Hoy presentamos:

Capítulo 32: Un indicio del destino

La política es un acto de equilibrio entre la gente que quiere entrar y aquellos que no quieren salir.
Jacques Benigne Bossuet

Cabo Calavera, Isla de la Muerte, Protectorado de Costas del Cráneo, miércoles 18 de octubre de 2023. La sala de emergencias del Hospital de la Agujas hierve de incertidumbre y desesperación ante la marejada de civiles heridos que la Armada y el Ejército han traído de los alrededores del Castillo Rojo. La afluencia de pacientes es tal que muchos han debido ser desviados hacia otros hospitales para su atención. Las enfermeras y los médicos van de un lado a otro ante las llamadas de auxilio y los quejidos. Sin embargo, la mayoría de los que aquí se encuentran sólo sufren de problemas respiratorios leves a causa del gas, crisis nerviosas y unas cuantas contusiones. Algún medicamento para los síntomas y un consejo médico breve bastarán para paliar las dolencias de la mayoría de estos pacientes.

Sin embargo, aquellos civiles que sí resultaron heridos de gravedad durante los disturbios están siendo atendidos en los quirófanos y cuartos del hospital. En una de estas habitaciones, una mujer de piel de vainilla tostada y cabello turquesa yace sobre la cama. Sobre el mueble de aluminio de al lado reposa un vestido de diseñador deshecho. La batalla aérea redujo su ostentosa gloria a un montón de harapos rasgados, quemados y manchados de la sangre de la familia real egipcia. El cuerpo de la dueña del vestido está envuelto en vendajes nuevos en las zonas afectadas, pero se han dejado algunas de las vendas antiguas para protegerla del decaimiento místico.

Nefera DeNile ha salido relativamente bien librada de su salvaje intento de escapatoria. Tiene golpes y laceraciones en algunas partes del cuerpo y unas pocas quemaduras, y sólo un hueso roto. Su clavícula izquierda únicamente requirió un reacomodo y una fijación mecánica exterior para ayudarle a sanar, pero se necesitará de un reconocido cirujano plástico para borrarle la cicatriz de su mejilla. Aunque no fueron necesarios puntos de sutura para cerrarla, la herida sí tiene la profundidad suficiente como para dejar marca.

En un minuto, las finas cejas de la mujer se curvan levemente en el medio. Su cabeza se mueve y lentamente abre sus ojos violetas, que inmediatamente se atragantan con la blancura de la lámpara del techo y se vuelven a cerrar. Nefera intenta levantar su mano derecha para alcanzar su frente y escucha un tintineo metálico antes de poder seguirla moviendo. La chica le da un nuevo tirón al objeto que retiene su brazo y se oye de nuevo el característico sonido del metal. Ante lo evidente de la situación, un grito de horror va formándose en su garganta mientras intenta liberar su otra mano y sus pies. La desesperación de Nefera aumenta con cada estirón y cada campanilleo hasta hacerla regurgitar el miedo que se ha ido acumulando en su faringe.

— ¡No! — vocifera la mujer sacudiéndose en la cama. — ¡Suéltenme! ¡Soy de la Asamblea!

Los dos oficiales del Ejército que custodiaban la entrada a su habitación entran corriendo junto con una enfermera. Ella intenta explicarle a Nefera que deje de moverse o las dos mitades de su clavícula volverán a separarse. La egipcia hace caso omiso de las indicaciones de la enfermera hasta que su hueso roto le recuerda su mal estado. Una punzada de dolor contrae su rostro y la envía de nuevo a la cama como un peleador derrotado.

— Tiene que calmarse, señorita DeNile. — le explica la enfermera. — El cabestrillo que le pusimos para su fractura no soporta tantos esfuerzos.

— ¡Sólo quiero que me quite estas malditas esposas! — reclama ella.

— Me temo que no podemos hacer eso. — responde uno de los soldados. — Son órdenes directas del general.

— Soy miembro de la Asamblea General, — puntualiza Nefera tratando de disuadir al militar — e hija del secretario general. Suélteme ahora.

