Perdón, perdón, perdón, perdón, perdón, perdón, perdón, perdón, perdón, perdón, perdón, perdón, perdón…
Acá está disfruten!
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Conflicto
(Capítulo 37)
El muchacho rubio permanecía de pie en el vestíbulo de la ancestral casa de los Black, caminando hacia un lado y el otro, describiendo círculos en el mismo lugar, ansioso, y, aunque nunca lo admitiría, preocupado. Había cumplido, aunque a regañadientes, con lo que le habían ordenado: había conducido a los jóvenes prisioneros fuera de la mansión, los había llevado hasta fuera de los límites de la casa, y, tras usar su propio anillo con el emblema de su familia para crear un traslador, los había enviado hacia aquella casa en Londres, y luego había regresado al sitio en donde se hallaba ahora. Había cumplido con todo al pie de la letra, pero los demás aún no se unían a él como habían dicho, y eso comenzaba a preocuparlo ¿Es que acaso les había ocurrido algo?¿Se habían enfrentado a los Mortífagos y no habían salido bien parados?¿Acaso ahora eran ellos quienes estaban presos? No, no podía permitirse estar preocupado por ellos en esa medida, qué le importaba a él si los habían atrapado, matado, o lo que fuese… Nada, no le importaba… No podía importarle… no…
Algo a su espalda se movió. Volteó de inmediato, alarmado, aferrando su varita con fuerza en el bolsillo listo para atacar. Pero la soltó en cuanto distinguió a la figura que se tambaleaba en el umbral de la puerta. Ron Weasley, de pie, con expresión de agonía sosteniendo entre sus brazos a… se trataba de…
Draco se apresuró hacia él, e intentó ayudarlo. Pero el pelirrojo no le permitió tomar a la inconsciente Hermione de entre sus brazos, no lo dejó tocarla siquiera, y, como reaccionando de repente, salió de la chimenea y se dirigió hacia el centro de la Sala, donde depositó a la maltrecha muchacha sobre el sofá.
- ¿Qué ha…? – Draco no podía explicarse qué era lo que había pasado. ¿Qué hacía la sangre sucia allí? ¿Cómo la habían encontrado? ¿Es que acaso estaba…?
Ron interrumpió sus cavilaciones.
- Rápido, necesito compresas, y agua fría. ¡Apresúrate Malfoy!
El rubio se apresuró hacia la cocina sin rezongar.
Ron no apartaba la miraba del rostro pálido de la muchacha, mientras aferraba su mano con fuerza y rogaba a los cielos que se recuperase. Su cuerpo lucía frágil, sin vida, y su rostro no reflejaba expresión alguna, parecía como si estuviese… No, no podía permitirse siquiera pensar en eso, ella estaba viva aún, y se recobraría, él la ayudaría a ponerse bien, y si… si eso no ocurría, entonces se iría con ella… Porque no podía imaginar su vida sin ella, porque la amaba, y no podía explicar cuánto. Todo ese tiempo había estado tan ciego, había sido un idiota, y se había equivocado, había cometido tantos errores, y si ahora ella no llegaba a despertar, entonces él… él ya no podría seguir viviendo ahora que sabía que esa chica era todo lo que quería en la vida… Pero si ella despertaba, (y rogaba a Merlín que así fuese) ¿él merecería su perdón? ¿Merecería su amor? No, no lo merecía, sabía que así era. Porque él la había traicionado con Megera, y en cuanto Hermione lo supiese, entonces lo odiaría para siempre… le había fallado, en eso y en todo; su escena de celos había echado todo por la borda, aunque al final resultara el él sí tenía razón respecto de Michael, (¡La asquerosa sanguijuela la había violado!) pero aún así la había insultado, le había gritado y la había herido, y había sido por su culpa, y de nadie más que de él, que ella había optado por marcharse, lo que lo llevaba a ser el culpable de que el maldito la hubiese secuestrado y profanado su cuerpo y quien sabe qué más…
Una lágrima cayó sobre el rostro de la castaña y se percató de que estaba llorando. Llorando de pena, de furia, de rabia, con sí mismo, con los malditos Mortífagos, y con aquel mal nacido de Michael, que había engañado a su novia, para que confiara incondicionalmente en él, y luego la había traicionado y la había tirado a los lobos para ser devorada, la había usado, ensuciado, la había lastimado en los más profundo, había jugado con ella… Apretó los dientes con fuerza, haciéndose daño, y cerró el puño, clavándose las uñas en el interior de la mano, mientras la repugnante idea del Mortífago sobre su novia, irrumpiendo en su cuerpo una y otra vez se figuraba en su mente. Un monstruo negro, horrible y deforme, con enormes colmillos rugió en su interior pidiendo sangre a gritos. No descansaría hasta conseguirla.
- ¿Qué ha ocurrido?¿Qué ha ocurrido? – la voz chillona y ronca del elfo despertó a Ron y lo trajo de regreso al vestíbulo del número 12 de Grimmauld Place. No fue hasta entonces, que Ron se percató de que su hermano se hallaba de rodillas en el suelo junto a él. Le dedicó una mirada triste, a la que George correspondió con una débil sonrisa que no le llegó a los ojos.
Voltearon la cabeza para ver a Kreacher que se apresuraba hacia ellos, llevando una palangana en las manos, y una pila de impecables toallas blancas dentro. Draco venía tras él, con expresión sorprendida y molesta. El elfo llegó junto a Ron, George y Hermione, sacó las toallas de dentro de la palangana y, con un chasquido de sus largos y puntiagudos dedos, la llenó con agua.
- ¡Pero si es la san… la señorita Hermione, la amiga del amo Potter!
Kreacher la reconoció al tiempo que se disponía a colocarle una toalla embebida en agua sobre la frente. Entonces la soltó con expresión de asco y se alejó unos pasos del sofá. Ron bufó molesto, pero no se molestó en insultar al elfo. Tomó el paño que éste había soltado, y lo colocó con dulzura sobre la frente de la chica. Le acarició el rostro con los dedos, entonces, tomó otro paño y lo mojó, y recorrió con él sus mejillas y su cuello. George observaba la expresión de agonía con que su hermano observaba a la chica.
- Se pondrá bien, Ron, ya verás – lo consoló, dándole una palmada en el hombro.
- ¿Qué ha ocurrido Weasley? ¿Dónde está Potter? – el rubio, mostrando por primera vez algo de tacto, no se dirigió a Ron, sino al otro muchacho.
- Desarmamos a los Mortífagos. Y luego… luego encontramos a Hermione, no me explico cómo… - se perdió por un momento en su propia mente, ¿cómo había sabido Harry…?¿cómo había dado con ella? Recordó el último momento en la biblioteca, el comportamiento del chico… - En fin, había otro mortífago con ella, él estaba…
- ¡VIOLÁNDOLA! ¡ÉL ESTABA VIOLÁNDOLA! – estalló Ron, con nuevas lágrimas brotando de sus ojos.
- Ya, Ron…
- ¡NO PUEDES PEDIRME QUE ME TRANQUILICE! ¡¿CÓMO PUEDES ESPERAR QUE ME TRANQUILICE?! ESA RATA PAGARÁ POR ESTO, TE JURO QUE LO HARÉ PAGAR
- Creo que no será necesario, puedo asegurarte que no volverá a hacerlo, que no podrá volver a hacerlo nunca jamás. – Harry acababa de entrar al vestíbulo y se hallaba de pie en el vano de la puerta de entrada al vestíbulo dónde todos estaban reunidos.
- ¿Qué… qué dices? – inquirió George, mientras el muchacho de ojos verdes se arrodillaba junto a él frente al sofá y tomaba la pálida y fría mano de su amiga.
