Capítulo 35
Sangre Sucia, literalmente
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"Aterrado, confuso enemigo
Afilando el cuchillo para enterrarlo
En lo profundo de un sueño frustrado."
Sucia Sangre, Autor desconocido
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La mandíbula le temblaba espasmódicamente provocando que la boca se le abriera y cerrara sin que pudiera hacer nada para evitarlo. Los dientes le castañeaban como en los crudos días de invierno en que, encerrado en el Salón de los Menesteres reparando aquel Armario Evanescente del demonio, el frío le había helado hasta el tuétano de los huesos.
Tenía los ojos clavados en esa maldita sangre sucia que tantas desventuras le había causado durante sus años en Hogwarts; sus ojos sin brillo y rostro desencajado lo estaban enfermando. Ansioso por largarse de ahí, por huir y no volverla a ver nunca más, Draco levantó un poco la mano que sostenía la varita, sin decidirse a apuntarle hacia el pecho o hacia el rostro. Con el corazón desbocado, sintiéndose casi mareado. Mil pensamientos en agresiva y ruda espiral dentro de su cerebro revoloteando sin control.
Hubiera sido más sencillo estar ante un precipicio y arrojarse al vacío. Abría y cerraba la boca, sabiendo que al momento de cumplir con su misión su familia estaría a salvo, pero… el precio que él pagaría sería caro. Esa mirada marrón acompañaría sus pesadillas por la eternidad y aún más.
Tenía claro que la chica no le inspiraba ninguna simpatía. Ni antes ni ahora. Por eso mismo no entendía porque no podía hacerlo, porqué no podía vengar todas aquellas afrentas por culpa de ella sufridas… la humillación de ser aventajado académicamente por una mugrosa cualquiera, la bofetada que la insolente se atrevió a propinarle delante de sus amigos, que Ginny lo hubiese dejado por aferrarse a obedecer la orden de…
Matarla.
-No… -masculló sin proponérselo. Una cosa era aborrecer a una persona y otra muy diferente acabar con su vida. Volteó de reojo hacia los jardines interiores del castillo, casi deseando fervientemente que Potter estuviera ahí, que lo obligara de alguna forma a no hacerlo. Maldito inútil, hijo de puta… ¿Qué no había sido Draco lo suficientemente claro cuando le dijo que no se alejara de la sangre sucia?. ¿Que no permitiera que anduviera por ahí sola e indefensa?
¿Dónde estaba el jodido héroe del Mundo Mágico cuando más se le requería?
Pero ni rastro del imbécil. Draco sólo alcanzaba a percibir árboles y al semi gigante peleando contra alguien junto al incendio de su casucha… más allá, nada. Al borde de una hiperventilación, Draco tuvo que reconocer que no podía hacer más. Que Potter no llegaría a tiempo a salvar a su noviecita. Que tendría que ejecutar la asquerosa misión para que la ira del Lord no cayera sobre los Malfoy.
-Draco… -siseó la desagradable voz de Severus detrás de él. A pesar de su aparente tranquilidad y sangre fría, el tono de su profesor denotaba enojosa exasperación.
-Sí… ya -respondió Draco con un hilo de voz, volteando a ver al hombre por un instante y clavando de nuevo los ojos en Granger. La muy estúpida, sólo estaba parada ahí, provocando que Draco se preguntara porqué era tan débil para no pelear contra la Imperius, porqué había tenido que enredarse con Potter, porqué tenía que ser él el que le hiciera eso…
Su mente recorrió las palabras de la maldición asesina con reverencial cuidado, como si acariciara un animal dormido que no deseara despertar. Abrió la boca, pero por más que intentaba no podía pronunciarlas… Se avergonzó de su cobardía, miró de nuevo a la lejanía, maldita-sea-Potter, sintió la mano de alguien empujarlo por la espalda, apresurándolo, acosándolo… -No puedo –gimoteó al borde de un ataque de pánico, pero en un tono tan bajo que nadie más de los presentes pudo escucharlo
La realidad le cayó como agua fría, apagando el incendio del rencor en su corazón. No podía. No había podido hacerlo con Dumbledore y tampoco con la sangre sucia. Aunque lo merecieran, aunque Draco los aborreciera. Simplemente, no podía.
¡Dirás lo que quieras, Draco Malfoy, pero yo sé que no eres un asesino! Las palabras que Ginny Weasley le había dicho en su última cita, aquella en la que Draco le había informado sobre su misión y le había advertido de que si Potter no se andaba con cuidado mandarían a su novia a criar malvas, retumbaron en su cerebro como burla a su franca cobardía.
Hizo una mueca de sufrimiento que intentó disfrazar de desagrado. Pensar en Ginny siempre le resultaba tan degradante, tan…
Doloroso.
Sin embargo, no podía olvidar que ella había confiado en él. No podía ignorar que a pesar de todo, ella todavía creía que Draco no era un Mortífago de verdad, que la marca era sólo una imposición sin valor. Y si mataba a esa estúpida delante suyo, perdería irremediablemente lo último que poseía de Ginny. Lo único que le quedaba de ella.
Su fe en él.
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-Ginny, por favor. No...
La súplica lastimera abandonó los labios de Harry casi sin que se diera cuenta. De hecho, creyó que sólo lo había pensado, ya que su corazón le latía tan desbocado que podía escucharlo y era como si se hubiese quedado sordo a los sonidos del derredor. La sangre se le agolpaba en la cabeza y le provocaba que el rostro le ardiera de furia contenida y humillación.
Tenía la varita de Ginny firmemente clavada en la frente, pero conforme pasaban los segundos y al ver que no conjuraba ninguna maldición, quedó claro para él que no tenía intenciones de hechizarle.
El desasosiego se apoderó de él por completo. De telón de fondo, los sonidos de la cabaña de Hagrid ardiendo y los gritos de su amigo mientras peleaba con algún Mortífago. De reojo, Harry podía verlos. Difusos, pero inconfundibles. Y su impaciencia por correr a ayudarlo se incrementó.
-¿Qué no se supone que eres una gran bruja? –le murmuró Harry desesperadamente a Ginny, aún sabiendo que en las brumas del Imperius la chica no le prestaría atención. Pero no le importaba. Tenía urgente necesidad de descargar de algún modo el repentino enojo que lo hacía temblar sin control. –Tus hermanos se pasan todo el tiempo alabando tus cualidades… que Ginny esto, que Ginny aquello –dijo torciendo la boca en un gesto de burla. -Que es una bruja muy poderosa. ¡Demonios, hasta Slughorn te incluyó en su maldito club!
Ginny no dijo nada, ni siquiera cambió un poco su posición. Y en vez de pensar en una posible vía de escape, Harry continuó desahogando su decepción.
-¡NO SIRVES PARA NADA! –gritó, levantando un poco el cuerpo pero deteniéndose cuando ella le presionó más duro la varita en la cara. Harry respiró agitado, temblando de rabia y apretando fuerte la hierba entre sus puños. Derrotado e impotente, le murmuró:- ¿Cómo es posible que te dejes dominar por un Imperius? ¿Cómo voy a creer que no puedas hacer nada para contrarres…?
Un espeluznante gruñido en la lejanía lo obligó a guardar silencio. De inmediato, la boca se le secó del terror, pues ese sonido no era de ningún animal… aunque tampoco era del todo humano.
Abriendo la boca sin poder evitarlo, un jadeo involuntario escapó de ella cuando Harry giró la cabeza hacia la entrada principal del castillo. Por más miope que estuviera, sabía que aquella borrosa silueta que apenas sí distinguía al pie de las escaleras no podía pertenecer a nadie más. La figura semihumana, alta y delgada, se erguía a contraluz de las antorchas del vestíbulo principal, respirando tan agitadamente que Harry podía apreciar la manera en que su pecho bajaba y subía con rapidez.
Neville. El escalofrío que lo sacudió fue tan violento que casi se cae de bruces contra el suelo. Neville estaba tirado a un par de metros de Fenrir Greyback, desmayado e indefenso.
-¡NEVILLE! –dejó salir en un pavoroso grito.
El chico regordete no respondió al llamado de su amigo. Harry miraba alternadamente y con rapidez entre su figura tirada deplorablemente en el piso y la silueta espeluznante de Greyback.
Fenrir pareció mirar hacia él y Ginny, y como si de pronto comprendiera la descorazonada posición de Harry, soltó una carcajada que le erizó los pelos de la nuca al muchacho.
Instintivamente, Harry se movió un poco hacia atrás cuando pareció que Greyback daba un paso adelante, pero el hombre lobo se detuvo de pronto, mirando hacia Neville de nuevo. Parecía dudar a quién atacar primero.
Harry contuvo el aliento. Regresó sus ojos hacia Ginny, percatándose con sorpresa que la chica ya había bajado la guardia y su varita ya no apuntaba directamente a Harry como un momento antes… Ahora la mano le colgaba laxa con el mágico instrumento apenas sostenido entre sus dedos, pues al igual que él, se distraía observando la escena que tenía lugar enfrente de ellos.
En medio de tanta desesperanza, Harry pudo al fin vislumbrar un camino a seguir. Por el rabillo del ojo, pudo distinguir la oscura sombra de Fenrir moviéndose velozmente hacia el inconsciente Neville.