— ¿Segura que no recuerda lo que pasó hoy en el Castillo? — se adelanta el otro soldado. — ¿Lo que hizo?

La mujer se da cuenta de que el fingir amnesia o demencia no le servirá de nada. Se recarga en la cama y mira a los dos oficiales con un evidente gesto de amenaza política.

— Fuera de mi habitación ¡ahora! — ordena ella.

— Nos iremos, — puntualiza uno de los oficiales — pero no por sus órdenes.

Ambos salen del cuarto y se quedan a los costados de la puerta. La enfermera ve el gesto en el rostro de la muchacha y se acerca para acomodarle su almohada. Nefera le lanza una mirada furibunda y la mujer resuelve dejarla así.

Un segundo antes de salir de la recámara, la enfermera toma el control del televisor y lo enciende. El aparato transmite un corte informativo cuyo título hace que los ojos de Nefera se fundan de rabia:

Dan golpe de Estado contra Ramsés DeNile se lee en el borde inferior de la pantalla.

II

El Castillo Rojo y sus alrededores se han convertido en todo un festín para los reporteros. Las furgonetas de los distintos canales de televisión abarrotan las salidas de los andadores adyacentes a la ciudadela y algunas de ellas han tenido que ser reubicadas para facilitar las labores de evacuación de los últimos civiles. Honey y Venus, que decidieron volver luego de que el gas lacrimógeno se disipara, están fotografiando a una cuadrilla de zapadores que ha arribado con dos camiones materialistas para tratar de remover los polvorientos cadáveres de los Medjay. Los periodistas se arremolinan en la Puerta Roja del palacio frente a su respectivo camarógrafo, cada uno contándoles su versión de los hechos a los televidentes. Varios corresponsales han intentado entrevistar a los oficiales de la Marina y el Ejército presentes en el área, pero ninguno de ellos ha dado información alguna de lo sucedido.

Mientras tanto, el equipo de monstruos que se infiltró al Castillo para detener a Ramsés DeNile y rescatar al secretario humano espera en el puesto de comando de la Marina. El teniente 'Vorgheem ha reagrupado a una parte de sus hombres, dejando en las calles a sólo los suficientes para mantener la seguridad. Abbey, Spectra, Robecca y el resto del equipo aún tienen puestos los mismos trajes con los que llevaron a cabo el asalto. Sólo Mick se ha puesto de nuevo el uniforme de combate de la Armada, pues ha sido requerido por el alto mando en el interior del palacio. Micka y Rochelle trataron de ocultar la herida en su rostro con un poco de maquillaje, pero los adhesivos que se requirieron para cerrar la cortada aún son algo visibles. El capitán Thlan ordenó a sus guerreras permanecer dentro del perímetro de seguridad del edificio y seguir usando sus nombres clave hasta una nueva orden. "Me imagino que no querrán ver sus rostros en las noticias de mañana, o que los compinches de los DeNile comiencen a buscarlas esta misma noche ¿o sí?" les dice el oficial antes de retirarse.

— Buenas noches, querido público de Cabo Calavera. — dice una reportera felina frente a una cámara de televisión a las afueras de la fortaleza. — En este momento me encuentro justo frente a la Puerta Roja del Castillo, en donde esta tarde se suscitó un hecho sin precedentes: un equipo de asalto, presuntamente integrado por miembros del Ejército y la Marina, ingresó al Castillo y tomó presos al secretario general monstruo de la OTT Ramsés DeNile y al protector Seti DeNile. Cabe señalar que hace apenas unas cuantas horas fueron difundidos en la red y la televisión un par de videos en donde se puede apreciar al secretario DeNile y al protector conversando con quien, se sospecha, es Sergei Vasiliev, comandante de los Legionarios de la Luna Azul, a quien los Servicios de Inteligencia Naval ubican como responsable de los ataques a Necrópolis en los últimos días. En este momento estamos en espera de que la Armada nos permita ingresar al Castillo para la conferencia de prensa que el secretario humano, David Huntsman, convocó de emergencia para explicar los hechos de esta tarde. ¿Estaremos ante un golpe de Estado contra los DeNile? Esperemos que el secretario Huntsman pueda respondernos a ésta y otras preguntas.