- Pues eso mismo. Me he asegurado de que no pueda volver a hacerle eso a nadie jamás, o si lo prefieres de otra manera, nunca podrá tener hijos. – una sonrisa perversa se dibujó en su rostro, peor desapareció al instante cuando sus ojos volvieron a posarse sobre la chica inconsciente - ¿No ha despertado aún?
- No – respondió Ron con la voz ahogada, - ni se ha movido… nada… - la desesperación se hizo con él y su voz - ¿y qué tal si no despierta?¿qué tal si ella…
- NO lo digas – lo interrumpió su amigo – ella despertará y se pondrá bien. Todo estará bien, todo va a estar bien. – su voz se convirtió en un susurro, al tiempo que se daba cuenta de que él mismo se preguntaba si así sería.
- Debe haber algo, alguna manera de hacerla reaccionar, de que vuelva en sí… - susurró George, escarbando en su mente en busca de algún conjuro, pócima o lo que fuese. Pero nunca había prestado ni pizca de atención a ninguna clase, así que era más que incapaz de recordar nada. Hermione sí lo hubiera hecho en su lugar, por supuesto, ya que recordaba con detalle no sólo lo que los profesores dictaban en sus clases, sino también el contenido de cada uno de los libros que había tenido en sus manos, peor casualmente, era ella quien estaba inconsciente, a quién debían ayudar.
Un ligero correteo sobre las tablas de madera del suelo y Kreacher desapareció por la puerta rumbo a su lugar favorito: la cocina.
Los muchachos continuaron así, como estaban, los tres amigos junto al lecho de la muchacha, y el rubio de pie unos pasos más allá. Ron cambiaba los paños a cada ratito, remojándolos, estrujándolos, y volviendo a colocarlos sobre la frente, la mejilla, el cuello y el pecho de Hermione. Había visto a su madre hacer aquello con sus hermanos miles de veces, y siempre había dado resultado, pero ahora se preguntaba si no estaba faltándole algo, algún conjuro, algunas palabras que debiera murmurar mientras repetía el procedimiento. ¿Por qué no despertaba? Necesitaba ver sus ojos castaños brillando con el resplandor de la vida, necesitaba verlos, ver esos ojos sabios mirándolo, con felicidad, con ternura, con reproche, con enojo, como fuese, pero necesitaba verlos. Observó el lento e irregular movimiento de su pecho mientras colocaba sobre él una nueva toalla. Le costaba respirar. ¿Por qué le costaba respirar? Al menos podía estar seguro de que aún respiraba… No, no debía pensar en eso, ¡claro que aún respiraba! Dejó caer la cabeza sobre el pecho de la muchacha mientras las lágrimas volvían a anegar una vez más sus ojos. Acarició el rostro de Hermione con dedos temblorosos - por favor, por favor – rogaba una y otra vez – por favor despierta, te necesito. Sostuvo la mirada clavada en los ojos cerrados de la castaña, con la esperanza de verlos abrirse de un momento a otro.
Un nuevo correteo en la habitación. Kreacher estaba de regreso.
El elfo se ubicó junto al menor de los Weasley – aún estando de rodillas, el chico era casi dos cabezas más alto que la criatura – bajo las miradas curiosas de los otros tres (el pelirrojo no había levantado la cabeza para mirarlo), que se clavaban en él, y en la botellita que llevaba en sus huesudas manitas. Sin pronunciar palabra, el elfo descorchó la pequeña botellita de cristal, un vapor espeso se elevó desde el pico y la sustancia rojo intenso que contenía en su interior se agitó y aclaró levemente. Sacó entonces un pañuelo (impecablemente limpio) del interior de la funda de almohada que vestía a modo de toga, y lo embebido en aquella tétrica sustancia, que parecía demasiado líquida para ser sólida, y demasiado espesa para ser líquida. Se acercó más al sofá, hacia le lado donde reposaba la cabeza de la chica, sin esconder la expresión de asco que se dibujaba en su rostro, y estiró el brazo con el pañuelo hacia su rostro. Harry y George se dedicaron miradas alarmadas ¿Qué era eso? ¿Qué iba a hacer el elfo?
- ¡Aguarda! – Harry lo frenó justo a tiempo. Kreacher se volvió a él algo sorprendido, sin comprender.
- ¿Qué ocurre, amo Potter?
- ¿Qué… qué es eso? ¿Qué vas a hacerle?
- Oh, es una pócima señor, que la traerá de regreso de su inconsciencia señor. Sólo debo colocarla bajo su nariz y ella despertará… como de un sueño – agregó.
George no parecía muy convencido con ellos, y hasta Harry tenía lago de desconfianza, así que decidió asegurarse.
- Kreacher, te prohíbo que le hagas daño a Hermione.
- Oh, no señor, Kreacher nunca lastimaría a los amigos del amo, claro que no.
- Muy bien.
El elfo prosiguió con su tarea, con lo que quedó claro que no era su intención herir a Hermione. Sus palabras habían sido sinceras. George miró algo sorprendido al muchacho, por su decisión de permitir que la criatura prosiguiera con su tarea, pero no dijo nada. Draco observaba con curiosidad desde su posición, sin acercarse al grupo, y Ron… Ron simplemente continuaba con la cabeza sobre el pecho la muchacha, los ojos ahora cerrados mientras las lágrimas, lentas, como moviéndose al compás de una marcha triste y lamentosa, continuaba resbalando por sus pecosas mejillas. El pelirrojo no tenía idea de qué era lo que ocurría, no era consciente de lo que fuera que pasase fuera de su mente, no conocía más que su agonía, por eso se sorprendió sobremanera cuando la "medicina" del elfo surtió efecto.
El cuerpo de Hermione se removió bajo el peso de su cabeza, su rostros se contorsionó bajo su mano. El pelirrojo abrió los ojos al fin, e incorporó la cabeza. La observó con detenimiento. La castaña estaba moviéndose. Los ojos de Ron se abrieron de par en par, sorprendidos por lo que veían. El muchacho se quedó completamente paralizado, sin reacción alguna, por una felicidad intensa que comenzaba a tomar forma en su interior, y a extenderse desde su pecho hasta el resto del cuerpo. La fiera con colmillos que hacía apenas unos segundos rugía hambrienta, ahora gimió como un cachorro. Entonces, los ojos de Hermione se abrieron, y él los vio, castaños, brillantes, mirándolo con esa chispa de sabiduría, y con un rastro de miedo… pero qué importaba eso, él la ayudaría a recuperarse, le diría que no debía temer más, que estaba a salvo, que él la cuidaría, como debería haber hecho hasta entonces, le diría que nunca más volvería a fallarle… No importaba nada ahora, porque la mujer de sus sueños, el amor de su vida estaba despierto, y sus hermosos ojos, dos estrellas en medio de la profunda oscuridad, estaban abiertos. Su mundo recobró la luz, y su corazón volvió a latir, el dolor se esfumó y una sonrisa reemplazó la expresión de agonía que se había alojado en su rostro.
Todo eso pasó en apenas unos pocos segundos, el tiempo que le tomó a Hermione mirar con cautela a su alrededor y reconocer con alivio el lugar donde se hallaba. Ver a sus amigos que le sonreían con alegría, y con alivio en sus ojos, a un muchacho rubio que contemplaba la escena desde un metro más allá, a la bajita figura de Kreacher, a unos centímetros de su cabeza, sosteniendo un pañuelo blanco y sonriendo con triunfo, y a Ron, oh Ron, a su querido Ron, que la miraba con los ojos hinchados y enrojecidos, y los rastros de las lágrimas surcándole las mejillas, pero feliz, desbordante de alegría, mientras la observaba con ojos llenos de amor. Se sintió aliviada, de estar a fin a salvo, y de regreso a lo que podía llamar hogar, con sus amigos; se sintió culpable, al ver la ternura y el amor en los ojos del pelirrojo, el pelirrojo a quien ella había sido infiel; y se sintió sucia con el último recuerdo que había en su mente. De un momento a otro, y antes de que nadie pudiese decir nada, la castaña estalló en llantos, en un llanto desconsolado, descargando todo lo que sentía dentro.
