Luego de dos semanas de estar incapacitada para publicar gracias a mi Internet, por fin puedo subir este capítulo! Es horrible, creo, pero bueno...aún no superé este ENORME bloqueo que tengo, así que ténganme paciencia.
Disclaimer: El Legado no me pertenece.
Agradecimientos: A MarySLi, como siempre!
Lean, disfruten y dejen reviews!
37
Esclavos
Dos simples palabras pueden cambiar el destino de una persona. Sólo toma unos segundos pronunciarlas, y son capaces de destruir todo lo que ella ha luchado por construir.
Y esas dos palabras, pronunciadas por alguien con oscuras intenciones, pueden causar más daño que todas las espadas del mundo. Atan, encadenan, esclavizan…destrozan. Forman cadenas irrompibles alrededor de la pobre alma desafortunada si son usadas con maestría, que la condenan a servir a quien las haya pronunciado.
Galbatorix tenía una macabra sonrisa en el rostro mientras las decía, lentamente, saboreando cada sílaba.
Por un momento, Ariana no comprendió lo que el rey había dicho, hasta que sintió un extraño y escalofriante hormigueo. Contra su voluntad, su cabeza se alzó para mirar al hombre a los ojos.
Y entonces entendió. Era su nombre real.
¡No! ¡No puede ser!
Gritaba en su fuero interno, intentaba luchar…pero sabía que Galbatorix tenía poder absoluto sobre ella.
Esclava.
Minutos antes, el rey había asaltado su mente, buscando y analizando sus recuerdos, sus sentimientos, y en ese momento comprendió por qué.
Quería mi nombre real. Y ahora lo ha conseguido.
El horror se apoderó de Ariana y quiso correr, escapar de ese loco, pero no podía moverse, no estando bajo el control del rey.
Galbatorix repitió las palabras una y otra vez, sin decirle su significado a Ariana, regodeándose en su triunfo.
—Te derroté, Ariana —dijo con frialdad. —. No podrías resistir para siempre, no cuando yo te creé.
La joven apretó los puños, con los ojos clavados en el rostro de aquel monstruo que ella tanto odiaba.
—Tú eres lo que eres porque yo lo planeé así, Ariana. ¿Crees que no sé lo de tu pequeño secreto? —murmuró, casi al oído de la muchacha.
La chica soltó un grito ahogado.
— ¿Cómo lo sabes? —preguntó, temerosa.
Galbatorix soltó una risa macabra.
—Yo lo planeé, Ariana. Eres lo que eres porque yo lo quise así —dijo, sin apartar los ojos de los de ella.
La muchacha bajó la mirada, mientras aquella voz en su cabeza murmuraba, suavemente.
Te lo dije, niña. Ellos nos crearon, ellos nos hicieron así. Yo vivo gracias a esos dos, al igual que tú.
Todo era culpa de ese demente, de ese ser despreciable que le había arrebatado todo y la había forzado a convertirse en lo que ella más odiaba: en alguien como él.
Él te venció. ¿Lo ves? Te dije que eras débil, que eras tonta, que ni siquiera podías salvarte de las trampas de un rey que ha perdido el juicio.
—Ya cállate —le gruñó a la voz, con los dientes apretados. —. Déjame en paz, ¿cuántas veces más debo pedírtelo?
Galbatorix la contemplaba con una pequeña sonrisa en el rostro, como si aquella situación lo divirtiera.
Ya te lo he dicho, niña. No puedo irme, porque formo parte de ti. Somos una, y si yo muero, tú mueres conmigo.
Ariana sacudió la cabeza con fuerza, como si así pudiera dejar de escucharla.
— ¡Basta!
La otra apareció frente a ella, mirándola con sus grandes ojos vacíos, sosteniendo su propia espada con fuerza en la mano derecha. Ariana dio un paso atrás, atemorizada, buscando una forma de escaparse.
—Déjame en paz, por favor. Yo no he hecho nada —balbuceó en voz baja.
Ya basta de tus tonterías. Deja de quejarte tanto, niña. ¡Eres una rata cobarde y asquerosa!
La mujer se acercó más a ella, alzando la espada hasta apuntar directamente al corazón de Ariana, como si quisiera asesinarla.
—Aléjate de mí —dijo, desenfundando su propia espada. —. Te mataré si te me acercas más.
No puedes matarme, niña. Si yo muero, tú mueres conmigo.
La criatura dio un paso hacia delante, y Ariana atacó. Lanzó un golpe contra el costado de la mujer, pero esta lo esquivó con gracia, con una sonrisa de suficiencia en el rostro horrendo.
¡Por favor! Tú y yo somos iguales; es imposible que puedas vencerme.
La joven permaneció quieta, con los ojos fijos en la otra, mientras el rey contemplaba la escena.
— ¡Ya déjame! —chilló ella, arrojándole la espada al ser con todas sus fuerzas.
El arma golpeó el suelo de piedra con fuerza, produciendo un fuerte sonido metálico. Ariana giró la cabeza a ambos lados, buscándola, pero la criatura había desaparecido.
—Se fue —suspiró, aliviada.
Galbatorix, entonces, murmuró otra vez las dos palabras que la muchacha ahora odiaba.
—Eres mía para siempre, Ariana —dijo, sonriente.
Y ella sabía que tenía razón.
Murtagh se sentó en la cama, pensativo, aún recordando la batalla en Gil'ead. ¿Qué pensarían de él los elfos ahora? ¿Y los vardenos?
Ya, Murtagh —le dijo Espina. —. ¿Desde cuándo te importa lo que ellos puedan pensar?
