~ Capítulo 2: Duda en el corazón
Tras su batalla con la gran ave Roc, Link se reunió con Rusl, Ilia, Colin, la yegua Epona y sus demás amigos de Ordon, así como con Mist, Boyd y el resto de sus acompañantes. Juntos, decidieron transportar a los aldeanos hacia Kakariko, que al estar más cerca de la capital, les permitiría más seguridad. Al llegar, se encontraron con la fuerza comandada por Titania, asentada en dicho pueblo para protegerle. En el grupo figuraban Shinon, Gatrie y Zul, mas unos cuantos voluntarios hyrulianos, soldados crimeanos y laguz. Aunque habían mantenido las bajas civiles casi nulas, el grupo de Titania había sido asedidado con más frecuencia por fuerzas enemigas, y habían perdido a muchos miembros, por lo que la llegada de Link, Mist y compañía fue agradecida. Sin embargo, con la misión de asegurar a los ordonianos, a quienes se unió Cremia, Link, y Rusl partieron de inmediato hacia la capital, con la promesa de regresar a Kakariko y ayudar. A pesar de que Kotake, Sombra y el Caballero Negro no habían sido vistos hacía mucho por ningún lado, Hyrule no estaba tranquilo...
- Ya falta poco, hija - Le dijo Sera a su hija, Beth, cuando comenzó a quejarse de que llevaban mucho tiempo cabalgando sin parar.
- Estos niños quejumbrosos - Bufó el pequeño Malo sin que nadie lo oyera.
Pero era entendible que una niña de once años, cabalgando tres horas sin parar bajo el sol de las dos de la tarde, con la constante preocupación (suya y de quienes le rodeaban) por un posible ataque. Los bulblins habían vuelto a las andadas por todo Hyrule, pero Link y Rusl fueron suficientes para encargarse del pequeño grupo que les atacó. Ya llevaban dos tercios de camino recorrido, y tras las quejas de Beth, Link, Rusl y Bo estuvieron de acuerdo en que un último descanso era conveniente.
- ¿Qué tal Tellius, muchacho? - Inquirió Bo con una gran sonrisa, su barriga acentuando su aspecto bonachón.
- Pues no pude conocer mucho - Respondió Link modestamente, rascándose la nuca -. Estuve en Daein, el país más próximo a Hyrule después de Hatari, y es un poco frío... Y Crimea es muy parecida a Hyrule, pero todos son amables...
- Esos polvos de aparición deben ser una maravilla, tardaste menos en regresar que en irte - Señaló Rusl con curiosidad.
- Me dejarás usarlos un día, ¿verdad, Link? - Inquirió Colin muy sonriente, un escudo de madera y una espada corta colgando de su espalda.
- ¡Por favor! - Saltó Talo, un carcaj asomándose sobre su espalda.
- ...Me pregunto si será rentable - Musitó Malo, una vez más sin ser oído, con su habitual mirada recelosa y calculadora.
- Algún día, chicos - Respondió Link amistosamente, sonriéndole a ambos. Luego dirigió su mirada hacia Ilia, quien también le sonrió, pero que también le miraba insistentemente.
Conociéndola como la conocía, Link supo que ella quería hablarle. Cuando sus vecinos dejaron de hacerle preguntas, se puso de pie y se acercó a la muchacha, quien estaba sentada junto a Epona, a quien le acariciaba las crines. Más lejos, acostado sobre el costado de otro caballo, dormido pero ya en condiciones mucho mejores, estaba Fado. Link estaba aliviado, pues según le habían contado, Sombra sí le había atacado, incluso Rusl le había dado por muerto… Era grato ver a Fado con vida, aún si estaba lejos de verse sano. Pero Link prefirió enfocarse en lo que podía hacer en ese momento:
- ¿De verdad no estás lastimada? - Le preguntó él a la muchacha, sentándose a su lado.
- Gracias, Link, estoy bien - Respondió ella amablemente, sonriendo de nuevo.
- Porque, ¿sabes? Hacer caras de dolor cuando uno cabalga no es normal... a menos que duela algo - Señaló Link juguetonamente.
- De acuerdo, no puedo mentirte - Dijo Ilia, sonriendo ante el señalamiento del joven espadachín -. No es grave, solamente es un golpe que me di anoche.
Y ambos se quedaron callados, dejando en evidencia que la situación era incómoda. Link no se había presentado en la aldea en todo el año, y solamente había regresado al intuir que sería atacada. Y mientras él se enamoraba de Mist, Ilia había pasado ese tiempo esperando su regreso, sobreviviendo los ataques de monstruos a duras penas, gracias a Rusl y los demás aldeanos, que no tenían experiencia alguna en peleas.
Y Link sabía que ella sabía... Aunque nunca habían tenido ninguna forma de compromiso, el tiempo que tenían de conocerse, más la forma en que uno sabía exactamente lo que el otro pensaba, sin mencionar el cariño que se tenían; parecían dejar implícito que estarían juntos tarde o temprano. Y sin embargo, Ilia había observado a Link durante el trayecto entre Ordon y Kakariko, y había notado las miradas furtivas que él le lanzaba a Mist, la muchacha mercenaria, y que ella respondía, ocasionalmente, cuando él no miraba. ¿Había sucedido algo más que miradas? Había prometido volver a Kakariko después de dejarla a ella en la capital, si bien sabía que, y tenía plena confianza en ello, de que solamente iba a pelear para proteger a los aldeanos. Porque después de todo, Ilia no podía culparle... Él andaba allí afuera, recorriendo el mundo, tratando de ayudar a todos en él como había hecho un año antes. Pero no le era fácil tragarse sus sentimientos.
- Ilia, yo... - Comenzó a decir Link, pero ella le detuvo.
- Está bien, Link - Respondió ella, sonriendo. Pero esta sonrisa no era del todo alegre, sino que era de resignación. Y sus ojos, primero en el pasto, tardaron en encontrarse con los de él -. Tienes mucho en tu cabeza ahora... Hablaremos de ello cuando termine todo esto.
Fue ahí que Link se dio cuenta de que la quería muchísimo, y que probablemente le había hecho daño. Ella era una de las pocas personas en el mundo a las que les hubiera confesado que no sabía cómo iba a terminar "todo esto". Pero prefirió guardarse el pensamiento, pues debía darle confianza... a ella y a todos.
- Es muy peligroso ahora... más que hace un año - Dijo Link seriamente, resignado a posponer lo que iba a decir anteriormente -. Sé que quieres... no - Corrigió -. Quiero estar contigo, pero... No podré hacerlo por ahora.
- Te entiendo - Respondió ella simplemente, tranquila.
Ambos se recostaron sobre el lado de Epona, inicialmente separados por unos cuantos centímetros. Pero ella se dejó caer lentamente hacia un lado, dudosa, hasta que su cabeza cayó tímidamente sobre el hombro de Link. Él no supo cómo reaccionar ante ello, ante su timidez, su duda... Pero logró meter su brazo debajo de ella, y cuando dirigía su mano a acariciar la cabellera de paja de Ilia...
- ¿Qué es eso? - Inquirió Talo en voz alta.
- Humo... ¿qué más? - Gruñó Malo.
- Creo que es un campamento - Dijo Rusl, poniéndose de pie.
- Esperen - Link se puso de pie precipitadamente, deteniéndose junto a Rusl -. Creo que el rey Harkinian tiene su campamento hacia allá.