Las sonrisas en los rostros de sus amigos se paralizaron, y se esfumaron de golpe, ahora la miraban preocupados, asustados. Ron se acercó más a ella, y la rodeó con sus largos y cálidos brazos, lo que la hizo sentir aún más culpable. No se lo merecía, no se merecía que la quisiese como la quería. Pero lo necesitaba, y por más que pensó en retirarse y romper el abrazo, no fue capaz, y se dejó abrazar por el chico, mientras él le daba tiernos besitos en la coronilla y le susurraba una y otra vez que todo iba a estar bien.
Quién sabe cuánto tiempo permanecieron de aquel modo. Hermione lloró hasta que ya no le quedaron fuerzas, ni más lágrimas que expulsar, y Ron estuvo con ella, sosteniéndola, hasta que al fin recuperó la calma, y, agotada, cayó dormida. Entonces la levantó en brazos y la llevó con cuidado escaleras arriba, para depositarla en la comodidad de la amplia cama de uno de los dormitorios. Se sentó al borde de la misma, junto a su chica, tomó su mano, y allí se acomodó, para permanecer con ella el tiempo que fuese necesario.
Harry, George y Draco, comieron en la cocina la deliciosa cena que les preparó el elfo, más que contento de tener gente en casa a quienes servir. Intentaron todos los argumentos posibles para hacer que Ron se les uniese también, mas por mucho que insistieron, el muchacho no se movió del lado de su bella durmiente para ningún propósito, estaba dispuesto a permanecer allí a completa disposición de su chica hasta que estuviese seguro de que ella se hallaba bien. Así que luego de que hubieron cenado, Harry le llevó un plato de tarta de calabaza al dormitorio.
El pelinegro depositó el plato sobre el regazo de su amigo y le dedicó una mirada severa cuando éste negó con la cabeza, mostrándose nada dispuesto a alimentarse.
- Tienes que comer Ron. Anda, - lo alentó – ella se encuentra bien, ya ha despertado de su inconsciencia, ahora sólo duerme. Está mejor, puedo verlo.
Y en definitiva así era, a pesar de haber caído dormida, al tiempo de recobrar la consciencia, era evidente el cambio. Aunque aún estaba sucia, lastimada y lucía débil, y su rostro mostraba una expresión perturbada, su cuerpo parecía ahora más relajado, y consistente (ya no lucía como uno sin vida), y se movía suavemente con los movimientos acompasados de su respiración, que había vuelto a ser normal.
- Lo sé – repuso Ron en un susurro -, es sólo que no quiero que se encuentre sola cuando despierte…
El pelirrojo llevó una mano delicada hacia el rostro de la castaña, para correr un mechón de deslucido cabello que le caía sobre los párpados cerrados y colocarlo detrás de su oreja. Harry lo observó con atención, su gesto, la expresión tierna de su rostro, su actitud… ¡Wow! Se llevó una sorpresa al ver lo mucho que había cambiado el chico. Realmente amaba a Hermione, y mucho. Claro que antes de que nada ocurriese también la amaba, eso lo sabía bien, pero ahora, luego de que había pasado, su amigo parecía habérselo tomado más en serio, quizá hubiese comenzado a comprender cuán afortunado era de tenerla, y a valorarla en mayor medida. Eso, podía asegurarlo, no era algo que se pudiera haber aprendido de la lectura de Doce formas infalibles de hechizar a una bruja, eso era algo que se aprendía sólo, que salía del corazón, sin lecturas, sin prácticas, con la simpleza, la naturalidad y la espontaneidad del mismo amor.
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Sentí nuevamente la punzada aguda de dolor en mis rodillas al chocar contra la dura roca del suelo. Respiraba con dificultad, el aire luchaba por entrar a mis pulmones, y mi pecho subía y bajaba ante mis desesperados jadeos. Mi corazón latía desbocado, anticipando lo peor, con miedo, con mucho miedo… Sentí su tacto en la base de mi cuello, y me estremecí, todo mi cuerpo se sacudió instintivamente, como tratando de sacudírselo de encima. Pero no sirvió de nada. Sus dedos comenzaron a deslizarse hacia abajo por el escote de mi camisa, contra mi piel pegajosa de sudor. Se detuvo cuando los botones abrochados no le permitieron continuar, y yo agradecí al cielo, aunque sabía que no debía ser así, pues eso no lo detendría. Sus dedos se desplazaron hacia mi boca, y los sentí trazando mis labios entreabiertos a través de la sucia tela que tenía a modo de mordaza. Respondí con un inmediato jadeo de sorpresa y pánico. Aquello se sentía sencillamente horrible. La mordaza se desplazó hacia abajo y dejó mi boca libre, pero antes incluso de que pudiese procesar aquello y reaccionar, su mano mugrienta volvía a taparla. Su rostro se acercó al mío. Advertía la proximidad, sentí su .proximidad, el olor a grasitud y cabello sucio se escurrió por mi nariz, pude sentir el sonido del aire al pasar a través de su boca con desesperación, estaba agitado, pero no como yo, que estaba agitada por el miedo y el pánico, él lo estaba por la excitación. Sabía que así era. Pude sentir el olor de su aliento caliente. Todo me dio tal repulsación que sentí unas tremendas ganas de vomitar. Se acercaba a mí más y más, y llegó en un punto en que sentí que ya no lo soportaría. Entonces su mano se retiró de mi boca, y antes de que tuviese la posibilidad de sentir alivio, su boca estaba allí, sobre la mía, brusca y grosera. Mis ojos estaban abiertos de par en par detrás de aquel velo que me impedía ver (que de hecho, era algo que no deseaba hacer de todos modos). Apreté los labios con fuerza, era lo mejor y único que podía hacer para frenar aquello, para mantenerlo alejado de mi boca, que sólo podía pensar en unos labios… Pero todo lo que yo pudiera hacer era completamente inútil contra aquella bestia, tanto por mi debilidad como por su fortaleza. Sentí una mano furiosa sobre mi rostro, me presionó las mandíbulas, haciéndome daño. Intenté con todas mis fuerzas no ceder, pero estaba lastimándome, y la presión de su mano se volvía más y más fuerte, al punto en que pensé que acabaría por quebrarme las mandíbulas. .Por mucho que quise evitarlo, la presión surtió efecto al fin y mi boca se abrió. Antes de que el gemido de angustia que escapó de ella pudiese encontrar su nota final, sentí la lengua de él irrumpir con brutalidad en ella, casi hasta la garganta. Aquello me produjo arcadas, pero, una vez más, atada de pies y manos, no había nada que yo pudiese hacer para pararlo. Intenté empujar su lengua de nuevo hacia fuera con la mía, pero al contrario de fastidiarle, aquello pareció agradarle, y se volvió más persistente en su tarea. Temí que pensara que estaba devolviéndole el beso. Su asquerosa lengua se retorcía en el interior de mi boca como una gruesa serpiente inquieta en su cueva, recorriendo mi paladar, saboreando cada rincón. Yo podía sentir su sabor, una mezcla de licor y fritura… repugnante. De todos modos no me rendí, continué intentando sacarla, cada vez con más desesperación, a medida que él se volvía más y más agresivo, y mi respiración se veía más y más dificultada. Las lágrimas comenzaron a humedecer la venda que me enceguecía y a correr mejillas abajo, mientras el sentimiento de bronca bullía cada vez con más fuerza en mi interior, sintiendo enorme frustración ante la impotencia, ante el conocimiento de que estaba ocurriéndome, de lo que él estaba haciéndome, y de no tener más opción que dejarlo hacerlo. Sentí entonces, con nuevos espasmos de pánico y repugnancia, su otra mano (la que no continuaba sujetándome el rostro), posarse sobre uno de mis senos. Comenzó a manosearlo, a apretujarlo, a