DISCLAIMER: los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, pero la trama me pertenece.


CAPÍTULO 36

Alice P.O.V.

Respiré profundamente para relajarme, aunque era consciente de que eso no me hacía ninguna falta. Estaba bastante nerviosa. Por alguna extraña razón no sabía qué era lo que iba a hacer Aro después de lo que Jasper y yo habíamos pensado. No sabía si se lo tomaría mal o… era obvio que se lo tomaría mal. Era lógico que se enfadara porque nos íbamos a revelar y eso no le iba a hacer ninguna gracia.

Eran más de las cinco de la madrugada. Nos dirigíamos al despacho de Aro, en donde sabía que tenía guardada la nueva arma de tortura que Jane usó conmigo. Teníamos que cogerlo sin que nadie nos pillara, cosa que sería mucho más fácil si los vampiros durmiéramos, ya que con todos dando vueltas por ahí iba a ser algo complicado. Miré a mi marido, que estaba a mi lado con el ceño fruncido. De repente se paró en medio del pasillo.

–¿Qué pasa? –le pregunté a Jasper.

–Voy a intentar algo –dijo con esa sonrisa suya.

Asentí y me quedé mirando a mi marido fijamente. De repente empecé a sentirme muy cansada. Cada vez más y más hasta que Jasper me acercó a él y me besó con fuerza.

–No te duermas, nena –me dijo guiñándome un ojo.

Entonces entendí qué era lo que se proponía. Jasper intentaba dormir a todo el palacio con su don.

–Has tenido una idea estupenda, cielo –le susurré dándole un beso en la mejilla.

Él sonrió, orgulloso.

–Ya podemos ir –dijo cogiéndome fuerte la mano e arrastrándome hacia el despacho tras él.

Asegurándonos de que Aro estuviera en su habitación y no en el despacho, entramos sigilosamente y cerramos la puerta detrás de nosotros. Empezamos a buscar por los cajones. Aro tenía un montón de cosas, y hubo una que me sorprendió aun más.

–¿Qué es esto? –dijo Jasper sacando algo del cajón del escritorio de Aro.

Observé lo que Jasper tenía en las manos, y antes de que yo pudiera responder, el rostro de Jasper cambió, sus ojos se abrieron mucho y su entrecejo se encontraba fruncido.

–Alice, ¿no es este tu sujetador? –preguntó alzando la prenda.

Los ojos se me abrieron al máximo. ¿Qué demonios hacía mi sujetador allí? Me acerqué a mi marido, aun estupefacta de haber encontrado el sujetador que había perdido hacía ya varias semanas.

–¿Qué hacía aquí? –pregunté más para mí misma que para Jasper–. No lo veía desde…

–¿Desde cuándo?

No podía creérmelo. La última vez que me puse ese sujetador fue el día en que Jasper llegó a Volterra y después ya no lo vi más.

–Desde que llegaste a Volterra –le respondí.

Él frunció aun más el ceño.

–Pero si te lo quité yo y lo tiramos al suelo…

–Y ahora que lo pienso, después de nuestra ducha ya no lo vi más –expliqué abriendo mucho los ojos.

A ver, las cosas no cuadraban. Si yo había dejado el sujetador en el suelo del baño y cuando salí de la bañera ya no estaba allí, ¿quería decir eso que Aro lo había cogido mientras Jasper y yo estábamos… ejem, haciendo nuestras cosas? No, a ver Alice, no pienses eso que no es posible. Aro no podía ser tan pervertido, ¿o si?

–¿Qué estás pensando?

Le expliqué lo que había pensado, y sinceramente no debería haberlo hecho.

–¡Será cerdo! ¿¡Pero cómo…!? ¡La madre que lo…

–Chis –le dije tapándole la boca con la mano–. ¡Que nos van a descubrir! ¡Cálmate!

–¡¿Cómo que me calme?! –preguntó sin calmarse–. Alice, cariño, ¿cómo quieres que me calme si el cabrón de Aro, que nos tiene aquí secuestrados, entra en nuestra habitación mientras hacemos el amor y por si faltara poco, te roba el sujetador? –contestó con los dientes apretados.

–Bueno, pues sí quiero que te calmes –le dije dándole un casto beso en los labios–. Si queremos largarnos de aquí, tenemos que ser sigilosos y que no sepan que hemos cogido el arma, ¿entendido? De lo contrario, el plan ser irá a pique.

–Tienes razón –dijo devolviéndome el beso–. Sigamos buscando.

Abrí el cajón del escritorio de Aro que faltaba, para encontrarme otra sorpresa. Había un pequeño libro, de encuadernación muy antigua similar a los que había encontrado dentro de la caja fuerte. Sí, descubrí la combinación en una de mis visiones. Lo abrí y ponía:

Diario de Aro Vulturi

–¿Qué es? –preguntó Jasper intrigado.

–El diario de Aro –le respondí.

Sabía que no debía hacerlo, sabía que eso era una violación de la intimidad, sabía que eso no era buena idea pero no pude resistirme. Abrí la primera página y la fecha era de un mes antes de que los Vulturis fueran a Forks a obligarnos a Edward y a mí a ir con ellos a Volterra.

