Disclaimer: Ni Glee ni sus personajes me pertenecen


Cap. XXXV: "Mejor que la magia"

El pasto alto y verde, suave y primaveral entre sus dedos. Ya no estaba. El cemento, duro y gris, habitual y opaco en el piso y en las paredes, lo reemplazaba de la peor manera.

El sol cálido y el sonido del río a lo lejos, con aquel choque pacífico del agua contra las piedras y los rayos alumbrar contra el cristalino líquido. Tampoco estaban. El sol ya no salía para ella sola y debía compartirlo, aturdida bajo los ruidos de bocinas, la gente gritando al cruzar la calle y la locura que una ciudad grande implica.

El aire templado a esa hora pero fresco por la noche, el culpable de llevar una frazada al sillón del pórtico y abrazar así a Rachel. Más que culpable el cómplice, el partidario exitoso de aquel comienzo. Quinn se pasó una mano por el costado de su cabeza, abriendo los dedos en aquella corta melena y suspiró: estaba empezando a extrañar sus cosas.

Podía disfrutar de cargar a su hijo y mecerlo contra su pecho, más que bañar y refrescar a Fiona con aquellas burbujas que al animal le gustaba ver, porque relinchaba hacia ellas y hasta parecía sonreír.

Y no podía cambiar la pasión con la que envolvía a Rachel cada noche en la cama; no por la soledad que en nada la encendía en aquel cómodo colchón de su casa. Si volteaba hacia un lado, un par de brazos atrapaban su cadera y una boca dormía contra su espalda. Y si elegía el otro, eran sus labios los que aprisionaban el hombro desnudo de su novia.

La autoridad que tenía sobre el cuidado de su hijo, no podía competir contra la que desaparecía si de intercambiar a su familia por su comodidad se trataba. A pesar de la simpleza que requería, no podía volver a su lugar de regocijo, a dónde quería ir cuando los nervios la dominaban y necesitaba más tiempo para ella sola.

Como en ese instante, cuando Kristen, su compañera de trabajo, estaba insistiéndole en que la acompañara a recorrer la ciudad y tomar algo cual reunión, en una cómoda cafetería o en un lujoso bar.

Quinn la miró por sobre su hombro, antes de fotografiar a un niño a metros frente a ella y que preparaba desde hacía una hora distintos gestos y poses, para la imagen final de la tarjeta de su cumpleaños:

— Aún no he hecho amigos aquí — siguió la chica a su lado, mientras movía sus brazos e indicándole al pequeño qué otras poses podía realizar — la gente de California no es como la de New York. Aún estamos pensando con Roger si establecernos fijamente o volver. Pero él quiere comenzar las etapas de una pareja aquí —

— California es linda — murmuró al tomar otra fotografía. Kristen se detuvo y la miró enseguida, irónicamente sorprendida y acostumbrada a que su compañera entablara conversación. Acostumbrada a que no fueran más allá de dos o tres palabras y en respuesta

— ¿A ti te parece un buen lugar para que Anthony crezca? — la sonrisa de la rubia fue inmediata. Asintió, retirando la cámara del tripié y observando su trabajo — leí que los niños prematuros necesitan calma ¿una ciudad más pequeña, quizá? —

— Rachel es el lugar que Tony necesita para estar tranquilo… Están listas para que las reveles — añadió entregándole la máquina segundos después

— De acuerdo… ¿pero tomaremos algo esta noche, cierto? —

Quinn la observó, aquella chica era parecida a Rachel ¿por qué debían ser tan insistentes? Bufó, negando ligeramente y retrocedió unos pasos.