No lo conocía, pero sí había escuchado la historia, de boca de Ashei, que él había abandonado a los hyrulianos a su suerte en el desierto, muy a pesar de que su madre, Koume, sí les había asistido. Así que se preguntó si era sensato ir y ayudarlo, a costa de la seguridad de los otros. Se preguntó si siquiera valía la pena ir y echar un vistazo, para asegurarse de que sus fuerzas podían manejar a los atacantes. Pues después de todo, había regresado a Hyrule a ayudar en la pelea, y todos los aliados que pudieran tener eran buenos.
- Iré a echar un vistazo solamente, Rusl - Declaró Link finalmente -. Por favor ve alejando a los demás de aquí, volveré con ustedes en seguida.
- No hagas nada arriesgado, Link - Pidió Rusl -. Tu prioridad está aquí.
- De acuerdo - Respondió el otro -. Solamente quiero asegurarme de que puedan con ello. Si no, después de dejar a los otros en la capital, volveré a ayudar a Harkinian.
Así, Link se aseguró la espada y el escudo a la espalda, tomó las riendas de Epona quien se levantó del suelo de inmediato, la montó, y golpeó sus costados con los pies para hacerla andar. Mientras Link se perdía de vista loma abajo, Rusl desenvainó y organizó a todos para reiniciar el trayecto hacia el castillo.
- Primero atacan sin parar, y ahora no hay ni señal de ellos... ¿qué les pasa?
Titania no se había quitado la armadura en días, llegando al punto de tener que dormir con ella. El sol de las dos de la tarde hubiera sido abrumador a esas alturas, pero ya estaba tan acostumbrada a ello que no le importó. Había ordenado a su compañía que descansaran, salvo unos cuantos exploradores que había mandado a mantener vigilado el perímetro, así como unos pocos soldados más colocados en la torre de vigilancia en lo alto de Kakariko. Así, Titania lucía tan sucia y cansada que Mist dudó en hacerle una petición que tenía en mente, así que ella y Boyd se empeñaron en ayudarle con todo lo que podían con tal de permitirle descansar. Con todo lo que había estado ocurriendo, los mercenarios no habían estado juntos como acostumbraban, por lo que les daba gusto ver a la más veterana peleadora del grupo, sana y salva.
- Donde sea que destruyamos un portal, aparece otro - Decía Gatrie -. O al menos así era hasta ahora.
- Hasta ahora, habían estado lanzando ataques esporádicos en cualquier lugar - Señaló Shinon, con su habitual tono de fastidio -. Es evidente que una táctica así es solo para mantenernos ocupados. Si dejaron de atacar así, es que ya están enfocando sus fuerzas a algo en específico.
- O están esperando a que bajemos la guardia y atacarán de nuevo - Sugirió Boyd pensativo.
- No lo creo - Repuso Shinon -. Esa perra tiene mucho poder, pero estaríamos jodidos si fuera eterno. No creo que pueda permitirse seguir atacando al azar, debe estar buscando algo.
Mientras escuchaba, Mist miraba a su alrededor, ocasionalmente distraída cuando Titania se giraba a dar órdenes a alguien. Además de la presencia y constante movilización de soldados de todas las razas y partes del mundo que conocía, le inquietaba algo más: no había encarado al Caballero Negro en la batalla en la capital, y tras haber asesinado al general Rasuka, había escapado con su vida. Había un sentimiento de culpabilidad en su corazón, pues eran los sombríos contenidos de éste lo que habían permitido que semejante guerrero volviera a aparecer en el mundo mortal.
Más extraño aún era que no parecía haber aparecido, por lo menos en Hyrule, después de la batalla. ¿Su objetivo tenía que ver con la misteriosa luz azul que había iluminado la tierra? ¿Aquélla tan similar a la luz roja vista en Crimea? Cumplido su objetivo... ¿se había esfumado? ¿Se ocultaba? ¿Pero dónde... y por qué?
Lo que más le molestaba no era el abrumador conjunto de incógnitas. No... lo que le estrujaba el corazón era que ella no podía hacer nada. Era débil. Todos eran débiles, pues el único que había sobrevivido a esa pelea con algo de decoro, había sido Link. Pero de todos, ella, Mist, era la más inútil. Un estorbo. Durante su lucha, Ike había ido creciendo y superándose, logrando adaptarse y, finalmente, ponerse a la altura de todos sus oponentes. Ella no... había tenido todo ese tiempo, y no había logrado más que tropezar y, en lugar de levantarse, había puesto más obstáculos en el camino de los otros... como Rasuka. Como Link. Como Zelda. Como Boyd. Todos ellos habían sufrido una pérdida como resultado de sus incompetencias... Rasuka ya había pagado el precio máximo.
- Y he escuchado que los goron ya están teniendo problemas con la contención del enemigo en la montaña, del lado de Doncella Azul - Repuso Titania -. Todos los gorons que estaban aquí ayudándonos, han tenido que regresar a la montaña, pero no he recibido ningún mensajero de ellos aún.
- ¿Y qué tal Doncella Azul? - Inquirió Boyd con un dejo de preocupación.
- Si es cierto que Derdim traicionó a Kotake, entonces no creo que la cosa sea muy llevadera para ellos ahora - Respondió la subcomandante de los mercenarios -. La reina Zelda ha liberado a todos los soldados que aseguraron estar arrepentidos y juraron lealtad a la corona, pero algo me dice que si hubiera tenido opción, los hubiera dejado pudriéndose en la cárcel. Los necesitaba para defender esa zona, pero no he sabido nada.
- Cuando las cosas se calmen, ¿no sería buena idea que algunos de nosotros suba a la montaña para ayudar? - Sugirió Boyd. Si bien no tenía resentimiento a Doncella Azul, era extraño de él ofrecerse para ayudarlos.
- De hecho, Boyd - Empezó a decir Titania con un tono que al susodicho no gustó nada -, estaba pensando en enviar a alguien como mensajero, para ver cómo están las cosas. ¿Por qué no vas tú?
- ¿Yo? - Inquirió Boyd confundido, señalándose.
- Lo acompañaré - Intervino Mist inmediatamente.
- No, tengo algo que darte a tí, Mist - Respondió Titania -. Por favor espérame en la posada, hay un cuarto para nosotras. Y Boyd, ya sabes cómo llegar a la ciudad de los goron... Solamente tienes que ir con los jefes y averiguar cómo están las cosas. Estando tan ocupados dudo que puedan mandar a alguien a pedir ayuda si la necesitan.
- De... de acuerdo - Respondió Boyd con duda, no por miedo (al contrario, la posibilidad de una pelea le comenzaba a emocionar), sino porque le parecía extraño que Titania le mandara solo. Así que asintió y partió hacia la montaña, tras despedirse de Mist, quien caminó en sentido opuesto hacia la posada, abriéndose paso entre tiendas de campaña habitadas por soldados, sanos y heridos.
- Sí recuerdas que la montaña aún está siendo atacada de vez en cuando, ¿verdad? - Preguntó Shinon cruzándose de brazos, cuando tanto Mist como Boyd estuvieron lo suficientemente lejos.
- Lo sé, pero podrá manejarlo - Dijo Titania sonriente -. En realidad, esos dos son los que más han tenido contacto con los verdaderos enemigos, y han sobrevivido a todos los encuentros. Pero el enemigo es mucho más fuerte de lo que pensábamos, y necesito hacerlos a ellos lo más fuertes que puedan ser - Shinon soltó algo entre un gruñido y una corta risilla burlona, pero Titania lo ignoró -. La batalla final se acerca ya, lo que se necesita es líderes fuertes que ayuden a los demás a sobrevivirla.
Sin más, Titania se dio media vuelta para ir a alcanzar a Mist, aunque fue detenida en algunas ocasiones por varios de sus subordinados, quienes pedían instrucciones o consejos. La alta pelirroja mantuvo esas conversaciones cortas, y en unos cuantos minutos se perdió de vista.