Al filo de las diez de la noche, la guardia de la Marina permite que los reporteros ingresen al Castillo para la conferencia. Los periodistas atiborran el pequeño Salón de las Arañas hambrientos de información cual jauría en pleno festín. Sudando hielo, con el cabello revuelto y mojado, el traje empolvado y unas manos temblorosas que sostienen una carpeta con un improvisado discurso, el secretario humano de la Organización aparece ante la horda de reporteros que le apuntan con sus cámaras y sus micrófonos. Por un momento la luz de los focos parece más intensa de lo normal, pero el hombre logra sobreponerse al nerviosismo de la situación, respira profundamente, se aclara la garganta y se dirige con gravedad a la multitud.

— Buenas noches, pueblo de Costas del Cráneo y Comunidad Monstruosa Internacional: — comienza el mandatario con una voz más grave de lo normal. — quisiera poder decir que esta es en realidad una buena noche, pero no es así. Durante las últimas horas se ha suscitado una serie de acontecimientos que sin ninguna duda pasarán a la historia universal. Al filo de las doce del mediodía, después de la cuarta sesión de negociaciones con el líder de los Legionarios de la Luna Azul por la liberación de la ciudad de Necrópolis y la Isla Cadáver, el secretario Ramsés solicitó un día más para la resolución de las demandas de los secuestradores. Clawrk Wolfsman, el dirigente de la facción craneana de la Asamblea General, solicitó al secretario Ramsés la aplicación de la fuerza militar en la solución del conflicto en Necrópolis. El gran almirante Cook, el general Jamsin, el general Bloodgood y yo apoyamos la propuesta del comisionado Wolfsman, pero el secretario Ramsés revocó nuestra propuesta argumentando que "las negociaciones iban por buen curso y era posible resolverlas en un día más, aproximadamente". El gran almirante replicó que con cada minuto que se perdía en la mesa de negociación, los Legionarios destruían otro hogar en Necrópolis.

Con la cabeza chorreada de sales líquidas y los minutos transcurriendo lentos en el reloj, el secretario Huntsman explica ante las cámaras y los micrófonos lo que sucedió en el Castillo en las últimas horas: Ramsés DeNile había intentado abandonar la Sala de Cadáveres antes de que terminara la sesión de la Asamblea. Tal acto fue considerado un capricho por una parte de los congresistas, quienes comenzaron a solicitar la salida de Ramsés DeNile del cargo. Esto originó un acalorado debate entre aquellos que apoyaban la intervención militar, — encabezados por el secretario humano David Huntsman — y los que, al igual que los DeNile, querían aguardar más tiempo a que existiera una solución pacífica — o beneficiosa para los Legionarios.

Finalmente el gran almirante Cook determinó que tres días eran más que suficiente para negociar y que era necesario considerar otro tipo de solución al problema. El secretario DeNile intentó nuevamente disuadirlo e incluso pretendió destituirlo de su cargo. Ello enfureció al resto de la Asamblea General, que de inmediato solicitó la renuncia de Ramsés DeNile. Éste se negó y mandó a encerrar a John Cook junto con sus homólogos de la Fuerza Aérea y el Ejército, y al secretario Huntsman. Los guerreros Medjay y el cuerpo de seguridad de los DeNile escoltaron a la Asamblea a las catacumbas del Castillo, donde permanecieron hasta que Ramsés DeNile fue detenido "por un grupo de asalto integrado por elementos de la Marina y el Ejército".

Abbey, Spectra y el resto de las chicas miran el informe del secretario a través de un pequeño televisor instalado en el puesto de comando de la Armada. Sienten un gran alivio al no ver sus nombres en la pantalla, pues ahora saben que, si bien han ayudado a la Organización a dar un paso adelante rumbo a la liberación de Necrópolis, es posible que los aliados de los DeNile estén interesados en saber quién ha derrocado a Ramsés. El capitán Mick Thlan les ha prometido asumir toda la responsabilidad por lo sucedido, aunque eso signifique, quizá, quedarse con el crédito de la operación ante el público. Micka les explica que su hermano buscará la manera de mantener todo oculto y que no hay de qué preocuparse.

