36
Algo cálido y húmedo, paseándose por sus piernas, fue lo que le puso fin a su sueño esa mañana en la cual el sol todavía no había aparecido.
La piel de gallina y el estremecimiento por todo su cuerpo, junto con la excitación, no se demoraron ni un segundo en aparecer en ella. Aun así, fingió seguir durmiendo. Sabía quién era la persona detrás de todo eso y la intención que tenía, pero eso no significaba que fuera a ponérselo fácil. Jugar con Rachel y sacarla de quicio siempre era divertido. Y más sabiendo lo desesperada que se ponía la morena cuando de hacer el amor con ella se trataba.
Aunque no contaba con lo irresistible que era Rachel para ella. La mentira de estar dormida se le volvía cada vez más difícil de sostener por culpa de esa bendita boca que le provocaba la mejor de las demencias.
Fue por eso mismo que no le sorprendió para nada descubrirse así misma con las piernas abiertas, dándole pase libre a la morena de hacer con ella lo que quisiera. Le encantaba, y la volvía loca a partes iguales, el contraste entre salvaje y delicado que su novia ponía en práctica sobre su piel. La manera en que la morena había aprendido a tratarla, como había descubierto cómo tocarla, cómo besarla, cómo llevarla al punto de no retorno de una manera descomunal.
Esta vez no iba a ser la excepción.
Rachel besó y tocó cada rincón de su piel dejando un rastro al rojo vivo a su paso. No hacían faltas las palabras en ese momento entre ellas. La morena sabía dónde dejar marcas, y Quinn sabía que entregarse por completo a su novia iba a ser la aventura más maravillosa de todas. Lo mejor de hacer el amor con Rachel, más allá de todo lo que le hacía sentir, era el hecho de sentirse protegida y respetada todo el tiempo. Berry trataba su cuerpo con delicadeza y a su mente con respeto.
Lo mejor de todo era la forma en que se miraban. El jurarse amor en un intercambio de miradas entre el océano chocolate de Rachel y el verde bosque de ella. La promesa constante de amanecer juntas después de ese momento de entrega, cuidarse y elegirse una vez que estuvieran fuera de esa cama compartida. Parecía algo estúpido detenerse en esas cosas teniendo en cuenta que eran una pareja, pero para Quinn eran importantes. Era prestarle atención a esos detalles que las personas creen insignificantes y que después echan de menos cuando ya no las tienen.
Ella quería guardar en su interior todas las cosas que llegara a vivir junto a Rachel. Los besos, las caricias, las miradas. Los «Te quiero» silenciosos que se decían mientras hacían el amor encabezaban esa lista. Y no pensaba restarle importancia a nada de eso, por muy absurdo que el resto lo creyera.
—Te quiero —le susurró a la morena varios minutos después de haber sido arrastrada al orgasmo.
Rachel, con los ojos cerrados, sonrió de manera perezosa pero no por eso menos especial. Fabray se inclinó hacia adelante dejando un beso en el hombro desnudo de su novia continuando el camino hasta la boca de ésta.
No le decía «Te quiero» por lo que habían compartido por enésima vez en esa cama, lo hacía porque le nació decírselo. Era buena demostrándole a la morena lo mucho que la quería con acciones pero se había prometido a si misma decírselo con palabras de vez en cuando. Ésta vez se lo dijo después de hacer el amor y cuando Rachel casi estaba quedándose dormida, pero tranquilamente se lo podría haber dicho yendo a hacer la compra semanal de comestibles, de camino a su trabajo, viendo una película, escuchando música. Cualquier momento parecía ser siempre el correcto para decir «Te quiero», siempre y cuando la persona que lo escuchase fuera Rachel.
—Lo sé —respondió la morena enredándose en sus brazos—. Yo también te quiero.
Rachel se acurrucó más contra ella ronroneando como si se tratara de un gatito bebé, derritiendo a Quinn por completo. Envolvió a la morena pegándola más a ella, si eso era posible, y las cubrió a ambas con las sabanas. La presencia del sol se podía ver a través de la ventana pero Quinn no pensaba abandonar esa cama para nada hasta que no fuera necesario.
El cansancio también estaba presente en ella pero no pensaba quedarse dormida. Sentir el respirar de Rachel en su cuello o el cuerpo de la joven pegado al suyo era mucho más importante que cualquier otra cosa. Si alguien le hubiese dicho tiempo atrás que se convertiría en la persona cursi que era en ese momento, lo más seguro era que se riera en la cara de esa persona antes de romperle la nariz de un puñetazo. Pero ahora allí estaba, acostada junto a una mujer que había dado vuelta su mundo y sin la cual no se imaginaba sus días.
Comenzó a acariciarle el pelo a Rachel mientras su mente se sumía en otra catarata de pensamientos. Esta vez, relacionados con su madre. Presentar a Rachel oficialmente como su novia era algo que iba a suceder más pronto que tarde. No le daba miedo la reacción de Judy porque obviamente ésta le había dejado bien en clara su posición en todo eso. Lo que le inquietaba de cierta forma era como se relacionarían la mujer y Berry. Porque una cosa era Judy compartiendo tiempo y espacio con Rachel, la amiga de su hija; y otra muy diferente era Judy compartiendo lo mismo con Rachel, la novia de su hija.
Cruzaba hasta los dedos de sus pies deseando que su madre supiera comportarse el día que llevara nuevamente a la morena a cenar con ella a la vieja casa Fabray. Con Frannie había perdido todas las esperanzas porque sabía que ésta la avergonzaría contando historias de cuando eran pequeñas. Obviamente, exagerando todas las situaciones para hacerlas más bochornosas y ridículas de lo que ya eran.