— Me gusta quedarme en casa y pasar la tarde con mi hijo — de repente algo subió por su garganta. Tan fuerte, tan rápido y tan pesado que le dolió volver a tragarlo. Posiblemente lo mismo que infla con notoriedad un pecho orgulloso. Eso era Tony para ella. Mi hijo, se repitió mentalmente. Era el segundo eslabón de aquella familia. El segundo luego de su novia — todavía no terminan sus controles y debo cuidarlo —

— De acuerdo — susurró Kristen poco convencida — será para otro momento, entonces. Voy por mi parte — agregó encogiéndose de hombros y señalando la cámara

Quinn la vió pasar tras ella y una especie de tranquilidad la invadió; la misma que la ocupaba cuando la señora Trevor daba por finalizada sus sesiones de terapia. Sentirse arrinconada porque se sabía arrinconada, era después del amor a su novia, con altas posibilidades el sentimiento que la consumía a diario.

Era fácil sentirse de esa manera con su sicóloga. A Caroline podía inventarle alguna excusa y entender que no las creía y lo mismo pasaba con Rachel; ambas mujeres solo aparentaban credibilidad y le daban el espacio y tiempo a que se sincerara. Hablar bajo esa misma identificación con alguien más lejano a su círculo, requería un poco más de táctica que ni siquiera podría perfeccionar. Y, por ende, un trabajo más arduo.

Por eso prefería ser aún más auténtica y evitar que otras personas se colaran a su cotidianidad, rutina o futura vida establecida que de a poco comenzaba a andar. No le parecía divertido salir por un café con su compañera de trabajo porque, pasar horas y horas observando a Tony acostado en la alfombra y moviendo sus pies o solo durmiendo, en su juicio, era la actividad que podría ocupar el resto de sus días y con ella la sonrisa en su rostro.

Le parecía increíble que así como dependió de Rachel desde que la conoció, desde que retrocedió una página en aquella revista y clavó sus ojos en ella, igual de categórica era la afinación con su hijo y presentía que no necesitaba nada más.

— Excepto otro — susurró. Excepto otro hijo. U otros — ¿qué? — le preguntó sonrojada al niño que la admiraba con su cabeza a un lado. El pequeño solo alzó los hombros

— ¿Ya terminamos? —

— Si. En la tienda te darán las revelaciones —

— ¿Tienes un hijo? — siguió él bajando de una alta silla y acercándose a ella

— Sí — le sonrió — un niño, como tú —

— Apuesto a que no — alardeó él, jugueteando con las tiras de su pantalón y con un gesto soberbiamente gracioso — mi mamá dice que no somos iguales a nadie. Que soy único así como ella y todas las demás personas. Aunque algunos tenemos almas gemelas y viviremos con ella el resto de nuestra eternidad. Pero creo que ese es otro asunto — Quinn juntó sus cejas, sorprendida y rió ligeramente

— ¿Cuántos años tienes? —

— Ocho —

— ¿Y por qué hablas de esos temas? ¿Qué sabes de almas gemelas? — ella apenas estaba conociendo el concepto, con notoria edad por lo que le parecía extraño la seguridad en las palabras del niño. Él rodó los ojos con simpatía

— ¿Y cuántos años tienes tú? ¿Ya encontraste tu alma gemela? Kate es la mía…la niña linda de mi salón — suspiró cuando Quinn preguntó de quién se trataba — voy a casarme con ella y seré el mejor doctor para regalarle flores todos los días. Por eso debes elegir la mejor fotografía, así recibe la invitación y no podrá decirme que no —

— Está bien — susurró ella con un gesto de confusión — ¿al menos ya sabes lavar tus calcetines? ¿O cepillarte los dientes? —

— No necesito hacer nada de eso para ser el novio de Kate. Mira, cuando encuentras una persona y te gusta, las virtudes no deben contar. Virtudes tiene todo el mundo. Debemos convertir los defectos en algo mejor. Yo por ejemplo, aún no aprendí a dividir con números de dos cifras….pero lo estoy intentando para Kate. Ella saca las mejores notas — terminó, sonrojado y pateando algo invisible del piso. Quinn bajó la vista hasta allí, hasta los zapatos brillantes del pequeño y no pudo evitar recordarse a sí misma, cuando, con Rachel ya instalada en el rancho, insistía en mejorar sesión tras sesión solo para gustarle un poco más cada día