Y eso fue suficiente para ponerlo en acción. Aprovechando la momentánea distracción de Ginny, se abalanzó sobre ella como un gato que brinca al regazo de su ama. Con una mano aferró la varita de la chica y con la otra la empujó con toda la energía que fue capaz, y al momento de que la sorprendida Ginny dio de espaldas contra el suelo con todo el peso de Harry sobre ella, perdió fuerza y Harry logró arrebatarle la varita.
Escuchó a Ginny gemir de dolor. Apoyándose en ella para lograr incorporarse lo suficiente y poder apuntarle a Fenrir, trató de enfocar algo más que sólo sombras borrosas y manchas de colores opacos. Nunca jamás como en ese momento le abrumó el peso de su miopía.
-¡Desmaius!
Por un par de segundos que a Harry le parecieron la eternidad no sucedió nada. Pero entonces, justo cuando Harry estaba empezando a temer que la varita de Ginny no lo obedecería, el anhelado rayo escarlata salió de su punta, pasando justo por encima de la cabeza del hombre lobo.
Éste se quedó como petrificado, pero sólo fue por un mísero instante. De inmediato, se abalanzó en dirección de Ginny y Harry, rugiendo de rabia como un animal salvaje.
Todo pasó muy rápido. Viéndose perdidos, Harry hundió el rostro sobre el pasto justo a un lado de la cabeza de Ginny, ya sin la entereza necesaria para intentar volver a usar la varita. De pronto, la mano derecha de la chica se le arrebató con fuerza y, para su enorme desconcierto, la escuchó gritar: -¡Impedimenta!
Fenrir estaba tan cerca, literalmente sobre sus cuerpos, que era imposible fallar el tiro. Se vio inminentemente proyectado hacia atrás aún con más impulso que con el que venía corriendo y cayó despatarrado junto a la entrada, dejando a Harry y Ginny respirando rápido y entrecortado.
Ambos se quedaron mirando hacia el hombre lobo por unos instantes, temiendo que despertara de nuevo y reanudara el ataque. Tardíamente, Harry recordó que estaba completamente encima de Ginny. Le dejó la varita en su mano y procedió a quitarse de un salto.
-¡Dioses, Harry!. ¿Qué demonios está pasando aquí? –chilló ella casi al borde de la histeria.
Harry la miró. O mejor dicho, intentó enfocar la vista en su silueta. –Ginny… -dijo con la voz más calmada que pudo manejar. -¿Podrías convocar mis anteojos?. ¿Por favor?
Ginny asintió. –Sí, pero tienes que explicarme qué demonios está pasando. ¿Por qué estamos afuera del castillo?. ¡Y sobre todo... ¿qué mierda hace ese Mortífago aquí?!
-¡Ginny! –replicó Harry con manifestada impaciencia.
-¡Ah, está bien! –Levantó su varita al aire. -Accio anteojos de Harry.
A unos pocos metros de ellos, las gafas de Harry emergieron desde la hierba y volaron hasta manos de la pelirroja. Se puso de pie trabajosamente y se las pasó a Harry.
-Estabas bajo la maldición Imperius –le explicó Harry en cuanto se colocó las gafas y antes de que ella volviera a preguntar, continuó: –Y estoy casi seguro que fue obra de Snape.
-¿De Snape? –repitió Ginny, pasándose una mano por el despeinado cabello. Los ojos se le iluminaron cuando pareció entenderlo. -¡Merlín, creo que tienes razón! Ahora recuerdo que… estábamos afuera de su despacho y luego él salió y…
-¡Ginny! –la interrumpió Harry rayando en la desesperación. –No hay tiempo de eso, es preciso encontrar a Hermione y atrapar a Snape y Malfoy… ¡Y también necesito mi varita!
-¿Tu varita?
-La perdí cuando… ¡Demonios, convócala de una maldita vez, Ginny! –gritó Harry.
-¡Dioses, qué genio! –murmuró ella mientras aprestaba su propia varita una vez más. –Accio varita de Harry.
Ambos miraron a su alrededor, pero nada sucedió. La varita de Harry no salió desde ningún arbusto, ni brotó desde algún charco de lodo. Simplemente, no llegó. Qué extraño, pensó Harry con rapidez. Al menos, que…
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-¿Qué demonios…? –gritó de repente el Mortífago que había llegado un momento antes acompañado por su hermana, provocando que todos los demás giraran sus cabezas a verlo, incluido el nervioso Malfoy. El chico rubio realmente parecía muy agradecido por tener una excusa que le permitiera postergar lo que evidentemente no le apetecía hacer: lanzarle una maldición a Hermione. Amycus, el Mortífago que había chillado, se llevó bruscamente la mano con la que no sostenía su varita hacia uno de sus costados, golpeándose a él mismo como si quisiera aplastar algún bicho que le estuviera reptando por debajo la ropa. Se oprimió fuertemente con el brazo izquierdo mientras que con la mano derecha se apuntaba con la varita, gritando: -¡PROTEGO!
Y antes de que nadie tuviera tiempo de preguntarle nada, Amycus se rió como demente y se sacó de entre sus oscuras y sucias ropas una segunda varita, la cual mostró a sus camaradas con gesto de desalmada satisfacción. Hermione no pudo evitar entrecerrar los ojos al estar casi segura de saber a quien pertenecía el mágico instrumento… pero por alguna razón, no recordaba ni el nombre ni el rostro del dueño.
-¡Qué maldito chico listo! –barboteaba el haraposo mago, muy alegre y pagado de sí mismo. –¡Todavía está de pie, el estúpido! Y está tratando de recuperar su varita… -Ante la mirada interrogativa de los demás, explicó rápidamente, casi atropellando las palabras de tan orgulloso que se sentía de su hazaña: -La recogí del suelo cuando uno de los niñatos de Dumbledore venía tras ustedes a todo correr y Alecto lo lanzó por los aires…
-¡Eso que traes ahí es la varita de Potter! –exclamó Malfoy claramente asustado y con los ojos muy abiertos. La manera en que pronunció el nombre demostró el pánico que la situación le estaba dando.
Algo en el cerebro de Hermione revoloteó. Destellos luminosos de comprensión atravesaron la bruma del encantamiento, rebelándose contra la voz que exigía silencio. Y cuando todos los Mortífagos dirigieron intempestivamente sus miradas hacia atrás, hacia los jardines del colegio, Hermione observó con fijeza la varita que el mago tenía en su mano, esa que Malfoy había dicho era la varita de Potter. Algo… había algo que…
Snape sujetó con brutalidad a Malfoy de la tela de su túnica, haciendo que el chico trastabillara un poco hacia atrás. Con la cara contraída de furia y ansiedad, le masculló: -¡Deprisa, Draco!. ¡Lo que debes hacer, hazlo ya! Si Potter está convocando su varita, quiere decir que tiene compañía y, como es su odiosa costumbre, no tardará de aparecerse por aquí para jugar su papel de héroe…
Malfoy asintió frenético, como si tuviera tanto miedo que no pudiera negarse. Hermione dio un paso atrás, pegándose completamente a la columna de piedra que sostenía la verja. No sabía qué, pero había algo que también a ella estaba empezando a asustar.
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Por puro instinto, Harry volteó su cabeza hacia los límites de los terrenos, que era hacia dónde se habían dirigido los Mortífagos que lo habían derrumbado y arrebatado su varita. Ginny imitó el movimiento, siguiendo su mirada. La luminosidad provocada por el voraz incendio les permitió vislumbrar las siluetas de varias personas junto a la verja… Y una de ellas, alguien delgado y no muy alto, apuntaba con su varita a…
Haciendo bizcos mientras trataba de enfocar bien y distinguir aquellas dos lejanas figuras, Harry empezó a presentir más que a descubrir que ésos eran, confirmando su mayor y más terrible temor, Hermione y Malfoy.
Harry jadeó al sentir que sus pulmones se quedaban sin aliento. Jaló a Ginny de un brazo y le señaló lo qué él veía. -¡Ginny!. ¡Ésos dos!. ¡Los que están allá...!. ¿Son…?
-Merlín bendito, creo que sí –susurró la pelirroja con el pánico impreso en cada palabra y Harry no necesitó más confirmación.
Se olvidó de que no traía varita. Se olvidó de Hagrid y de que éste luchaba por su vida contra un Mortífago grande y malévolo. Se olvidó de que la cabaña de su amigo se incendiaba con Fang adentro. De que Neville seguía aún inconsciente e indefenso a pocos metros de un temible hombre lobo que podía despertar en cualquier momento.
Lo único que sabía y lo único que era capaz de comprender era que él tenía que estar ahí. Y hacer lo que fuera necesario por quitarle al maldito Malfoy la maldita varita que ventajosa y cobardemente blandía delante de la cara de Hermione, porque si algo le había advertido al cretino era que si le tocaba un solo cabello…
-¡TE MATARÉ CON MIS PROPIAS MANOS, MALFOY! – clamó fuera de sí aunque estaba seguro que el maldito no lo había escuchado, y al punto emprendió frenética carrera. Por Merlín que en esta ocasión sí lo descuartizaría, y ni el mismo Snape podría hacer nada para evitarlo
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-¡Espera, Malfoy! –rugió Amycus con gesto triunfal provocando que el muchacho brincara del susto en el lugar donde estaba parado. El horrible hombre le tendió la varita que se había sacado de la túnica. –Utiliza ésta –le indicó con una sonrisa maliciosa.
