37.- El misterio de un relámpago
Ninguno de los personajes me pertenece, todos son propiedad de J. y la Warner Brothers, únicamente la trama de éste fic en específico es de mi autoría.
Advertencia: Las situaciones del siguiente escrito pueden no ser apropiadas para niños menores de trece años y probablemente no serían aprobadas por J. (Lo siento XD señora Rowling).
Hermione se midió un vestido azul que su madre había conseguido, combinado con sus calcetines de rayas y su pelo desquiciado no parecía la mejor opción para una boda. Tenía que admitir que al igual que a la mayoría le parecía un matrimonio precipitado, sin embargo la forma frenética y agridulce en que Harry e Ginny se besaban en la habitación de San Mungo había terminado desarmando a todos y refundiéndoles en la garganta sus argumentos para disuadirlos. Si su unión había sobrevivido a la guerra seguramente sobreviviría a una boda prematura.
Habían pasado dos semanas desde la última vez que había visto a Snape, él había sido absorbido por sus filas y sus tácticas de auror, ella por su parte fue acaparada por los planes de boda de Ginebra y Harry.
Tocó a la puerta de madera desgastada, él estaba detrás y una euforia repentina la hizo brincar para abarcarlo entre sus brazos. Aspiró el pelo negro hasta que se le metió por las fosas nasales, olía como siempre a raíces agrias.
-¿Cómo estás?
El mestizo alzó las cejas indicando que "estaba" y eso era todo. Le abrió paso para que entrara en la casa sombría, en la mesa había un cerro de libros abiertos, de manuscritos y hojas sueltas, al parecer el hombre había estado sumamente ocupado, Hermione se ofreció a ayudarle, en cuestión de minutos estaba en la habitación del segundo piso buscando entre los libreros raíces grecolatinas que pudieran servir para invocar encantamientos.
Tras un rato de meter la nariz en los libros ya había desperdigado un buen número de ellos en el escritorio e incluso en la cama, en una hoja iba anotando cualquier raíz de lenguaje que pudiera ser útil. Habría qué probar con todas ellas.
No había escuchado ningún ruido proveniente de abajo, se recargó un momento en el escritorio y prendió la lámpara que había en él. Había empezado a llover y estaba oscureciendo, un olor a tierra mojada subía desde la calle, a los lejos unas farolas eran alcanzadas por las agujas de agua. Se quedó contemplando la destrucción de las gotas en el asfalto y a la gente que corría cubriéndose con paraguas u abrigos. El cielo era una bóveda gris relampagueante y de monstruosa inmensidad, bella de muchos modos.
Severus estaba a sus espaldas de pie bajo el dintel, observándola, quién sabe cuánto tiempo habría estado allí, quieto y sin hacer ruido.
Una mariposa negra se desplazaba en la afonía de sus pupilas sin color.
-Me gusta la lluvia, me gusta cómo huele, me gusta que las personas entren en sus casas, enciendan las chimeneas, tomen té…
El hombre permanecía inmóvil con los brazos cruzados y la comisura de la boca caída hacia un lado, parecía ver más allá del agua grávida, ver como a través de una cortina de tormenta.
-Me gusta que se asomen por la ventana…-Él miraba hacia el exterior pero no con la clase de mirada de la que Hermione estaba hablando, no con la pacífica contemplación del cielo abierto, sino con el constante resonar de un recuerdo amargo. Snape tenía los ojos contaminados como cuencas de fango.
-¿Estás enojado?
-No.- Respondió una voz monótona y vacía.
Ella hubiera querido insistir pero su respuesta monosílaba y cortante la dejó en silencio unos minutos. El hombre se acercó para leer lo que Granger había escrito y echó una ojeada a los libros regados por el cuarto.
-¿Estos son todos?
-Me faltan aquellos.-Su dedo señaló a una pila de tomos que estaba en el lado derecho del escritorio. Snape dobló la hoja con cuidado y la metió en su bolsillo, Hermione esperaba que le diera las gracias, que la abrazara o que siquiera reparara en su presencia.
-¿Te pasa algo?
