Severus – el verdadero héroe de la saga Harry Potter –, y los demás personajes de los libros aparecen por cortesía de su creadora, J. K. Rowling. El resto de personajes y la historia en sí, son sólo culpa mía :)
Muchísimas gracias a Sayuri Hasekura, Sely Cat, minerva91, GiotMalfoy, MoonyMarauderGirl, LilaSnape, dazedme, mordred6, dulceysnape, GabrielleRickmanSnape, seika, GemitaZeros, AnHi, Alehp, ES, LupinaSnape y DanySnape por sus comentarios.
Y muchas gracias también a todos aquellos que me leéis desde las sombras del anonimato.
Capítulo 38 – La marca ardiente
Por suerte, las vacaciones de verano estaban ya muy cerca, y cuando llegaron, conseguí por fin que Severus se relajase un poco. Las vacaciones suponían normalmente una ruptura de las tensiones, una pausa de todas las preocupaciones, un oasis de paz, en definitiva, que el hombre necesitaba para reponer fuerzas mucho más de lo que él mismo se imaginaba.
Por algún motivo que yo no acababa de entender, a pesar de que Potter seguía vivo, todo el mundo parecía dar por sentado que las razones de Black para entrar en el colegio habían desaparecido, y aunque aún estaba en busca y captura, no se respiraba ese aire de peligro inminente y ese temor de que apareciera por cualquier parte ese temible asesino, como el año anterior.
Las noticias sobre él habían dejado de ocupar la primera página a favor de las que hablaban sobre los mundiales de Quidditch que se celebraban ese verano, y habían sido relegadas a una pequeña columna en la página doce, o un minúsculo artículo sin siquiera fotografía en la veinte.
Sin embargo, durante esas vacaciones también publicaron noticias inquietantes. Se produjeron unos terribles incidentes durante los mundiales de Quidditch, alguien había convocado la marca tenebrosa en el cielo y un grupo de personas vestidas como mortífagos produjeron un altercado que implicó a varios muggles indefensos.
-¿Has leído esto, Severus? – Dije, pasándole el diario, él gruñó con irritación cuando lo vio.
-Sí, lo he leído – dijo malhumorado.
-¿Crees que son mortífagos de verdad o sólo imbéciles haciendo el payaso?
Se tomó unos segundos antes de responder.
-Me temo que había mortífagos de verdad entre ellos.
Fruncí el ceño. Su certeza sobre el asunto no me había gustado nada.
-¿Y por qué lo temes?
Me miró unos segundos con intensidad y después se arremangó la túnica para mostrarme brevemente la marca que tatuaba su antebrazo, estaba mucho más oscura y definida que durante los últimos años.
-Ha empezado a arder – dijo escuetamente.
Le miré horrorizada.
-¡Merlín poderoso! Severus…
No pude evitar que se me formara un nudo en el estómago. Hacía tiempo que no habíamos tenido noticias del Lord, desde que Quirrell murió no se había sabido nada más de él, y, aunque la amenaza de su vuelta siempre había quedado en el aire, otros peligros en apariencia más reales e inminentes me habían hecho olvidar el mayor de todos. Severus me cogió de la mano.
-Todavía no está muy clara y de momento sólo siento una leve quemazón. Eso quiere decir que aún está débil, pero por desgracia lo que es seguro es que el Señor Tenebroso está vivo y con intención de volver lo antes posible.
Tengo que confesar que se me saltaron las lágrimas. Me llevé la mano libre al rostro para que no me viera llorar, gesto inútil, porque mis sollozos lo hicieron evidente, pero me avergonzaba de ser tan débil.
-Merlín, qué poco me costaba llorar – digo con amargura –. Nunca he conseguido dominar mis emociones, a pesar de haber tenido un gran maestro en la materia, como era Severus.
-Por lo que ha explicado, creo que tenía buenos motivos para hacerlo – me dice la joven.
-Era débil – digo, rechazando el consuelo que me ofrece –, pero no podía evitarlo.
Severus me abrazó con ternura, y nos quedamos así mucho rato sin hablar. No había más que decir, Lord Voldemort había reaparecido y Severus no tardaría en estar en peligro de nuevo. Por un momento, tuve la absurda idea de pedirle que huyéramos, que nos alejáramos de allí cuanto antes, que olvidara su promesa y su compromiso con Dumbledore y nos fuéramos muy lejos, pero por suerte lo reconsideré antes de proponerle semejante estupidez. Él no huiría jamás, Severus preferiría morir antes que faltar a su palabra o traicionar la confianza que Dumbledore había puesto en él.