Malfoy lo miró como si creyera que se había vuelto loco, observando horrorizado la varita que le ofrecían. –Pero… yo tengo la mía.
-¡Piensa en la deliciosa cara que pondrá el niñato ése cuando se dé cuenta que mataste a su noviecita con su propia varita! –gritó el repugnante Mortífago, riéndose convulsionadamente. Su hermana se unió entusiasmada a su idea mientras que el profesor Snape bufaba con fastidio. Sin dejar de sonreír maníacamente, Amycus completó: –¡Será la cereza del pastel, piénsalo!. ¡La sangre sucia muerta con la varita del mismo Potter!. ¡Tal vez, hasta consigamos que pierda el juicio!
Hermione se sacudió ante eso. Físicamente, casi fue como un golpe. La varita del mismo Potter.
Potter. Harry Potter. ¿Harry?
-¡HARRY!
No fue un grito. Lo que logró salir de su garganta, venciendo el yugo de un Imperius, fue un lamento. Un desgarro de cuerdas vocales y pecho. La muestra de su inmenso miedo.
Como si lo hubiera golpeado en pleno rostro, Malfoy brincó hacia atrás alejándose de Hermione. La miró con ojos desorbitados, quedándose tan atónito y desconcertado como los demás Mortífagos. Al instante, la claridad azotó el cerebro de Hermione tan bruscamente que no fue capaz de preguntarse porqué estaba ahí o cómo había llegado. Sólo supo y sólo se conformó con saber que tenía miedo. Mucho. Y que tenía que escapar a como diera lugar.
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Ginny se había quedado tan estupefacta al descubrir a Draco rodeado de Mortífagos y a punto de dañar a Hermione, que durante un momento no atinó ni a respirar. Y con la fuerza brutal de un golpe en pleno rostro, lo entendió todo. Con rapidez, los recuerdos le centellearon en el cerebro.
El despacho de Snape. Draco en el Salón de los Menesteres. Mucho ruido en los pisos superiores, y entonces Snape nos atacó. ¡Se llevó a Hermione para que Draco la pudiera…!
Aspiró una honda bocanada de aire cuando sus pulmones no pudieron más, y apenas sí fue consciente de que Harry ya no estaba a su lado. El chico corría como alma que lleva el diablo hacia los Mortífagos, gritando el nombre de su novia con un terror que Ginny no recordaba haberle oído jamás.
-¡HERMIONE!
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Era Harry gritando su nombre, Hermione lo escuchó con claridad a pesar de la distancia, y eso terminó de hacerla reaccionar. Sin pensárselo ni un segundo más, se dio la vuelta y empezó a correr hacia el castillo.
Pero no llegó lejos; detrás de ella, los Mortífagos emitieron exclamaciones de sorpresa y juramentos obscenos, y también pudo escuchar el grito de la harapienta hechicera llamada Alecto, tan destemplado y furioso que la hizo estremecerse de terror: -¡MALDITA SANGRE SUCIA, no vas a ningún lado! ¡ESPURCA CRUOR!
La maldición le dio de lleno en la espalda y la tiró al suelo. Mientras caía, escuchó a Snape gritar algo pero ya no fue capaz de entenderlo. Y aún antes de golpearse contra la húmeda tierra, Hermione sabía que podía darse por muerta.
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Era difícil correr entre árboles, piedras y plantas sin tropezarse. La oscuridad y la necesidad de mirar fijamente hacia donde estaba su objetivo a alcanzar, impedían que Harry prestara atención a los obstáculos a su paso.
Una raíz sobresaliente lo hizo trastabillar y perder velocidad. Totalmente enfurecido, bramó sabiendo que si hubiese tenido su varita consigo, hubiera hecho volar al árbol.
Desesperado, levantó la vista y casi se muere de la impresión al ver a Hermione tendida en el suelo, a un par de metros donde había estado con anterioridad. Jadeando con horror, Harry no podía imaginar que Malfoy la hubiese hechizado ya… o tal vez la había golpeado, no tenía maldita idea de qué era lo que había pasado. Pero la lejana visión de ese maldito chico rubio frente a su novia mientras ésta estaba tirada en el suelo y Malfoy le seguía apuntando con su varita, fue suficiente para hacerle hervir la sangre todavía más.
Y corrió.
-¡HARRY!. ¡Harry, espérame¡Harry!
Ginny lo estaba llamando a voces desde algún punto a sus espaldas, su voz reflejaba pánico y dolor a partes iguales. Harry ni siquiera se molestó en voltear. Siguió adelante, pasando la cabaña en llamas e ignorando la pelea que Hagrid libraba con el Mortífago, siendo que un instante antes lo único que deseaba era poder llegar en su defensa.
Porque en ese momento su mente sólo registraba y se repetía una sola cosa: llega. Llega. Llega.
¡LLEGA YA!
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Hermione conocía esa maldición. Alguna vez había leído algo al respecto y se había horrorizado de que existiera un hechizo tan perverso que no hubiera sido clasificado por el Ministerio de Magia como un Imperdonable. Así que sabía, oh Merlín bendito, sí que sabía lo que significaba eso aún antes de que la derribara.
Tendida boca abajo sobre el suelo, enterró la cabeza entre la hierba y con las manos apretó la tierra. Pudo percibir la manera en que lodo y suciedad se le metían por las uñas lastimándola certeramente, pero en realidad ése era su mal menor. El verdadero dolor estaba en su interior.
Dentro de su cuerpo, en su misma sangre. Cerró los ojos apretadamente, gimiendo en espera de lo que sabía le aguardaba y se preguntó si tendría el valor para soportarlo.
¿Alguna vez se había preguntado cómo sería si tuviera nervios en las venas? Si pudiera sentir a la sangre pasar a través de ellas… ¿sería una sensación que se podría tolerar? Hermione llegó a la conclusión de que no. Cada pequeña vena, cada gran arteria… de pronto pudo sentirlas. Ser consciente de ellas. De la manera en que su sangre bombeaba y circulaba entre cada célula. Del bum-bum de su corazón y del modo que su ritmo se iba reduciendo: lento, pero constante. Ella sabía que al final se detendría por completo.
Y dolió.
Dioses, sí que dolió. Hermione no tenía idea de cómo se sentía un Cruciatus, nunca había sido víctima de ninguno. Así que no podía tener punto de comparación, no podría saber cuál torturaba más. Pero había leído que el Espurca Cruor dolía como la maldita muerte y jamás pensó que lo comprobaría en carne propia.
Sabía que pronto su sangre dejaría de ser vital. Que abandonaría a las células de todo su cuerpo a su suerte. Que dejaría de representar oxígeno y alimento, que sería ni más ni menos como esos malditos la llamaban a ella y a todos los nacidos de muggles: sangre sucia.
Sangre de lodo.
Lodo. Lentamente su sangre se convertía en lodo. En líquido espeso, negro y maloliente. La mataría en cuestión de minutos. De a poco pero sin detenerse, como si se asfixiara desde adentro. Como si su sangre fuera veneno dañando irreversiblemente cada órgano vital de su cuerpo.
Pero no sólo eso. También dolía.
Dolía, dolía… ¡Dioses, cómo dolía! Quiso tener la entereza para soportarlo sin suplicar clemencia, pero era demasiado. Aferrándose al recuerdo de Harry, tratando de llenar su mente con imágenes de amor, amistad y alegrías pasadas. Pero era imposible, aquello la sobrepasaba. Su mente suplicaba sin emitir palabras al no querer ser escuchada por los que se burlarían de su desgracia.
¡Merlín, Harry!. ¡Me duele, Harry! ¡DUELE, DIOS, DUELE!
Usando el último aliento en sus pulmones y no pudiendo soportarlo más, gritó. Descuartizada por dentro, mutilada. Dañada desde lo más profundo de sus entrañas. Así gritó. No fue ninguna palabra en particular, por más que quiso decir el nombre de Harry no pudo hacerlo. No.
Sólo gritó.
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Un grito atravesó la oscuridad como relámpago en noche de tormenta. Y al igual que un niño pequeño teme a los rayos que anuncian lluvia, Harry se llevó la mano al pecho del horror que experimentó al oír aquello.
Porque eso no había sido un grito. Fue agonía pura y dolor en su más auténtica expresión. Lastimero y perturbador, como lobo herido aullándole su último adiós a la luna. Harry se congeló sin poder dar crédito a lo que acaba de escuchar, negándose a siquiera imaginar qué podía haber ocasionado que Hermione se lamentara de ese manera. El mundo alrededor se volcó encima de él como si de repente todo estuviera hecho de metal y él fuera el más potente imán atrayéndolo todo con fuerza.
A unos metros detrás de él, Ginny también se quedó inmóvil. Y justo en ese momento habían llegado hasta ellos Ron, Luna y Neville, quienes también se paralizaron al escuchar el desgarrador grito de su amiga.