— ¿Y ya le haz preguntado si quiere ser tu novia? —

— Claro que no, apenas tenemos ocho años. Solo la estoy cuidando para mí. Como papá hizo con mamá — le contó alzando los hombros, con descuido y antes de estirarse hasta ella. Quinn echó una mirada a su alrededor y se irguió hasta él, cuando la llamó con una seña y lo oyó susurrar luego — él le tomaba fotografías a modelos, ella era modelo y tenía novio. Papá hacía que luciera increíble en las tomas y retocaba lo necesario para resaltar su belleza, entonces enfadaba a su novio y así volvía a estar soltera. Y bueno, diez años después llegué para su felicidad —

— Eres un niño raro — musitó segundos después, al erguirse nuevamente y él sacudió sus brazos en una reverencia — pero no tanto —

— ¡Louis! — escuchó en un dulce grito y luego una mujer se asomó con sobre en mano — ya está todo listo. Vamos a casa, cariño — Quinn la detalló con rapidez. El pequeño tenía razón, era una mujer digna de catálogos de ropa o lo que fuese que modelara y entendía entonces el truco de su actual esposo para guardarla para él. Quizá menos, igual o más de imprudente que su recuerdo de Rachel Berry en una fotografía de su armario. Sin embargo ambos resultados eran compatibles: la culminación en una familia que uno de los dos soñó primero. Rachel la soñó después. Después de conocerla y después de enamorarse. Pero compartían el sueño ahora. Era como imaginar dos atletas saliendo desde el mismo punto de partida. Quizá uno hacía trampa y corría por un atajo. Pero se coronarían al atravesar al punto de llegada, no al haberse rendido a mitad de camino

— Claro. Hasta luego… —

— Quinn — le informó ella estirando su brazo. Él estrechó las manos y la saludó con una infantil y amplia sonrisa

— Quinn ¡Hasta luego, Quinn! — se despidió al soltarse finalmente y correr hacia su madre. Cuando la mujer le sonrió apenada, avergonzada de que él estuviese interrumpiendo su trabajo, Quinn solo sacudió su mano en un saludo también, totalmente despreocupada

Se había quedado tan hipnótica, tan perdida en sus pensamientos y tratando de entender la anécdota vivida tan solo un minuto atrás, que no se inmutó cuando un par de brazos la rodearon por la espalda y un calor corporal se unió al de ella.

Solo el leve murmullo en orden a que no dijera nada y se mantuviera en silencio, solo ese Shhh antes de una suave mordida en su hombro, la correspondieron a obedecer y, en efecto, solo sonreír mientras un agradable aroma llegaba a sus fosas nasales. El mismo que olía por la mañana junto a su almohada; o por las tardes, en el cuello de su novia y antes de subir hasta atacar su boca.

— No se puede coquetear con los clientes, señorita Fabray ¿Blaine no se lo informó? — fue un reclamo tan divertido, de esos obvios que hasta la sonrisa se oye entre las palabras y puede continuar, pero sin generar molestias.

Quiso voltear y verla pero Rachel no se lo permitió. Derrotada, se entretuvo al dejar sus manos sobre las morenas, en su abdomen, y jugar cariñosamente en los nudillos.

— Podría tomarte una fotografía ahora mismo y romper esa regla —

— ¿Quieres que modele para ti? — ronroneó la sicóloga, tironeando de su camiseta con los dientes y ella rió. Parecía un pequeño cachorro, intentando arrancar su frazada de algún lado y llevarla a dónde pertenecía — eso suena indecente —

— No digas tonterías — le reclamó avergonzada — podríamos traer a Tony y los tomaría a ambos, en la casa de los osos de felpas. O junto al cartel de los dibujos que mira y… ¿dónde está él? — se soltó a pesar de disfrutar el momento y volteó a verla — Rachel —

— Tranquila, está en sus controles. Tina dijo que no era necesario que me quedara y vine a dejarte un café —