- Esa niña no es una líder, y no tiene lo necesario para llegarle ni a los talones a ninguno de nosotros - Gatrie se mantuvo callado ante el comentario de Shinon, quien luego dirigió la vista al cielo -. Lo siento, comandante... Puedo protegerla, pero no puedo tolerar estar al servicio de esa... niña. Hasta Rolf sería un líder más apropiado que ella.
Gruñendo, se dirigió a una de las tantas tiendas esparcidas a lo largo y ancho de Kakariko. Gatrie iba a seguirle, pero algo, o alguien más llamó su atención.
- ¡Oye, Lyre...! - Llamó el rubio de armadura azul, olvidando por completo a Shinon.
Titania, mientras tanto, ascendió las escaleras de la posada, internándose en la habitación que, a su pedido, había sido mantenida vacía. Dentro encontró a Mist esperándole pacientemente, sentada en una cama.
- ¿Ibas a darme algo? Porque todavía no es mi cumpleaños - Dijo Mist en tono bromista, algo bastante inusual como estaban las cosas. Titania, quien le conocía tan bien, sabía que cuando bromeaba así era porque trataba de ocultar algo, o de ahogar algo dentro de ella.
- Pues sí te conseguí algo mientras estábamos en Crimea, pero tendré que dártelo después - Afirmó Titania para sorpresa de la muchacha, pero al sentarse en la cama junto a ella, se enserió -. No hemos tenido oportunidad de hablar desde que los demás logramos regresar a Hyrule - Se guardó los detalles de lo preocupada que había estado después de que Kotake había desaparecido con ella y con Link, en Crimea -. ¿Todo bien?
- Así es - Respondió Mist con una sonrisa a través de la cual pudo ver Titania. Le conocía desde el día en que había nacido, y la conocía tanto como una madre conoce a su hija. Pero no quiso verse agresiva y forzarla a hablar, así que trató de ser más suave.
- Las cosas se están poniendo difíciles, y sé que has pasado por mucho en estos últimos días - Dijo Titania con serenidad -. Si tienes algo que contarme, aquí estoy ahora, y estaré donde tú me digas si lo necesitas, ¿de acuerdo?
- De acuerdo - La sonrisa de Mist fue menos entusiasta, y su tono, en vez de dar por terminada la conversación, ya denotaba duda, como si hubiera querido decir algo. Y eso fue lo que se decidió a hacer: -. No lo has visto, ¿verdad? ¿Sabes que...?
- Sí, escuché sobre la aparición del Caballero Negro en la capital - Respondió Titania, su semblante ensombreciéndose -. No lo he visto aún, pero tampoco he recibido noticias sobre él...
Las dos se quedaron calladas, y Titania aguardó pacientemente a que Mist hablara, pues sabía que lo haría al ver que la muchacha bajaba el rostro, sus ojos denotando tristeza.
- Fue mi culpa - Dijo ella de repente -. Que haya aparecido de nuevo es mi culpa...
- Mist, esto por ningún motivo puede ser culpa tuya - Le dijo Titania inmediatamente con amabilidad, tratando de calmarla.
- Pero lo es - No despegó la mirada de la sucia duela a sus pies -. Cuando Kotake nos llevó a Link y a mí, aparecimos en el desierto Grann, y peleamos. Apenas pudimos sobrevivir, pero luego me llevó a mí sola a la Isla de Midoro... al cuarto del espejo
Titania no sabía esa parte de la historia, y si bien había estado muy interesada en saber cómo era que el Caballero Negro había vuelto a la vida, por así decirlo, no se había atrevido a averiguarlo por sensibilidad hacia Mist, quien, suponía, se había enfrentado a él. Sus suposiciones no habían sido tan erradas, y al escuchar que el espejo podía haber estado involucrado, escuchó con más atención.
- Averiguó sobre nuestra historia con el Caballero Negro - Siguió narrando Mist, omitiendo el detalle de que Rhys, sin saberlo, había tenido que ver -. Por eso me llevó ante el espejo... Me hizo mirarlo. Fue algo dentro de mí lo que lo hizo materializarse, de la misma forma que esa... cosa salió del espejo cuando Link lo miró la primera vez.
Titania siguió escuchando con atención a lo que decía la joven líder. Lamentaba tener que hacerla abrir esa herida, pero tenía que ayudarla a ventilar esos sentimientos, para que pudiera concentrarse en todos los conflictos que Hyrule ya tenía encima.
- Ahora sé lo que vio Link al mirar al espejo, ahora lo entiendo - Siguió explicando la joven -. Vio sus miedos, sus peores recuerdos, sus sentimientos más ocultos, y tomaron la forma del otro Link. Kotake me dijo que quería un guerrero fuerte para destruir a Link, y que ella había aprendido a manipular el espejo... por eso logró crear al Caballero Negro a partir de mí y del espejo.
Al darse cuenta de lo lejos que había llegado Kotake, lo lejos que había empujado a Mist, y los sorprendentes pero aterradores efectos del espejo, Titania no pudo más que mantener su silencio aún más tiempo, pues debía admitir que se había quedado sin palabras. El Caballero Negro había sido un enemigo muy íntimo para ellas: el asesino de Greil, eterno rival de Ike... Había sido motivo de malas noches para ambas, más para Mist, sin duda. No podía imaginar el horror de la joven al verlo regresar. Pero menos se imaginaba lo que dijo después.
- No soy tan talentosa como mi padre, o como Ike - Dijo la muchacha, al fin alzando la vista hacia Titania, sus ojos llorosos pero conteniendo las lágrimas, y su voz llena de seguridad -. Pero debo hacer algo... debo hacerme más fuerte, al menos para no depender de otros y defenderme de él... Quiero que me entrenes más, Titania. Saber todo lo que sabes.
Sus ojos celestes se encontraron con las esmeraldas que Titania tenía por ojos. Serias, decididas, comprensivas una de la otra, con un enemigo común y muy íntimo al cual vencer
- Mist - Dijo Titania al fin, sentándose junto a ella en la cama y pasándole el brazo sobre el hombro -... Tú tienes cada gota de talento que tenían Ike y tu padre. Pero siendo honesta, lo que tienes es miedo... Pero yo te ayudaré a superarlo.
Ambas se miraron y sonrieron, antes de abrazarse por varios segundos y ponerse de pie, ambas más tranquilas por haber liberado esa presión, pero conscientes de que les esperaba una prueba mucho más dura, y que debían prepararse lo más posible para enfrentarla.
- De verdad te tenía un regalo - Dijo Titania antes de que ambas dejaran la estancia -. Pero te lo daré después. Te veré al atardecer para entrenar, ¿de acuerdo?
- Alguien como tú no haría algo así por puro idealismo... Debe haber otra razón.
- ¿No cree en la gente con ideales, Majestad? - Inquirió Derdim ante el señalamiento de Zelda.
Ella estaba de pie frente a su trono, no vistiendo su atuendo elegante que era tan familiar de ella. Por el contrario, vestía la larga túnica de luto, negra con marcas blancas en la parte trasera; de su aspecto ordinario, como podía apreciarse al no llevar la capucha encima, solamente quedaban la tiara, el cabello pulcramente arreglado, y la mirada de zafiros, si bien estos lucían más severos que nunca. Pues ante ellos estaba Derdim, en un aspecto más que deplorable, con la ropa rasgada y ensangrentada en algunas partes, el largo cabello suelto, mojado y mugroso, unas ojeras y una palidez enfermizas, y una debilidad sobrecogedora. Era el aspecto del reo, por informes de Ashei, lo que había obligado a Zelda a mandarle sacar de la prisión para interrogarle personalmente, pues él se había reusado a comer hasta que viera a la reina frente a frente.