Así que sólo me quedaba aceptar que pronto volverían los días oscuros, junto con el miedo y el dolor, Severus volvería a aparecer cada dos por tres manchado de sangre propia y ajena, y yo volvería a sufrir por no poder suplicarle que se quedara, que no acudiera a sus llamados, ya que pedirle algo así sólo equivaldría a ponerle las cosas más difíciles, porque él no ejercía de espía por gusto, sino por obligación. Intenté serenarme, y cuando pude hablar, dije:
-¿Qué puedo hacer para ayudarte?
-No hay nada que puedas hacer, Julia. Primero de todo, debemos esperar a que el Lord me convoque para saber a qué debemos atenernos, pero lo que sí sé es que tú debes mantenerte apartada de todo esto.
"¡Como si fuera tan fácil!", pensé.
Severus le había enviado una lechuza a Dumbledore para explicarle la situación, y éste se presentó un día en casa de manera inesperada. El anciano aseguró no estar muy sorprendido por la noticia, claro que él siempre había sostenido que Voldemort volvería tarde o temprano.
Los dos hombres estuvieron hablando largo rato sobre cuándo creían que acabaría convocando finalmente a sus mortífagos y cuáles pensaban que iban a ser sus planes. El director seguía mostrándose reacio a hablar de todo esto conmigo presente, pero Severus le aseguró que no tenía por qué temer nada, que confiaba plenamente en mí, cosa que hizo que me sintiera henchida de orgullo.
-No se trata de confiar en ti o no, Julia – dijo el anciano al notar mi sonrisa satisfecha –. Se trata de que, por lo que sé, todavía no has conseguido eliminar las zonas grises de tu mente, ¿no es así?
Fruncí el ceño y agaché la cabeza, avergonzada. El hombre asintió brevemente y volvió a hablar con Severus. Le informó de que ese año se iba a celebrar en Hogwarts el Torneo de los Tres Magos, y que por tanto vendrían alumnos de Beauxbatons y de Durmstrang.
-¿Karkaroff? – Preguntó Severus con interés.
-Por supuesto – contestó el anciano, escueto.
-Mmmmm...
-Seguro que él también se ha dado cuenta – aseguró Dumbledore.
Severus asintió con la cabeza con un solo movimiento seco.
-¿Ha contactado alguno contigo?
-Sólo Lucius.
Malfoy había venido a visitar a Severus con más asiduidad en los últimos tiempos. Solían invitarle de vez en cuando a su mansión, y la familia al completo había venido también algunas veces a casa a lo largo de los años, pero en lo que llevábamos de verano, el patriarca de los Malfoy ya se había presentado tres veces en nuestra puerta sin avisar siquiera, con lo que tuve que escabullirme rápidamente escaleras arriba en cada ocasión.
-Está convencido de que el Lord volverá pronto, y se muestra muy confiado en que si hace suficientes exhibiciones estúpidas como la de los mundiales de quidditch, le perdonará el haber renegado de él y le aceptará de nuevo a su lado con los brazos abiertos.
-¿Has averiguado quién invocó la marca tenebrosa en el cielo?
Severus negó con la cabeza.
-No fue Lucius ni ninguno de sus amigos. Él tampoco sabe quién lo hizo.
Dumbledore se quedó pensativo.
-Curioso – murmuró.
Siguieron conversando durante un rato más y después el director se marchó, despidiéndose con una sonrisa cordial.
Ese verano, aparte de las malas noticias del regreso del Lord, también me trajo el reencuentro con mis viejos amigos. Charlie Weasley, con quien había mantenido un esporádico contacto a través de lechuza y de los saludos que nos transmitíamos mediante sus hermanos, me comunicó que iba a volver a Gran Bretaña para los mundiales de Quidditch, y que le gustaría vernos a Tonks y a mí. Le contesté que no iba a asistir a los mundiales, pero que me encantaría quedar con ellos, y así lo hicimos.
Acordamos encontrarnos en Trafalgar Square una tarde durante la última semana de agosto. Tonks, con quien había hablado mucho más a menudo mediante lechuza, aparte de haber quedado con ella en algunas ocasiones, se presentó con el pelo de un verde chillón que me hizo reír. Estaba muy guapa, y me di cuenta de que Charlie le dirigía varias miradas mal disimuladas, que intuí que contenían algo de pesar por haber dejado escapar a la chica.