— ¿Y dónde está el café? — inquirió aliviada y buscándolo con la mirada

— Lo dejé en la tienda, si no vamos se enfriará…—

— Esto está delicioso, Rachel — se coló Kurt bebiendo de aquel vaso marrón y que tenía el nombre de la rubia. La morena rodó los ojos, tras verlo dar otro sorbo al acercarse y Quinn solo apretó los labios, evitando reír — necesitaba uno —

— No era par ti, Kurt —

— Lo sé pero no pude evitarlo —

— No importa — le dijo su novia abrazándose a su cintura — te daré el mío —

— Tenías razón, esto de verdad está delicioso — se sumó Kristen caminando a ellos. Señaló al muchacho y luego al vaso, antes de continuar bebiéndolo — ¡Rachel! — Exclamó abrazándola en un afectuoso saludo — no te ví llegar ¿cómo estás? —

Ella debió apretar ligeramente la chaqueta de su novia, enviándole un claro mensaje de que aquel arrebato de las bebidas cambiara su cara de molestia.

Rachel pareció entenderla, porque fingió la mejor de sus sonrisas y continuó la conversación, como solía hacerlo con la chica cada vez que iba:

— Muy bien, vine a traerle…a ver a Quinn unos minutos. Aún no me acostumbro a estar sola en casa por las mañanas —

— ¿De qué hablas? — cuestionó Kurt contrariado — ¡a ti te encanta estar solas por las mañanas! Decías que no había nada más relajante que pasear por el departamento en pijama o desnuda y nadie te molestaría —

— Eso era antes — musitó la morena entre dientes. Ella la miró y no pudo evitar balancearse apenas, inconsciente del deseo que sus labios le provocaban cada vez que hablaba de aquella manera. Aplastó apenas los suyos, evitando acercarse más y trató de acorralar esas ganas para liberarlas en otro momento — además llevé a Tony a la clínica. Si no estaría con él en casa —

— Oh, sí, Quinn me dijo algo de eso — intervino Kristen — el pequeño aún tienen muchos controles ¿cierto? —

— Los necesarios. Está creciendo a su tiempo pero saludable, agradezco mucho tener una amiga en la que pueda confiarlo y dejarlo sin precauciones —

— Pues sí, es mucha suerte pero entendible que no quieran despegar su atención de él. Deben ser como un monitor que lo sigue a todos lados y eso es bueno — Quinn apretó los ojos, cuando su compañera comenzó su verborragia y lo siguiente era claro, delataría frente a Rachel su negatividad por aquella reunión de amigas que tanto insistía

— Bueno, no mucho — rió la morena — debemos darle espacio y brindarle tranquilidad. Puede jugar un poco pero en silencio y dormir más. Duerme mucho más — agregó con diversión y entrelazando sus manos. Ella percibió un agradable calor, contenedor y armonioso que cambió cuando Kristen volvió a hablar

— ¿De verdad? Oh, Quinn ¡imagine que era algo más estricto! — la rubia tragó saliva: esa chica era la combinación justa de la insistencia de Rachel y la soltura de Santana ¿por qué no podía simplemente mantener su boca cerrada? — he estado invitando a tu novia por un café pero se niega por Tony. Lo entiendo — aclaró ante el desconcierto de la sicóloga — Roger me ha advertido que con nuestros niños apenas saldrá de casa porque retomará sus juegos infantiles con ellos. Pero no hay razón para que me digas otra vez que no —

— No es eso — masculló ella, con sus labios titubeantes y la mano de Rachel alejándose — en verdad me gusta estar con él cuando me necesita —

De repente se hizo un silencio. Por su voz nerviosa, cargada de ruego porque ya no la miraran de esa forma y que el carraspeo de Kurt rompió segundos después.

La morena volvió a su lado, atrapando sus dedos y le acarició con complicidad el dorso. Otra cosa increíble que solo ella lograba: calmarla con solo un roce de pulgar.

— De acuerdo, Kristen — chistó él — tenemos mucho trabajo. Vamos, muévete, muévete —

En aquellos segundos en que su jefe y su compañera desaparecieron, fueron suficientes para que los latidos de Quinn volvieran a normalizarse.