friccionarlo, como si se tratara de un juguete de goma, y pronto la horrible sensación que eso me provocó, se vio acompañada también por dolor. Sacudí mi cuerpo una vez más, en otro inútil intento de sacudirme su mano, y él respondió con una carcajada, aún con su boca sobre la mía. Retiró de mi rostro la mano con que sostenía mi mandíbula, presionando mi rostro contra el suyo, y la llevó hacia mi camisa, para comenzar a desabrochar, o mejor dicho arrancar, los botones que le habían impedido el avance segundos antes. Su boca continuó sobra la mía, y su lengua ahogándome, mientras la mano con que había estado manoseando mis senos, continuaba haciéndolo por debajo de la ropa, que ya no los cubría, directo sobre la piel. Aproveché que la presión que había estado ejerciendo sobre mi cara había cesado, e incliné la cabeza hacia atrás, en un intento de alejar mi rostro del suyo, y de sacar su lengua de mi. Pero apenas había logrado tomar una bocanada de aire cuando, furioso por mi osadía, me tomó con mano dura por la nuca y me acercó de nuevo a él. Sentí entonces su cuerpo contra el mío, sin espacio distante entre ambos. Su camisa sudada y sucia, adhirió a mi piel pegajosa, también por el sudor y la suciedad acumulados en el tiempo que había pasado allí. Me empujó hacia atrás, y golpeé con la espalda en el duro suelo. Me hice daño, pero de todos modos, qué importancia tenía eso comparado con todo lo demás. Sentí su peso sobre mi vientre, sentado a horcajadas sobre mi, inclinado sobre mi cuerpo mientras continuaba besándome. Sus manos se movieron ansiosas por mi rostro, mientras mordía mis labios con desesperación, como si intentase comerlos. Sus manos se desplazaron nuevamente a mis pechos, con un tirón, arrancó el sostén, la única prenda que quedaba protegiéndolos, y los "amasó" como si fuesen bollos de masa. Entonces ocurrió lo que más temía. Sentí sus manos sobre mis pantalones, desabrochando con prisa los botones y la cremallera. Intenté patalear, para impedirlo, pero el tener los tobillos amarrados, sumado a su cuerpo encima mío, me lo hicieron prácticamente imposible. No había caso, supe en ese mismo instante, que no tenía más remedio que boca abandonó al fin la mía, y yo boqueé en busca de aire, como un inútil pez fuera del agua. Sentí sus manos atropelladas en mis tobillos, desatando las amarras. Sentí sus manos desesperadas sobre mis muslos ahora desnudos. Separó mis piernas con brusquedad, y se plantó en medio. Volví a sentir su boca en la mía ¿es que nunca iba a dejarlo?, al tiempo me tomaba por la espalda con una mano y me incorporaba para acercarme más contra su cuerpo. Y entonces lo sentí. Con un aullido de dolor, y terror, que se quedó trabado en mi garganta bloqueada, lo sentí incrustarse en mí, con tal fuerza y brusquedad que pensé que me desgarraría, y sentí tal dolor que de verdad creí que estaba desgarrándome después de todo. Salió por un instante, para luego volver a embestir contra mi cuerpo, profanándolo. Cerré los ojos con fuerza, intentando soportarlo, debía soportarlo, tenía que ser fuerte… Pero era tan difícil, aquello era demasiado, y no podía más que desear que todo acabara pronto. Deseé estar muerta…Su boca volvió a abandonar la mía, y su lengua comenzó a deslizarse cuello abajo. Recorrió mi pecho, y cada uno de mis senos. Supe que debía hacerlo, que no tendría otra oportunidad, y que, aunque más que seguramente aquello no serviría absolutamente de nada, debía intentarlo. Llené mis pulmones con todo el aire que pude conseguir en una sola inspiración, y entonces grité con todas mis fuerzas, el chillido más desesperado que fui capaz de proferir. Sin embargo no oí nada. Mi boca estaba abierta en toda su extensión, y el aire salía por ella, transformándose en mi garganta, en mis cuerdas vocales, peor sin embargo, todo se había vuelto repentinamente silencioso, como si alguien hubiese presionado la tecla de "mute" del control remoto en aquella horrible película de horror…
De repente, me sentí transportada a través de un túnel, de colores extraños que se arremolinaban a mi alrededor.
Yo salía de la casa hecha una fiera, con el rostro rojo de ira, y cerraba de un portazo a mis espaldas, antes de desaparecerme… Estaba en una casa, pequeña, pero acogedora y había alguien con migo. Él se volteó hacía mí y me sonrió con una reluciente sonrisa de modelo en un comercial de dentífrico. Me contemplé devolverle la sonrisa, pero por algún motivo, no sentía alegría mientras contemplaba la escena, sino pánico, temor y odio… Me vi en una ducha, inmóvil, mientras el agua caía sobre mi y las gotas chocaban con mi piel, rompiéndose en otras más pequeñas; sostenía algo en mi mano, un pequeño objeto plateado que brilló con un siniestro destello cuando un haz de luz llegó a él. Él en la ducha, bajo el agua conmigo. Él besándome bajo el agua, yo respondiendo. Aunque, sin embargo, ahora no sentía más que repulsión y vergüenza. Nuestros cuerpos desnudos sobre una cama matrimonial, enredados el uno con el otro, moviéndose acompasadamente. Nuestras respiraciones agitadas…
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Hermione se removió inquieta bajo las suaves caricias del muchacho ¿Estaba despierta? Se retorció bajo las sábanas, y Ron frunció el ceño, ahora más preocupado e inquieto que antes. La castaña se incorporó de golpe, con los ojos abiertos de par en par con expresión de pánico, al tiempo que un grito ensordecedor escapaba de sus maltrechos labios.
Ron le tomó el rostro entre las manos, intentando apaciguarla.
- Tranquila – le dijo con voz dulce -, ha sido una pesadilla, sólo un sueño. No hay nada de qué preocuparse, ya ha pasado.
Hermione tenía la atención aún puesta en aquello que permanecía tan fresco en su mente, y le tomó unos segundos asimilar lo que oía… Una pesadilla, ya lo creía que lo había sido, o mejor dicho, no una pesadilla, un recuerdo demasiado vívido de lo que le había ocurrido, de lo que le habían hecho, y de lo que había hecho… Le tomó unos segundos más procesar de dónde habían venido esas palabras, y también advertir las manos posadas en sus mejillas, cuyos dedos describían círculos en ellas… Pero en cuanto se percató de a quién pertenecían, de dónde habían provenido las palabras, su reacción fue inmediata. Clavó en Ron sus ojos, ahora asustados, culpables, y lo contempló por una fracción de segundo. El rostro de la persona a quien amaba más que nada ni a nadie, el rostro en que había pensado mientras la torturaban, el rostro de la persona a quien había traicionado… Sintió pánico, y le ardió el agujero que la culpabilidad le había hecho en el estómago, como una úlcera. Llevó presurosa sus frágiles manos hacia la de él y se sintió en el cielo cuando las yemas de sus dedos rozaron aquella piel, pero eso sólo consiguió empeorar el asunto. Tomó las manos que la acariciaban con brusquedad y las arrancó de su rostro. No merecía esas caricias. Se hundió en el colchón lo más que pudo, y se incorporó unos centímetros, para alejarse del chico todo lo que la cama le permitía. Entonces las lágrimas que habían estado acumulándose en sus ojos, comenzaron a brotar a chorros, una detrás de la otra, sin parar. El pelirrojo asustado, miró a Harry con ojos como platos, trasmitiéndole su pánico ante la reacción de la chica ¿qué le ocurría? Y luego volvió la mirada de nuevo hacia ella. Le tendió los brazos y se acercó con intención de abrazarla, pero extendió su mano hacia su pecho y lo empujó.
