación. Las sábanas estaban todas revueltas. El joven dormía todavía, pero le restaba poco tiempo para despertarse. Su cuerpo lleno de lunares y pecas quedaba expuesto en su práctica totalidad. Se giró en la cama, de modo que una de sus manos quedó fuera del colchón. Y entonces, una lengua áspera se la lamió.
George abrió los ojos de par en par y dirigió su mirada al perro que le había llenado de babas la mano en señal de afecto, que en aquel caso se trataba de Ron. Potter, por su parte, saltó en la cama y se inclinó sobre él, para lametearle la cara.
—¡Feliz Navidad, mis pequeñines! —en lugar de sentirse molesto por haber sido interrumpido en su sueño, George estaba contento. Amaba a sus perros e hicieran lo que hiciesen, nunca les tomaba nada a mal.
Tras una sesión de mimitos, George les mandó bajar de la cama. Él también se levantó y en cuanto lo hizo, sintió cierto dolor en una zona de su cuerpo que confirmaba que lo sucedido horas antes no había sido un sueño. El otro lado de la cama, aunque vacío, seguía caliente. Y el agua de la ducha corría en aquel mismo momento.
Por un momento, se sintió mal por haber rechazado la invitación de Alec a pasar la Nochebuena con su familia. Pero había hecho bien, pues sabía que de haber pasado la noche en casa del "negrilim", a éste ni se le habría pasado por la cabeza visitar a Magnus poniendo como excusa ser descortés con sus invitados.
Entró en el baño y fijó su mirada en la ducha, de mamparas de cristal transparente. En cuanto vio la figura de su chico —No te emociones, el que podría llegar a ser tu chico, se corrigió—, todo remordimiento se fue por el desagüe. Sonrió y con paso decidido caminó hasta la ducha para unírsele bajo el agua.
El Gran Brujo se despertó con el recuerdo del beso de Alexander grabado en sus labios. No había sido producto de su imaginación, tampoco había sido fruto de una borrachera del nefilim, como había sucedido semanas antes. Todo lo contario: ambos estaban muy conscientes de lo que hacían y del deseo que sentían el uno hacia el otro.
Jacob Noir había sido declarado persona non grata en la lista de invitados a fiestas de Magnus. Tras haberse deshecho de todos los invitados, se había ido directo a la cama. Ahora seguía en esta, acariciando el suave pelaje de Presidente Miau, que ronroneaba de placer.
Tenía pensado hacerle una visita a Alec aquel mismo día. Lo que desconocía eran los planes del nefilim. Pero en cuanto pensó en que podía existir más seres en el planeta que no fueran un Lightwood de metro ochenta y cinco de estatura, piel nívea, cabellos del ébano y ojos azules; cayó en la cuenta en otras dos personas de gran importancia para él.
—¡Kevin! —llamó desde la cama—. ¿Estás despierto, Kevin?
No obtuvo respuesta.
—Me vas a hacer levantar, y te lo voy a hacer pagar… —aguardó durante un rato, hasta que vio que no iba a obtener respuesta—. Muy bien, ¿qué ya no me tienes miedo? Soy un Gran Brujo por algo, jovencito. Y lo vas a ver.
Se levantó de la cama y salió de su habitación con gran estrépito. Entró en la de Kevin, que halló vacía y con la cama hecha. Aquello era verdaderamente extraño. Recorrió el resto de las estancias de la casa, hasta llegar a la cocina y exclamar:
Cinco segundos le bastaron para invocar su teléfono móvil y marcar el número del que se había convertido en su mejor amigo. Tuvo que esperar unos cuantos tonos para poder escuchar la voz de éste, con claros signos de somnolencia:
—¿Magnus? —preguntó.
—¡Casanova! ¿Cómo ha sido? ¿Has cumplido? ¿Ha disfrutado? ¿Has disfrutado? ¿Has seguido mis consejos? Oh, por favor dime que los has seguido, especialmente el punto cinco… que no entiendo por qué no lo puse al menos entre los tres primeros puestos…
En cuanto Kevin le había dicho que pensaba pedirle matrimonio a Tessa, Magnus le había proporcionado un decálogo de consejos para dar lo máximo de sí en la cama —o en cualquier sitio que te propongas, le había aclarado.
Magnus siguió parloteando, hasta que Kevin murmuró medio dormido:
—Magnus, no es lo que tú te piensas. No hemos hecho nada… nada de tu interés. Y ahora me apetecería seguir durmiendo, que la fiesta de ayer fue muy loca, como todas las que celebras.
—Oh, nada de eso. Os doy dos horas para que terminéis de hacer lo que tengáis que hacer y os arregléis. Voy a ir ahora a casa de Alec para invitarle a él, a su hermana y al vampiro a comer. Os quiero presentables y… por mucho que os duchéis u os perfuméis, no podréis disimularlo. Si ha habido sexo, Magnus Bane lo sabrá.
Y colgó.
Alec seguía en la cama, aunque pasara ya el mediodía. Durante los primeros años en los que había vivido ajeno a la Clave le había costado no seguir las tradiciones nefilim y en concreto, los horarios, tan estrictamente arraigados en él. Sin embargo, poco a poco había ido desarrollando el gusto por pasar muchas horas en la cama (en ambos sentidos, para ser sinceros).
Aquel día se encontraba enrollado en la sábana, la manta y en el edredón. Estaba muerto de frío y se encontraba bastante mal… todo por su maldita cabeza. Aunque fuera incapaz de seguir durmiendo, esperaba que Isabelle y Simon hubieran pasado una noche lo suficientemente movida como para que se olvidaran por completo de él, que George siguiera con quien fuera que estuviera y que Magnus tuviera otros planes. Pero las cosas nunca suceden como uno quiere.