Las caricias que estaba dejando en el pelo de su novia pasaron a ser dejadas en la espalda desnuda de ésta con toda la intención de despertarla, cuando llegó la hora de abandonar aquella cama. Quinn se mordió el labio reteniendo una sonrisa cuando la morena se removió entre sus brazos, con el entrecejo fruncido y sin abrir los ojos, pidiendo cinco minutos más de descanso.
—No… —empezó diciendo la rubia repartiendo besos en la piel de su novia— tenemos… —otro beso entre la mandíbula y el cuello— cinco… —esta vez fue el turno de su rostro— minutos, Berry —y por último, en la punta de la nariz.
—Es muy temprano —refunfuñó la morena con un puchero en los labios—. Cinco minutos más.
—Cinco minutos en la cama, y una hora más en la ducha no parece buen negocio. Y no es temprano. Son casi las siete de la mañana.
— ¿Una hora en la ducha? —preguntó Berry entre desconfiada, sorprendida y, efectivamente, más despierta que dormida. Quinn le robó un beso antes de asentir con la cabeza—. ¿Qué intenciones tienes en mente, Fabray? ¿Qué planeas hacerme?
—Nada —negó Quinn poniéndose de pie. Tomó a Rachel de las piernas y la tiró hacia ella. Una vez que la morena le rodeó el cuello con los brazos y la cintura con las piernas, tomó la sábana de la cama y las envolvió a ambas encaminándose segundos después fuera de la habitación—. Simplemente quiero ducharme con mi novia porque vamos con retraso y así ahorraremos tiempo.
—Eso será lo menos que haremos, ¿A quién quieres engañar? —rió la morena besando una vez más a la rubia.
Quinn no negó para nada que así fuera. Rachel la conocía demasiado bien como para notar la mentira si le decía que no tenía razón. En lugar de eso, prefirió perder el tiempo haciendo algo más placentero, como volver a hacer el amor con su novia. La ducha duró más de lo pensado y cuando quisieron darse cuenta, ya casi eran las nueve de la mañana. Debían darse prisa con el desayuno si no querían retrasar todo lo demás que debían hacer ese día.
Aun así, siempre había tiempo para más mimos entre ellas. Por ejemplo, Rachel secándole el pelo con la toalla de mano como si fuera la mejor de las actividades. Quinn veía la concentración de su novia haciendo tal cosa y se mordió el labio para no reírse. Y también para no girarse y besar a la joven dándole pie a otra ronda de sexo. Cuando la morena terminó dejando, más o menos, presentable la cabellera de la rubia, ésta le dejó un beso a modo de agradecimiento y salió del baño.
Si algo había aprendido durante todo ese tiempo compartiendo mañanas con Rachel, era que la morena necesitaba tiempo y espacio para realizar su rutina mañanera. Y para hacer eso, no necesitaba a nadie al lado. Ni siquiera a Quinn. La rubia, en lugar de molestarse por ser echada de su propio baño todas las mañanas, dejaba a la morena con sus cosas, que hiciera lo que quisiera. Lo importante era que Rachel estuviera cómoda a su alrededor. Darle el espacio que pedía, entraba en eso.
—Deberías que cortarte el pelo, Quinn —observó Rachel, una vez salida del baño, encaminándose hacia la habitación de la rubia—. Está demasiado largo y se vuelve indomable.
—Yo soy indomable, Berry. Mi pelo no iba a ser la excepción —señaló desde la cocina preparando el desayuno. Escuchó la risa de la morena, claramente, burlándose de ella. Puso los ojos en blanco sonriendo, y agregó—: No sé qué tienen tú y la bastarda de la familia en contra de mi pelo. A mí me gusta así.
—Es que está demasiado largo. Hablando de Camille… ¿Pasas tú a buscarla por lo de Kurt, o voy yo? —quiso saber la morena sacando la cabeza por la cortina que simulaba ser puerta.
— ¿Vas retrasada con la hora de ensayo? —preguntó Quinn recibiendo como respuesta un asentimiento de cabeza—. Voy yo, entonces. La llevaré al trabajo conmigo, allí puede pasar tiempo con Spencer. Pero antes, llama a tu amigo y dile que vaya despertándola. Le cuesta mucho arrancar por las mañanas. —tomó una de las tazas de café y se acercó hacia Rachel—. Hora de desayunar, Rach.
La morena salió completamente vestida de la habitación, secándose el pelo con la toalla. Ninguna parecía querer hablar explícitamente del hecho de que la joven pasaba más tiempo en el departamento de su novia que en el suyo propio. Tampoco habían mencionado lo extraña, pero no por eso menos familiar y cómoda, que era la sensación de convivencia que ambas estaban experimentando. Quinn sentía que no era algo que debía ser hablado, por mucho que una parte de ella le recordara constantemente que ella y Rachel solo llevaban unos pocos meses de noviazgo como para ya estar conviviendo.
Se repitió a si misma lo mismo que se decía cuando ese pensamiento cruzaba por su cabeza: ella y Rachel no estaban conviviendo, simplemente querían pasar el máximo tiempo posible juntas. Estaban enamoradas. Era completamente aceptable que así fueran las cosas.
Untó mermelada en una tostada y se la ofreció a la morena antes de repetir la acción pero esta vez para ella misma. Se sirvió un poco más de café y con su mano libre, tomó la de su novia acariciándole el dorso con el pulgar. Eso era algo que, desayunando solas o con Camille, había tomado la costumbre de hacer. El contacto de la piel de Rachel con la suya era todo lo que necesitaba para comenzar bien la mañana. Los días que no despertaba junto a la morena, era toda una tortura estar cerca de ella. Al menos, así lo había dicho Camille una vez antes de encerrarse en su habitación por miedo a las represalias de su hermana mayor.