17 de Junio

Querido diario:

Hoy al fin me he decidido. Voy a ir a Forks para que Alice y Edward se vengan a vivir aquí conmigo. Sí, sé que va a ser difícil pues los Cullen son muy listos y sé que Carlisle no permitirá que me lleve a sus "niños". Pero sé que si encuentro algo con que amenazarlos, se vendrán conmigo, aunque con que venga Alice me basta. Mañana me pondré rumbo a Estados Unidos a buscar a mis tesoros.

–¿Querido diario? –pregunté escéptica–. Vaya, no me esperaba eso.

–Busca en una fecha más cercana.

Pasé las páginas. En ellas se relataba mis primeros días en Volterra y cómo se sentía Aro conmigo allí.

–Mira –señaló Jasper cogiendo el diario.

12 de Setiembre

Alice acaba de irse. Me he sentido muy triste cuando la he visto alejarse por la ventana. No quería que se separara de mi lado, pero me supo mal negarle a ese ángel algo que la ha hecho feliz. Soy consciente de que ella quiere volver a casa para siempre, pero yo no estoy preparado para separarme de ella ahora que la tenía a mi lado. Bastante me ha costado aceptar que nunca la tendré a mi lado como mujer, como para dejarla marchar ahora que es tan útil para todos nosotros. Aun recuerdo cuando conocí de su existencia, que me enamoré de su poder y al conocerla en persona hace unos años, me enamoré de ella como mujer. Qué suerte tiene Jasper.

Al fin me he reconocido a mí mismo que estoy celoso de Carlisle, de su familia, de la suerte que tiene. Por eso siempre estoy buscando cualquier excusa para matarlos, porque les tengo envidia. Envidia por el amor que se tienen en aquella familia, el amor entre ellos. Es algo que nunca había visto, vi realmente cómo todos estaban dispuestos a morir para salvar a su hermana. Estaban todos dispuestos a hacer lo que fuera por mantener a Alice con ellos. Quedé asombrado.

A mí me hubiera encantado tener una familia como la de ellos. Me hubiera encantado tener a alguien a quien considerar un hijo. Por no hablar de tener un hijo propio. Un pequeño Aro o una pequeña Sulpicia… o Alice. Sí, reconozco que me encantaría formar una familia con ella. Pero eso no puede ser… nunca. Tendré que aprender a vivir con eso.

17 de Setiembre

Al fin Alice ha vuelto. En el fondo temía que no volviera, pero para mi suerte lo ha hecho Le he prometido que no dejaré que le hagan más daño y que la dejaré cazar. Tampoco quiero que su estancia aquí sea una tortura, quiero que sea lo más feliz que pueda.

23 de Setiembre

Hoy ha pasado algo terrible. Estando en plena reunión, Alice ha tenido una visión horrible. Ha visto que mataban a su marido. Nunca la había visto de ésa manera, estaba desesperada y nunca podré olvidar la expresión de miedo y dolor de su rostro. Si alguna vez por mi retorcida cabeza ha pasado la idea de quitar a Jasper del medio para estar con ella, lo que hoy ha pasado me ha dejado claro que no serviría de nada. Ella irá donde él se vaya, y si Jasper se muere, ella va detrás. Por suerte, no ha sido más que una falsa alarma y su marido no está muerto, aunque no se sabe dónde debe estar. He estado hablando con Marco, y me ha dicho que quizá debería dejar que se fuera a casa. Pero no sé qué hacer, no quiero perderla.

27 de Setiembre

Hoy ha pasado algo insólito. Yo diría que nunca habíamos tenido tanta acción en el palacio desde que llegó Alice. Le da vida al palacio. Estábamos en una reunión cuando de repente Jasper apareció de la nada. Debo confesar que aunque me morí de celos cuando vi que se besaban, me alegré mucho por Alice, puesto que el día anterior había sido espantoso. Debo confesar también que me ha caído muy bien Jasper, es un hombre estupendo y la verdad es que estoy contento de que Alice haya encontrado a alguien que la corresponde tan bien como él. Estoy contento de tenerlo aquí.

.

Creo que he hecho algo que no está bien… pero no me arrepiento. He entrado en la habitación de Alice y Jasper y le he robado una pieza de ropa íntima a Alice. Sulpicia no se merece esto, pero no he podido evitarlo.

–Será pervertido –murmuró Jasper con los dientes apretados.

–Creo que deberíamos dejar de leer esto –le dije a mi marido cerrando el diario que tenía en sus manos–. Aunque nos pique la curiosidad, esto pertenece a la intimidad de Aro.

–Tienes razón, hemos venido aquí con otro objetivo –respondió Jasper dirigiéndose al armario que había allí al lado.

Guardé el diario y me acerqué a Jasper, que estaba rebuscando en el armario.

–¿Es esto? –preguntó Jasper con el arma en la mano.

Malos recuerdos vinieron a mi mente recordando aquella fría celda, amarrada en la pared mientras Jane me clavaba el cuchillo en la espalda, produciéndome un gran dolor.