El mestizo miró hacia las nubes que se desintegraban y se convertían en borrones grises en el cielo. Hermione a su vez lo miró a él y a ése rancio color que se le había dispersado en los ojos y en el semblante.
Un relámpago le partió media cara al enlutado, dejó por unos instantes una mitad en la luz absoluta, la otra en un limbo oscurecido. Jean recordó algo, una imagen que no podía terminar de asir, ni de reconstruir en su memoria. Una imagen que tenía que ver con Snape y relámpagos. Las nubes chocaron otra vez como inmensos barcos de humo y agua, un rayo serpenteó en el aire, se reflejó en el cristal de la ventana, de nuevo la luz se abrió paso en las aristas de la cara del mestizo y en sus sombras, una luz que floreció para marchitarse en un segundo, pero ése sólo segundo solidifico las divagaciones de Granger. Lily Potter había muerto en una noche lluviosa, Hermione era capaz de armar la visión del pensadero, de poner en el lugar preciso las piezas de la pérdida, los trozos del desamparo que se sentía, que todos sintieron en el juzgado ése día en que Harry les permitió ver. El mismo hombre de los recuerdos líquidos, el mismo que lloraba arrodillado en el suelo del valle de Godric, estaba de pie cerca de ella y aún tenía el rostro lleno de ceniza.
-También estaba lloviendo ése día, por eso no te gusta ver llover.
El hombre alzó la cara sorprendido de Granger. Las gotas se deshacían al impactar contra el vidrio.
-¿De qué día hablas?
- Del día en que apareció la cicatriz de Harry.
Severus entornó los ojos hacia un punto del vidrio empañado, con la boca tiesa y el rostro medio endurecido, medio desencajado. Hermione no apartó la mirada de él, siguió observando su silueta raquítica y su expresión trastocada.
-¿Por qué me ves tan fijamente? ¿No estabas haciendo algo?
Granger dejó las pupilas sobre él y se levantó de su asiento pacientemente, con una calma tan perfecta que logro irritar al hombre en el umbral. Snape la siguió con la mirada, reflejando fastidio y extrañeza.
-Severus ¿ya te he dicho que te quiero?
-Lo has hecho.-Le respondió con la voz muy baja y muy grave, tanto que sonó como un eco de caverna. Hermione sabía lo que era ser alcanzada por sus miradas fulminantes y sus frases hirientes, sin embargo decidió que no quería estar asustada a causa de eso, que no quería formar parte del puñado de gente que se hartaba de él y lo llamaba odioso, agresivo u neurótico. Al menos ella haría el intento.
-Te quiero.- Se forzó a pesar de sus manos nerviosas a darle un beso en la mejilla, un beso que quería darle desde hacía unas horas pero que el aire pesado y tenso, que fluía a través del mago, le había desanimado de dar. Sintió bajo los labios la mejilla fría y tiesa, se alejó para abarcar con la visión todo el rostro del hombre pálido, las fosas de la nariz de águila se abrían con cierto frenetismo, Jean retrocedió un paso instintivamente, temía justo esa mirada de Severus, era lo que más temía y esperaba de él, cuando los ojos se le abrían tan enormemente y parecían despedazarla y crearla de nuevo en un mismo movimiento.
La mano blanca y delgada venció la distancia y tocó la mejilla pequeña y tibia de Hermione, con tanto cuidado, con tanta minuciosidad que la muchacha empezó a enrojecer, ante las pupilas sedientas y fijas que estaban definitivamente hundidas en ella.
Snape tenía la boca abierta y pareciera que una palabra se le hubiera enredado en las cuerdas vocales y las mantuviera así: mudas. Echó la cabeza hacia adelante como si se hubiera atrevido a hablar finalmente, pero el sonido no salió de él y terminó cayendo sobre la muchacha transformado en un beso, en un beso que hacía a Hermione todas las preguntas posibles, que pedía todo lo que pudiera dársele, que decía todo lo factible de decirse con los labios cerrados.