Soltó la mano de la morena para agarrar otra tostada pero se detuvo a medio camino cuando se dio cuenta que su novia no le quitaba la mirada de encima. No era la primera vez, y estaba segura que no sería la última tampoco, que descubría a Rachel mirándola completamente embelesada. Y era en esos momentos en los cuales deseaba enormemente saber qué era lo que cruzaba por la cabeza de la camarera mientras la observaba. ¿Se replanteaba el hecho de estar con ella? ¿Se preguntaba en qué estaba pensando cuando se metió en esa relación? ¿Le pasaba exactamente lo mismo que a ella? ¿No le gustaban las mañanas que no amanecían juntas? ¿Se ponía también de malhumor?
— ¿Tengo algo en la cara? —preguntó mirando la taza vacía frente a ella. Por el rabillo del ojo vio a Rachel sonriendo de manera tierna—. No me digas nada. Otra vez parezco una ardilla con las mejillas infladas.
—La más hermosa de todas las ardillas —rió Rachel sin dejar de mirarla con ternura. Quinn puso los ojos en blanco de manera divertida provocando aún más la risa en su novia—. Eres gruñona por las mañanas, Fabray.
—Así me quieres —replicó con altanería, metiéndose un pedazo de tostada en la boca.
—Así te amo —señaló Rachel con la mirada cargada de intensidad.
Quinn sintió su rostro arder después de las palabras de su novia, aquellas a las que aún no estaba acostumbrada, y bajó la mirada sin saber muy bien qué decir. Rachel siempre encontraba la forma de dejarla sin palabras, ya sea por algo similar a lo sucedido momentos atrás, o con acciones. A diferencia de ella, su novia no tenía problema alguno de recordarle con palabras todo el tiempo lo importante que era para ella. Lo mejor de todo era que Quinn sabía, lo sentía en lo más profundo de su ser, que la repetición constante no provocaría el desgaste ni le restaría importancia al sentimiento, sino todo lo contrario. Rachel podría decirle a cada minuto que la quería, que ella iba a sentir que se lo estaba diciendo por primera vez.
«¿Así, o más enamorada?», pensó riéndose de sí misma.
—Como ya cumplí mi misión de dejarte muda, voy a irme —se burló la morena. Tomó a Quinn del rostro y le dejó un beso en los labios. Aun algo atolondrada, la rubia correspondió el beso—. Nos vemos a la hora del almuerzo, y arreglamos lo del viaje a Lima, ¿Está bien?
El viaje a Ohio para Acción de Gracias era algo que estaba totalmente acordado: viajarían juntas. Sería el primero que harían como pareja y estaban felices de hacer tal cosa. El único problema que encontraban en todo ese asunto era el hecho de que, una vez instaladas en Lima, cada una se iría por su lado. O más bien, la noche de Acción de Gracias cada una cenaría con su familia. No había posibilidad de que compartieran la cena juntas. Y Quinn quería compartir la cena de Acción de Gracias con Rachel como su novia. La morena había expresado el mismo deseo pero también había dejado al descubierto un punto importante en todo eso: si Berry cenaba con ella, los padres de ésta pasarían la noche solos. Y la morena no quería eso. Tampoco quería que Quinn cenara sin su familia. Era ahí cuando entraban nuevamente en un bucle de argumentos válidos pero repetitivos que no les ayudaba a avanzar hacia una decisión.
En una de las idas y vueltas respecto a la cena, Quinn había planteado la posibilidad de que ambas familias pudieran cenar juntas. Rachel la miró sorprendida unos segundos, antes de sonreír con ternura. Le acarició la mejilla sin dejar de sonreír y replicó con algo que la rubia no había tenido en cuenta hasta ese momento:
—Aún no te he presentado a mis padres como mi novia, ¿Y tú ya quieres armar una cena de consuegros? Es una idea maravillosa, créeme, pero no para este momento. El próximo año lo tendremos en cuenta, lo prometo.
Lejos de sentirse molesta por el rechazo de su idea, se sintió aterrada porque, aunque no lo hayan hablado, era obvio que ese viaje también serviría para hacer oficial frente a sus familias la relación de ambas. Traducción: se enfrentaría a los padres de Rachel con un «Hola, soy Quinn. Quinn Fabray. La… la novia de Rachel». No sentía pánico por Hiram —no tanto—, el padre médico de Rachel siempre se había mostrado amable con ella. Al que le tenía cierta desconfianza, porque no sabía cómo reaccionaría, era al otro padre, al decorador. Ese que siempre la miraba de forma crítica y gritaba cosas desde adentro de la casa. Una parte de ella creía que el hombre la tenía en la misma categoría que a Brody: la categoría de los idiotas.
—Perf… Perfecto —balbuceó retomando la charla con la morena. Eliminó los pensamientos que la llevaban a Lima y se enfocó en su día en la ciudad. Rachel la miraba como si supiera que se había perdido otra vez en su mente—. No te olvides de llamar a tu amigo para que despierte a Camille. Arreglo esto aquí, y pasó a buscarla. Nada de seguir durmiendo.
—Ella y Kurt se habrán desvelado hablando hasta tarde. Ya sabes que como son —recordó Rachel poniendo los ojos en blanco—. Lo que me lleva a pedirte… No seas dura con ella si quiere quedarse y dormir un poco más. Necesita descansar.
