Tres meses habían pasado desde que Voldemort cayó, Narcisa había pasado tres semanas en San Mungo, en las cuales ni Fred ni George se habían separado de ella.
Había visto como la miraban los demás, y después de pensar que todo estaba acabado había empezado a darle igual lo que otros opinaran.
Ellos querían estar con ella, y ella, ella no podía ser más feliz con ellos.
Cuando Draco y Harry se marcharon Narcisa se encontró en su propio dilema, pero los chicos lo resolvieron pronto. Su recuperación solo debía ser supervisada, pociones y tiempo era la única cura.
—Creo que a todos nos vendría bien retirarnos una temporada de esta ciudad—dijo Fred.
—Nos merecemos unas vacaciones—dijo George.
—Unas vacaciones largas y lejos de casa.
—En una casa donde no haya nadie más.
—Solo para los tres.
—No queremos que nadie nos oiga y crea que te estamos cruciando, hermano.
—¿Qué quieres decir?
—Gimes muy alto.
—No, tú gimes muy alto.
Narcisa no podía evitar cuando ambos hermanos entraban en aquellos absurdos diálogos en los que ya no sabía quien decía qué.
Hacía solo unos meses que habían cumplido los 20, les doblaba con creces la edad, y aunque entendía que en parte aún no habían madurado completamente le habían demostrado que los tres eran compatibles, que lo que sentían era real, y que mientras los tres quisieran estar juntos, nada los iba a separar.
Fue por eso que juntos se trasladaron cerca de Draco, Harry y el pequeño Lynx.
Para Narcisa, Draco había sido el bebé más hermoso del mundo, pero su nieto rivalizaba seriamente con él.
El pequeño Lynx comenzaba a tener una pelusilla rubia y unos preciosos ojos verdes, ver a Draco como padre, atento y cuidadoso le llenó de alegría.
Había sufrido tanto por él, Lucius le llevó a los brazos de Voldemort, y ella a los de Harry. Realmente ninguno de los dos lo había hecho bien. Pero al menos, con Harry había encontrado la felicidad.
Su hijo ya no parecía roto, su sonrisa era mucho más luminosa que cualquiera que recordara hacía mucho tiempo.
Su niño, porque siempre lo sería, era feliz, y no había más felicidad para una madre que ver a sus hijos felices.
Ella lo entendía, sinceramente lo entendía, pero ahora tenía a Molly Weasley sentada en el salón de la casa que habían rentado con toda su familia como huéspedes.
Los chicos se habían instalado un laboratorio en el sótano en el que seguían desarrollando sus artículos de broma.
Los mayores se habían ido a conocer la zona, Narcisa no era tonta, aquello había sido una encerrona para dejar a las dos mujeres solas.
—Bonita casa—elogió la pelirroja, Narcisa quería ser educada, entendía que a Molly le costara aceptarla como la pareja de sus hijos, al menos intentaría llevar una relación cordial.
—Gracias, este lugar es muy agradable.
—Sí, lo es.
¿De qué hablan dos mujeres que no tienen nada en común?
—¿Qué tal está tu marido?—preguntó Molly, bueno, quizás era mejor ser sincera que cordial.
—Enredado con un hombre lobo—dijo ella después de darle un sorbo a su té.
—Vamos a dejarnos de tonterías, ¿no son muy jóvenes para ti?—le inquirió.
—Sí.
—¿Esto va a durar mucho?
—Espero que sí.
Si esperaba respuestas que ni ella tenía, iba apañada.
Molly se atusó la falda.
—Yo sé que mis niños son especiales—dijo su supuesta suegra—. No todo el mundo les entiende, ni siquiera yo la mitad de los días, pero les quiero con todo mi corazón. Te han elegido a ti, aún eres bonita, está claro, y rica.
—Molly...
—Yo solo quiero lo mejor para ellos, cualquier madre lo querría, ¿cierto?
—Cierto.
—Si ellos te han elegido a ti, y tú pareces quererlos debería bastar.
—Eso creo.
—Si les haces daño a mis bebés sabes que te mataré, ¿verdad?—preguntó como si estuvieran hablando de recetas de cocina.
—Perfectamente, yo haría lo mismo.
—Está bien que nos entendamos.
Después de aquella conversación, ambas mujeres parecían más tranquilas.
Los gemelos se habían llevado al resto para propiciar la conversación, conocían a su madre. Era amorosa como ninguna, pero le había costado más que a su padre aceptar la relación que tenían con Narcisa.
Esperaba que cuando llegaran ninguna estuviera herida de gravedad.
El pueblo era tranquilo, demasiado tranquilo para ellos, pero si tenían que poner en una balanza el bullicio de la ciudad a Narcisa, su preciosa rubia iba a ganar, siempre.
Además ellos tenían que seguir creando sus productos, tenían menos conejillos de indias por la zona, pero siempre había niños dispuestos a experimentar.
En los tres meses que llevaban en el pueblo ya conocían prácticamente a todos, pero a parte de Harry y Draco, con quien mejor se llevaban era con Jamie y los suyos.
Los hombres lobos no brillaban por su sentido del humor, por eso los necesitaban, el problema era cuando acababan chamuscados y con un bicho peligroso sobre uno pidiéndole explicaciones.
Gajes del oficio.
Jamie era con quien más trataban, pero Tom y Ethan, sus segundos, eran tipos agradables, así que cuando los vieron en la tienda de alimentación fueron rápidamente a saludarlos.
