XXXVI
El amor de Saori, Parte 1

Washington, 27 de junio de 1969, 05:54a.m.

Lyndon Johnson acababa de escuchar el informe sobre el accidente en el desierto de Nevada, solamente para entender que no había sido ningún accidente lo que ocurrió allí. Fue el mismo Richard Helms quien acudió personalmente a la Casa Blanca para entregar el reporte.

—El responsable del sabotaje fue un individuo llamado John Cook, un técnico de mantenimiento —dijo Helms mientras el presidente se paseaba de un lado a otro en el Despacho Oval—. Tenía un papel con tinta invisible que hablaba de unas instrucciones para reemplazar detonadores de altura por unos de tiempo. El texto estaba escrito en ruso y las huellas digitales encontradas concuerdan con las de Cook.

—Así que tenemos un traidor —dijo el presidente Johnson, abandonando su paseo y tomando asiento en su despacho—. ¿Lo encontraron?

—No, señor. Pereció junto con la explosión.

—Eso es conveniente —opinó el presidente Johnson, llevándose una mano al mentón—. De ese modo no se podrá obtener una declaración de su parte.

—Eso no importa —dijo Helms, dejando el informe escrito sobre el escritorio del presidente—. El FBI tiene evidencia suficiente para individualizar al sujeto responsable de esta agresión. Incluso puede ser que Cook haya sido un espía soviético encubierto. Sus métodos son similares a los de un operativo estándar de la KGB.

—Entonces, ¿qué sugieres, Richard?

—Le sugiero que reúna al Estado Mayor lo antes posible —dijo Helms con suma urgencia—. Es claro que este atentado es una prueba de que los soviéticos se están volviendo agresivos. Por lo menos pase a DEFCON 3 para que el Ejército y la Marina estén en alerta.

El presidente Johnson ponderó las palabras de Helms, aunque lo hizo por puro compromiso, pues sabía que el Director General de la CIA tenía razón. Brezhnev esperaba que Estados Unidos lanzara un ataque preventivo a la Unión Soviética para tener una excusa para rociar América con misiles de largo alcance.

—Está bien. Reuniré al Estado Mayor en media hora para decidir el mejor curso de acción. Pero si tienes razón con respecto a los soviéticos, lo mejor es prescindir del ataque preventivo y acabar con la amenaza de forma decisiva. Tenemos sesenta mil ICBMs listos para arrasar con la Unión Soviética en un parpadeo.

Helms asintió por toda respuesta y se retiró del Despacho Oval, dando su trabajo por terminado. Si las predicciones de Herbert eran las correctas, en poco tiempo el presidente decretaría DEFCON 1 y el Apocalipsis comenzaría. Sonriendo para sus adentros, Helms abordó su transporte y ordenó al chófer que lo dejara en el laboratorio subterráneo de Herbert Dixon.

Mientras tanto, Lyndon Johnson seguía sentado en su despacho, sabiendo que la nueva crisis de los misiles no era lo único que hostigaba su mente.

Las elecciones presidenciales se avecinaban y el presidente no sabía si el conflicto se iba a dilatar en el tiempo o todo se acabaría el día de mañana. De todas formas, el candidato con más probabilidades de ganar no iba a dudar en arrojar todo el poder nuclear de Estados Unidos contra la Madre Rusia. Richard Nixon era un hombre de acción, era un sí o no en fracciones de segundo… justamente lo que era necesario para convertir la Guerra Fría en una Guerra Caliente.

Lo otro que tenía al presidente preocupado era aquella entrevista que tuvo a un tal Darren Church como protagonista. La gente estaba comenzando a hacer especulaciones, teorías y toda clase de comentarios ácidos en contra del gobierno, y a la CIA le había tocado la peor parte. Según las últimas encuestas, la Agencia Central de Inteligencia estaba entre las peores organizaciones gubernamentales del país, sólo por encubrir la existencia de unas guerreras con poderes mágicos. Herbert Dixon, mientras tanto, era uno de los hombres más odiados de la nación y nadie podía explicarse por qué alguien así trabajaría para la CIA.