Desde su departamento en la zona hotelera del puerto, Clawdeen y Thad miran la conferencia en la televisión. La loba se muestra un poco preocupada, pues en repetidas ocasiones ha intentado llamar al teléfono móvil de Frankie, pero no ha conseguido que ella le conteste. Las manecillas del reloj ya se acercan a las diez treinta de la noche cuando el último intento de llamado de Clawdeen por fin logra conectarla.

— ¿Bueno? — dice la loba. — ¿Frankie?

— Sí Clawdeen, soy yo. — responde la monstruita eléctrica al tiempo que se aparta un poco para telefonear detrás de un transporte blindado de la Marina.

— ¿En dónde estuviste en toda la tarde? Te marqué varias veces, pero sonaba fuera de servicio.

— Ah, es que… — replica Frankie buscando rápidamente una excusa creíble — Fui a revisar un proyecto de unos generadores eólicos en Brujerías. Estábamos arriba en la sierra, tal vez por eso no me encontraste.

— Ajá. — contesta Clawdeen sin sospechar nada — Y ¿ya viste las noticias de hoy? Dicen que un equipo de asalto del Ejército arrestó al papá de Cleo. Lo acusan de tener un acuerdo con los Legionarios. Yo no sé si creerles o no. Si eso fuera cierto, no habrían secuestrado a Cleo.

— Si, eso puede ser. — responde su amiga. — Pero también debes recordar cómo ella siempre está quejándose de lo exigente y duro que es su padre. Honestamente, a mí a veces me parece que tiene preferencia por Nefera.

— Bueno, si te refieres a eso…

— Oye, ¿te puedo marcar luego? — sugiere Frankie. — Es que estoy revisando unos informes urgentes para mañana y es mucho trabajo.

— Ok. Yo te llamo mañana. Buenas noches Frankie.

— Buenas noches Clawdeen.

La chica vuelve con su equipo, quienes miran en la pantalla cómo adentro del Castillo Rojo la conferencia de prensa está ahora en la fase de preguntas y respuestas. El secretario David y su gabinete hacen lo posible para atajar los cuestionamientos de los reporteros. Deben decirles la verdad al pueblo y a los monstruos de todo el mundo, pero también deben evitar que lo sucedido cree un estado de ingobernabilidad en el país.

— Secretario David: — lo interroga una reportera — ¿qué nos puede decir al respecto del mensaje que se transmitió esta tarde por televisión? Es claro que fue enviado por alguien con acceso a la red de comunicaciones del gobierno, la única con la capacidad de llegar a los lugares donde fue vista la transmisión.

— En este momento el Servicio de Inteligencia Aérea está investigando ese hecho. — señala el mandatario. — Por ahora sólo podemos concluir que la transmisión se realizó desde algún lugar de la ciudad.

— Secretario: — dice otro periodista — ¿van a revelar los nombres de los integrantes del equipo de asalto?

— Por seguridad de ellos y de sus familias, vamos a mantener sus identidades en el anonimato hasta que se aclare la situación de Necrópolis y de los DeNile. El día de mañana convocaremos a una reunión extraordinaria en la Asamblea General para designar a quien ocupará de manera interina el cargo de Secretario Monstruo. No hay más preguntas. Buenas noches.

El secretario David y el resto de su gabinete abandonan la sala en medio de un alud de interpelaciones de los periodistas. Mick Thlan lo espera en el pequeño salón contiguo, donde están reunidos los miembros del estado mayor de cada una de las tres armas de las fuerzas.

— Mis felicitaciones, señor. — le dice el capitán Thlan al verlo entrar. — Eso fue uno de los actos más honestos que se hayan hecho en este castillo en siglos.

— Gracias. — responde el secretario sin saber si lo dicho por el capitán debe tomarlo como un cumplido o una broma.

— Señor secretario: — se adelanta el general Bloodgood. — ¿cuáles son sus órdenes?