«Necesita descansar», resopló en su cabeza casi con molestia y burla. Rachel siempre tirándole un salvavidas a Camille.
—No, lo que necesita son limites — replicó cruzándose de brazos—. La mañana no es para dormir. Eso ya lo sabe, y si se desveló por la noche tendrá que afrontar las consecuencias de eso. La noche se hizo para dormir, no el día.
—Winter está durmiendo ahora y no le dices lo mismo —señaló Rachel como si fuera relevante toda esa situación. Quinn buscó con la mirada la posición del gato, y cuando lo encontró tirado en el sofá, se acercó y lo despertó. Rachel se rió por lo bajo negando con la cabeza—. Que buena madre serás algún día.
—Eres tú la madre permisiva, yo soy la madre que pone los límites. —se acercó a la morena y le rodeó la cintura con los brazos antes de dejarle un beso en el cuello, haciendo reír a la joven—. Seremos un excelente equipo.
—Los niños te odiaran —observó Rachel sonriendo.
—El odio es mi alimento —replicó con una ceja en alto.
Berry se rió nuevamente provocando que todo en la rubia se estremeciera por completo. Hacer reír a Rachel, ya sea producto de alguna estupidez hecha o dicha, siempre iba a ser el mejor de los acontecimientos. Y una razón más para sentirse orgullosa de sí misma. Aun se reía de ella cuando se descubría completamente perdida en la risa de la morena o cuando notaba la oleada de profundo orgullo en su interior.
Haber hecho a Rachel parte de su vida, fue la mejor decisión que pudo haber tomado.
Luego de una extensa sesión de besos de despedida, la morena se fue del departamento dejando a solas. Tal y como había dicho, ordenó el lugar, le dejó agua y comida a Winter y, media hora más tarde, bajó al 3°C a buscar a Camille. Kurt fue quien le abrió la puerta con un cálido «Buenos días, Quinn» que la rubia correspondió con un movimiento de cabeza. Pasaba mucho tiempo con el amigo de Rachel últimamente pero aun así todavía no se sentía con la confianza suficiente como para saludarlo con un abrazo o un beso en la mejilla.
Cinco minutos más tarde, apareció Camille más dormida que despierta. El saludo de Quinn con la adolescente fue un golpe suave en la cabeza ganándose un gruñido a cambio. Ninguna de las dos habló de camino al gimnasio y en cuanto llegaron al lugar, la adolescente fue directamente hacia donde estaban las colchonetas encontrándose con Spencer en el camino. Quinn sabía perfectamente que su hermanastra iba a buscar un rincón del gimnasio en el que pudiera recuperar horas de sueño sin que la molestaran.
La mañana pasó más rápido de lo que esperaba Quinn, y cuando se dio cuenta del tiempo transcurrido ya era la hora del almuerzo. Una sonrisa automáticamente apareció en sus labios al saber que en tan solo unos minutos vería a Rachel nuevamente. Ella no tenía nada nuevo para contarle a su novia en esas horas de trabajo en el gimnasio, pero estaba segura que la morena sí. Rachel siempre tenía algo que contar. Sobre todo en esos días en los cuales lo único para lo que había espacio en su vida era para los ensayos de su película independiente.
Quinn adoraba escuchar a Rachel hablar de sus proyectos, enojarse porque tuvo que repetir varias veces una misma escena, a veces hasta volvía a casa de un malhumor imposible de soportar. Otras veces el departamento de Quinn se inundaba de la alegría que la morena expresaba. Le encantaba ensayar algunas líneas con Rachel, sobre todo cuando se unían Camille y los amigos de la morena. Cuando eso pasaba era como leer un cuento con personajes sacados de la mente de algún loco con un retorcido, adorable y gracioso sentido del humor.
Quinn se descubrió una tarde amando todos y cada uno de esos momentos con Rachel.
—Siempre lo dije y ahora lo compruebo —comentó alguien sacándola de sus pensamientos. Todo en ella se tensó al reconocer la voz de la persona en cuestión—. Cuanto más mayor sea, más idiota se volverá. Mírale la cara.
—Tranquila, amor —pidió una segunda persona. Automáticamente todo en Quinn se relajó—. Venimos en son de paz. Además, no está siendo idiota. Está pensando en algo que le hace sonreír. ¿En qué piensas, Quinnie?
Quinn se dio vuelta en el lugar abriendo y cerrando la boca varias veces sin poder formular oración alguna. Estaba casi segura que su corazón se detuvo un segundo y que todo en ella se había vuelto inamovible. A Brittany parecía no molestarle su incapacidad de hilar dos palabras seguidas pero a Santana sí. La latina puso los ojos en blanco casi con impaciencia antes de murmurar algo por lo bajo. Su esposa junto a ella volvió a repetirle un «Tranquila» que obtuvo como respuesta una mueca.
Si tenía que ser honesta, no recordaba cuando fue la última vez que vio a Santana y Brittany. Poco más de dos meses, quizás. Luego de la cena en su casa. Después de ese día ni ella se había acercado a la pareja, ni la pareja se había acercado a ella. Quinn prefirió pensar que eso se debió al hecho de darse espacio entre las tres y no a la falta de interés. En un parpadeo Brittany estaba abrazándola como si le hubiese hecho falta en todo momento. Si no tuvieran interés de tenerla en su vida, no estaría abrazándola de esa manera, ¿O sí?
— ¿Qué…? ¿Qué hacen aquí? —quiso saber mientras correspondía el abrazo de Brittany. Santana se cruzó de brazos y la miró con una ceja en alto sin responder—. No te hablaba a ti, Lopez, así que no te peines que en esta foto no sales. Hablaba con… con Brittany.