- ¿Incluso si esos ideales le cuestan la vida a su misma sangre, general Derdim? - Inquirió Zelda fríamente, sus ojos tan clavados en los del general, que éste no se atrevió a bajarle la mirada por ningún motivo. Ashei estaba a un lado de la larga alfombra, mirando al prisionero con sumo desprecio, probablemente aguantando las ganas de patearle la cabeza, ahí mismo.
- Como he dicho antes, jamás fue mi intención que Hyrule tuviera que llegar a estas instancias y perder tanto - Repuso él con voz débil -... Si tan solo ustedes no hubieran sido tan estúpidos para seguir peleando, esto hubiera terminado hace tiempo...
Ashei no alcanzó a partirle la cabeza a patadas, porque Evelyn se salió de la fila a tiempo para abrazarla con fuerza y detenerla, labor a la que se unieron Shad y Auru, quienes estaban de pie junto a la fila de guardias, poco detrás de Ashei. Eso no bastó del todo, Ashei no detuvo sus intentos de liberarse, sino hasta que Zelda se lo ordenó con voz imponente.
- ¡Contrólese, capitana! - Resonó potentemente la voz de la reina, deteniendo a Ashei completamente. La capitana de la guardia real dejó de forcejear con sus captores, quienes le soltaron cuando la otra se los pidió con su brusquedad habitual. Evelyn volvió a la fila, y Ashei a su posición al lado de Derdim, pero ninguna de las dos dejó de mirar al reo con sumo odio. Auru y Shad se mantuvieron serenos, volviendo a su ubicación original, pero acercándose un poco más a Ashei por si había que detener otro de sus arranques.
- Discúlpeme, Majestad - Dijo Ashei con voz fría, inclinando la cabeza.
- Acláreme lo que quiso decir con eso, general - Volvió Zelda a dirigirse a él -. ¿Qué quiso decir con que esto hubiera terminado hace tiempo?
- Como se lo dije, fue Kotake quien vino a mí - Explicó él -. Investigó sobre la historia de la familia real y todos aquellos que eran cercanos a ella. Trató de contactar a uno de los hijos de sir Lyude, pero dio conmigo primero. Dudaba de ella al principio, pero no tardé demasiado en darme cuenta de que teníamos ideales en común: un país próspero para todas las razas por igual. Y cuando me contó de la existencia de Tellius, de sus razas y de sus héroes, imaginé todas las cosas que pudimos haber logrado. Pero teníamos que deshacernos de la reina. Por eso, Kotake personalmente se encargó de difundir historias sobre el peligro que representaban Hyrule y la Trifuerza, y tomó el control de la mente de Elincia, la reina de Crimea, para que ordenara a los Mercenarios Greil que viajarán hasta aquí y darle muerte a usted, Majestad.
Confesar que sabía del inminente intento de asesinato de la reina y no haber hecho nada, y terminar la afirmación con "Majestad", le pareció ridículamente hipócrita a Ashei, quien soltó un bufido de incredulidad. Zelda no se lo reprochó, y todos siguieron escuchando la explicación en silencio.
- Me pareció sospechoso, ya que con la reconstrucción tras la guerra con Zant, la capital no estaba en condiciones de pelear con nadie, ni siquiera con el ejército de Doncella Azul, que no había sido tan afectado por ese incidente - Siguió diciendo Derdim -. Hubiera sido fácil que mi ejército solo atacara a la capital, pero supuse que Kotake tenía razón... Infiltrar a un pequeño grupo de extranjeros al castillo sin previa advertencia, hubiera sido más fácil, sorpresivo y menos costoso, que movilizar a todo mi ejército, cosa que pudieron haber advertido en la capital antes de nuestra llegada.
- Pero el plan de utilizar a los mercenarios falló, y es cuando Kotake abrió un portal sobre el castillo para atacar con monstruos, ¿no es verdad? - Continuó Auru la historia.
- Así fue, me pidió que mantuviera a mis fuerzas al margen, pues este ataque también pretendía ser sorpresivo - Repuso Derdim, aún de rodillas en el piso -. Pero ahí estuvo la primera contradicción notoria en lo que me dijo... Me pidió que me mantuviera fuera de la batalla también por otra razón: para evitar pérdidas grandes en Hyrule, y mantener mi transición al trono lo más tranquila posible, algo con lo que estuve de acuerdo. Por otro lado, me dijo que quería lanzar el ataque con el propósito principal de matarla, Majestad, algo que ya había intentado antes. Matarla, porque sabía que eso sería un duro golpe para la moral hyruliana, algo que despertaría un profundo pesar en los corazones de todos y cada uno de los habitantes de este país. Pero se me ocurrió que ponernos a pelear entre nosotros mismos hubiera provocado eso mismo, quizás en una escala mayor, y usted hubiera terminado muerta igualmente. Y más sospechoso aún, ella le secuestró viva, Majestad, y la puso bajo mi custodia. Poco después supe que Rasuka mismo terminó por involucrarse, y comencé a dudar...
- Eso es ridículo - Gruñó Ashei, aunque no con la suficiente fuerza como para ser oída por Derdim o Zelda -. Perfectamente sabemos que quería matarlo.
- Ashei - Pidió Auru calma detrás de ella.
- Accedí a mantenerla en custodia, pues pensé que debía tener una buena razón para haberla mantenido viva, cuando al principio pensó en matarla - Narró Derdim sin inmutarse -. Empecé a sospechar otra vez que los motivos de Kotake iban más lejos de lo que pensaba, y si las cosas hubieran sido así, tener a Su Majestad bajo mi poder hubiera sido una ventaja. Y sin demostrar mi desconfianza, seguí cooperando con ella.
- Entonces ocurrió el incidente de Midoro - Intervino Auru en la conversación otra vez -. Nos dijiste que las gerudo te habían robado barcos, y que podían atacar en cualquier momento, cosa que nos pareció sospechosa. Convenientemente, los navíos robados aparecieron para interceptar nuestro avance, empujándonos hacia el Palacio Midoro. ¿Tienes conocimiento de lo que pasó ahí dentro?
- Fue una instrucción de Kotake, y sí, entiendo perfectamente lo del espejo, y el efecto que tiene en las personas - Respondió Derdim -. Y efectivamente, señor Auru, yo ya había cooperado con Kotake mucho antes de ese día... Le di las embarcaciones para ese asalto a las gerudo, y antes de eso aún, yo ya había mandado barcos a atacar Crimea. Luego Kotake intentó detenerlos a ustedes cuando rechazaron regresar a Doncella Azul a recuperarse. Pero el mar parece haberse congelado demasiado cerca de Daein, lo que les permitió a ustedes tocar tierra y hacerse de los polvos de aparición, con lo que lograron llegar a Crimea mucho antes de lo esperado.
- E imagino que el ataque a Crimea, portando la bandera hyruliana, fue como otro intento de generar hostilidades entre los dos reinos - Señaló Zelda.
- Correcto - Derdim no mostraba ninguna señal de arrepentimiento, lucía demasiado sereno.
- Dices no saber nada sobre la misteriosa luz roja que cubrió todo el mundo después de esa batalla - Puntualizó Auru con severidad -. Y también niegas saber sobre la luz azul que apareció al final de la pelea de hace tres semanas. Y sin embargo, todos los ataques en ambas batallas cesaron al aparecer esas luces. ¿Quieres decirnos por qué?