No obstante, pese a todos aquellos problemas, la prioridad era lidiar con los soviéticos antes que ocurriera una calamidad de la que no hubiera vuelta atrás. Con eso en mente, convocó al Estado Mayor para discutir la posibilidad de atacar a la Unión Soviética con todo lo que tenía o solamente llevar a cabo un ataque preventivo.

Sorpresivamente, un hombre del Servicio Secreto entró en el Despacho Oval, luciendo preocupado por alguna razón.

—¿Qué quieres?

—Señor, alguien demanda verle en este minuto —dijo el hombre, temblando de la cabeza a los pies, algo que Lyndon Johnson no tardó en notar.

—¿Es Herbert Dixon?

—No, señor —repuso el hombre con voz trémula—. Es una… una…

—¿Una qué? —apremió el presidente.

Sin embargo, el hombre no necesitó decir nada más, porque la mujer había llegado al Despacho Oval y Lyndon Johnson sintió cómo la sangre se le congelaba dentro de él. Miraba con ojos desorbitados a la mujer con aquel extraño y atrevido uniforme de color gris, sabiendo la reputación que ella tenía.

—Señor presidente —dijo Sailor Silver Moon con una voz pareja y firme—. Vengo a decirle que está a punto de cometer un error que podría acabar con la humanidad.

Lyndon Johnson no sabía qué decir. Se suponía que la Casa Blanca era uno de los edificios mejor protegidos del mundo, y sin embargo, una Sailor Senshi había entrado al Despacho Oval caminando como si ella fuera la dueña del lugar. Por supuesto, el presidente ignoraba que había un reguero de hombres inconscientes que pertenecían al Servicio Secreto.

—Todo lo que está pasando es obra de un individuo muy peligroso llamado Herbert Dixon —continuó Sailor Silver Moon, ignorando la cara de estupefacción del presidente y sus ayudantes—. Fue él quien planeó el accidente en el desierto de Nevada, fue él quien promovió la producción de armas nucleares, y si usted se pregunta por qué Leonid Brezhnev está tan obsesionado con destruir esta nación, entonces deber saber que Herbert es responsable de eso también. Ese hombre está empecinado en acabar con la humanidad, y ustedes solamente le están allanando el camino, dejándose llevar por el odio y usando la agresión como instrumento. ¡Qué no entienden! ¡La ambición de Herbert Dixon se cumplirá y ninguno de ustedes va a beneficiarse de eso!

El presidente Johnson seguía sin hablar y sus ayudantes temían que la única mujer presente redujera a escombros la Casa Blanca. Mientras tanto, el Servicio Secreto seguía fuera de combate y el Ejército iba en camino. Sailor Silver Moon esperó a que el presidente dijera algo, lo que fuese, para justificar sus acciones o remediar la situación actual de forma pacífica. No fue hasta después de varios minutos cuando el presidente pudo hablar. Y lo hizo con una calma que no había sentido cuando la Sailor Senshi había aparecido en el Despacho Oval.

—Dices muchas cosas, Sailor Silver Moon —dijo el presidente Johnson, poniéndose de pie y acercándose a la mujer con un poco de tiento—, pero es fácil hablar por hablar. ¿Qué pruebas tienes de que Herbert, en efecto, hizo todo eso? Porque sin evidencia, no puedo hacer nada por ti.

—¿Y lo que está pasando no es prueba suficiente? —inquirió Sailor Silver Moon de manera brusca—. ¡Diablos! ¡La decisión que tome ahora puede poner fin a la raza humana o salvarla! ¡No es algo menor!

—Hasta ahora, lo único que sé es que Leonid Brezhnev quiere acabar con los Estados Unidos de América —replicó el presidente Johnson, extrayendo unos papeles de su escritorio y mostrándoselos a Sailor Silver Moon—. Y éstas son las pruebas que avalan mis palabras.