–¿Alice? –dijo Jasper cogiéndome la mano–. ¿Estás bien?

–Sí, es eso –dije evadiendo la respuesta, al fin y al cabo, él ya sabía perfectamente cómo me sentía.

De repente y sin avisar, Jasper dejó el cuchillo en el bolsillo de su pantalón y me abrazó fuerte entre sus fuertes brazos, acariciándome el cabello y la espalda para tranquilizarme.

–Tranquila, ahora estás a salvo –me dijo dándome un beso en la frente–. Jamás permitiré que vuelvas a pasar por eso, Alice.

Le di un beso en la mejilla y salimos rápidamente de allí, rumbo de nuevo a nuestra habitación. Jasper guardó a buen recaudo el cuchillo y nos bañamos juntos antes de meternos en la cama.

Salí del baño envuelta en la toalla y me puse mi camisón de seda violeta con la bata a conjunto.

–¿Para qué te pones el camisón? –me preguntó Jasper acercándose a mí con la toalla envuelta en su cintura. Se colocó tras de mí y me abrazó por la cintura, apoyando su cabeza en mi hombro mientras me mordía sutilmente el lóbulo de la oreja–. Me gusta tumbarme contigo cuando no llevas nada.

–Así que si llevo camisón, ¿no te tumbas conmigo? –le pregunté haciéndome la ofendida cruzando los brazos.

–Claro que sí, tonta –dijo riéndose–. Porque ya me encargaré yo de quitártelo.

De repente me acordé de una cosa.

–¿Qué hacemos con Jazz? –le pregunté girándome para mirarlo a la cara.

Miré a mi alrededor, para ver a Jazz tumbado en nuestra cama con la cabeza apoyada en uno de los cojines.

–Mierda –exclamó pasándose la mano por el pelo y separándose de mí–. No había pensado en eso.

–¿Y si se lo dejamos a alguien para que nos lo cuide mientras tanto? –le pregunté.

Él se giró para mirarme.

–¿A quién?

Fruncí el ceño. ¿A quién podría confiarle la vida de Jazz? No podía ser a nadie del palacio, porque si nuestro plan se nos iba de las manos, podrían matarlo. Así que tenía que ser alguien de fuera… ¿pero quién? No conocía a nadie fuera del palacio, y… ¡Un momento! ¡Lo tenía!

–Ya está –exclamé con una enorme sonrisa en el rostro–. Cuando Aro me quitó el móvil, llamé a Carlisle desde la casa de una anciana del pueblo. Estoy segura que no le importará cuidar de Jazz mientras solucionamos todo esto. Y si nos pasara algo… sé que cuidaría muy bien de él. Además está muy sola, así le haría compañía.

–Pues vamos a primera hora a pedirle este favor –dijo pensativo–. Bueno, mejor dicho, vamos en una hora.

–¡Madre mía! –exclamé–. No me había dado cuenta de que ya era tan tarde… o mejor dicho, tan pronto.

–Bueno, pues tendremos que hacer algo en esta hora, ¿no crees? –me preguntó Jasper con una voz muy sensual.

Se acercó a mí, me besó en los labios y me sonrió.

–Creo que usted ya tiene algo en mente, señor Whitlock –le dije tirándolo a la cama.

–Veo que tiene mucha prisa –dijo riéndose.

–Mucha.

Me quité la bata y me senté a horcajadas sobre él, deseando profundamente a mi marido. Necesitaba sentirlo dentro de mí. Le quité la toalla, mostrándome que Jasper también me deseaba. Él alargó las manos, para quitarme el camisón, pero lo agarré por las muñecas y las coloqué sobre su cabeza.

–No, no, no, señor Whitlock –le dije juntando mis labios con los suyos–. Tiene que estarse quieto.

–Pero quiero desnudarte –contestó haciendo un mohín y frunciendo los labios.

–Pues o te estás quieto o tendré que atarte –dije riendo.

Él me dedicó una amplia sonrisa, y yo, entendiendo el significado de esa sonrisa, me levanté, cogí el cinturón del albornoz y le até las manos a la cama. Él me miró con los ojos muy abiertos, divertido.

–Y ahora que me tiene aquí atado, ¿qué piensa hacer conmigo, señora Whitlock?

–Mmm déjame pensar –dije mientras iba haciendo un reguero de besos que iba descendiendo hasta el imponente miembro que erguía erecto.

.

–¡Vamos! Que llegamos tarde, tontorrón –le digo a mi marido, que me tiene presa entre sus brazos aun tumbados en la cama.

Miro el reloj. Son más de las siete de la mañana y ya tendríamos que estar en casa de la anciana del pueblo.

–Cinco minutitos –murmuró Jasper haciéndose el dormido.

Me quité su brazo de encima y me levanté de la cama. Lo cogí de un brazo y tiré a mi marido al suelo.

–¡Ah! No seas bruta –exclamó Jasper.