Desde que me he convertido en un asesino.
El Jinete oyó el resoplido de su dragón.
Ahí vamos otra vez… ¿Cuántas veces debo decirte que no eres ningún asesino, Murtagh? Y no soy el único que cree eso.
El joven ignoró el comentario de Espina y se concentró en los ladrillos de piedra de las paredes, pensando en cuánto le hubiera gustado hacerlos explotar y destrozar el castillo.
Pero Ariana, quien entró sumamente agitada a la habitación, interrumpió sus no tan pacíficos pensamientos.
— ¿Y a ti qué te pasa? —preguntó cuando ella hubo cerrado la puerta de la habitación.
La joven clavó sus horribles ojos zarcos en él y murmuró, en voz tan baja que tuvo que esforzarse para oírla:
—Ha descubierto mi verdadero nombre.
Murtagh no supo qué decir en ese momento. Conocía muy bien esa sensación de derrota, de repugnancia por sí mismo que se sentía en ocasiones como esa, pero no pudo encontrar palabras para reconfortar a su amiga.
—Y yo que pensé que podría seguir luchando contra él por siempre… —dijo, sentándose junto a él y apoyando los codos en las rodillas, con la cara oculta entre las manos.
El joven Jinete sólo pudo apoyarle una mano en el hombro y decir:
—Hay veces que no podemos. Pero aún así, por más que todo parezca completamente perdido, es posible resistir.
Ariana lo miró y esbozó una pequeña sonrisa.
—Sé lo que sucedió en Gil'ead —murmuró, apartando la mirada. —. Oí a unos soldados hablar de eso ayer.
Murtagh no respondió, pero apartó su mano del hombro de ella, con los ojos sombríos.
—No fue tu culpa, ¿sabes? —dijo Ariana. —. Tenías que matarlo…no podías hacer nada para evitarlo.
—Yo no lo maté —dijo él.
La muchacha lo miró, extrañada, mientras él contaba lo que había sucedido en la ciudad, recordando hasta los más mínimos detalles.
Ella me creerá, sé que lo hará.
—Te creo —dijo simplemente cuando el joven terminó. —. Es imposible que hayas matado a otro Jinete, porque tú no eres así, Murtagh.
Yo no soy así.
Tú no eres así —murmuraron los eldunarís en su mente. —. Tú no eres tu padre.
No, no lo soy.
El llamado de Galbatorix a la sala del trono, una semana más tarde, sorprendió en demasía a Ariana y Murtagh.
— ¿Qué crees que sea esta vez? —preguntó ella, mientras caminaban por un oscuro pasillo, esquivando a un criado que cargaba una enorme canasta con calabazas.
El Jinete sólo se encogió de hombros.
Las puertas de madera estaban abiertas de par en par cuando ellos dos entraron, y Galbatorix se encontraba sentado en el trono, con Mylnïa a su lado, vestida de negro. La media elfa clavó sus ojos en Ariana y sonrió maliciosamente.
—Ariana, Murtagh —dijo el rey. —, llegan tarde.
— ¿Qué sucede, mi señor? —preguntó el Jinete, dando un paso al frente.
Galbatorix se puso de pie, agitando su capa de terciopelo de color rojo oscuro, y dijo, con los ojos fijos en ambos jóvenes.
—Me han llegado rumores desde lejos…rumores que considero demasiado importantes como para ignorar.
Ariana ladeó la cabeza y lo miró, extrañada, con las cejas levantadas. Murtagh, por su parte, permaneció inmóvil, siguiendo al rey con la vista mientras éste paseaba por la sala.
— ¿Qué rumores, señor? —preguntó ella, luego de unos segundos de silencio.
Los ojos negros del rey centellearon cuando pronunció las siguientes palabras.
—Rumores sobre un nuevo Jinete.
Murtagh soltó un grito ahogado, y exclamó:
— ¡Eso es imposible! El último huevo de dragón del mundo está en este castillo, ¡no puede haber más!
—Sin embargo, Murtagh —dijo Galbatorix. —, se dice que hay un nuevo Jinete en el Imperio. Un nuevo dragón ha nacido, y nosotros debemos alcanzarlo antes de que los vardenos lo hagan.
— ¿En dónde se rumorea que vive este Jinete, señor? —preguntó Ariana.
—En una ciudad tan alejada por las Vertebradas que muy pocos saben dónde está. Los rumores dicen que el Jinete se encuentra en Kuasta —respondió el rey.
Murtagh entrecerró los ojos y preguntó, con una mano apoyada en la empuñadura de Zar'roc:
— ¿Y qué va a hacer, mi señor?
—Ustedes dos —dijo, señalándolos. —, viajarán hasta Kuasta y traerán al nuevo Jinete aquí con vida, cueste lo que cueste.
Ambos jóvenes se vieron forzados a jurar en el idioma antiguo que llevarían al Jinete a Urû'baen, sano y salvo, para que fuera esclavizado por el rey.
—Partirán mañana al amanecer —dijo Galbatorix, antes de que ambos salieran de la sala del trono.
Esa noche, cuando Murtagh se reunió con Espina en la dragonera y le contó sobre la misión del rey, el dragón dijo, apenado:
Otro más de mi raza esclavizado por ese demente.
No podemos hacer nada, amigo mío. Descansemos, porque mañana será un día muy largo —respondió su Jinete, palmeándole el escamoso cuello.
Murtagh cayó en un sueño colmado de pesadillas, oyendo los suaves ronquidos de su dragón.