Dimos un paseo por el centro de Londres y después fuimos a tomar algo al Caldero Chorreante, y fue igual que en los viejos tiempos: charlamos, reímos y pasamos una tarde estupenda juntos.
Le pregunté a Charlie si había conocido a Harry Potter, y me dijo que sí, porque estaba pasando unos días en La Madriguera con la familia. Me dijo que le parecía un buen chico, amable y algo tímido, pero que se sentía muy abrumado por la atención que generaba a su paso, y me quedé pensando en lo diferentes que podían ser las descripciones que hacían dos personas distintas de un mismo muchacho. Tonks dijo que le haría ilusión conocerle algún día y coincidí en que también me sentía muy intrigada por verle.
Cuando volví a casa, recogí mis cosas y me marché esa misma noche a Hogsmeade con Eenie. Severus ya se había incorporado al trabajo hacía tres días, y si yo estaba todavía en Londres era por la cita que tenía con mis amigos. De modo que ese día di las vacaciones por concluidas y volví a mi tienda de ingredientes.
En el pueblo había una gran excitación a causa de los visitantes extranjeros que en poco tiempo llegarían para asistir al colegio, y corrían rumores sobre extrañas prácticas mágicas que llevaban a cabo en los países de los que procedían.
-Dicen que en Durmstrang todos los alumnos son ricos y de buena posición social – comentó un día una clienta que había venido a comprar un filtro amoroso acompañada de una amiga –, y que todos son muy guapos y atléticos.
-¿Para eso quieres el filtro amoroso? – Se burló su amiga – ¿Has decidido por fin dejar al inútil de tu marido y quieres probar suerte con alguno de esos fornidos jovencitos?
-¡Qué descarada eres! Claro que no es para mí. He pensado que esta sería una buena oportunidad para encontrar marido para mi hija. Dicen que Victor Krum será uno de los participantes en el torneo, ¿no sería encantador que se enamorase de mi Cheryl?
-Pues yo he oído decir que en Durmstrang enseñan artes oscuras a los alumnos – gruñó un hombre mayor que estaba esperando su turno para ser atendido.
La mujer del filtro amoroso arrugó la nariz.
-Habladurías sin fundamento, sin duda.
-Yo lo que he oído es que las alumnas de Beauxbatons son medio veelas – dijo un joven con aire soñador.
La clienta a la que estaba atendiendo arrugó aún más la nariz.
-¿Es eso cierto? Entonces creo que en vez de una botella de filtro amoroso me llevaré tres, esas veelas son la perdición de los hombres.
-¿Y eso por qué? – Pregunté.
No había oído hablar nunca de las veelas, no habíamos estudiado a esas criaturas en el colegio, supongo que porque son originarias de Francia, y en Gran Bretaña no es habitual encontrarlas.
-¿No lo sabes? – Me dijo la clienta, asombrada – Las veelas resultan irresistibles para los hombres, son más peligrosas todavía que las sirenas.
Este comentario provocó una pequeña discusión entre algunos de los clientes, unos decían que no, que las sirenas eran más peligrosas aún, y otros sostenían la postura contraria. Pero yo no presté atención a todo esto, porque me había quedado perdida en una palabra, y ahora fui yo quién arrugó la nariz.
-¿Irresistibles? – Repetí en voz baja.
La amiga de la clienta, que tenía una oreja especialmente dotada, me miró suspicaz.
-¿Qué pasa, querida? ¿Acaso hay algún hombre al que quieres echarle el lazo y tienes miedo de la competencia?
-¿Yo? – Disimulé – ¡Qué va! Es sólo que me gustaría saber cuál es su secreto…
-Su secreto, cielo – dijo la clienta que quería el filtro amoroso, que había abandonado la discusión al detectar una conversación más interesante que incluía un posible cotilleo –, no es nada con lo que podamos competir. Las veelas tienen una fortísima magia de seducción similar a la de los elfos, las hadas y las criaturas de luz en general. Me temo que ninguna de nosotras puede ser rival para una de ellas. Suerte que no tienes ningún hombre en el punto de mira, ¿verdad? – Concluyó, entornando los ojos.
-Pues sí, es una suerte – repuse, dando el tema por zanjado.
Sin embargo, después de atender a la mujer me pasé toda la tarde dándole vueltas al asunto, sin poder evitarlo.