Sailor Silver Moon examinó los documentos con algo de impaciencia. La mayoría de los papeles consistían en fotografías aéreas de silos nucleares soviéticos en los cuales se podía ver mucha actividad, lecturas de radiación provenientes de diversas pruebas con misiles atómicos en zonas deshabitadas y reportes de espías de la CIA en la Unión Soviética que hablaban del incremento de la actividad militar en diversos teatros de operaciones. Por último, Sailor Silver Moon dejó los documentos sobre el escritorio del presidente, quien no lucía impresionada en absoluto.

—¿Estás siendo tonto a propósito? —dijo Sailor Silver Moon, dando un paso hacia el presidente Johnson, quien retrocedió—. Me muestras imágenes y documentos que avalan tus afirmaciones, pero todo lo que veo son síntomas de una enfermedad estúpida y basada en una ideología de mierda. ¡Herbert Dixon es la causa de todo esto, y si no tomas una buena decisión ahora, yo la tomaré por ti!

El Despacho Oval completo contuvo la respiración al escuchar semejantes palabras. Nunca, en los casi doscientos años de historia del país, alguien había desautorizado de manera tan rotunda al presidente de los Estados Unidos. Como era natural, Lyndon Johnson no iba a dejar pasar una falta de respeto como aquella.

—Señorita —dijo el presidente, crispando los puños, evidenciando su enojo—, ¿tiene alguna idea de con quién está hablando?

—Sí —dijo Sailor Silver Moon, sin intimidarse en lo absoluto—. Estoy hablando con un idiota que no quiere darse cuenta de la verdad. Herbert Dixon te manipuló para sus propios planes. Eso, o eres un cómplice de él.

—¿Cómo te atreves a decir tal aberración? —gruñó el presidente, perdiendo toda educación o decoro—. Herbert Dixon ha sido un tremendo aporte al gobierno. Consiguió adelantar los preparativos para la misión tripulada a la luna y nos preparó para una eventual catástrofe nuclear. Ni yo esperé que Brezhnev fuese tan temperamental.

—Parece que tienes la cabeza del tamaño de un grano de arena —dijo Sailor Silver Moon, tentada en moler a golpes a la máxima autoridad de la nación—. Te dije que Brezhnev fue elegido dirigente porque Herbert Dixon así lo quiso. Sabía que era temperamental y que solamente necesitaba una excusa para vaciar todos los silos de la Unión Soviética. ¡Maldita sea, te estoy haciendo un favor, pero tú simplemente no quieres escuchar! ¡La única forma de resolver este conflicto sin que tengas que oprimir el condenado botón es darte cuenta que Herbert Dixon jugó con ambos lados para asegurarse que el único desenlace posible fuese la guerra nuclear y, por ende, el fin de la raza humana! ¿O acaso quieres tener la sangre de cuatro mil millones de personas en tus manos? ¡Piénsalo por un maldito segundo siquiera!

Tal pareció que la gravedad de las palabras de Sailor Silver Moon caló hondo en la mente del presidente. Lyndon Johnson se quedó pensando por un par de minutos, ponderando la posibilidad que hubiese sido engañado por Herbert Dixon para jugar al gallito con Leonid Brezhnev. Pero el presidente era un hombre que necesitaba evidencia tangible para emprender alguna acción. Después de todo, una de las peores decisiones que alguien podía tomar era una decisión sin información, información que fuese comprobable y genuina. ¿Y qué información había provisto Sailor Silver Moon? Una simple acusación, sin pruebas, sin documentos… sin nada. La información era poder, y ella había acudido a la Casa Blanca sin poder, sin información. Era cierto que estaba cargando con una enorme responsabilidad, pero no habría jurado como presidente, sobre todo en esos tiempos, si no hubiera sido capaz de tomar decisiones imposibles… decisiones informadas.

—Lo siento, señorita —dijo Lyndon Johnson, regresando a su despacho y tomando asiento, como dando a entender que no había nada más de discutir—. No confío en usted, sobre todo cuando se trata de alguien que asesinó a mi predecesor. Y como no puede entregarme evidencia de sus reclamos, entonces creo que ya no tiene nada que hacer aquí. Puede retirarse.