- Honestamente, no lo sé - Respondió él simplemente, repitiendo lo que había dicho a Ashei a lo largo de tres semanas, lo que irritó en demasía a esta última -. Yo no estaba en control directo de las fuerzas que atacaron a Melior, y Kotake cedió todo el mando de su ejército al Caballero Negro, cuando me negué a seguir con sus métodos - A pesar de todo, eso les sonó coherente, aunque no terminaban de tragárselo.
- ¿Y qué hay de la bestia mecánica que desembarcaron en Crimea para su ataque? - Inquirió Auru con más insistencia.
- No conozco nada sobre su fabricación, pues es bastante compleja - Respondió Derdim, y siguió: -, pero sé que todos los materiales fueron robados a los gorons, y que necesita magia muy poderosa para moverse. Dijo que su propósito era destruir todo a su paso... Era prácticamente imparable, Link tuvo suerte en haberlo logrado.
Auru se notó pensativo, cosa que llamó la atención de Shad y de la reina. Tras rascarse la barbilla y abrir los ojos muy grandes con preocupación, dijo a Shad en voz baja:
- Tengo que ver unos libros, con permiso.
Y salió caminando a pasos largos y rápidos, sorprendiendo a propios y extraños, pues ese comportamiento no era habitual de él. Shad sintió el impulso de alcanzarlo, pero no podía dejar a Evelyn sola con la labor de evitar que Ashei matara a Derdim al primer arranque de ira. De los cuales no le culpaba.
- El misterioso cese a los ataques, las luces, y la secretividad sobre la bestia mecánica, fueron razones por las cuales empecé a perderle más confianza -. También descubrí que viajaba rápidamente de un lado a otro con un bastón de aparición, cuando me dio a mí solamente polvos, diciendo que no había encontrado bastones en Tellius. Y luego lo del Caballero Negro... ella desconfió de mí y me relevó de todo cargo en nuestro ejército aliado. Cuando ya no pudo esconder que sus planes sobrepasaban lo que habíamos acordado, quise idear algo para detenerla, pero ella lo percibió.
Ashei quiso reírse en su cara, pero no lo hizo por prudencia, pues aunque no dudaba que él y Rasuka se odiaban al grado de que el primero hubiera matado al segundo sin dudarlo, debía reconocer que su historia no carecía de sentido. Shad, Evelyn y la reina también lo reconocían, si bien aún estaba en duda el motivo que lo había impulsado a llegar tan lejos... Dudaban que un líder militar como Derdim hubiera sido movido repentinamente por idealismo, por compasión hacia las gerudo, a quienes no conocía más que por libros, y unirlos al reino junto a razas que no tenían conflicto alguno en Hyrule. Debía haber algo más detrás... Sin embargo, Kotake no le había intentado siquiera liberar, los ataques a la capital habían sido casi nulos... Lo que añadía coherencia a su historia.
- General Derdim, será juzgado por traicionar a nuestra patria, por secuestro, y por ser responsable indirecto de un asesinato - Declaró Zelda en voz alta tras un corto silencio, a sabiendas de que, en guerra, no se podía juzgar por asesinato en Hyrule -. Sin embargo, se le dará una oportunidad de redimirse ante la corona, bajo la condición de que le jure lealtad a Hyrule, a su reina y a su gente, y que preste sus servicios militares bajo mando de la corona misma. Será ejecutado a la primera señal de rebelión, y no tendrá contacto son sus soldados a partir de este momento.
- Gracias, Majestad - Dijo Derdim con una inclinación de cabeza, para incredulidad de Ashei y Evelyn, la primera quien estuvo a punto de comenzar a blasfemar, ya segunda simplemente resignándose. Derdim alzó la mirada de nuevo hacia la reina -. No le defraudaré, y daré mi vida si ese es el precio de mi redención.
- Llévenselo, y asegúrense de que coma - Ordenó Zelda fríamente, a lo cual respondieron dos soldados, quienes rompieron filas para aferrar con fuerza a Derdim por los brazos, causándole molestia, pero él no intentó liberarse.
Una vez que Derdim fue retirado, Ashei, sin aguantar más la ira que le llenaba el pecho, salió casi corriendo de la sala del trono, totalmente indignada por la decisión de la reina, pero sin poder cuestionarla. Después de todo, le había nombrado capitana de la guardia real, pues había declarado que le tenía confianza, sabía que era una de las guerreras más habilidosas de Hyrule, y más importantemente, por el simbolismo que representaba el transferirle el puesto a ella, tras la muerte de Rasuka.
Era tanto el dolor por eso último que se había metido tanto en el pensamiento, y cuando se dio cuenta, ya había llegado hasta los jardines del castillo. Aún siendo la capitana de la guardia, no se sentía culpable por haber dejado a todos sus soldados en esa sala, con su protegida dentro, y Shad y Evelyn rascándose las cabezas. Se sentía culpable por la muerte de Rasuka, y eso impulsó a sus pies a moverse solos hacia el campo de entrenamiento en una de las alas del castillo. Y allí estaba, al fondo de la locación vacía, un memorial en su honor. Bajo la protección de los árboles colgaba un retrato al óleo de un Rasuka de dieciocho años, quizás un poco más inmaduro y jovial, pero esa mirada penetrante y seria plasmada en el lienzo, tan bien como Ashei le había conocido en ese corto tiempo. El rostro pálido estaba limpio, sin cicatriz alguna, y el cabello casi tan largo como lo había llevado hasta el último de sus días. Vestía con orgullo el uniforme de un común recluta, pues comenzaba a andar el sendero del soldado que tanto había anhelado recorrer de principio a fin. Ahí estaba, plasmado en la eternidad de la tela y el aceite, sentado en una elegante silla de cuerpo de oro, para recordarle a sus seres queridos, que pocos eran, que estaba muerto, y que jamás volvería. El único consuelo era que varios soldados pasarían y verían el memorial, reconocerían su valor y serían inspirados por él para pelear de la misma forma, hasta el final, por aquellos a quienes amaban.
Pero a Ashei no le importaba eso, porque estaba muerto, y se dejó caer sobre la lápida en el suelo, rectangular, de mármol pulcramente esculpido, coronado con una escultura dorada con la forma del emblema de la familia real, acompañada por la lanza de Jesse y la espada de Rasuka.
Llorando, se lamentó por haber sido tan dura y grosera con él durante casi todo su tiempo juntos, por haber juzgado a una astilla muy diferente al palo. Cuando Lyude había traicionado a Asher, Rasuka había dado la vida por Ashei, a quien había aprendido a amar. Y el corazón se le retorció a ella al pensar que, habiendo recién descubierto el amor, le fue arrancado en un santiamén por un guerrero demoniaco... todo por las ambiciones aún desconocidas de una bruja loca.
Y mientras Ashei lloraba, en los alrededores, se movilizaban soldados, trabajadores y civiles para tratar de reconstruir lo que había sido destruido en la pelea. Y entre ellos, quieta, observando a la dolida Ashei, estaba Sheik, quien con una mirada de empático dolor, se desvaneció en una nube de humo tras una silenciosa explosión, a la vez que comenzaba a llover.
Comenzaba a llover con fuerza, lo que ayudó a apaciguar el incendio que provocaba el humo en el campamento de las gerudo. Por aire aparecían los fokkas disparando flechas incendiadas hacia las casas de campaña, pero las gerudo no habían tardado en regresar los ataques. Por tierra, Link comenzó a atacar a los stalfos, lizalfos y goriyas que invadían desordenadamente, fácilmente despachados por las guerreras. En un santiamén, las bestias comenzaron a retroceder, aunque varias de las guerreras no les dieron cuartel, y los persiguieron hasta que casi todos estuvieron muertos. Viendo que había sido ignorado, lo que no le molestaba, Link se dispuso a retirarse y volver con los ordonianos, pero sintió un duro golpe en las costillas, y el impacto le derribó del caballo, para ir a aterrizar al pasto de espaldas, lo que le hizo perder el aire.