El viernes siguiente escuchamos alboroto en la calle, y los clientes y yo salimos corriendo para ver qué ocurría. La gente estaba parada en medio de la calle y todos miraban maravillados al cielo con gran interés, así que les imitamos y descubrimos una espectacular y gigantesca carroza tirada por caballos alados. Me quedé embobada contemplando a esas majestuosas criaturas mientras cruzaban el cielo de Hogsmeade en dirección a Hogwarts. "Ahí deben ir las veelas", pensé, y cuando se perdieron de vista a lo lejos volví a entrar en mi establecimiento con la cabeza llena de ideas absurdas.
Como muchos fines de semana, Severus se apareció en casa, pero esta vez mucho más tarde de lo habitual.
-No he podido venir antes – se explicó mientras se desataba la capa de viaje – porque hoy teníamos la cena de bienvenida con las delegaciones de los dos colegios que participarán en el torneo junto con Hogwarts.
-Ya – dije, secamente – ¿Y qué tal las veelas? ¿Son guapas?
Se detuvo a medio quitarse la capa de los hombros, un brillo malicioso asomó a sus ojos y una diminuta sonrisa curvó sus labios traicioneramente.
-¿Las veelas? – Preguntó con afectado desinterés.
-Sí, las veelas. No me habías comentado que fueran a venir unas criaturas tan… especiales.
-Supongo que te refieres a las hermanas Delacour – prosiguió él con el mismo tono desapasionado y el mismo brillo canalla en su mirada –, porque ellas son las únicas que tienen parte de veela, y ni siquiera lo son por completo – dijo, como si con eso despreciara su capacidad de seducción.
-Veo que estás muy informado – repliqué.
Su diminuta sonrisa taimada creció un tanto mientras colgaba la prenda en el perchero.
-Creo que alguien está celoso – susurró, rodeando mi cintura con sus brazos.
-¿Celosa yo? ¿Pero qué dices?
-Vamos, Julia, pero si la pequeña es sólo una cría…
-Ah, la pequeña… ¿y la mayor?
Su sonrisa desvergonzada se ensanchó aún más.
-Mmmmmm… ¿la mayor? Apenas me he fijado en ella, la verdad.
-Ya – repetí.
-Así que estás celosa, ¿eh? – Insistió.
-En absoluto – repuse, intentando impostar frialdad.
-Ah, pues me alegro de que no lo estés, porque Dumbledore ha anunciado que por Navidad se celebrará el baile tradicional del torneo, y había pensado sacarla a bailar.
-¡No te atreverás! – Escupí.
Severus rió encantado.
-¿Y cómo piensas impedirlo, listilla? – Dijo.
-Te secuestraré si hace falta – contesté con voz firme –, con lo que me costó convencerte para que bailaras conmigo la primera vez, ¡sólo faltaría que ahora la invitases a ella!
-Sí, pero, ¿sabes qué pasa? Que creo haberle cogido el gusto a esto de los bailes después de haber estado bailando contigo por toda la cocina aquella vez…
-No permitiré que bailes con una medio veela, ni lo sueñes.
-Creo que sólo es un cuarto de veela, en realidad.
-¡Me da igual! – Protesté –. Sé bien lo que ocurre en estos bailes.
Sonrió ahora abiertamente.
-Me encanta cuando te pones celosa – susurró junto a mi oído, sentí sus labios recorriendo mi cuello como un soplo de brisa y después empezó a mordisquearlo, poniéndome la piel de gallina.
-Creía que habías dicho que vienes de una cena, ¿es que no has comido nada y por eso ahora me muerdes a mí? – Bromeé.
-Sí que he cenado – murmuró –, pero la verdad es que me he quedado con hambre y he decidido comerte a ti, espero que no te importe.
Un violento estremecimiento me recorrió de arriba abajo, y dejé escapar un gemido.
-Veo que estás de un humor excelente, intuyo que has bebido vino de elfo durante la cena – dije en un leve tono de reproche.
-Ojos que no ven, corazón que no siente – dijo, mordaz.
-Al menos te has quitado el olor a alcohol.
-He pensado que si quiero conseguir algo de ti esta noche es mejor no hacerte vomitar.
-Sí, ¿eh? ¿Y qué es exactamente lo que esperas conseguir de mí esta noche? – Pregunté mordiéndome el labio inferior.
-Pues creo que estaría bien que intentaras convencerme de las razones por las que no debo bailar con esa joven. Y me refiero a demostraciones prácticas, por supuesto.