Sailor Silver Moon crispó los puños de tal forma que se hizo daño en las palmas de sus manos. Hervía en ganas de cometer otro magnicidio, pero recordó las palabras que brotaron de su propia conciencia y se refrenó de hacerlo.

Dañar a las personas no es la forma.

—Está bien —dijo Sailor Silver Moon en voz baja, pero no con menos gravedad—. Haga lo que estime conveniente. Pero yo no me voy a quedar con los brazos cruzados. Voy a salvar a la humanidad, y lo haré con su permiso o sin él.

Después de esas palabras, Sailor Silver Moon salió del Despacho Oval y de la Casa Blanca. Lyndon Johnson respiró hondo, pensando que ella le iba a volar la cabeza o a demoler la oficina completa. No tenía sentido llamar al Servicio Secreto o al Ejército, pues ella había salido del edificio sin matar a nadie, por lo tanto, no era una amenaza. Sin embargo, se preguntó cómo Sailor Silver Moon iba a salvar al mundo.

—Señor —dijo un ayudante que acababa de entrar al Despacho Oval, temblando de la cabeza a los pies—, el Estado Mayor ha llegado. Se dirigen a esta oficina mientras hablamos. ¿Y qué diablos pasó con el Servicio Secreto?

Lyndon Johnson ponderó la respuesta antes de hablar.

—Diles que no me moveré de aquí. Y fue una Sailor Senshi la que diezmó mi seguridad en segundos. —Lyndon Johnson tomó un teléfono y marcó un número.

—Llévanos a DEFCON 3 —fue todo lo que dijo.

Afueras de Washington, una hora más tarde.

Sailor Silver Moon había aterrizado en un descampado, ponderando lo que había pasado en el Despacho Oval con el presidente de los Estados Unidos. Llevaba cuarenta minutos esperando en ese lugar, con los brazos cruzados, por una alarma o lo que fuese que le indicara que los misiles fueron lanzados. No tenía idea de lo que debía hacer, o de si su poder era capaz de detener más de cien mil cabezas nucleares. Porque los misiles no solamente iban a caer en aquella nación, sino que todos los países simpatizantes con el capitalismo eran potenciales blancos. Lo mismo se aplicaba para los comunistas.

Sailor Silver Moon hallaba desconcertante que dos personas podían ser capaces de acabar con la raza humana. ¿Era la voluntad de dos hombres tan poderosa como para reducir a cenizas toda la civilización? Pero, pensó ella, no había sido exactamente la voluntad de dos personas, sino que la de una sola.

Herbert Dixon.

Era impresionante lo que la creencia en una ideología determinada podía conseguir, si se creía en ella lo suficiente. Sin embargo, ¿por qué aquellas cualidades eran usadas para agredir y destruir, cuando servían mejor a los intereses de la humanidad si se empleaban de manera positiva? ¿Era la naturaleza humana? Sailor Silver Moon sabía que todo eso ya no importaba. La humanidad estaba al borde del precipicio y bastaba una mala decisión para que ésta cayera irremediablemente al abismo del olvido, tal como lo hizo el Milenio de Plata hace mucho tiempo atrás.

El Milenio de Plata.

Era natural que la armonía y la paz fuesen vistas con malos ojos por los envidiosos. Los Desterrados querían el poder del Cristal de Plata, a sabiendas que ellos eran una especie inmadura que solamente usaría el poder para fines torcidos. La reina Serenity había sido previsora al tomar aquella decisión, pero un alma envidiosa podía ser bastante persistente, tanto que los Desterrados pudieron llegar a la luna e invadir el reino, asesinar a la princesa de la luna, a las Sailor Senshi, a Perséfone y, en última instancia, a la misma reina.

Y pensar que ese desgraciado de Herbert Dixon está experimentando con ella.