–Dios de mi vida –atinó a murmurar Ron casi sin aliento.
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Durante un momento, Hermione dudó realmente si había emitido sonido alguno, pues ella ni siquiera oyó su propio chillido. Lo único que podía escuchar era a su sangre. A lo que fuera en que se hubiera convertido. Le retumbaba en los oídos como golpes de tambor. La percibía con claridad, le sentía en cada nervio, en cada centímetro de su interior. Como cuchillas, como espinas, como vidrio molido… entrando en cada rincón de su cuerpo y llevando muerte, sufrimiento y miedo. Provocando deterioro irreparable, sueño eterno.
Ella sabía. Bien que sabía. Sabía que no había marcha atrás. Sabía que estaba muriendo.
Apenas si podía respirar y aunque quiso gritar más, ya no pudo hacerlo.
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Parada ante la dantesca escena, Ginny sintió a Neville, a su hermano y a su mejor amiga, Luna, llegar junto a ella. Se preguntó si todos habían visto lo mismo, si todos habían sido testigos de lo sucedido. Porque lo que había arrojado a Hermione al suelo y la había hecho gritar de ese modo tan desgarrador, no había sido un hechizo lanzado por Draco. Había sido la Mortífaga, Ginny la había visto.
Y aunque fuera un consuelo absurdo en medio de toda aquella desgracia, Ginny casi lloró ante la evidencia de que Draco no hubiese sido capaz. Por momentos había temido que sí, que realmente cumpliera lo que le había jurado haría, en contra de todo lo que Ginny creía de él. Pero, por Merlín, no. No había sido así.
Una leve llama de esperanza le confortó el alma helada.
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Hermione hubiese querido gemir y quejarse cuando alguien la tomó por un brazo y la volteó con inusitada violencia hasta dejarla boca arriba sobre la tierra. Ese preciso lugar dónde la mano la había apretado, le punzaba como si se hubiera tratado de una tenaza de hierro candente. Como aquellas que utilizan para marcar animales. Ganado… Sangre sucias.
Rogó por no sentir más dolor. Dios, Dios… déjame morir. Por favor…
¿Por qué eso tardaba tanto?. ¿Por qué tenía su mente tan clara y podía aún sentir cada palmo de su cuerpo como si estuviera amplificado? Como si sus terminales nerviosas no llevaran señales, sino gritos agudos y ensordecedores. Como si su carne, sus músculos, sus huesos… todo bramara por inclemencia desde adentro.
Pero era inútil desearlo. Sabía que eso era parte del castigo, del maleficio. Estar lúcida hasta el último momento; poder pensar, sentir y percibir cada milímetro de su cuerpo. Cosas de las que nunca había estado consciente, como el correr de la sangre. Ahora hasta la escuchaba. La sentía. La sobrepasaba. Déjenme morir, por piedad.
Entreabriendo los ojos a duras penas, descubrió a Malfoy caminando a tropezones hacia ella hasta quedar parado a sus pies. Aún tenía su varita en la mano. Aún la apuntaba hacia ella, ahora directo al corazón. Hermione tuvo ganas de asentir. Sí, sí, por favor.
-¡HAZLO DE UNA MALDITA VEZ! -rugió la voz de Snape desde algún lado. –Sabes que tienes que ser tú quien le dé el tiro de gracia. ¡Date prisa antes que la maldición acabe con ella!
Hermione abrió más los ojos, lo más que sus adoloridos párpados le permitieron. Los sentía como trabados, tan pesados. Todo lo vio borroso, sabía que sus ojos estarían ya inyectados de sangre… o de lo que quedaba de su sangre en ese momento.
Malfoy la miraba horrorizado, con un gesto de incredulidad en su cara. Hermione casi podía jurar que el chico la estaba compadeciendo, que tal vez hasta le tuviera lástima por su sufrimiento. Deseó poder decirle muchas cosas. Que no importaba nada ya. Que lo perdonaba. Que por piedad… la ayudara y diera fin a su tormento.
Una lágrima cruzó el rostro del chico, rápida y casi invisible. Recorrió su mejilla y se perdió en la curva de su cuello. Hermione gimoteó de dolor, sintiendo su pecho arder tan salvajemente como si le fuera a hacer explosión. Sabía que su sangre contaminada estaba llegando ya a sus órganos vitales. Sabía que acabaría con ellos pronto. Y eso sólo significaba más intenso martirio.
-Dioses, Granger… -Malfoy no dijo en voz alta esas palabras. Hermione las leyó en sus labios, los cuales se movieron lentamente mientras el muchacho intentaba ahogar la exclamación que delataría su miedo, su angustia. Su comprensión. Lo vio mirar hacia el interior de los terrenos del castillo, ansioso, como esperando por algo. –Joder, Potter… ¿dónde mierda estás, que no llegas?
Y entonces Hermione comprendió que Malfoy esperaba la llegada de Harry tal vez hasta con la misma vehemencia que ella… Pero quizá él sabía que de cualquier manera Hermione ya no tenía salvación, porque bajó de nuevo la vista hacia ella con sus ojos grises brillando con contrición. Parecía decirle con la mirada "Yo no quería, te juro que no. Pero no tuve otra opción."
Lo sé, Draco. Y te perdono. De verdad.
Cerró los ojos al empezar los espasmos que sabía anunciaban todavía más dolor y el próximo final. Por primera vez en su vida anheló no haber leído. Deseó no haber sabido letra por letra, acción por acción lo que esa maldición hacía con su víctima. Y al mismo tiempo supo que ya no le quedaba vida para poder leer más. Que ya no podría volver a tomar un libro entre sus manos, que nunca podría perderse de nuevo en la biblioteca entre tomos que olían a pergamino viejo y a sabiduría ancestral. Que jamás volvería al castillo. Que no volvería a ver a su familia.
Que dejaría solo a Harry.
Saber eso le dolió más que la muerte misma.
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La manera brutal y sádica con que Snape había tomado a Hermione para voltearla boca arriba no había pasado desapercibida para Harry, quien todavía negándose a creer que estuviera sucediendo todo aquello, miraba pasmado y apoyado en el tronco del árbol.
La sangre le hirvió en las venas. Corrió. -¡Suéltala, maldito cobarde!. ¡Tus sucias y traidoras manos no merecen ni tocarla!
Aparentemente, Snape ni lo oyó. Él mismo parecía enfrascado en alguna discusión a gritos con los demás Mortífagos y Malfoy, quien llegó caminando lentamente hasta los pies de Hermione y de nuevo le apuntó, dispuesto tal vez a finalizar su misión.
Harry deseó haber tenido alas. Deseó que el maldito castillo no tuviera esa jodida protección anti desaparición. Deseó poder poner su cuerpo entre ese bastardo cobarde y Hermione, detener cualquier maldición con él mismo, porque para hacerle daño a ella, había jurado y prometido que sería sobre su cadáver.
Se mordió la lengua haciéndose bastante daño. Culpable hasta el dolor. No estaba cumpliendo sus promesas.
-¡No, Malfoy, NO!. ¡Te mataré, te lo juro!
-¡NO, Harry!. ¡NO!. ¡Él no ha sido!
El grito de Ginny se escuchó cerca, demasiado cerca. Entonces, Harry supo que lo venía siguiendo. Se enfureció con ella, la muy estúpida, enamorada-de-Malfoy, Ginny Weasley. Quien no parecía saber elegir lo que le convenía ni sabía dejar a Harry en paz.
Los recuerdos de todo lo que la pelirroja y Malfoy les habían hecho a Hermione y a él durante el año, relampagueó en su mente a velocidad vertiginosa. El odio repentino que sintió por ambos fue tanto, que literalmente el pecho se le heló. Su corazón dejó de sentir compasión, sólo quedó furia asesina. Ganas de vengarse, de hacer daño; rencor alimentado de impotencia y desesperación.
-¡LOS MATARÉ A TODOS!
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Estando Potter ya más cerca de ellos, en ese preciso momento todos los Mortífagos pudieron escuchar claramente sus gritos.
Draco pudo haber caído de rodillas sobre el suelo de puro alivio. Bajó rápidamente la varita, agradeciéndole a todos los Dioses que Snape y los otros dos imbéciles estuvieran distraídos mirando hacia donde la patética silueta del Gryffindor se notaba recortada contra la parpadeante luz emitida por el incendio.
Temblando de pies a cabeza, intentó barajar sus posibilidades… tal vez pudiera correr hacia el bosque y desaparecerse. Esconderse de los Mortífagos, incapaz de continuar con ellos, muerto de pánico de tener que volver a mirar al Señor Oscuro otra vez a la cara y tener que enfrentar su ira desatada.
Pero… ¿y su familia? Se estremeció. Si huía, matarían a su madre sin piedad.
Y él prefería estar muerto antes de saber que habían acabado con lo que más quería por culpa suya.
Eso es. Primero muerto.
El único camino a seguir se abría ante él, claro y ancho como autopista muggle. Tendría que morir a manos de quien fuera antes que el Señor Oscuro se enterara que no había tenido el valor de cumplir con sus mandatos.