- ¡Traigan al rey! - Llamó con potencia una voz, la de Aveil -. Querrá ver esto...
- ¿Cuál es tu problema? - Dijo Link tras lograr reponerse, cubierto de lodo, desenvainando la Espada Maestra inmediatamente. Siendo un movimiento amenazador, a Aveil se le unieron otras cuatro gerudo con lanzas y cimitarras en mano -. ¿Por qué me atacan? ¡Vine a ayudar!
- ¿De verdad? - Soltó Aveil con sorna -. Pues no has sido de mucha ayuda últimamente...
- ¿Qué quieres decir? - Respondió Link sin retroceder ni un milímetro, sosteniéndole esa mirada tan penetrante a la líder guerrera, pero ella tampoco dio señales de debilidad.
- Pregúntale al rey, si quieres saberlo - Dijo Aveil con frialdad, pero ordenando a las otras que bajaran las armas, cosa que ella misma hizo después. Ante esa señal, y ya más tranquilo, Link también bajó la guardia, pero no puso a la Espada Maestra en su vaina.
Aguardaron en silencio, los únicos sonidos eran las alarmadas voces de las gerudo apagando incendios, los caballos alborotados, y la lluvia golpeando la tierra, haciéndose más tupida a cada segundo. Pero ninguno se movió sino hasta que oyeron el chapotear de cascos de caballos en el lodo, anunciando la llegada del rey Harkinian y su madre Koume a espaldas de Aveil.
Link casi se iba de espaldas al ver a los recién llegados, pues no les conocía. Koume era casi idéntica a su hermana, salvo que el cabello y los ojos eran de intenso rojo, en lugar de ser azules. Una mujer atractiva, y de un semblante mucho menos frío que el de su hermana. Pero la mayor sorpresa, la cual dejó a Link paralizado, fue ver a Harkinian frente a él, montando un fuerte semental negro. Por un momento, Link creyó haber visto a un Ganondorf en miniatura, gracias a la cabellera rojiza contrastando tan fuertemente con la piel morena, pero sobre todo, gracias a los ojos ambarinos tan fríos y calculadores.
- Rey Harkinian - Saludó Link entre sorprendido por la primera impresión del rey, e indignado por la poca hospitalidad. El joven rey no desmontó, y su semblante adoptó un aire de presunción.
- Así que eres Link - Empezó a decir Harkinian con su voz fría -. El héroe de Hyrule en quien todos confían, y a quien todos los villanos quieren derrotar - Miró fugazmente a la Espada Maestra en su mano izquierda, y luego volvió a mirarlo a los ojos -. No me esperaba a alguien tan joven.
- Lo mismo digo - Soltó Link sin pensarlo, y se dio cuenta de lo arrogante que eso había sonado al ver alzarse la ceja de Harkinian, por lo que completó: -... Alteza.
- Es Majestad - Corrigió Harkinian tajantemente, y Link se percató que su última palabra había hecho que todo el enunciado sonara sarcástico -. Eres tan irrespetuoso como el otro, en eso no difieren.
- ¿Qué quieres decir con eso? - Dijo Link con alarma, aunque ya esperaba la respuesta.
- Es lo que pasa cuando te miras en el espejo para arreglarte esos cabellitos de oro - Le respondió Harkinian -. Sí, estuvo aquí, y por tu culpa hemos sufrido bastante daño.
Link no pudo evitar sentirse culpable, pues realmente era su culpa. Pero la actitud altanera del rey gerudo evitó que se disculpara, y por el contrario, infló el pecho y, mirándole con severidad, preguntó:
- ¿A dónde se fue? ¿Escapó?
- Claro que escapó, y no, no sabemos a dónde fue - Soltó el joven monarca -. Has creado una criatura casi imparable, apenas pudimos frenarlo antes de que nos matara y se alimentara con todos nosotros. Pero si salió de ti, tú seguramente sabrás qué es lo que buscaba aquí.
- Si supiera, créeme que te lo diría - Contestó Link, dándose cuenta de que acababa de tutear al rey de las gerudo, pero sin darle importancia, pues algo más le había llegado a la mente: -... ¿y cómo sabes tanto del espejo?
- No soy estúpido, he investigado cosas - Dijo el rey -. Me he informado, así que cuando escuché que alguien similar al famoso héroe de Hyrule, y un soldado de Tellius presuntamente muerto, habían sido vistos en la batalla de hace tres semanas, me puse a investigar. Tu amigo Rasuka también investigó algo cuando estuvo en el desierto, y me enteré de esa información, pues secretamente se la compré a su amigo Volke. Supe inmediatamente que el legendario espejo de sombras tenía que ver, pero aún no comprendo por qué Kotake fue detrás de él tan insistentemente.
- ¿Y qué has estado haciendo en todo este tiempo? - Cuestionó Link inmediatamente, incluso sorprendido de sí mismo al ver la velocidad a la que trabajaba su cerebro -. Expulsaste a mis amigos de tu desierto, los abandonaste a la muerte, y luego apareces aquí para ayudarnos en la pelea. Y después de eso, te desapareces y no haces contacto con nadie, pero mantienes campamento a tan poca distancia de nuestra ciudad...
- Rasuka era un estúpido, pero tuvo razón en algo - Admitió Harkinian con desprecio en la voz -. Somos más vulnerables si estamos dispersos. Poco después de que se fueron, comenzaron a llegar ataques a Aru Ainu, y no pudimos resistir mucho después de haber tenido una batalla tan reciente en días previos. Aprovechamos que los hyrulianos habían lanzado un ataque a Kotake, para unirnos a él... No le haríamos cosquillas ni de broma si atacáramos nosotros solos.
- Pero imagino que habrá otro motivo para que el orgulloso Harkinian tolere tanta cercanía de los hyrulianos - Dijo una voz detrás de Harkinian, Koume, Aveil y las otras guardias -. Ha estado investigando... ¿o me equivoco?
Sorprendidas, las gerudo dieron media vuelta y apuntaron las lanzas a la persona que recién había llegado, y que solamente Link reconoció como la valiente guerrera que había enfrentado por sí sola a Sombra en la batalla de la capital. Delgada, esbelta, cubierta en harapos, de piel morena y dos ojos de rubí entre una cortina rubia.
- ¿Quién diablos eres tú, eh? - Gruñó Aveil con enojo, claramente frustrada al permitir que alguien escapara a su mirada vigilante, dispuesta a cortarle la garganta al primer intento de ataque.
- Mi nombre es Sheik - Respondió la joven guerrera con serenidad -. No vengo a causarle daño al rey, les pido que no me ataquen o tendré que defenderme.
Sheik caminó atrevidamente entre las puntas de las lanzas y las afiladas cimitarras ante los ojos sorprendidos de los gerudo, para irse a colocar a un lado de Link, quien no pudo evitar mirarla con curiosidad. Al haberla visto enfrentando a Sombra, lucía tan miserable y débil que le sorprendía que Sheik pareciera tan seria y fuerte en esos momentos.
- Debe ser una impostora - Repuso Harkinian inmediatamente -. Los sheikah han estado extintos por siglos.
- Estuvo en la Isla de Midoro recientemente, ¿no es así? - Cuestionó Sheik al rey, ignorando sus palabras -. He tenido la fortuna de estar justamente en los mismos lugares que usted en días recientes, Majestad.