Tardemos menos de veinte minutos en estar preparados. Les dijimos a los dos guardias que estaban en la puerta que íbamos a cazar y salimos a la calle. Para nuestra suerte, era un día nublado, y yo ya había visto que no habría ningún peligro de ser descubiertos.

–Aquí es –dije al reconocer la linda casa antigua que había frente a nosotros.

Nos acercamos y llamamos al timbre. Jazz se removía dentro del bolso, así que lo saqué y lo cogí en brazos, acariciándole la cabecita. A los pocos minutos, apareció la agradable anciana.

–Buenos días, señora. Perdone que la molestemos tan temprano –la saludé con una sonrisa.

–¡Oh! Jovencita, qué alegría verte de nuevo –dijo la señora sonriendo–. No te preocupes, hace rato que estoy levantada. Estaba preparando el desayuna, ¿os gustaría acompañarme?

La señora nos invitó a entrar y una vez en el comedor, mientras hervía el agua, nos presente.

–Me llamo Alice, y este es mi marido, Jasper.

–Hacéis una pareja muy tierna –dijo mirándonos a los dos–. Yo soy la señora Jones, pero llamadme Elizabeth y tratadme de tú. ¿Y este pequeñín de aquí? –dijo acercándose para acariciar a Jazz.

–Es nuestro gatito, se llama Jazz.

–¡Qué monada! ¿Puedo cogerlo? –preguntó tendiendo los brazos.

–Por supuesto. De él precisamente quería hablarle.

–Primero a sentarse a la mesa a desayunar –dijo con Jazz en brazos. Menudo mimado.

Obedecimos y nos sentamos. Ya con el té en la mesa y unos croissants, procedí a explicarle a la señora lo que necesitábamos.

–Mira, Elizabeth. Jasper y yo tenemos que irnos unos cuantos días fuera de la ciudad, y me preguntaba si nos haría el favor de cuidar a Jazz hasta que volvamos. No conocemos a nadie más en el pueblo, y si nos hicieras el favor…

–¡Será un placer! Así me hará compañía, que estoy muy sola.

Estuvimos desayunando con ella, y nos tuvimos que comer el desayuno para que no sospechara nada.

–De verdad, muchas gracias –le dijo Jasper tendiendo un beso en la mano de Elizabeth. Qué caballero.

–Es un placer, jovenzuelo. Disfrutad del viaje.

Le di un último beso a Jazz y nos alejamos de allí.

–No estés triste –me dijo Jasper agarrándome de la cintura–. No será por mucho tiempo. Volveremos juntos a por él.

.

Agarré con fuerza la mano de Jasper mientras caminábamos hacia la sala, a la cual ya llegábamos tarde. Con la mano ya en el pomo de la puerta, Jasper se giró, me miró y me guiñó el ojo.

–Tú tranquila –me dijo con una sonrisa.

Y entremos. Aro no hizo caso al hecho de que llegáramos tarde, quizá porque no quería que volviera a contestarle delante de la guardia como hice el día anterior. Jasper y yo nos dirigimos hasta Aro, con paso decidido y nos quedamos frente a él.

–Aro, tenemos que hablar –le dije seriamente.

Aro se puso tenso y nos miró fijamente.

–Vosotros diréis –dijo fingiendo una sonrisa.

–Nos vamos a casa –le dije mirándolo directamente a los ojos.

Él abrió mucho los ojos, sin entender.

–¿Qué has dicho?

–La has oído perfectamente –respondió Jasper–. Estamos hartos de que nos utilices para lo que a ti te interese. No queremos ser tus títeres. Si los demás quieren serlo, están en su derecho, pero yo no estoy dispuesto a que utilices a mi esposa de esta manera y que nos manipules con Chelsea para que te tengamos admiración.

–¿Cómo María? No quieres volver a pasar por eso, ¿verdad? Ella te utilizó como le dio la gana, hizo contigo lo que le vino en gana, ¿y ahora te sientes igual que entonces? Venga ya, Jasper, no puedes comparar. Y… ¿cómo habéis sabido que…

–No importa cómo lo hayamos sabido, lo único que te estamos diciendo es que nos vamos a casa –le dije yo.

Aro frunció el ceño, se levantó de su trono y empezó a dar vueltas por la sala.

–No vais a ir a ninguna parte –contestó volviendo a su trono–. Me ha costado mucho tiempo conseguiros, y ahora no me voy a rendir tan fácilmente.

–No te estábamos pidiendo permiso –le dijo Jasper con postura defensiva–, te estábamos informando de lo que vamos a hacer.

–¡Nunca! –exclamó Aro.

Todo fue muy rápido. Todos los guardias se abalanzaron sobre nosotros, para atacarnos. Noté cómo nos rodeaban, pero Jasper fue más rápido. Sacó el cuchillo y sujetó a Marco entre sus brazos, con el cuchillo en su cuello.

–Aro, no queríamos llegar a esto, pero nos has obligado –le dijo Jasper, haciendo que todos se apartaran de nosotros y que Aro nos mirara furioso–. Déjanos marchar. No me obligues a hacer esto.

–Venga, a ver si tienes lo que se tiene que tener. Mátalo, me da igual –lo retó Aro.