Y antes que los otros pudieran siquiera reaccionar a la evidente llegada de Potter hasta ellos, Draco levantó de nuevo su varita pero ahora se arrojó en veloz carrera hacia el encuentro con su archienemigo de la escuela. -¡Ustedes escapen! –les gritó mientras corría, -¡Yo me encargaré de él!
-¡DRACO! –rugió Severus a sus espaldas. -¡Te ordeno que regreses aquí!
-Déjalo, idiota –dijo Amycus. –El estúpido de Potter se está suicidando. ¿Olvidas que yo tengo su varita?
-¡Tú no te metas! –bramó Severus antes de volver a llamar a Draco. Pero éste ya se había alejado y no escuchó más.
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Harry se paró en seco, un solo segundo. Impactado, observó a Malfoy salir corriendo a encontrarlo, dejando a Hermione tendida en el suelo y a merced de los otros Mortífagos. Entonces y sin pensarlo, también él se abalanzó en su dirección, dispuesto a enfrentarlo aún sin su varita.
No tenía miedo en absoluto. Sólo odio y rencor; deslumbrante, visceral y profundo. Lo mataría. Oh, sí… con sus propias manos y sin necesidad de ningún instrumento mágico.
Y cuando estaban ambos chicos a punto de encontrarse y Malfoy levantaba ya su varita preparándose para hechizar a Harry, una aterrorizada y jadeante Ginny se interpuso en el camino de su amigo, obligándolo a detenerse abruptamente.
-¿Qué haces, Ginny? –exclamó Harry enojado, intentando esquivar a la chica pero ésta parecía haber enroscado sus brazos alrededor de su cintura, dándole la espalda y encarando a su antiguo novio en un gesto protector.
-¡Quítate, Ginny, no seas estúpida! –se oyó la voz de Ron gritando unos metros atrás de ellos, y fue entonces cuando apenas Harry se percató que no estaban tan solos como había creído. Echó un rápido vistazo y vislumbró a su amigo pelirrojo corriendo hacia ellos, con Luna y Neville siguiendo sus pasos.
Intentó empujar a Ginny para quitársela de encima, pero parecía que se le había pegado como lapa al cuerpo. -¡Quí-ta-te! –le masculló, sintiendo en el alma la necesidad de enfrentarse a Malfoy y viendo entorpecido su deseo.
-¡No, Harry, espera!. ¡No traes tu varita! –le susurró su amiga, y luego se dirigió a Malfoy, quien se había quedado paralizado enfrente de ellos, observando pasmado a la chica. -¡Draco, no lo hagas! Por favor…
Harry no supo que fue lo que ocurrió, pues no vio que Malfoy levantara su varita. Pero repentinamente, una energía invisible y potente los golpeó a Ginny y a él, quitándole de encima a la chica y arrojándola lejos. Ginny gritó más fuerte que nunca cuando su trayecto la llevó a estrellarse de espaldas contra el tronco de un árbol. Cayó hacia un lado como muñeca de trapo, sin moverse más y gimiendo de dolor.
-¡Harry! –gritó un incrédulo Ron, ahogando las exclamaciones de los demás y corriendo hacia dónde había caído Ginny. Seguramente habría creído que había sido el mismo Harry quien había hechizado a su hermana. -¿Qué has hecho…?
-¿CÓMO TE ATREVES…?. ¡POTTER!. ¡MALDITO COBARDE!
El rugido de indignación de Malfoy le indicó que el rubio chico de Slytherin había creído también lo mismo. Inexplicablemente, eso le dio a Harry un motivo casi sádico para sonreír y decidió aprovecharse de la confusión para provocarlo. Se giró para enfrentar a Malfoy, quien lo miraba con odio desde la lejanía. No se molestó en reprimir un gesto socarrón. -¡Yo te digo lo mismo, imbécil!. ¡VEN Y DETENME SI TIENES EL VALOR!
Y cuando parecía que el rubio por fin se decidiría a atacarlo, de pronto miró hacia Harry con los ojos desorbitados y un gesto de terror en la cara. Y para desconcierto de Harry y él mismo, comenzó a levitar con brusquedad pasmosa. Se elevó unos pocos centímetros en donde había estado parado y luego, con rapidez, se giró en el aire y quedó colgando de cabeza a corta distancia del suelo. Harry se quedó boquiabierto sin entender lo que ocurría.
Aterrorizado, Malfoy empezó a gemir y a retorcerse, mirando hacia Harry al creer que éste era el que lo estaba hechizado. Durante un breve segundo, Harry también se preguntó si era él mismo quien estaba causando eso y no se había dado cuenta… pero no podía ser, no sentía ninguna magia emanando de él.
-¿Qué demonios me estás haciendo? –gimoteó el chico rubio espantado. Se apuntó a él mismo con su varita y gritó: -¡Finite incantatem! –Y al ver que no resultaba, continúo gritándole a Harry. -¡BÁJAME, Potter, MALDITA SEA!. ¡Bájame y enfréntate como hombre!
Y fue entonces que Harry reconoció el hechizo. Él mismo se lo había hecho a Ron en una ocasión en su habitación de Gryffindor. Era el Levicorpus. Uno de los encantamientos del libro del Príncipe Mestizo, inventado por ese personaje y desconocido para casi todos pero que Harry había aprendido a hacer a pesar que era un hechizo no verbal.
Malfoy empezó a alejarse de Harry con rumbo hacia la verja de salida, flotando y de cabeza, lo cual no hizo más que incrementar la cólera ciega que el chico de gafas sentía. Se arrojó de nuevo en su dirección, dispuesto a no dejarlo escapar.
-¡Qué me bajes, te digo! Maldito cara rajada hijo de… -chillaba Malfoy, sacudiendo los brazos como aspas de molino.
Llega.
Faltaba tan poco, estaba a tan pocos metros de llegar a Malfoy, y por lo tanto, de llegar a Hermione. A matarlo, a salvarla. A matar a todos y a cada uno de ésos mal nacidos esbirros de Voldemort. Pero sobre todo, a salvarla.
Malfoy se alejaba con rapidez y de una manera que en otras circunstancias a Harry le hubiera parecido tan gracioso que se partiría de la risa. El miserable iba dando manotazos frenéticamente, como buscando alcanzar el suelo y así poder sostenerse de algo para frenar su trayectoria. Sus pies permanecían inmóviles y muy juntos alto en el aire, como atados por una cuerda invisible. Harry miró más allá de Malfoy, a los personajes que estaban de espaldas al chico rubio…
¡Lo sabía! Snape era quien tenía la varita en alto y el que con velocidad y destreza dirigía a Malfoy de nuevo hacia ellos. Por supuesto. Harry cayó en la cuenta y entonces todo tuvo sentido: Snape era el Príncipe Mestizo.
Y por lo tanto, el creador del hechizo. Y seguramente sabía que Harry estaba tan fuera de sí que si llegaba a atrapar a Malfoy lo despellejaría vivo, y Snape tenía el Juramento Inquebrantable de proteger a Malfoy de lo que fuera a costa de su propia vida…
Aterrado aún más ante la perspectiva de que si Malfoy no mataba a Hermione tal vez Snape lo hiciera, tal como había sucedido con Dumbledore en la torre, Harry corrió tan rápido que casi se cae hacia delante, dando manotazos tal cual como si fuera surcando las aguas del lago.
Malfoy continuó dando guantadas y alaridos mientras terminaba de recorrer el camino hasta Snape, pasando justo a un lado de Hermione, quien seguía desmadejada y yaciendo justo a un lado de la puerta que marcaba el final de los terrenos del colegio.
Por primera vez, Harry se permitió una pequeña fracción de tiempo para fijarse en ella. Estaba lo suficientemente cerca como para poder distinguir que la chica casi no se movía, aunque Harry juraba y deseaba creer que percibía la manera en que su pecho se levantaba y bajaba por efecto de su respiración. Miles de pensamientos desfilaron delirantes por su mente, ideas de lo que Malfoy podía haberle hecho para dejarla en ese estado. ¿Un Cruciatus demasiado largo y cruel? La sola imagen lo puso como energúmeno.
No sabía, no tenía la más puta idea de lo que haría al llegar. No sabía cómo diablos haría para deshacerse de cuatro Mortífagos sin ni siquiera tenía su varita y así poder salvarla.
Pero lo haría.
O moriría junto con ella en el intento.
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Draco cayó con extrema violencia sobre el frío suelo de tierra al desvanecerse ese hechizo desconocido del cual había sido presa. El chico se incorporó con la mayor rapidez que su castigado cuerpo le permitió, sacudiéndose la túnica e intentando erguirse con dignidad a pesar de que su orgullo estaba tan pisoteado como si una manada de hipogrifos furiosos le hubieran pasado encima. A pesar de su rabia hacia Potter, tenía que reconocer que él no había sido el artífice del encantamiento, por lo que no le costó ningún trabajo deducir quién fue el verdadero causante de su paseo.
Se viró y miró hacia Severus con más furia de la que seguramente debía, por un momento había olvidado que el hombre había jurado a su madre protegerlo de cualquier cosa. Irónico; ¿cierto? Guardaespaldas gratuito cuando lo único que quiero es estar muerto
Y era consciente de que si Severus lo protegía era sólo porque si no, moriría por efecto del Juramento. En ese momento y como nunca, los ojos de su ex profesor eran dos carbones encendidos, llenos de saña y rencor. Increíblemente, el hombre parecía observarlo casi con el mismo encono que solía utilizar en exclusividad para Potter.