-¿Me estás diciendo – dije con tono falsamente ofendido, y le di un pequeño empujón que le hizo retroceder un paso – que tengo que demostrarte algo a estas alturas? – Le di otro empujón y tropezó con la cama – ¿Es eso lo que me estás diciendo? – Otro más con las dos manos y Severus cayó hacia atrás con una enorme sonrisa lobuna en los labios.
Le recosté contra el colchón y me senté a horcajadas sobre él en la cama.
-¿Pero tú qué te has creído? – Dije desabrochándole el cuello de la túnica – ¿Acaso piensas que tengo que hacer todo lo que tú digas? – Seguí luchando con los incordiantes botones de arriba abajo, pero había millones y millones de ellos y tuve que dejar mi reprimenda a un lado – ¡Por Merlín! Severus, deberías plantearte seriamente usar cremallera, es mucho más práctico – refunfuñé.
Él, que se había incorporado un poco y me estaba mordisqueando de nuevo, se puso a reír contra mi cuello, y sonó como un pequeño resoplido que lanzó su cálido aliento sobre mi piel, haciéndome estremecer otra vez. Me quitó mi túnica pasándomela por encima de la cabeza con mucho menos trabajo del que yo estaba teniendo con la suya.
-¿Ves? – Me burlé, todavía en pleno forcejeo con su ropa – Deberías hacer como yo. Sin botones: fácil y sencillo. O eso, o la próxima vez te desnudas tú solito, porque cuando acabo de luchar con tu túnica ya estoy agotada.
-¿Sabes para qué sirve el hechizo reparo, listilla? – Se mofó, marcando suavemente mi hombro con sus dientes.
-Pues tienes razón – dije, y di un fuerte tirón a la tela arrancando todos los botones de cuajo –, ya lo arreglarás después.
Se rió de nuevo mientras murmuraba suavemente en mi oído:
-Eres una niña muy tonta, ¿es que tengo que explicarte hasta las cosas más sencillas?
-Esta niña tonta – repliqué en tono sensual – te va a hacer cosas que harían ruborizar al mismísimo Marqués de Sade. Y ahora, ¿quieres hacer el favor de dejar de parlotear de una vez? Ya sabes cuándo me gusta más esa lengua tuya.
-Sí, lo sé, pero me encanta oírtelo decir.
Sonreí con lascivia.
-Me gusta más cuando la mueves sin decir una palabra.
Extravié mis dedos en su cabello y le di un beso cargado de deseo. Cuando nuestras bocas se separaron en busca de aire aprovechamos para liberarnos del resto de prendas inútiles. Me deleité en la contemplación de su torso y empecé a acariciarlo suavemente con las yemas de los dedos, me incliné sobre él para besarle de nuevo, pero me sujetó de los brazos y me dio la vuelta de improviso, colocándose sobre mí, haciéndome reír, aunque en cuanto tuve ocasión, volví a ponerme sobre él. Rodamos varias veces por la cama, riendo a carcajadas, era una lucha por el control, y él no se lo dejaba arrebatar fácilmente. Al final, Severus volvió a ponerse encima y empezó a acariciar mis pechos, con la lujuria pintada en su rostro. Se humedeció los labios con la lengua, haciendo que me removiera anhelante bajo su cuerpo, se inclinó sobre mí y me mordió ligeramente los labios, pero de pronto dio un respingo, con el ceño fruncido y expresión de dolor en el rostro, y se volvió a incorporar.
-¿Qué te pasa? – Pregunté preocupada, apoyándome sobre los codos.
Severus se miraba la marca tenebrosa con irritación.
-No es nada – murmuró, me miró a mí y me empujó con suavidad para que volviera a recostarme contra la cama.
Me besó los pechos y empezó a juguetear con su lengua, pero de pronto dio un brinco y se incorporó de golpe otra vez, girándose de espaldas a mí y quedando sentado, con la cara oculta por sus cabellos que caían en cascada a los lados.
-¡Mierda! – Masculló.
Se sujetaba el antebrazo izquierdo como si el dolor fuera insoportable.
-¡Joder! – Volvió a exclamar.
Me arrodillé en la cama a su lado y le pasé un brazo por los hombros.
-¿Te está llamando? – Susurré, temerosa.
-No – contestó, con voz amarga –, sólo está recordándome de manera muy insistente que soy posesión suya.