- Quizás eres una espía - Soltó Aveil -. Eso debe ser... Una espía o una asesina enviada por Kotake.
- Si ese fuera el caso, con el poder que tengo ahora - Advirtió Sheik -, todos ustedes ya estarían muertos.
- Una afirmación un tanto presuntuosa, ¿no lo crees así, Sheik? - Espetó Harkinian, con ese aire arrogante que a Link ya le resultaba tan odioso.
- Pero cierta - Dijo Sheik con toda seguridad -. Pero no vengo a causar problemas. Sí, soy una espía e investigadora, pero fui enviada por su Majestad Zelda. Lo he visto a usted en Midoro, rey Harkinian, y a sus agentes en la pirámide del desierto. Pareciera ser que hemos estado investigando lo mismo. ¿Ha llegado usted a alguna conclusión sobre los motivos y paradero de Kotake?
- No... - Respondió Harkinian, dando por fin una señal de debilidad, pues no pudo contestar más a la misteriosa guerrera -. Nada que no sepamos ya sobre Kotake y la antigua magia de los Interventores Oscuros que tiene a su disposición.
- Lamentablemente, nosotros tampoco - Admitió Sheik sin perder esa postura perfectamente erguida -. La reina Zelda también informa que el general Derdim no parece poseer más información que nosotros. Estamos ciegos otra vez.
- ¿Entonces por qué has venido? - Habló Koume por primera vez, revelando un tono seguro, pero mucho más cálido que el de Kotake y el de su hijo -. ¿Por qué habríamos de confiar en tí?
- Porque no los he matado, y porque la reina no tiene malas intenciones - Dijo Sheik con seriedad -. Está dispuesta a cooperar con quien sea, para dar fin a este conflicto antes de que consuma más poder del que todos juntos podamos reunir.
- ¿Y qué propone? - Inquirió Harkinian.
- Una reunión hoy a las nueve de la noche para poder actuar de forma coordinada y organizada - Empezó a explicar la rubia -. Gracias a Kotake, la raza gerudo no es bien percibida por los ciudadanos comunes, así que enviará una escolta por ustedes cuarenta y cinco minutos antes de la reunión.
- Bajo la condición de que se le permita la entrada a un número igual de mis guerreras - Impuso Harkinian.
- Lo aceptará - Dijo Sheik calmadamente, y terminó con cordialidad -. Esperamos atentamente su visita, Majestad.
Harkinian no dijo nada, cosa imitada por su madre, Aveil, y las guardias presentes. Sheik realizó una inclinación, pero sosteniendo la mirada de sus ojos rubíes en los ambarinos del gerudo y, tras terminar la reverencia, se dio media vuelta. Sin embargo, se detuvo brevemente junto a Link y, meramente ladeando la cabeza hacia el oído del joven, murmuró:
- Por favor, ve a la cantina de Telma a la medianoche, y encuéntrame afuera.
Antes de que Link pudiera decir algo, Sheik avanzó más y, en un parpadeo, desapareció en una fugaz y débil explosión, cuyos rastros de humo fueron consumidos rápidamente por la lluvia. Luego el rubio se dio la vuelta y vio que Harkinian ya cabalgaba de vuelta hacia su tipi, uno de muchos entre el mar de ellos, sin despedirse. Koume, en cambio, le dirigió la mirada y asintió seriamente, en agradecimiento, antes de llamar a todas las guerreras a que atendieran inmediatamente a todas las heridas. Se retiraron todas detrás de la matriarca gerudo, momento en el que Link montó a Epona y, tomando las riendas, cabalgó hacia la ciudad para reunirse con los ordonianos, preguntándose quién era o de dónde venía Sheik, qué era lo que estaba ocurriendo, y si el final de todo ello no estaba más lejos que nunca.
-... ¿No has tenido suficiente desde que te partí el culo la otra noche?
Caía la noche y la lluvía seguía. A su alrededor yacían unos diez bulblins muertos con garrotes en mano, así como un par de gorons. Solamente quedaban en pie él y esa criatura verde, de mirada estúpida, con dos cuernos despuntados, y tan grotescamente gorda, con un pantalón azul corto, rajado y con una añeja mancha de sangre en la sona que debía tapar los gordos glúteos, los cuales tenían una fea cicatriz que los zurcaba de lado a lado. Él blandía un hacha ridículamente grande y tosca y, tan grande y fuerte como era Boyd, no se le comparaba en tamaño ni en fuerza, ni tampoco en el tamaño de su hacha.
- Ustedes son muy débiles comparados con los monstruos de verdad - Se burló Boyd, pasándose el índice por debajo de la nariz, sonriendo cínicamente -. Ni siquiera deberían estar peleando en esta guerra.
- ¡Yo callar al pequeño humano y estúpido! - Habló torpemente el rey de los bulblins, dando una vuelta a su pesadísima hacha con un solo brazo, a sorprendente velocidad. Boyd estaba consciente de que un golpe de esos le haría pedazos, pero igualmente lo retó.
- ¡Entonces ven por mí, grandulón! - Le provocó Boyd, blandiendo él su hacha.
El Rey Bulblin aferró su gran hacha con las dos manos y se lanzó hacia el frente, luego comenzando a girar sobre sí mismo a tal velocidad que el hacha misma terminó por darle impulso continuo. Boyd no podía detener eso de ningún modo, así que optó por saltar hacia las rocas y refugiarse en ellas. Sin embargo, un pedazo de roca que le dio justo en la frente le advirtió que el peligro seguía siendo inminente, pues a pesar de su frenético giro, el Rey Bulblin parecía saber en dónde estaba su presa.
- Maldición - Gruñó Boyd con alarma, corriendo y lanzándose a otro escondite. Esta vez, el Rey Bulblin no pareció verle, pero giraba ya por todos lados a una velocidad impresionante, lo que significaba que podía acercarse en cualquier momento.
Pero de pronto, el gran bulblin golpeó la ladera de la montaña, tan resistente y dura, que solamente pudo desprenderle unos pedazos de roca con el golpe, siendo totalmente frenado. Mareado, quedó a la total merced de Boyd, quien no dudó en salir de detrás de las rocas, pegar un gran salto y disponerse a caer sobre él con un mortal mandoble.
- ¡Te tengo!
No fue Boyd quien dijo lo anterior, y estaba totalmente indefenso, a mitad del aire, cuando una gran mole pasó a milímetros de él, arrollando a jefe bulblin. El joven mercenario estuvo a punto de golpear al gran ser que casi le arrollaba a él también, pero mantuvo el hacha sobre su cabeza hasta el momento en que aterrizó. Cuando miró a su izquierda, vio al gordo bulblin derribado, totalmente noqueado, metido de cabeza en un agujero que él mismo había hecho en el muro. Y junto a él, la gran mole marrón, con algunos pedazos metálicos que parecían incrustaciones en su cuerpo, pero que en realidad eran usados a modo de armadura.
- Yo... yo te conozco - Dijo Boyd entre sorprendido y confundido ante la aparición del enorme goron, señalándolo con el índice -. ¿Dangoro?
- Ese soy yo - Dijo el guerrero goron dándose vuelta -. Tú eres Boyd, ¿verdad?
- Sí, soy yo. Gracias por la ayuda - Respondió Boyd ya más tranquilo, pero las palabras de Dangoro le hicieron pensar: -. Espera... Nunca te dije mi nombre cuando estuvimos en las minas.
- No, pero pongo atención a los demás - Respondió Dangoro inflando el pecho -. Y recordaría a la persona que ya salvé dos veces.