Sailor Silver Moon admiraba a la reina Serenity porque siempre trataba de buscar soluciones no agresivas a conflictos y, cuando no se podía, la enviaba a ella, Sailor Silver Moon, para terminar con el entuerto, como había sido el caso de la batalla de la Atlántida. Además de eso, la reina era una mujer que se caracterizaba por su compasión, sabiduría y su cabal entendimiento del comportamiento humano. Era triste que esta última virtud la llevara a su muerte al final, pero el mal siempre hallaba una forma de subvertir el bien para su beneficio.

Un estampido acabó con las diatribas mentales de Sailor Silver Moon. Ella miró hacia el cielo, el cual ya estaba aclarándose, y vio a una figura familiar descender, pero que no por ello iba a ser reconfortante.

Sailor Zephyr había llegado y, a juzgar por la cara que ostentaba, tenía ganas de revancha. Sailor Silver Moon gruñó. Ella había llegado en el peor momento, justo cuando en la Casa Blanca estaba teniendo lugar la discusión que dictaría el destino de la humanidad.

—¿Qué diablos quieres?

—No te hagas la tonta. Sabes muy bien a qué he venido.

Sailor Silver Moon volvió a gruñir. Esa mujer era exasperante.

—No sabes cuándo rendirte, ¿verdad?

—Ya verás que esta vez acabaré contigo, porque no estoy sola en esto —dijo Sailor Zephyr y, de la nada aparecieron los Sailor Demonios, formando un círculo alrededor de Sailor Silver Moon.

—¿Otra vez ustedes? Ya verán.

Sailor Silver Moon recogió sus brazos sobre su pecho mientras que los Sailor Demonios se prepararon para atacar. Sin embargo, en el momento en que Sailor Silver Moon extendió los brazos hacia afuera, Sailor Zephyr hizo un extraño movimiento de manos y el viento se calmó de manera casi instantánea, permitiendo a los Sailor Demonios desatar sus poderes en contra de Sailor Silver Moon, enviándola lejos y dejándola gravemente lastimada. Con dificultad, ella se puso de pie e iba a contraatacar cuando Sailor Zephyr volvió al ataque, estampándola contra un árbol. Sailor Amethyst conjuró una esfera que inmovilizó a Sailor Silver Moon, dejándola a merced de las demás.

—Amo verte indefensa, maldita puta engreída —dijo Sailor Zephyr con malévola satisfacción, flotando en el aire y golpeando a placer a su contrincante—. Por muy fuerte que seas, jamás podrás luchar contra ocho Sailor Senshi al mismo tiempo. Y ahora, vas a morir, y no hay nada que puedas hacer para evitarlo.

Un rugido se escuchó en la lejanía y Sailor Zephyr pensó que se trataba del viento, por lo que la sorpresa la inundó cuando una ola gigante la arrastró varios metros lejos de Sailor Silver Moon y un conocido látigo de luz se encargaba de los demás demonios. El campo alrededor de Sailor Silver Moon despareció y ella cayó de pie sobre el pasto, gruñendo a causa del dolor en su abdomen. Confundida, miró a su alrededor y vio a una Sailor Senshi que se le hacía muy familiar y a un hombre que también conocía bien.

Eran Sailor Neptune y Henry Abberline.

—¿Pensaste que íbamos a permitir que pelearas esta batalla sola? —dijo Henry, varita en ristre, escudriñando las cercanías en busca de enemigos—. Al contrario, jovencita. Nosotros somos parte de este mundo y, como bien me dijiste, tengo que pelear por él.

—Yo tampoco puedo estar sentada, viendo en un televisor cómo la raza humana es aniquilada —dijo Sailor Neptune, adoptando una postura de batalla—. Tengo que hacer algo.

—Yo también ayudaré —dijo una voz que provenía de los árboles. Momentos más tarde, Sailor Pluto hizo su aparición, enarbolando su cetro—. Pese a que debo ser imparcial, simplemente no puedo tolerar que la raza humana se extinga por culpa de sólo una persona. Ese no puede ser el destino de este planeta.