Le acaricié el cabello, preocupada, y besé su hombro. Él me miró, todavía con gesto de dolor, pero cuando vio mi inquietud llevó sus manos a mi rostro y me besó con ternura. Me obligó a recostarme de nuevo y siguió con lo que había dejado a medias.
-Severus, quizá no… – susurré.
-Shhhhh… – chistó, llevando un dedo a mis labios para que callara.
Siguió degustando mis pezones por un rato, pero pronto volví a tumbarle de espaldas y a sentarme sobre él una vez más, sin intención de dejarle ganar esta vez. Redibujé todo su cuerpo con mis manos, dejé brillantes filigranas de saliva con mi lengua por todo su pecho y su abdomen, extasiada, deteniéndome en su ombligo un instante, para después seguir bajando hasta su miembro para saborearlo también. Severus se arqueó por el deseo, llevó sus manos a mi cabeza queriendo mantener el control del ritmo y la profundidad, pero cogí mi varita, que estaba en el suelo al lado de la cama, y murmuré un hechizo que le inmovilizó los brazos a los lados de su cuerpo, para su sorpresa e incredulidad.
-Sabes que me voy a vengar por esto – susurró peligrosamente entre jadeos.
Levanté la cabeza y le miré con picardía.
-Lo espero con ansias – dije, y recorrí con la yema de mi índice su miembro erguido y palpitante varias veces en toda su extensión, observando divertida cómo respingaba con el contacto.
Volví a inclinarme sobre él para repasar con mi lengua el camino que había seguido mi índice, y seguidamente devoré la carne erecta que se ofrecía ante mí, arrancándole suspiros entrecortados. Cuando noté que le costaba respirar me separé de él de nuevo, trepé por su cuerpo hasta quedar a su altura y hundí mi lengua entre sus labios mientras mis caderas descendían sobre él lentamente, encajando mi cuerpo al suyo, sintiendo cómo me llenaba despacio una y otra vez, mientras me apoyaba en su pecho con mis manos. Poco a poco fui domando a mi rebelde montura, sintiendo el fuego propagarse incontrolado por todo mi cuerpo, aumentando el ritmo hasta convertirlo en un galopar desenfrenado que culminó con un grito de placer por mi parte, y un gemido prolongado por la suya.
Le besé de nuevo y me deslicé a un lado para acariciar su torso tumbada junto a él, liberando entonces sus manos del hechizo, pero en cuanto lo hice Severus se levantó de un salto y se dirigió a la ventana, apoyándose en el marco con el hombro y sujetándose el antebrazo izquierdo con fuerza. Me acerqué a él, nerviosa.
-Dios, Severus… ¿todavía te duele?
Asintió de un solo golpe seco con la cabeza y le puse una mano sobre el hombro.
-No hacía falta que… quiero decir que si la marca te quema, si no tenías ganas, no teníamos por qué seguir con esto… solo tenías que decírmelo y hubiera parado… – musité.
Me miró con rostro inescrutable, después cambió su expresión por una sonrisa socarrona, sujetó mis muñecas y me alzó los brazos abiertos en el aire.
-¿Y perderme esto? – Dijo repasando todo mi cuerpo con una sola mirada lujuriosa que me hizo ruborizar – Ni que estuviera loco.
Me abracé a él con una pequeña sonrisa.
-¿Cómo sabes que no te está llamando? – Susurré al cabo de unos instantes.
-Lo sé. Desde que recibes la marca aprendes a distinguir estas cosas. Cuando eres convocado sientes la urgencia de acudir a su lado estés donde estés, pero ahora sólo quiere llamar la atención sobre su presencia, no es una verdadera llamada.
-¿Entonces, si te convoca no puedes negarte a acudir?
-Oh, sí que puedes, pero se requiere una gran fuerza de voluntad y resistencia al dolor, porque si no te presentas ante él, la quemazón se vuelve cada vez más intensa hasta volverse insoportable. Si algún mortífago intenta huir del Lord lo mejor que puede hacer es cortarse el brazo, o el dolor acabaría por volverle loco.
Le miré horrorizada.
-De todos modos, los que huyen del Lord no suelen llegar muy lejos, y aunque así fuera – añadió mirándome fijamente, como si supiera lo que estaba pensando –, ya sabes que esa no ha sido nunca una opción para mí.
-Sí, lo sé – dije agachando la cabeza, afligida.
Severus me besó en la frente y nos quedamos todavía un rato allí de pie, desnudos y abrazados junto a la ventana.