Snape no era capaz de mencionar que la quería, pero Hermione no precisaba eso para saberlo. Ella jamás había visto a su maestro así, desesperado, humilde, forzado a la paciencia, necesitado de cualquier cosa. Hasta ése momento no era del todo consciente de que él podía ser herido, que podía sentir dolor a causa de alguien. Que ella misma podría llegar a causarle ése dolor y que quizás ya lo había hecho. Severus Snape era un hombre tan mortal como todos los demás.
Trató de seguir a los brazos cambiantes del mestizo y a la forma de diálogo de la boca seca desplazándose sobre la suya, el suelo pasó debajo de ellos, el espacio transcurrió hasta que quedaron en el filo de la cama y los lomos de los libros abiertos les picotearon los costados, el brazo de Snape se abrió como una ala y tiró fuera del colchón todos sus tomos como si de pronto ya no le importaran las raíces grecolatinas ni las etimologías, ni las letras. Hermione se rió levemente del desprendimiento que de pronto habían desarrollado los dos hacia el mundo exterior. Algo no estaba calibrado en su cerebro en ése momento, le parecía ver sobre ella la silueta de Snape como la de una cordillera infinita y eclipsada por una sombra monumental, el hombre de pronto era un gigante a su vista, uno lento y tibio, al cerrar los ojos y tocarlo en la ceguera Severus era tan breve como la existencia de su cuerpo bajo el tacto de Jean.
Qué increíble es el ser humano
Se dijo mientras descubría el misterio del hombre y sentía que a Snape le estaba acariciando hasta el alma. Alguna de su ropa la fue aliviando de su peso, pronto su suéter estaba en una orilla lejana de la cama, como una cáscara menos. Bajo sus manos, ya no existía la sensación de la tela áspera de una levita o de una camisa, Jean levantó los párpados, el mestizo había destapado los cálidos límites de su piel, dejaba ver los caminos que se abría la luz entre las superficies descubiertas de su forma. Hermione pensó por un momento en las bromas de colegiales que se hacían en Hogwarts sobre la intimidad de los profesores y se alegró de nunca haber participado porque habría sido una ironía. Algún resto de orden no la dejaba terminar de creer en lo que estaba pasando, parecía que una parte de ella se había deslindado de las figuras amantes y las miraba desde un rincón de la habitación, con curiosidad y escepticismo. Snape aplastó esa parte cuando la abrazó eufóricamente y sopló en su oreja como un remolino de viento. Hermione anduvo la amplitud de una espalda, con manos y dedos inciertos, recreó la figura de un costillar, detuvo la palma en un estómago de llanura y sintió el movimiento de la vida detrás de él. Diez caminantes rasposos la llenaban de huellas: los dedos del mestizo. Él respiraba tan fuerte que su aliento parecía anunciar el inicio de un arrebato de aire. El hombre era el avanzar del sol naciente por las colinas, ella era la espera y la paciencia redondeada. Ron abrió los ojos en su mente, unos ojos muy grandes y azules de reproche, pero Hermione le cerró los párpados, no podría volver a refugiarse dentro de ellos. Los ojos de Severus también estaban abiertos, eran inmensos, inmensos como su calor distendido por todo el universo, por todo ese pequeño cuarto y sobre toda ella. Snape era un líquido espeso que bajaba con lentitud, como una sombra que se expande. Su frente sobre la de ella, su nariz tan grande clavada en su mejilla, su mirada de piedra fundida vigilándola en la cercanía. Qué era el amor sino eso, una mirada honda, inmóvil, tan próxima que bien podría ser su propia mirada, podría ser ella misma que se miraba desde los ojos de Snape. Y luego lo escuchó como a una voz remota, se apretujaron, lucharon en una pelea queda de uñas y labios contendientes, lo sintió temblar y ella tembló y hundió los dedos en la arena blanca que era él, terminó separándose como un mar, como océano que deja pasar a través de él un meteoro que se ha caído del cosmos. Él la luna de dos caras, se desintegró al estrellarse en el mar de pelo castaño, naufragó en la mujer, se sembró en el fondo de sus aguas. En un gritó los dos se derrumbaron en el oleaje de sábanas, ya Snape no era más la cúspide de unos momentos atrás, ya no había más gruñidos graves, ni vagabundeos de manos, ni pelo enredado. Ya todo estaba quieto de nuevo, eran dos de nuevo, el círculo humano que no tenía inicio ni fin se había disuelto, quedaron solamente sus voces murmurando sobre un átomo de infinito que había existido entre ellos durante unos instantes, se quedaron allí desparramados y lacios con las piernas descubiertas entrelazadas, con los brazos como tentáculos perezoso viajando de un lado a otro, con una lentitud intencional. Hermione estaba horrorizada y vergonzosamente feliz, tan feliz… Snape por primera vez le sonreía sin ninguna nube agria en su cara, la ayudó a acomodarse en sus brazos como si fueran un nido, allí descansó su cabeza sobre la de ella y le gotearon los ojos sobre el rostro de la muchacha, Granger se bebió las lágrimas del mestizo, que eran el más extraño elixir que hubiera concebido, él le dio besos salados y húmedos, le susurró muchas cosas, muchas cosas que ella apenas oía pero que la hacían sonreír e irse quedando dormida y acarició y acarició el pelo de liso carbón hasta cerrar los párpados.