- Tienes razón - Dijo Boyd avergonzado, con el ego un poco herido también -. Gracias por eso.
- Pero sé tu nombre también porque me mandaron a buscarte - Añadió Dangoro, señalando a Boyd con un dedo índice que le hubiera tapado casi toda la cara.
- ¿A mí?
- Sí... esa mujer pelirroja en tu ejército...
- ¿Titania?
- Sí, Titania - Dijo Dangoro, y continuó -. Envió un mensajero a nosotros ayer, para que fuéramos a buscarte a Kakariko. Pero como están las cosas, no pudimos ir. Fue suerte que nos hayamos encontrado aquí. Y gracias por encargarte de esos monstruos, por cierto.
- De nada, ahora ya no te debo dos, solo una - Respondió Boyd a modo de broma y luego preguntó: -. Pero, ¿para qué quiere Titania que vaya con ustedes? Ella misma fue la que me envió hacia acá, solo.
- No lo sé, el mensaje se lo dieron al patriarca Gor Coron - Dangoro se puso las manos alrededor de los labios, como para hablar en secreto, e inclinó su gigantesco cuerpo hacia abajo, para alcanzar a Boyd: -. Pero alcancé a escuchar algo sobre un entrenamiento.
A Boyd le gustaba pelear, no lo podía negar. Pero cualquier goron en esa montaña era más grande que él, y hasta los niños más pequeños le llegaban a la altura del pecho. Sin mencionar la gran fuerza que poseía esa raza. Un entrenamiento diferente a lo ordinario le hubiera sonado como una excelente idea en una situación que no involucrara puños del tamaño de su rostro, ni brazos tan fuertes que podrían deshacerle las costillas en un par de golpecitos.
Pero luego recordó, con el orgullo un tanto herido, que Ike había ingresado a la banda de mercenarios después de él, y que en menos de un año, no solamente se había vuelto más fuerte que él, sino más fuerte que casi cualquier soldado en la faz de Tellius. Ike le había sobrepasado a él, convirtiéndose en un hombre lo suficientemente fuerte para derrotar al Caballero Negro y proteger a quienes quería. Entonces Boyd se preguntó si de verdad tenía la capacidad de proteger a Mist y a sus hermanos del Caballero Negro si se llegaran a topar con él, un peligro más que latente en últimos días.
- Bien, ¿qué clase de entrenamiento? - Inquirió Boyd más seriamente, ahora convencido.
- De verdad que no lo sé... Pero los patriarcas saben seguramente - Explicó Dangoro -. Con ellos harás tu entrenamiento.
Con ello acordado, Dangoro comenzó a subir la montaña, y tras echar un último vistazo al inconsciente Rey Bulblin, Boyd le siguió cuesta arriba. Lograron alcanzar las afueras de la ciudad poco antes del anochecer y, entre miradas curiosas, Boyd continuó el ascenso junto con Dangoro. Se sintió honestamente tentado por meterse a una de las albercas de aguas termales que tanto abundaban en esa ciudad, pues sus ocupantes lucían tan tranquilos que ni parecían estar en guerra.
A los pies de Boyd, la roca se convirtió en rampas de hierro que daban continuidad al ascenso por la montaña, con enormes guardias en el camino, cruzados de brazos y con las miradas muy serias. Boyd reconoció ya el camino, y supo que habían llegado a su final cuando Dangoro se detuvo frente a un agujero en la pared con marco metálico, que guiaba a la sala de los patriarcas.
- No puedo acompañarte porque... porque no puedo pasar por aquí - Dijo Dangoro luciendo un poco avergonzado, ya que su cuerpo era demasiado grande para entrar en el pasadizo -. Pero los patriarcas te reconocerán, diles quién eres.
- De acuerdo - Boyd estaba lejos de ser especialista en la diplomacia, así que se puso nervioso... lo que se reflejó en su torpe despedida: -. Gracias, Dangoro, suerte...
Al otro lado del corto túnel estaba la iluminada y calurosa sala de los patriarcas, iluminada por el gran agujero en el techo y por las numerosas antorchas, y calurosa también por las antorchas, pero sobre todo gracias a la cercanía con las volcánicas minas. Dentro, había unos seis guardias goron en poses totalmente erguidas, también de brazos cruzados. Y en el centro estaba un círculo de lucha sumo, sobre el cual ya aguardaban el enorme rey Darbus, rodeado del veterano Gor Coron, el excéntrico Gor Liggs cubierto de ceniza y tatuajes, el diminuto y humeante Gor Amoto, y el esquelético y jorobado Gor Ebizo.
- No te quedes ahí, muchacho, ven aquí de una vez - Llamó Gor Coron en un tono amable, pero que no podía interpretarse como tal por sus últimas palabras.
- Es alto para no ser uno de nosotros - Gruñó el enorme Darbus -. Espero que sea fuerte.
- Si el tamaño sirviera para juzgar, yo no estaría aquí, ¿no crees, Darbus? - Cuestionó el bajito Gor Amoto con su voz apagada de silbato, liberando humo por su cabeza.
Boyd ya había visto a tan curiosos personajes en su primer viaje a Doncella Azul, pero solamente había sido fugazmente (y aunque se hubiera detenido a verlos con más tiempo, no hubieran dejado de parecerle un grupo raro). De verdad sintió algo de miedo al acercarse a ellos, en especial a Gor Ebizo, que era tan exaltado, y al rey Darbus por su gran tamaño, comparable al de Dangoro.
- Así que has venido a tu entrenamiento - Dijo Gor Liggs con su habitual actitud relajada -. ¿Estás dispuesto a soportar todo lo que te pongamos a hacer?
- Sí - Respondió Boyd simplemente.
- Entonces siéntate justo al centro de este círculo - Pidió Gor Coron.
Boyd lo hizo sin chistar, pero al hacerlo, se sintió todavía más pequeño frente a Gor Coron y Darbus, los de mayor tamaño y corpulencia... y tratándose de una arena de sumo, no le dio confianza tener a semejantes sujetos enfrente. Pero puso las piernas en flor de loto y se descolgó el hacha, colocándola a un lado suyo.
Con pesados pasos, los patriarcas se le acercaron hasta rodearle, quedando Darbus tapándole toda la visión al frente, y los otros cuatro rodeándole por los lados y por detrás. Entonces se sentaron en la misma posición que él, encarándole, y juntando las palmas de las manos, como si estuvieran rezando. Y así se quedaron...
Desconcertado totalmente, en una posición incómoda, y acalorándose, Boyd no se atrevió a preguntar si estaban bien las cosas, o si tenía que hacer algo... incluso pensó que Gor Amoto se había quedado dormido. Parecían rezar en silencio con los ojos cerrados, pero no podía saber si era eso o se habían quedado dormidos.
- ¿Qué se supone que debo de...?
- ¡SILENCIO! - Dijo Gor Ebizo con su estridente y chillante voz, justo al momento que detectó que el mercenario comenzaba a hablar -. ¡Aceptaste hacer todo lo que te pidiéramos! Así que no cuestiones...
Boyd asintió silenciosamente, volviendo a reposar sentado, buscando la postura menos incómoda posible para su espalda. Vio las estrellas aparecer en el cielo desde donde estaba, pero el calor seguía siendo bastante. Empezó a sudar, pero aguardó diez... quince... veinte minutos en silencio.
- Por cierto, Ebizo - Dijo Gor Amoto con su débil voz, rompiendo el silencio, pero sin bajar las manos de su posición -, escuché que a tu sobrino le va bien con sus ventas en Doncella Azul, aún como están las cosas... ¿Me puedes repetir qué dijiste que vende?