—Sí, como digas —ironizó la latina con una media sonrisa—. Britt, cielo, puedes soltarla. No saldrá corriendo. Y si lo hace, le romperé las piernas.
Brittany se separó del abrazo pero no de ella. Aun la tenía sujeta de los hombros mientras la miraba atentamente como si quisiera guardar en su mente hasta el más mínimo detalle del rostro de Quinn. Fabray tampoco es que quisiera separarse de quien por años había sido su amiga. No supo que echaba en falta la presencia de Brittany a su lado hasta que volvió a verla. En su emoción no demostrada de ver a la pareja nuevamente, imitó a la rubia alta observándola de pies a cabeza.
La sonrisa de Brittany seguía siendo tan inocente como la recordaba, sus ojos azul cielo desprendían esa ternura y tranquilidad que tan bien le habían hecho a Quinn en el pasado, y los abrazos seguían provocándole extrema paz y seguridad como siempre lo habían hecho.
—Me alegro de verte, Britt —murmuró son una sonrisa radiante. La rubia junto a ella, dio un salto alegre en el lugar y luego la envolvió nuevamente en sus brazos con demasiado ímpetu—. No puedo res… demasiado fuerte el abrazo, Unicornio.
—Lo siento, lo siento —se disculpó Brittany separándose rápidamente y bajando la mirada—. Es que… Te extrañamos, Quinnie —Santana carraspeó pero fue ignorada—. Sí, tú también, San.
Quinn dio un paso hacia atrás cuando se inició una pequeña y murmurada discusión entre el matrimonio frente a ella. Se mordió el labio para no sonreír cuando creyó que nada había cambiado entre ellas tres. Fueron miles las discusiones entre sus amigas que ella había presenciado en el pasado. Ver a Santana dando golpecitos en el suelo con el pie y a Brittany con una expresión de calma en el rostro, como quien sabe que va a ganar la discusión, la llevó de viaje a uno de esos momentos vividos tiempo atrás. Se vio a si misma con claridad en la habitación de la rubia bailarina, sentada en la cama tratando de pasar desapercibida, mientras Santana a pocos metros de allí le hacía una escena de celos a quien por ese entonces solamente era su amiga. También recordó lo que sucedió después, ella yéndose de la habitación cuando sus amigas comenzaron a besarse acaloradamente.
— ¿Volvió a ganar? —se rió cuando la discusión entre Santana y Brittany llegó a su fin. Prefirió ignorar la emoción repentina que la invadió cuando la latina la miró con complicidad.
—Volvió a ganar —respondió Santana antes de cubrirse con ese velo de indiferencia hacia Quinn—. Solo porque la dejé hacerlo.
—Sí, ajá —se burlaron Quinn y Brittany al unísono.
La complicidad entre ella y la rubia de ojos azules sí se mantuvo, no como con Santana. Ella y Brittany siempre habían sido excelentes aliadas a la hora de burlarse de la latina. Esta vez no parecía ser la excepción a eso. Y una vez más, Quinn prefirió no darle espacio a la emoción casi absurda que la invadió al creer que nada había cambiado entre ellas tres. En lugar de eso, se enfocó en preguntar nuevamente qué era lo que hacía el matrimonio en el gimnasio.
—Te echábamos de menos, ya te lo dije —repitió Brittany entrelazando su brazo al de Santana. Quinn asintió con la cabeza sin saber qué hacer o decir—. Han pasado semanas desde la última vez que nos vimos y como habías dicho que querías formar parte de nuestras vidas…
—A no ser que tengas intenciones de desaparecer de nuevo —intervino Santana con malicia. Quinn puso los ojos en blanco, como si hubiese esperado dicho reclamo—. Digo, como no has vuelto a llamarnos después de la cena en tu casa…
—Tú tampoco lo has hecho —replicó Fabray cruzándose de brazos. A lo lejos vio la figura de Camille, al parecer completamente despierta, mirando hacia donde estaban ellas—. Pensé que necesitarían espacio para decidir qué hacer conmigo. Lo que dije en esa cena lo mantengo. Quiero formar parte del presente de ustedes y que ustedes formen parte del mío.
—Y por eso estamos aquí —afirmó Brittany con entusiasmo. Quinn dejó a un lado el duelo de miradas con Santana y miró a la rubia alta—. San y yo queremos que esta vez, vengas tú a cenar a casa. Esta noche. Queremos que conozcas a Oliver.
Conocer a Oliver. Conocer al hijo de Brittany y Santana. Aquel niño del que no sabía absolutamente nada más allá del nombre. Iba a conocer una parte vital de aquella familia que sus amigas habían planeado crear en su adolescencia y que definitivamente habían llevado a cabo. Un niño que simbolizaba el amor eterno que Santana y Brittany se tenían.
— ¿Se va a desmayar la estúpida? —le pareció escuchar a la latina—. No, Brittany. No me digas que no cuando estás viendo lo pálida que se ha puesto. ¿Llamamos a alguien o…?
—Estoy bien, Santana —aseguró aunque ciertamente no lo estaba.
¿Cómo podría estarlo si sus amigas iban hacerla participe de algo tan maravilloso como era conocer el hijo de ambas? Esas presentaciones solo se hacen con personas importantes, ¿O no? Quizás ella solamente estaba exagerando todo por el simple anhelo de saber que sus amigas querían recomponer la amistad con ella. A lo mejor, Brittany y Santana no lo veían de la misma manera. Talvez todo eso estaba en su mente. Seguramente se trataba de eso, una mera y absurda ilusión, y ella comenzaba a ilusionarse en vano.