–¿Tan poco te importa la vida de alguien con quien has estado durante tantos años? –le pregunté extrañada.

–Mira, Alice, tú aun eres muy joven. Pero entiéndeme, llevo muchos años deseándote, y ahora que te tengo no te dejaré escapar –dijo tranquilamente–. Puedes matarlos a todos si quieres, pero tú no te vas de aquí.

Sin esperármelo, Félix me agarró por detrás y me inmovilizó. Jasper se tensó, y amenazó aun más a Marco.

–¿Tengo que contarle a tu esposa lo que hiciste el día en que yo llegué? –le preguntó Jasper.

Aro se tensó de inmediato, fulminó a Jasper con la mirada y después a mí.

–Hazlo, me da igual –dijo mientras se encogía de hombros.

–¿De verdad quieres que todo el mundo se entere de lo que ocultas, Aro? ¿De verdad quieres que sepan cómo eres en realidad?

Miré con una ceja alzada a Jasper. ¿A qué se refería? Aro se acercó a mí y me cogió la mano. Frunció el ceño.

–¿Qué es lo que tú sabes que ni siquiera tu esposa lo sabe? –le preguntó curioso y a la vez con miedo.

–¿Empezamos con lo de que vas robando ropa interior por ahí? ¿Qué tienes un…

–¡No quiero que continúes! –gritó Aro furioso apretando los puños–. Me has dejado en ridículo.

Félix me apretó fuertemente y pasé a ser una simple observadora de la escena. Félix tenía mucha fuerza y no sería fácil escapar de su agarre. Un montón de miembros de la guardia se acercaron a mi marido, rodeándolo. En un acto de compasión, Jasper lanzó a Marco a la otro punta de la sala en vez de matarlo allí mismo. Todos se le abalanzaron encima. Jasper fue apartándolos uno a uno, era ágil y muy hábil. Pero teniendo a tantos vampiros sólo a por él, le fue difícil y al final lo atraparon a él también.

–Vaya, vaya, vaya –dijo Aro acercándose a Jasper–. Veo que al final vuestros planes no han salido como esperabais.

–Como toques a Alice te mato –espetó Jasper con los dientes apretados.

–¿Estás seguro? ¿Y cómo lo vas a hacer si estás atado? –le contestó Aro con una sonrisa malévola–. ¡Lleváoslo a la habitación de abajo! –gritó Aro a algunos de los guardias, que se lo llevaron a rastras de allí.

–¿Qué le vas a hacer? –le pregunté asustada.

Aro se acercó lentamente hasta mí.

–No esperaba llegar a esto, querida –me dijo acariciándome la cara. Yo la aparté, lo que provocó únicamente que se enfureciera más.

–¡Eres asqueroso! –le grité–. Ni te atrevas a hacerle nada a Jasper, o te las verás conmigo.

–¡Llevadla con él! –gritó Aro.

–¡No! –gritó una voz detrás de mí.

Era Sulpicia. Se acercó a Aro, poniéndose delante de mí.

–¿Pero tú ves lo que estás haciendo? –le preguntó a su marido frunciendo el ceño–. ¿Tú te crees que lo que haces es normal? ¿Pero es que no lo ves? ¡Jasper lo único que quiere es que Alice sea feliz! ¡Y Alice pretende lo mismo! Tú no lo entiendes porque no sabes qué es amar a alguien de verdad –dijo, y pude ver dolor en sus ojos. Oh, Sulpicia…–. No te lo voy a repetir más veces, Aro. Déjalos marchar a casa de una vez. No sigas más con esto. Hazlo por tu propio bien.

–¿Y por qué iba a obedecerte? ¿¡Quién te crees que eres!? –gritó acercándose a ella para abofetearla.

–Tu esposa –dijo ella poniéndose la mano en la mejilla.

–Eso da igual –contestó fríamente. Desvió la mirada de su esposa y les gritó a unos guardias–: Enciérrenla en su habitación. Y aseguraos de que no salga.

Ellos se acercaron y apresaron a Sulpicia, que no dejaba de retorcerse e intentar librarse del agarre de los guardias.

–¡Maldito sea el día en que te conocí! ¡No te saldrás con la tuya! –gritó Sulpicia antes de que la puerta se cerrara de nuevo.

–Aro, no hagas esto –dijo Demitri que estaba a mi lado de repente–. No permitiré que le hagas daño a Alice, ni a Jasper tampoco.

–¿Tú también? No me lo puedo creer –dijo Aro negando con la cabeza y acercándose a él con una sonrisa–. Has tomado la peor decisión de toda tu vida.

Miré a Demitri, que murmuró un "Sé feliz" antes de que todo pasara. Acto seguido, sin darle tiempo a Demitri a reaccionar, Aro tomó su cabeza entre sus manos y la separó del cuerpo.

-¡NO! –grité intentando deshacerme del agarre de Félix.