Así que su supuesto "rescate", no había sido más que un fruto de la necesidad de cumplir una promesa. Y entonces fue que Draco lo entendió todo.
-Usted fue quién atacó a la chica Weasley¿verdad? –le preguntó con la voz extraordinariamente calmada considerando lo alterado que en realidad se encontraba. –Los atacó a ella y a Potter para quitármelos de encima y salvar su propio pellejo traicionero... ¿cierto, profesor?
Por toda respuesta, Severus le sonrió y acto seguido, se abalanzó sobre él y, tomándolo por la túnica, lo jaló hasta colocarlo a su lado.
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-¡Uno de ustedes tome a la chica! –escuchó Harry que Snape les gritaba los otros dos Mortífagos. -¡Yo me llevaré a Draco, tenemos que desaparecernos YA! –les indicó finalmente con un grito destemplado.
-¡NO! –gritaron Harry y Malfoy al mismo tiempo. Uno, a algunos metros de distancia y acelerando su marcha aunque jadeaba sin aliento y el otro resistiéndose al abrazo del que fuera el jefe de su Casa.
Los dos hermanos se arrojaron obedientes sobre el cuerpo inerte de Hermione para cumplir la orden emitida por Snape. Necesitaban jalarla hacia fuera de los terrenos del castillo para poderse desaparecer en conjunto, ya que la chica se había derrumbado justo en la entrada pero hacia adentro.
-¡No!. ¡Déjenla en paz! –bufó Harry al tiempo que llegaba hasta ellos y sin pensarlo ni dudarlo un mísero instante, se proyectaba encima de ambos.
Habiéndolos cogido por sorpresa cuando justo se estaban inclinando para tomar a Hermione, el Mortífago llamado Amycus fue fácilmente derribado por Harry. Su hermana, Alecto, fue empujada por éste al caer de lado. Sin varita con qué pelear, Harry sólo hizo lo que su instinto le indicó, obteniendo fuerzas de su terror.
Amycus cayó de costado contra el suelo, haciéndose bastante daño pues era grande y pesado, además de que Harry le había caído en el estómago, dejándolo sin aliento. Pero Alecto, en cambio, se incorporó rápidamente rugiendo de rabia, y de un certero golpe, lanzó a Harry hacia un lado.
Harry tuvo que hacer uso de toda su agilidad y maña aprendidas de niño cuando burlar a Dudley era cuestión de vida y muerte; y notando que la bruja ya le estaba apuntando con su varita, Harry tomó un puñado de tierra y prestamente se lo arrojó a la cara.
Mientras su hermana gritaba furiosa y se frotaba los ojos, Amycus se apoyó con las dos manos en el suelo para poderse incorporar y Harry aprovechó eso. Sabía que si le permitía ponerse de pie utilizaría su varita contra él y estaría perdido. Con toda la agilidad que sus dieciséis le otorgaban, le ganó al Mortífago a pararse y le acertó tremenda patada en el rostro llevándose un par de dientes por delante.
-¡Maldito Potter, hijo de puta, me las pa…! –dijo Amycus con voz gutural debido a la sangre que le brotó a borbotones de la boca. Harry estiró un brazo y le arrebató la varita de la mano. Asombrado, se dio cuenta de que no era una sola varita, sino dos…
Casi se cae de la impresión al ver que una de ellas era la suya. Apretando los labios y cegado de furia, la apuntó hacia el hombre sin perder tiempo. -¡Desmaius!
-¡Crucio!
Al haberse concentrado completamente en el Mortífago, Harry se había olvidado de su horripilante hermana y ahora su descuido le estaba saliendo caro. Cayó sobre la tierra acompañado de un conocido y hondo dolor que le estaba torturando cada célula de su joven pero cansado cuerpo. Y antes de que pudiera pensar más, aún antes de que pudiera gritar, el dolor cesó.
Abrió los ojos a duras penas y notó que Snape hacía furiosas señas mientras gritaba destemplado y sin soltar la túnica de Malfoy, quien se movía como un muñeco de trapo bajo el agarre de su ex profesor. -¡Olvídate de Potter, estúpida!. ¡Ve por Amycus y por la sangre sucia!
Alecto le dirigió una mirada cargada de rencor a Snape, pero obedeció. O por lo menos eso intentó, porque teniendo ya su varita de nuevo consigo, Harry la levantó a pesar del dolor que acalambraba cada músculo de su cuerpo y jadeó de nuevo, apuntando hacia ella: -¡Desmaius!
Ni siquiera se cercioró si el hechizo se ejecutaba correctamente. De inmediato y aún tumbado sobre el suelo, giró su cabeza hacia dónde estaban Snape y Malfoy, sorprendiéndose de ver que el rubio seguía peleando por liberarse de la mano del profesor que lo sujetaba como tenaza de las ropas. Sin embargo, Snape parecía indiferente a los forcejeos de Malfoy y en cambio miraba a Harry con la misma furia asesina con que lo observaba él.
Luchó por levantarse, tenía que llegar a Hermione antes que ellos… la chica estaba ya tan cerca, Harry la miró por el rabillo del ojo. Estaba pálida y apenas respiraba, pero seguía viva. Viva. Y Harry jamás la abandonaría.
-Observa Draco, Potter ha tenido la amabilidad de venir a decirnos adiós… Qué conmovedor –siseó Snape de pronto, esbozando una sonrisa cruel al observar los esfuerzos de Harry por incorporarse, tan débiles y trémulos por el dolor que no podía ni con su propio peso. Aventó al chico rubio con dirección a Hermione mientras terminaba de decirle: -Démosle su regalito de despedida, seamos políticamente educados. Obséquiale una escena que sus malditos ojos miopes jamás olviden… -Y furioso, agregó: -¡Mátala ya!
Harry jadeó un "no" agitando frenéticamente la cabeza hacia Malfoy, quien repentinamente libre del agarre de Snape, se quedaba de pie ante la yaciente Hermione y con su oscura túnica agitándose al viento. Harry levantó su varita hacia él.
Pero antes de afinar siquiera la puntería, un hechizo de desarme efectuado con pereza por Snape arrojó su varita lejos. Harry lo miró a los ojos, encontrando tanta fría burla y odio encarnizado, que no dudaba que después de acabar con Hermione lo matarían a él a continuación. Tenían que hacerlo, porque Harry jamás podría vivir con aquello… -No, por favor. No…
Malfoy, pálido y tembloroso, volvió a levantar la varita. Si escuchó la lánguida súplica de Harry, simplemente la ignoró. Pero los segundos pasaban y ante la desesperación de Harry, Malfoy no parecía decidirse a hacer nada.
Ante su titubeo, Snape masculló con acritud: –Piensa en tu madre, Draco. ¿No es su vida más valiosa que la de esta sangre sucia?
Malfoy endureció el rostro ante lo dicho por Snape y Harry notó cómo los nudillos de la mano derecha se le ponían blancos de tanto que apretaba la varita. Muerto del miedo, Harry sintió su cuerpo sacudirse por la revelación. Embargado de terror, todo lo comprendió.
Malfoy estaba actuando bajo coacción. Seguramente Voldemort lo habría amenazado con matar a... ¿su madre?. ¿A su padre, a él mismo? Harry debía haberlo sospechado antes, y ahora que lo sabía, los acontecimientos de todo el año adquirían un sentido completamente diferente. Tal vez, Malfoy no era tan culpable después de todo. Tal vez, fuera sólo un títere sin voluntad en manos de Snape y Voldemort.
Pero al mismo tiempo Harry estaba casi completamente seguro de que si Malfoy se veía obligado a escoger entre su madre y Hermione, por supuesto que la chica castaña saldría perdiendo. Se le secó la boca tanto que ya no pudo ni abrirla. Sentía que la lengua se le resquebrajaría igual que su alma si ella moría.
Malfoy cerró los ojos un segundo y cuando los abrió de nuevo, le brillaban con determinación.
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-¡No, Draco! No…
A pesar de que había gritado con las pocas fuerzas que le quedaban, Ginny estaba consciente que Draco no la escucharía. Pero su débil petición sí fue oída clara y nítida por su hermano, quien prácticamente la llevaba cargada del brazo.
Bajo la colina, a unos metros de distancia de dónde Harry y Hermione estaban a merced de Snape y Draco, los dos hermanos Weasley se acercaban a ellos acompañados de Luna y Neville, lo más rápido que podían hacerlo. El estupor de Ron era tal, que pareció no darse cuenta que su hermana acababa de llamar a Malfoy por su primer nombre.
Desde donde ellos estaban, el espectáculo era estremecedor. Draco le apuntaba a Hermione y parecía a punto de rematarla, y un abatido Harry se arrastraba como podía hacía ella sobre la tierra.
-¡DRACO! –escucharon que Snape bramaba. -¡Ahora!