— ¿Ha pasado algo? —intervino una cuarta persona en la conversación.
—Ha llegado tu duende de la suerte —comentó Santana por lo bajo.
—No la llames así —pidió Quinn con los ojos entrecerrados, aun sabiendo que la latina bromeaba. Santana sonrió de oreja a oreja en una clara señal de burla. Quinn decidió que lo mejor era ignorarla y concentrarse en la recién llegada—. Está todo bien, Rach. Santana y Brittany pasaban a saludar.
—Y también vinimos a invitarla a cenar —agregó la latina sin dejar de sonreír y mirando a Rachel que no dijo nada—. Deberías venir con Quinn. Aunque déjame advertirte que a mi hijo no le gustan los gnomos.
— ¡Hey! —advirtió Quinn con el entrecejo fruncido.
—No, Quinnie, es verdad. Una vez compramos uno de cerámica y Ollie lo destrozó —acotó Brittany.
Como respuesta, Rachel sonrió, aparentemente de manera amable y divertida pero Quinn, que la conocía demasiado bien, sabía que era esa sonrisa ensayada que ocultaba como se sentía realmente. Por el apretón de manos disimulado que acompañaba a la sonrisa falsa, Quinn supo que el comentario de Santana no le había hecho gracia a Rachel. Estaba dispuesta a pedirle a la latina que se disculpara con la morena pero ésta última se le adelantó.
—Gracias por la invitación, Santana,… y también por la advertencia. Es muy amable de tu parte —Incluso utilizando un tono de voz moderado y amistoso, Fabray pudo percibir la molestia detrás de todo eso—. ¿Cam aún anda por aquí, Quinn?
—Está…
—Ya la vi —interrumpió Rachel regresando su vista hacia donde estaba Santana—. Lo siento, tengo cosas que hablar con Camille. Que tengan buenos días.
Y sin más, Rachel se alejó de ellas tres. No sin antes haberle dejado una caricia en el hombro a Quinn junto con un beso en la mejilla. De Brittany también se despidió con una sonrisa más sincera y un movimiento de manos. Santana fue ignorada olímpicamente. Conociéndola a Rachel, Quinn se esperaba una respuesta muchísimo peor.
—Lo siento, ¿He hecho algo mal o es anti-gente con todos? —preguntó Santana.
—Te has comportado como una idiota. Eso has hecho, Santana —espetó Quinn en un murmullo cargado de enojo. Brittany las miró a ambas eligiendo no interferir—. La próxima vez ahórrate tus comentarios maliciosos para ti misma. No conoces a Rachel de nada, así que no la llames «gnomo» con tanta libertad. Porque ella a ti no te llama «latina arrogante e insoportable», ¿Estamos de acuerdo?
—La leona muestra sus garras —fue la respuesta de Santana con una media sonrisa. Quinn la fulminó con la mirada—. Tranquila, Quinnie. No volveré a llamarla «gnomo». No por ahora. Ya veremos más adelante. Después de todo, si tú formaras parte de nuestras vidas y ella forma parte de la tuya, terminara entrando en la ecuación. —Quinn abrió la boca para replicarle pero la latina continuó—: La invitación sigue en pie. Tráela esta noche a cenar a casa. Si tengo ganas, me disculpare con ella. No es una promesa, es algo a tener en cuenta. Te espero en el auto, Britt-Britt. Buenos días, Fabray. Nos vemos esta noche.
—No le hagas caso —pidió Brittany viendo, junto con Quinn, como su esposa abandonaba el gimnasio—. Ha estado nerviosa e inquieta desde que acordamos venir a verte. Aun le cuesta un poco todo esto de tu regreso. Espero que lo que acaba de pasar no haya provocado el rechazo a la invitación.
—No estoy…
—No, espera. No la aceptes si no quieres —interrumpió Brittany con un movimiento desesperado de manos—. Pero tampoco la rechaces aun. Piénsalo con calma. Te dejo anotado la dirección de nuestra casa en caso de que aceptes ir y llevar a Rachel contigo. Realmente me gustaría pasar tiempo con ella y conocerla. Parece importante para ti, y si es importante para ti, lo es para mí.
—Gracias, Britt —fueron las palabras que resumieron la mezcla de emociones que se había apoderado de ella.
Una mezcla de agradecimiento, ternura y cariño. Agradecimiento porque, aunque era obvio que la rubia alta deseaba que asistiera a la cena de esa noche, no la presionaba para que aceptara la invitación. Ternura por la forma en la que había explicado la actitud de Santana. A pesar de haber comportado como una idiota, Brittany siempre vería su lado bueno. Y el cariño se debía al intento de la rubia bailarina de hacer partícipe a Rachel de todo ese encuentro, sabiendo lo importante que era eso para Quinn.
Brittany se despidió de ella con un abrazo efusivo que parecía no llegar a su fin. Después de lo que parecieron minutos, aunque para Quinn se sintieron como horas, la rubia bailarina salió del gimnasio encontrándose con su esposa. Incluso a través de los cristales y la distancia, Quinn pudo ver el amor con el cual Santana miraba a Brittany. Ese amor del que había sido testigo en su adolescencia y que era evidente que se mantenía igual que aquella vez.