No podía creerme lo que acababa de presenciar. ¿Era esto lo que me esperaba? ¿Iba a tener que ver cómo mataban a mis seres queridos? ¡Acababan de matar a mi amigo! ¡Por defenderme a mí! Una punzada de culpabilidad cruzó por mi mente. Todo era culpa mía, todo. No debí… debí haberme resignado. Haber esperado a que me dejaran volver a casa y no forzar las cosas. Esto no había sido una buena idea. No podía creérmelo.

Aro se agachó y quemó el cuerpo de Demitri delante de mí. Después, separándose de las llamas volvió a acercarse a mí. No pude mirarlo. Tenía la vista inmersa en las llamas, en las llamas de mi mejor amigo. El amigo que tanto me había ayudado en mi estancia en el palacio. Esto no se lo iba a perdonar. Vengaría a Demitri aunque fuera lo último que hiciera en esta vida.

Pero por alguna extraña razón, me quedé paralizada. No pude moverme. Ni hablar. Estaba paralizada por el horror y el miedo. Demitri… Oh, Demitri, ¿qué he hecho?

–Llevad a Alice con él –les mandó Aro.

Félix me llevó arrastrando hasta la puerta. He de confesar que ni me resistí. Quería salir de allí, quería borrar esa imagen de mi cabeza. Sé feliz… ¿Y tú? Por mi culpa no lo sería ya jamás.

Abrió la puerta de la habitación. Era una habitación extraña. Sin ventanas, con una cama, algunas estanterías y… ¡Jasper! Él estaba atado con unas esposas en los tobillos y en las muñecas a la pared. No podía moverse y me miraba asustado.

–¡Alice! –exclamó en cuanto me vio entrar.

No pude contestarle. Félix me ató a su lado de la misma manera, y en cuanto terminó, cerró la puerta y se fue.

–Alice, ¿qué te pasa? Háblame –me pidió Jasper que estaba a mi lado, intentando cogerme la mano.

–Está muerto –fue lo único que fui capaz de decir.

–¿Quién? –preguntó alarmado.

–Demitri. Lo ha matado. Por mi culpa. Yo…

–No fue tu culpa, Alice –dijo mirándome a los ojos.

Un sonoro golpe nos sobresaltó. Era Aro.

–Vaya, vaya, vaya. Poco os ibais a imaginar que esto acabaría así, ¿verdad? ¿Y ahora qué hago con vosotros?

Aro llevaba en la mano el cuchillo. Se lo puso en el cuello a Jasper.

–¡No! –grité alarmada.

Aro rió. Entonces se acercó a mí y me puso el cuchillo en el cuello.

–¿Prefieres que te lo haga a ti? –preguntó alzando las cejas, pero sin dejar de sonreír malévolamente.

–Sí, pero no lo toques –le advertí.

–¡Alice! No, no la toques –advirtió Jasper.

–Ay mi querida Alice –dijo Aro descendiendo el cuchillo lentamente por mi cuello hasta llegar a mi escote. Con el cuchillo, desabrochó el primer botón, que cayó al suelo. En la habitación, lo único que podía oírse era el sonido que produjo el botón–. ¿Qué estarías dispuesta a hacer para salvar a tu marido?

–Lo que sea, pero no le hagas nada –supliqué.

–¡No la escuches! –gritó Jasper.

Aro se puso delante de mi marido y le tapó la boca con una cinta.

–Déjanos hablar a tu esposa y a mí tranquilos, ¿entendido?

Jasper empezó a gruñir e intentó liberarse completamente en vano. Aro volvió a ponerse delante de mí.

–Así que cualquier cosa, ¿eh? –dijo con los ojos entreabiertos–. ¿Incluso acostarte conmigo?

Abrí los ojos alarmada. A mi lado, Jasper empezó a retorcerse aun más, gruñendo y dando patadas en el suelo.

-Si con eso me prometes no hacerle daño, sí –respondí resignada.

Sí, era cierto. Haría cualquier cosa por salvar a Jasper, y si tenía que tener sexo con Aro, pues lo haría. Aunque me diera mucho asco.

–Muy bien, pues hagamos un trato –propuso Aro divertido paseando el cuchillo por mi escote–. Tú te acuestas conmigo sin resistencia, y yo no le hago nada a tu marido. Además, olvidaremos lo que ha pasado hoy y mañana seguiremos como siempre, ¿entendido?

Asentí rápidamente. ¿Olvidarlo? ¿¡Cómo iba a olvidarlo!? Aro me quitó las esposas de los tobillos y, posteriormente, las de las muñecas. Tuve el instinto de empujar a Aro y soltar a Jasper, para que pudiéramos luchar juntos e irnos a casa. Pero eso nos pondría en peligro a los dos, y eso no lo iba a permitir.

–Mira, Jasper, te concederé el honor de poder presenciar cómo le hago el amor a tu mujer.

Jasper empezó a retorcerse mientras yo estaba paralizada. ¿Iba a violarme delante de Jasper? Aro era más retorcido de lo que yo me pensaba. Aro sabía que esa era una buena forma de torturar a Jasper sin tocarlo siquiera. Él… oh Dios.

–¿Te desnudas tú o te desnudo yo? –me preguntó Aro cogiéndome la mano.