- ¡No! – Gritó entre llantos - ¡Vete! ¡Ron, vete!
Ron sintió que algo se le rompía en su interior, y que los fragmentos de cristal rotos se le clavaban por doquier. Se quedó de piedra, completamente paralizado. Ella… ella estaba pidiéndole que se fuera… ella… no lo quería… ella ya no lo quería… Con suma lentitud y con movimientos torpes, dejó el plato sobre la cama y consiguió ponerse en pie, estaba en completo estado de shock, incapaz de encontrar una explicación razonable a aquella reacción, caminó hacia la puerta a trompicones, y salió al pasillo tras dedicarle una última mirada de profundo dolor a la muchacha que continuaba llorando sin consuelo entre las sábanas.
Harry continuó allí, sentado a borde de la cama, sin entender qué era lo que había ocurrido, y lo que estaba ocurriendo, y para nada seguro de qué era lo que debía hacer ahora. Hermione lloraba sentada sobre la cama, con el rostro escondido entre las manos, entre cuyos dedos se colaban las lágrimas que iban a parar a su regazo. Con lentitud, y con movimientos calculados, anticipándose a la posible reacción de su amiga, fue acercándose a ella, le extendió los brazos y la rodeó con ellos. Se sorprendió cuando ella no lo empujó, ni le pidió que se marchase como había hecho con Ron. Su reacción fue contraria a la que temía. Se dejó abrazar y se acurrucó entre sus brazos, escondiendo la cabeza en su pecho mientras intensificaba, aún más, su llanto. Harry estaba pasmado, al parecer la experiencia en cautiverio la había traumado más de lo que pudieron haber imaginado, no quiso ni imaginar las torturas a las que habría sido sometida, además de aquello que él mismo había visto con sus propios ojos. Se preguntó en su interior qué estaría rondando por la mente de su amiga en aquel mismo instante…
Tranquila, tranquila, le susurró una y otra vez, mientras se mecía hacia atrás y adelante, como intentando hacer dormir a un niño pequeño.
- Oh Harry, he sido tan estúpida. – exclamó la muchacha entre jadeos, una vez que su llanto y sus gemidos se hubieron apaciguado lo suficiente para permitirle hablar. Tenía la voz ronca, y sonaba apagada, probablemente debido al largo tiempo que había permanecido sin pronunciar palabra.
- No digas eso. Ya nada importa – la consoló – sólo que ya estás en casa, y a salvo, y no permitiremos que nadie vulva a hacerte daño.
- Me siento tan… mal – continuó ella, como si su amigo no hubiese dicho nada -. Fui una idiota, él me engañó, y yo le creí, y él… - volvió a estremecerse ante el recuerdo, y las lágrimas volvieron a intensificarse. Se sentía sucia ante el recuerdo de aquellas manos recorriendo su cuerpo, de aquella lengua saboreándola. El sonido de una risa de satisfacción le llenó los oídos, y comenzó a temblar, con el cuerpo convulsionado por el llanto que iba en aumento, y los jadeos en busca del aire que parecía habérsele ido de repente.
- Sí, lo sé, sé lo que ha hecho. – respondió el chico apretando los dientes con furia, también recordando.
- Me siento… sucia… Él… Necesito darme una ducha. – consiguió decirle entre los jadeos. Pensando que además de lavarse, lo que en verdad necesitaba, necesitaba más aquel baño para darse un tiempo para relajarse, y pensar con mayor claridad.
- Creo que es una buena idea. De verdad lo necesitas. – intentó bromear, pero la risa que soltó fue amarga, y no consiguió engañar a nadie.
La castaña se desligó de su abrazo y se levantó de la cama tambaleándose un poco antes de conseguir recobrar el equilibrio. Se esforzó al máximo para ocultar el dolor que invadía cada centímetro de su cuerpo, y el dolor, la tristeza y la vergüenza que anegaban su alma. Pero no pudo reprimir una mueca cuando, al ponerse de pie, cada uno de sus huesos se quejó.
Levantó un pie para avanzar, pero dudó y se detuvo, se volvió hacia Harry, que observaba cada uno de sus movimientos con atención, en caso de que fuese necesario que la sujetara para que no cayera.
- Harry… - susurró, haciendo un gran esfuerzo para que las palabras salieran con el volumen suficiente, y así, esconder nuevamente su pena. - ¿crees que podrías prestarme algo de ropa tuya? Una remera… o…
Su amigo la observó sin comprender de qué iba el asunto. Pero de todos modos asintió, mientras intentaba encontrar una explicación a por qué Hermione no quisiera vestir sus propias ropas… La chica advirtió esa mirada.
- No tengo mi bolso. – soltó como un suspiro compungido. – Tengo todo allí…
- Oh – no se había percatado de ese detalle, es que, a decir verdad, no había pensado precisamente en eso cuando salió de la mansión de los Riddle. – Hum… De a cuerdo, no te preocupes por eso Herms, sólo ve a bañarte, yo regresaré a Pequeño Hangleton y lo traeré para ti.
Hermione procesó las palabras de su amigo, su cerebro estaba trabajando increíble y fastidiosamente lento. Pequeño Hangleton, repitió en su cabeza, ¿qué era eso? Le sonaba extrañamente familiar, pero su mente no lograba establecer ninguna conexión, no podía recordar dónde lo había leído… y luego recordó, no lo había leído, lo había oído, Harry lo había mencionado… Pero aún no lograba recordar de qué se trataba Pequeño Hangleton… ¿qué era? Pasaron unos segundos más hasta que su mente halló la respuesta y recordó al fin. El pueblo en el que había vivido el padre de Voldemort… donde habían vivido sus padres, y dónde él mismo los había matado a todos… se estremeció. ¿Era aquel el sitio en que había estado?
Harry advirtió el estremecimiento que recorrió a su amiga y se puso de pie rápidamente, recorrió el paso que los separaba en lo que dura un parpadeo y la sujetó con ambos brazos por la cintura. Hermione de verdad lucía como si fuese a caerse de un momento a otro. Lucía tan débil, y había perdido tanto peso, que no parecía que sus piernas fueran a soportar su peso mucho más.
- Estoy bien. – le dijo ella en un susurro, en cuanto lo sintió sujetarla – así que Pequeño Hangleton ¿eh?
Pareció perderse en su mente durante unos segundos, y luego continuó:
- Harry, yo… de todos modos no… creo que… mi bolso no se encuentre allí… - logró decir con un hilo de voz. Tragó saliva, estremeciéndose una vez cuando los sucesos se agolparon en su mente, presentándose como una película – sé dónde… yo sé dónde lo dejé… - cerró los ojos con fuerza, en un inútil intento de hacer que las imágenes dejaran de aparecérsele como diapositivas. Una lágrima escapó de la comisura de su ojo y rodó por su mejilla como un cristal.
- Oh – murmuró Harry sorprendido, advirtiendo un pequeño destello en el rostro de su amiga – de a cuerdo, no hay problema, sólo dime dónde, yo lo buscaré.