Abrió un ojo sin mucho ánimo, lo cerró unos minutos más, las colchas estaban tibias y agradables, abrió el ojo de nuevo, mucho más allá del vidrio de la ventana la lluvia seguía cayendo y una farola amarilla flotaba en la noche, esa misma que había visto por la tarde, pareciera que hubiera pasado muchísimo tiempo desde la última vez que había visto esa farola. En cierto modo no era la misma persona la que la veía, había perdido algo y había ganado algo también. Se incorporó con cuidado, retiró de encima suyo el brazo lívido de Snape y miró a su alrededor en la habitación a oscuras, los libros seguían abiertos en el escritorio, otros tantos estaban regados en el piso. Un viento frío entraba por la ventana, un viento con olor a hierba mojada. Miró al reloj que estaba sobre el escritorio, eran las once de la noche, equivocadamente había tenido la idea de que estaba a punto de amanecer. Era probablemente muy tarde para volver a su casa y en realidad en ése momento no creía tener las fuerzas para fingir que no había pasado nada extraño, sabía que su padre insistiría en saber las razones por las cuáles volvía a esa hora y ella no podría mentir convincentemente. Se metió en las colchas con rudeza y se acurrucó, pensando que quizás por la mañana sabría qué hacer, después de todo no estaba segura de querer ocultar lo que había ocurrido. Severus se removió también bajo las colchas, haciendo una pregunta incoherente y se quedó inmóvil después, aspirando con fuerza, había despertado y la miraba bajo las sábanas con los ojos entrecerrados y el pelo revuelto, Hermione no pudo más que sonreír ante la abrupta cotidianeidad que los rodeaba.
-¿Qué hora es?
-Todavía no es medianoche.
-¿Tienes hambre?
Pudo notar otra vez una sonrisa difuminada que Granger dejaba aparecer en su boca.
-Sí, tengo, pero…
-Debe haber algo que pueda cocinar rápido.- Lo sintió desplazarse por el colchón y al final retirar su peso. Escuchó el frú frú de la ropa, giró la cabeza tímidamente, él ya a medio vestir se iba metiendo dentro del pantalón y ponía unos calcetines descuidadamente. Nunca lo había visto quitarse o ponerse las prendas y eso le causaba un cierto destello de simpatía y ternura. El hombre desfajado caminó arrastrando los pies por la habitación abrió la puerta y volvió a cerrarla tras de sí, mascullando que regresaría en unos minutos. Hermione se tapó hasta la cabeza y se permitió sonreír sinceramente a la nada, quizás podría acostumbrarse a vivir así, sabiéndolo dormido a su izquierda, mirando la farola amarilla por la ventana, ayudándole a buscar palabras viejas en sus libros, quizás podrían vivir así ¿por qué no?
Bueno, ojalá haya sido lo que esperaban, gracias por sus comentarios y por favor dejen un review, se los agradeceré mucho. Saludos y suerte.