Sailor Silver Moon miró a sus tres nuevos aliados y sintió una oleada de agradecimiento hacia Henry, Michelle y Setsuna, por creer en ella y en el mundo. Las palabras de la parte de su conciencia que tenía la voz de Serena eran ciertas.

Haz que todos crean, y Herbert será derrotado de la forma más ignominiosa posible.

—Gracias, amigos, por apoyarme —dijo Sailor Silver Moon, empuñando las manos y preparándose para la batalla.

Sailor Zephyr se puso de pie, al igual que los demás demonios, sacudiéndose la cabeza y mirando con saña a la persona que se había atrevido a atacarla.

—¿Quién diablos eres tú?

—Soy Sailor Neptune, y me aseguraré que no hagas más daño a esas pobres almas que tienes en tu poder —dijo ella, preparándose para atacar nuevamente a Sailor Zephyr, pero un Sailor Demonio se interpuso entre ambas. Sailor Neptune abrió los ojos y la boca.

Sailor Uranus.

—Amara —dijo Sailor Neptune con la voz quebrada—, si puedes escucharme, te pido perdón por lo que te voy a hacer. ¡Siempre voy a amarte, en esta vida y en la otra también!

Sailor Uranus no dijo nada. Compuso una sonrisa siniestra y sus ojos tomaron un brillo fantasmagórico. Sailor Neptune tragó saliva y alzó ambos brazos para comenzar con la batalla más dolorosa que alguna vez había tenido. Mientras tanto, a pocos metros a la izquierda de Sailor Neptune, Sailor Silver Moon enfrentaba una situación similar con Sailor Amethyst, al igual que Sailor Pluto con Sailor Saturn. Henry Abberline, por otro lado, estaba libre de aquellas cadenas sentimentales y sabía que si derrotaba a Sailor Zephyr, Sailor Silver Moon podría acabar con las demás por su cuenta.

—¡Vaya! Es curioso que un Desterrado pelee a favor de la humanidad —dijo Sailor Zephyr, lanzando corriente tras corriente de aire, que eran bloqueados por la magia de Henry Abberline—. Me tienes sorprendida. Pensé que todos ustedes eran una manga de idiotas egoístas sedientos de poder.

—No todos somos iguales, Sailor Zephyr —dijo Henry Abberline, haciendo que su oponente cayera al suelo con su útil látigo de luz—. ¡Y es un error creer en lo contrario! —Henry lanzó a Sailor Zephyr contra un árbol y ella se hizo daño en un brazo. No obstante, Sailor Zephyr se puso de pie como si nada hubiera ocurrido y lanzó a Henry lejos con una violenta corriente de aire. No obstante, Henry rodó sobre el pasto para minimizar el daño, al tiempo que evadía los ataques de los demás Sailor Demonios, quienes se limitaban a agredir a objetivos de oportunidad, sin tener oponentes fijos.

Mientras la batalla seguía su curso, Sailor Silver Moon y Sailor Amethyst estaban enfrascadas en un poderoso tira y afloja, la primera con una tempestad y la segunda con un campo de energía. Sailor Silver Moon estaba al tanto que si su ataque penetraba la barrera de su enemiga, iba a matarla instantáneamente, por lo que trataba de razonar con ella, sin un resultado visible.

—¡Por favor, Violet! —gritaba Sailor Silver Moon entre sus violentas corrientes de aire—. ¡No sigas resistiendo, o morirás! ¡Y sabes que no puedo tolerar eso!

Sailor Amethyst no dijo nada. Seguía empeñada en luchar en agredir y en matar a la persona frente a ella, con indiferencia de lo que había significado para ella en el pasado. Hizo más extenso su campo de energía, buscando la forma de convertirla en un arma capaz de aniquilar a la poderosa Sailor Silver Moon.