Cuando su novia se detuvo frente a ella y le tomó el rostro entre sus manos, obligándola a verla, se sintió de esas piezas musicales lentas, románticas en donde solo si se detiene y hace una pausa, reiniciar puede ser más lento. Más romántico.

— ¿En verdad le has dicho que no por Tony? — Quinn asomó la punta de la lengua, humedeciendo el desierto de su labio y lo mordió ligeramente. Rachel dibujó media sonrisa. La conocía tan detalladamente que lo que fuese que respondiera, podría notar si estaba mintiéndole o no — escucha, mi amor…entiendo que será muy difícil para ti adaptarte a otras personas, pero debes intentarlo. Algunas te agradarán y los alistarás como amigos. Las que no, simplemente las haces a un lado y conservas las que te hacen sentir bien ¿comprendes? —

— ¿Para qué saldría a tomar un café con ella? — susurró — ¿de qué podría hablarle? La mataría de aburrimiento — la sonrisa de su novia terminó por completarse. Amplia, segura y cariñosa como si estuviese hablándole a su hijo y no a ella

— La primera vez que salí con Tina por un helado, solo nos sentamos en el banco de una plaza y mientras lo comíamos soltábamos dos o tres palabras. La primera vez de algo siempre es aterrador — le aseguró pasándole el pulgar sobre su boca — pero si no bajas la guardia, mi amor, nunca terminarás esta guerra. Y tú combates contra ti misma. Tienes el poder sobre ti, de decidir acabarla así como la comenzaste. Y ahora me reclutaste y a Tony — jugueteó alzando con diversión sus hombros — así que un ejército de tres, le gana a uno solo — terminó al arrugar su nariz y Quinn atrapó su pequeño cuerpo enseguida.

Se refugió en ella, como un combatiente caído al rendirse y pidiendo clemencia. Y la mano de su novia en su espalda fue justo eso, la posibilidad de subordinación manteniendo la dignidad.

Era un paso más cerca a terminar la guerra.

— Supongo que puedo invitarla a un helado, entonces — le dijo al separarse. Rachel se aclaró la garganta y por un fugaz segundo sintió una punzada en el pecho, de esas que Tina suele asegurarle que siente cuando una chica coquetea con Mike, su prometido. Sin embargo asintió sin espera y, tras alzarse sobre sus talones y juntar sus bocas, aquel dolor punzante desapareció

— Voy por Tony. Te estaremos esperando en casa….te amo — agregó antes de separase y alejarse al fin.

Quinn la vió caminar a la salida. La espalda de su chaqueta desapareció así como sus botas con aquel sensual sonido.

La sensación de saberse derretida frente a una figura imponente e irresistible como Rachel, la hizo sonreír con victoria. Como el hielo expuesto al sol, frágil ante su calor pero seguro de que no se perderá, porque recuperará su forma cuando el ciclo recomience.

Como las almas gemelas, recordó las palabras de Louis, el niño que había fotografiado minutos atrás. Como él mejorando sus calificaciones para la pequeña Kate. Como la persona indicada que manejará los sentimientos de alguien y entregará los suyos, para recibir el mismo trato.

No era tan difícil de entender, se reclamó. Y por eso aquel niño le había dado una rápida lección con tan solo ocho años.

La rubia rascó su cabeza y volvió a su lugar de trabajo. Después de todo, estaba a mitad de mañana y aún quedaban horas para volver a casa.

— Ah… ¿Kristen? — la llamó cuando la chica se coló a buscar unas pilas y una cámara más pequeña. Cuando la vió asentir, esperando porque continuara, infló su pecho con seguridad y soltó aire, antes de achicar más la brecha a la victoria — podríamos tomar un café por la tarde —


Los había visto a la hora del almuerzo y unos minutos por la siesta, cuando recostó a Tony sobre su cuna y lo admiró dormir un poco más. A Rachel la despidió con un beso en los labios y se mordía los suyos en ese instante, como una adolescente caminando en su primera experiencia y desesperada por ver a su pareja.