Sus amigas se perdieron de vista y ella encaró su visión hacia donde estaba Rachel. La vio cerca del cuadrilátero hablando con Camille y Spencer. El corazón le latió desbocado cuando vio a la morena reírse y todo en ella se derritió por completo cuando los ojos marrones de Rachel conectaron con los verdes de ella. Daba igual donde estuvieran, rodeadas o no de personas, sus ojos siempre se encontrarían. Rachel, sin dejar de mirarla, se mordió el labio suspirando. Como si se tratara del reflejo en un espejo, Quinn se descubrió haciendo exactamente lo mismo.
—Hola —saludó Berry cuando se acercó nuevamente a ella.
—Hola —respondió Quinn aun metida en el aturdimiento que la morena le provocaba. Se inclinó atrapando los labios de su chica entre los suyos—. Lamento el momento con Santana. Debería…
—No deberías haber hecho nada. No necesito que me defiendas, ¿Ok? —interrumpió Rachel mirándola—. Debería disculparme yo contigo. A veces olvido que esto se trata de ti, no de mí. Se trata de que tú vuelvas a crear lazos con tus amigas, no de crear tensión.
—Se trata de nosotras —aclaró Quinn con firmeza—. Somos un par ahora. Quinn y Rachel, Rachel y Quinn, ¿Recuerdas? —La morena asintió recibiendo con ganas la boca de Fabray en la suya nuevamente. Escucharon un silbido de burla por parte de Camille y se separaron, ambas sonriendo—. Lo siento por lo que pasó hace un rato, y entiendo completamente si no quieres ir conmigo a casa de Santana y Brittany esta noche pero la verdad es que… no quiero ni puedo hacer esto sin ti a mi lado. Si no quieres acompañarme, me dices y no…
—Vamos —interrumpió Rachel mirándola a los ojos. Quinn la miró sorprendida—. Parece importante esta cena para ti. Y si es importante para ti, lo es para mí.
—Brittany dijo lo mismo respecto a ti —observó con aire pensativo—. Quiere… quiere conocerte mejor, y… y también quieren que conozca a su hijo: Oliver. ¿Puedes entender eso? Porque… porque yo no. Es… me van a presentar a su hijo, el símbolo viviente del amor que se tienen, a mí. La persona que las abandonó, que las dejó sin mirar atrás, que ahora vuelve como si nada, que…
—Que se merece todas las oportunidades del mundo —interrumpió Rachel nuevamente, esta vez, tomando el rostro de Quinn entre sus manos—. No has hecho nada malo, solo ser humana. Y todo ser humano tiene miedo y huye. Tú no ibas a ser ajena a eso. Si ahora ellas quieren presentarte a su hijo es porque te quieren nuevamente en sus vidas. Aun con los años perdidos. No entres en pánico, ¿Si? Todo saldrá bien, y… y ese niño va a adorarte.
— ¿Cómo puedes estar tan segura?
—Porque todo aquel que te conoce llega a adorarte —respondió Rachel dejándole un beso rápido en los labios—. ¿Y sabes cómo harás que yo te adore más de lo que ya lo hago?
— ¿Cómo? —rió la rubia rodeando la cintura de su novia con los brazos.
—Llevándome a almorzar. Muero de hambre, Quinn.
Las risas aparecieron entre ellas antes de fundirse en un nuevo beso. Después de lo que pareció una eternidad, aunque solo hayan sido unos minutos, Quinn se despidió de Adam anunciándole que saldría a almorzar con Rachel. La invitación se extendió a Camille pero la adolescente prefirió quedarse en el gimnasio con Spencer. Una ducha rápida de diez minutos y luego ella y Rachel abandonaban su lugar de trabajo tomadas de la mano y hablando de cómo habían estado los ensayos de la morena.
—Después de Acción de Gracias empezaremos con las grabaciones —comentó Rachel con ese brillo en los ojos que Quinn asociaba con el entusiasmo—. Estoy un poco nerviosa pero sé que lo haré bien. Es un personaje que me gusta muchísimo y que creo que puede dar mucho juego.
—No me cabe la menor duda que lo harás genial —aseguró Quinn mirando a ambos lados de la calle antes de cruzar—. Hemos ensayado miles de veces las escenas, te has preparado para este personaje y sabes cómo darle vida y personalidad. Sabemos que las películas independientes no tienen mucho reconocimiento pero si por esas casualidades de la vida llegan a nominar esta película a algún premio, tú sin duda te lo ganarías. El talento que tienes es asombroso, Rachel.
—Lo dices porque me quieres.
—Lo digo porque te amo —afirmó. Rachel le sonrió complacida—. Pero también lo digo porque… ahora podemos cruzar. Está en rojo el semáforo. Lo digo porque es una realidad, Rach. Cualquiera que te vea actuar estará de acuerdo conmigo —terminaron de cruzar la calle y para acompañar sus palabras, Quinn dejó un suave y prolongado beso en la boca de su novia—. ¿Crees que deberíamos comprarle algo al hijo de Brittany y Santana?
—Definitivamente —respondió Rachel con los ojos cerrados y una sonrisa de oreja a oreja.
— ¿Crees que hicimos bien en comprarle una jirafa de peluche en lugar de ropa? —preguntó antes de darle un bocado a su hamburguesa.
Después de casi una hora paseando entre tiendas buscando el regalo perfecto para el hijo de Santana y Brittany, ella y Rachel habían acordado ir a lo seguro: un peluche. Obviamente esa no era su primera elección, le habría gustado elegir ropa o alguna otra cosa pero Rachel había señalado, con bastante acierto, que no conocía para nada al niño.
—Lo siento, Quinn, pero no sabes cuantos años tiene, si es alto para su edad, un poco más bajo, si tiene la edad suficiente como para tener una prenda de ropa favorita, un color favorito. No sabes nada de él. —había dicho Rachel en un tono de disculpa.