Unos toquecitos en la puerta precedieron a la apertura de ésta mediante una llave. Pronto escuchó la voz animada de Simon y el repiqueteo de los tacones de Isabelle que se acercaban a su habitación.
—¿Alec? ¡¿Alec, qué ha pasado aquí?! —Isabelle sonaba asustada, y en pocos segundos ya entraba por la puerta, alterada—. ¡¿Estás bien?! ¿Por qué está la casa llena de fango?
—Estoy bien, Izzy. Tranquila.
—¡Alec, pareces una momia! —exclamó Simon, aunque también sonaba preocupado.
—¿Qué pasó anoche? ¿Esto ha sido cosa de…?
—Magnus no tiene nada que ver con que tu hermano sea un estúpido inconsciente que se encandila con… —sintió sus mejillas enrojecer—… con cualquier cosa. Supongo que no pararás hasta que te lo diga, así que ahí va. Me caí al Támesis mientras volvía con la moto demoníaca.
—¿Que tú…? ¿Cómo? —Isabelle le miraba completamente atónita, sin comprender.
—¿Algún demonio se cruzó en tu camino? —preguntó por su parte el vampiro.
—Sí, bueno no… eso fue después. Yo estaba muy encandilado y no me di cuenta de que la moto volaba demasiado bajo y me choqué con uno de los puentes. Y me caí al Támesis. Y allí unas sirenas con mala leche me atacaron.
—¡Alec, pero como puedes ser tan inconsciente! ¿Estás bien? Simon, llama a Magnus ahora mismo. Debe ver urgentemente a Alec.
La cazadora de sombras tenía la mirada puesta en su hermano, pero al no percibir ningún movimiento por parte de Simon, se giró para mirarle. Alec también fijó la vista en él, y así pudo comprobar que su cuñado lucía una expresión un tanto divertida en la cara.
—¿Te das cuenta de que te has pasado años empecinada en que Magnus y Alec no se debían ver bajo ningún concepto para ahora exigir que el Gran Brujo debe verlo urgentemente?
—Simon, ésa no es la cuestión. Alec no se encuentra bien y Magnus es la única persona a la que conocemos que sabemos que…
—Shh, Izzy. No hace falta que te excuses. Se le llama madurar —dijo con una sonrisa brillante y la besó dulcemente en los labios.
Y en aquel mismo momento el teléfono móvil de Alec sonó.
—¿Dónde está? —preguntó su hermana.
Simon lo encontró poco tiempo después, al parecer la funda protectora lo había salvado de la muerte.
—Hablando del rey de Roma… —murmuró el vampiro.
—¿Es Magnus? —preguntó Alec, poniéndose nervioso al instante. Simon le pasó el teléfono y lo cogió con la mano un tanto temblorosa—. Hola.
—Alexander. ¿Cómo estás? Espero que no tengas planes para la comida, porque había pensado que podríais venir tú, Isabelle y Simon a mi casa. Comeríamos con Kevin y Tessa. ¿Qué te parece?
Magnus sonaba muy animado. Alec se sintió peor aún al saber que no tenía otra que rechazarle, pues era incapaz de levantarse de la cama en aquel estado.
—Yo… lo siento de verdad, pero no voy a poder aceptar.
—¿Es que tienes otras cosas que hacer? —La decepción era palpable en su voz.
—No es eso, Magnus, es que… no me encuentro muy bien —no quería contarle toda la verdad, era demasiado ridícula hasta para él mismo.
—¿Qué te ha pasado? ¿Cogiste frío como te dije? Voy ahora mismo para allá —dijo con tono decidido.
—Esto, sí… ¡Pero no es necesario que vengas! No quiero aprovecharme otra vez de tus servicios.
Isabelle le arrancó el teléfono de las manos y le explicó rápidamente todo lo que había pasado.
—En menos de media hora estará aquí —dijo con tono triunfal.
Alec no sabría decir si un poco antes o un poco después del tiempo acordado, pero Magnus acabó apareciendo por su piso y entró en su habitación. Isabelle y Simon habían tenido la decencia de dejarles solos, lo que aliviaba a Alec al mismo tiempo que hacía que su corazón latiese mucho más deprisa que de costumbre.
—Alexander, ¿es cierto lo que me ha contado tu hermana? —preguntó Magnus mientras se sentaba en el borde de la cama.
Alec no tuvo otra más que asentir con la cabeza.
—Nefilim estúpido —dijo no sin cariño—. Esto no puede ser… tendremos que hacer el esfuerzo de besarnos más a menudo para que no te pille eso tan desprevenido, ¿no crees?
—Sí, me temo que tendremos que hacer de tripas corazón.
Magnus sonrió ante tal respuesta.
—Pero antes de eso, quítate todas esas mantas y colchas —al notar la expresión sorprendida de Alec, puntualizó—: es para ver si estás herido y así curarte, no para hacerte el amor ahora mismo, mi nefilim calentorro.
Me apetecía hacer un capítulo en el que viéramos cómo se despiertan los personajes principales de esta historia, y eso es lo que he terminado haciendo. ¿Qué os ha parecido?
Muchas, muchísimas gracias por todo el apoyo. No me cansaré nunca de decirlo.
Quería aprovechar también para recomendaros dos fics que me tienen completamente hechizada. Ambos son escritos por Mira Herondale Guile (mi futura esposa, que todo el mundo lo sepa). El primero es "Fall in love with a Jace in heels", que me tiene loquita. No existe un Simon más sexy que en ese fic. Y el otro es "I kissed a girl, and I liked it". Para morirse de risa de principio a fin.
AVE ATQUE VALE!