Apresuró los pasos, no le importaba admitirlo. Más de dos horas fuera de casa, compartiendo un café con Kristen, había sido razón suficiente para extrañarlos y querer volver cuánto antes.

Tras empujar la puerta y oyendo el ascensor tras ella, la imagen que esperaba encontrar había sido completamente volteada. Invertida, en algo que no quería y que la hizo caminar aún más rápido hacia el living, donde Tony se divertía acostado sobre la alfombra porque alguien le generaba diversión con suaves cosquillas. Y no se trataba de Rachel.

— Le hará daño si continúa riendo — informó con seriedad. Se arrodilló frente a su hijo y lo arrebató de aquellas manos, antes de protegerlo contra su pecho — ¿qué haces aquí? —

— Yo lo invité — oyó por fin a su novia, que aparecía desde la habitación y sin preocupación — bueno, a los dos. Judy está en el baño —

Quinn se puso de pie, balanceándose apenas para calmar a Tony y sin alejar la mirada de su padre. Russel sacudió ligeramente un sonajero y, ante su silencio, se irguió también y sacudió su ropa:

— ¿Por qué? — susurró. Rachel rodeó el sillón y se detuvo en medio de ambos. A metros y de perfil, pero en medio de los dos

— Porque es tu padre y no conocía a su nieto —

— Porque nunca ha venido —

— Tal vez porque nunca lo invitamos — la contrarió con calma — los llamé hace unos días pero evité decírtelo, sabría que esto no ocurría si conocías lo que estaba haciendo —

— ¿Para eso querías verme fuera de casa unas horas? ¿Mientras él llegaba? — le reclamó girando a verla

— Claro que no, no digas tonterías. Si hubieses estado presente, hubieran entrado también. Esto ya no solo se trata de nosotras, Quinn. Dijiste que querías ver crecer a Tony con sus cuatro abuelos —

— ¿Y dónde estás los otros dos? — protestó alzando la voz

— Ya llegará su turno — respondió Rachel con sus ojos fijos en ella y la seguridad en su tono — mientras tanto, creo que deberías saber que tu hijo estaba divirtiéndose con tu padre —

— No me importa —

— Sí te importa — la contradijo su novia — porque se trata de tu hijo y de tu padre. Y además, tu madre no está aquí para escucharte hablar de esa forma ¿cierto, Judy? — agregó desviando la atención hacia la mujer, que se acercaba con su habitual calma hacia la rubia

— Cierto, Rachel…Buenas tardes, cariño — Quinn le dió una última mirada a la morena y decidió dejar su protesta para después.

Le regaló su atención a la mujer y una sonrisa sincera salió disparada en dirección a ella.

— Hola, mamá. Me alegro mucho de verte ¿cómo estás? —

— Muy bien, hija y sé que tú también — le dijo al apretarla en un ligero abrazo — solo vine a decirte que el pequeño de Fiona está acabando con el pasto del rancho y roba la avena de los establos —

Como por la mañana, algo subió por su garganta e infló su pecho. No se trataba de lo mismo. No parecía orgullo. Era melancolía, tristeza frente al recuerdo de los años en su hogar y saberse en otro ahora.

Su madre le acarició la mejilla, comprendiéndola como cuando era pequeña y la emoción de saber más, de preguntarle con la mirada qué más hacían sus animales, se asomaron en humedad que cristalizaba sus ojos.