-¡Draco, no!. ¡No lo hagas! –pidió a su vez Ginny de nuevo. Y ahora sí su hermano pareció percatarse de que aquel comando encerraba mucho más de lo que cualquiera hubiera supuesto. Ron detuvo su marcha y miró asombrado a su hermana, tan impactado que se había quedado sin palabras. Ginny le correspondió la mirada, desafiante y orgullosa. –Te lo aclararé después –le susurró con voz tensa, antes de devolver sus ojos a Draco, quien se había quedado de una pieza al escucharla y ver que se aproximaba.
Y como si tomara repentinamente una decisión, Draco agitó su varita y gritó con un gesto de furia en la cara: -¡Tardus permutario!
Un rayo de leve tonalidad púrpura brotó de la varita del Slytherin y rodeó por un segundo el cuerpo inerte de Hermione, para después desvanecerse y dejar a la chica todavía más exánime de lo que ya se encontraba con anterioridad.
-¡NOOO! –gritó Harry.
-¡Hurón maldito!. ¿Qué has hecho? –chilló Ron a su vez, soltando a Ginny y empezando a correr hacia sus amigos caídos.
-¡Hermione! –gimieron Neville y Luna antes de emprender carrera detrás de Ron, dejando a la pelirroja atrás. Casi desplomándose al suelo, más por debilidad producida por la impresión que por los golpes de su caída, Ginny continuó su camino sola, tambaleándose y negándose a creer que Draco… su Draco hubiese sido capaz de…
Un recuerdo lejano, dulce, añorado y enterrado con el propósito de no sentir nostalgia, surgió rebelde en su mente, forzándola a reconsiderar la situación.
Draco y ella, recostados uno al lado del otro en la pequeña cama de piedra después de haber hecho el amor en su cueva. El chico le relataba, muy ufano, sobre la variedad de encantamientos y hechizos que se podían aprender de los libros prohibidos de la biblioteca de su Mansión.
-Claro que también te encuentras con cada caso ridículo –había comentado Draco mientras le acariciaba devotamente el cabello. Parecía que nunca se cansaba de hacerlo.
Adormilada y sintiéndose en paz con el mundo, Ginny había insistido en que le diera un ejemplo de algún hechizo absurdo con el que se hubiese topado alguna vez.
-Bueno… -Draco frunció el ceño, haciendo memoria. –Recuerdo uno que tiene la cualidad de desacelerar el metabolismo del cuerpo…
Ginny resopló. -¿Y eso para qué sirve? Que yo sepa, lo que quiere la gente es que su metabolismo se acelere, no lo contrario.
-Así es ahora, comadreja –le respondió Draco cariñosamente. –Pero en la Edad Media se les tenía más aprecio a las mujeres que no parecían estar a punto de desfallecer de hambre, como tú comprenderás…
Ginny, que sabía que era extremadamente delgada pero que no se acomplejaba por ello, le había golpeado un hombro mientras decía: -¡Mira, quién habla! Como si tú no parecieras un palo andando.
-Jaja, qué graciosa… -se rió sardónico. -El punto es que el hechizo era utilizado para mantenerse con buena figura, especialmente en los tiempos que la comida no era abundante. Lo que lo vuelve patético es, que si se aplicaba con demasiada intensidad, les provocaba desde un leve letargo hasta un estado casi cataléptico al detener las funciones vitales de la persona… Por aquella época hubo un incremento en el número de brujas dormidas que no podían ser despertadas ni con el beso de ningún príncipe muggle. ¿De dónde crees que surgió la historia de Blanca Nieves? –se rió. –Eso de que su madrastra era malvada sólo fue puro cuento. La verdad es que la presumida de Blanca Nieves estaba más bien escuálida y quería ponerse tan buena como la esposa de su padre.
Cuando dejaron de reírse, Ginny le había preguntado: -Entonces... ¿puede ser mortal?
-No, pero... –Draco se había quedado pensativo durante un momento, y a final agregó: -Quizá en ciertos casos pueda ser de utilidad; ¿no? Parecer muerto cuando en realidad no lo estás.
Boquiabierta, Ginny comprendió. "Quizá en ciertos casos pueda ser de utilidad"… Eufórica, aceleró su marcha con rumbo a la refriega. Las lágrimas amenazaban con nublarle la vista, por lo que se talló la cara para limpiársela. Lo sabía. A pesar de lo terrible de la situación, no pudo evitar una sonrisa de satisfacción.
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¡Lo ha hecho, se ha atrevido! repetía el cerebro de Harry una y otra vez, tenía la mirada clavada en Hermione, muerto del terror porque no podía asegurar a ciencia cierta si estaba viva o no.
No tenía una maldita idea de lo que ese hechizo oscuro provocaba en sus víctimas, pero viniendo de Malfoy, seguro que no era nada agradable la perspectiva.
Desde el suelo, vio a Snape adelantarse hasta Malfoy a grandes zancadas, de seguro con el afán de felicitarlo e huir con él… Por lo que su sorpresa fue mayúscula cuando el mago de cabellos grasientos tomó al joven rubio del brazo con enorme brutalidad, lo volteóy entonces, le propinó en el rostro un puñetazo tan certero y fuerte que Harry juró le había roto la nariz.
-¡COBARDE!. ¡So indigno!-le gritaba el hombre al muchacho, tan fuera de sí que escupía saliva a cada palabra que pronunciaba. -¡No haces honor a tu casta, Draco! ¡ME AVERGUENZO DE TI!
Cubriéndose la nariz con las manos, Malfoy se tambaleó hacia atrás, danto traspiés y alejándose de Hermione y Snape. Le escurría sangre de la cara, pero no cesó de mirar con rabiosa rebeldía a su ex profesor.
Snape le dio la espalda y levantó su propia varita para finalizar con lo que Malfoy aparentemente no había podido hacer. Acabar con Hermione de una vez.
Harry levantó su mano en un gesto inconsciente y suplicante, y antes que pudiera decir algo, varios rayos de magia alcanzaron a su ex profesor. Con un certero movimiento de varita, Snape se libró de uno, pero los otros le dieron de lleno y cayó abatido de espaldas contra el suelo. Adelantando a la lastimada Ginny, Ron, Luna y Neville habían llegado hasta ellos y blandían sus varitas sin atisbo de miedo, dispuestos a salvar la vida de su amiga. Harry creyó que se ahogaría del enorme alivio que experimentó.
Snape se incorporó un poco, agitando la cabeza para quitarse de los ojos la cortina de cabello que le obstruía la visión, y con el rostro contraído en un rictus de helada y enojosa furia, les dio a todos una última mirada de desprecio y acto seguido, desapareció.
Por unos segundos, todo pareció quedarse suspendido en el tiempo. Harry y Hermione sobre el suelo, separados apenas por una decena de metros. Ginny, cojeando y titubeante, llegando junto a Malfoy pero sin atreverse a hablarle o tocarlo. Ron observando a su hermana, olvidando todo lo demás y con la incrédula y angustiada comprensión brillando en su mirada. Neville y Luna de pie aún con sus varitas levantadas y apuntando hacia el lugar donde Snape se encontraba tirado justo antes de desaparecer. Los dos Mortífagos yaciendo despatarrados sobre la tierra.
-¡Atenlos! –exclamó Harry de repente, al notar que ambos ya empezaban a dar signos de estar despertando. Luna y Neville miraron a Harry por un segundo, y al instante parecieron comprender a qué se refería. Hicieron lo que les pidió, encargándose cada uno de un Mortífago y poniendo a buen resguardo sus varitas.
Y de inmediato, la mirada de ambos pasaba alternadamente de Hermione hacia el punto donde Ginny y Malfoy estaban de pie, como no sabiendo cuál de las dos situaciones exigía la más pronta atención. Con sus varitas todavía al ristre, dispuestos a reducir a su compañero de Slytherin a la menor provocación.
Era obvio que Hermione se encontraba mal, pero la tensión que seguía reinando en el aire por culpa de la presencia de Malfoy les impidió a los demás relajarse. Y aunque era verdad que con el rostro bañado en sangre y la varita baja no parecía representar peligro alguno para todos ellos, la situación entre él y los hermanos Weasley parecía un volcán a punto de hacer erupción.
A Harry le dolió que Ron tuviera que haberse enterado y de aquella manera, precisamente. Pero en ese justo momento, su prioridad yacía inconsciente a unos metros de él, por lo que no se lo pensó dos veces para arrastrarse a gatas hacia donde Hermione estaba tumbada y aparentemente tan mal, que apenas sí respiraba.
Suplicando por que no fuera demasiado tarde, Harry eliminó angustiosamente la distancia. De reojo, observó que Luna se le emparejaba y ambos llegaron ante su novia al mismo tiempo. Harry abrió la boca, impresionado por la apariencia desvalida y agonizante que la chica presentaba. -¿Hermione? –atinó a susurrar casi sin voz. El miedo le atenazó el corazón y sintió que se quedaba sin fuerzas. Jadeó y repitió un poco más alto esa vez: -¿Hermione?
Harry no se enteró en qué momento llevó una mano trémula hasta el brazo de ella y la tocó. Y justo al contacto, Hermione gimió de dolor, ocasionando que Harry retirara su brazo aterrorizado. ¡Tuvo que ser un Cruciatus! pensó desperado, casi ridículamente esperanzado. Porque, después de todo, la maldición no era mortal si no se había prolongado demasiado, si tomaba a su novia en ese mismo momento y la llevaba ante Madame Pomfrey. La buena mujer hacía milagros, Harry lo sabía bien.