Abrí aun más los ojos. ¡Y a mí qué más me daba! Lo único que deseaba era que fuese rápido.

–Ah no, no, no querida –dijo Aro respondiendo a mis pensamientos–, ya que voy a tener el placer de hacer el amor contigo, quiero disfrutar de ti y saborear el rato que pasemos juntos.

–¿¡Hacer el amor!? ¡Llámalo por su nombre! ¡Me vas a violar! ¡Amenazándome con matar a mi marido! ¡Eres un cerdo! –le grité.

Aro se acercó a Jasper y le clavó el cuchillo en la pierna, provocándole un gran dolor.

–¡Para! ¡Para, por favor! –le imploré levantando las manos y empezando a sollozar.

–La próxima vez que me levantes la voz, o si te resistes, continuaré hiriéndolo, ¿me oyes? Y cada vez iré a peor–dijo alejándose de Jasper, que aun seguía con una mueca de dolor, para acercarse a mí.

–De acuerdo, vale, pero no le hagas daño –le supliqué mirándolo directamente a los ojos.

Aro se puso delante de mí. Llevó sus manos a mi cintura y me atrajo hacia él. Para mí misma pensé en que debía dejarme llevar. Para no pasarlo tan mal. Si me resistía le haría más daño a Jasper… incluso podría matarlo.

Juntó sus labios con los míos, y empezó a moverlos. Pude sentir su lengua invadiendo mi boca.

–Qué bien sabes –susurró Aro separándose al fin de mi boca.

Fue subiendo sus manos por mi cuerpo, acariciándome a su paso. Pasó de la cintura a la espalda, y luego llegó al siguiente botón de mi blusa.

–No sabes el tiempo que hace que quería hacer esto –me dijo desabrochando cada uno de los botones con una lentitud angustiosa.

Una vez desabrochada, deslizó mi camisa por los brazos, dejándola caer en el suelo. Entonces una de sus manos bajó por mi cuerpo hasta llegar a la cinturilla del pantalón. Me quitó el cinturón y después de desabrochó el botón del pantalón. Me bajó los pantalones, agachándose él también. Aro estaba arrodillado ante mí, obligándome a levantar los pies para librarme del pantalón. Ahora me encontraba en ropa interior delante de Aro. La sonrisa de Aro no podía ser más grande, y mi cara de repugnancia tampoco.

¡No pienses en eso Alice! Esto es por Jasper, por tu familia,… no pienses. No pienses. Que pase rápido por favor. Que pase rápido.

Aro levantó uno de mis pies y lo besó. Fue subiendo por el tobillo, por la pierna, por el interior de la rodilla, deteniéndose ahí. Entonces hizo lo mismo con la otra pierna. Se levantó, y me besó en los labios mientras sus manos llegaban hasta el cierre del sujetador, que cayó al suelo en cuanto lo hubo desabrochado. Sus manos abarcaron mis senos, mientras iba besándome los labios y luego fue bajando por el cuello hasta llegar a mis senos.

–Tienes unos pechos preciosos –dijo Aro acariciándomelos. Entonces dirigió su mirada a Jasper, que seguía gruñendo, retorciéndose y con los ojos llenos de dolor–. Eres muy afortunado. ¿Estás cómodo?

Y soltó una carcajada. Entonces me tumbó bruscamente en la cama.

–Dejémonos de preámbulos –dijo.

Entonces vi que se estaba desnudando. Cerré los ojos. No quería ver eso. No quería ver lo que sucedería a continuación. ¿No había otra manera?

Noté que se acostó en la cama a mi lado. No pensaba abrir los ojos hasta que todo esto hubiera acabado. Bastante me costaría eliminar la sensación y el asco, como tener que eliminar también la escabrosa imagen. No pude evitar pensar en Rosalie. Ella también tuvo que pasar por esto.

Las manos de Aro recorrieron mi cuerpo hasta llegar a mis bragas, las cuales fue descendiendo lentamente, acariciándome con los dedos mientras iba bajando. No podía parar de escuchar a Jasper gruñendo e intentando soltarse. Oh Jasper. Oh Jasper. Esto o hago por ti, mi amor.

Las manos de Aro acariciaron mi pubis. Acarició mi clítoris y deslizó los dedos por los pliegues de mi sexo.

–Es una lástima que no estés húmeda –murmuró.

¿Y qué esperaba? ¿Qué lo deseara? ¡Ni muerta!

Entonces, sentí cómo deslizaba dos dedos en mi interior.

–Vaya… eres muy estrecha –exclamó Aro con un deje sorprendido en la voz, metiendo y sacando los dedos rítmicamente–. Me encanta.

Noté su peso encima de mí. Sacó sus dedos y noté cómo separaba mis piernas con las suyas, posicionándose sobre mí. Noté su miembro en mi entrada, preparándose para entrar. No, no, no, no. No me hubiera imaginado nunca que tendría que pasar por esto. No, no, por favor, detente. Pero no me hizo caso. Noté cómo Aro iba entrando en mi interior lentamente, llenándome.