— Cuando el doctor nos dé permiso, pasaremos un tiempo con Tony en el rancho — la sorprendió Rachel. Aún de espalda a ella, la morena entendió su silencio y Quinn solo pudo girar a verla, agradeciéndole con una nueva sonrisa

— ¿Los has ido a ver? —

— Claro que sí — confirmó Judy — debo dejarles agua limpia algo lejos. Fiona es muy celosa y no me deja tocarlo. Debemos ponerle un nombre —

— Se llama Robin — informó la morena

— De acuerdo — siguió la mujer — Fiona no me deja tocar a Robin. Como una excelente madre, solo cuida a su hijo de lo que cree es peligroso —

— Tú no eres peligrosa — rió Quinn — y te conoce —

— Lo sé, el conocer a alguien te advierte de riesgos. En cambio con tu padre es más cariñosa. Relincha con felicidad cuando nos ve llegar pero solo hacia él —

La rubia suspiró, debería haber notado a dónde llevaría aquella charla y suponer la segunda lección de ese día. Pero prefirió ignorarla y, tras regresar sus ojos a Russel, la mirada de Rachel se estancó en ella con pesadez. Quizá advirtiéndole de que no, no la obviara.

— Tu novia nos llamó, eso es cierto — empezó él — y tu madre quería llegar cuánto antes. Pero puedo ver que no es ella la presencia que te incomoda —

— Me hubiese gustado llamarte a mi tiempo — murmuró — cuando estuviese lista de presentarte a mi hijo —

— Sí, quizá… ¿pero qué tal si ya no había tiempo? Tienes un hijo precioso — le soltó al señalarlo y Quinn pudo ver su rostro brillante, expuesto en una sonrisa verdadera que le removió algo en su interior — es muy parecido a ti. Tú tenías ese color de ojos cuando naciste. Luego se oscurecieron un poco cuando creciste pero siguen siendo verdes como los de un Fabray. Es un Fabray sin duda —

— Sí pero Fabray como su madre. No como los demás — advirtió con contundencia. Russel asintió lentamente, no esperaba otra reacción tras su visita pero si la razón por la que Rachel le había pedido viajar. Le dijo que era algo importante y le gustaría pedírselo reunidos, y no tras un teléfono

— A mi me gustaría que él fuese el padrino — todas las miradas se fueron hacia la morena. Lo suponía, había imaginado la reacción de todos y en particular la de su novia. Como la de ese momento, que fruncía sus cejas y con su boca entreabierta negaba apenas — sería un lindo lazo para mantener nuestras familias unidas —

— Rachel… —

— Ustedes se deben su tiempo — la cortó la sicóloga señalando a ambos — y una charla con más de un café de por medio. Pero mi hijo fue un deseo de sus madres y el deseo aún mayor de las dos, es que nuestros padres entiendan la realidad que vivimos y nos afecta a todos. Es como una segunda oportunidad — agregó, separándose del sillón y caminando a ellos — en la feria, cuando nos dimos el primer beso, vimos como un truco de magia arreglaba un cuerpo cortado en tres partes ¿lo recuerdas? —

Quinn rodó los ojos y exhaló agotada, pero firme en su decisión de seguir manteniendo a su madre solo junto a ella:

— ¿Lo recuerdas? — Insistió Rachel y ella asintió — bueno aquí no hay magia. O actuamos nosotros o nadie vendrá con una varita a cambiar las cosas. Quiero recuperar mi trabajo en un tiempo, ser el mejor ejemplo para mi hijo y tratar de tener una buena relación con sus abuelos. Si nada se cumple, de acuerdo, habré fallado….pero quiero intentarlo —

Como por la mañana, Rachel se sujetó a su cintura y con el otro brazo acarició la espalda de Tony, en su regazo y que dormía con total calma.

Quinn midió la distancia. Su madre cerca, su novia más cerca y su hijo pegado a ella. Russel alejado, esperando su permiso para ser parte del círculo o salir de el para siempre.

Lo irónico, era que él mismo podía responderse.

Quitar un conejo de la galera, recitar palabras extrañas y elegir una carta entre las miles de un mazo, son los obvios recursos de un mago para ilusionar a quién le pagó por los actos.

— ¿Entonces? — persistió la morena mirando al hombre — ¿le gustaría ser el padrino de Tony? —

Besar a la persona que amas, mantenerla el resto de tu vida y cuidar al resto que ocupan un lugar importante también, es un trabajo real y que requiere esfuerzo. Y no solo un poco de magia.