— Preparen todo. — ordena David Huntsman con una recia expresión en el rostro. — Mañana comienza la batalla por Necrópolis.

III

Ya cerca de la media noche, un par de camionetas del Ejército llevan a Abbey y al resto del equipo a la casa de los hermanos Thlan. Al principio Spectra pensó que algún reportero podría sospechar de ver un vehículo militar afuera de una casa particular, pero se calmó un poco cuando el capitán le dijo que a él "los periodistas lo quieren; y si no, pues se pierden de su amistad". Él, de hecho, no va a bordo del vehículo, sino que se desvió a casa de Skelita para ir a recoger a la pequeña Luna.

Con gran discreción y sigilo, los monstruos van bajando de las camionetas y entrando a la casa. Luego de cambiarse a su atuendo civil, se encaminan cansados hacia el comedor y van tomando cada uno un lugar en aquella habitación. La luz de los focos de la araña del techo pinta todo el cuarto de un color ámbar, dándole un aire aún más antiguo a los muebles y los decorados. Micka entra a la cocina y regresa enseguida con una charola colmada de tacitas de barro llenas de una bebida de color rojo transparente.

— ¿Esto es como lo que nos dio Dana aquella noche en Puerto Escorpión? — pregunta Rochelle probando su porción.

— Algo así. — explica Micka. — Es una receta mexicana. Yo la tomo después de tener un día como el de hoy.

— Bueno, y ahora, ¿qué sigue? — pregunta Jackson.

— Para ustedes, nada. — señala Abbey. — Ustedes ya hicieron todo su trabajo. Ahora nos toca a nosotros continuarlo.

"¿Creen que mañana comiencen la contraofensiva?" pregunta Slow Moe con un gruñido.

— Quizá la estén planeando en este mismo momento. — objeta Dana. — Lo único que detenía a los militares de actuar era Ramsés.

Mientras el grupo sigue especulando sobre lo que sucederá al día siguiente, Rochelle se levanta de su sitio y se dirige a la cocina por otra taza de infusión. En ese momento Robecca nota algo extraño en la espalda de la chica: unas líneas negras sobre su omóplato derecho.

— Guillotina, espera. — le dice la mecánica deteniéndola para que no se siente.

La mecánica mueve los mechones rosáceos del cabello de Rochelle para ver con más claridad.

— ¿Qué? — pregunta la gárgola. — ¿tengo algo en la espalda?

— Sí. — le contesta Robecca.

— ¿Qué es? ¡Quítamelo! — exclama agitando las manos y las alas.

— ¡Espera! — le dice Abbey al acercarse. — ¡No te muevas!

La montañesa observa con atención y reconoce inmediatamente lo que está en la espalda de la francesa: una estrella de cuatro puntas con una espiral en el centro, dibujada con el veteado del mármol de su cuerpo.

— El Símbolo… — susurra la montañesa.

— Es como el tuyo, Abbey. — señala Frankie. — Como el que te salió después de la batalla de nuestro viaje.

— ¿Qué? — pregunta Rochelle sin entender ni un ápice de lo que está sucediendo.

Micka se acerca e identifica al instante la marca en su amiga. Una brillante sonrisa se dibuja en su rostro y entonces le pone la mano en el hombro a la chica y la mira con cierto orgullo.

— ¡¿Qué pasa?! — vuelve a cuestionar la gárgola. — ¡Díganmelo ya! ¡Me están asustando!

— Rochelle ¿recuerdas de esos sueños raros de los que me hablaste hace unas semanas? — le pregunta Micka.

— Sí. Son demasiado reales. — contesta ella con incertidumbre en la voz. — Hay veces en que incluso me pregunto si lo que estoy viendo es de verdad.

— Pues es hora de que comiences a creer. — le señala la azteca al tiempo que le muestra una fotografía de la marca de su espalda en la pantalla de su teléfono.