Hermione sin embargo, no respondió. Inclinó la cabeza levemente hacia arriba y lo miró a sus ojos. Nuevamente había temor y vergüenza en ellos, nuevas lágrimas los humedecían mientras su labio inferior temblaba, conteniendo el llanto. No estaba segura de si debía responder o no, ¿qué pensarían de ella? Entonces se darían cuenta de que lo que le había dicho Ron, que todos sus insultos no eran más que la pura verdad. Quizá pudiera sobrevivir sin su bolsito de cuentas… sin todo lo que éste contenía, su ropa, sus libros, sus cosas… y su varita, que sabía, también estaba allí, porque, a decir verdad, dudaba de que M… no podía siquiera pronunciar su nombre, cada letra le sabía a un veneno amargo y repugnante… dudaba de que él, reformuló la frase en su mente, hubiese llevado sus cosas a otro sitio. Lo consideró durante un instante, su amigo la aguardaba con paciencia mientras le sostenía la mirada, tratando de encontrar algo en sus ojos. No, definitivamente no podría sobrevivir sin su bolso, menos aún con la pinta que tenía, sucia como estaba, con las ropas sudadas y manchadas de tierra y sangre. Porque, definitivamente, no podía siquiera pensar en regresar a Londres a buscar ropa limpia, y menos aún, al Callejón Diagon a comprar una varita nueva. ¿Y cómo podía siquiera pensar en sobrevivir sin su varita? ¡Era una bruja! Tomó aire y juntó todo el coraje que pudo encontrar en su interior, agachó la cabeza, avergonzada, y entonces murmuró:
- Está… - un poco más de aire, lo que había reunido no era suficiente – está en la casa de… - se detuvo, no quería decirlo, no podía. Miró nuevamente a su amigo, que continuaba con expresión imperturbable, y le imploró con la mirada. Sabía que él sabría de quién hablaba. Otra lágrima rodó por su mejilla, y otra, y Harry supo de inmediato a qué se refería.
- Oh, - el muchacho soltó un suspiro de asombro - ¿hablas de… - ella asintió antes de que pudiera decirlo. Tampoco deseaba oírlo.
Lo pensó un momento. Al parecer, tendría que ir allí. Pero ¿por qué? ¿Por qué las cosas de su amiga estaban allí? ¿Es que ella había ido hasta aquel sitio? ¿Por qué? De todos modos, sabía que esos asuntos tendrían que esperar, no era oportuno preguntarlo ahora.
- De a cuerdo, ¿tú sabes dónde es? – Continuó como si nada. Lo lógico era que si había estado allí, lo supiera, pero también estaba la posibilidad de que hubiese pasado inconsciente su estadía allí… o quién sabe, cualquier cosa podía haber ocurrido.
Ella se limitó a asentir. Había cerrado los ojos y agachado la cabeza, apenada y avergonzada. Las lágrimas volvían a brotar con más frecuencia de entre sus pestañas, y caían hasta aterrizar sobre las tablas del suelo… Harry se acercó más a ella, y le friccionó la espalda en un intento de calmarla, mientras buscaba la manera más adecuada de proceder… Pero sólo se le ocurría la que, sabía, no era la mejor, pues presentía, que terminaría por lastimar a su amiga quizá más de lo que ya estaba. No quería forzarla a enfrentarse a aquello, pero era la única forma que le venía a la mente…
- Creo que deberás acompañarme. – Soltó al fin, y obtuvo en respuesta exactamente la reacción que había anticipado. Hermione lo miró con las pupilas dilatadas de pánico. Lo que menos deseaba ella era regresar a aquel sitio. – Ya sabes, - se explicó el muchacho – Tú eres la única que sabe dónde es, no podré llegar sin tu ayuda… - dudó, la expresión de su amiga lo hacía preguntarse si en verdad era lo correcto.
Hermione regresó hacia la cama y se sentó en ella con un suspiro. Sabía que debía hacerlo, porque necesitaba recuperar sus cosas, su varita, lo más importante. Pero no quería volver a entrar a aquel sitio, y que el horrible recuerdo de lo que había ocurrido allí, de lo que había hecho, la atacara, quizá con más nitidez aún con la que se había presentado en sus sueños minutos antes. Y que el remordimiento y la culpa que ya sentía se incrementaran aún más, si es que era posible…
Harry habló entonces, interrumpiendo sus cavilaciones.
- Hagamos esto Herms, - propuso, para evitarle el tener que responder de inmediato – te daré ropa e irás a darte una ducha, luego comerás algo, de verdad lo necesitas, y entonces ya veremos cómo haremos las cosas…
- De a cuerdo. – suspiró con alivio. Volvió a ponerse de pie.
La imagen que le devolvía la mirada desde el espejo que había frente a ella, detrás de la puerta, era realmente desastrosa, lastimosa, escalofriante. Era ella misma. No podía soportar verse de esa forma, ni sentirse de esa forma. Se contempló durante todo el rato que le llevó a Harry volver con una remera y un jogging para prestarle, y luego, se marchó al cuarto de baño.
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En el vestíbulo, Harry se encontró a Ron, que permanecía sentado en el sofá con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza enterrada entre las manos. Levantó la cabeza para mirarlo en cuanto oyó sus pasos en la habitación, pero en cuanto comprobó de quién se trataba, volvió a dejar caer el rostro entre las palmas.
- ¿Cómo se encuentra? – preguntó a su amigo con un hilo de voz.
- Ella está… - lo cierto era que no estaba para nada seguro - bueno, considerando todo por lo que habrá pasado… creo que está bastante bien. Pero claro, está dolida, y apenada, tiene miedo… y hasta creo que… creo que ella está avergonzada, aunque no logro entender por qué… - se quedó pensativo durante un instante – Ahora mismo está dándose un baño, creo que la ayudará a relajarse, necesita despejar su mente, se veía muy alterada, no dejaba de llorar de a ratos…
Ron no respondió, permaneció en silencio, asimilando las palabras de su amigo, la descripción del estado de Hermione, deseando haber sido él quien le hubiese pasado el informe, y no quien lo recibía. Debería haber sido él el que permaneciera con el amor de su vida para estar con ella, y tranquilizarla, para escucharla y darle apoyo…
- He sido un idiota, – murmuró con frustración. – la he lastimado, y ahora ya no me quiere…
Harry se sentó junto a su amigo, y le palmeó la espalda. No sabía qué decirle, lo cierto era que aún no se explicaba la reacción de Hermione ante Ron. Pero el pelirrojo continuó hablando sin esperar respuesta.
- La verdad, es que no la culpo en absoluto. Haría lo mismo en su lugar… Yo he sido un imbécil, y no merezco que ella me ame.
- Anda Ron, ya, no digas eso, claro que no es cierto…
- ¿No es cierto? Pero pues claro que lo es, ella me odia, y tiene todo el derecho del mundo a odiarme, porque yo me lo he buscado. – lo interrumpió.
- ¡Pero claro que no te odia! ¿Cómo puedes siquiera pensar eso? Ella sólo… ella sólo… Bueno, la verdad es que no tengo idea de qué es lo que le pasa, pero puedo asegurarte que no te odia, simplemente lo sé. Ha sufrido, y aún está… "shockeada", creo que es suficiente explicación. Sólo dale un tiempo para que se recuperé y ya verás que todo no fue más que un malentendido. – Por supuesto, no creía realmente lo que estaba diciendo, quizá estuviese en lo cierto, pero también era probable que no, por el momento, sólo buscaba reconfortar a su amigo.
Ron emitió una risa amarga.
- Hablaré con ella, te lo prometo, y veré qué ocurre. Pero no te apresures en sacar conclusiones ¿de acuerdo?
Ron no contestó.
- Iré a la cocina, a decirle a Kreacher que le prepare algo de comer.
Ron se quedó solo en la habitación. Se recostó sobre el respaldo del sofá, estirando sus músculos. Contempló la sala, y recordó aquella ocasión en que habían dormido allí, acostados en sacos de dormir en el suelo, él y Hermione tomados de la mano.