Aterrado, desechó de inmediato los recuerdos de gente incapacitada de por vida como los Longbottom; de casos dónde la maldición afectaba el funcionamiento de órganos internos ocasionando la muerte posterior. No, eso no le pasaría a su Hermione. Ella estaría bien muy pronto.
Todo estará bien.
-Hermione –susurró de nuevo, agachándose para hablarle más cerca de su oído pero sin atreverse a tocarle ni un pelo. –Soy Harry… Hermione. Todo estará bien,¿me oyes? Te llevaré a la enfermería en un santiamén y entonces…
Se interrumpió cuando la chica empezó a mover los párpados lánguidamente, como si intentara abrirlos. Harry suspiró aliviado, si Hermione lo escuchaba y recuperaba la consciencia, entonces quizá no le habían hecho gran daño y entonces…
Todo estará bien.
Se aferraba a ese pensamiento como naufrago a la última tabla sana del barco. Todo tenía que estar bien, ya era demasiado horror, ya era demasiada muerte y destrucción. No podía perderla, simplemente, no podía.
Hermione logró abrir los ojos, y entonces fue cuando Harry supo que no, que nada estaría bien ya más. Abrió la boca con ansiedad y necesidad de gritar de horror, pero no logró que un sonido saliera de ella.
-¡Dioses del Olimpo! –escuchó que Luna decía a sus espaldas. –Merlín, Harry… sus ojos.
Con la boca aún abierta en un mudo grito, Harry empezó a negar con la cabeza. A punto de volverse loco de la desesperación, la tomó de ambos brazos sin importar el dolor que pareció causarle y entonces, se derrumbó.
-¡No!. ¡HERMIONE, NO!. ¡NONONO, por favor!. ¿Qué tienes, qué te pasa?. ¡MALDICIÓN!. ¿QUÉ TE HAN HECHO?
Sus gritos paralizaron el ambiente. Todo se congeló mientras él agitaba frenético a la chica, pidiéndole respuestas que ella no podía dar, suplicando en su mente que lo que estaba viendo fuera sólo un engaño, negándose a creer que había fracasado. Que le había fallado a la persona más importante en su existencia.
Hermione no pudo más y cerró de nuevo sus lastimados ojos. Harry se resistía a siquiera pensar que tal vez hasta estuviese ciega. Porque no era posible que pudiera ver algo a través de ellos, que pudiera usar su anteriormente hermosas pupilas… Era imposible. Los ojos de Hermione lloraban, pero no lágrimas límpidas y saladas. No.
Lloraban sangre. Sangre negra y densa como la oscuridad de la noche.
Gotas de ese líquido tenebroso le escurrieron por las mejillas y Harry se las limpió trastornado, aterrorizado, dejando manchas oscuras en el rostro de la chica. A punto de volverse loco. La abrazó contra él, la apretó lo más que pudo sin hacer caso a sus débiles y apenas audibles gimoteos. Suplicando. -¡No, no, no!. ¡Ella no, maldita sea!. ¡ELLA NO!. ¿Qué le han hecho?
-Es la maldición de la Sangre Sucia.
La voz de Malfoy, agotada y vencida, gangosa por el efecto de la nariz rota, surcó el silencio que se había impuesto sobre ellos. Lentamente, Harry se giró a verlo.
-¿Qué? –le preguntó con una voz tan cargada de furia, que Malfoy dio un paso atrás sólo de oírlo. -¡Haz sido tú el que le hizo esto!. ¿Verdad?
-¡No fue así! –replicó Malfoy indignado, como si supusiera que Harry tendría que haberlo sabido. A todas luces a punto del desfallecimiento y señalando a la Mortífaga desmayada y atada de pies a cabeza que yacía a una corta distancia, murmuró: -Fue Alecto. Granger trató de huir y ella le lanzó la Espurca Cruor… La maldición que vuelve la sangre de… -Se interrumpió y frunció el ceño. –Por Merlín... ¿de verdad no saben qué es eso? –preguntó inesperadamente y recuperando un poco de su habitual arrogancia.
Todos lo miraron con intenso enojo: Ginny a unos pasos de él y con su hermano detrás, Neville todavía en guardia con la varita lista y Luna de pie junto a Harry, quien tenía a Hermione aún entre sus brazos. Con una mirada de incredulidad ante el repentino e injustificado despliegue de petulancia de Malfoy.
El muchacho rubio casi se desmayó de la impresión cuando Harry soltó a la desfallecida Hermione, dejándola de nuevo sobre el suelo y en menos de dos pasos, estuvo justo ante él.
Resplandeciendo de rabia y aprovechándose de su momentáneo pasmo, Harry le arrebató la varita, la arrojó a un lado y lo tomó por la túnica con ambas manos, sacudiéndolo tan violentamente que salpicó sangre por doquier. -¡Me vas a decir de UNA JODIDA VEZ qué diablos es eso que le hicieron a Hermione, si no quieres que termine de desbaratar tu lindo y aristocrático cuerpo, incluyéndote el culo, MALFOY!
A sus espaldas, Luna y Neville corrieron a arrodillarse a un lado de Hermione, mirándola ambos con gesto dolido e impotente. Ginny y Ron observaron a Harry, temerosos de que en verdad cumpliera su promesa y ahora sí, se decidiera a matar a Malfoy.
Ginny los alcanzó y tomando firmemente a Harry de un brazo, le suplicó: -Harry, espera… -Mirando al chico rubio, quien jadeaba sorprendido por la reacción de Harry, ella le pidió: -¡Dinos, Draco, por favor!. ¿Qué demonios significa esa maldición?
Malfoy miró a la pelirroja y sus facciones se ablandaron por un mísero segundo. Y como si tuviera bastante vergüenza para poderle sostener la mirada, agachó la cara y masculló con voz derrotada: -Significa que ya pueden ir empezando a dar a Granger por muerta. Su sangre se ha convertido en lodo y no existe contrahechizo.
El silencio que azotó a todos en ese momento permitió a Harry darse cuenta de lo fuerte que soplaba el viento, de lo helado que era y del odio que sentía por Malfoy y todos los que se empeñaban en hacerle la vida miserable y destruir y dañar a sus seres queridos.
-Mientes… -le replicó entre dientes. Malfoy levantó el pálido rostro y lo miró a los ojos con su acostumbrado dejo de superioridad. Negó con la cabeza.
-No, Potter. Me temo que no. Y si tú fueras un poco más aplicado y de vez en cuando tomaras un libro, sabrías como yo que esa maldi…
No lo dejó terminar la frase. No necesitó su varita. El agarre firme de Ginny sobre su brazo fue prestamente ignorado y permitiendo que esa magia nueva y liberadora que se descargó en cada fibra de su ser lo invadiera, la utilizó. A pesar de saber que Malfoy no había sido el ejecutor, a pesar de haberse enterado que era Mortífago por obligación, a pesar de saber que los culpables eran otros… Se dejó arrastrar por el deleite de tener la fuerza de desahogar su dolor e impotencia.
Y sin pensar en nada más, soltó a Malfoy y con un movimiento de mano, rápido y potente, lo arrojó contra el suelo. Que sufriera al ras de la tierra al igual que Hermione, que se retorciera de dolor como ella… -¡MALDITO SEAS, MALFOY!. ¡Tú y tu sangre podrida!
Y ante el horror y asombro de todos, Malfoy se desplomó de espaldas y en medio de gritos espeluznantes de angustia y sufrimiento, se llevó las manos al pecho mientras su túnica negra se empapaba en tanta sangre que nadie dudó que pronto estaría muerto.
Bueno, aquí estoy otra vez. Puedo suponer que algunos de ustedes saben los motivos por los que me he atrasado con mis actualizaciones (lo tengo en mi LJ) pero de cualquier manera les pido un encarecido perdón.
Casi estoy segura de que este es el penúltimo capítulo, así que estoy ya empezando con el sig. para tenerlo listo antes de la salida del libro. A propósito de eso, estoy en un equipo de "traducción Inefable" xD (sabrán lo que significa, jeje) Por si a alguien le interesa, cuando la tengamos lista voy a colocar en mi LJ el link al archivo.
Tengo que agradecer a las personas que me dejaron un comentario durante estos meses, pero hay varias de ellas las cuales les debo muchísimo más que un review. También espero me sepan disculpar el que no les responda de uno en uno, pero de verdad que en este momento no puedo. Sólo les puedo asegurar que todos y cada uno de los reviews llegaron en un momento justo y que todos son alimento a mi alma. Muchas gracias.
Draco y Ginny le agradecen a Allalabeth porque les dio voz y voto en este capítulo y porque, gracias a ella, lograron mantener su esencia. Harry también se une a ese último agradecimiento, y manda a decirle que le conmueve la confianza que le demuestra en su siempre inquebrantable bondad Gryffindor. Y Julie le agradece, dicho sea de paso, que haya sido beta, consejera y crítica sin igual de este capítulo. Merlín bendito... ¿qué haría yo sin ella?