Los ojos de Rochelle se abren y casi no caben en sus órbitas. "El Símbolo…" susurran sus labios mientras contempla la imagen. Ese mismo símbolo que ahora está en su espalda, ella lo ha visto varias noches en sus sueños, a lo largo de algunos años. Tras unos segundos la gárgola voltea a ver a Micka como buscando una respuesta a lo que está sucediendo.

— Todas ustedes han tenido sueños muy parecidos ¿no? — les pregunta Micka a las demás. — Donde una mujer de agua se les aparece y les dice que les tiene preparado un juego del destino; una misión.

— Sí — afirman algunas de las chicas, mientras otras simplemente mueven la cabeza un poco incrédulas.

— Bien, pues déjenme decirles que no fueron exactamente sueños. — explica Micka al tiempo que va comprobando la existencia de la marca en cada una de las que participaron en el asalto.

Dana la lleva como un tatuaje; Jinafire como un mosaico griego de escamas oscurecidas, y Robecca como si estuviese grabada en el metal de su piel. Abbey, Ignysse y Micka, en cambio, ostentan un dibujo ligeramente diferente: a las cuatro puntas triangulares de la estrella se han añadido cuatro brazos rectangulares[1]. Todas las marcas están en el mismo lugar del cuerpo: el omóplato derecho. Excepto en la astrónoma, cuyo tatuaje previo ha desplazado su marca a la izquierda. Spectra, por el contrario, no presenta signo alguno en ninguna parte.

— ¿Qué es esa marca? — pregunta Dana.

— Yo la he visto en algunos manuscritos y documentos antiguos. — comenta Jinafire mirando aún la pantalla del móvil. — De la dinastía Ming, para ser más exactos. Mi padre una vez nos contó que es el símbolo de un objeto antiguo, poseedor de una magia infinitamente poderosa y buscado por reyes y plebeyos durante siglos.

"Y ¿exactamente qué clase de objeto es?" pregunta Ghoulia con curiosidad. "¿Es una espada, una joya, una reliquia o qué?"

— Se dice que es una estrella que cayó del cielo. — señala la dragona con solemnidad.

— ¿Cómo una estrella fugaz? — sugiere Jackson.

— No exactamente. — corrobora Micka. — Es una estrella que fue robada del cielo hace muchos siglos; y no solamente la buscan reyes y plebeyos, sino dioses y demonios también.

— ¿Y qué tiene que ver con nuestra marca? — pregunta Robecca.

— ¿Tan pronto olvidaron lo que les dijo la diosa? — replica la azteca.

— Yo explico. — dice Abbey acercándose. — La marca que ustedes tener en su espalda es símbolo de los Machtiani: los aprendices. Yo adquirir esa misma marca después de Batalla de Costas del Cráneo. Lo que hicimos hoy fue mi prueba, y la iniciación de ustedes.

En ese momento, el giro de las cerraduras de la puerta principal provoca un enjambre de susurros mecánicos que entra revoloteando al comedor. Mick aparece en la puerta con una niña lobo ártica profundamente dormida en sus brazos. Le dice algo a su hermana en un lenguaje que nadie más de los presentes entiende, y luego sale de la escena.

— Nunca creí llegar a ver a tu hermano así — le dice Frankie a Micka cuando el capitán se va.

— ¿Con una niña de cinco años dormida en sus brazos? — sugiere la azteca con una risa.

— Sí. Pero ahora que lo veo no sé por qué me da la impresión de que no es tan raro.

— Oye Micka: — objeta Dana — yo no me iré de aquí sin saber por qué de pronto tengo esto en la espalda. No tengo nada en contra de los tatuajes, pero este no lo pedí.

— Está bien. — le dice ella con un profundo respiro. — Pero primero: Frankie, Jackson, Moe, Ghoulia ¿nos podrían esperar en la sala, por favor?

— Creo que mejor ya nos vamos. — responde Frankie. — Ya es tarde. Mejor nos vemos luego.

— Sí. Y por favor discúlpenme por pedirles que nos dejen hablar en privado, pero es que este asunto es un poco delicado. — se excusa Micka al despedirse de sus amigos.