Y los dramas personales seguían teniendo lugar. Sailor Zephyr podría cantar con lo que estaba pasando. Mientras luchaba contra Henry Abberline, observaba al vuelo cómo los amantes se trataban de matar y las amigas se convertían en enemigas, todo envuelto en un incesante y sobrecogedor conflicto de poderes y emociones. Sailor Zephyr había comprobado que el amor y la amistad eran enemigos de la supervivencia, lo cual era lo más importante para el éxito de cualquier civilización. No había sacrificio o acción insuficiente o inmoral cuando se trataba de prevenir la extinción de una especie, y ella lo había comprendido a la perfección.

Fue por eso que se quedó helada cuando vio lo que acababa de pasar en el combate entre Sailor Silver Moon y Sailor Amethyst.

Ella había pensado que Sailor Silver Moon iba a matar a Sailor Amethyst con el creciente poder de sus vientos, pero había ocurrido más o menos al revés. Fue Sailor Amethyst la que envió a Sailor Silver Moon lejos, quebrándole una pierna. Tan pendiente estaba del desenlace de aquella pelea que Henry aprovechó de enrollar su látigo alrededor de su pecho y estamparla varias veces contra el suelo, dejándola atontada y con sus brazos rotos.

Mientras tanto, Sailor Uranus estaba en el suelo, herida por los constantes ataques de Sailor Neptune, Sailor Saturn tenía el cuello roto por culpa de un ataque particularmente potente de Sailor Pluto y Sailor Silver Moon se ponía de pie, su cuerpo temblando de la cabeza a los pies, cojeando hacia donde Sailor Amethyst conjuraba el ataque final.

—Violet —dijo Sailor Silver Moon, su voz en completa discordancia con su estado físico—, seas lo que seas ahora, siempre serás mi Perséfone, ayer, hoy y mañana. Te amaré, hagas lo que hagas conmigo en este minuto—. Y ella extendió los brazos y cayó de rodillas, como si estuviera manifestando su rendición, para sorpresa de Sailor Neptune, Sailor Pluto y Henry Abberline—. Así que, adelante. Mátame. Haz lo que quieras conmigo. Ya estoy cansada de pelear con alguien que amo con todo mi maldito corazón, no vale la pena hacerle daño a una persona que lo entregó todo por mí, aunque esté corrompida por la maldad.

Sailor Neptune miró a Sailor Silver Moon como si ella acabara de afirmar que estaba loca.

—¿Saori? ¿Te estás rindiendo?

—¡Por supuesto que sí! —exclamó Sailor Silver Moon y las demás se quedaron petrificadas, mientras que Henry Abberline se encargaba de mantener a raya a los Sailor Demonios restantes—. ¡Ya basta de pelear con nuestros amigos y nuestros amores! ¡Ya basta de la enemistad, del odio y la agresión! ¡Si tengo que dar mi vida para no dañar a las personas que amo, lo haré con gusto! —Sailor Silver Moon bajó los hombros, pero su mirada se mantuvo fija en Sailor Amethyst, y continuó con una voz más calmada—. Si vivir implica agredir, dañar o matar a mis seres queridos, prefiero morir. Así que hazlo de una maldita vez y terminemos con este juego estúpido.

Sailor Silver Moon no cerró los ojos mientras Sailor Amethyst conjuraba una espada negra y terrible. Dio unos cuantos pasos hacia su oponente, un brillo letal desfilando por sus ojos vacíos y tenebrosos y alzó la espada para hundirla en el pecho de Sailor Silver Moon y acabar con la batalla de una vez por todas.

Luego, lo más inesperado ocurrió.


A unos kilómetros de la batalla, en la Casa Blanca, la reunión con el Estado Mayor había concluido y Lyndon Johnson había tomado la decisión más importante de toda su carrera y, probablemente, de la historia de la humanidad.

DEFCON 1 había sido decretado. El fin había comenzado.


Nota del Autor: Ya nos vamos acercando al final. Sólo quedan dos capítulos para acabar este fic y continuar con la conclusión de esta historia, la tercera y última parte, la cual voy a titular "Ascensión". Cuando la lean verán por qué la llamaré así.

Saludos lunares.