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Contempló su rostro en espejo sobre el lavabo con más detenimiento, deteniéndose varios segundos en cada rasgo, en sus pómulos huesudos, en sus mejillas flacas, en sus ojos apagados, y unos cuantos segundos más en su labio hinchado y partido. Sintió una mano impactar contra su rostro, y el ardor del cachetazo… Su reflejo le devolvió una mirada triste. Su cara estaba limpia, porque Ron la había limpiado cuidadosamente con un paño húmedo mientras ella permanecía inconsciente, y lo mismo su cuello, pero el escote de su blusa marcaba una clara divisoria entre la limpieza y la suciedad. Desabrochó los botones de su camisa y se la quitó, para contemplar su torso desnudo. Estaba sucio, y tenía marcas por doquier de todas las tonalidades de rojo y morado, secuelas de los golpes y maleficios que había soportado. Se llevó una mano de dedos temblorosos a una herida que, de a poco, comenzaba a cicatrizar, la del morado más intenso y con una desagradable mucosidad amarillenta acumulándole en los bordes aún abiertos, justo debajo de las costillas. Sus dedos se posaron con cuidado sobre los bordes, y esto le trajo una punzada de dolor, y el recuerdo de cómo se la había hecho, el recuerdo del maleficio dando contra su piel… Retiró la mano de inmediato, como un acto reflejo ante una quemadura, y sacudió la cabeza para espantar el recuerdo de la escena, del dolor… Se concentró en el presente, en sus sentimientos presentes, en el dolor y el cansancio presentes, tratando de olvidar cómo se había hecho, o, mejor dicho, cómo le habían hecho, cada herida, cada cardenal, tratando de olvidar cómo le había causado cada dolor de huesos, cada dolor muscular, cada dolor físico y emocional…
Abrió la canilla y se refrescó el rostro, cerrando los ojos, tratando de que su mente no la llevara hacia atrás. Tomó un largo sorbo de agua, y experimentó una sensación de alivio al experimentar cómo la fría sustancia bajaba por su garganta, casi sonrió, pero el sólo intentar estirar los labios en una sonrisa hizo que cada músculo de su cara se quejara de dolor, y que la cicatriz de su labio, que apenas empezaba a secarse amenazara con volver a abrirse.
Se alejó del espejo, para abrir la ducha. Permaneció de pie junto a la misma, mientras aguardaba a que él agua adquiera la temperatura justa. Cuando su mano la sintió agradable, se quitó los pantalones y la ropa interior, y se metió en la bañera, bajo la cálida lluvia que manaba de la boca abierta de una serpiente de plata con ojos de rubíes.
Sentir el agua en contacto con su piel la hizo suspirar de satisfacción. Ya había olvidado aquella deliciosa sensación. Permaneció inmóvil por unos minutos, dejando que el agua tibia cayera sobre su cuerpo desnudo, relajando sus músculos adoloridos y entumecidos, al tiempo que arrastraba parte de la suciedad consigo en su caída. Sintió que algo del dolor que inundaba su alma también se iba con el agua, mientras pensaba en el presente, y en lo que tenía por debía dejar a atrás, en último plano, lo que había ocurrido…
Tomó la camisa que acababa de quitarse, y la metió bajo el agua. La refregó con cuidado y ahínco hasta que el agua dejó de salir sucia al retorcerla, y entonces la usó a modo de esponja. Limpió con ella su cuerpo con minuciosidad, refregando la piel con fuerza para eliminar todo resto de suciedad, y puso especial cuidado a la hora de limpiar sus heridas… Debería pedirle la varita a Harry luego, para curarlas con algún hechizo…
Permaneció bajo el agua con los ojos cerrados, la mente en blanco, puesta en nada más que en el agua, en la agradable sensación que la gotas le provocaban al tocar su piel y al resbalar por ella. Hasta que esta comenzó a volverse más y más fría, y entonces, de mala gana, cerró las canillas y salió. Tomó una toalla del armario de madera oscura que había junto a la puerta y se envolvió con ella. Se sentó sobre la tapa del retrete, y permaneció allí un momento más, reteniendo la satisfacción que le había producido el baño, sabiendo que no tardaría en esfumarse, una vez que la realidad la trajera de regreso a ella.
Se secó el cuerpo, y se vistió con las ropas que le había dado su amigo. Se veía ridícula, la remera parecía bailar sobre su delgado torso, y tuvo que doblar los pantalones unos centímetros en las bocamangas para no pisárselos. Se puso medias, y se calzó sus zapatillas.
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Harry la esperaba en la cocina sentado a la mesa, Kreacher se movía de un lado a otro de la mesada, parecía muy atareado. El muchacho posó la mirada sobre ella y sonrió.
- Te sienta bien. – le dijo, buscando animar sus ojos tristes.
Ella hizo una mueca, que intentó ser una sonrisa.
- Siéntate, - le dijo – enseguida estará la comida. Necesitas alimentarte, te ves… débil, necesitas recuperar fuerzas - le sonrió nuevamente.
- Lo sé, - dijo ella mientras ocupaba una silla junto a su amigo. Se oía más animada – me veo fatal… No he comido nada en todo este tiempo ¿sabes?
- No me sorprende – murmuró Harry…
El elfo caminó entonces hacia ellos llevando en sus manos una gran cacerola cargada de comida. La llevó flotando hacia la mesa. Colocó luego un plato frente a Hermione y, con un chasquido de sus dedos hizo que éste se llenara de comida.
- Come, come – la urgió con su voz chillona. – Esto te ayudará, necesitas recuperar unos cuantos kilos, mírate nomás… - y continuó hablando para sí mismo mientras regresaba hacia la cocina – La sangre sucia está flaca como un palo, mentalidad de muggle…
- ¡Kreacher, qué te he dicho de llamar así a Hermione! – lo regañó Harry.
- Lo lo siento amo… - se disculpó, para nada arrepentido.
Hermione no se hizo de rogar, y tomó de inmediato el tenedor. Pinchó un raviol y se lo llevó a la boca. Se quemó el paladar, pero no le importó, estaba realmente delicioso, aunque claro, hacía tanto que su boca no saboreaba ningún tipo de alimento, que lo mismo podría haber estado comiendo un trozo de pan duro, y habría sabido a manjar a su lengua.
- Gracias Kreacher, esto está delicioso – se las arregló para decir con la boca llena.
Su estómago recibió con loas el alimento, peor no tardó en comenzar a crujir y a molestarle de lleno. Había comido demasiado rápido y eso no había sido bueno para él, que había permanecido por tanto tiempo vacío. Pero de todos modos a la castaña no le importó el malestar, después de todo, por una vez en semanas, el malestar era porque estaba lleno, y no porque se quejaba de hambre.
Harry la observó comer con gusto, mientras se preguntaba cuándo sería el momento indicado para comenzar a hablar.
- Herms, - llamó su atención cunado lo creyó correcto – sabes, creo que podemos posponer por algún tiempo más el "rescate" de tu bolso…
Ella lo observó sin decir palabra. Harry continuó.
- Aguardemos un tiempo más a que puedas recuperarte, y entonces iremos… No quiero forzarte a hacerlo si tu no quieres. Y sé que no quieres, te entiendo.