A Quinn no le quedó otra opción que darle la razón a su novia. No sin antes jugar su última carta:
—Sé su nombre —dijo levantando el mentón.
—Sabes su nombre —acordó Rachel con una sonrisa tierna. Quinn se inclinó al toque que la morena dejó en su mejilla—. Tienes razón, sabes algo. Pero por las dudas…
—Vamos a lo seguro. Ok, ya entendí, Berry. Nada de juguetes o ropa.
—Quizás para la próxima, Fabray. Piensa que ésta será la primera vez de muchas que veras al niño.
Quinn no había pensando en esa posibilidad hasta que Rachel la mencionó. La morena tenía razón: si todo salía bien, ella vería al hijo de sus amigas muchísimas veces. Si todo salía bien, tendría infinidades de oportunidades de regalarle al niño todo lo que quisiera. Ropas, juguetes, un espacio en su corazón.
Después de comprar la jirafa de peluche, y de mantenerla a resguardo en la bolsa de la compra para que no sufriera ningún percance, ella y la morena se encaminaron al Spotlight para almorzar. Luego de la charla en el Café 71, habían acordado silenciosamente pasar el máximo tiempo posible en el lugar. La hora del almuerzo era una rutina que se había establecido y que pensaban mantener. Las madrugadas en las que Rachel trabajaba en el lugar eran las que habían cambiado. La morena había intercambiado algunos días con Kurt para tomar el turno de la tarde y que su amigo tomara el de ella.
Quinn se sentía un poco culpable porque aún no había hablado con Camille acerca de la oferta que la morena le había hecho. No porque no quisiera hacerlo, sino porque le costaba bastante sacar el tema de Dani a relucir sin sentir que estaba abriéndole una vieja herida a su hermana menor. Sabía perfectamente que mucho tiempo más no podía estirar todo ese asunto porque se notaba bastante que el cansancio se estaba haciendo un espacio bastante grande en Rachel, así que pensó que quizás debería hablar con Camille cuanto antes y como surgiera la conversación. Quizás era una de esas charlas que no necesitan preparación alguna. Quizás solamente debía soltar la bomba y ya.
— ¿Crees que Cam ya superó a tu amiga? —preguntó en mitad del almuerzo. Rachel la miró un rato largo antes de sonreír de medio lado—. Ya sé, puedo llamarla Dani… pero no quiero llamarla así. Lastimó a mi hermana.
—Cualquiera que te viera o te escuchara, pensaría que en realidad te lastimo a ti y por eso le guardas tanto rencor —se rió Rachel provocando una mueca en su novia—. Eres tan linda cuando te enojas.
—No has respondido a mi pregunta —murmuró sabiendo que su novia había visto el sonrojo que sus palabras le provocaron.
—Extremadamente linda —provocó la morena inclinándose hacia adelante para dejarle un beso en la mejilla a la rubia. Volvió a su sitio y agregó—: Pienso que Dani fue importante para Camille pero que su tiempo ya pasó. Además, Cam no tiene pinta de ser esas personas que se quedan atadas a alguien de su pasado. De cualquier forma, deberías hablar con ella para saber lo que realmente le pasa.
—El problema es que no sé cómo… hablar con ella.
—Es tu hermana menor, Quinn. O ha aprendido a serlo, así como tú has aprendido a conocerla. Encontraras la forma de hablar con ella. Siempre lo haces.
—Siempre lo hago —repitió la rubia repentinamente convencida de las palabras de su novia. Sintiendo que las últimas palabras de Rachel daban pie a otra conversación, que hasta el momento había quedado apartada, agregó—: ¿También encontrare la forma de que pasemos Acción de Gracias juntas en Lima, sin dejar de lado a tu familia ni la mía?
—Esa cuestión estuvo carcomiéndome a mi también todos estos días —señaló Rachel antes de sonreír sospechosamente—. Pero creo que he encontrado la solución a eso.
—Dijiste que era muy pronto para una cena con las dos familias juntas.
—Jamás dije que la solución se tratara de nuestras familias —replicó la morena sin dejar de lado la sonrisa, esta vez, misteriosa—. Será algo entre tú y yo.
No sabía si sentir miedo o no de lo que fuera que su novia había ideado. Solo por si acaso, también apelaría a lo seguro: confiar en Rachel. Dejaría todo ese asunto de Acción de Gracias en manos de la morena y ella se concentraría en otras cosas. Por ejemplo, la charla con Camille y controlar sus nervios antes de la cena en la casa de Santana.
—Me tranquiliza saber que vendrás conmigo —murmuró bajando la mirada. Rachel no necesitó preguntar de qué hablaba porque, como siempre, la entendía a bases de miradas—. Como dije, no puedo hacer esto sin ti.
—Puedes hacer miles de cosas sin mí —señaló Rachel entrelazando sus manos—. Como así yo también puedo hacer miles de cosas sin ti. Solo que elijo no querer hacerlas. Me gusta cuando hacemos cosas juntas. Conocer al hijo de tus amigas, por ejemplo. Conocer a mis padres, que yo conozca a tu madre, a Frank, a Frannie; compartir Acción de Gracias…
—Miedo me da lo que sea que hayas planeado para ese día —confesó sintiéndose complacida y alegre por las palabras de Rachel.
—Tú tranquila. Confía en mí.
—Siempre.
Y ese siempre sonó como un «Te quiero» camuflado. El brillo de emoción y felicidad en los ojos de Rachel, le hicieron notar que la morena había entendido el mensaje oculto.
—Siempre —repitió.
Y esta vez, sonó a promesa.