–¿Tú qué crees? –preguntó Aro una vez en mi interior–. ¿La tengo más grande que Jasper?

Oh por Dios. Eso era lo que me faltaba. Pero la desgracia de estar con un lector de mentes como él era que podía rebuscar en mi mente y saber lo que él quisiera.

–Así que Jasper fue tu primer hombre –dijo con asombro–. ¿Él la tiene más grande? Vaya… qué decepción.

Entonces empezó a moverse. Primero lentamente, después fue acelerando el ritmo de sus embestidas. Yo intentaba pensar en otra cosa, pero el sonido de quejas de Jasper me rompieron el corazón. Ahora no estaba gruñendo, estaba llorando. Como yo. Abrí un ojo para mirar a mi marido, que estaba con la cabeza gacha y sollozando. Se sentía impotente sin pdoer hacer nada. Volví a cerrar los ojos.

Por suerte, no tardó mucho en llegar al clímax y quedarse quieto.

-¡Oh, Alice! –gimió cuando hubo terminado.

Seguí sin abrir los ojos. Estaba tumbado detrás de mí, abrazándome por la espalda. ¿Por qué? Sentía repugnancia por todo el cuerpo. Tenía ganas de ducharme, ganas de desaparecer. Me daba asco a mí misma. Sentía asco.

Aro se levantó y escuché que se estaba vistiendo. Yo me quedé hecha un ovillo en la cama, y Aro me puso la camisa y las bragas.

–Tengo cosas que hacer. Ha sido maravilloso –me susurró al oído–. Cerraré la habitación con llave, así que no esperes poder salir.

Escuché que los pasos se alejaban y de repente un estruendo. Abrí los ojos de repente.

Jasper tenía agarrado a Aro entre sus brazos como podía.

–¡Félix! –gritó Aro.

–¡Pagarás muy caro lo que le has hecho a Alice! –gritó Jasper con furia contenida, apretando mucho los dientes.

Félix entró de repente y no me pude creer lo que pasó después. Yo intenté levantarme, pero fue demasiado tarde. Con un solo movimiento, Aro le clavó el cuchillo a Jasper y… su rostro se convirtió en dolor. Vi a Jane al otro lado de la puerta. Fui corriendo a ayudar a Jasper, pero unos guardias me aturaron.

–¡Jasper! –grité desesperada.

Él estaba arrodillado en el suelo, con mucho dolor y gritando.

Pero fue demasiado tarde. Aro le arrancó la cabeza delante de mí.

–¡NO! ¡JASPER! ¡NO! –grité sin dar crédito a lo que vieron mis ojos–. No, no… Jasper… oh, por favor… ¡SUÉLTAME! Jasper, no…

Me retorcí, Dios sabe que lo intenté, pero no pude librarme del agarre de los guardias. Aro tenía una sonrisa satisfecha en su rostro mientras con una cerilla prendía fuego al cuerpo sin vida de Jasper.

–Esto te lo has buscado tú solita –dijo Aro mirándome antes de salir de la habitación.

Quería tirarme al fuego con él, no quería vivir. Ya no. Pero no pude. No pude. Aro ordenó que me llevaran a una celda… la misma en la que me torturaron. Me ataron a la pared de nuevo. Las piernas no me sostenían, sólo estaba de pie por las cadenas que sujetaban mis brazos.

Jasper estaba muerto. Jasper estaba muerto. Jasper estaba muerto. No podía parar de llorar. ¿Qué sentido tenía mi vida ahora? ¿Para qué seguir viviendo?

Alguien entró en la celda. Aro se puso delante de mí.

–Oh, Alice, ¿por qué lloras? Ya no sufrirá más. Ahora sólo faltas tú.

–Mátame –le pedí.

–Eres demasiado valiosa para mí –dijo acariciando mi mejilla–. Aunque sí que voy a castigarte por desobedecerme.

–¿Castigarme? ¿Te parece poco castigo arrebatarme lo que más amo en esta vida? ¿Mi razón para vivir? No puedes hacerme nada peor que eso.

–¿Segura? –preguntó clavándome el cuchillo en el vientre, repitiendo el proceso por la espalda, arañándome.

Pero no sentí nada. No podía sentir nada. Estaba muerta por dentro. Me habían arrebatado lo que más amaba. Ya nada importaba.


¡Hola! ¿Cómo están? Sí, lo sé, lo sé soy muy mala, muy mala, malísima xD Pero no todo puede ser bueno, ¿no? También tienen que pasar cosas malas, así es la vida u.u pero no sean muy crueles, yo también lo he pasado mal escribiendo esto u.u estoy llorando, lo juro

Siento comunicar que no volveré a escribir hasta después del día 14 de Junio porque tengo la Selectividad y tengo que concentrarme. Espero que lo entiendan, pero ése día volveré a escribir y seguiremos con el fic y le pondremos fin. (si, ahora querrán matarme aun más por tardar tanto y encima dejarlo donde lo he dejado xDD)

Gracias por sus comentarios, favoritos, alertas y por leer!

Besos,

Christina.