"No te preocupes" le dice Ghoulia "Después de lo que pasó hoy lo entendemos"

— Gracias a ustedes por todo. — reitera la hermana del capitán. — Estoy segura de que el pueblo de Costas del Cráneo y los monstruos de todo el mundo se los agradecerán. Creo que todos estamos en deuda con ustedes.

Los miembros del equipo de electrónica se retiran, con su condición de civiles devuelta luego del agitado día. Frankie, que fue quien encontró la marca en la espalda de Abbey diez años antes, tiene muchas preguntas respecto a por qué aparecieron más marcas en sus otras amigas, y no en ella.

Mientras tanto, Mick entra al comedor tras haber dejado a Luna dormida en su habitación. El marino enciende la cafetera de la cocina mientras sus guerreras esperan impacientes una respuesta a sus múltiples preguntas.

— Presten atención, porque sólo lo voy a decir una vez: — indica el capitán — Ustedes fueron elegidas por los Tlatoque[2] para formar parte de los Amilkini. Pero ¿quiénes son unos, y quiénes son los otros? Para comenzar: los Tlatoque son "los que hablan"; un consejo de ancianos que eligen quiénes serán los Guardianes de la Estrella. Para Abbey, su iniciación fue la batalla a bordo del Cipactli. Con lo de hoy consolidó su valor y ahora formará parte de los Inmortales. Para el resto, ésta fue su iniciación. En el futuro deberán enfrentar una prueba que verificará si tienen el valor para pertenecer al grupo, o si deben seguir otro camino.

— Pero yo no envié ninguna solicitud de ingreso ni nada por el estilo. — objeta Dana.

— No podría aunque quisiera, teniente. — le responde Mick. — Usted no solicita entrar a los Amilkini; los Tlatoque eligen quién quieren que los sirva. Ahora que si lo que quiere decir es que tiene miedo de la prueba, puede rechazar la oferta en cualquier momento.

— ¡Yo no le temo a ninguna tormenta! — replica la marinera. — ¡Aceptaré cualquier desafío!

— Así se habla ¿Y las demás? — pregunta el capitán.

Todas ellas parecen estar de acuerdo con la oferta. Hasta ahora parece que los Tlatoque, quien quiera que sean, eligieron bien a sus candidatas a guerreras. Todas estas chicas se han distinguido desde siempre por un carácter fuerte y poco miedo ante las adversidades. De una u otra manera la vida les ha dado a todas el temple necesario para enfrentar el peligro y el miedo.

— Sus espíritus serán santificados, y sus almas inmortalizadas. — explica Micka de manera ceremoniosa. — Las puertas de los cielos les serán abiertas y su esencia jamás morirá.

— A cambio de ello — agrega Mick — deberán proteger al mundo del poder de la Estrella Azul, de la que es hablaré más tarde ¿Aceptan?

— ¿Y la plata? — pregunta Dana, poniendo en evidencia su procedencia filibustera. — Me parece que a mi alma perdida no le bastará con eso.

— Lo que buscamos y protegemos vale más que toda la plata y el oro del mundo, teniente, — apunta el capitán — y es más poderoso que cualquier cosa que pueda llegar a ser inventada. El destino del mundo estará en sus manos.

Abbey pasea su mirada por todas y cada una de las chicas que están en el comedor. Una a una, todas van dando un "sí" ante la propuesta del marino. Cuando la última de ellas da su aprobación, sus tatuajes se marcan con más nitidez y se vuelven más brillantes.

— Perfecto. — les dice Mick a todas sus guerreras. — Les esperan un sinfín de aventuras. Estoy seguro de que no se arrepentirán. — Y entonces se dispone a dejar la sala. — Abbey, Dana, Robecca: debemos irnos. — les ordena. — Esto aún no termina para nosotros. Hay gente muriendo en Necrópolis.

Notas del autor:

1.-La nueva marca en la espalda de Abbey es la marca de los Amilkini, "inmortales" en náhuatl.

2.-Tlatoque es el plural de la palabra náhuatl Tlatoani, que significa "el que habla, orador". El término era usado por distintos pueblos de Mesoamérica para designar a los gobernantes.