—Buenas tardes—saludó Jamie a la familia Weasley, Ethan y Tom inclinaron sus cabezas en señal de saludo.
Esos dos no le dejaban ni a sol ni a sombra, se habían tomado el papel de betas realmente en serio. Y aunque les agradecía el gesto, estaba empezando a hartarse.
Las funciones de líder de una manada de hombres lobo era agotadora.
Algunos más se le habían sumado, y hacer que todos se llevaran bien, solucionar los problemas de abastecimiento, rencillas y apareamientos era agotadora. Realmente agotadora, por eso, aunque estaba cansado de llevar sombras reconocía que ambos le ayudaban a la hora de lidiar con los problemas.
No podía decir que no echara de menos a Remus, cada día notaba su ausencia. Habían pasado tres meses, y al principio, aunque sabía que era una tontería había tenido la esperanza de verlo aparecer.
No iba a ocurrir y lo supo cuando abandonó Londres, su corazón no había sanado, pero tendría que hacerlo en algún momento.
Liderar una manada le mantenía suficientemente ocupado como para que por las noches acabara agotado y no tuviera que pensar demasiado antes de caer dormido.
Solo conocía a los Weasley de las pocas horas que pasaron en San Mungo, sabía que el mayor había sido atacado por Greyback, pero que la infección no le había transformado.
Estuvieron hablando un rato y le invitó a conocer a los suyos, estar a mitad de camino entre ambas naturalezas no tenía que ser fácil.
—¿Puedo ir yo también?—le preguntó otro pelirrojo, creía que le había dicho que se llamaba Charlie, lo cierto es que todos se parecían muchísimo.
Pero aunque todos se veían agradables, este tenía algo que no le gustaba. No sabía qué era, pero no solía equivocarse cuando su lobo rechazaba a alguien de primeras.
—No es lugar para alguien que no tenga sangre lupina—quiso ser educado, Fred y George quizás fueran la única excepción, pero a esos dos les faltaba un tornillo.
—Creo que podré adaptarme, soy cuidador de dragrones—dijo en un tono demasiado petulante, no, ese Weasley no iba a caerle bien.
—Somos lobos, no dragones.—Le estaban dando demasiadas ganas de mostrarle a ese Charlie cómo se las gastaban los lobos.
—Creo que tengo buena mano con las fieras.—La sonrisa de lado le molestó inmensamente—Si quieres puedo demostrártelo a solas.
Bill se había ido hacía un rato, Tom y Ethan estaban hablando con el resto, porque si hubieran oído aquella insinuación, quizás ese "cuidador" ya no tuviera cabeza.
—No sé si te falta un tornillo como a Fred y a George, pero ni ellos serían tan imprudentes como para decirle algo así al líder de una manada, y aún pensar que estarás seguro.
—¿No te gustaría comprobarlo?—Desde Remus no había tenido ninguna relación sexual, y el tipejo ese se le estaba insinuando del modo más estúpido posible.
—¿Esto te suele dar resultado?—preguntó con cara de poco amigos.
—El 99,9% de las veces.
Jamie no se dignó ni a contestar, se unió a sus lobos y se despidió del resto de los Weasley.
—Esta noche tengo una cita—le dijo Charlie a Bill cuando vio a los lobos irse.
—A veces me pregunto cómo es que aún sigues vivo—cabeceó su hermano—Sabes que es el ex de Remus, ¿verdad?
—Tú lo has dicho, ex—sonrió ufano.
Cuando Fred y George volvieron a casa, no había sangre en la alfombra ni signos de lucha.
Las dos mujeres estaban en la cocina mientras su madre preparaba la comida y trataba de enseñarle una receta a Narcisa, esta tenía una copa de vino en la mano y miraba el contenido de la olla con un claro interés fingido.
—Es importante que la zanahoria no se queme—decía Molly, los chicos se acercaron a la rubia para besarla y notaron como su madre se mostraba molesta.
—Eso huele estupendamente, mamá—dijo Fred intentando aplacarla un poco.
Después de dos horas en la cocina, Narcisa bajó al laboratorio.
—Esta me la vais a pagar—anunció la rubia.
Ellos llevaban sus batas y protectores y sonrieron al verla.
—Si vuelvo a oír hablar de zanahorias, cebollas y como despellejar conejos puede que me lleven a Azkaban.
—Asumiremos el castigo—dijo George quitándose las protecciones del rostro.
—¿Has pensado alguno ya?—Fred se quitó la bata llena de extraños fluidos oscuros—. Porque yo tengo un par de ideas.
Narcisa tuvo que reírse, esos dos siempre acababan haciéndola reír.
—Cuero, creo que deberías usar cuero—apuntó George que ya estaba acariciándola.
—¿Qué sentido tiene castigaros con algo que acabareis disfrutando?—dijo ella, su vestido cayó tras un par de movimientos de las manos expertas de George.
—Bueno, hay castigos que pueden ayudar a hacernos entender las cosas—dijo Fred colocándose de rodillas entre las piernas de Narcisa, mientras lentamente iba bajándole la ropa interior.
—Creo que deberías castigarnos más a menudo.—Su sujetador cayó también mientras detrás de ella se colocaba George.
—Creo que es hora de dejar de hablar—dijo Narcisa, ambos sonrieron, sí, era momento de usar sus bocas para algo más.
o0o0o0o
Vamos a despedirnos un poquito más de los personajes.
No os engañéis, nunca hay demasiados Weasley en una historia, jajajajaja.
Hasta el próximo capítulo.
Shimi.