- Gracias, Harry. – Le respondió ella con una sonrisa, que poco a poco, iba tomando forma. – Pero, no lo sé, después de todo tampoco tengo varita…
El asunto de la varita era el que más le urgía en realidad. Podría sobrevivir unos cuantos días más sin sus ropas, sin sus libros, pero, sin su varita mágica…
- Oh, ya veo. – Entonces se le ocurrió algo – Sabes, no creo que eso sea tampoco un problema, tengo suficientes varitas como para tú elijas la que más que te guste. Claro que pertenecieron a Mortífagos, pero será sólo hasta que recuperemos la tuya. Tómate tu tiempo ¿de a cuerdo? Y entonces cuando estés preparada iremos a por tus cosas, no hay urgencia…
Hermione agradeció el gesto por parte de su amiga. Lo cierto es que, tal y como Harry había adivinado, no se sentía preparada para volver a pisar aquel suelo tan pronto…
Ahora se sentía mejor, y con el estómago lleno y feliz, el cansancio que llevaba acumulado, clamaba por ser calmado. Harry advirtió sus párpados pesados, y le sugirió que fuera a acostarse. Ella aceptó con gusto, de verdad lo deseaba, y lo necesitaba.
Subía las escaleras rumbo al dormitorio en que había estado durmiendo antes, cuando a mitad de camino se cruzó con la figura de cabellos rojos que bajaba hacia la cocina, en busca de un aperitivo (Ron comenzaba a sentir el peso de haberse salteado la cena). Levantó la mirada hacia él, y sus ojos se abrieron como platos al comprobar de quién se trataba. Una lágrima escapó de sus ojos, mientras permanecía inmóvil contemplándolo. El chico abrió la boca para hablarle, pero ella reaccionó antes de que pudiese decir nada, y salió disparada con torpeza escaleras arriba.
Ron se quedó paralizado en medio de la escalera, intentando comprender lo que había ocurrido, si en verdad había ocurrido, o si había sido sólo su imaginación… Pero no, por más que deseaba que hubiese sido lo segundo, supo que no era así. Terminó de bajar la escalera, atontado, con la mirada perdida a lo lejos, en el interior de su mente, y la boca todavía entreabierta, con las palabras que iba a pronunciar atascadas en la garganta. Todavía llevaba esa expresión ausente en el rostro cuando entró en la cocina.
Harry continuaba sentado a la mesa, con los codos apoyados en esta y la cabeza sobre las manos, masajeándose las sienes con dedos mientras reflexionaba en qué hacer a continuación, puesto que, a pesar de haber encontrado con Hermione, y de tener que encargarse de ella para ayudarla en su recuperación, aún había mucho que hacer, debían seguir buscando, hasta dar con los demás, con Ginny… y hasta lograr cobrarse su venganza.
Ron no reparó en la presencia de su amigo al entrar, ni tampoco Harry reparó en la presencia de Ron, sino hasta que éste corrió una silla escandalosamente y se dejó caer en ella con pesadez y un sollozo contenido.
- ¿Qué te ocurre, Ron? – le preguntó Harry interrumpiendo sus cavilaciones.
- Ella, ella me ocurre. Ella es mi felicidad, mi pena, mi todo. ¡Ella lo es todo, Harry! – respondió con desesperación, parecía un loco. - ¡Y me odia! – agregó con consternación, y los ojos fuera de las órbitas.
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Ya era de día cuando Hermione despertó. Lo supo por los claros reflejos que se filtraban entre las pesadas cortinas. Suspiró antes de erguirse para sentarse en la cama. Sabía lo que haría a continuación, lo que debía hacer. Había pensado en ello durante gran parte de la noche, hasta que el peso del sueño había sido tal que había logrado aplastarla y hacerse con ella. El haberse cruzado con Ron antes de irse a acostar la había llevado a reflexionar, y, mientras las lágrimas caían silenciosas por sus mejillas, había tomado una resolución.
Hermione cerró los ojos y suspiró. Claro que no estaba lista, y tampoco lo estaría, porque no quería ir, no quería regresar a aquel sitio nunca jamás. Pero después de todo ¿qué importaba que ella estuviera lista o no? Nada. Tenía que hacerlo.
Bajó a la cocina. Todos estaban allí, desayunando, y voltearon a verla cuando apareció en el vano de la puerta. Pasó la mirada por todos. Draco, que la miraba inexpresivo, George, que le dedicó una sonrisa de oreja a oreja, y luego Harry. Y allí se quedó, sin posarse sobre Ron, evitando su mirada, para que él no pudiera mirarla a los ojos y descubrir su traición en ellos.
- Harry, - le dijo – estoy lista.
Él la miró, sorprendido. Lo cierto era que no se esperaba que ella lo decidiera tan pronto, la hubiese esperado por mucho más de buena gana, pero claro, no era por él que irían a aquel sitio, sino por ella, y si ella deseaba hacerlo…
- De a cuerdo. – Le concedió - ¿Por qué no desayunas algo antes?
Así lo hizo. Ron abandonó la cocina en cuanto ella tomó asiento, y eso hizo que algo se retorciera en su interior, aunque, después de todo, era mejor así.
Los chicos que permanecieron en la cocina, continuaron desayunando con normalidad, aunque de vez en cuando echaban una mirada de reojo a la muchacha que engullía con ganas un cuenco de cereales. El esbozo de la recuperación comenzaba a mostrarse en ella, en su aspecto, sus antes traslúcidas majillas ahora leve pero apreciablemente coloreadas, su expresión, hasta sus ojos habían perdido algo del brillo húmedo de la tristeza… Aunque también podían ver, que mucho faltaba para que volviera a ser la Hermione de antes…
- ¿Lista? – le preguntó Harry en cuanto hubo terminado de tragar el último bocado de cereales.
- Vamos… - respondió en un susurro.
Harry advirtió el temblor de su voz.
- No debes temer, Herms, él no estará allí, lo más probable es que, a estas horas, ya se encuentre en una celda en Azkaban…
Pero claro, Harry no sabía que lo que preocupaba a Hermione, no era encontrarse con Michael, porque de hecho, ya sabía que eso no ocurriría. Lo que la preocupaba era el simple hecho de volver a encontrarse entre aquellas paredes, bajo aquel techo, en la escena del crimen, de un crimen que ella había cometido…
Harry se puso de pie imitándola, y la tomó de la mano. Juntos caminaron hacia la puerta de entrada y salieron hacia el exterior. Con la varita de quién sabe quien en la mano (Harry le había dado una de las varitas que había sacado a lo Mortífagos, ya que sin varita no podría desaparecerse), Hermione desapareció en el último escalón de la escalerita que ascendía hacia la puerta, llevando a su amigo consigo rumbo a la casa del Mortífago.
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Hola!
Pido perdón por tanta demora, creo que nunca me había tardado tanto. De verdad lo siento muchísimo, les juro que no fue intencionado, tuve millones de cosas en la cabeza, la escuela, para empezar, y otros asuntos mayores… además se me rompió el módem, y estuve sin Internet, y además el bloqueo mental, la inspiración que no llegaba, aunque creo que eso fue lo de menos…
Bueno, como sea, acá está el capítulo, y espero que les halla gustado… Lo cierto es que no lo escribí al máximo de mi inspiración, (y hasta lo escribí dos veces porque no me convencía como había quedado al principio)… Y en cuanto al título, bueno, con lo que me cuesta poner títulos, y más aún con la falta de inspiración! Sí, la verdad que a último momento no se me ocurría nada, originalmente el título era otro, peor cuando terminé el capítulo me di cuenta de que poco tenía que ver con lo que pasaba, así que le puse "Conflicto", y como probablemente no encuentren la razón, yo se las explico: Simplemente el conflicto interno de Hermione, sumado al conflicto interno de Ron, sumado al conflicto entre Hermione y Ron…
Muchas gracias por sus reviews, de verdad, y por seguir apoyándome en esto :D
Como siempre espero sus reviews. Estoy dispuesta a recibir insultos, y amenazas, sé que lo merezco…
Besos!
_________________________________________________________________-*Ginny!*-
